Estudio preliminar




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11 de febrero.

Aniversario de la proclamación de la República en España. Una vergüenza, seguida de veintisiete años de deshonor. ¡Y los que quedan! Yo no sé por qué los republicanos se obstinan en conmemorar todos los años esa fecha triste. El breve período de tiempo comprendido entre el 11 de febrero de 1873 y el 3 de enero de 1874 es el más poderoso argumento que los monarquistas pueden esgrimir contra la República y los republicanos. ¡Ah, si ese régimen no hubiera jamás descendido de su excelsitud de utopía, aún podría, sin virtuales menoscabos, tener sacerdotes que lo exaltaran, que lo cantaran, que lo evangelizaran por los cuatro puntos cardinales de esta tierra! Pero, encarnada en medrosos como Figueras, en andróginos como Castelar, en caquéxicos como Salmerón, en sistemas como Pi y Margall, ¡Dios mío, qué antipática pesadilla!

Quien entiende la conmemoración del 11 de febrero de un modo bien utilitario es Casero, el antiguo capitán del regimiento de Garellano, que tuvo la arrogancia de sublevarse en Madrid hace algunos años al grito de ¡Viva la República! y la debilidad de servir a Ruiz Zorrilla en París, mediante el estipendio de dos luises mensuales.

Hase organizado a beneficio propio una función en el teatro Martín, y ha tenido la bondad desesperante de regalarme tres butacas, para que yo asista al espectáculo en consorcio con Juana y la niña.

Menos mal si las obras que forman el programa de mi suplicio de esta noche ofrecieran algún relieve artístico. Pero ¡literatura teatral de Juan Pérez, interpretada por la señorita Fulano y el señor Zutano! ¡Y con la noche de agua que se presenta! ¡Y con el deseo poderoso que me labra en las entrañas de dejar caer mi fardo sobre el empedrado y de tenderme encima para siempre! [139]

En estos días grises me ocurre soñar en lo que debe ser el dolor humano en ciertos páramos habitados, indecorosamente habitados, del planeta; en Londres por ejemplo.

El sol es un gran cínico; cierto: lo cuenta todo y lo enseña todo. Pero la niebla, esa gran taimada que se filtra sin sentir por todas partes, y además, en el hombre, piel adentro, ¿no es como la condensación visible del llanto universal, del viejo y eterno luto humano?55.

DE MI ICONOGRAFÍA

Luisa Michel se muere, se está muriendo en Tolón56. De su agonía cuentan maravillas los periódicos. Después de conocer los ásperos combates contra las más sanguinarias especies de la fauna humana, va por fin, a descansar en los hondos nirvanas del más allá.

La muerte de Luisa Michel más tiene de epitalamio que de elegía. Ya queda dicho. Sólo la desposada con la tierra muestra el alborozo del amor, de la posesión y del triunfo.

La veo, parece que la estoy viendo, sin necesidad de recurrir a la profusa iconografía de los periódicos. Es una gran llama dentro de un aparente frágil vaso de alabastro... Nadie podría afirmar de modo concluyente, ni hay para qué, la categoría sexual de esa tenaz manipuladora de gérmenes; pero cuantos la conocen os dirán, en la forma unánime con que se afirma la existencia del sol y de la luz, que es un alma. Sin abusar por esta vez del sustantivo, podría añadirse que una gran alma también.

Se la ha llamado la Virgen Roja. En efecto: ninguna oleada de su vida la llevó nunca a amar de amor a hombre [140] alguno. Ignoraba las fiebres de los sexos, la amistad hecha brasa. En estos días primaverales, alrededor del lecho infecundo de la moribunda, las brisas afrodisíacas de abril quizás le hayan hecho sentir la maldición de su vida de mujer, árida como una estepa...

¿Su biografía? Líneas más sencillas no conoce la arquitectura de los niños cuando levantan fábricas inestables con la arena y los guijos de la playa. Que nació en Troyes hace muchos, muchos años, en 1835; que amó a su padre y a su madre, a su madre dos veces, doblemente, con adoración que tiene derecho a las historias; que hizo estudios superiores y fue institutriz en una gran casa aristocrática; que hacía don de sus gajes a cuantos tendían hacia ella sus brazos implorantes; que fue después una rueda de la Commune: que conoció el sol malo y rencoroso, cómplice del esbirro, consorte de lo Inexorable, de la Nueva Caledonia; que supo del hambre, del aherrojamiento y del duelo; que predicó contra el Mal, según su concepto del Bien. Y que, al mismo tiempo que un denodado portavoz de los sin ventura, fue el heraldo de días mejores y como una estrella de la mañana que prometiera el amanecer a los que no hallan medio humano de vivir en las lobregueces de la edad presente...

Me parece verla, decía. ¡Ah, si yo poseyera un pincel y garbo para manejarlo! La primera vez que el destino me consintió verla y oírla con motivo de una conferencia que la famosa revolucionaria dio en la coqueta sala del boulevard des Capucines, en París.

Mal observatorio para estudiar altezas, porque aquel lugar y la tradición de aquel lugar y el público mundano de que yo formaba parte no eran los más adecuados para que nuestras idealidades, o si se quiere nuestras curiosidades, se fundieran con el verbo de la conferencista, ni para que esta pudiera ensayar siquiera uno de esos grandes aletazos que desde el ras de lo innoble la levantaban, tantas veces, hasta las cimas de lo absoluto.

Quisiera yo ver siempre los paisajes y los seres en la estación y en el medio que les son propios. Un león encerrado en el fondo de un gallinero y Luisa Michel perorando [141] ante un público de fraques es símil que se me viene invasoramente a las mientes cuantas veces evoco esa visión de mis recuerdos, ya un tanto esfumados en mi memoria por los ácidos del tiempo.

Pasaron algunos meses, y un día horrible del pleno invierno parisiense, en que el cielo era una injuria permanente contra la tierra, me dirigí a las alturas de Belleville, que un artesano del pueblo llamaría sagradas, atraído por la fatalidad de ese nombre, Luisa Michel, y por el afán de llevar nuevos estremecimientos a mi espíritu, tranquilo como las aguas de un lago en la sazón aquella. Y allí me fue dado verla y oírla a mi sabor, durante las dos horas largas que duró su conferencia.

Ya queda dicho más arriba: no es una mujer, es una llama. Yo no sé de qué materiales extraños estarán formadas las entrañas de esa mujer para que hayan podido arder sin consumirse durante más de setenta años de nuestra vida mortal. Tan pequeñita, tan demacrada, casi podría decirse de ella que era como una pavesa humana, si en el término no pudieran algunos ver irreverencia. La cara, toda ojos, aparecía como iluminada; sus manos parecían gozar de familiaridades con el rayo, y en la constante convulsión del cuerpo había algo de los estremecimientos sagrados de las pitonisas. Reparé, durante el curso de su peroración, que la palabra «amor» fluía de sus labios con la misma abundancia que el agua de los manantiales. Cuando abría los brazos en cruz ante su auditorio, parecía llamar a sí a todos los sin ventura de la tierra, y cuando los cruzaba sobre el pecho, su corazón, muy pequeñito, ¿verdad?, oculto en aquella caparazón de huesos pequeñita, su corazón parecía ofrecerse como el templo universal de la misericordia.

No he vuelto a oírla más. Pero en una noche de fiebre he tornado a ver su rostro, iluminado con la placidez de un astro, insuflándome, con palabras de revuelta, un buen cordial para mi corazón herido... ¡Una noche de fiebre en que mi exaltación fue tanta que juzgué hacedora la empresa de unir en comunión de amor a todos los hombres!

Mes de San José para los devotos. Mes de los equinoccios para los navegantes. Mes de los equinoccios para mí. Si me [142] fuere preciso probarlo me bastaría con decir, glosando el amargo decir de Larra, que en un día 15 de marzo nací.

Y llueve sin interrupción desde hace más de veinte días. ¡Oh la triste letanía verleniana!

Il leure dans mon coeur

comme ü pleut sur la ville

De tiempo secular, por atavismo y por miseria, sobre ese mismo campo andaluz, oliente a azahares y verbena, se levanta, ¡con qué menguado verticalismo!, la choza del labriego, oliente también, pero con el hedor que transciende de un malestar histórico que clama a Dios sin ser escuchado, y que si no lleva derecho a todas las reivindicaciones de la ira justa es porque, felizmente para muchos, aunque no para el santo Derecho, todavía alientan en esos campos más cráneos que cerebros.

La columna vertebral de esa pobre gente tiende a arquearse. Para que el señorío rumboso y fanfarrón de la calle de las Sierpes, en Sevilla, y de los tentaderos de toros pueda hacer flotar al viento, como una bandera, sus insolencias, es preciso, se hace preciso que muchas cabezas temblonas se afanen sistemáticamente inclinadas hacia la tierra; que muchos brazos, precozmente seniles, esgriman, durante toda su vida, herramientas que, aun siendo de creación, son, para los que las manejan, de muerte. Es preciso que la proyección luminosa del Evangelio se haya desvanecido de la tierra y que los días del Apocalipsis se hallen ya prestos e inminentes, portadores del caos, tremendos...

Yo quería decir que no conozco en España pueblo tan triste como el de Andalucía57.

Yo quisiera pensar siempre, siempre, en temas que fueran motivo de regocijo.

Demócrito se me antoja superior a Heráclito, e insistentemente he creído siempre que la risa debería ser más propia del hombre que el llanto. Pero Dios no lo quiere, los [143] hombres no lo consienten, y allá vamos peregrinos de lo Desconocido durante todo el tiempo que empleamos en reconocer la carretera de la vida, huérfanos de la Ilusión, al salir de los rosados limbos de la adolescencia, viudos de todos los amores, apenas llegados a la sazón de amar; allá vamos acariciados o azotados por brisas o ciclones hacia el tremendo misterio de la muerte, con la inconsciencia y la desaprensión con que los átomos se desprenden, se ayuntan, se combinan y se disgregan en las alquimias vertiginosas de la Naturaleza. Por eso, quizás, en la última página de los libros eternos, hay una lágrima perennemente viva, bien visible para los que saben leer, y el legado de los siglos puede expresarse con algunos bostezos, muchas imprecaciones e innumerables sollozos.

La vida es el dolor, y toda emoción estética no es bella sino porque ahoga momentáneamente un quejido de la carne.

Virgilio y Anacreonte son dos galeotes condenados al suplicio de evocar escenas y paisajes que no existían sino en sus ansias, como el sol, el movimiento y la independencia son el anhelo incesante de los ciegos, de los tullidos y de los siervos.

Hay que leer los periódicos. Ellos graban la historia cotidiana de los acontecimientos.

El otro día, en Madrid, capital de nuestra sociedad democrática y cristiana, un obrero fue hallado exánime en mitad del arroyo. El trabajo animal que se imponen los hombres para poder comer, sencillamente, menos pan aún del que necesitan, había accionado como un ácido sobre su carne, convirtiendo en confuso el perfil de sus facciones. Podría tener de veinticinco a sesenta años. Y al llegar a la Casa de Socorro se murió por completo... Los médicos diagnosticaron que de hambre.

De ese desdichado no sé sino la mengua que expresa la escueta nota de los periódicos; pero no se ha necesidad de gran fuerza imaginativa para reconstituir su vida; el proceso de la miseria es tan monocromo que todos sus esclavos tienen la uniformidad y llegaré a decir que la impersonalidad propia de los forzados. Pero ¿por qué no ha de tener ese hambriento trágico derecho a la biografía como otro mártir cualquiera? [144]

Nació en un tugurio y podría jurarse que tuvo por nodriza un pecho seco, y por padres el diente de una rueda o la manivela de un motor en uno cualquiera de nuestros infiernos industriales. O bien en medio de los campos, en plena Naturaleza, hosca y cruel para los que colaboran en la obra de hacerla producir lo que de otro modo nos negaría inexorablemente; amable para los ociosos...

Fue o dejó de ir a la escuela, que eso no es esencial a mi relato, a las imaginaciones que voy estableciendo. Si el poeta ingente de La leyenda de los siglos58 pudo decir que «toda sílaba deletreada brilla», también se curó de añadir en otro pedazo de su obra que «leer no es deletrear, que leer es comprender». Pero lo que sí puede desde luego afirmarse es que fue al regimiento «para servir al rey», como reza la extraña locución popular. Y que le sirvió. Y que después de haber pasado bajo la férula de hierro frío del furriel, gimió bajo la férula de hierro candente del capataz, siendo, de ese modo, batido y combatido en todas las evoluciones de su personalidad, como los cantos rodados esos con que juegan las olas de las playas.

Ganó en la fábrica, en el taller o en el andamio de qué no morir de hambre, sino un poco más todos los días. De sol a sol, a la brega: un bregar de galeote. Y luego, al llegar la noche, el desplomamiento de todas sus energías sobre el petate, así de un golpe, en el verticalismo de una extinción aparente de vida, más semejante al sopor que al sueño.

El sinventura pudo balbucear en la Casa de Socorro, momentos antes de morir, que, a pesar de su desgracia, no estaba solo en el mundo, que era casado.

Había habido, pues, una aurora en su existencia: el día en que conoció a la que desde entonces fue la compañera de su vida. Fusión de dos miserias, conjugación de los destinos maldecidos. Tisis y anemia. ¡Y ellos se creían sanos, los albos desposados! Un poeta los hubiera dicho augustos.

El amor no dura mucho en los hogares sin pan y sin lumbre... Quiero decir, en los hogares donde no hay bastante pan para ignorar el hambre, bastante lumbre para ignorar [145] el frío. Y se desvaneció todo: aquella aurora —y el ambiente de poesía que determinara—, y la alegría de vivir que había encendido en el alma de aquellos grandes enamorados plebeyos.

Fue como una de esas estrellas errantes: tan pronto oro como sombra eterna. Concluyó todo para siempre, para siempre, para no volver jamás. Nihil...57 bis

Y así sigue, interminable y medrosa, la lúgubre teoría de noticias desoladas en los periódicos: «Los suicidos de ayer». «Accidentes del trabajo», «Los dramas del amor», «El hambre en la India», «Choque de trenes», «Herido a martillazos», «La guerra en Marruecos», «Obreros sin trabajo»...

Y eso es así, y eso viene siendo así, desde el momento inicial de las edades. Nacer es triste; vivir es cosa amarga; espantoso, morir. ¿De qué lóbulo cerebral de más o menos están armados esos hombres que sólo aciertan a ver el lado cómico de las cosas y que oponen al duelo la carcajada y la pirueta al desastre? ¿Serán ellos los únicos seres cuerdos de la existencia, sin otra contrariedad que la de verse obligados a convivir con nosotros en el vasto manicomio de la vida?

Desconfiad del cura cuando os hable del sol, de las cosas francas de la vida; creedlo, sin embargo, cuando os insinúe cosas de la sombra. Si es un verdadero cura, viene de allí, y en las zonas de claridad tendría que reconocerse forastero.

Recibo una invitación para asistir a una fiesta literaria en honor de Núñez de Arce59. No iré, porque no tengo nada que hacer en ella. [146]

Núñez de Arce no forma parte de mi iconografía personal. Yo lo hallo huero, sobradamente sonoro, rectilíneo y seco. ¡Oh, seco como un sarmiento! Dios no le dio eflorescencias. En el Idilio, acaso de entre todos sus poemas el mejor dotado de entrañas, la sombra del vate mantuano no se proyecta ni por azar siquiera, y en la Última lamentación de lord Byron la sangre roja con que escribió la Peregrinación de Childe Harold se torna amarillenta y borrosa, como en las viejas páginas de un palimpsesto.

No figura su imagen en mis altares, allí donde entre los evocadores de bellas imágenes modernas, mi Heine, mi Hugo, mi Campoamor y mi Verlaine yacen bajo bóvedas, altas como catedrales.

Era asaz palabrero para que en él acertemos a ver un fuerte y sólido cerebro de varón, y su emotividad suena a falso, como la de un hombre que sólo sintiera lágrimas ante las cuartillas.

Fue, eso sí, un grande, un poderoso versificador.

Gnomo, cíclope, y a las veces simple mecánico de las letras, Núñez de Arce batía el verso como un herrero los candentes bloques de metal, y eso hasta el punto de notarse la armazón de hierro en muchos de sus decires rítmicos. Tales estrofas suyas se cuelan por la oreja y suenan bajo el cráneo del lector con el estrépito de ruedas, de martillos y de válvulas de un colosal mecanismo —fierro, sudor y hulla— en marcha.

No iré, pues, a esa fiesta; no tendría nada que hacer en ella.

Días pasados se cumplió el tercer aniversario de la muerte de Campoamor, que fue nuestra última gran figura literaria60. No vi en parte alguna flores nuevas nimbando su recuerdo... Los periódicos seguían ocupándose de si Villaverde,
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