Estudio preliminar




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[147] de si Montero... Y, al consignar el hecho, otra vez se me ocurre quedar absorto.

Señor —me digo—: ¿por qué? Campoamor fue un hombre bueno y un hombre nuevo; Campoamor tuvo el sufragio de los ancianos, la adoración de las mujeres y la pleitesía de los mozos; dio toda su miel en sabrosísimos panales, que afirmarán la insenescencia de la lengua castellana. Artista, labró alguna vez palabras, como un lapidario gemas, y, pensador, tuvo huracanados coloquios con la Esfinge.

El laurel fue familiar a sus sienes y como un ornamento natural de ellas, y al morir no quedó en toda la extensión literaria de España un solo mojón que obligara al viandante a detenerse, asombrado o seducido... Es la estepa, os digo, la estepa...

Poco creyente en los aniversarios, que, después de todo, no son sino una coincidencia casual de fechas, yo me pondré de acuerdo, un día de salud y de sol, con algún poeta y con una linda mujer, para, los tres unidos, coger a brazadas todas las flores vistosas que podamos y formar con ellas el gran ramillete permanente y fresco que debemos al mago de las Doloras los enamorados y los poetas...

Vino el duende que era embajador de la Dicha. Yo estaba ocupado en cosas inútiles, pero que me placían momentáneamente...

—Ven luego —le dije.

Y mi vida, desde entonces, ha transcurrido aguardando desesperadamente al emisario, que no se ha vuelto a presentar jamás.

¿No proclamo yo la amistad para los perros? ¿Por qué no la he de expresar también para los hombres? ¿Que los hombres son éticamente inferiores? ¡Acaso el alacrán es responsable de su veneno!

El Sol tiene sus ateos, que no son los ciegos; y la Belleza también, que no son los tullidos; y la Probidad también, que son los ladrones. Pero la uva fermentada tiene por [148] adversarios a todos los que han necesidad de un poco de locura para no ser confundidos, salvo en lo morfológico, con las bestias más inferiores.

Prefiero el hambre al insomnio, porque prefiero la muerte a la locura. Yo sé que la demencia aguarda al otro extremo de las noches sin sueño y sin ensueño, al final de la negra carretera en que se pisa un polvo de cuenca hullera, en que el aire se solidifica, en que el silencio se oye y en que la pesadilla ocupa la plaza del pensamiento.

¡Para qué seguir, para qué insistir! Ya no lucho; me dejo llevar y traer por los acontecimientos. Hombres y cosas me han hecho traición, o no han acudido a mi cita. Me sería difícil decir un solo nombre de mortal que se haya sentido hermano mío. Me puedo creer en una sociedad de lobos. Llevo en todo mi cuerpo las cicatrices de sus dentelladas y oigo maullidos cuando reconcentro mi espíritu para evocar recuerdos.

Nada, nada.

¿Por qué no habría de irme?

La enorme constelación de la vieja Roma parecía definitivamente formada: después de Dante, ¿quién? Las entrañas de la vida debían mostrarse allí estériles, luego de su enorme fecundidad histórica. Y yo digo: Más allá del Infierno y de las visiones del hombre que en Florencia vivió, viajero siniestro y glorioso del Averno, ¿qué de magníficamente ubérrimo podría surgir? Las mamas están ya exhaustas. Sanas, sin embargo, las entrañas de la madre, vino D'Annunzio61 sonando su clarín de oro, que anuncia la inmortalidad del alma latina y su insenescente aletear moral sobre todos los pueblos. [149]

DE MI ICONOGRAFÍA

Julio Burell

Ése, a pesar de su edad todavía moza, es el gran Condestable de la Prensa española62. Yo lo veo a jineta sobre un potro jerezano, aplastar las lindes de los arrayanes malos y feos que eran la gloria del antiguo periodismo, y luego, enhiesto sobre los estribos, señalar como una estatua ecuestre, plantado en mitad del intelectualismo verbal, la orientación definitiva de todos. Pienso en el gran escritor que es. Pienso en el gran hombre mundano que es, en nuestra vida corta, en nuestro pasado lleno de lodos asoleados por vanaglorias, en nuestro porvenir brumoso...

Julio Burell, es, en nuestro lóbrego episodio de ahora, el gran festejador, el gran anfitrión de gestos y vocablos. Yo me figuro que él lo sabe todo, y, por consiguiente, que él lo teme y lo espera todo.

¡Deber más rudimentario que el de exclamar «¡Gracias!» ante los faustos mentales a que nos convida!

Balzac ha sido el único historiador posible de ciertos magnos acontecimientos individuales, el exclusivo psicólogo de ciertas especiales genealogías de almas. Para narrar la vida de los mediocres basta con poseer una visualidad mediocre; para levantar en colosal hacinamiento de sillares la vida apasionada de los férvidos amantes, de los inventores de sistemas, de los manipuladores de chispas estelares, se hace preciso llevar en el cerebro un poco de la fuerza que regula la armonía de los mundos.

Ninguna cristalización definitiva de la armonía de vivir ha cuajado jamás entre brumas y heladas. Diríase que el [150] progreso tiene necesidad de sol para alentar. Egipto, Grecia, Roma, las lejanías gloriosas de la Historia.

Del Báltico, del mar del Norte, yo no conozco sino los bajeles piratas de los normandos. Mientras que el fecundo Mediterráneo es la ancha carretera semoviente, vía del Triunfo, donde el Dios ha mostrado muchas veces la faz amable que hace a los hombres buenos y dulce, como un panal, la vida. Para escribir un libro de rezos a la civilización habrá que titularlo El Mediterráneo.

Vengo de darme un gran atracón de bazofia cerebral, porque acabo de leer lo más granado de la Prensa madrileña. Casas de vecindad de todas las ideas plebeyas, cuando no de lenocinio. Hablan de Romero, de Gamazo, de Weyler y hasta de D. Alberto Aguilera, como si esos hombres existieran positivamente, como si fueran otra cosa que los fantasmas vocingleros y a veces trágicos de este minuto siniestro de la Historia.

Sagasta murió ayer y ya se habla de consagrar su genio y sus hazañas con mármoles puros, con victoriosos bronces...63.

Inquiero sus méritos, y ni sus más entusiastas amigos saben responderme. Era un hombre muy simpático, dicen. Los mismos periódicos que se llaman liberales, bazares de orfebrería barata en que los adjetivos rimbombantes tienen lugar, han dicho de él que, como orador, era pedestre; que, como político, era un kaid a lo moruno, cuyo eterno recurso consistía en aplazar la solución de todos los asuntos para el día siguiente; que el estadista, por último, fue... desgraciado. ¡El cínico eufemismo! Pero se curan de añadir que el hombre fue bueno. Sí, sin duda; bueno para los deudos.

Los extranjeros, conocedores de nuestra Historia, buscan, al llegar a Madrid, las estatuas, por ejemplo de Cisneros, [151] que hizo la nacionalidad; la de los conquistadores de América, que la alargaron; la de los hombres de Carlos III y aun la de este mismo rey, que la consolidaron. Hallan, en cambio, las de unos cuantos generales ecuestres, por quienes los límites del hogar patrio no han tenido una sola pulgada de expansión, y la del horrible Cánovas, que nos emblanqueció la sangre y nos royó la cal de nuestros huesos con su letal eclecticismo64. Dentro de poco se inaugurará, en el más soleado emplazamiento del Retiro, un monumento colosal a la memoria de ese pobre Alfonso XII...

Señor: ¿hasta cuándo?

Los hombres del Poder no se contentan con disponer a su antojo de nuestra bolsa, de nuestro hogar, de nuestra libertad y de nuestra vida. Porque son accionistas de esa fábrica de podre que se llama la Gaceta, creen serlo también, ¡insensatos!, de esa otra cosa tan distinta que se llama la gloria. Y firman credenciales de inmortalidad, como si se tratara de expedientes de un negociado cualquiera de Gobernación o Hacienda. Pero no cuentan con el porvenir ni con la Historia. Con el porvenir que levantará picotas sobre muchos pedestales contemporáneos; con la Historia, que condenará los mismos rasgos glorificados por mármoles y bronces, a la eternidad del ridículo o de la infamia.

¡Triste idea la que formarán de nosotros los hombres del mañana, las generaciones por cuyo buen vivir la vida de algunos pensadores contemporáneos es un calvario eterno! ¡Cómo! —se dirán—. ¿España no ha producido en el transcurso de media centuria sino esos dos homúnculos funestos: Cánovas y Sagasta? ¡Ni un sabio, ni un pensador, ni un filántropo, ni un artista, ni un hombre de acción siquiera que lanzara sus maldiciones, en formas explosivas, sobre la colosal podredumbre!

Y es lo más triste del caso que quizás llevarán razón.

En una sola calle de París, en el boulevard Saint-Germain, hay cuatro estatuas levantadas a otros tantos gloriosos sacerdotes del Bien humano: a Chappé, que inventó el [152] telégrafo aéreo; a Broca, que asentó sobre sillares la Antropología moderna; a Danton, que, siendo un titán, no consintió jamás en dejar de ser un hombre; a Esteban Dolet, que lanzó sobre la feraz alma de París la simiente de la Reforma... Pero ¡la estatua de Morny, la estatua de Ollivier, las estatuas de los hombres del desastre! ¡No, no hubiera Francia nombrado a Banzaine ministro de la Guerra, como compensación a sus tristezas de Metz!65.

Y siga la broma, y siga la sacrílega, ¡pero cuán torpe!, falsificación de la Historia66.

¡Que no me haya sido dado habitar cavernas! Más tranquilo viviría que en el interior de las ciudades.

Anteayer fui víctima de una expoliación, de un robo, en pleno Madrid, a las cuatro de la tarde. Un hombre que sabía los horrores de mi situación y que yo había concluido una comedia cuya representación se disputaban dos teatros de Madrid, me ofreció por la propiedad absoluta de mi trabajo (¿se puede decir que no al sayón que ofrece contra un gesto de amabilidad un momento de descanso?) treinta [153] monedas del mismo tipo monetario de las que tentaron a Judas para consumar su inmortal infamia; treinta monedas que yo acepté con ansia, con asco.

Hoy me siento pobre de solemnidad. No llevo sino calderilla, cuartos sueltos en la mollera. Espantado de mi penuria, me he golpeado en el cráneo para ver si sonaba a hueco, y nada, mi confusión ha sido aún mayor al notar que sonaba exactamente igual que el de otro imbécil cualquiera.

Va ya para un mes que, al pasar por la calle de la Manzana, un amontonamiento confuso de muebles y de trapos, hacinados en mitad del arroyo por manos trémulas que trataron, sin duda, de contener el desastre, me hicieron repentina y vagamente pensar en el rayo, en la inundación, en el vendaval, en cualquiera de los gestos sañudos con que las fuerzas flagelan al hombre desde el pálido alborear de las edades; sólo que, percatado, al fin, de la realidad, vi que aquello, aquel catafalco de miseria, no era por ejemplo, lo que se había podido salvar de un incendio o de un temblor de tierra, sino los restos de un desahucio, lo que quedaba de un hogar ido a pique por insanas codicias de los hombres y reprensibles crueldades de la Ley... Entonces, a presencia del gran mal, de aquel triste e infructuoso daño, el decir de Lucrecio, lúgubre como una sentencia aniquiladora, se me vino a las mientes, armado de garras:

«Si los dioses existen, se bastan a sí mismos y gozan tranquilamente de su inmortalidad sin acordarse de nosotros...»

Volví a pasar, hace pocos días, por la misma calle, y aún continuaban esparcidos, como en una playa los restos de aquel naufragio.

Un hombre de uniforme policíaco y facha de aburrimiento, grave, sin embargo, y armipotente, con espada al cinto y revólver a la cintura, los custodiaba contra posibles piraterías de vecinos y viandantes. La ley tiene sus bondades...

Me sentí penetrado de piedad y de ira, tan presto a la maldición como a la lágrima. Dos semanas de nuestra vida normal, dos años o dos siglos, dos eternidades de tiempo para quien vive en períodos equinocciales, hacía ya que aquellos [154] trastos cubrían el hosco empedrado de la calle, y nadie había tenido la misericordia o el poder de recogerlos. ¡Ah, las mujeres que lean esto sí que me comprenderán! Los muebles hablan, y mientras más viejos, mejor; los muebles tienen alma, saben historias, dicen decires, conocen cronologías íntimas del pasado, colaboran en nuestras empresas de amores y de odios, forman parte de la familia, han sido clementes para la debilidad del anciano y del niño, han amorosamente auxiliado al guerreador en sus amargos trances de fatiga, viven, que por eso mueren también, y completan magníficamente nuestra fisonomía.

Una cama no sólo es un armazón de hierros o madera, sino un altar también. ¡Y cuántas veces un trono! Ese viejo sofá, lo que un grupo de palmeras en el desierto a la hora plúmbea del sesteo; ese cuadro de la Virgen, un eterno refugio para el duelo; el retrato del hijo, una promesa viva de inmortalidad, y esos libros amontonados, con su aspecto inerte de cosas que fueron, cosas que son, cosas que son perennemente, verbos imperiales, sustantivos que son de carne y hueso, lujosos adjetivos, adverbios ágiles como articulaciones, vocablos enhiestos y altivos como luchadores dispuestos a la pelea...

Pues todo eso quedó el otro día deshecho, disuelto, en medio del arroyo de la calle de la Manzana, por sentencia de un juez y apremios de un amo: el tálamo, el retrato, el libro, como si un maldito principio de destrucción se mezclara, ¡pero con cuánta frecuencia!, al oxígeno y al nitrógeno de nuestro aire cotidiano, enloqueciendo los cerebros y petrificando los corazones; todo eso quedó deshecho y disuelto en mitad de la urbe civilizada y cristiana, mientras que los pajarillos del campo padecen la incertidumbre de no saber qué sitio elegir para construir sus nidos, a fuerza de tantos y tantos con que les brinda la ubérrima madre tierra. Y que las fieras reposan amodorradas y satisfechas en sus sendos cubiles.

Pido a Dios, si lo hay, tres cosas; y si no quisiera concederme sino una, le pediría Fe. Fe, aunque me obligaran a vivir en un estercolero; Fe, aunque los gusanos destruyeran mi cuerpo en vida; Fe, aunque los hombres me escupieran en [155] la cara al encontrarme por la calle; Fe, aunque mi cuerpo fuera patria de la enfermedad y mi alma corte de la idiotez; Fe, Fe, Fe. Fe en Dios; Fe en su justicia infinita; Fe en la tierra y en el cielo.

El espectáculo de mi madre determina este deliquio; de mi madre hemipléjica; de mi madre clavada en un sillón y no pudiendo realizar movimiento alguno voluntario; de mi madre, tres veces santa —santa, santa, santa—, viviendo en un infierno y sonriendo a la vida con la sonrisa luminosa de los bienaventurados67.

Ved el boceto de un hombre que anoche fue el protagonista de mi sueño:

—Tenía treinta años, y un jardín y una novia; tenía un gran montón de monedas argentinas de renta todos los años; y una yegua blanca que sabía de cosas de la Arabia y que relinchaba de placer cuando su amo, al montarla, le enlazaba, como en un abrazo, los flancos con las piernas, y un perro también, dócil y feroz, que expresaba inefables sentimientos con su cola rítmica, gran parladora de ternuras. Tenía también, plantado por él, un frondoso árbol que daba mieles y arpegios en sus ramas cuando la sazón de amor venía..., y amigos, quizás, que la juventud y el poder atraen..., y una lanza en la mano para ahuyentar los maleficios y los sueños..., y un trueno en la boca y un beso en la boca para comentar la vida en sus dos contradictorios aspectos del Bien y del Mal, tan viejos como el mundo.

La nota del día es la voluntad que se supone a Grecia de interceder cerca de las potencias en favor de la independencia de Macedonia.

Es maravilloso lo que ocurre con las resurrecciones en la Historia... Al mentar a Grecia, olvidamos la Geografía contemporánea y parece como si en vez de nombrar al pasado se invocara al porvenir. [156]

Subir y bajar. Tal parece ser la fórmula de nuestro destino. Ya estamos otra vez en la cúspide de un año, en lo alto de la montaña. Volviendo la vista atrás se abarca, en multitud informe, los hechos todos que llenaron el año recién fenecido; unos, los más anónimos, y oscuros, propios de la fosa común; otros, los menos, diamantinos y refulgentes, dignos de mausoleos ornados con los graves epitafios de la Historia...

Algún periodista ha querido rellenar la oquedad de sus columnas con bloques de fechas y de nombres referentes a 1903, que, ni aun animados por el recuerdo, tienen la consistencia de la vida. La vida no es ayer, a menos que elijamos nuestros camaradas entre los muertos. La vida es el minuto que se vive, y todo comentario a lo que pasó deja en la mente sabor de necrología.

Por eso desde lo alto de la montaña yo saludo en 1904 al porvenir, a las generaciones verticales y nuevas, a las que todavía postradas luchan en los limbos de lo desconocido por surgir a la vida, a las nuevas ideas, a las futuras batallas, a todo lo que no es y será, a las misteriosas alquimias en que se forjan los troqueles de lo futuro...

¡Y paz a los muertos!

Hoy cumple años la muerte de Verlaine, y pienso en él, en aquel gran pedazo de mi vida que la eternidad tragó y que no volverá a resurgir si no en mis recuerdos68.

Ciertos hechos coetáneos de su muerte los recuerdo como si fueran de ayer... Aquel día del mes de enero era llorón y triste, y desde la cama lo sentía yo transcurrir, ansiando su fenecer. De pronto, el dueño del hotel donde me hospedaba, un Mr. Robert, que había sido próvido para la penuria y paciente para los arrebatos nerviosos de Verlaine, entró en mi cuarto sin anunciarse.
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