Estudio preliminar




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[157]

—Mme. Krantz me ha enviado aviso de que Verlaine está expirando. ¿Quiere usted acompañarme?

Mme. Krantz fue la postrera mujer íntima del poeta.

Ya había muerto Verlaine cuando llegamos a su último refugio mortal, al otro lado de la montaña Santa Genoveva, en la rue Descartes.

¡La infecta calle y el triste fin de aquel misérrimo soberano!

Al besarlo en la frente, la noté tibia aún. Madame Krantz me confirmó, en efecto, que aquella caparazón inerte, aquellos despojos, habían sido todavía un hombre, muy pocos momentos antes...

Mendès el divino, que llegó en aquella sazón, expresó maravillosamente lo que por mi ser se difundió al tocar —¡Dios sabe con qué piadosa emoción!— mis labios la frente aquella.

Dijo: «Un amigo se inclina y lo besa en la frente. Yo estrecho la mano del muerto, una mano pequeñita, muy pálida, un poco encogida y tibia aún, como si en ella quedara todavía amistad...»

La habitación estaba casi a oscuras. Alguien aviva la luz que arde sobre una cómoda, un pobre quinqué de bazar barato, que es la única nota viva de la estancia, con su pantalla roja de papel rizado.

Poco a poco, y a medida que van recibiendo la noticia, acuden los amigos ilustres o desconocidos del glorioso muerto: Mallarmé, Coppée, Lepelletier, otros. Mallarmé, faunesco y sacerdotal, se mostraba inconsolable, no tanto, sin embargo, como Mendès, que no podía contener las lágrimas...69. [158]

Montesquieu Fézensac, poeta y conde, lucía su pena como un diplomático turco sus condecoraciones70.

Mallarmé habló y dijo:

«Sí; Paul Verlaine fue un gran poeta. La poesía, que era rica hasta la erudición en la época en que Verlaine apareció, fue enriquecida por él y templada en el más melodioso manantial que haya jamás existido. Como se sigue el curso de un arroyuelo, así Verlaine siguió a su alma, un alma primitiva e ingenua, arrojando lo inútil y lo excesivo del saber de nuestro tiempo. Sólo que, aunque admirablemente sencilla, su poesía hace a cada instante comprender —por un signo, por un rasgo, por un nada— que, si quisiera, podría desenvolverse en toda su magnificencia orquestal. Lo amaba también a pesar de nuestras diferencias. Cuantas veces he ido a visitarlo en las distintas estaciones de su calvario físico, nuestros paseos a través de los jardines dolientes se animaban con sus tiradas de frases, sus exclusivos monólogos. Era, en efecto, un admirable soliloquista, siempre dispuesto a hacer su odelette; pero sin la afectuosa intención de establecer corriente con su interlocutor. Nunca he sentido cerca de él el contacto anímico. Lo amaba, sin embargo. A menudo me inducía a establecer ciertas comparaciones entre él y el exquisito Villiers. En cuanto a admirarlo, siempre lo he hecho, sin ninguna suerte de reservas...»

Y como Mallarmé, todos, en ardientes frases de consagración que se estamparon al día siguiente en los periódicos Aquel hombre yacente fue grande, con la doble grandeza del genio y del dolor. ¡Oh, el triste!

Me place evocar su recuerdo en este día verleniano en que sólo me siento acompañado por el dolor...

¡Este pobre dietario! ¡Cuántos días sin manchar de negro una sola página! Durante ellos, ¡qué sé yo! Ha llovido [159] fuego del cielo sobre mi cabeza; he empeñado mis muebles para que no me expulsen de la casa; he sufrido hambre de pan y sed de justicia; me he sentido positivamente morir, sin acabar de fenecer nunca...

Ya no pido sino sueño. Quiero dormir. Dormir71.

Un periódico de París publicó recientemente una colección de cartas inéditas, firmadas por ese buen M. Cavaignac72, que, aún antes de su estrepitosa descalificación parlamentaria, se me antojó siempre como el hombre más representativo del fariseísmo político en Francia: el crimen que cometió, sin sanción penal posible dentro de los actuales organismos jurídicos, durante su paso por el ministerio de la Guerra, contra la Verdad, contra la Justicia, contra el Honor, y, en último término, contra aquella desventurada familia Dreyfus, está todavía presente en la memoria de todos. Y ese recuerdo, esos recuerdos me invitan con grave amonestación, que tiene categoría de apercibimiento del deber, a dejar aquí estampado mi voto y mi sello candente contra los hombres que hacen de la austeridad, de la honradez y de la consecuencia motivos de simonía, y que, profesionales de la virtud, viviendo de eso como de una profesión, de un oficio, haciéndose inscribir en los libros de demografía, en las hojas del Censo nacional, con la exclusiva calificación de honrados, evocan, con el rigorismo de un fenómeno meteorológico, ante los que los conocen, el espantable decir de De Mestres: «Jamás he mirado en el alma de un tunante; pero con frecuencia lo he hecho en la de un hombre honrado, y me ha producido horror»73. [160]

Yo conocí a ese mísero Cavaignac en uno de los minutos culminantes de mi andariega vida. Cenceño, ojizaino, atrabiliario, me pareció odioso. Cavaignac es —me dijeron—, por la pureza de su vida, por su abolengo de virtud, el más grande prestigio moral de la República francesa. Miradlo bien; es un cuákero. No tiene queridas; no fuma; ignora la gloriosa mitología de Hélade, la sin par; desconoce a la diosa Afrodita y al divino Dionisos por no macularse el espíritu con salacidades más o menos poéticas. Miradlo bien —insistían—: es el gran tipo del ciudadano moderno. Pertenece a una vieja familia de hugonotes, rigurosa y austera; su padre fue general y presidente; su madre, una Hermana de la Caridad laica. No fuma siquiera, os digo. Se desayuna invariablemente con los Mandamientos de la Ley de Dios; almuerza una copiosa ración de máximas morales, bien expurgadas de herejías, y todas las noches de su vida cena una buena colación de dichos y versículos evangélicos. Ese hombre será nuestro presidente, como es ya el primero de los ciudadanos, cuando a bien lo tenga.

Ese hombre puro no fue ya el presidente cuando a bien lo tuvo, y no lo fue porque la Cámara, hirviente de ira, lo declaró, un día magno, el último de los hombres.

Pues bien: ese tal era un abstemio, era un austero, como lo son entre nosotros tantos hombres públicos, como lo era en Inglaterra Parnell, como lo era en Italia Crispí, como a la hora de ahora continúa siéndolo en Francia el Sr. Méline, y ya sabéis la ponzoña que esos hombres guardaban en sus entrañas74.

Sepulcros blanqueados los llamó Cristo. [161]

Sí, sepulcros blanqueados, indiferentes por fuera, sórdidos por dentro, sólo conmovidos por el hervor de las más nauseabundas fermentaciones.

Pasa el cortejo de mujeres ante mí, pasa el cortejo de mujeres ante mis fantasías de vida mejor, de un mundo material nuevo. Libélulas, hadas, esculturas ingrávidas de la ilusión, allá van y aquí vienen en sus danzas penetrantes. Pero nada. Enamorado momentáneamente del brillo de sus ojos, del arrebol de sus labios, del matiz de sus mejillas, se me antojan las bellas y eternas mujeres que, como dijo Proudhon, «son la condenación del justo».

Allá va la bella teoría de mujeres...

Nieva...

Yo no quiero conturbar mi espíritu con horrendas visiones de miseria. Nieva...

Yo no quiero pensar en el niño huérfano, en la mujer viuda, en los pueblos hambrientos, en las lúgubres sentencias del destino.

Nieva... Y para cohonestar mi melancolía, doime a pensar en todas las alburas que hacen soportable la jornada: en el azahar, en el nardo, en los vellones de las ovejas recién paridas, en los esplendores níveos de ciertas arquitecturas del cielo...

La sinfonía «en blanco mayor» de Gautier me deja indiferente75.

La nieve no deja ver los hondos horizontes, y es sabido que todas las lejanías soberanamente bellas son azules: la montaña, el mar, el cielo... En mis lutos, yo me plazco viviendo en lo azul, y en él me envuelvo, y de él me lleno y me embriago, y no se me aparece la muerte fea si el sudario que como una atmósfera invisible ha de cubrir mi cuerpo [162] es azul, azul como la montaña y el mar y el cielo, azul como todas las lejanías hermosas de la vida.

No puedo seguir la marcha adelante en mis ansias de rectificación social. Andar a marchas forzadas por los atajos de la Ideología, tan abruptos, me place. Yo he colocado mi tienda de campaña del ideal allí donde quizás ninguna mente humana haya llegado todavía. Pero más allá veo el Polo, el extremo ártico de las ideas. ¿Para qué seguir engañando a la pobre gente ansiosa de Sol?

En mi escarnio físico, ciego, loco, yo pienso, sin invocar antecesiones gloriosas, que el estado natural de los hombres que ofrecen su alma en holocausto a la humanidad es el de una rebelde resignación, el de una bomba de dinamita que sólo aguarda que la muevan para estallar...

Un amigo mío me contó ayer la historia que sigue:

—Ya hacía algunos años, tres o cuatro cuando menos, de eso; pera la impresión, perdurable como la cicatriz de un ácido sobre la carne, que el crimen produjo, no se había borrado de la memoria popular, que en sus momentos de erección aún proseguía comentando el hecho sangriento, narrándolo, fisgándolo en todos sus aspectos, ni más ni menos y con el mismo rigor de análisis que si aquel asesinato vulgar, cuya entraña creadora fue el robo, constituyera uno de los estremecimientos decisivos de la Historia.

Yacen archivados (¡cuánto papel inútil y pringoso hemos de legar— ¡mala herencia!— a los futuros tiempos!) los innumerables folios de que consta la causa, o la Causa, como decían sus comentadores, abriendo mucho la boca, en la Audiencia de X, allá por la parte baja de nuestra tierra.

Los vi, los tuve en mis manos. Los tuve en mis manos y ante mis ojos, y todavía me sigo preguntando por qué gastarían tanto papel, tanta tinta y tanto tiempo los escribas de la ley escrita en el arduo menester de no decir nada. [163]

La gente del pueblo donde ocurrió el hecho sabía más; su lenguaje, robusto y coloreado, era también mejor. En sustancia: la gacetilla dramática de que vengo hablando fue como sigue:

Pedro Castiñeira era honrado y diligente. Fue un ser vertical que no se acostaba de noche y velaba todo el día. Emigró de su Galicia en busca del codiciado vellón áureo; y luego de luchar mucho, mucho, había vencido. ¿A costa de qué, a costa de cuánto? Toda su juventud, muerta de consunción, la dejó tendida en el camino.

Fue rico, y, cuando llegó a la riqueza, pensó que más allá de Andalucía y de la Mancha, y de Castilla y de las montañas de León, hacia el lado del corazón, estaba Galicia, la amable, la tierna, la muy amada, su tierra rubia, su país-cuna, cielo en el suelo, estrella de los caminantes, consuelo de los afligidos...

Y aquel ser perennemente vertical cayó de rodillas como un místico para gozar de la potente visión de amor que en sus ansias evocara...

¡Qué gloria! Pues en su caso lo encontraron muerto la víspera misma del día señalado para su marcha, no de una congestión de ensueños, como verosímilmente podía imaginarse, sino de mano aleve y rapaz, que así mata como despoja.

¡Risueño pueblecito blanco de Andalucía donde Caín una vez más recibió caliente ofrenda de sus herederos!

Alborotóse el pueblo; hiriéronse tozudas investigaciones; la Prensa de la capital grabó el suceso con el punzón de hierro del folletín dramático; un juez, un secretario, un escribano y varios alguaciles recorrieron a modo de poseídos todo el término municipal, esparciendo como una semilla mórbida la alarma en los hogares transparentes y el malestar en los cubiles tenebrosos. Practicáronse registros, detenciones, y, al cabo de seis meses..., ¡el sol continuó luciendo en los altos cielos, tan lejanos; el muerto, pudriéndose en su fosa, y la moral humana, hollada en la soleada carretera del pueblo aquel, irreparablemente! [164]

Juan de Dios Alcántara, el inseparable amigo del muerto, llevó su luto a extremos de dolor soberanamente antiguos, clásicos podría decirse. Como Artemisa a su esposo, hizo elevar, aunque con mayor desinterés que la famosa reina de Halicarnaso, un fastuoso mausoleo a su amigo, y de allí en adelante el pueblo aquel figuró altaneramente en las Guías regionales, no tanto por el esplendor de su vega, como por la suntuosidad del monumento consagrado a perpetuar la memoria de Pedro Castiñeira. ¡El cuitadiño!

No paró en esto la necrolatría de Juan de Dios. Salió del pueblo muy pocos días después del sepelio de su amigo, al notarse débil como un niño para resistir la visión de aquellos lugares, en los que no había una sola piedra que no le recordara al muerto amado; vivió muy cerca de dos años en lejanías tan misteriosas, que ningún coterráneo suyo llegó imaginativamente a barruntar siquiera; envió desde allí gruesas mandas para aplicarlas a misas en sufragio de la inolvidable alma fraterna; cedió porción considerable de un premio que dijo haber alcanzado a la lotería, para que fuera distribuida entre los pobres de la comarca... Y cuando volvió a la tierra natal, los surcos de su cara, la ostentación macabra de los pómulos y las hondas fosas de donde el mirar surgía revelaban, con la claridad de un libro abierto, que para aquel desdichado los meses, y aun las horas, tenían equivalencias de tiempo enormes; que llevaba una carcoma irrectificable y mortal en el sitio del corazón y de la vida; que se hundía; que se derruía; que era el «muerto que está en pie» de la famosa rima becqueriana.

¡Daba lástima!

Se había entregado a la bebida y a la crápula; quería olvidar, decía. Y una tarde en que, para sofocar añoranzas (la tarde tan codiciable de vivir, que era un encanto; el hombre aquel tan ansioso de morir, que era un espanto), bebía y bebía inmensurablemente, con el traqueteo mecánico y tenaz con que se respira, un amigo mío tan experimentado en penas que sabía, mejor que cantarlas, contarlas con la guitarra, me convidó a la gloria de escucharlo, y, ya en el interior de aquella especie de mesón o venta de la carretera, invitamos al tétrico bebedor a que se nos uniera, que él, viudo de una amistad, y nosotros, ¡de tantos amores sepultados!, no formábamos mal trío para comentar entre sorbos de uva [165] fermentada y sollozos de cuerdas musicales hábilmente tañidas, el viejo tema del dolor.

A los primeros acordes del instrumento el hombre comenzó a descomponerse; luego llegó un momento en que, azotado y acariciado alternativamente, vencido y sojuzgado, ¡al fin! por el llantear humano de la guitarra, como un caso de hipnosis, su borrachez principió a fundirse en lágrimas, y cuando, algunos momentos después —¡quién siente el transcurrir del tiempo cuando las sienes crujen y el pulso es tempestad!—, el mago de la guitarra, inclinándose a mi oído, en aquel instante pasional de mi vida, me dijo, confirmando yo no sé qué vagas pero tremendas sospechas que me arañaban los sesos: «Voy a tocar la muñeira, un aire gallego cualquiera, porque creo que es él...» Ya la confesión se asomaba trémula en los labios del miserable...

—¡Basta! —gritaba retorciéndose... Y jamás el símil retórico de la sangre se ha adaptado tan maravillosamente a una escena, porque eran borbotones de sangre estas palabras al salir de sus fauces—. ¡Me arrancáis las entrañas...!

Hasta que, de pronto, y ya de pie, no como quien reta, sino como quien se rinde, fue su última bocanada:

—Sí, sí; ¡yo he sido!

Así me dijo mi amigo en una tarde de otoño, envueltos por el Sol.

Pienso, mientras la nieve cae, en el tremendo drama de Chicago. Una espesa muchedumbre que se disponía a gozar pereció en él.

Celebran los anglosajones con mayores boatos profanos que los católicos las fiestas del Christmas. La Nochebuena en Inglaterra y en los Estados Unidos pone de pie, ante las memorias menos nutridas de lecturas clásicas, el recuerdo de Heliogábalo y de las viejas saturnales y dionisíacas.

La imagen del Nazareno queda oculta con un velo de olvido durante esas fiestas de Navidad, y Pantagruel oficia sobre los lomos del puerco cebón que inficionó de roña a la antigüedad pagana...

Imposible formarse idea del fragor de esas lupercales sin haberlas visto. Y una de ellas eligió S. M. la Muerte el otro día en Chicago para hartarse de gozar, más y mejor
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