Estudio preliminar




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[166] que en un campo de batalla: un teatro entero, vasto, puesto que era americano, ardió como una pira, con todos sus espectadores dentro76. La horrible y espléndida visión de una colosal hoguera, en la que el combustible principal era la carne humana. Más de cien espectadores perecieron; más de trescientos quedaron gravemente lesionados.

Era el fuego en cólera uno de los más bellos, aunque pavorosos paisajes, con que el mal azar nos brinda de cuando en cuando...

Diciembre se va. Diciembre se ha ido. ¿A qué diezmillonésima parte de segundo corresponderán, en sus relaciones numéricas con la eternidad, los meses? A mí se me antojan, vistos desde el dintel que les da acceso, bosques duros de reconocer, sin una buena hacha... Por lo misteriosos, ¡tan sagrados vistos desde su comienzo! ¡Y tan profanos luego, cuando se los ha recorrido de una punta a otra!

El buril y el lápiz representan a diciembre siempre, siempre, bajo el aspecto de un viejo nivoso y crepuscular, que se desmorana como un edificio vetusto, señalado coléricamente por el índice destructor del Tiempo.

No lo veo yo así. Véolo, por el contrario, mocetón y erguido, desafiando a la vasta posteridad con su pecho velludo y ancho como la base de una montaña. Véolo también, buen papá, repartiendo entre los niños mimados de su prole (pienso en los que durante todo el año han hambre y sed) las sabrosas golosinas de Nochebuena.

¿Por qué viejo? Es tan perennemente joven que, puestos a multiplicar el infinito por sí mismo, todavía no llegaríamos a fijar la cifra de años que le restan al buen papá diciembre de reunir alrededor de su mesa a los niños mimados de su prole para regalarlos con los sabrosos azúcares de Nochebuena.

Ensartando ideas patricias y plebeyas que yo arrebaño, [167] unas sacándolas de mis entrañas, otras recogiéndolas de en mitad del empedrado, formo joyeles con que magnificar tantos y tantos aspectos andrajosos de la vida, y llevo mi Paraíso en mí. Valga esto para disipar toda aprensión de retórica cuando afirmo que diciembre es un mes encantador...

Dos poetas, uno florentino del siglo XVI, que Dios hizo nacer cabe el jardín de las Galias en la pasada centuria, para alegría eterna de los hombres, y otro que, a pesar de los convencionalismos del tiempo, es un ateniense contemporáneo de Pericles, aunque nacido en la Pampa americana, Teófilo Gautier y Rubén Darío, para llamarlos por sus nombres alados y áureos, han cantado la magnificencia del nardo, de la nieve, del mármol y de la nube, lo sagrado del blanco, en estrofas tan ingentes que ya nadie podrá hablar de alburas sin temor de emporcarlas con su pobre aliento humano.

Y blanca es la vestidura del mes de diciembre. Blanca como los nardos, como las nubes y como el mármol. Blanca como la nieve. Pero ¿dónde está el divino Théo que sepa gloriarla?

Otro aspecto —faceta sería mejor— poético del mes de diciembre es el de su representación cristiana.

Pertenezco a la escuela crítica de los que afirman que la Leyenda vale más y es más verdadera que la Historia. Los personajes de Homero son más vivaces que la gran mayoría de nuestra generación ambiente. Los conozco mejor, son más reales. Ulises es de mayor evidencia que X y que B, nuestros colaboradores en el placer y en el tormento. Y en diciembre la Leyenda de Bethlehem llega a revestir las proporciones y la plástica en todos los espíritus de una catedral de alabastro completamente iluminada, reluciente como un ascua de oro y abierta de par en par a todos los amores religiosos.

Yo he conocido a Noël, al viejo Noël, al barbudo Noël, en muchas partes del mundo. Le siguen por doquiera los muchachos, porque es bueno y va cargado de golosinas. Lleva a Inglaterra un pudding grande como pirámide egipcia; a Francia, un budín con el que se podría rodear la curva del planeta, y a España, turrones y villancicos, tales como éste, que es una de las galas de mi memoria: [168]

La Nochebuena se viene,

la Nochebuena se va

y nosotros nos iremos

y no volveremos más.

Con sólo revisar a la ligera las páginas admirables que los Goncourt en su Journal han consagrado a la princesa Matilde podría escribirse un libro interesante que sirviera de contribución a la historia literaria de Francia en estos últimos treinta años...77. Yo diría, para expresar la muerte de la noble dama: «Es una musa menos.» Aquellas alamedas del parque de Saint-Gratien, familiares a los más elevados espíritus de la época, hacen soñar con los jardines clásicos, en los que, bajo las frondosidades de adelfas y naranjos, Platón departía para la inmortalidad y Aristóteles dotaba de una nueva fuerza moral al mundo, Renán, Taine, Sainte-Beuve, Théo el divino, Gustavo Flaubert, eran los familiares consuetudinarios de la gran mujer que acaba de morir.

Si hubiera sido emperatriz de Francia, como diz que estuvo un momento en su destino, la historia del mundo en estos últimos tiempos hubiera afectado otra fisonomía, y París tendría derecho a hacerse llamar Atenas...

Bogamos con afán. Pero ¿dónde está el puerto?

Leo: «11 de febrero de 1873.—Proclamación de la República en España.» Y quedo absorto al pensar, ante el apercibimiento categórico del almanaque, en lo que un pueblo animado de voluntad pudo haber hecho en treinta y un años de vida vertical y de combate; en las tristezas de ayer, en las indeterminaciones medrosas de mañana...

Durante ese tiempo, ¡qué sé yo!, ha muerto un rey sin dejar sucesión masculina conocida; se ha consumido una regencia de dieciséis años; hemos quedado reducidos a las angostas [169] proporciones de nuestro viejo hogar; fuego del cielo ha llovido sobre nuestras cabezas, y la imagen de la regeneración aparece, cuando se evoca, no menos fría y lejana que esas estrellas del cielo que alumbran sin calentar... Ananké es una palabra que lo mismo se graba sobre el lomo de los hombres que de los pueblos.

Todo, dígase lo que se quiera, marca el estigma de nuestra delicuescencia: de seguir de este modo, pulposos e invertebrados, habrá aquí en este viejo hogar, simbolizado por castillos y leones, que arrojar sal, para que la vida no perdure ignominiosamente.

DE MI ICONOGRAFÍA

De cuantos hombres de treinta a cuarenta años con derecho al nombre propio figuran hoy en las letras francesas, ninguno tan amado de la gloria, allá desde la aurora de la vida, como Charles Morice, el noble y alto protagonista de estas líneas78.

Hace quince años, en efecto, Morice era, por unánime sufragio de la juventud intelectual, el virrey de los barrios literarios de París; el rey se llamaba Paul Verlaine.

Y eso a tal extremo que, como yo era en aquella sazón el amigo inseparable de Morice, adquirí desde entonces el derecho de hablar de la gloria, aunque sólo la haya conocido de reflejo.

Los jóvenes de entonces iban preferentemente a los sitios frecuentados por Morice, y sus versos ungían con miel los labios que los cantaban. Era un efebo que llevaba sobre la frente la chispa de luz que deja como huella el beso de las Gracias. En lengua helénica daba gana de saludarlo. Y a su lado yo he visto positivamente muchas almas adolescentes estremecerse con algo —¡y tanto!— de emoción religiosa, como ante la presencia de un bello acontecimiento en marcha...

De eso hace ya muchos años, quince cuando menos, y [170] Charles Morice, que nos había dado la flor, no ha querido regalarnos con el fruto de su espíritu. ¿Hastío prematuro, desdén aristocrático, afán y amor de egolátricos nirvanas, largos como una vida sin argumento? No figurarán ya en las antologías definitivas del porvenir los eurítmicos gestos de poeta. Y buscando consuelo para esa desdicha, evocó la frase de Durny, vertical y luciente como un faro: Lo hauteur du caractére peut se mesurer au mépris qu'on a de la popularité79. O esta otra del profeta Ruskin: «Cuanto más se eleva un hombre, más ininteligible se hace para él la palabra vulgar.»

Morice se dio a conocer, allá por los años 85 u 86, en los cenáculos literarios del Barrio Latino. Paul Verlaine, con su diestra mano creadora, lo consagró poeta y le dedicó un soneto que era como una credencial de gloria. En aquellos días, el malogrado Léon Deschamps acababa de fundar el periódico La Plume, y con él unas reuniones semanales que tenían lugar los sábados en el subsuelo del café Le Soleil d'or80.

Las muchachas del barrio nos traían la gracia temporal y los poetas, los músicos y los pintores, la gracia eterna.

Allí la embriaguez no se deformó nunca hasta la borrachera, ni se adulteró el amor con escrituras y contratos, ni la admiración aceptó mixturas con los ácidos de la envidia. Allí se vivía, se vivía plenamente, en el más holgado sentido del vocablo, y allí fue donde Morice, ciudadano de lo azul, proyectó el misterio de sus alas para volar por la magnificencia de sus sueños. Como tenía un horror de la publicidad aristocrático e intuitivo, no accedió, sino en muy contados episodios, a que fijaran sus versos los periódicos; pero nosotros nos los recitábamos unos a otros de memoria, y a esta forma de publicidad, propia de los ciclos heroicos, debió Morice, puede decirse que casi exclusivamente, los primitivos faustos de su nombre.

¡Aquellos hermosos días en los que, glosando un decir famoso de Flaubert, el sol, el mismo sol no tenía para nosotros [171] otra razón de ser que la de dar lugar a la producción de un buen libro!

De entonces data la representación de Cherubin en uno de los teatros del Boulevard, obra que con Les uns et les autres, de Verlaine, fueron para los jóvenes simbolistas, en su brega contra la vetustez ambiente, como el nombre de dos batallas ganadas en la épica historia de una campaña...

Y Cherubin, que fue eso y más que eso en los días triunfales de su producción, suena en mis oídos de dentro con las tristezas de un epitafio, porque Cherubin marca la muerte de un poeta, aunque esa muerte haya ocurrido para dar lugar de nacimiento de un crítico a la manera de los prerrafaelistas ingleses. De allí a poco, en efecto, Morice, que había guardado su tesoro en versos bajo un triple cofre de hierro, lanzó al mundo su arrogante manifiesto La littérature de tout-á-l'heure81, de cuyo libro ha dicho Zola, bajo la fe de Jules Huret, que tenía la seguridad de que algunos de sus capítulos, y muy especialmente el consagrado al estudio de la literatura francesa del siglo XVII, formarían parte, por su alta elevación moral y sus opulencias de estilo, de todas las antologías del porvenir. Zola, en aquellos días del Ventre de Paris y de L'Asommoir, era el enemigo.

¿Cabe mayor elogio?

Y desde entonces Morice se despojó ante el mundo, cuando menos en apariencia, porque el que ha sido poeta, lo es, de su regia túnica de vate, y se dedicó a la alta crítica desde la plataforma de las más vastas publicaciones. (Actualmente colabora con regularidad en el admirable Mercure de France.) Toda la vida transcurrió bajo su lente. Y se me ocurre a ese respecto, entre otros señalados triunfos suyos —y cuenta que Morice luce un desdén soberano por la política—, el de cierto artículo del Figaro, que originó un ruidoso debate en el Parlamento y la fractura —¡pero cómo!, ¡hecho añicos!— de uno de los dorados polichinelas que ostentaban en la pista política representación gubernativa más caracterizada.

¡Las notas que podría señalar aquí del hombre íntimo, si tal fuera mi propósito! No habría de querellarse por ello [172] nadie, porque en Morice, ¡oh!, el hombre vale superlativamente más que su obra. Con su altanero perfil heráldico, que hace pensar en las cabezas de águila que ostentan los escudos de algunas naciones gloriosamente rapaces, Morice es un dominador que no ha querido extender sus conquistas más allá de la de su vastísimo mundo interior.

Manda en su yo como el hombre que escribe estas líneas dispone de su colección de pipas, por ejemplo, sólo que cuando Morice se apresta a ejercer acto de soberanía ¡tiene que habérselas con tigres y leones! Ningún hombre de letras me ha producido igual impresión de grandeza que este hombre. Y además, yo declaro que no puedo hablar serenamente de él, porque cuando lo nombro, puedo decir, evocando una frase célebre, que toda mi juventud se levanta y me habla...82.

Murió de hambre. Un hermano nuestro ha muerto de hambre, en Madrid, en pleno día, sobre el empedrado de la calle. Esta noticia es de ayer, pero lo mismo podría ser de la víspera, o de la antevíspera, o de hace un mes, o ciento. La fiera tiene su cubil y su ración de carne palpitante; pero hay en estas sociedades que se llaman a sí propias civilizadas hombres que carecen de un boquete bajo techado en que cobijarse y que, faltos de todo, se acuestan donde los perros vagabundos repugnarían hacerlo, y viven —mueren, ¿no sería mejor?— de lo que sería un detritus hasta para gusanos que surgen y se regodean en los cuerpos muertos. ¡Pobres transeúntes de la vida, consagrados reyes de la creación por decreto de la Historia Natural que enseñan en los colegios, y destituidos de cuantos derechos alcanzan a los micos!

Bueno: pues al día siguiente de celebrarse una fiesta de caridad por la aristocracia, un hombre en Madrid murió de hambre. [173]

Mackinley and Napoleón. ¡Así se titula un folleto que acaba de llegar a mi poder, jaleado por todos los coros de la Prensa americana! Se establece en él una suerte de paralelismo entre Napoleón y Jonathan, que, si bien es cierto que sólo alcanza a lo físico, harto se barrunta que también quisiera el autor hacerlo transcender a lo moral, como si Santiago de Cuba tuviera algo de común con Marengo, o como si los soles de Cavite ofrecieran alguna relación con la alborada purpúrea de Austerlitz.

No; el presidente muerto no ofrece ninguna suerte de homologismos con el coloso que duerme su sueño de gloria en París bajo la cúpula de los Inválidos. El uno, el americano, era de Fenicia o de Cartago, y concluyó por hacer buena la vengadora frase de la Historia... Púnica fides... El otro, el francés, es de Roma, o, cambiando de términos, y en toda la extensión de la frase: el presidente era sajón; el Emperador, latino. ¿Similitudes entre ellos? Las que existan entre un esquimal y un indígena del Cabo...

En cambio, eso sí, vera efigie de Napoleón; pero sorprendente, extraordinaria, mirífica, es un cochero con quien hice conocimiento de visu hace algunos días. ¡Y de qué buena gana establecería aquí el paralelo entre Apolo dirigiendo el carro del Sol montado sobre el Zodiaco y mi buen automedonte pesetero!

Por línea materna —se podría jurar— no tiene parentesco alguno con los Ramollino, y en cuanto a sus descendientes del lado paterno, seguramente no han sabido de los Bonaparte sino el estruendo ensordecedor de esas cuatro sílabas victoriosas. De Córcega, es seguro, no conoce el buen auriga ni aun su posición geográfica en el mapa, e ignora totalmente la púrpura y el armiño. Es un cochero, digo. Pero ¡qué semejanza con el César! Al verlo me inmuté. Yo frecuento el estudio de las viejas palingenesias orientales, y aquel hombre se me apareció como un gran argumento. ¡Napoleón había resucitado ante mi vista! No el de Brienne, sino el de los cien días, un Napoleón crepuscular, espeso y fatigado, que de Augusto comenzara a degenerar en Augústulo. Me resistí a hablarle. No vive el hombre, tan sobrado de ilusiones que espontáneamente vaya en busca del desengaño a darle cara...

E involuntariamente, y con algo de escalofríos, pensé [174] en la frase de Taine, referente al Moisés de Miguel Ángel: «¡Si resucitara, qué gesto, qué rugido de león!»

Pero como quiera que sea, la calle de Espoz y Mina, lugar donde ocurrió el fenómeno, se me antojó un instante el tablero de batalla de Ulm; la casa inexpresiva y burguesa de al lado, el palacio del Elíseo; un buen hombre cualquiera que acertó a pasar en aquel momento por aquella calle a horcajadas sobre un pacífico jumento, los formidables escuadrones de centauros, que obedecían, como una colosal y automática máquina de guerra, a las voces de mando de Ney, de Murat o de Lassalle, propias de los guerreros de Troya, narrados por Homero; y un carromato que transcurrió al paso hizo surgir vivos ante mis ojos los fastuosos séquitos de seda y oro que, como un reguero de fuego en el firmamento, iban en pos del emperador al volver de sus victorias.

Y a esto es a lo que yo quería venir a parar. A oponer la semejanza entre mi cochero y el gran corso eliseano, a lo que malos fisónomos quieren establecer entre el César moderno y el presidente ejecutado en Buffalo un día justiciero de la Historia...

No he escrito ni una línea y son ya las once de la mañana. Me aturde como un formidable redoble de tambores pensar la bárbara cantidad de tiempo que se gasta en no hacer nada. No hacer nada es una tarea llena de complicaciones. Hay libros y periódicos sobre la mesa; no leerlos. Hay conminaciones que hacer, cartas a que contestar; no abrirlas, no escribirlas, dejarlo para otro momento.

¡Labor odiosa de destrucción en que las generaciones y los mundos se agotan insensiblemente!

Es tarde, son las tres de la mañana y estoy rendido, como si viniera de recorrer a pie continentes enteros por entre faunas y floras desconocidas.

Y eso que vengo de muy cerca, de al lado; verdad también que de muy lejos, del otro extremo de mi espíritu: vengo de la Puerta del Sol, donde —«quizás ya demasiado tarde!»— he adquirido el convencimiento de que los hombres
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