Estudio preliminar




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[175] de mis señas personales somos extranjeros y extemporáneos, «una y otra calificación mortal» en la generación, entre, contra, en medio, a la cola o a la cabeza, de que formamos parte.

Me voy a la cama para ser, tendido —estoy harto de vivir de pie en la vida—, la estatua yacente de algo que gritara sistemáticamente, y como una fuerza irritada de la Naturaleza: «¡No! ¡No! ¡No!» a cuantas cosas transcurren y se realizan alrededor mío: mis pañales de ayer, mi camisa de fuerza de hoy, mi sudario negro de mañana.

DE MI ICONOGRAFÍA

Autorretrato

Un gran periódico que ha comenzado a publicarse en estos días, Alma Española83, tiene la originalidad de pedirme una autobiografía para la sección que titula «Juventud triunfante». Un poco asombrado de que los periódicos se acuerden de mí para exaltarme, envío estas cuartillas:

«Yo soy el otro; quiero decir, alguien que no soy yo mismo. ¿Que esto es un galimatías?

Me explicaré. Yo soy por dentro un hombre radicalmente distinto a como quisiera ser, y, por fuera, en mi vida de relación, en mis manifestaciones externas, la caricatura, no siempre gallarda, de mí mismo.

Soy un hombre enamorado del vivir, y que ordinariamente está triste. Suenan campanas en mi interior llamando a la práctica de todos los cultos, y me muestro generalmente escéptico. Con frecuencia mis oraciones íntimas que, al salir de mi boca, revientan con estruendo. [176]

Yo soy el otro.

En grave perplejidad me pondría quien me preguntara por la prosapia de mis ideas. Yo las cojo a brazadas como las flores un alquimista de perfumes, por todos los jardines de la ideología, y poco me importa el veneno de sus jugos si huelen bien y con el esplendor de sus tonos me sirven para alegrar la vida. Las ideas-rosas, las ideas-tulipanes, las ideas-magnolias las uso para decorar mis faustos interiores; pero no por eso reniego de cardos y ortigas, que me sirven por contraste para amar con mayores arrebatos las florescencias bellas de la vida.

Quiero al pueblo y odio a la democracia. ¿Habrá también galimatías en esto? Está visto que a cada instante he de volver sobre mis palabras para hializar su alcance. Pero yo he querido decir que no concibo en política sistema de gobierno tan absurdo como aquel que reposa sobre la mayoría, hecha bloque, de las ignorancias.

En los días de sol leo a Hobbes y a Schopenhauer, para no abrazar a toda la gente con quien me topo por las calles. Como un elemento químico circula entonces el amor por la sangre de mis venas. Y nada parece más fácil a mi mentalidad en tales días que abrazar entre mis brazos a la humanidad entera. Nacido en un país de brumas, en Inglaterra, yo sería malo quizás.

He nacido en Sevilla, va ya para cuarenta años, y me he criado en Málaga. Mis primeros tiempos de vida madrileña fueron estupendos de vulgaridad —¿por qué no he decirlo?— y de grandeza. Un día de invierno en que Pi y Margall me ungió con su diestra reverenda, concediéndome jerarquía intelectual, me quedé a dormir en el hueco de una escalera por no encontrar sitio menos agresivo en que cobijarme. Sé muchas cosas del país Miseria; pero creo que no habría de sentirme completamente extranjero viajando por las inmensidades estrelladas. Véome vestido con un ropón negro de orfandad cuando recuerdo aquel período; pero yo llevaba por dentro mis galas. Eso me basta para mitigar el horror de algunas rememoraciones...

En poco más de dos años publiqué, atropelladamente, seis libros, de entre los que recuerdo, sin mortales remordimientos: Crimen legal, Noche, Declaración de un vencido y La mujer de todo el mundo. [177]

Luego mi vida transcurrió fuera de España —en París generalmente—, y a esa porción de tiempo corresponden los bellos días en que vivir me fue dulce. Poseo un soneto inédito de Verlaine84, y creo, con Cándido, que todas las utopías generosas de hoy podrán ser las verdades incontrovertibles de mañana.

Pero basta.

Yo soy el otro.»

El niño se convierte en cura como el plomo se convierte en bala: por un hecho de fatalidad bárbara.

Que se lo proponga como un descanso o que se lo niegue como una cobardía, que la educación materialista de este siglo de progreso puramente material lo induzca a ello, que las miras ultraterrestres de los organismos delicados lo fuercen a sentir así, es lo cierto que en la vida de todo hombre de sinceridad llega un momento en que, colocado imaginativamente ante el Misterio, cae de rodillas ante él, los brazos en cruz, gritando: «Padre nuestro, que estás en los cielos...» Así he caído yo. Muchas veces caer es levantarse. Y de rodillas y en cruz ante mi Padre «que está en los cielos» y está por doquier, permaneceré toda la vida: erguido como un reto, ante los hombres.

¿Querer no es casi poder? Pues yo quiero, quiero creer.

¿Dónde están las puertas de mi mundo espiritual que conducen al camino de Damasco?
DE MI ICONOGRAFÍA

José Santos Chocano

Viene del sol85. Este poeta hijo de madre mortal viene [178] del sol. Las musas lo cuentan así, a los cuatro vientos. De ese gran loco de Cyrano se sabe positivamente que hizo un viaje a la Luna. Poblados de poetas están los parques azules de las altísimas lejanías. Y con el Zodiaco corresponden muchas almas humanas. José Santos Chocano viene del sol. La raza autóctona de su país lo amaba. Los viejos incas, porfirogénitos, le prestaban adoración. Helios lucía igualmente en los cielos que sobre los altares. En el instrumento métrico de Chocano, donde la cuerda broncínea no excluye, cual compete a todo verdadero poeta, la cuerda casi viva que parece formada por una fibra de corazón humano, hay también uno, un rayo de sol, que el poeta ha logrado guardar perennemente cautivo en su lira. Así, cuando el instrumento vibra al unísono, es cosa sorprendente oír cómo se funde y se confunde en un exclusivo salmo de belleza aquella masa orquestal que llega a parecerse en ocasiones a una fuerza eurrítmica de la Naturaleza.

No es un poeta sabio, ¡oh, no! Es un poeta ingenuo. De Geografía sabe lo preciso para poder afirmar rotundamente que el corazón humano es igual en todas partes, y de Historia, que lo inventado es generalmente más bello que lo averiguado. Hijo de América y nieto de España, su espíritu está formado de bellas visiones de los Andes y hondas lecturas del Romancero. De esas lecturas, de ese tuétano de leones, ha sacado Chocano la armazón épica en que están contenidas la mayor parte de sus composiciones.

Mezclado, cual corresponde a todo portavoz moderno, a los acontecimientos políticos de su país, Chocano conoce la prisión y el destierro, y guarda en su cuerpo la señal de los dientes con que en días malos lo marcaron los dogos del poder. Rememoración sañuda de sus potros, de sus garfios, de sus hierros, de la hiel y el vinagre de la ergástula fue el libro Iras santas, de gran abolengo, puesto que tiene entre sus antecesores a Job en lo antiguo y a Víctor Hugo en lo moderno; el libro de Job y aquellos Castigos con que el profeta de Guernesy marcara de oprobio y de impureza por toda la vida aquel fantástico imperio de Napoleón el chico, que parece como una pesadilla de la Historia... [179]

Pero aquellos tiempos pasaron, aquel ciclo de odio pasó.

Y no fuera por las cicatrices, Chocano, plácido y jovial, diplomático y poeta, no guardaría de aquellos tiempos sino el recuerdo casi impersonal y colectivo que se conserva de ciertas efemérides siniestras del «año del cólera», por ejemplo. Un ciprés en los jardines de Afrodita.

Yo hubiera querido hacer de este poeta un largo estudio digno de su fama y de su obra. Ya lo haré algún día. Y, mientras tanto, quedan aquí estas líneas, con las que yo dejo materializado un saludo al apolíneo cantor de América, al embajador de paz, cuyas credenciales ha tiempo que fueron refrendadas con el sello de oro de nuestra Castalia nacional.

Me trasuda el dolor y pienso que la vida es una infamia El dilema está escrito por todas partes, se ve por doquiera: o imbéciles o mancomunados. Para gustar de la vida como de un fruto es preciso ser imbécil o fusionarse con la miseria total ambiente.

Mi perro adivina el mal de ideas que me roe por dentro y me lame las manos. ¿Será mensajero del Bien? A veces se vale de tan humildes mensajeros para comunicarnos sus mejores imperativos.

No salí ayer de casa por miedo a que la gente echara de ver mi inopia cerebral. Me pasé todo el día ante el balcón cerrado mirando allá a lo lejos, y me acosté a las seis de la tarde. Las once de la mañana son y estoy escribiendo estas líneas en la cama.

No es pereza, sino postración. Estoy rendido de andar y de ver caras nuevas, como un caminante. Agorafobia llaman los médicos a la sensación de miedo que ataca a los atáxicos en la calle, haciéndoles ver zanjas y pozos abiertos por todas partes. Así, y de un modo más propio, debería calificarse la enfermedad moral que me consume. Agorafobia: horror de la ciudad, horror de la plaza pública, horror de la gente.

Arranco una hoja de mi calendario de pared y quedo asombrado de la tranquilidad absolutamente mecánica con que realizo ese hecho terrible. [180]

¿Inconsciencia? No; sino costumbre adquirida ya de jugar con venenos y con los iracundos verbos del Ecclesiastés86.

Un escritor belga, de alma tortuosa y sutil, Emilio Verharen, publicó, al regresar de una excursión por nuestra tierra, un libro extraño cuyo simple título me ahorra el menester del comentario: La España Negra87.

No mucho después, otro escritor, francés éste, y de la buena orientación francesa, Maurice Barrès, fijó en letras de molde sobre las páginas de un libro rotulado De la sangre, de la voluptuosidad y de la muerte la cabalgata de sus sensaciones españolas, con euritmia semejante al rítmico galopar de un escuadrón de centauros en las tinieblas88.

Y ambos libros, ambos haces de negrura, produjeron en el mundo, por tratarse de España, la impresión de asombro que causaría ver el caudal de un río revolverse contra la lógica de su corriente, o tras de los tules de lo alto, súbitamente desgarrados, vislumbrar la proyección de una pesadilla provocada en el cerebro de un alucinado por el opio o el alcohol, en el fondo de una caverna, a orillas del mar Muerto...

Sí, La España Negra; sí, De la sangre, de la voluptuosidad y de la muerte, en sustitución de los rientes libros en que Dumas el mulato y Gautier nos presentaban ante la óptica mundial como un país de abanico.

Precisamente no más tarde que ayer, un periódico madrileño se lamentaba comentando los motines agrarios de [181] Córdoba y el acrecer amenazante que adquiere el movimiento societario en Andalucía89; se lamentaba, digo, del cambio radical que en brevísimo espacio de tiempo se ha labrado en el alma andaluza. Y harto dejaba ver el articulista que, en su sentir, el tipo más completo del andaluz es el torero; y de la mujer andaluza, la bailaora; y de la campiña meridional, los Cármenes de Granada y los vergeles de la sierra cordobesa.

El sol es «natural de Andalucía»; Sevilla es «la tierra de María Santísima»; la blonda protagonista del poema campomoriano era «digna de ser morena y sevillana», ¡y qué sé yo!, no proponiéndome transcribir en toda su extensión la cálida letanía de amor con que España, extasiada y rendida, ha cantado y orado ante su Mediodía.

Sin embargo, el pueblo andaluz, mejor que ningún otro de la Península, glosa y parafrasea en sus rimas y decires, insistentemente, monótonamente, la dolorosa exclamación de Lamennais: «Mi alma ha nacido con una llaga», y, si bien es cierto que no se siente fuera de lugar ni de sazón en los tumultos de una zambra, también lo es que, como la heroína del cuento jabanés, baila siempre, aun en sus más soleados jolgorios, con un cuchillo clavado en las entrañas...

Hay que oír sus cantares. No es que conserven perdurablemente los cerebros de sus vates populares el pliegue de la Edad Media, es que guardan en los sesos, grabado a punzón, el estigma de la Edad Eterna, largo desde el bramar del Ecclesiastés hasta nuestros días:

Te moriste quejando,

compañero mío:

en un laíto de mi corasonsito

guardo tus quejíos.

En el hespitalito, a manita erecha,

allí tenía la mía compañera

su camita jecha. [182]

Déjame pasar el puente,

que tengo a mi compañera

que está de cuerpo presente.

Ayer noche, con la luna,

yo he visto al seporturero

abriendo mi seportura.

En el simenterio nuevo

allí mismo la enterraron,

que mis ojitos lo vieron90.

La tierra que a mí me cubra

ni la mires ni la pises:

no te acuerdes más de mí,

que mi lengua te maldise.

Muerto reniego de ti.

Cuando tú esté en la agonía

no llames al confesó.

Las cosas que tú me has hecho

que las sepa sólo yo.

Yo he visto en un tribuná

castigá a un inosente,

y al mismo tiempo pasaba

el hombre que hiso la muerte.

Nadie se aserque a mi cama,

que estoy ético de pena91;

el que muere de mi má

hasta la ropa le queman.

¿Verdad que, sin perisologías declamatorias, estos sollozos rimados aúllan la Muerte? [183]

En las letras de ahora existe una variedad morbosa constituida por mozos rasurados o lampiños a la que yo llamaría cofradía de los profesionales de juventud; no exhiben esos jóvenes otros méritos que el de ser jóvenes; pero en la vida huyen de las mujeres y en las ideas de las corrientes de aire.

Viéndolos y oyéndolos, todo se trastrueca en mi juicio, y las blancas barbas temblonas de los ancianos se me antojan irresistibles de seducción para las mujeres, y apolíneas sus calvas testas, evocadoras del sepulcro.

Un día tedioso de su lóbrega vejez, Lamartine, asaeteado por burlas viejas que salían de labios impúberes, gritó: «¡Viva la juventud!, pero a condición de que no dure toda la vida». Sí, viva la juventud, aunque dure toda la vida; pero no esta juventud española de ahora, que huele a la cera de las sacristías, que ronda los hogares de los ricos en busca de una provechosa heredera, que se extasía ante Mercurio y ha hecho de él su Dios de la mano izquierda, que sigue la moral de Loyola y que es capciosa hasta en el amor, que es capaz de recitar de memoria el Catecismo del P. Astete, pero que ignora el cantar de los poetas humanos y viriles, y que, en una palabra, vestida de negro, y oliendo a moho, es la negación de todos los sentimientos primaverales y fuertes.

He asistido a la distribución de un rancho extraordinario, ofrecido en Amaniel, como en una hemosa fiesta pascual, a cuantos sin más formalismos que la simple presentación, mostraron su hambre y la solicitud de que la calmaran.

La voz había corrido por todos los subsuelos de la miseria; la voz había corrido de que en tal día se podría comer un puñado de garbanzos, un pedazo de tocino y un panecillo; podría aplazarse por veinticuatro o más horas la muerte por inanición... (¿por expulsión no sería mejor?).

Y viejos y jóvenes, íntegros y tullidos; los que vienen renegando de la Corte de los Milagros; las viejas, informes como los cantos rodados de la playa, y las jóvenes, inmaculadas como florescencias liliales, o impuras como el polvo de las carreteras, asaltaron en frenéticas caravanas, porque [184] tal era su día y su fiesta, porque ese es el más imperativo derecho de los vientres hueros, a aquel lugar de bendición en que el precepto de dar de comer al hambriento era también una oración y una oración cantada y realizada...

No creo yo en la caridad como remedio a las aflicciones sociales. Para curar un caso de lepra se hace uso de tales y cuales medicamentos. Para curar la lepra se necesita el saneamiento total de la ciudad y del ciudadano, por el hierro y por el fuego si es preciso.

Pero la caridad, si no cura, mitiga, al menos, los dolores. Y no sería completamente inútil fijar en los cuatro puntos cardinales de estas grandes colmenas humanas casas de previsión y saneamiento, con las puertas de par en par abiertas, con los brazos en cruz, como los del Cristo, para estrechar en ellos todas las aflicciones humanas.

Venían unos del barrio de las Injurias, de Vallecas otros, de aquí y de allí, de muy cerca y de muy lejos, de las buhardillas, de la intemperie de los solares y de las cuevas, de todas las hondonadas y de algunas alturas; venían del país letal de la Miseria, no siquiera tras del vellocino de oro, sino tras del mendrugo de pan y la oferta posible de trabajo; venían atraídos por el lóbrego caserón de Amaniel, que a ciertas horas de la noche social debe brillar ante muchos ojos, cegados por las lágrimas o por la ira, como un faro luminoso.

Sé lo que digo. Yo he visto la miseria en Whitte Chappel92, en el Transtiverino, en Charonne; pero jamás he tenido la percepción clara y neta y como material de esa Furia, sino hace algunos, muy pocos días, allá en esas rientes arboledas de Amaniel, tan bien doradas por el sol que nos alumbra a todos..., ¡tan lúgubres, sin embargo!

En mi cielo espiritual, Verlaine es una de las más evidentes estrellas del Zodiaco; aun acopladas a otras de mayor potencia, su luz brilla solitaria, como si no formara parte de constelación alguna. Así el lucero de la mañana, que tan bien conocen los caminantes.
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