Estudio preliminar




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[193] conturbar el alma humana: la codicia, la lujuria, la superstición, la gula, la envidia pálida, el rojo odio.

El duque de Lerma contra su hijo y enemigo, el de Uceda; el fraile dominicano fray Luis de Aliaga contra el fraile franciscano Santa María; la priora del convento de la Encarnación contra el P. Florencia, de la Compañía de Jesús; el conde de Olivares contra el de Lemos, y todos a una, como una jauría hambrienta, contra D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias...

Una vez, yendo el rey acompañando a la procesión en la fiesta religiosa que se llama «La Octava del Santísimo», un labriego se le puso delante y lo apostrofó diciendo: «¡Al rey todos lo engañan y esta monarquía se va acabando, y quien no lo remedia arderá en los infiernos!»

El rey no le hizo caso. Otra vez, el Consejo de Castilla hizo ver a la majestad, en un mensaje dividido en siete capítulos, las causas y remedios de la despauperización española.

En el primero señalaba la carga excesiva de tributos; en el tercero recomendaba el fomento de la agricultura y la obligación en que se debía poner a los grandes señores y títulos del reino «de salir de la corte e irse a vivir a sus estados respectivos, donde podrían, labrando sus tierras, dar trabajo, jornal y sustento a los pobres, haciendo producir sus haciendas»; en el sexto se exhortaba al poder regio a que no se dieran más licencias para fundar «nuevas religiones y monasterios».

El rey no le hizo caso.

Y un día, 21 de octubre de 1621, en época ya de Felipe IV, el cielo se nubló, las Euménides se aposentaron en el palacio regio y el pueblo tuvo la fiesta de ver a un verdadero noble, a un auténtico gran señor, a un valido notorio, marchar vestido de la ropa vil y a horcajadas sobre un jumento, camino del cadalso. El clamoreo del populacho era ensordecedor, pero sobre todas dominaba la voz del pregonero, que estentóreamente gritaba:

«¡Quien tal hizo que tal pague! Esta es la justicia que el rey nuestro señor manda se haga en este hombre que fue condenado en sentencia por la que le mandan degollar. ¡Quien tal hizo que tal pague!»

Uno de los cargos principales acumulados contra D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias y ex secretario de [194] Cámara, fue el «haber hecho sobre su corto patrimonio una opulenta fortuna».

Pero, ya queda dicho, del trágico acontecimiento van transcurridos centenares de años, y centenares de ministros, no menos venales que D. Rodrigo Calderón, han hundido sus manos avarientas en las arcas del Tesoro, sin que hayan sido segadas jamás, mientras que de pie y solitaria, bella también como un macizo de verdura en mitad de una charca, queda la gran anécdota que acabo de contar, probándonos, ¡ay!, la vana ejemplaridad de la Historia95.

Una conferencia de Pablo Iglesias en el Centro de sociedades obreras96. «Burgués» es el adjetivo de que se hace más grande despilfarro en aquel recinto, y «burguesía», el más ópimo sustantivo. Sin embargo, ambos vocablos, a fuerza de machaqueteados y repetidos iracundamente, concluyen por tener cierto sabor trágico y marcar en el paladar como un vago dejo de sangre humana.

Iglesias explana su anunciada conferencia y repite el mismo discurso que le estamos oyendo decir hace treinta y tantos años. Es una larga acusación fiscal y una muy áspera diatriba contra todos los Poderes constituidos. Ese hombre es fuerte porque es terco, y cuando anuncia los irremediables e inminentes cataclismos, fuerza a pensar en los hoscos profetas de Judea, que, vestidos de esparto y cubiertos de ceniza, para dejar mejor expresados la desesperación y el duelo, gritaban [195] por los caminos y las ciudades, gritaban por todas partes, monótonos como el dolor, anunciando la próxima ruina de Jerusalén y de su templo.

¿Queréis saber en lo que se diferencia un bandido de carretera de un conquistador de pueblos? En que el bandido se llama siempre José María y el conquistador se llama casi siempre Napoleón.

De mi iconografía

A la entrada de todas las encrucijadas, de todos los laberintos mentales que conducen al Misterio, hay un ángel con la espada desnuda y el índice sobre los labios, en actitud de imponer silencio. Pocos son los que entran y excepcionales los que, al salir, dejan de obedecer la intimación del formidable ángel custodio contándonos lo que han visto. No existirían las sombras si no, y a los exploradores de todo lo que es más allá les bastaría consultar los mapas del Misterio para saber dónde, con toda seguridad, podrán posar sus plantas. Además, el cerebro humano no puede resistir las presiones que son propias del mundo metafísico y Dios enloquece a los hombres que quieren hacerse ciudadanos de lo Desconocido y establecer sus tiendas en la tiniebla. Generaciones de seres han partido para allí, que no han vuelto sino con el cerebro lisiado o que no han regresado jamás.

El hombre singular de quien quiero someramente ocuparme, Tomás de Quincey97, como el príncipe Carlos de Viana, como el marqués de Villena, como algún otro, nos tornó, sin embargo, de allí indemne, como si su alma poseyera el don magnífico de la invulnerabilidad, tal el vate florentino después de su épica expedición por el Infierno. Había hecho [196] suyo, y se lo había apropiado hasta formar con él como un nuevo principio de vida, el decir profundo que Shakespeare pone en boca de Hamlet: «...hay algo más en el cielo y en la tierra de lo que puede soñar la filosofía», y decidido a partir, vestido ya con su escafandra de buceador del Infinito, se hizo amiga del fantasma, del duende, del endriago, del gnomo, del hipógrifo que recorre los aires, de la salamandra que conoce los misterios del fuego, y afrontando en Manchester, en Londres, en Edimburgo, las miserias de la vida, dimitente de todo lo real, forastero de todas las comarcas habitadas por el hombre, ciego, pero con un lucero ardiéndole bajo el cráneo, se lanzó al estudio de lo desconocido; Colón de mundos submundiales, viajó por el éter, y viajó más aún por las venas y las galerías insondables del Misterio, e indemne y fuerte, tanto que murió a los setenta y cinco años, regresó a la vida común, a la vida de todo el mundo, con suficiente acopio de sustancias para escribir cuatro mil libros extraños y terribles, de los cuales sólo nos regaló algunos, los Estudios y las Confesiones de un inglés bebedor de opio, que son como la violación patente que un hombre mortal hizo, descerrajándolas, de las puertas de bronce que impiden la entrada del Infinito para solaz eterno de las generaciones.

Y a eso lo sacrificó todo Tomás de Quincey. Pudo ser un crítico, un soberbio inquisidor de motivos y temas literarios, como lo prueban sus estudios sobre Shakespeare y Pope, o un gran poeta, como lo aseguran sus estancias de Suspiria de profundis y Lévana; pero prefirió a todos esos faustos ser el embajador de lo Ignoto, el traductor de la sombra, el místico peregrino de las nebulosas humanas, el incubador de las larvas predecesoras del mañana, y no encontraría yo impropio que, en el plinto, los mármoles luminosos que expresan el encanto de vivir se grabaran los nombres de los que, embrujados por la pena, poetas del dolor, han magníficamente completado nuestra visión de la vida, haciéndonos ver la negación que contienen las más soberbias afirmaciones del hombre. [197]

5 de enero.

En un periódico madrileño de nutrida clientela acabo de leer un artículo que es un alegato en regla contra la juventud contemporánea98.

Se la acusa de egoísmo, de indiferencia por la cosa pública, y se la echa en cara su vehemente devoción por aquel que, en los pleamares de su consciencia, supo levantar como una afirmación y como un reto la imagen del superhombre.

Y tiene fundamento la acusación. Y de ella recabamos un jirón de gloria. Le inspira, en efecto, a la juventud contemporánea tedio la política, rencor sus hombres. ¿En qué sazón ha protegido aquí el Estado las manifestaciones intelectuales o artísticas de las cabezas flameantes que guardan bajo sus bóvedas los verbos imperativos del mañana?

Cuando no las ha quebrantado en brote con sistemáticos desdenes, las ha tronchado en flor con vesánica inconsciencia... Cierto que no debe concebirse al Estado como una gran nodriza dotada de ubérrimas mámelas, y que es preciso reaccionar también contra la pereza de confiarlo todo a su pretendida misión providencial, que tan lesiva es al desarrollo del individuo; pero todo ello a una condición: la de que no se cite para nada la panacea inglesa.

¡La donosa ocurrencia!

Inglaterra es, en su aspecto político, el país del Selfgouvernment y del Habeas corpus, mientras que aquí el Estado parcela nuestra actividad, codifica nuestro corazón, legisla nuestros placeres, rotura nuestra conciencia y, absorbente como un pólipo de mil patas, llega hasta encerrar en moldes curialescos las fórmulas que acompañan a los tremendos imperativos del nacer y del morir. ¿Con qué lógica se habla entre nosotros del arrogante gesto individual con que los hombres del Norte señalan los nuevos derroteros de la vida? ¿Acaso se puede honradamente gritar «¡Habla!» a la pobre criatura mortal sujeta al ludibrio de la mordaza, y no es una condición esencial del movimiento [198] la de no tener los miembros aprisionados en una camisa de fuerza?

No; ni brotan en los arenales lirios, ni el águila lanza su verbo penetrante y audaz como un clarín de guerra en las charcas tan propicias, sin embargo, a la alegría de vivir de palmípedos y batracios. Lo primero que hace falta a un pulmón para funcionar libre y sanamente es aire, el buen aire respirable. Pero ¡si se lo limitan o se lo empuercan...!

No creo yo tampoco que la juventud española contemporánea transcurra su vida interna iluminada por ese sol de medianoche que en nuestra constelación intelectual se llama Federico Nietzsche.

Jamás la gente moza que en los días equinocciales de la historia asalta alcázares y fortalezas de instituciones o de ideas ha seguido a otros hombres que a los que rotunda y hasta brutalmente afirman con el verbo o con la espada.

Ni Voltaire ni Momo serán nunca las divinidades consagradas de un pueblo. Y al revisar las lívidas frases del pandemónium nietzschiano, más literarias que filosóficas, más retóricas que sentidas, las unas haciendo guiños, las otras retorciéndose en convulsiones epilépticas, la grave amonestación de Pascal se nos viene invasoramente a las mientes: «Ingenio burlón, mal ingenio.»

«Matemos con la risa y el sarcasmo», profirió Nietzsche; y tan hondamente llegó a incrustar en la práctica su teoría, que frecuentemente no acertamos a colegir si el extraño alucinado ríe o llora.

«Yo no puedo creer sino en un Dios que sepa bailar», dijo.

¿Es que aquí ríe?

«Ser malo, ésa sería nuestra verdadera bondad», añadió.

¡Ah, pues entonces aquí sí que llora positivamente!

No; la juventud intelectual contemporánea no vive influida por el evocador del superhombre. Con toda su innegable grandeza, Nietzsche producía al agitarse un vago ruido de cascabeles que hacían esperar, temer la pirueta. No fue un portaluz. Ni iluminó ni se anegó. A nadie se le ocurriría a presencia del obstinado exaltador del egoísmo gritar una frase que se pareciese a ésta: «Con tal que la antorcha difunda [199] la luz, ¿qué importa si quema la mano que la enciende y la agita?»

La juventud española contemporánea se muestra adusta y desdeñosa con sus mayores, y yo sé bien por qué.

Era en marzo de 1898. La leyenda de bravura y lealtad españolas estaba en entredicho. Los Estados Unidos alargaban sus tentáculos hacia nuestras antiguas colonias, y de allí volvían en lúgubres caravanas flotantes, como coágulos de nuestra hemorragia, por centenares, por miles, los mismos soldados que al son de las charangas emborrachadas por el himno de Cádiz habían partido poco antes acompañadas hasta los muelles por vocinglera multitud que los vitoreaba. Los periódicos continuaban, no obstante, ocupándose de cuestiones personales de nuestra baja, misérrima política. Tal bracero del género lírico era nuestro Hugo Fóscolo, y Perico el ciego, nuestro Teodoro Koerner99.

Pero he aquí que Frascuelo100 se siente enfermo, que Frascuelo se agrava, que Frascuelo se muere. ¡Fue de ver entonces el llantear patrio ante tamaña catástrofe! Todo el celo reporteril de centenares de muchachos bien habidos con sus piernas no bastaba para satisfacer el ansia de detalles con que el público quería tener, hasta el hipo que acompaña al hartazgo, noticias de su héroe nacional.

La Corona y el Gobierno no eran de los menos preocupados en el asunto.

Mientras tanto, quiero decir que en aquellos mismos días, un sabio español murió, y en la indigencia. Tuvo para sus restos una fosa cualquiera y un ataúd de pino regateados por la caridad —que «al que se muere lo entierran»— y para su nombre una vaga necrología estrujada entre seis u ocho líneas sin emoción, como paletadas de tierra, en la tercera plana de los periódicos. ¡Claro! Aquel sabio, por serlo, era extranjero y extemporáneo en la tierra donde nació, mientras que Frascuelo fue como un símbolo jacarandoso y vivo de la idiosincrasia encarnada y amarilla que nos sofoca y nos mata. [200]

¿No ha sido por mucho tiempo la principal figura de los salones madrileños un duque de Alba, a quien no se le conocía mejor afición que la de guiar coches, atado en el pescante, y el gran elector de Madrid, aquel pobre Felipe Ducazcal, empresario de festivales, no siempre délficos, y la cantante más famosa, la Parrala, y el poeta más celebrado, Grillo, y el artista más admirado, Juan Breva, y el centro de la buena sociedad, la taberna-burdel denominada La Taurina, y Lagartijo y Frascuelo, por último, las dos más altas eminencias de la encumbrada meseta castellana?101.

¿De qué trabajos ni de qué estudios han habido menester tal procer o tal juglar para ser reconocidos como grandes primates en el légamo de nuestras costumbres contemporáneas?

Esos, esos recuerdos —y la rebelde e impía terquedad de los viejos en no ceder los puestos que contra toda ley moral y natural ocupan como por usufructo vitalicio— es lo que forma el sedimento rencoroso de la juventud de ahora. ¡Es que carece de estímulo, de protección, de ambiente, de sol y de justicia, de aire respirable! «Todo le está permitido —le dicen— ¡menos el vivir...!»

Parece como si la historia de España hubiera concluido hace muchos siglos...102.

Dos días seguidos con un fuerte ataque de reúma en ambas piernas y obligado a salir a la calle, sin embargo. ¿Que cómo? Arrastrándome. ¡Yo que a menudo siento dolores en los costados, como si me quisieran brotar alas!

La señorita Fifi, que por lo visto es ya una señora, ha dado a luz, hace poco, tres robustas hembras y un soberbio galán103. Ella, tan remilgada y tan quejumbrosa, se ha portado en esta ocasión como otra gata cualquiera. Ha parido con bastante más dignidad que una mujer, sin ayes, [201] sin sacudimientos y sin sangre. No ha necesitado tampoco de comadrón ni de ayudantes, y a los cinco minutos de haber dado vida, ya estaba en aptitud de jugar a la pelota, como el congénere suyo que sirve de enseña a la famosa novela de Balzac.

La señorita Fifi —yo creo que puedo continuar llamándola señorita, porque en los gatos el amor no mancha ni deshonra— no ha sufrido desperfectos sino en el rabo, que ha habido necesidad de lavarle escrupulosamente, pero que, con todo, ha quedado bastante maltrecho, y es un espectáculo triste el de ver erguirse con insolencias de magnate ese rabo miserable que parece desafiar al cielo, y que, sin embargo, excita las más bajas compasiones de la tierra.

Admirable, sencillamente admirable, como un buen santo de la leyenda católica, el pobre Tin, uno de mis perros. Tiene idea tan severa de la solidaridad, que no se aparta un momento de los hijuelos de su amiga; los lame, los guarda, los arrulla a su manera; diríase que les canta coplas para adormecerlos y no falta jamás al deber de hacerles compañía cuando la madre se aparta de ellos solicitada por otros menesteres.

¡Qué absurda leyenda es esa del desafecto natural que se inspiran gatos y perros! Cuando se dan cuenta de que no hay nada que los obligue a odiarse, se miran entre sí con indiferencia o con amistad, si el azar los hace vivir juntos.

Tin, que no es un monstruo, sin embargo, se muestra conocedor de los más complicados protocolos cada vez que las confabulaciones de su vida lo ponen a presencia de un gato.

Bien es verdad que no siempre el gato suele corresponder a sus zalemas de experimentado cortesano.

Felino también el Sr. Canalejas104. Un felino superior que se resigna a degenerar hasta el gato. ¡Hermoso león que
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