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II. ESPAÑA, FIN DE SIGLO: BOHEMIA, ANARQUISMO, SOCIALISMO


Tumulto, paradoja, conciencia, paraísos artificiales, búsqueda de nuevas formas de afirmación, tal es el mundo europeo finisecular12. En España los más seguían vinculados a expresiones artísticas y políticas anteriores, ya caducas, pero no liquidadas y, sobre todo, todavía no superadas. En algunos pocos, la aspiración a crear un arte nuevo y un nuevo mundo social y político más respirable que respondiese a la realidad surgida de una España con mayores tensiones. Una población obrera que crece en las ciudades, creando aglomeraciones urbanas industriales en Barcelona, Bilbao, Madrid. Un capitalismo vasco y catalán con creciente pujanza, apoyado en la aristocracia y la alta burguesía, que no deja de crear conflictos sociales. Fin de siglo de huelgas, paros que conducen inevitablemente al endurecimiento y a la represión.

En la década del ochenta nos encontramos con la Internacional de Trabajadores nuevamente permitida y con un recién fundado Partido Socialista Obrero en 1879. Mientras algunos intelectuales se conforman con lamentar la crisis nacional, otros aspiraban a investigar la «verdad social» e intentaban impulsar al proletariado español. Al médico socialista Jaime Vera se debe el primer texto científico —Informe a la Comisión de Reformas Sociales—, que apareció en 1884. Concierta aquí un programa de acción y hace una llamada a los intelectuales para que participen en el trabajo teórico de la revolución proletaria. El mensaje de Vera será [13] recogido por los jóvenes, que rompen lanzas en las postrimerías del siglo como «obreros intelectuales».

Pero los conflictos sociales no disminuían, muy por el contrario. En 1888 hubo una importante huelga en Río Tinto; en 1890 se celebró por primera vez la fiesta del 1 de mayo, y se extendió una ola de huelgas por Barcelona. Andalucía no padecía menores estertores: en 1892 los campesinos invadieron tierras en Jerez de la Frontera y el gobierno condenó al ácrata Fermín Salvochea por encabezar la rebelión. Hubo arrestos en masa y castigos impuestos a culpables e inocentes en Andalucía y también en la Ciudad Condal, debido a los atentados anarquistas. Si en el interior la península muestra un vívido cuadro de tensiones, la situación colonial es aún más inestable, agravada por la guerra en las islas del Caribe: Cuba y Puerto Rico. Toda esta tupida red de luchas e inestabilidades suscitó una literatura denominada «regeneracionista», que influirá no poco en las enconadas contiendas entre «viejos y jóvenes» que se harán sentir desde las páginas de revistas y folletos. En la década del noventa, antes del «desastre», la generación nacida durante la Restauración entabla acaloradas controversias con los viejos defensores del buen burgués. Arte, poesía, protesta eran programa análogo para los más jóvenes: José Martínez Ruiz, Pío Baroja, Ramiro de Maeztu, Jacinto Benavente, Miguel de Unamuno, Joaquín Dicenta, Alejandro Sawa y tantos otros envueltos hoy en la bruma del olvido.

En este panorama, unos jóvenes —la mayoría vienen de la periferia— se reúnen en Madrid o tienen a Madrid como centro de convergencia. Allí discuten, leen; leen, discuten a Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Tolstoi, Nietzsche en fogosas tertulias de café. Otros, como el bohemio sevillano Alejandro Sawa, el Max Estrella valleinclanesco, hablan de Verlaine, de Walt Whitman, de Baudelaire, de Poe. «En mi nebulosa de Arte, Verlaine luce como un arcoiris de ensueño mejor aún que como una estrella», apunta en sus postumas Iluminaciones en la sombra (1910). Verlaine es la Poesía, Louise Michel la llama, y describe a la comunalista como alguien «que predicó contra el Mal, según su concepto del Bien».

Arte, poesía, bohemia de Barrio Latino en París y de cenáculos literarios madrileños, pero también protesta y [14] conciencia social13. No es capricho que Sawa, el bohemio modernista de barba hirsuta y enmarañada melena de boule-vardier, alternara el amor por la Belleza con el programa na turalista: de 1885 a 1888 publica La mujer de todo el mundo, Crimen legal, Declaración de un vencido, Noche y Criadero de curas. Él, como otros, se divorcia de la sociedad; a él, como a otros, la sociedad lo hundió a menudo en la miseria, la locura o la muerte. Si ya desde el Romanticismo el artista se había convertido en el gran solitario, a fin de siglo se transformó a menudo en el proscrito. La creación se concibe como rebelión; un afirmarse en un mundo que banaliza la existencia humana dentro de sus guerras intestinas entre producción capitalista y trabajo.

¿Es de extrañar entonces la fascinación por los «ismos» de moda? A mayor ansia de salvar la libertad, tanto mayor rebeldía y tanto más fuerte el rechazo a la política de la Restauración que, obviamente, conducía el país al desastre. Ya muerto Antonio Cánovas del Castillo en 1897, blanco de las iras de las fuerzas más renovadoras del país, Ernesto Bark, socialista y bohemio de origen eslavo que se instaló en Madrid, recordaría la Restauración en 1900 como época de intriga cobarde e hipócrita. En El Internacionalismo (Madrid, 1900), describe un gobierno corrupto, pero suficientemente hábil para desprestigiar y falsear los intentos revolucionarios
destruyendo así arteramente las ilusiones nobles de la nación y su fe en los ideales del progreso. Transigió con el sufragio universal para prostituirlo, con el jurado para ridiculizarlo, con las libertades de reunión y de imprenta para mistificarlas (p. 24).
Ante esta atonía, los jóvenes aspiraban a fomentar el espíritu alerta y propagar las ideas innovadoras por medio del libro, del periódico, del folleto. En la letra impresa veían [15] un medio infinitamente más valioso que el discurso o la manifestación política (aunque encabezaron algunas), porque, como decía Bark, «penetra sigilosamente por todas partes y convence dirigiéndose a la inteligencia». Con este motivo surgieron infinidad de revistas en coalición de fuerzas: Don Quijote (1892-1903), Germinal (1897-1899), Vida Nueva (1898-1900), La vida literaria (1899), Alma Española (1903-1904), Helios (1903-1904), La Anarquía Literaria (1905) por mencionar algunas, sin aspirar a agotar la lista.

Para unos el «regeneracionismo»; otros, en cambio, planteaban el franco corte con el pasado. Conquistar nuevos mundos de justicia; doble búsqueda de lenguaje y subversión. La poesía, como forma de elevar a los hombres. La literatura, como vehículo de revolución. Bohemia, «proletariado intelectual» la definió Bark, explotada por publicistas y editores, que se une a las voces de alerta, analizando el problema nacional y sus causas y proponiendo remedios. Pero algunos jóvenes apuntaban muy lejos y, en torno al «desastre» se creó la polarización entre lo que llamaron Gente Vieja y Gente Nueva. Entre los últimos figuraban desde serios y circunspectos profesores universitarios hasta bohemios recalcitrantes, «papel de carnaval», diría Bark luego. ¿Y cómo era esa bohemia modernista? Tener veinte años y comer más a menudo raíces griegas o ensueños dorados, sintetiza Enrique Gómez Carrillo al recordar, en el prólogo a su novela Bohemia sentimental (Barcelona, 1900), cómo se encrespaba la ola bohemia en Francia y España. En esas mismas páginas encontramos a un Rubén abrumado e insatisfecho de que lo llamen bohemio:
¡Bohemio yo!, gritaba con tono fiero el autor de Azul ¡Pues no faltaba más! Los bohemios no existen ya sino en las cárceles o en los hospitales... En nuestra época los literatos deben llevar guantes blancos y botas de charol, porque el arte moderno es una aristocracia (pp. 6-7).
Y no queda ahí su protesta: en «Éste era un rey de bohemia», Rubén se encoleriza aún más contra el epíteto (cf. OC, II, 131-135). Sin excesos de simplificación, Gómez Carrillo insistió en el prólogo a su novela que los bohemios [16] eran melenudos que sentían una misión sobre la tierra. A veces de sombría existencia y truculencias ruidosas. Bohemios son, concluye, todos los que tienen muy poco dinero y muchas ilusiones. Visión optimista la de Gómez Carrillo, tan buen conocedor de los ilusos del arte.

Darío, en cambio, cree que ya no hay bohemios y los que subsisten son los «perdidos de la literatura», «los holgazanes en prosa y los dervengonzados en verso». La bohemia no existe ya ni en el Barrio Latino; la lucha por la vida, el capitalismo, la política lo han cambiado todo. La bohemia de antes era hechura del medio social: su locura era sincera y noble. Tenía el alma limpia y el corazón cantaba a la poesía y a la hermosura sin odios, podredumbres ni ponzoñas. La bohemia se juntaba y confortaba; soñaba y comía junta. Algunos eran ingenuos, leales y extravagantes. Pero
¿hoy? ¿Quién que por sí tenga algún respeto querrá verse llamado bohemio, cuando la antigua tradición está profanada, manchada, corrompida en todos luga res? (p. 134).
Autodefensa ingenua la de Darío, pues más de una vez se le calificó de bohemio y decadente.

Fin de siglo; profundos abismos separaban a esta Gente Joven: anarquistas, socialistas, decadentes, modernistas; «ismos» siempre. Algunos militaban contra la bohemia modernista: Azorín, Unamuno, Maeztu caricaturizaron con brío a los «decadentes, nihilistas, modernistas». Los denigraban y parodiaban la alharaca verbalista, la palabrería huera, el alambicamiento, la extravagancia. Crearon satíricas descripciones; e incluso otros criticaron el vestuario de los bohemios. El cliché era siempre el mismo: sombrero de alas anchas, cabellos largos, barbas. Maeztu, irónico y zumbón se mofa en 1901 del lenguaje modernista y opone —como si fuesen contrarios irreconciliables— la búsqueda de la forma y del contenido14. Otros adoptan la definición de Nordau (que se tradujo al español en 1902, pero circuló antes en la edición [17] francesa), y los llaman perversos, inmorales. De Juan Ramón Jiménez llega a escribir Maeztu en el mismo artículo que «ha dado con sus huesos, a los veinte años de edad, en una casa de alienados». Todo por ser de la grey nefanda.

Pero, pese a las profundas diferencias entre unos y otros, esta Gente Joven, al margen de las polémicas y pugnas, estaban unidos por objetivos comunes. Unos aliados al socialismo, otros al anarquismo: todos republicanos y antiburgueses. Tribu dispar, pero tribu al fin, que rendía culto ante los altares de la libertad y de la amistad. Todo lo discutía: religión, política, artes, el concepto de familia, de propiedad. Violencias verbales entre unos y otros, actitudes distintas del arte. Con todo, como recuerda Antonio Machado, él fue uno de los tres lectores de Femeninas, de Valle-Inclán, cuando se publicó en 1895. Clarín, en cambio, vociferaba contra Epitalamio (1897)15. ¿Cómo resistir la tentación de reproducir el juicio irónico de Leopoldo Alas sobre el joven Martínez Ruiz?
Martínez Ruiz es un anarquista literario; sus doctrinas son terribles; [...] es casi un niño [...]. Pasará el sarampión, que acaso es salud, y quedará un escritor original, independiente...16.
¿Y cómo no iba Clarín a verlo así? En 1894, al comentar La conquista del pan, de Kropotkin, escribe Martínez Ruiz en El País: «Indudablemente la humanidad camina hacia el comunismo anarquista, pero camina con paso tardo». En 1897, en crónica para el mismo periódico, alardea: «Yo voto por el amor libre y espontáneo; por el placer de las pasiones sinceras; por el goce pleno de la naturaleza maestra de la vida.» Eduardo Zamacois no es menos punzante en el primer [18] número de Germinal: «Sí; a España aún le aguarda un glorioso germinal; España no está muerta..., está dormida.» Y Vida Nueva se propone en 1898 luchar por una estética libre y renovadora:
Venimos a propagar y a defender lo nuevo, lo que el público ansía, lo moderno, lo que en toda Europa es corriente y aquí no llega por miedo a la rutina y tiranía de la costumbre17.
No le falta razón a Bark en sus juicios: la bohemia, decía, es la fuerza, y sólo la joven España era para él portaestandarte de la libertad y del evangelio social, deseosa de cambiar el rumbo de la historia. O, en palabras de Darío en su hermosísimo prólogo a El canto errante (1907), todos eran jóvenes ansiosos, sedientos de cultura: cuestión de formas y cuestión de ideas.

A fin de siglo unos y otros se adscribirían al socialismo o al anarquismo. Hoy, como testigos mudos de este rechazo y de este encuentro de unidad de fuerzas entre los jóvenes, nos quedan las páginas de los periódicos y revistas. De aquella efímera coalición de esfuerzos poco quedó, y los unos y los otros se recuerdan en sus libros en enconada polémica. Sawa hablará con simpatía del Baroja de Vidas sombrías (1900), y del posterior dirá con amargura: «¿Por qué Pío [19] Baroja se ha quitado su zamarra y se ha vestido con la triste camisa de fuerza de los escritores de ahora?» Es —aclara— «porque es un invertebrado intelectual»18. Baroja no será menos cáustico en sus alusiones a Sawa; Maeztu, por su parte, ya en 1901, acusará violentamente a Azorín de estar a sueldo de los jesuítas para desprestigiar el movimiento progresista y a sus escritores19, y Unamuno, en 1916, le dedicará páginas de elogio póstumo y tristeza a un Rubén que no comprendió antes, porque no le quiso entender. De su «espléndido aislamiento» en 1899 llega en 1916 al descubrimiento, y reconoce entonces que «aquel óptimo poeta era un hombre mejor»20.

Pero a fin de siglo esa juventud española y americana estuvo dispuesta a embestir de frente las mentiras, la inmoralidad, la mala administración de la política, la hipocresía, la pudibundez, el clericalismo, y también a hacerse portavoz de las reclamaciones del obrero. Lucha en el frente social, a la par que combate contra el arte rutinario, contra el cliché verbal, contra la retórica, lo encasillado, la costumbre —como enseñó Darío en su mensaje desde una Hispanoamérica asediada—, y lucha sin cuartel contra los fiscales que denunciaban el libro, los cómicos que rebajaban el teatro y los obispos que sujetaban la palabra escrita a las leyes del púlpito. Esa juventud española, según Joaquín Dicenta:
quiere en política la República como punto de partida, la República Social como fin inmediato, el progreso indefinido como ideal superior [...], reclama libertad para el pensamiento en el libro, en la tribuna, en el teatro, en el arte, en todo, no quiere, no debe, no puede guardar silencio21.
[20] Y los caminos aparecieron, suscitando choques amargos con la politiquería ociosa y palabrera. En 1897 José María de Pereda lee su discurso de recepción en la Academia Española y lanza su desafío contra la literatura nueva y los jóvenes autores con escarnio. Pereda habla obsesivamente de los «modernistas», partidarios del cosmopolitismo literario; acusación que, con idéntica intención, esgrimió Clarín contra Darío desde las páginas del Madrid Cómico el 14 de abril de 1900. Pereda no sólo siente repugnancia de los jóvenes por su «afán de ser extranjeros», como Clarín, sino que embiste contra los heresiarcas, «más modernistas aún». Ésos son, según el novelista
los teóricos de la negación y de la duda,

que son los melenudos de ahora.
Otra vez el feroz ataque a forma y contenido: vestimenta y cosmopolitismo indisolublemente ligados. Los aires extranjeros eran, para estos venerables representantes de la burguesía, una amenaza a los valores nacionales.

No todos eran «melenudos», claro, pero sí formaban parte de los rebeldes, fieles a una voluntad creadora y renovadora, que negaban la base misma de la sociedad burguesa en folletos, versos, novelas, cuentos. El libro, la palabra escrita como arma; la caricatura acerada, como sátira para representar lo defectuoso y lo deforme. Con rimas burlescas y caricaturas atrevidas castigaban con el ridículo los crímenes y las injusticias. Con acerado humor satirizaba Jacinto Benavente el choque entre viejos y jóvenes en su farsilla «Los primeros», que apareció en Germinal el 24 de septiembre de 1897. Los personajes, D. Rosendo —de cincuenta y nueve años— y Aurelio —de veintitrés— dialogan en torno a las ideas disolventes, revolucionarias, del más joven. Aurelio se ríe desvergonzadamente de los temores y melindres de su padre, y le dice con socarronería:
¿Anarquistas? La gran palabra... ¡Que viene el coco! No; yo no soy anarquista, como no lo es ninguno de mis compañeros. Socialista, sí. ¿Y qué quieres que seamos?
[21] Iracundo, D. Rosendo compara la joven grey con los jongleurs de circo, que juegan con antorchas y cuchillos. Aurelio aclara, no menos airado, que «el socialismo no es jonglerie, ni su semilla es de cuchillos ni de antorchas». Pero, con mordaz atrevimiento y audaz juego de palabras, aclara que los jóvenes son socialistas por atavismo, puesto que los viejos, mediante el trabajo honrado y la compra de bienes nacionales —«bienes expropiados por interés social»—, los han echado al mundo ya socialistas.

En broma, en farsa o en serio «la cuestión social» es el clamor y el alarido. Preocupa la desigualdad, la explotación, la venta de bienes nacionales, las guerras coloniales que sangran al país. Como decía Joaquín Dicenta en crónica periodística, titulada justamente «La cuestión social»22, ésta
ha llegado a ser la médula de todas las manifestaciones intelectuales en el mundo moderno. El filósofo la razona y discute, el economista la toma como factor principalísimo de sus sistemas, el político la lleva a sus discursos, el poeta a sus fantasías, el dramaturgo a sus creaciones, el pintor a sus cuadros, el novelador a sus argumentos (p. 196).
Pero hace falta más: las exigencias de los desheredados deben satisfacerse y España, por desgracia, es una monarquía que «tiene por brazos el clericalismo y el militarismo y por sostén el oro de los grandes acaparadores», nada se puede hacer (p. 200).

Escuchemos también a otro joven de estas postrimerías del siglo, que mereció una elocuente iconografía de Sawa: Ernesto Bark, «un gran exagerado», «un excesivo», venido a España de sus nórdicas nieves. «Lleva una llama por pelos en la cabeza, y cuyos ojos árticos lanzan miradas de fuego», escribe en Iluminaciones. El eslavo —hace constar que llegó a Madrid después de los atentados contra el zar de Rusia en la década del ochenta— publicó en España la mayor parte de sus libros en la Biblioteca Germinal (Madrid, Infantas, 18), y dedicó buena parte de sus energías a la [22] estadística y economía, aunque también frecuentó la literatura. De su novela Alborada sabemos que Sawa es el protagonista.

Estadística social (Barcelona, Lezcano y Cía., 19?) es un pormenorizado estudio del capital y el trabajo, fundamentado en lo que define como «socialismo positivo», ideología que difunde en gran medida la revista Germinal, con el apoyo de Dicenta, Salmerón, Ricardo Fuente, Francisco Maceín y Rafael Delorme23. Este libro, que merecía rescatarse del olvido en que injustamente se encuentra, contiene certeros cuadros que describen a los «proletarios de la prensa», peor pagados —según Bark— que los empleados de ferrocarriles. De acuerdo con sus cálculos, en España vegetaban por entonces 146 diarios: Madrid cuenta 37; Tarragona, 15; Barcelona, 14; Sevilla, 12; Coruña, 11; Valencia, Córdoba y Zaragoza, 6. Casi la mitad del país carece de rotativos. Con largueza habrá unos 4.000 periodistas que viven de su pluma y otros tantos que colaboran en periódicos. Todos debieran unirse en lucha común para ennoblecer las artes y elevar el nivel cultural del país (pp. 88-90).

La estadística social le revela a Bark que el «proletariado de levita» se arrastra en la miseria. Con no poca ironía comenta que España carece de su Murger que cante la triste bohemia. ¡Lástima, añade, que Galdós no haya escrito una novela sociológica parecida a Ilusiones perdidas, de Balzac! El país adolece de un artista que pinte vívidamente el ambiente literario hispánico; para llenar lagunas ofrece algunos datos interesantes. Por él nos enteramos que editoriales y publicistas solían pagar un real por 2.000 palabras de traducción, y en peor condición andan los escritores. Sin embargo, al periodista corresponde un papel destacado en la sociedad del porvenir. Le toca ayudar a llevar a cabo la nueva «Revolución Social», que se ríe de la fraseología campanuda de los actores de comedia política de antaño:
La Revolución Social se efectuará sin que haya necesidad de derramar una gota de sangre, desde las columnas de la Gaceta, y sabrá aprovecharse de todas las inteligencias y de todos los talentos [...] (pp. 97-98).
[23] Bark no se limitó a la palabra escrita; a juzgar por sus propias declaraciones, Germinal organizó una comisión sobre estadística social para estudiar sueldos y precios. Al mismo tiempo encabezó al gremio de carpinteros y albañiles de Madrid durante la celebración del 1 de mayo de 1890. Es innecesario suscitar el odio del adversario, desliza con cautela; se puede actuar de diversas formas. Ése justamente es el problema de los anarquistas, dice en los albores del siglo xx. Y no es fortuito que su grupo crea en el «socialismo positivo español», que rechaza la lucha de clases como «instrumento cierto de reacción», porque desata las iras de todas las clases, afirma en El Internacionalismo24.

España será socialista, pronostica allí, y es lógico que los obreros intelectuales contribuyan a narrar las gestas del proletariado, pintando su miseria, sacándola a la superficie y presentándola en su desnudez. Sólo así las almas podrán erguirse y el odio a los explotadores, a los tiranos y a los déspotas será cada vez más intenso. Bark solicita, a su manera, naturalismo en el arte y, como Vallès, intenta armas para su «ejército de la noche». Para unos, «socialismo positivo»; para otros, socialismo a secas. Lo importante era cambiar la faz del país, buscar la montaña del ideal, dejar atrás el pasado, combatir por el futuro. En suma, «ismos» políticos y literarios actuando en zonas diversas, pero coincidiendo —en aquel entonces— en apuntar al mismo blanco.

El 14 de noviembre de 1902 se publica, en Don Quijote, un interesante artículo de Ramiro de Maeztu, «Una generación», donde se subraya plenamente la importancia del «desastre» entre los grupos de jóvenes. Maeztu distingue entre dos clases de hombres: «los anteriores a 1898 y los que han venido después». Estos últimos, entre cuyas filas milita él mismo, se indignan contra todo, son más o menos socialistas y se caracterizan por un puritanismo a rajatabla. Establece fecundos paralelos entre el grupo hispánico y la juventud nihilista rusa de 1870 y 1880. En su retrato augura rebeliones anárquicas:
[24]

los jóvenes idealistas que ahora sueñan en instaurar un Estado-Justicia, se consumirán en los conventos o engrosarán las filas que preparan las rebeldías anarquistas.
Una vez más aparece el término: juventud, anarquismo. Lo que distingue a los jóvenes descritos por Maeztu de las falanges bohemias modernistas parece ser la actitud moralizadora: unos son puritanos; los otros, en cambio, eran amantes de la belleza en todas sus manifestaciones y apuraban la vida con rapidez.

En todo caso, destaca el descontento artístico y espiritual de un grupo de escritores, que veían en el rechazo de los viejos moldes estéticos y sociales un medio eficaz de cambio. Darío, apóstol de lo bello, se quejaba por entonces amargamente de la mala interpretación que se hizo en España, confundiendo el malabarismo y la fanfarronería verbal con el modernismo. Fácil sería multiplicar el cuadro de excesos de simplificación trazados por entonces. Baste recordar —además de los ejemplos ya mencionados en páginas anteriores— que se tendía a identificar modernismo, decadencia y bohemia. Cuanto había de lucha ideológica y de afirmación «americana» e incluso de «lucha antiimperialista», así como de novedades y libertad estilística en el modernismo, se fue identificando cada vez más con palabrería huera, juego verbal, cuando no extranjerismo malsano. Lugares comunes contra los cuales batalló Juan Ramón al crear Helios en 1903, revista que sólo logró catorce entregas25.

Pero era más fácil —¡cuánto más fácil!— quedarse en la superficie. Mezclar, no distinguir. En «Palabras liminares» a Prosas profanas (1896), Darío había proclamado su credo poético, dando pie a los sarcasmos y befas malintencionadas: «estética acrática» y cosmopolitismo. Al mismo tiempo y en un mismo punto se rebelaba contra la creación de escuelas: «La imposición de un modelo o de un código implicaría una contradicción.» Pese a sus infatigables puntualizaciones, pocos le comprendieron. Unos porque identificaban el modernismo con la farándula literaria, otros porque lo interpretaban con la pasividad ante lo francés. El 21 de mayo de 1899 [25] Rubén le escribía en carta privada a Unamuno —por entonces, uno de los más formidables enemigos del modernismo— que él, más que nadie, combatía el prurito de parisienismo de importación, aunque defendía el cosmopolitismo. Unamuno fue algo sordo a estas precisiones: en 1901 escribía una irónica nota para El Tiempo contra los modernistas, a quienes llamaba «los melenudos», como había hecho Pereda cuatro años antes. En denigrantes adjetivos carga aún más la pluma, y añade que son «los santones del Mercure de France», «los mayusculizadores»26. Pero Darío no guarda silencio; en 1907 retoma la defensiva y escribe sus espléndidas «Dilucidaciones», que incorpora como prólogo a El canto errante, libro que dedica «A los nuevos poetas de las Españas». Allí establece una vez más que a él tocó iniciar el movimiento, a pesar de su condición de «meteco». Y sin venganzas, pero con vehemencia, se defiende de los dardos que contra ellos lanzaban sus detractores, y puntualiza que el movimiento modernista estaba lejos de ser palabrería vana o pura retórica; era, más bien, un instinto de creación, ambición de construir, edificar. Nada de iconoclastismos hueros, porque «hace siempre falta a la creación el tiempor perdido en destruir».

El debate no estaba acabado. En 1907 la efímera revista El Nuevo Mercurio, de Gómez Carrillo, creada a la imagen del Mercure de France con el propósito de servir de enlace entre Europa y América, realizó una encuesta muy significativa. Gómez Carrillo aspiraba a aclarar lo que cada escritor pensaba sobre el modernismo. ¡Cuánta divergencia! Unamuno lo describe como ramplonería y dice no saber qué sea; Manuel Machado, en cambio, identifica muy rubendarianamente modernismo y anarquía, visión que comparte el costarricense Roberto Brenes Mesen. José Enrique Rodó, que se sentía parte integrante del nuevo espíritu idealista nacido en Hispanoamérica, habló de un «anárquico idealismo poético»27. En 1908, Andrés González Blanco se [26] hacía eco de estas afirmaciones, e insertaba a Salvador Rueda y a Darío en la línea de los revolucionarios, «anarquistas intelectuales, que no labran con la dinamita, sino con la pluma»28.

Para finalizar con esta brevísima cronología de choques y tensiones valga un último ejemplo: La Anarquía Literaria (Madrid, Imp. de Ambrosio Pérez), que salió a la luz en 1905. En plena efervescencia y transformación de los «modernófobos» (nombre despectivo acuñado por Maeztu) y socializantes, cuando ya éstos amaestraban y le ponían bridas al espíritu levantisco anterior, aparece en la capital española esta olvidada revista que enarbola como bandera la anarquía literaria. Injuria adoptada como estandarte (también Verlaine explicaba los «ismos» de sus compañeros de lucha en una conferencia en La Haya en 1893 como la decisión de aceptar los malos rótulos que se les encajaban)29. De La Anarquía Literaria sólo he visto un ejemplar. ¿Saldrían más, como prometían? La presentación anónima trae ecos de la que para el Mercure de France escribió Vallete en 1899. La grey hispánica exige lenguaje enérgico y valiente, sincero; tribuna libre, libérrima. Cada cual responde de sus ideas, sobre el consentimiento de los demás colaboradores. Aspiran a restaurar el arte, la naturalidad; sepultar la retórica, el dogmatismo; destruir viejas creencias, fetiches, reputaciones inmerecidas. No habrá editor, ni jefes, tampoco conciliábulos literarios:
Hoy el arte —esta suprema aristocracia del arte— es soberanamente personalista, en oposición a lo que fuera en otros tiempos. [...] En los días actuales, cada artista expresa su único, su característico pensar.
[27] Lejos de limitarse al arte, anuncian que ningún tema quedará al margen de su corrosiva crítica: «Crítico será nuestro trabajo, como obra de esta época crítica.» Prometen asimismo desengañar al pueblo, víctima de las trampas a que le somete la redundancia y la palabrería. Falta naturalidad en todo: la literatura es alharaca, la novela oratoria, la poesía resonante. Todo tiene sus correspondencias en la política, en el parlamentarismo huero, falso y efectista. Nada de erigir en dogmas las opiniones. Cada cual a la suya; la de todos es construir, guiar:
Sólo señalaremos la orientación de la juventud artística, culta e inteligente. Diremos que preferimos los versos de Rubén Darío a los versos desdeñables del señor Núñez, y las comedias de Benavente a los dramas atosigantes e imponentes de Echegaray30.
Sin el ánimo de agrupar arbitrariamente obras y artistas en falsos «ismos» o de caer en la fácil tentación de anacronismos, ¿cómo no traer a colación a Valle-Inclán? Él también —o sobre todo él— está en el centro mismo de la historia del espíritu moderno, y su pluma muy posteriormente afirmará en forma precisa el espíritu finisecular, la rebeldía y el afán de belleza. En su credo estético —La lámpara maravillosa (1916 y 1922)— recoge las líneas tendidas por caballerías ya olvidades y pregona:
Poetas, degollad vuestros cisnes y en sus entrañas escrutad el destino. La onda cordial de una nueva conciencia sólo puede brotar de las liras (pp. 75-76)31.
[28] Valle está entonces lejos de contemporaneidades cronológicas, pero sí en coincidencia espiritual con algunos de los individuos que integraron La Anarquía Literaria, y se hizo eco de parte de sus esperanzas y anhelos.

El número único que he logrado ver contiene un artículo de Alejandro Sawa, «La historia que miente», donde, fiel al propósito que anima la publicación, el autor aspira a destruir viejas creencias y manoseados dogmatismos y tradiciones32. Quitar las telarañas y el amasijo de mentiras son necesarios para que los jóvenes no aprendan una historia mentirosa, una moral manida. Este mismo número de La Anarquía Literaria incluye otros trabajos de interés: uno de Unamuno sobre Domingo Faustino Sarmiento (incluido en OC, VIH, pp. 367-73); un ataque de Julio Camba a Joaquín Dicenta, que de adalid de las nuevas fuerzas le ve ahora como «calamidad nacional». Camba ataca la obra de Dicenta por hipócrita, falsa, mistificadora, y finaliza su diatriba contra las llamadas repercusiones políticas de su obra:
Los buenos amadores de la revolución deben hacer que el pueblo odie su blusa y sus garbanzos; poner en sus labios una gran sed de besos y despertar sus dormidos instintos de rebeldía.
Dicenta —dice— está muy lejos de esos ideales. Combativo también es el que escribe Bernardo J. Candamo en defensa del movimiento satirizado y mal interpretado por Emilio Ferarri en su discurso de entrada a la Academia en 1905. Viejo enemigo del modernismo, Ferrari había lanzado insidiosas sátiras que Candamo contesta en lenguaje no menos belicoso, defendiendo a los modernistas. Ferrari fue cruel, «la intención es mala. La prosa oficinesca oculta una gran amargura de raté». No respeta a nadie de las grandes figuras del mundo en su ridícula peroración, y además, comete dislates y hace una mezcolanza intolerable.

Julián Nougués, Emilio Carrere y Andrés de Montalbán son los redactores de noticias de tipo político y sociológico, mientras Vicente Medina y Luis de Tapia publican poemas satíricos. El «creo yo» de Tapia no tiene desperdicio:

[29]

¡Qué manía tan fatal!

Solemne función no hay

en este pueblo de albur

sin que nos hable Cajal,

nos presida Echegaray

o haga una estatua Benlliure.

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Creo, pues, y creo bien,

que debemos evitar

con el más fuerte tesón

el que los Genios también

vengan a caciquear

en esta pobre nación.
La Anarquía Literaria anunciaba un Suplemento —«hoja revolucionaria»— que sería redactada por «insignes» pensadores. La primera estaría a cargo de Joaquín Costa, y se titularía «Dinastía legítima». Nada dicen de otros proyectos. Pero, según sus planes, la revista sería mensual, hasta el mes de octubre, en que se convertiría en semanario, siempre al precio de diez céntimos. Entre la extensa lista de suscriptores, muchos de los cuales eran colaboradores, figuran Darío, Manuel Machado, José Santos Chocano, Luis Vargas Vila, Juan Ramón Jiménez, Galdós, Bernaldo de Quirós, J. Llanas Aguilaniedo, Juan Valera, Felipe Trigo y Miguel Sawa. Enumeración algo ecléctica, vista hoy a décedas de distancia.

El «Propósito» o presentación, que he publicado en otras páginas, equipara anarquía y literatura. Son los ansiosos del ideal, los fuertes escritores del alto pensamiento español. Rechazan la plaga de bandidos que se ceba en la miseria del literato y hablarán alto y claro, en tono valiente, sin lirismos latiguilleros. Tribuna libre y culta. Los suyos son parte de la juventud artística, culta e inteligente, que prefiere los versos de Darío a los desdeñables de Núñez de Arce.

«Anarquía literaria»; al fin se hacía en España lo que con tanta vehemencia propagó Rubén cuando definía el modernismo como «principio de libertad intelectual y de personalismo artístico» (Autobiografía, 1912). Pero ya mucho antes lo venía propagando con toda claridad durante aquel viaje a la España del «desastre»: «El modernismo es un movimiento literario nacido en Hispanoamérica, caracterizado por [30] la expansión individual, la libertad y el anarquismo en el Arte» (España contemporánea, Madrid, 1901, pp. 280-281). Y más tajante aún:
digámoslo con la palabra consagrada, anarquismo, en el arte, base de lo que constituye la evolución moderna o modernista (Ibíd., p. 281).
La Anarquía Literaria es importante, a nuestro juicio, porque expresa con nitidez los esfuerzos estéticos y de renovación política y social de aquellos escritores. La sacudida vital de orden espiritual a la que aspiraban algunos de ellos toma ahora nombre. ¿Quién se lo dio? Darío ya lo había dicho, pero si preferimos el testimonio de Baroja, Enrique Cornuty, el francés que importó el decadentismo a España, fue de los primeros en equiparar anarquía y literatura, en un mitin celebrado en el teatro Barbieri. Y, continúa Baroja, la analogía no es disparatada: «porque la anarquía de ese tiempo era cosa más literaria que política»33.

La aseveración debe tomarse en cuenta. Don Quijote, La Anarquía Literaria, como tantas otras revistas de la época, reflejan el punto de vista de un grupo de escritores que adquirió conciencia de los problemas en un período de individualismo radical y de extremo subjetivismo. El desastre del 98 —o mejor aún— el fin de siglo fue, a nivel social y político, época de desintegración, desconfianza, atonía. Si tomamos como punto de partida a Karl Manheim34, en momentos de turbulencia el intelectual burgués encuentra que la interacción con el mundo social es intangible, y se aferra a convicciones y experiencias individualistas, interpretando el [31] mundo desde el yo. El yo, dice Manheim, es el único segmento de realidad que conoce, pero es un yo ligado a las minorías dominantes.

En esto el 98 español no estaba solo. Al final de cuentas esta anarquía también fue producto del choque entre viejos y nuevos modos de vida y de percepción del mundo. Degeneración, de Max Nordau, representa el testimonio más claro del comportamiento en el resto de Europa: unos jóvenes en busca de su propia identidad, cuyas respuestas venían a oponerse, necesariamente, a las ya anticuadas ideas del progreso continuo y del respeto a las viejas tradiciones.

Modernismo, 98, anarquía literaria son sólo rótulos que expresan la intensidad de la búsqueda.

[32]

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