Estudio preliminar




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Feminismo


Hace algunos años, en Ginebra y a orillas del lago, en aquella encantadora residencia de Mon Plaisir donde Augusto Baud-Bovy, el pintor de las nubes y las montañas, obligaba a sus amigos, a fuerza de gracia en la hospitalidad que les dispensaba, a que encontraran, si no dulce, digna de recorrer cuando menos la existencia, una mujer que en las filas de los espíritus independientes de su país tuvo un nombre ilustre que supo luego hacer respetable en el mundo de la ciencia, madame Plehanoff, me preguntó como remate a una conversación:

—Pero en el país de usted, ¿qué hacen las mujeres solteras que carecen de bienes de fortuna, y en qué piensan cuando suena la hora de dar cara al porvenir?

—Pues no hacen nada y piensan en buscar un novio. [228]

—¿Lo encuentran todas?

—¡Bah! También hay solteronas en los demás países de la tierra —le respondí un tanto malhumorado, como siempre que tengo que dar fe de alguna inicua fatalidad humana.

Y el tema viejo, pero cada vez más vigoroso, del feminismo y de la emancipación de la mujer, se irguió resueltamente ante nosotros, como una conminación improrrogable...

El feminismo no significa en nuestra patria gran cosa. Aquí, en nuestro miserable mundo ideológico, no nos ocupamos de nada que no sea la infecciosa política, en lo que tiene de más infecto, en su aspecto personal. Los grandes hombres reconocidos y aclamados por la opinión, no son, en la mayoría de los casos, los inventores ni los artistas, sino los matones del Parlamento, los barateros de la vida pública, los picados de verborragia, y no ayudados de verdadera inspiración, tienen bastante resistencia en los pulmones y suficiente caquexia en los órganos reflexivos para hablar cuatro horas seguidas de lo divino y de lo humano, sin solución de continuidad alguna. Apenas si de vez en cuando un espíritu avisado y despierto emite sufragio acerca de los problemas pendientes de resolución más o menos breve en Europa.

Recientemente, el docto Giner en una revista doctrinal, y más recientemente aún el admirable Juan Buscón en una de sus crónicas «Busca buscando» de La Vanguardia, de Barcelona, se han ocupado en sendos trabajos, que no tienen otro mérito que el de la brevedad forzada a que la colaboración en hojas periódicas obliga, de la alta cuestión del feminismo. El hecho merece consignación y aplauso.

No se trata, hoy por hoy, de la emancipación de la mujer: el hombre tiene que emanciparse antes de tender su brazo a su compañera.

En una sociedad como la española, en que las tres cuartas partes de sus componentes son analfabetos, el empleo de ciertos términos léxicos debería estar, por ley de buen sentido, rigurosamente prohibido.

La primera condición de la emancipación es la fuerza. Sin fuerza en los riñones y en el ánimo, nadie se levanta. Y en los pueblos, fuerza significa capacidad de sentir y de pensar por cuenta propia. Pero ¡cuántas mejoras de que goza en el resto del mundo la mujer son entre nosotros injustamente sojuzgadas!

La pregunta rápida y punzante, como un floretazo de Olga Plehanoff, no tiene en nuestro país respuesta que satisfagan de consuno al pensar y al sentir modernos. ¿Qué hacen las mujeres solteras que carecen de medios de vida y en qué piensan cuando se trata de dar cara al porvenir? [229]

La verdad es que, hablando sin perisologías ni vacilaciones, hay que responder que la miseria en la mujer no tiene, entre nosotros, sino muy pocas salidas: la domesticidad, el taller, la fábrica o la prostitución. Claro es que me refiero a la mujer de cierta condición social, a la mujer de la clase media, como se la llama, que, privada de todo recurso, por orfandad o viudez, no pueda concebir el porvenir sino en la forma de un puño cerrado, que amenaza...

No ocurre así en otros países mejor tratados que el nuestro por Dios y por los hombres. A mi alcance tengo un montón de estadísticas expresivas de las múltiples labores a que puede dedicarse la mujer cuando a su temperamento repugnan ciertos menesteres o rudos o humillantes. Un nutrido ejército podría formarse en Francia con las señoritas de mostrador, con las tenedoras de libros y cajeras, con las institutrices y profesoras, con las telegrafistas y postalistas, que en un trabajo delicado y propio de la femenilidad hallan su alegría y su sustento. Lo mismo ocurre en Inglaterra y Alemania. Italia hace ya años que empezó a reaccionar en ese sentido.

En Suiza la regeneración de la mujer comienza a ostentar una forma de invasión y de conquista verdaderamente admirables. Buena prueba de ello dan sus centros docentes. El número de mujeres inscritas en las Universidades suizas, sobre todo en la facultad de Medicina, aumenta de año en año en tales proporciones que en muchos de esos establecimientos sobrepuja al de estudiantes varones; 511 señoritas hacen actualmente sus estudios de Medicina en las diferentes Universidades suizas; 511 actividades intelectuales nuevas, arrancadas del sombrío ejército de la miseria y sumadas a la obra común del trabajo.

Pero aquí, entre nosotros, ¿cuándo amanecerá?

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