Estudio preliminar




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Crónica


«Los ríos son carreteras que marchan», dijo Pascal. Así los tiempos. Y acarrean en sus ondas, con las lágrimas, el ardiente anhelar de las generaciones.

Pueblo parado es pueblo muerto. Las petrificaciones no convienen a la vida. La gente gubernamental de España sufre, sin embargo, el anhelo o mejora, la obsesión de la tranquilidad, de la tranquilidad a todo trance, de una tranquilidad espesa y material y alta como una montaña que lo circundara todo. Eso no se halla sino en las viejas tumbas, al día siguiente de las hórridas fermentaciones.

Encaramándose idealmente sobre las fronteras, se ve el vivir de los demás pueblos. Inglaterra se arquea. Francia bulle, Alemania e Italia se desperezan para la acción. Sólo en las negradas africanas o en las montañas del Tíbet la vida transcurre en un bostezo animal que no tiene término ni consuelo.

Yo pienso con estupor todavía en aquel tremendo 2 de mayo de 1898 en que se hizo pública en Madrid la noticia del desastre de Cavite. ¡Ah, me condenara el cielo a vivir centenares de años, y no lo olvidaría jamás!

Veo la larga caravana de gente que se dirige jubilosa a la plaza de toros; oigo el clamoreo insistente y monótono con que los aurigas ofrecen sus trenes a la comodidad o al afán de los que temen llegar con retraso a la truculenta fiesta de la sangre; evoco los corrillos mal olientes de la Puerta del Sol, en los que el cesante prorrumpe en trenos contra la inestabilidad de don Práxedes y el covachuelista, en misereres por su posible inestabilidad; advierto, con mortal desasosiego, que cada cual marcha con la misma indiferencia mecánica que de ordinario a sus quehaceres o a sus regalos... Y me pregunto imperativamente, si es que no estoy loco: si este 2 de mayo de 1898 no es una efemérides tremenda de la Historia; si no se acaba de cometer en el mundo un colosal despojo; si una porción de hermanos nuestros no acaban de fenecer tostados por las llamas o sorbidos por las olas; si no se acaba de rectificar, torciéndolo, el curso de los pueblos; si es posible que Madrid sepa eso y no se dé por advertido; si es posible, por fin, que de lo alto el cielo escupa tales rencores y que el hombre siga indiferente su [246] camino, sin crispaciones en los puños, sin más calor en las mejillas...

Digo que fui testigo de la impía escena que señalo. Silvela tuvo razón al decir poco después que España era un país sin pulso.

Hubo luego una tentativa heroica que no conviene dejar en olvido... Aquel toque de rebato de la Cámara Agrícola del Alto Aragón, en que se reveló como un luminar nuevo el verbo avasallador de Costa. Y nada tampoco. El país, por lo visto, seguía aún sin pulso. Malos augures de luto vestidos anunciaron en aquellos días el fin de la nacionalidad...

Malos augures. Porque España está en pie y con un rayo en cada mano. Torpe y ciego quien no lo vea.

Yo no sé suficientemente si la vieja parábola de la resurrección de Lázaro podría tener lugar acomodado en estas líneas, porque muchas veces físicos e historiadores han confundido el colapso con la muerte. Pero esta actividad moral de que España comienza a dar lozanas muestras ofrece en lo externo todas las maravillas de una resurrección. Mal año para nuestros profesionales de la política, porque barrunto que no se trata ya de gobernar necrópolis. A los sepultureros va a ser fuerza que sustituyan los hombres de Estado.

¡Oh, vivir! Pero ¡es que esos autores de los catecismos políticos al uso no han podido sospechar siquiera la soberana extensión de la vida! Vivir no es someterse constantemente, sino muchas veces resistir. Vivir no es mostrarse siempre de humor plácido, sino algunas veces irascible. Vivir no es entonar a todas horas el Rosario, sino de cuando en cuando la Carmañola. Vivir no es sólo dormir, sino gritar y rebullirse. Vivir es tener un hígado con bilis, y un cerebro con pensamientos, y un corazón que ritma sus latidos al compás de todas las brisas y todos los huracanes de la vida. Vivir es atacar, vivotear, es desistir.

Señales de los tiempos son que el pueblo español resurja verticalmente a la vida.
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