Estudio preliminar




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De moral


Bien saben cuantos me conocen que si París es uno de los amores de mi vida, disto mucho de ser lo que se llama un afrancesado. [247] Pero de eso a tolerar que los castrados de por aquí y los bárbaros de por allá presenten siempre y en toda sazón a la capital de Francia como el centro de todas las inmoralidades, hay gran distancia, y yo no perdono ocasión de establecerlo cada vez que la casualidad me lo depara.

Precisamente hoy mismo, y con motivo de la revisión del asunto Dreyfus, un periódico de Madrid que, sin ser una excepción, tiene vistas al Vaticano, se desata en denuestos contra Francia, su gobierno y la influencia corruptora del boulevard, citando como modelos de pueblos, por la pureza de sus costumbres y por el alto espíritu de civilización que los informa, a Inglaterra y Alemania, las dos naciones precisamente, después de España, más corrompidas e hipócritas que conozco.

Es viejo el litigio. Proviene desde que hubo dos hombres sobre la tierra: uno que hacía toda clase de porquerías a cencerros tapados y con un amuleto sobre el pecho, y otro que gustaba del vivir y reía a carcajadas de los tapujos de su vecino.

Y es inútil que se trate de reaccionar contra ello, dice uno de los más desapasionados escritores de la República vecina. En vano la americana Clara Ward trueca su título de princesa por el de amiga del tzigano Rigo; en vano los archiduques de Austria ensangrientan sus orgías trágicas; en vano la princesa de Sajonia huye con el preceptor de sus hijos, en vano las fotografías pornográficas se esparcen por todos los puntos del mundo franqueadas con sellos holandeses o alemanes; en vano los traficantes en mujeres de la dulce Germania y la púdica Albión transcurren su vida raptando muchachas con que satisfacer las torpezas de cockneis y de lores; en vano los jóvenes telegrafistas ingleses son denunciados al mundo, como Ganymedes, condescendientes; en vano las tiernas misses americanas asombran a los coraceros franceses con la audacia de sus flirts voluptuosos...

Y, a pesar del Prater de Viena y de los entresuelos dudosos de Berlín y de las noches vergonzosas de West-End, de Hyde-Park o de Piccadilly, sigue el boulevard de París siendo considerado, por cuantos incurren en la pereza mental de no establecer comparaciones, como el último refugio de la crapulería romana o bizantina, y Francia entera, en toda la extensión de su territorio, como un lugar de perdición, el más afrentoso de que guardan memoria los humanos...

Sin embargo, hay que penetrar más hondo para conocer a hombres y naciones. Francia no es la cocotte, como España no es el torero o el fraile, ni Inglaterra es el pick-pocket. Francia es la industria de Lyon, el comercio de Marsella o de El Havre, la agricultura de Turena o de la Beauce, la gran alma universalista de París; Francia no es el despilfarro, sino, el ahorro; [248] ni la orgía, sino el trabajo. Francia es en lo moderno la augusta matrona del género humano, y París su corazón y su cerebro. ¿No habré incurrido en un imperdonable lugar común escribiendo este párrafo?

Todavía se comprenden tales aspavientos si los provocara, por ejemplo, el recuerdo de aquella Francia en que un rey-sol hacía ostentación pública de su fístula en los petits levers a que por gracia especial eran invitados los más flamantes cortesanos, o en que los salones de las damas de la corte eran prolongación directa de sus alcobas... Bien es verdad que el Postdam sodomítico de Federico el Grande o el licencioso Buen Retiro de nuestros Felipes bien podían resistir el paralelo con el vasto prostíbulo de Trianón y Versalles. Pero llevarse las manos a la cabeza porque en París las muchachas de la calle no tienen un aire compungido o porque los Humbert han sido bastante hábiles para estafar trescientos millones a sus contemporáneos, eso es gazmoñería que sólo puede hallar sanción en la irrectificable y secular hipocresía humana.

Lo que ocurre es que Francia es meridiana, que Francia es amable, que Francia siente horror por los profesionales de la austeridad, porque sabe lo que cuestan. Cavaignac, el traidor desenmascarado recientemente en plena Cámara, era un abstemio, un austero, como lo era entre nosotros Gamazo, como lo fue en Inglaterra Churchill, como a la hora de ahora lo es en Francia M. Méline, y ya sabemos lo que esos hombres ocultaban en sus entrañas.

En buena equidad humana, un leproso es más limpio, y un bandido de trabuco más probo que el cacotimio pelotón de austeros, que, sin más artes que la hipocresía y la de saber poner en juego sus condiciones de mediocres, viven y medran oreados en lo alto del pavés, nos administran, nos legislan, nos gobiernan y nos deshonran, y a los que luego algunos periódicos tratan de presentarnos como modelos. Un león es siempre admirable; una alimaña, jamás.

La etiqueta que mejor cuadra a esos hombres que yo quisiera dejar perdurablemente marcados en los lomos y en las mejillas, y a las sociedades de que forman parte, es ésta: vulpius..., y llevarlos a atracarse de moral donde el sol no los acariciara nunca.

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