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III. ALEJANDRO SAWA, HOMBRE DE NOVELA



Alejandro Sawa Martínez nació un sábado, 15 de marzo de 1862, en Sevilla, hijo legítimo de Alejandro Sawa, natural de Carmona, y de María Rosa Martínez, de Sevilla. Su abuelo paterno, Manuel, era de Esmirna, y su abuela, Antonia Gutiérrez, de Sevilla. Por el lado materno, Miguel Martínez venía de Encina-Sola (provincia de Extremadura), y Esperanza Almorín, de Utrera. En Sevilla pasó el joven sus primeros años; también residió en Málaga, donde aprendió francés. En algún momento pasó a Granada, pues en el curso de 1877-1878 obtuvo Matrícula extraordinaria en la Facultad de Derecho de esa ciudad. Tenía por entonces quince años35. Tuvo otros hermanos: Miguel (1866-1910), Enrique y Esperanza. ¿Serían más? Si le prestamos confianza a Valle-Inclán en Luces de bohemia, eran cinco o seis. No me consta, pero [33] ¿será hermano suyo un Alfonso de Sawa que hacia 1900 publicó en la Biblioteca Hispanoamericana de Pueyo el libro A través de la vida. Bocetos sociales? No he localizado el libro, sólo he visto un anuncio en periódicos de la época. En todo caso, son bien conocidos en el mundo finisecular Miguel y Enrique. El primero dirigió durante algún tiempo la revista Don Quijote; en 1909 estuvo a la cabeza de La Voz de Galicia (La Coruña)36. Póstumamente aparecerá un extravagante libro de cuentos: Historia de locos. Obra inédita y póstuma (Barcelona, E. Domenech, 1910). Vidas literaturizadas las de estos cuentos: «La vida del espíritu es una lucha con la locura, y uno de los medios más donosos de vencerla es engarzarla en cuentos» (p. 10). Poe y Maeterlinck son sus émulos. El libro contiene —a mi juicio— algunos cuentos de gran interés: «Judas», «El gato de Poe» y «Mi otro yo», que tiene no poco de aire de familia con Abel Sánchez y El otro, de Unamuno. Enrique, quizá menos conocido que sus notorios hermanos, publicó en 1890 un mediocrísimo poema, Homenaje (Madrid, García Impresor), dedicado a la reina regente, y al parecer en 1894 publicó Albores (que no conozco), atribuida a menudo a su hermano Alejandro37. Baroja habla en sus Memorias de un Manuel, aunque sospecho que sea un desliz de don Pío.

¿Cuándo llegaría Alejandro a Madrid? A juzgar por su Diario de un vencido (1887), en algún momento de la década del ochenta. En la capital española permaneció algún tiempo. Luego, viajes —París, Bruselas, Tirol, Italia—, sobre todo [34] París. Allí conoció a Jeanne Poirier, de la Bourgogne (nació en Fonteney-sous-Fouronnes, Yonne), estudiante en la ciudad luz. Se casaron hacia los años noventa; la tarjeta de invitación a la boda, que he logrado ver, no trae fecha. Los escasos papeles y cartas conservados muestran que el Max Estrella valleinclanesco debió andar por París entre 1890-1896, con algunos breves desplazamientos a España38. Su regreso definitivo a la Corte debió ser en torno al «desastre», pues el primero de enero de 1899 estrenó en el teatro de la Comedia, de Madrid, Los reyes en el destierro, adaptación escénica de Les rois en exil, de Alphonse Daudet. Por otra parte, sus colaboraciones en revistas y periódicos datan de 1897; este año escribe para Don Quijote (que dirigía entonces su hermano Miguel) el artículo «Notas», sobre un mitin socialista (VI, 30-VII). El 30 de abril del mismo año, Francisco Maceín da cuenta, en Germinal, de una reunión celebrada en honor a Giordano Bruno, donde, entre otros, figuraba el amigo Sawa39. Posteriormente publicará en múltiples revistas y periódicos.

De su estancia en París, muchos recuerdos: en 1891 Verlaine le dedicó una foto; sus descendientes guardan otra de Zola que trae la dedicatoria siguiente: «La verdad está en marcha y nadie la detendrá.» Además, por si sus escasos papeles conservados fueran poco, sus Iluminaciones en la sombra confirman que residía en París en 1896 cuando murió su gran ídolo, Lélian. De entre su epistolario y fotografías [35] opacadas por el tiempo quedan retratos de José Santos Chocano (firmado en 1905), Gómez Carrillo, Fermín Salvochea, José Nakens, José Pi y Margall, Teobaldo Nieva (el anarquista autor de Química de la cuestión social, 1886). El de este último, sin fecha, lleva la dedicatoria: «A mi especial y querido amigo Alejandro Sawa, en testimonio de que te quiero y espero en ti y en pro de la Revolución.»

En París se ganaba la vida a salto de mata, y fue asiduo de las reuniones de La Plume, pues el 15 de mayo de 1892 la revista reproduce un grabado del español entre tantos otros que frecuentaban las soirés littéraires organizadas por ellos. En julio de 1895, otra publicación simbolista, L'Ermitage (1890-1906), que había fundado Henri Mazel y estuvo luego al cuidado del norteamericano Stuart Merrill, Louis Le Cardonnel y Hughes Rebell, publicó una brevísima reseña crítica de Sawa sobre la novela La Saint-Valentin (Moeurs anglaises), de René Melinette (p. 184). Con Rebell cruzó algunas cartas, pues un 20 de junio (sin precisar fecha) el francés le agradece una traducción de Bécquer, y alude al proyecto de una antología de poesía española, con composiciones de Góngora, Zorrilla y Campoamor, que no sé si alguna vez vio la luz. Consta además que Verlaine le regaló el manuscrito de un poema (alude a ello en Iluminaciones); el título de la breve composición es «Féroce», escrita el 10 de febrero de 1894, y se incluyó luego en Poèmes divers, gracias a la generosidad de la viuda de Sawa40.

Versiones dispares en vida y muerte; amargadas y displicentes unas, amistosas y cordiales otras. Sus amigos: Valle-Inclán, Zamacois, Darío, Bark, Nakens, Enrique Cornuty, Salvador Rueda, Gómez Carrillo. Se dice que el francés de Aurora roja (1904), de Baroja, es Sawa; él mismo cuenta que fue personaje de Alborada, de Bark. En Germinal se le presenta a los lectores el 7 de mayo de 1897, tal vez a raíz de su regreso a España, en la sección «Gente Nueva»:
Naturalezas poderosísimas, reflejos del alma de la sublime España árabe, cuya poesía alumbró la noche oscura de la Europa cristiana de la Edad Media. Alejandro Sawa y Joaquín Dicenta son los jefes del [36] naturalismo español [...] Crimen legal demuestra el vigor de la pluma de Sawa, Declaración de un vencido es el grito de desesperación del luchador que se asfixia, y Noche es el cuadro lúgubre de una sociedad sumergida en tinieblas seculares. Pero no es el naturalismo frío y duro de Emilio Zola; el alma profundamente poética española lo ha transformado comunicándole un perfume de poesía romántica que exhalan las canciones populares, las coplas admirables de las alegrías y dolores del pueblo.

Sawa ha desmayado; desde hace años ya no trabaja, porque le falta el ambiente ideogéneo. Tal vez se reanime sintiendo la alborada de algo nuevo que limpie la atmósfera en que hoy se ahogan los que necesitan de ideales grandes para vivir.
¡Qué extraño personaje este Sawa! Bohemio triste, recordado por don Pío y Manuel Machado como la primera persona que habló en España de Verlaine. «Era un pobre hombre sin ninguna penetración —escribe Baroja con falta de generosidad y poca perspicacia—, moreno, con cierto aire apostolar, melenas y barbas negras» (Memorias, VII, pp. 136-137). Pero ya mucho antes se había interesado por él. Fermín García Pipot, el bohemio de Los últimos románticos (1906), es personificación de Sawa: flaco, capa española y un perro de lanas. Al final —recordemos— aparece entre los prisioneros de la Comuna, y grita: «¡Abajo los reyes! ¡Viva la Humanidad!» Después reaparecerá en El árbol de la ciencia (1911), donde se describe su muerte: la muerte de un bohemio, rodeado de amigos. Rafael Villasús es para Andrés un caso de heroísmo cómico: «¡Ese pobre diablo, empeñado en desafiar a la riqueza, es extraordinario! [...] ¡Pobre imbécil!» (cap. VIII)41.

Manuel Machado también lo recuerda como bohemio incorregible:
Volvió entonces de París [h. 1896] hablando de parnasianismo y de simbolismo, y recitando por primera vez [37] en Madrid versos de Verlaine. Pocos estaban en el secreto42.
Más certero aún es el juicio del Mercure de France (IX, octubre de 1893,
p. 185), que reproduce un elogioso artículo de Hermann Bahr, publicado originalmente en Deutsche Zeitung, de Viena. Bahr conoció a Sawa en 1889 durante un viaje por España. De sus impresiones las más favorables son para el sevillano:
Nunca he encontrado en mi vida una figura juvenil más hermosa, un Byron del proletariado, el beau ténébreux del romanticismo hecho mendigo43.

Pese a todos los contratiempos, el andaluz arrastra su fama hasta Austria. El Mercure, que reproduce el texto de Bahr, no es menos elogioso: Sawa representa para ellos una síntesis de las ideas de su época. Representa «le romancier et révolutionnaire espagnol bien connu». Moderno, lo llama Bahr en 1893 por su sentido de encarar los problemas. Escribe que en 1889 la fama de Sawa corría de boca en boca e incluso llegaba a los pequeños rincones. Los jóvenes se regocijaban, y los adustos guardadores de la tradición huían despavoridos y atemorizados ante el empuje y el indomable espíritu del escritor. Estaba ya borracho de pasión y de fuerzas; de. esta embriaguez le venía la.vitalidad; a los otros les causaba miedo, y de allí venía la resistencia a sus ideas. Sawa es —sin lugar a dudas— un moderno; un español moderno en frenéticos amores imposibles, furiosos y terribles. Alma robusta en gloriosa búsqueda de lo absoluto; cima y justificación de los grandes, sólo comparable a Goya y Ribera. Pero no se detienen ahí sus hiperbólicos elogios; insistirá que el joven escritor ha sido ya nuncio de nueva aurora con su Crimen legal:

[38]

la plus téméraire et la plus libre des créations de Sawa, et on pourrait inscrire sur toutes les oeuvres qu'il a faites, comme dernière formule de son art: Ici, il n'y a rien de normal.
Pasión radiante, apóstol de la belleza: «Il veut introduire dans la vie la beauté qu'il sent.» Quiere ennoblecer la vida, transformar el mundo, crear hombres libres de dogmas y ataduras:
Tel is est: artiste exigeant l'art dans le monde, la beauté, dans la vie, révolté contre tout ordre qui dérange ses règles.
Extraño mensaje el del sevillano: la religión del arte. No, insiste Bahr, y con él el Mercure, esta búsqueda de luz no debe esfumarse, y ha de apagarse en un país dominado por eternas polémicas y revoluciones continuas
où chaque nuit on détrône une reine et l'on cri à la révolution, au milieu de ces tragiques opérettes. Il devait partir...
En España, Sawa es desdichado y escarnecido por el buen burgués y el conservador.

Historia literaria y leyenda en vida, como acertadamente dijo de él otro enamorado de la bondad y la belleza —Darío—. Ya hacía algunos años que vivía en París cuando se encontró allí con Rubén, que lo recuerda gallardo y hermoso en su Autobiografía, con muy marcada semejanza de rostro con Daudet. Llevaba la vida de bohemia, era escritor de gran talento y «vivía siempre en su sueño. Él me inició en las correrías nocturnas del Barrio Latino»44.

Otros eran menos generosos; Martínez Ruiz lo pinta en 1897 con poca simpatía, repulsión y poco tino:
Alejandro Sawa me parece un fat —lo digo en francés porque él finge que se le ha olvidado el castellano, hasta el punto de que continuamente está haciendo esfuerzos por encontrar una palabra—. Refiriéndose a un artículo que ha publicado en el Heraldo —desatinado [39] e incongruente hasta lo inverosímil—, decía esta tarde:

—Ayer vi a Burell por la calle, y me dijo: «He leído eso. ¡Así se escribe, maestro!»

Sawa quiere ser aquí una especie de Moréas, Jean Moréas [...]45.
El «divino» Alejandro, de alma inflamada y espíritu superior, lo recuerda Zamacois años después (Años de miseria y de risa, Madrid, Renacimiento, s. f., OC, XVII, p. 189). Como contraste, Pedro Vallina, el anarquista que hizo la biografía de Fermín Salvochea, lo describe como dipsómano, que vitorea como loco a la anarquía (Crónica de un revolucionario. Fermín Salvochea, 1958, p. 78).

Pero Sawa no necesita fotógrafos, él es su mejor retratista. Ahí quedan sus Iluminaciones en la sombra, donde José Santos Chocano, Nietzsche, Proudhon, Julio Burell, Verlaine, Baudelaire, Pi, Fermín Salvochea y Louise Michel se encuentran entre recuerdos e iconografías. Ellos son sus «raros». De Salvochea, el santo laico de los noventayochistas y los ácratas, escribe: «Enamorado de la aurora social en que yo creía a los veinte años, le llevaba noticias de nuestro vago planeta Urano, de los Reclus, de Kroptkine, de los revolucionarios que había conocido en mis andanzas por el mundo.»

Humanidad la suya mezcla de alegría y tristezas. Personalidad escurridiza, que tal vez nadie captara con genio tan brillante que Valle-Inclán en sus Luces de bohemia, con gran dosis de literatura e historia. En boca de Sawa —Max Estrella— pone su definición del esperpento; él, ciego como Homero y Belisario, el Hermes hispánico, define la estética-política valleinclanesca. El bohemio coincide con el obrero anarquista en la cárcel, y el intelectual —ex futuro miembro de la Real Academia Española— comprende los quejidos y la rabia del trabajador catalán. Ambos se encuentran en un mismo punto: España es farsa grotesca, y a ambos no les queda otra salida que la muerte. Para el obrero, por «ley de fuga»; el ciego intelectual muere por ver más a fondo, en el «fondo del vaso».

Embriagado de azul, deslumhrado por la bohemia, París [40] le fascinó, escribía Antonio Gullón al reseñar las postumas Iluminaciones. Manos aristocráticas, alma candorosa, ojos asombradizos y fáciles de engañar46. Ciego cuando murió el 3 de marzo de 1909, a la una menos cuarto de la madrugada, alienado, llevaba ya mucho tiempo de vivir en otros mundos. Aspecto levantino, cabellera negra, sombrero de artista, un «rembrandt» de alas anchas, pero siempre impregnado de literatura (¡el daguerrotipo, ay, de los melenudos descritos antes con tanta sorna!). ¡Poor Alex!, decían sus amigos47. Fabián Vidal relata en 1910 que en París Sawa hubo de realizar verdaderos prodigios para vivir una vida incierta y dura; allí agotó el caudal abundantísimo de sus energías vitales48. Otra crónica a la hora de su muerte lo retrata con nítida fidelidad:
Tenía una noble apostura, a la cual gustaba él de dar cierto continente augusto y majestuoso. Un magno y hermoso perro, a quien llamaba Bel-amí, como recuerdo de un héroe de Guy de Mauppassant, seguíale siempre como acompañan los lebreles a los señores en los retratos de Tiziano. Y Sawa paseaba por la corte su fastuosidad personal con todo el aire de un emperador. Su barba hirsuta y su enmarañada melena placíanle porque le recordaban la cabeza de Daudet. Otras veces se peinaba y usaba bigote sólo, porque él decía que así se parecía a Edgar Poe, y no faltó época en que anduvo completamente afeitado, a título de evocación de Baudelaire49.
La revista Prometeo (núm. 4, febrero de 1909), lo recordará como «el último romántico». Era un lírico, hermano en literatura de Catulle Mendès: «Era el jirón de una época que está acabando de desmantelar el tiempo»50. [41]

Literatura y vida mezcladas, pero ¡cuánta conciencia! Arte y protesta, belleza y revolución. Vivir, además, de la pluma; escribir, escribir, escribir constantemente crónicas sobre todo lo divino y lo humano. Entre su correspondencia, hoy exigua, alguna carta de Cornuty, fechada el 2 de enero de 1908, con membrete de La Acción, periódico fundado por Claudio Frollo y Francisco Villanueva. «Este periódico pagará, pero poco y con cierta parsimonia...», le dice. «Hágame el favor de tolerar esta pequeña suma.» Otras cartas de la casa editorial Maucci, de Barcelona, de febrero del mismo año, que se negaba a reeditar sus obras. Por lo visto, Sawa buscaba reimprimir su Declaración de un vencido, con poca suerte, a juzgar por la respuesta de un sincero amigo, Rafael Ruiz López. Fui a ver a Tabernero y a Lezcano, a Montaner y a Simón —le dice—, a Gil y a Espasa, pero a éstos no se les puede ofrecer una obra de usted.
Estas casas son cada vez más temerosas de Dios Nuestro Señor [subrayado suyo] y desdeñan la novela del autor que no se amolda a las buenas costumbres (2 de marzo de 1908).
Unos por pudibundeces, otros porque prefieren el negocio seguro de la literatura por entregas51. ¡Desdichadas gestiones las de Sawa! Ciego e indigente desde 1905-1906, sólo aspiraba a ganar unas pesetas para mantener a su mujer y a su hija. La fama de la década del ochenta estaba ya olvidada o en los albores del siglo xx la bohemia era ya un anacronismo y, por tanto, dispensable.

Y este autor que tenía tales problemas había sido la pasión y la fuerza. Pero no era novedad para Sawa el anquilosamiento del público, ni la explotación de los editores. En algún momento entre 1898-1899 le escribió a Gómez Carrillo, a París, una carta que también refleja la miserable vida del «proletariado intelectual» de fin de siglo. Esta vez es sobre [42] su escenificación de Los reyes en el destierro; al parecer, el andaluz estaba preocupado por los derechos de autor y le pide a su amigo guatemalteco que haga gestiones con la casa editorial parisina. A lo que responde Gómez Carrillo:
¿Tú no recuerdas que en París nadie sabe nada de Madrid, que allá todos los editores publican los libros franceses sin pedir autorización; que jamás han pagado droits d'auteur a los parisinos?
Y este bohemio modernista, paralizado en la España del siglo XX, era, según Gómez Carrillo, la inteligencia, el temperamento, el talento. Los que en España llaman la atención —le dice Gómez Carrillo, rebosante de generosidad y cariño— «no podrían ser literariamente tus domestiques». Si allí no te reconocen, porque siempre triunfa el mediocre, en cambio, en París los de La Plume y los del Mercure de France te recuerdan. Al filo del siglo, Sawa no se hacía de un nombre en su patria, pero los amigos simbolistas y parnasianos aún lo añoraban en París. La epístola nos revela además, que para ese entonces (¿1898-1899?) Sawa no recordaba bien a Rubén, y le debe haber preguntado por él a su amigo nicaragüense, pues éste le contesta que Darío es el autor de Azul, que habían leído juntos, así como de Prosas profanas y de Los raros52. La efímera amistad de Sawa y Darío se estrechará con los años, y será Rubén quien prologue su libro póstumo53.
[43]
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