Estudio preliminar




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fecha de publicación26.10.2015
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Ante el misterio


—Voy a ver si consigo restablecer la fisonomía interna de aquella mujer que tanta influencia ha ejercido en mi vida —nos dijo Germán, arrellenándose en la butaca.

Acabábamos de cenar. Nuestra cena había sido lúgubre, porque fuera la lluvia se fundía en humedades lacrimosas con la tierra, y dentro parece como que espesaba la atmósfera, al modo de un gas muy acre. Latinos del Mediterráno, no acertábamos a ver en la lluvia sino la condensación visible del llanto universal, del viejo y eterno luto humano.

—Por lo pronto, yo quiero dejar dicho que no conozco nada tan complicado como las almas sencillas. ¿Paradoja? Si Pascal resucitara, pero ¿cómo?, ¡completamente vivo, respirando y de pie entre nosotros, con sus grandes ojos, sondeadores del Misterio, abiertos de par en par ante la vida!, yo creo empresa fácil, a la medida de un patán, engañarlo en todo, digo que en todo, cuantas veces nos viniera en antojo. No penséis lo mismo del patán. A ése no lo engaña sino el Cielo a lo sumo, algunas veces, cuando no quiere ayudar al esplendor de la cosecha y se manifiesta en iras...

Hizo nuestro amigo una sabia pausa, que llenó el silencio de pensamientos, y prosiguió:

—La superficie moral del hombre superior es toda en extensión, la del hombre ordinario es toda en hondura. Víctor Hugo es un vasto continente; Juan de las Viñas, una sima. Son pozos, son cisternas, os digo, las almas de esos hombres inferiores... Una mujer de mundo emplea menos remilgos en entregarse que una lugareña. Un viajero de las inmensidades morales no tiene gusto ni tiempo que dedicar a los fétidos escondrijos de la ciudad. Preguntadle por los tremendos coeficientes del álgebra vital, y seguramente escucharéis una respuesta; pero creed que no se le ocurrirá inquirir los secretos que guardan vuestros bolsillos. Y así, con una luz en mitad de la frente y deslumhrados por la misma claridad que proyectan, son más propicias víctimas del dolor, de la traición y de la falacia que todos los demás seres de la fauna humana, con los que no tienen, por lo demás, otra analogía que la de las apariencias anatómicas.

Otro silencio, otra pausa y el rápido galopar de nuestras [250] interrogaciones imprecisas hacia el verbo que, como una llave, abre los secretos del pensamiento...

—Conocí a aquella mujer hace trece años, casi día por día, en una calle cualquiera de una ciudad sin par en el mundo, fuera de España, y cuyo nombre no hace al caso... La mujer era sana y fuerte y tenía un dulce mirar en línea recta, completamente azul, que era, en la vida de relación que yo le propuse, como un contrato firmado con estampilla imperial, de inmortales desposorios. Ya barruntaréis que hablo de la madre de mi hija, la glacial criatura blonda y rosa que con sus encantos me hizo tantas veces creer un jardín la vida... Aquella mujer, cuya sola fortuna dotal era la amplia mirada color de cielo, llegó a inspirarme una amistad serena, amable y misericordiosa. La asocié a mi vida, vida triste de eterno expatriado y de lamentable extemporáneo, y la asocié a mi alma. Yo quise ser, y lo fui, para mi compañera, como un hombre de cristal, como un ser hecho todo de transparencias, hialino, igual que la linfa de un lago en una visión de ensueño. Mi mujer me fue opaca. ¡Ah, ese suplicio inenarrable, casi fantástico, de compartir el tálamo, y el yantar, y las penas, y los goces de la vida, con una esfinge, yo lo he sufrido todos los días, todos los minutos del día, durante una eternidad de trece años! Me había unido a una mujer de piedra. ¿Comprendéis al fin? Y cuando, loco de curiosidad y de impotencia, hurgaba a la esfinge, con la rudeza de mi gran dolor sentido, por ver si de sus flancos brotaba al fin sangre, ¡ah, no!, la mujer seca, seca e impenetrable, no respondía a mis interrogaciones desesperadas con un latido más de su corazón, con una palpitación más de su carne, sino con una guturación sibilina..., como eso, como lo que era, como una esfinge de la antigüedad plantada en un desierto africano mejor que en la apolina Delfos...

Calló el narrador, callamos todos. La lluvia se oía como un lamento, y a pesar del gran foco de luz que ardía en el techo, una oscuridad que no puede mentarse sin que al punto nos asalten ideas de matanza, de inanidad y de tedio, iba invadiéndonos por momentos. El gato negro de Edgardo Poe lanzó su maullido, mensajero de desastres... Sin trémolos, impersonalmente, la voz continuó:

—Me fue opaca la mujer. Nunca supe nada de lo que pasaba en su cuerpo, de piel para adentro... Yo conocía sus ojos, sus bellos ojos creadores del azul, y su nariz, cuyas transparentes aletas palpitaban al recuerdo de las gomas y de las flores, y su boca, rosado asilo de la doblez y el fraude, y su vientre, hermosa bóveda de donde el vivir surgía, y sus pies, blancos y azoradizos como dos alas de paloma, ¡pero no conocía su alma! ¡Que no se me hubiera mostrado una vez siquiera, para adorarla, [251] quizás, toda la vida!... Pero ahora pienso (y esto lo dijo ya Germán de pie y riendo, riendo como no se oye reír sino en los manicomios en ciertos días de agitación atmosférica), ahora pienso que aquella mujer, así como hay ciegos, como hay paralíticos y tullidos, carecía de alma; que era el animal puramente plástico, todo instintos. Era, sí, también, y si queréis, un ofrecimiento, una promesa de hogar y de nido; pero todo baluartes y aspilleras y defensas...; ¡cosa más sencilla que una vivienda, que un habitáculo humano! Sólo que ¿cómo hablar de una casa cuyo interior es impenetrable? Por eso dije al principio que no conozco nada tan complicado como las almas sencillas. Y quiero añadir ahora que ni tan hermético tampoco.
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