Estudio preliminar




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fecha de publicación26.10.2015
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La historia que miente


Abro un libro de estadística intercontinental por la sección consagrada a la instrucción pública y hallo el nombre de España en una picota, atado a un poste de deshonor, tétrico, tan peligroso como un apestado en una sociedad de gente sana... Lo abro por otra sección cualquiera, fomento industrial, redes ferroviarias, bibliografía indígena, crédito público, y siento las ansias y la desazón de todo hombre limpio, castigado a vivir en una trapería.

Leo la Historia, la patria historia, con mis ojos y mi proyección mentales y no con los del historiador (la historia de España está por escribir: Mariana era simplemente un latinista, Lafuente un embaucador, Pirala un gacetillero), y me encuentro con que Sagunto y Numancia (Señor, ¿hasta cuándo?) son dos bellos nombres iberos, que no fueron suficientes, con todo de su sonoridad épica, a impedir la sojuzgación eterna y sistemática de la península por toda suerte de razas y pueblos forasteros: fenicios, griegos, cartagineses, romanos, godos, árabes, teutones y galaicos. ¡Si hasta podemos exhibir en nuestro muestrario nacional —donde no se advierte por cierto el más ligero barrunto de una dinastía española, de una dinastía de los González, ni de los Fernández, ni de los Rodríguez— el nombre noble de aquel gallardo príncipe de Saboya que sólo halló reposo para su honor de soberano y garantía para su dignidad de hombre al otro lado de las fronteras y con una corona —verdad que abollada— de por medio! [254]

Así, apenas constituida la unidad española sobre el tálamo del rey de Aragón y de la reina de Castilla, «tanto monta, monta tanto», viene de tierras del norte de Europa a regirnos un señor D. Felipe y después un señor D. Carlos, tan escasamente español, que con todo de haber reinado aquí luengos años y no en Alemania, por raros atisbos de la Historia es sólo nombrado por su filiación numérica de emperador de Alemania y no de rey de España, Carlos V y no Carlos I, y apenas extinguida su raza con el insano Carlos II, viene a gobernarnos, en directa exportación de Versalles, otro señor de fuera, el señor de Bourbon, duque de Anjou, y luego, tras de la triste reina que parecía el último brote de su raza, un piamontés de la genealogía de Saboya, porque ni la combinación teutónica ni la lusitana tuvieron prevalencia, ni Braganza ni Hohenzollern, y en seguida, después del vergonzoso paréntesis del 73, otra vez los señores de Bourbon, y luego la muerte de aquel rey educado en el destierro, hasta llegar a los tiempos de ahora, en que acabamos de llegar al final de una regencia de cerca de diecisiete años, en cuyo sello se lee el nombre tan mal castizo de «Hapsburgo de Lorena»... Y yo me pregunto, yo, hijo de un país eternamente dominado por todos los pueblos ambientes, pero ¿por qué y de qué están tan ufanos los españoles?

Ciertamente, Numancia es un hermoso nombre, y Sagunto también, y no le son inferiores en sonoridad Zaragoza y Gerona. Pero ¿qué pueblo del mundo, qué aglomeración de gente uncida bajo la misma denominación histórica en todas las latitudes del planeta, no puede ofrecer ejemplos semejantes? ¿O es que hay alguien que crea que el patriotismo, el frenesí amoroso por el terruño, por el campanario de la iglesia, por la rebotica, por la novia del lugar en que cada cual ha nacido y por tantas otras cosas de un particularismo universal y eterno, son privativas de los españoles y ostentan como exclusivos colores la viva mancha roja y amarilla de nuestra insignia nacional?

No, el recuerdo de París y de Belfort, por ejemplo, es de ayer, más reciente aún es el de Plewna, palpitante de actualidad es el de Puerto Arturo y sobre mi mesa y ante mi vista tengo un recorte de periódico de ahora, en que, sin la lírica retahíla de vocingleros adjetivos, que para nuestro uso particuar empleamos cuando se trata de Numancia o de Gerona, se narra el incendio total de un aduar moro, que responde con el suicidio colectivo a las intimidaciones avarientas del emperador sacerdotal y guerrero de la yegua blanca.

Puede, sí, afirmarse, con el rigor cesáreo de un axioma, que hay exacta relación de simpatía entre el fervor patriótico y la primitividad, la incivilización de los pueblos. A mayor cultura, [255] menos patriotismo subjetivo en las enfáticas colmenas de los hombres.

Durante la tozuda pelea contra los franceses, allá desde el año 8 al 14 del pasado siglo, en la que tanto nos ayudaron las bayonetas británicas, y la áurea fuerza inglesa, y el prestigio guerrero y crematístico del Reino Unido, y el talento de Wellington y la buena suerte militar de Wellington, es cosa sabida, y que por serlo hartamente constituye como un tópico citarlo, que en Madrid, y alrededor de José Bonaparte, permanecieron formándole asesoría de honor y de combate, los más cultivados y por ende penetrantes ingenios españoles, los mismos que, motejados más tarde de afrancesamiento, mantienen ardorosa comunicación mental con el espíritu de la Enciclopedia, fulguran en las Cortes de Cádiz, obligan a Fernando VII a jurar la Constitución del año 12, son conducidos en lamentables mesnadas, altas las frentes, el corazón sereno, a través de las carreteras, largas como caminos de Pasión, que conducían a las ergástulas nacionales, y no cejan, y no ceden, y no paran hasta dejar dotada a España de esa apariencia actual de civilización, que si en 1821 era una gloria, es, lo juro, en 1905, una vergüenza, que, de perseverar, puede tornarse irremediable.

Esta idea que apunto no es de ahora, es vieja como el mundo. Ya los romanos, aquellos hombres formidables, que decían con una arrogancia que en nuestros tiempos sólo los ingleses pueden permitirse civis romanus sum, se curaban de añadir ubi bene ibi patria. Y en nuestros días, Lamartine (l'homme est naturel du pays qu'il aime), Gautier, Flaubert, Baudelaire, Renan, Carlyle, Schopenhauer, Heine, Nietzsche, ¡qué sé yo!, no siendo mi propósito llenar todas las páginas de La Anarquía Literaria con nombres y con textos que han ganado derechos de ciudad en todas las almas modernas, han mostrado la misma irreductible hostilidad contra la vieja y constreñida acepción de la palabra «Patria».

Por lo demás, cada cual puede entender eso a su manera. Yo llevo en mi corazón, no grabado sobre los hombros, mi patria y mis amores. Un acta de nacimiento sólo da fe del hecho más mecánico e involuntario de la vida... ¡Sólo que Flandes, Italia, Lepanto, Wad-Ras! Flandes me recuerda la inhumanidad sistemática del duque de Alba, las inicuas ejecuciones de los condes D'Egmont y de Horns, el terror que aún continúa perturbando el alma de los niños holandeses y belgas cuando se les amenaza con los españoles, o se les avisa, como si se tratara del demonio, «que el duque de Alba va a venir».

Nuestro dominio en Italia, en Nápoles sobre todo, supera en horror a cuanto pueda imaginarse. La batalla de Lepanto fue un combate librado por todas las flotas de la cristiandad, al [256] mando de D. Juan de Austria, un alemán nacido en Ratisbona, de padre y madre alemanes, y que, por su impericia en asuntos navales y por su temprana edad (veintiséis años), no ejerció en el formidable combate sino un mando puramente nominal, puesto que la dirección de la lucha fue asumida, casi exclusivamente, por los almirantes genoveses y venecianos... En cuanto a Wad-Ras...

Sin evocar para nada el recuerdo vergonzoso y reciente de Melilla, bien puede asegurarse que la aventura de África en 1859, más que una guerra de la nación, por intereses nacionales, fue una guerra de O'Donnell, por las instituciones. Gracias a ella, Isabel II pudo ir tirando hasta 1868.

La nación se llevó la mano a un costado para contenerse la hemorragia, y dejó de entonar por algún tiempo el candoroso himno de Riego para gritar ¡viva la reina! En efecto, ¡una reina, que además de llamarse Isabel, y ser también muy católica, acometía la empresa, aunque se le malograse, de conquistar nuevos reinos de Granada!

Yo creo con ardor, eso sí, que España es digna de mejor suerte, pero no creo que sea el medio más adecuado para que recobre su puesto al sol y a la vida entre las naciones verticales, deformarle a sus hijos, desde la niñez, el sentido óptico, llenarle el cráneo de amasijos de telarañas, darle a chupar con la leche materna una Historia mentirosa, una Moral manida, una Escolástica medioeval, una Egolatría bárbara y asegurarle en todos los tonos y desde todas las tribunas con tornavoces de que disponemos la cátedra, la hoja periódica, el libro, que vivir aquí es alentar en el Paraíso, que esto es la bodega, el vergel y el granero del mundo, y que los hombres de Flandes, Italia, Lepanto y Wad-Ras son cuatro enormes cariátides de gloria que, a modo de Atlante, sostienen poderosamente la balumba moral del mundo.

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