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IV. ALEJANDRO SAWA, ESCRITOR



Década del ochenta; el naturalismo triunfa. Ya ha salido a la calle La desheredada (1882), de Galdós, y doña Emilia ha publicado La cuestión palpitante (1883). El tema del naturalismo se ventila en todos los círculos intelectuales, cuando en 1885 sale a la luz en Madrid La mujer de todo el mundo (Establecimiento Tipográfico de Ricardo Fe, calle de Cedaderos, número 11, 218 pp.), de Alejandro Sawa, dedicada a su hermano Enrique. El asunto no podía ser entonces más apropiado: la prostitución, tema caro a los naturalistas. Pero el jovencísimo Sawa se nos escapa de los «ismos» de escuela y entona su canto nostálgico:
Vivir es eso; luchar en todas formas con las fatalidades naturales, hasta marearse, hasta aturdirse, con el libro, con la piqueta, con la idea, con el puño cerrado, con la observación, con la experiencia, con el martirio (p. 5).
La primera novela de Sawa es de un naturalismo ingenuo; quizá incluso sería más acertado incluirla entre los epígonos del realismo, pues está muy cerca del romanticismo de tendencia socialista de Eugène Sue, Victor Hugo y Soulié. La aristócrata de la narración —la condesa de Zarzal— es mala por antonomasia; no hay claroscuros ni complejidades. El cura, D. Felipe, acumula en sí todos los elementos del abate galante «para quien la vida no era en realidad sino un festín permanente» (p. 34). Glotón, acicalado, obsecuente con la aristocracia, poco añade al arquetipo de clérigo de la primera novela realista, que ya he estudiado en alguna ocasión. Sawa emprende también sus ataques a [44] la beatería y a la superstición. España, según el joven autor, es una nación «esencialmente atea, que en materia de divinidades sólo cree en la Virgen del Pilar y la del Carmen por bonitas y lujosas» (p. 39). Mientras tanto lanza su blasfemia contra Dios en aires más modernos y progresistas. La novela compensa sus innumerables defectos técnicos y literarios con apasionadas defensas de la Comuna de París y los comunalistas. Por aquel tiempo, Sawa rozaba los veintitrés años.

La juvenil novela fue todo un éxito en los círculos anarquistas. La Bandera Social (Madrid, núm. 31, 13-1-1885) le dedicó ditirámbicos elogios: admirable instinto revolucionario, sublimes inspiraciones. El anónimo autor de la reseña ve en la obra no sólo una feroz crítica a la aristocracia, sino piqueta demoledora de todo un medio social. Destaca, sobre todo, el capítulo IV como joya de la literatura, por sus huellas iconoclastas, revolucionarias y anticlericales. Y reproduce los párrafos más reveladores. Sawa exclama allí:
¡Ay continente europeo, vieja Europa, vieja Europa maldita!; porque los tiempos de las grandes justicias y de las enormes venganzas se acercan [...] Una nueva era está encima (p. 50).
La nueva era —según Sawa— está encarnada en los adalides del porvenir: Los Intemacionalistas. Y Alejandro Sawa emprendía esta defensa en momentos de represión desencadenada a raíz de los crímenes de la Mano Negra. Claro está que cubre la retaguardia, y sólo habla de París: allí se sienten los fulgores de la nueva aurora. París es patria de los desheredados y de los perseguidos, de los calumniados y de los proscritos, de los voluptuosos y de los sibaritas. También de los que sufren, de los que gozan y de los que piensan: de cuantos llevan en el cerebro un sentimiento o una idea. ¡París!, prostitución y genio: «Hace belleza, construye belleza con Víctor Hugo sobre sus rodillas, y luego se vende al primer bárbaro que la solicita» (p. 42). Desde entonces siente Sawa a París como su Norte; en estos tempranos escritos es el París de Víctor Hugo, luego se subyugará con el de Verlaine. El anónimo comentador [45] de La Bandera Social ensalza la valentía de Sawa y lo insta a continuar su carrera ascendente:
¡Asciende, Alejandro! Joven eres; el porvenir te llama; no te importe ser odiado por los poderosos si logras el amor del pueblo [...]

¡Asciende; que ese otro globo que te aguarda sea grande y magnífico y no te descuides de que vaya iluminando en su carrera por la devastadora tea! (13 de septiembre de 1885).
Los arranques anarquistas de Sawa se inflamaron, pues en 1886 redactó un
post-criptum para A los hijos del pueblo. Versos socialistas, de Tomás Camacho, Francisco Salazar y Ernesto Álvarez, comentadísimos en La Bandera Social (núm. 75, 27-VIII-1886) como verdadera poesía internacionalista. La carta que Sawa inserta al final del folleto, es —según los anarquistas —«una joya literaria revolucionaria». «No es posible —continúan— leer aquella carta sin que el corazón formule una promesa solemne y los labios una amenaza terrible.»

Números posteriores de la revista ácrata (84 y 85, 30-X, 4-XI-1886) reproducirán la carta, algún trozo de la cual ya conocemos por Clara E. Lida, en su artículo sobre el anarquismo literario. En este texto Sawa expresa su preocupación por el crimen y las injusticias, y se adhiere a la fila de los revolucionarios, «siempre tiznada por el humo de la pólvora y siempre mirando hacia adelante». Los versos de los compañeros deben ser más que una protesta; deben hacer surgir legión, y él mismo se ofrece como soldado voluntario, jurando «fidelidad a la bandera», la más intrépida de las vanguardias:
Y es que la batalla que ha de decidirlo todo, que ha de resolverlo y solucionarlo todo, esta legión, la nuestra, nuestra legión, más que un grupo, que una cohorte de hombres, inexorables y convencidos, parezca, en las magníficas transfiguraciones de la lucha, un pelotón de condenados escalando el cielo y gritando insaciables como el derecho: «¡Más, más todavía...; no quedamos satisfechos..., más, más todavía!» Y arrojar a Dios —el crimen latente— de cabeza al vacío, donde no vuelva a incorporarse nunca, vencido para siempre.
[46] Arremete entonces contra los partidos políticos, que no se han preocupado de otra cosa que de redactar constituciones y publicar programas, mientras el pueblo trabaja de sol a sol y muere de hambre. En su esclavitud, le proporciona al vicio alimento en la carne de sus hijas. La política es negocio y la interpretación de las leyes una industria. El joven Sawa se lanza con ráfagas de furia contra la Constitución de 1869 —libertad de imprenta, libertad religiosa, libertad de reunión—, reformas en «obsequio vuestro a la clase media, la sustituyente de las antiguas aristocracias en nuestras sociedades bizantinas». Mientras, el trabajador del campo y de la ciudad padece inhumanas explotaciones:
Hace falta, pues, queridos amigos míos, para que la revolución sea popular, que sea social. De otro modo, ¡ay de todos! Pero ¡ay especialmente de los que a ella se opongan! ¡Ay de los que resistan! ¡Ay también de los que empujan! Sobrevendrá la catástrofe.
Y —finaliza— este libro de versos está inspirado en estas ideas y colaborará para que todos los pulmones respiren socialismo. Sólo así ganaremos la batalla con «menos bajas en nuestros ejércitos». Obvio es, por este optimista texto, que Alejandro Sawa sentía entonces la literatura como lucha contra el acomodaticio burgués. Esta postura persistirá desde otras trincheras con los años.

Natural es que los anarquistas vieran con buenos ojos La mujer de todo el mundo, posiblemente su novela más comentada. Andrés González Blanco la recuerda muy especialmente en su Historia de la novela en España (Madrid, 1909), y cree que el sevillano fue «injustamente postergado, pero sus novelas quedan» (p. 701). Hoy día esta novela juvenil y la carta a Versos socialistas dejan traslucir al juglar de la revolución, cuyo camino posterior será fundamentado por las sendas del Arte, sin desmedro de sus creencias políticas.

En 1886 sale a la luz Crimen legal (Madrid, Biblioteca del Renacimiento Literario, Juan Muñoz y Co.), dedicada a su hermano Miguel. De corte naturalista y de tema escandaloso: la decisión de salvar a la madre o al niño en un embarazo complicado. Es un caso de embriotonomía; [47] pero lo fundamental es el conflicto entre la Iglesia y la Ciencia, que Sawa pinta con los colores más sombríos y en sus aspectos caricaturescos. El personaje principal es Ricardo, «ojos de calenturiento, empotrados en un cráneo de bestia». En otra ocasión lo describe como «cerebro de sátiro». Ricardo viola a su mujer en la noche de bodas: «La Biblia [...] fue el Galeoto» (pp. 40-42). La novela se centra en la historia de un señorito de nuevo cuño (tan caro al Galdós de Fortunata y Jacinta [1886-1887]), hijo de un comerciante gallego que ha hecho fortuna. Pero lo importante es describir con los más crudos colores el parto (más de veinte páginas). Después del aborto, Vicenta está incapacitada para el amor conyugal, y Ricardo busca consuelo en casas de prostitutas. Noemí, una de las cortesanas más hermosas y diabólicas, gana sus favores; ambos deciden finalmente asesinar a la esposa. Problema de fácil solución, que se resuelve haciendo que Vicenta conciba otra vez. La trama sencilla incluye ardientes defensas de la ciencia experimental y el ateísmo: «¡Oh! El catolicismo —irrumpe el autor—, ¡qué cuentas más estrechas le debe a la moral y a la conciencia humanas! ¡Qué enorme responsabilidad ante la historia!» (p. 67).

Al final de la obra se incluye un apéndice, «Análisis de la novela», de Eduardo López Bago, naturalista de renombre, que tiene hoy día gran interés. López Bago le da la bienvenida a Sawa en las falanges del naturalismo, aunque le echa en cara sus veleidades románticas y su pasión por Hugo. No obstante sus caídas —termina López Bago—, «no es un discípulo, es un compañero. Bienvenido sea a la barricada naturalista Alejandro Sawa y el nuevo combatiente» (p. 280).

En 1887, Sawa publica Declaración de un vencido (Madrid, Adm. de la Academia, Madera, 16, 239 pp.), cuya nota al lector equivale a una confidencia autobiográfica. El libro narra la historia de tantos jóvenes que llegaban a la capital, como antesala para la conquista del mundo. No tenían otro empuje que el talento, o un drama, alguna novela o una carta de recomendación. La historia de este vencido—¿Sawa mismo?— le sirve al narrador ficticio para entablar proceso formal contra la sociedad contemporánea, que aniquiló a Carlos, artista, vejado y maldito por los [48] compañeros de jornada. El libro es, a todas luces, autobiográfico, aunque el autor esconde su identidad en una tercera persona amorfa:
el que escribe este libro, el hombre que ha vivido este libro, sabe lo que hace publicándolo. Sabe que ofrece en él un proceso, un verdadero proceso moral, que aunque siendo subjetivo por su forma, no es en su gran síntesis otra cosa que el proceso psicológico de toda la juventud de su tiempo (p. 18).
La novela es un seudónimo transparente; la historia de un joven que oyó en España los himnos de la libertad y supo del pueblo en armas, pero que ha visto truncada esa libertad inalcanzable. En este librito Sawa emerge como uno de los primeros en expresar su repudio a la España de la Restauración, moneda corriente en torno al «desastre». Sawa percibe las primeras vibraciones y los estertores iniciales:
De este malestar colectivo, de este malestar de todos, ha partido el grande e irresistible movimiento pesimista de la época. Literatura, artes, ciencias de abstracción, todo se resiente de este sudario de tristeza que nos cubre de arriba abajo, entorpeciendo la libertad de nuestros pensamientos (p. 47).
Este joven de veinticinco años de edad se siente vencido por todos los aspectos de la emponzoñada vida nacional: la educación, la incultura, la educación católica. Se consuela leyendo libros prohibidos: Rousseau, Volney, El Quijote, El Lazarillo. El joven vencido es un dipsomaníaco de ideas, que cometía constantes abusos en su inmoderado deseo de leerlo y vivirlo todo. De su juventud andaluza pasa a la Corte, ansioso de escribir en algún periódico radical y convencer así a sus compatriotas a través de la tribuna. Su estrella del Sur es Madrid, donde aspira a conocer a los consagrados —Compoamor, Echegaray, Núñez de Arce, ¡ah, la fama!—. El primero continuará como su ídolo; en Iluminaciones elogia con ardor «El tren expreso». De los viejos, Campoamor es el único que ha sentido el choque de los ideales modernos; es un gran revolucionario. Juicio que coincide con el de Dicenta, que ve al viejo poeta integrando la [49] «juventud joven», pues con sus versos echa por tierra la religión, las herencias ridículas y las desigualdades absurdas54.

Pero la Corte no se conquista fácilmente, según descubre el personaje. En Madrid comienza su vida de «proletario intelectual», al acecho de editores y periodistas, hasta que logra formar parte de la redacción de un periódico, supuestamente de oposición. La historia narrada no dista de las de tantos otros provincianos con ambiciones cosmopolitas. Sin embargo, el trillado tema adquiere sesgos nuevos; aquí hacen su aparición los «raros» de Sawa —Musset, Gautier, Murger—. Sí, ya desde su temprana juventud, Alejandro Sawa estaba borracho de literatura. Pero no sólo es el azul y la bohemia lo que busca, también el pueblo; quiere llegarse a los talleres y a las tabernas para despertarlo y emanciparlo. Forma parte del ejército de la noche que Vallès dirigió a las barricadas francesas de 1871; sin trinchera que defender, Sawa se convierte en un francotirador contra el adocenamiento y la inercia:
¿Qué valen todos los triunfos literarios del mundo, todas las hazañas guerreras de los conquistadores y los déspotas —carniceros equivocados de vocación—, todas las grandes manifestaciones de fuerza que en el mundo se han realizado, junto al esfuerzo atlético que supone éste de levantar a pulso a toda una generación para organizarla, para instruirla y comunicarle una segunda alma como la simple revelación de los derechos que le son ingénitos y que la sociedad le usurpa? (pp. 187-188).
No podrá acometer solo la empresa, pero percibe la labor que «el pensamiento moderno» está obrando; muchos trabajadores de la idea minan desde hace tiempo con su pluma socavando el fundamento de todas las instituciones establecidas. Su época es transitoria, hasta que emerja la sociedad fuerte del porvenir. Entretanto, el personaje se debate entre el bien y el mal —ayudar a construir el nuevo mundo o vivir sin objeto—. ¡Cuánta literatura rezuman [50] estas páginas! Sawa vive experiencias tomadas de Musset, Gautier; juega con el suicidio, los amoríos con «las pálidas de la noche». Al final, el estallido de rebelión contra la sociedad burguesa que se le impone:
¿No era yo un sublevado, un insurrecto? La sociedad me condenaba a ser un miserable toda la vida. Bueno. Pues yo me alzaba de la sentencia y destruía mi vida porque me daba la gana, porque no quería ser un miserable (p. 222).
El libro es su testamento; con él vence. La sociedad es la única responsable de la destrucción de la pureza y los sueños. Y, al final, el grito de victoria, que semeja al consagrado por Verlaine en Les imbèciles y repetido por Azorín años después: «¡Abajo las lágrimas! ¡Viva la alegría! ¡Quiero morir cantando para asombrar a la gente!»
(p. 239).

Al año siguiente Sawa publica la novela Noche (1888), de sombríos augurios sobre el matrimonio y la Iglesia. Una vez más el tema es la prostitución de la burguesía media española, y Madrid como imán que atrae la marejada de vicios. En la capital, los personajes se funden con la humanidad anónima —según Sawa— «y de la que los únicos historiadores posibles son los novelistas modernos» (p. 238). La huella de Pérez Galdós late en estas páginas. Ese mismo año sale a la luz Criadero de Curas (El Motín), punzante documento anticlerical, muy en línea con el periódico que lo publicó. La truculenta novela se reeditó más de una vez. La primera se anunció en Madrid Cómico, el 9 de junio de 1888. Conozco la de Ediciones Universo, 29 rué de Couteliers, Toulouse, de la «Biblioteca Anticlerical» (s. f., 73 pp.). Los seminarios quedan malparados y maltrechos en esta breve narración, donde la Iglesia impide la compasión y la amistad. Los seminaristas viejos pasean por la sombra, con los breviarios bajo el brazo y las manos perdidas en el fondo de las sotanas. Mientras los seminaristas jóvenes, de la edad de Manolito —el personaje principal—, juegan al trompo y a la pelota. ¡Qué efectos de luz arranca el sol! La luz todo lo baña y el jardín del seminario semeja una colosal esmeralda de mil facetas, en [51] colaboración bajo el sol, de proyecciones verdes, doradas, luminosas:
Era como un himno a la Creación cantando al unísono por la soberana gama de colores: del verde hasta el escarlata y del azul metaforfoseándose hasta el amarillo [...] Y el mejor poema consiste en hincarse de rodillas sobre el musgo y posternar la frente contra la tierra. La oración se produce entonces espontáneamente, y también el poema (p. 69).
Manolito, después de intentar la fuga, muere ante sus verdugos: «Los ojos quedaron abiertos con una expresión desesperada que apostrofaba al cielo» (p. 73).

Pese al fuerte sabor naturalista de estas últimas obras, aparece también la alusión poética, la descripción de una naturaleza policromática, las referencias a música y pintura. Los promiscuos gustos del joven escritor son ya visibles.

Luego, París, donde frecuenta los exploradores de nuevas fronteras literarias. Apura la vida en tertulias y noches de azul. Su París es de inconfundible santo y seña: el del turbión de fin de siglo que hermana Literatura y Revolución. Los malabarismos verbales, el ascenso hacia filigranas sensoriales, hacia refinamientos, se estrecha la mano con lecturas de Kropotkin, Bakunin, Malato, Max Stirner. No es de extrañar el sello revolucionario en la expresión, pues por Le Chat-Noir supo que existían «bombes esthetiques», y de la misma publicación aprendió cómo era posible convertir la miseria en bandera, pues allí publicó Verlaine su anti-burguesísimo Mes prisons (1893), y allí leyó, sin duda, los hiperbólicos elogios de los atentados anarquistas ocurridos en Francia en 1892.

Y este es el mundo que aspira llevar Sawa a España cuando regresa hacia 1896. El contexto es muy distinto: si ya entre 1885 y 1886 el circunspecto Clarín vociferaba en sus Nuevas campañas, en gran medida, contra él al parodiar a «Los grafómanos», es decir, a los naturalistas de moda, que dividían sus capítulos en números romanos (como [52] Sawa)55, al filo del siglo, Sawa será blanco de las sospechas de los recelosos y malhumorados, asustados del virus francés. En Madrid permanece casi como forastero en su seno, dando la «batalla de la vida». Vida apurada, angustiada y de «indecible dificultad económica», con «gacetillas tremendas, que siempre serán inéditas» (Carta a Darío, 1908). Y al final de su vida, la rebeldía contra ese mundo que le desprecia y le ignora:
Creyendo en mi prestigio literario he llamado a las puertas de los periódicos y de las cavernas editoriales y no me han respondido; crédulo de mis condiciones sociales —yo no soy ni una fiera de los bosques—, he llamado a la amistad insistentemente, y ésta no me ha respondido tampoco. ¿Es que un hombre como yo puede morir así, sombríamente, un poco asesinado por todo el mundo y sin que su muerte como su vida hayan tenido mayor trascendencia que la de una mera anécdota de soledad y rebeldía en la sociedad de su tiempo?56
En otro momento confiesa abiertamente que es un extemporáneo en su época: «Mis curiosidades naturales por todo lo que vive están encanijadas por el desdén», repite con frecuencia en Iluminaciones.

Esta carta a Darío es del 31 de mayo de 1908. En otra anterior se lamentaba de vivir enclaustrado en su casa «incomunicado de la gente como un muerto». Hacia 1908 ya tenía concluido Iluminaciones en la sombra, secciones del cual había publicado en Helios en 1903-1904; intentaba, además, reeditar alguna de sus obras y aliviar así su indigencia, exacerbada desde que perdiera la vista hacia 1906. Fueron años duros, solitarios; sólo una compañera, Jeanne Poirier, la esposa. Incluso los antiguos amigos se alejan; Gómez Carrillo le expide una tarjeta desde París en 1908, rebosante de amistad y lejanía.
Mi querido Alex, tú que sabes cuánto te quiero, cuánto te admiro, comprenderás mi pena al pensar verte [53] ciego. [...] Yo que te conocí tan bello, tan joven, tan fuerte, no quise verte enfermo. De lejos te abrazo57.
Sólo los recuerdos parisinos lo mantenían; trágica historia, que ya había novelado Sawa en su transparente Declaración de un vencido. Lecturas de antaño le habían enseñado que no hay belleza sin melancolía, y que algunos poetas, absolutos, como los llamó Verlaine, son malditos. La luz interior de la poesía iluminaba sus sombras. Otra desgarrada carta a Darío en 1908 nos servirá de diario íntimo:
Yo vivo peor que Job. Job vivía en su tierra de Oriente, tan propicia al quietismo y a los piojos, y yo, expatriado y extemporáneo, vivo prendado de todos los puntos luminosos que forman las constelaciones de arriba: un mal azar me hizo nacer aquí y en esta época fea. Tú sabes mucho de mis gacetillas tremendas, que siempre serán inéditas. Pero ahora, hijo de griego y descendiente de griegos, mi vida no sería inferior, como tema, a la de un Sófocles que la narra en forma teatral, porque yo soy un Edipo abandonado en la mitad de un camino cualquiera que no conduce a ninguna parte58.
¡El hambre y la miseria lo arman caballero! Y así, escribiendo artículos y cuentos, que a veces no verían la luz, evocando su juventud de Barrio Latino, murió Sawa un marzo de 1909, dejando en la total miseria —como recuerda Valle-Inclán en Luces de bohemia— a su mujer y a su hija. Desde 1908, cuando menos, andaba en gestiones para publicar Iluminaciones; ya se había dirigido a las principales casas editoriales de Madrid y Barcelona con resultados negativos o dudosos. Se determina entonces a hacerlo por su cuenta, ayudado con la cooperación de algunos amigos. El presupuesto, para una edición de 2.000 ejemplares, fue de mil pesetas, aproximadamente. El 30 de junio de 1908, contando con seiscientas, solicita a Darío las cuatrocientas restantes59. En estas gestiones gastó sus escasas fuerzas; a su [54] muerte, su viuda, Jeanne Poirier, tomó las riendas del asunto y solicitó un prólogo a Rubén Darío. Del 10 de noviembre de 1909 se conserva una brevísima nota del nicaragüense dirigida a la viuda de Sawa, aceptando gustoso el encargo. El 20 de diciembre, otra aún más breve, anuncia que lo ha terminado60.
¡Iluminaciones en la sombra veía por fin la luz!

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