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V. ILUMINACIONES EN LA SOMBRA



En 1910, la Biblioteca Renacimiento, de Madrid, publicó Iluminaciones en la sombra, texto postumo de Alejandro Sawa, prologado por Darío. Otro fiel amigo, Manuel Machado, escribió un sentido «Epitafio», que se insertó en el libro:
Jamás hombre más nacido

para el placer, fue al dolor

más derecho.
La obra se compone de impresiones, recuerdos, iconografías o museos interiores de amigos parisinos, de políticos; divagaciones sentimentales, paisajes. A la manera de Émaux et carnées, de Théophile Gautier (1848-1852; ed. definitiva, 1872), algunos trozos son los elementos que preceden al poema, la emoción que antecede la creación. En otros momentos, la indignación: Sawa se alista en la turba de los perdidos —la prostituta, el obrero, el suicida— y canta a la «canalla» en musa arremangada y comprensiva. El libro —o los apuntes— son a menudo poemas vastos y profundos de los miserables. Libro de crítica e intimidades; Valle-Inclán confiesa que a su muerte lo lloró «por él, por mí y por todos los pobres poetas», y en carta a Darío describe estas prosas como «un diario de esperanzas y tribulaciones», «lo mejor que ha escrito»61. El título tiene como punto de arranque varios autores. El inicial, del manuscrito francés, era Rayons dans l'ombre, copia transparente del libro de poesía Les rayons et les ombres

[56] (1840), de Victor Hugo. Más cercano aún a Iluminaciones, de Arthur Rimbaud, escrito entre 1871-1874, y que publicó Verlaine en 1886. El prólogo de Lélian ofrece una interesante acepción del vocablo:
Le mot Iluminations est anglais et veut dire gravures coloriées—coloured plates: c'est même le sous-titre que M. Rimbaud avait donné à son manuscrit.
Las «iluminaciones» de Rimbaud son, es bien sabido, pequeñas joyas de poemas en prosa, alquimias del verso libre. Orfebre de la palabra poética, Rimbaud muestra un mundo lleno de frescor, donde pedrerías y flores recobran vida. La visión edénica se entenebrece con ironías y la revolución final antecede a la violencia anárquica de los últimos textos. El dolor es un estimulante y el poeta se lanza contra el mundo burgués del comercio, los crímenes, la religión, clamando por un nuevo diluvio universal que arrase todo.

Muy otro es el blanco que Sawa apunta. Sus «iluminaciones» se inscriben en una muy diversa línea de la literatura, más cercana a los Journaux intimes, de Baudelaire (escritos entre 1855-1861 y publicados en su forma final en 1887); a Les Illuminés de Nerval; a Les réfractaires, de Vallès; Les poetes maudits (1884-1888), de Verlaine; quizá Thulé des brumes (1892), de Retté; Los raros (1896), de Darío; Esquisses (1892), de Gómez Carrillo, entre otros muchos que lectores avezados podrán ir espigando con el tiempo. Y no es simple aire de familia. Sawa está, como Verlaine y Rubén, en diálogo vivo con los mejores. A menudo prorrumpe en ditirambos de hombres y libros que admiraba. Son retratos, «camafeos» (según Gómez Carrillo) o «iconografías» (los llama Sawa) de amigos de la bohemia parisina y madrileña, que tanto Lélian como Rubén también reproducen en fotograbados para la inmortalidad. Fisonomías en daguerrotipos verbales; rostros y actitudes o fracciones de momento reproducidos por medio de la estructura material de las palabras. Para Verlaine, sus Reys netos o poetas absolutos son Tristan, Corbière, Rimbaud, Stéphan Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Villiers de l'Isle-Adam y el «pauvre» Lélian mismo, melancólico, delirante. Darío —¡americano al fin!— hace coincidir sus raros entre los ídolos de antaño, con los modernos del Nuevo [57] Mundo: Leconte de Lisle, Verlaine, Villiers, Léon Bloy, Jean Moréas, Edouard Dubus, Paul Adam y Poe, los cubanos Augusto de Armas y José Martí y el portugués Eugenio de Castro.

Sawa, en cambio, aunque tenga a muchos de estos autores por antepasados espirituales, nos deja en sus Iluminaciones su propia autobiografía. Un diario donde conviven pasiones y nostalgias: Dietario de un alma fue el primer título en español cuando publicó algunas partes en Helios. En Madrid —en 1901—, fecha con que abre el libro, el sevillano seguía alimentando sueños, y su amor por la justicia y la belleza. Continuaba aún su apostolado de amante de las noches trágicas: «Con la fantasía, y a veces con el alma, por las regiones del azul sin fondo...»

De Iluminaciones emerge la auténtica iconografía de un sediento de ensueños y fábulas, que poetiza lo prosaico y viaja por sus países interiores. Son fantasías escritas y vividas, donde se yuxtaponen recuerdos nostálgicos de París y lecturas, cuando no amor por los humildes. Como aquel obrero muerto, o aquel crimen sin resolver, que, destemplados, destruyen su armónico mundo interior. Sus iconografías —Daniel Urrabieta Vierge, Poe, Bakunin, Verlaine, Louise Michel, Charles Morice, José Santos Chocano, Baudelaire, Thomas de Quincey— están hechas sin anécdotas bufas. ¡Todo lo contrario! Ni mordiscos, ni arañazos, sin áspera bilis; tampoco acomodaticia humildad con los que fueron sus compañeros. Evoca a los que iluminan sus sombras; sin pretensiones habla de los que conoció, lleno de respeto por los genios. El pasado clama en estas páginas, lamentando los amores difuntos, y Sawa queda a menudo malherido de desesperanza.

No hay belleza sin melancolía; arte sin dolor62. Sawa es un escritor desdichado, escarnecido, que odia la rutina y maldice la pesada carga de la vida. Arte equivale a malheur —ya lo había afirmado otro de su misma familia espiritual: Baudelaire—. Las imágenes de Sawa son melancólicas; y los caminos y figuras que recrea, ilusorios. Su diario es el retrato de las incertidumbres y desconciertos de un hombre ante la vida; habitante de mundos inconciliables, dolorosamente [58] dividido entre el ideal y la cruda realidad. Opuestos inencontrables: sueños y desesperanzas, exaltación de la rebeldía y un rendirse al filisteo, que tiene más fuerza y es legión.

Su prosa es modernista, sobre todo la estructura. Exalta los valores subjetivos e intuitivos, e intenta captar la realidad en su multiplicidad cambiante. Asocia contrarios, y yuxtapone, y contrapone el tiempo. La realidad descrita no es lineal, ni cronológica; más bien sintética e impresionista. Confunde, a conciencia, sin desarrollo discursivo o narrativo; reelabora, recrea artículos y crónicas anteriores. Sawa ilumina la realidad partiendo de núcleos poéticos: «Mi cronología no se mide por la esfera de los relojes», dice. Su tiempo es otro: la fatalidad del destino. Sí, paz, paz: busca «vivir solo en la porfiada y vaga contemplación de misterios».

A veces cae en sus antiguas servidumbres, y la pasión por la belleza se ve ensombrecida por desmaños literarios. Recuérdese que el primer Sawa cedió ante la invasión del naturalismo, hasta que en París se unió a los enamorados de lo bello, y fue con ellos combatiente. Belleza, justicia; también interviene contra los mercaderes del patriotismo y contra el carnaval político. Brilla a veces la tea anárquica de su juventud subyugada por Bakunin, Kropotkin, Louise Michel, Salvochea. Ellos también forman parte de sus nostalgias, y los anarquistas rusos alguna vez saciaron su espíritu.

¡Cuan distinto este Sawa de la leyenda que se le formó y circuló por los cafés literarios! A menudo fue pintado con colores chillones y extravagantes perfiles. En estas páginas póstumas, sin embargo, emerge como un voluntario del arte, que apareció y desapareció del campo de las letras, pero fue, sin, duda, un revolucionario. Tendió un puente, que luego daría preciosos frutos, entre aquel París de La Plume, Le Mercure de France —parnasiano, simbolista, «ista», «ista»—, que él vivió y del cual dio testimonio. No, no se conquistó un envidiado nombre, pero tampoco fue un desconocido, y el lector favorablemente dispuesto encontrará en Iluminaciones en la sombra una zona de la prosa española que décadas de indiferencia han echado a un injusto olvido.

Sawa se nos muestra escéptico, irónico, pero siempre introspectivo y sensible. Su alma está oscurecida por los fantasmas de la duda y la desesperanza. Iluminaciones es el diario de un espíritu inquieto, en lucha contra el misterio y [59] con la vida, que se cobija en el reino de la fantasía. Los sueños salvan —dormir, dormir, exclama a menudo—. Sus evocaciones más felices son del pasado; la ciudad —el mundo— es una pesadilla alucinante. Madrid —España— es nido de mercaderes de hombres, y por las calles atestadas mueren y padecen los obreros, ateridos de hambre y de frío. Analfabetismo, desempleo; los suyos son también rostros amenazantes, como los «refractarios» de Vallès. Sawa es un noctámbulo de la ciudad, pues vive en la noche de su vida. Literatura exasperada, pero a veces da la ilusión de la poesía.

Fácil sería multiplicar las páginas de estos testimonios. Esperemos de los próximos años un interés mayor por esta zona de la literatura y un impulso hacia el redescubrimiento de los escarnecidos y malditos.
Nueva York, 1972-1974

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BIBLIOGRAFÍA



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III. General: fin de siglo

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NUESTRA EDICIÓN



Reproducimos la edición única de esta obra, corrigiendo algunas erratas y nombres extranjeros mal escritos. Haremos referencia a ello en notas a pie de página.

El texto de Iluminaciones en la sombra, entraña, sin embargo, enigmas. En el estado actual de la investigación, me parece imposible afirmar con exactitud la fecha definitiva de su composición. A lo largo del texto alude a 1901, 1904, 1905, 1906, 1907; partes (lo indicaremos en notas) que se publicaron en Helios en 1903-1904 bajo el desafortunado título de Dietario de un alma. Las cartas a Darío mencionadas dejan establecido que lo terminó de redactar en 1908, y ya entonces le había cambiado el título, no la intención. Como Les rayons et les ombres, de Hugo, el hilo central es la función del poeta que, exiliado en el mundo, le queda como único camino el de la fantasía. El «malheur» lo persigue, pero el poeta, según Hugo, ausculta la noche:
Peuples! écoutez le poete!

Écoutez le rêveur sacré!

Dans votre nuit, sans lui complète,

Lui seul a la front éclairé.

(Oeuvres complètes, París, s. F., III, p. 397.)
Sólo el poeta ilumina al mundo; ésa es su función. Éste es también el leitmotiv de Iluminaciones, aunque el alarido de Sawa es mucho menos optimista. ¿Le cambiaría el título por eso?

El manuscrito francés que guarda la familia López de Sawa coincide casi totalmente con las secciones publicadas [66] en Helios entre 1903 y 1904. Hay alguna variante, sobre todo en la puntuación, en la disposición de párrafos y alguna leve diferencia en la redacción. Haremos referencia a estas últimas, sobre todo cuando se trata de variantes del léxico o supresiones. En todo caso, hemos modernizado la grafía, respetando la castellanización de los nombres extranjeros; en nuestras notas, sin embargo, los daremos en su lengua original.

El manuscrito en francés —Rayons dans l'ombre— permite observar tres tipos de letra: la de Sawa, otra de alguien que corrigió errores gramaticales en francés y otra de la mano de Jeanne Poirier. En realidad, en francés están escritas las primeras treinta y cinco páginas del texto impreso, aunque es de sospechar que redactara otras en francés. En español (tal vez traducidas) aparecen las dedicadas a rememorar la muerte de Verlaine (pp. 191-194), en letra de su esposa.

No es improbable que Alejandro Sawa escribiera buena porción del libro en francés, y que dictara las traducciones a su esposa. El enigma de Iluminaciones es, por ahora, insoluble.

Además de reproducir el texto de Iluminaciones, hemos preparado un brevísimo apéndice documental, donde ofrecemos algunos artículos de Sawa, para que el lector moderno tenga una idea más precisa de sus intereses y preocupaciones.

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