Estudio preliminar




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ILUMINACIONES EN LA SOMBRA


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ALEJANDRO SAWA


Juana Poirier de Sawa, la viuda de Alejandro Sawa, me ha pedido un prólogo para el libro postumo de su marido. Lo haré con gusto en memoria de mi vieja amistad con el gran bohemio y por complacer a la buena, a la generosa compañera que por veinte años suavizó la vida de aquel hombre brillante, ilusorio y desorbitado.

Recién llegado a París por la primera vez, conocí a Sawa. Ya él tenía a todo París metido en el cerebro y en la sangre. Aún había bohemia a la antigua. Era en el tiempo del simbolismo activo. Verlaine, claudicante, imperaba. La Plume era el órgano de los nuevos perseguidores del ideal, y su director, Léon Deschamps, organizaba ciertas comidas resonantes que eran uno de los atractivos del Barrio. A esas comidas asistía Sawa, que era amigo de Verlaine, de Moréas y de otros dioses y subdioses de la cofradía. De las tres cosas cantadas por la sonora trompeta de Bonafoux: «Sawa, su perro y su pipa», no me fue dado conocer entonces más que a Sawa y su pipa. No recuerdo bien, pero creo que me fue presentado por Gómez Carrillo. Era a la sazón un hermoso tipo de caballero, airoso, con cierta afectación en la mirada y en los ademanes. Debía tener mucho prestigio con las damas, aunque su bolsillo no estuviese boyante. En un palco de music-hall conocí una noche a su querida, marquesa auténtica.

Recorrimos juntos el «país latino», que entonces tanto me fascinara. Aún se soñaban sueños con fe y se decían versos de verdad. Si existía el arribismo, tenía otro nombre y no tanta desvergüenza. El pez simbólico del acuárium parisiense comenzaba a regar por todas partes sus huevas; pero Mimí no iba en auto a cenar a la taberna del Panthéon.

Sawa andaba por el Barrio como un habitual personaje [70] de él. Sus compañeros eran notorios. Su aspecto de levantino aparecía en las revistas literarias cenaculares. Su cabellera negra se coronaba con el orgullo fantasioso de un sombrero de artista, de un rembrandt de anchas alas. Su sonrisa era semidulce, semiirónica. Estaba impregnado de literatura. Hablaba en libro. Era gallardamente teatral. Poor Alex! Recorríamos el país latino, calentando las imaginaciones con excitantes productores de paraísos y de infiernos artificiales. ¡El ángel-diablo del alcohol! Unos cayeron víctimas de él; otros pudimos amaestrarle y dominarle. Sawa fue de los que buscaron el refugio del «falso azul nocturno» contra las amarguras cotidianas y las pésimas jugadas de la maligna suerte. Mucho daño le hizo el ejemplo del pobre y «mauvais maitre» que arrastraba su pierna y su mitad inocente y su mitad perverso genio por los cafés de la orilla izquierda del morne Sena.

Ya tenía Sawa historia literaria y leyenda. Había publicado Noche, Crimen legal y Declaración de un vencido, obras que demostraban talento, fuerza, temperamento de artista. Entre lo legendario circulaba algo inventado por Luis Bona-foux: que había hecho un viaje a París con el único objeto de conocer a Víctor Hugo; que el anciano emperador de la poesía le había dado un beso en la frente, y que desde entonces Sawa no había vuelto a lavarse la cara... El buen Sawa tomó la cosa en serio, protestó. Luego confesó que ello había sido una de sus amargas bromas amistosas. Lo cierto es que él siempre vivió en leyenda, y que, siendo, como fue, de una gran integridad y sinceridad intelectuales, pasó su existencia golpeado y hasta apuñalado por lo real en la perpetua ilusión de sí mismo.

Era un gran actor, aunque no sé que nunca haya pisado las tablas. Con su dicción y sus gestos pudo haber imperado por las máscaras; pero aquel romántico sonoro no representó sino la propia tragicomedia de su vida. Primero, galán joven, decorado de amor y ambiciones, rico de sus bellos ojos conquistadores, vigoroso de su voluntad de triunfar, con dos cosas que no suelen andar juntas en el mundo, una firme, otra ligera y superficial, orgullo y vanidad. Luego, gris de años, a la entrada de la vejez, fue barba trágico, que como en el verso del Hugo que adorara en su juventud, «fue [71] ciego como Hornero y como Belisario», engañado por el destino, pobre, pudiendo haber sido rico, lamentando, ya tarde, el tiempo perdido para la dicha y para la tranquilidad de los días postreros. Escribe él en una de sus últimas páginas, o no escribe, dicta: «Vino el duende que era embajador de la dicha. Yo estaba ocupado en cosas inútiles, pero que me placían momentáneamente... —Ven luego —le dije—. Y mi vida desde entonces ha transcurrido aguardando desesperadamente al emisario, que no se ha vuelto a presentar jamás.» Él no supo, embriagado de azul, escuchar las palabras de la Ocasión ni asirla de las crines de oro. La Ocasión tiene una copiosa y luminosa cabellera, aunque la pintan calva, sólo que se presenta raras veces, y hay quienes cometen el error de decirle que vuelva luego, como Sawa.

Amaba el excelente escritor la Belleza, la Nobleza, la Bondad, todas las sagradas cualidades mayúsculas. Se asomaba a perspectivas de eternidad; mas siempre se distraía en lo momentáneo, e hizo del Arte su religión y su fin. El arte en los propósitos, en la existencia; el arte a su manera y con sus medios. Las «cosas inútiles» de que habla; el zumo azulado que sale de la pipa de Neso que se complace en fumar; el querido martirio. Para él sí que en todo l'art c'est l'azur. Así expresará también: «...es sabido que todas las lejanías soberanamente bellas son azules: la montaña, el mar y el cielo... En mis lutos yo me plazco viviendo en lo azul, y en él me envuelvo, y de él me lleno y me embriago, y no se me aparece la muerte fea si el sudario que como una atmósfera invisible ha de cubrir mi cuerpo es azul, azul como la montaña y el mar y el cielo, azul como todas las lejanías hermosas de la vida».

Yo le he visto en mil instantes. Hombre jovial, compañero risueño, de una voz ya ruidosa, ya como medio velada con una gasa de seda, sutil narrador de anécdotas, noctámbulo, revelador de felicidades paradójicas y descubridor de fatamorganas. Ceremonioso y escénico, al punto de que su simple entrada en un café era un espectáculo. Amigo de hacer visible y retórica su superioridad mental, con actitudes y con tropos. Galante con sus pares, cruel en frases acres con obtusos patrones y empingorotadas medianías. Dandy agriado por los vinagres emponzoñados de la pobreza, se complacía [72] en vengar con los alfileres de su ingenio las injusticias de los malos dirigentes. Ciranesco, quijotesco, d'aurevillyesco, todo en una pieza, llevó siempre, eso sí, aun en las mayores angustias y caídas, levantado e incólume, su penacho de artista. Intransigente, prefirió muchas veces la miseria a macular su pureza estética. Su pureza no era blanca, era azul.

Dicen que era perezoso... Yo soy testigo de que esa afirmación no es muy exacta. En horas de apuros y de escasez, cuando en los periódicos de Madrid no encontraban colocación sus trabajos sino muy de tarde en tarde y por las pavorosas tarifas de que se habla, Sawa tenía que escribir artículos para un lejano país de América. Cierto es también que sus arranques verbales contra las empresas madrileñas no eran lo más a propósito para que se le llamase con los brazos abiertos. Satirizaba ásperamente y no economizaba saña y ridículo contra conspicuos mecenizantes. Es indudable que no tenía un concepto claro de lo práctico, y que juzgaba el don del ensueño, de la meditación y de la bella escritura como lo primero sobre la tierra. Así, se sentía siempre desposeído o in partibus. Se sentía con indiscutible derecho a consideraciones y prebendas que veía impartir a quienes consideraba como inferiores y mediocres. Se hacía más insoportable la brega con su facultad aumentativa, con lo cual, y lo exacerbado de sus nervios, percibía más oscuro lo oscuro del mundo.

Tal le encontré en Madrid años después de nuestra temporada del Barrio Latino. No podía ocultar la nostalgia del ambiente parisiense, y se sentía extranjero en su propio país, desarraigado en la tierra de sus raíces. ¿Por qué ese tipo solar, hijo de padre griego y de madre sevillana, y que pasó sus primeros años al amor de la luminosa Málaga, amaba tanto a París, en donde el sol se muestra tan esquivo y una bruma del color del ajenjo opaliza los otoños? No es único el caso suyo, y la razón podría explicarla el heleno Papadiomantopoulos. El hecho es que él siempre tenía presente su visión luteciana. No hablaba dos palabras sin una cita o reminiscencia francesa. Exponía contento sus literarios recuerdos, sus intimidades con escritores y poetas.

Verlaine a cada paso y ante todo; Luis le Cardonnel, Vicaire, Moréas, Duplessis, Jean Carrére, Charles Morice, Pierre Longs y otros muchos, toda lira y toda la Plume. [73]

Siempre acariciaba el deseo de volver a la ciudad de sus sueños. Un día me mostró un diario, muy animado, muy alegre: «¡Por fin voy a retornar a París! Ve quién es ministro, un íntimo amigo mío.» Era verdad lo que decía. Pierre Baudin había sido nombrado ministro de ya no recuerdo cuál Gabinete de Loubet, y Pierre Baudin había sido, en efecto, amigo íntimo de Sawa en días de juventud. Pero ¿se acordaría Baudin? ¿Le escribiría Sawa siquiera felicitándole? Ambos son puntos de dudar. El hecho es que Alejandro no volvió a París.

La literatura vivida, que le fue tan funesta, tuvo, sin embargo, para él consuelos sedativos. Jamás dudó de la supremacía de su talento. Se revestía a sí propio de púrpura. Y cuando le llegó la terrible dolencia que le dejó ciego, tened por seguro que al dictar a su mujer o a su hija se creía Milton o, con la frente hacia el cielo, el divino Melesigenes.

Pudo dejar una gran obra, pues tuvo en su espíritu una llama genial. Pero el latino lo clamó en sus hexámetros:

...Sed defluit aetas

Et pelagi patiens, et casidis, atque ligonis:

Taedia tunc subeunt animos; tunc seque suamque

Terpsichoren odit facunda et nuda senectus.

Dejó pasar el buen tiempo. Vio llegar la vejez triste y se encontró abandonado de todo y de todos, tan solamente con dos almas dolorosas a su lado, y enfermo y ciego y lamentable... Dicha fue que perdiese la razón antes de que llegara la agonía. Meses antes de expirar escribió tanteando, a pedido de un periodista que le visitara, esta frase: «Recuerdo de un hombre cuyas pupilas quedaron abrasadas por su afán de mirar fijamente a lo infinito.» Por eso se quemó las pupilas, y las mismas alas, la pobre águila. Se olvidó, por mirar fijamente lo infinito, de que era un señor de carne y hueso, de que tenía mujer e hija, de que era preciso hacer dinero. Aunque hubiera sido poco, pero dinero. Dinero para asegurar los días por venir, las consideraciones que deseaba, para comer, beber y fumar bien, con todo lo cual es indudable que se puede contemplar mejor, y sin ningún peligro, lo infinito.

¡Ah, creo que no le olvidaré nunca! Le oigo aún en nuestros días y noches fraternales; le oigo aún al llegar a mi [74] casa, haciendo sonar su bastón, verlainianamente, y hablándome en alta voz, en francés... Le oigo aún, por las calles de la villa, en la alta noche, a la luz de la luna, recitando:

Les violons

De l'automme...

o cantando alguna antigua canción de Francia:

Le roy fait battre tambour,

o rememorando alguna anécdota barriolatinesca: «Una vez, estando con Herman Bahr1 y Charles Morice en el d'Harcourt...»

Por fin se hundió en la eterna noche, en la noche de las noches. Ha tiempo descansa.

Bonne nuit, pauvre et cher Alexandre!

RUBÉN DARÍO.

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