Estudio preliminar




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A ALEJANDRO SAWA


Epitafio

Jamás hombre más nacido
para el placer, fue al dolor
más derecho.

Jamás ninguno ha caído
con facha de vencedor
tan deshecho.

Y es que él se daba a perder
como muchos a ganar.
Y su vida,

por la falta de querer
y sobra de regalar,
fue perdida.

Es el morir y olvidar
mejor que amar y vivir.
Y más mérito el dejar
que el conseguir.


Manuel Machado.

[76]
[77]

ILUMINACIONES EN LA SOMBRA


19011 de enero.

Quizá sea ya tarde para lo que me propongo: quiero dar la batalla a la vida2.

Como todos los desastres de mi existencia me parecen originados por una falta de orientación y por un colapso constante de la voluntad, quiero rectificar ambas desgracias para tener mi puesto al sol como los demás hombres... Quizá lo segundo sea más fácil de remediar que lo primero: hay indiscutiblemente una higiene, como hay también una terapéutica para la voluntad; se curan los desmayos del querer y se aumentan las dimensiones de la voluntad como se acrecen las proporciones del músculo, con el ejercicio, por medio de una trabazón de ejercicios razonados y armónicos. Pero para orientarse... Porque, en primer término, ¿dónde está mi Oriente?

Me he levantado temprano para reaccionar contra la costumbre española de comenzar a vivir tarde, y me he puesto a escribir estas hojas de mi dietario.

Lo mismo me propongo hacer todos los días; luego repartiré mis jornadas en zonas de acción paralelas, aunque hetereogéneas; y digo que paralelas, porque todas han de [78] estar influidas por el mismo pensamiento que me llena por completo: la formación de mi personalidad.

Tengo edad de hombre, y al mirarme por dentro sin otra intención de análisis que la que pueda dar de sí la simple inspección ocular, me hallo, si no deforme, deformado; tal como una vaga larva humana. Y yo quiero que en lo sucesivo mi vida arda y se consuma en una acción moral, en una acción intelectual y en una acción física incesantes: ser bueno, ser inteligente y ser fuerte. ¿Vivir? Todos viven. ¿Vivir animado y erguido por una conciencia que sólo en el bien halle su punto de origen y su estación de llegada? A esa magnificencia osadamente aspiro. Que Dios me ayude.

¡Triste día el primero del año! Gris en toda su existencia3, lloroso, haciendo de la tierra un barrizal y de los hombres, vistos a, través de las injurias del cielo, como espectros soliviantados por intereses indecibles.

¡Y feos!... Jetas, panzas, ancas, y por dentro, en vez de almas, paquetes de intestinos y de vísceras inferiores. He vivido ayer doce horas en la calle, en plenas tinieblas a las doce del día, lleno de barro y casi obseso por el terrible miserere verliano
Il pleure dans mon coeur
comme il pleut sur la ville,
4

[79]

sin haber acertado a vislumbar una sola cara completamente humana, facies hominis5. ¿Serán más claros para los efectos de la psicología los días de lluvia que los de sol?

¡Qué espanto si la conseja del vulgo fuera cierta, si los trescientos sesenta y cinco días restantes tuvieran que ser iguales, como vaciados en el mismo molde, al día primero del año! ¡Trescientos sesenta y cuatro días sin sol y sin dignidad! ¡Trescientos sesenta y cuatro días sobre el fango y entre hombres!

Y hoy, otro día más, lluvioso como el de ayer, con su amenaza de seguir buscando lo que ayer no encontré, lo que hoy, quizás, no alcanzaré tampoco. Y mañana... y después de mañana... y siempre, siempre...

La lepra atrae; la salud rechaza.

Un leproso encontrará siempre otro que se le una. Lo propio del hombre sano6 es la soledad.

[80]

Sobre la mesa en que escribo y frente a mí tengo el reloj, del que no he de tardar en separarme. Marca en este momento las diez y cuarto, y apenas haya recorrido dos cifras más la manecilla que señala las horas, ya no será mío sino nominalmente.

¡Mi buen camarada! ¡Cómo preferiría, siendo propietario de manadas humanas, vender un hombre a desprenderme de mi reloj, aun siendo temporalmente!

¡Mi buen camarada, mi buen maestro!

No caben en mil cuartillas lo que me ha enseñado, ni yo podría en diez años de palabrear decir cuánto su sociedad me reconforta. Lo amo por su forma deliciosamente curva (senos de mujer, lineamientos altivos de caderas, magnífica ondulación del vientre); por su color de gloria y de opulencia; por su esfera blanca que encierra la eternidad en doce números; por la fijeza, que aturde, de sus opiniones, y por lo invariable de su ritmo sagrado7. Lo amo también porque su corazón inconmovible, es superior al mío y me sirve de ejemplo.

Nos separaremos8, pues. Él dejará de latir algún tiempo; yo habré, aunque me rechinen los dientes, de continuar oyendo, a falta de otro, el tic-tac siniestro de la péndula de Baudelaire: «Es la hora de embriagarse; embriagaos a cualquier hora, en cualquiera sazón, no importa en qué sitio ni en qué momento, para resistir el peso de la vida; embriagaos, embriagaos sin tregua, de vino, de amor o de virtud; pero cuidad de permanecer siempre ebrios.»

¡A la calle, a la batalla, a luchar con fantasmas! Pero son calles en que al andar se pisan corazones, y son fantasmas que ocultan bajo sus túnicas de niebla puñales y amuletos contra la dicha humana.

[81]

DE MI ICONOGRAFÍA

En el prefacio monumental, jaspe y oro, que sirve de pórtico a esa rara pagoda de las letras levantada por Carlos Baudelaire con el nombre de Fleurs du mal 9, Gautier, el divino Théo, nos ofrece un medallón del poeta, digno de los más impecables artistas del Renacimiento. Era en los días venturosos de aquel hotel Pimodan, que significa en el mundo del arte una acrópolis dentro del Acrópolis, lo que los vasos sagrados dentro del Tabernáculo, la perla en su concha, Apolo en el Olimpo, la Poesía, alma y vida, Mater admirabilis, Turris eburnea, en París.

Baudelaire apareció allí como un triple Dios de belleza, de juventud y de gracia... Era apenas mozo, y se ostentaba ya resplandeciente con los fulgores plateados de la Leyenda y los rayos áureos de la Historia. Llegaba a París de muy allá..., de la India, de países extraños y lejanos, donde, mejor que sufrir, había gozado un destierro impuesto por la severidad paterna, y traía bajo el cráneo soles de Asia y un gran montón de cosas del Misterio...

Eran de ayer y de hoy. De ayer, por su parentesco moral con la Esfinge; de hoy, por su percepción taladrante de la vida. Como Napoleón en Dresde, pudo Baudelaire presidir, en el famoso hotel de la isla de San Luis, una Asamblea de Soberanos; aquéllos se llamaban Fulano de Rusia, Zutano de [82] Prusia, Merengano de Austria, éstos se llaman Teófilo Gautier, Enrique Heine, Honorato de Balzac, Banville...10.

Fueron ésos sus días luminosos. Dios quiere que, hasta los más miserables, los tengan. Luego, el augusto ideal, todo alas, se tornó para Baudelaire en algo tan irónico, pero tan miserablemente irónico, como un león devorado de miseria... Dejó de realizar la frase de Taine11 «muchos artistas modernos se parecen a los grandes déspotas romanos», para confirmar con el testimonio de su carne desgarrada por las zarzas del camino, el sañudo apotegma de Schopenhauer: «Toda superioridad de espítitu tiene la propiedad de aislar; se la huye, se la odia y se invoca como pretexto que el que la posee está lleno de defectos.» La desmemoranza de los otros comenzó a apoderarse del nombre de Baudelaire con la tozuda seguridad de un acrecer canceroso. Y a su muerte, una veintena de amigos siguieron al cadáver, y un centenar de líneas repartidas entre todos los periódicos bastaron para anunciar a los navegantes la extinción de uno de los faros más refulgentes de la tierra. [83]

Bien pudo decir el infortunado: «¡Tengo tan escaso gusto por el mundo de los vivos que, semejante a esas mujeres sentimentales y desocupadas, de quienes se dice que envían por el correo sus confidencias a amigas imaginarias, de buena gana escribiría yo sólo para los muertos!»

La vida de Baudelaire, en Bélgica especialmente, supera en horror a todo lo imaginable. En su larga agonía de atáxico la afasia le consintió no olvidar el nombre de sus atormentadores. ¿Sabéis cómo se llamaban? ¡Oh, eran legión! Se llaman Bélgica... «Ah, la Belgique; ah, l'enfer!», se lamentaba el mísero entre hipos de supliciado... Sin embargo, ya casi en las postrimerías de su vida, halló en Bruselas lo que no había encontrado en París; un editor y un amigo, Poulet Malassis, el mismo a quien Baudelaire decía en carta que yo he tenido en mis manos y ante mi vista: «No he respondido antes a vuestras generosas líneas por carecer de medios con que franquear mi carta...»

Se le ha llamado demoníaco; pero el luciferismo de Baudelaire, como tantos otros estados mórbidos del alma moderna, como el masoquismo de Wagner12, y el skooptzismo13 de Tolstoi y el sadismo de Nietzsche14, bien pueden tener por óvulo y por justificación la admirable frase de este último: «Lo mismo pasa al hombre que al árbol: cuanto más quiere subir a las alturas y a la luz, más vigorosamente [84] tiende sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, hacia el mal...»

Realmente Baudelaire fue un desdichado superior que trató de ocultar muchas veces el rictus facial de sus dolores con la máscara de Momo. Y al honrar la memoria del hombre, según Víctor Hugo, había creado un estremecimiento nuevo en el arte, París habrá dejado perennemente dibujado en el horizonte nordial de los pueblos un rasgo luminoso de justicia, y el alma triste de Baudelaire habrá, por fin, después de los breves días de sol del hotel Pimodan, después de los lívidos crepúsculos de París y de Bruselas, conocido las poderosamente balsámicas caricias de la gloria.

Día 3, a hora indeterminada de la mañana.

He dormido mal: sin haberme pasado la noche odiando como el ogro teutón, no he amado tampoco. He leído y he tosido mucho, hasta llegar al abotargamiento del cerebro y a sentir como desencajadas las tablas del pecho.

El día ha amanecido espléndido. ¿Qué me reservará?

Día 4.

Ayer ocurrió en Madrid un hecho cuyas proporciones exactas pueden ser contenidas en estas líneas: Fulana de Tal tenía un novio que la abandonó. Y la mujer lo amaba. Inútiles fueron cuantas inquisiciones produjo para averiguar su paradero. Es indudable que encendió velas al pie de los altares, que ofreció ex votos a todos los iconos de la ilusión, que se ensangrentó las rodillas arrastrándolas sobre las losas de los templos, que invocó a esas fuerzas tutelares de la vida que con tanta esplendidez regalan promesas a los desesperados y a los candorosos; pero inútilmente.

Y cuando estaba a punto de cruzarse de brazos sobre el pecho y a dejarse llevar y traer por las olas del antojo, el azar, fecunda matriz de cuantas causas ignoramos en la vida la hizo toparse con otra Fulana, gitana de raza, ladrona y, a las veces, quiromántica de profesión, quien le ofreció [85] averiguar el paradero del fugitivo y darle medios para hacerse de nuevo amar por él —¡la tierra, el sol, el mar y las estrellas!— mediante el estipendio de unas cuantas monedas indefinidas.

Ciento ochenta y cinco piezas de a peseta marcaron el numerario total de la enamorada y la agonía de sus esperanzas. Hecha pública esta historia por los periódicos, pocos advirtieron que esta vulgar gacetilla es un drama enorme cuyo personaje principal es la inmutable alma humana —y que esa mujer cualquiera se llama Mujer—, y que los polizontes y curiales (la amante había llamado también en su auxilio15 a la justicia humana) que intervinieron en el prosaico suceso judicial revolvieron, sin notarlo, más pedrería que si hubieran hundido los brazos en los tesoros mágicos de un gnomo.

Es una malaventurada historia de amor lo que contienen esas hojas de papel de oficio; y, al estampar el potentísimo vocablo, se levantan en mi memoria, con arrogancias conquistadoras, toda una legión de frases, más vivas todavía que la mano ardiente que ahora mismo escribe estas líneas: desde la convulsión rimada de la carmelita de Ávila

Ya toda me entregué y di,

y de tal modo me he dado16,

que mi amado es para mí

y yo soy para mi amado,

hasta el decir, sombrío como un epitafio, de esa alma de ermitaño que fue Proudhon: «La mujer es la desolación del justo»17. [86]

No señalo ninguna novedad diciendo que se puede ser conciso en un volumen y prolijo en una línea. Sin apretar mucho la escritura podría intentarse la descripción de todo un continente en una tan ligera agrupación de renglones que la vista los abarcara al primer apremio.

Del amor, no.

Isócronamente, monótonamente, los hombres, desde el más confuso alborear de las edades, balbucean las letras iniciales del amor, sin llegar a formar con ellas un alfabeto racional nunca. ¿Es placer o tormento, vida o muerte? ¿Acaso los dos términos a la vez?

En todas las encrucijadas del Misterio hay ángeles de misericordia, con el índice posado sobre los labios, en actitud de imponer silencio.

Pero ¿qué vale la definición de una cosa junto a la posesión de la cosa misma? Que le hubieran dicho al casi Dios de Urbino18 que la Fornarina no era más que un vasto sexo carnal que se le corría desde los pies a la cabeza: ¡qué gesto, entonces, qué rugido de león!

Que se le glose la frase de Nietzsche «¿Vas con mujeres? No olvides el látigo» al primer gañán de quien se sepa que se le demuda el rostro cuando se le mienta, sencillamente, el nombre de cierta mozuela de su lugar, y tendría que oír el insólito comentario... Que se le diga a un enamorado cualquiera la doliente frase de Flaubert19, que en el idioma en que fue escrita tiene casi las inarticulaciones de un sollozo: «Dices, niña, que me vas a querer toda la vida. ¡Toda la vida! ¡Qué presunción en una boca humana!», y el enamorado nos miraría con los ojos espantados de un creyente que viera [87] desgarrarse de pronto el misterio azul del cielo y aparecer tras él el triste estigma de todas las miserias humanas: ¡Nihil!

No, el amor no admite definiciones ni leyes. Es uno e infinito, y alado; viaja de polo a polo, siempre igual y siempre diferente. Heine lo grabó así en el portentoso lied de la palmera africana enamorada del pino del norte. Más complicada, aunque menos artista, el alma de Renán20 dijo esta frase que restará perdurablemente de pie con el sosiego de una montaña: «El amor es una voz lejana de un mundo que quiere existir.»

Por eso danza eternamente al compás de tantos ritmos, sagrado algunas veces, profano las más, en todas las latitudes de la tierra. Y algunos lo ven bajo las apariencias de un juglar que baila con un puñal clavado en las entrañas.

DE MI ICONOGRAFÍA

Mucho se habla en estos días de la conversión de Nicomedes Nikoff al catolicismo y de su entrada en un convento. Vesánico el hecho para unos, rotulado de traición por otros, no faltó tampoco quien creyera en la absoluta sinceridad de aquel estupendo movimiento de alma.

La verdad es que Nicomedes Nikoff, si bien merecía el dictado de loco, porque era un ser totalmente generoso, no es, porque no, ni un tránsfuga ni un «convertido».

Su historia es curiosa, fuerte y bella, como una esfinge tallada al sol por un escultor de genio. Y si yo consigo restablecerla desde estas páginas de sinceridad, poniéndola de pie y en su justa perspectiva, seré momentáneamente feliz, como un hombre que no ha perdido su tiempo durante un par de horas de trabajo. [88]

No hace al caso su infancia.

Si en términos absolutos el óvulo encierra al niño, no siempre éste contiene al hombre. Digo que Nicomedes Nikoff era a los veinte años un ejemplar humano de esos que Grecia coronaba de flores. Las mujeres por la calle, como ladronas ante una instalación de joyas, lo miraban con ojos de codicia, y la reina de Sabba, es seguro, lo había visitado en sus sueños de hace cuatro mil años...

Era el elegido. Tenía su perfil un dibujo de blasón heroico, y aunque aseguran en Kiew que estuvo a punto de casarse por amor con una prima suya, yo creo que nunca estuvo prendado sino del ideal. ¿Que cuál? El que sirve de Oriente a todos los buenos: canalizar el bien por el haz de la tierra.

Llevó alma y cuerpo a las contiendas por la dignidad en Rusia, y al salir de la Universidad de Kiew con el título de doctor en ciencias, aprendió el oficio de cajista para poder componer por sí mismo las proclamas revolucionarias que, como insistentes toques de rebato, hizo sonar durante algún tiempo por todas las ergástulas en que yace amodorrado el espíritu nacional de su país.

Y después de haber sentido sobre los lomos las mordeduras del knout en la fortaleza de San Pedro y San Pablo y las injurias de todo, hombres y cosas, en las soledades blancas y fúnebres de Siberia, se presentó en París, la añosa casa solariega del derecho, una hermosa mañana primaveral, receloso y huraño como una bestia perseguida, radiante también como el embajador feliz y milagroso de una apartadísima región de ensueños.

Creía en todas las utopías.

Derecho al pan, derecho a la dignidad y al espacio, derecho a la vida, como él expresaba en una síntesis que era semejante a un haz de rayos21.

Llamaba a lo pasado «lo muerto», y no creía en la leyenda alemana de que los muertos vuelven.

Había reducido la humanidad a cifras, y contaba así: César, Atila o Napoleón, igual a menos uno; Platón, Shakespeare [89] o Laplace, igual a más uno. Tenía alas para volar por lo absoluto y anillos para arrastrarse por lo liviano.

Boreal su alma, alternaban en ella los períodos de claridad con los de sombra; pero cuando esto último ocurría se nos iba, desaparecía, se hundía en el otro lado de la vida para reaparecer después entre nosotros nimbado con los faustos de un amanecer divino.

Yo lo miraba y lo admiraba como un bello espectáculo de la Naturaleza, como un hermoso amanecer, como una montaña ingente, como un lago hialino, como un mar montuoso.

Evocaba al verlo el recuerdo de su madre, de las entrañas que lo habían engendrado, y al materializar la evocación de la madre digo que no era completamente loco batir palmas de admiración a su presencia.

Como a otros hombres notorios del mañana, lo conocí en casa del senador Dido, un hombre cuya habitación, si bien estaba situada en una calle cualquiera de París, tenía grandes puertas, anchas puertas, siempre de par en par abiertas, que daban de frente al mundo nuevo que lucha por incorporarse y partir.

Vivíamos Nicomedes Nikoff y yo en barrios opuestos. Se empeñó, sin embargo, en acompañarme hasta mi casa una noche, cuyo recuerdo material perdura, después de quince años fenecidos, de pie en mi memoria. Y voy a dejar estampado aquí, como un fiel testigo, cuanto recuerdo de la noche aquella...

La velada en casa de nuestro huésped había transcurrido melancólica. Nicomedes Nikoff no nos había hecho sentir, como otras veces, su fuerte batir de alas; era como un águila herida... y por la calle, durante el largo viaje a pie hasta mi casa, me narró las causas de su tristeza, sin inflexiones en la voz, lentamente, monótonamente, como quien susurra un monólogo. Los chispazos de una gema que ornaba uno de sus dedos iluminaban de vez en cuando el isocronismo lento y perezoso de su gesto.

—¿Para qué seguir, para qué insistir? —me dijo—. Esto se va, todo se va, y sólo quedará de pie como una afirmación insolente la eterna negación humana... La fórmula del progreso no es la línea recta, sino la elipse, o mejor, la parábola.

De tiempo inmemorial cada generación produce media [90] docena de hombres, mensajeros del Ideal, que perecen en análogas crucifixiones a las que simboliza el madero en que hace mil años enclavaron los hombres de la ley en el Gólgota al Cristo. Vivir es un castigo; la tierra, un ancho predio infernal. Hay que pensar en elegir bien su celda...

Yo lo miraba casi sin comprender. Aquel hombre de fe me hablaba en una lengua que no era la suya. Tan recia transformación sólo podía explicármela por un grave terremoto moral de sus entrañas. Quizás el amor hubiera pasado por allí, dejando escombros donde hubo antes altaneras manifestaciones de fuerza. Pero tenía yo reparado que la palabra «mujer» estaba proscrita de sus labios. Hube de pensar en otros maleficios...

En el silencio de la noche un perro ladró, y por una vaga relación de ideas creí oír el canto del gallo que hizo perjurar inmortalmente al apóstol Pedro.

—El eje ideal de este planeta —prosiguió— está torcido, y nosotros malditos. La felicidad es cosa tan lejana como la estrella Sirio, que ahí resplandece sin calentar. Todas las literaturas de todas las latitudes y de todas las edades de la tierra expresan un gran sollozo perdurable. Un mago de la antigüedad griega llegó a decir que el sabio persigue la ausencia del dolor, y no el placer. ¡El placer! Tostados en verano y ateridos en invierno, sin fe en lo de arriba ni consuelo en lo de abajo: ¿adónde volver la vista desolada?

Y como un lamentable ritornelo...

—Hay que pensar en elegir bien su celda...

Comenzaba a alborear. Palidecían hasta extinguirse las trémulas luminarias del cielo. Pero la noche, tenaz, continuaba aferrada en nosotros. La voz de negación, lenta, sin inflexiones, me penetraba piel adentro hasta los sesos, como un vapor de fiebre... Me ahogaba...; quise cambiar el rumbo de aquel monólogo asolador; pero habiéndolo notado mi confidente, no por torpeza mía, sino por la acuidad de sensaciones que es propia de los organismos en crisis, se me agarró al cuello con estas palabras, expresivas de una poderosa voluntad de presa.

—No, no lo suelto a usted. Voy a irme; pero antes quiero dejar establecido por qué desisto... Un hombre ¿no vale más que unas cuantas cuartillas de papel blanco? Pues quiero dejar en usted escrito mi testamento... [91]

No, no creo yo en la conversión de Nicomedes Nikoff al catolicismo22.

La gente española se apresta a celebrar en 1908 el aniversario de su independencia. ¿Independencia de qué? ¿Independencia de quién?

Llega en este momento mi hija del colegio. La enseñan a leer.

La enseñan, cuando haga aplicaciones de esa enseñanza, a ver puntos de interrogación desgarradores por donde quiera que extienda la mirada.

Yo soy un extemporáneo; siempre en mis lecturas de las tristes hojas periódicas de Madrid el presente me parece cosa del pasado o de una vaga realidad de ensueño. Mis contemporáneos son, al estrechar sus manos, fantasmas inciertos de los que no sé sino que se llaman López, Martínez, García... No tengo la psicología de ellos, y frecuentemente me perturban al sentir que no conozco el idioma que hablan; son, sin embargo, mis contemporáneos y mis compañeros. [92]

Falsamente. Yo no soy de aquí, y mi cronología no se mide en la esfera de los relojes.

En el teatro Eslava durante el ensayo.

Bajo la luz difusa del alto tragaluz se agitan silenciosamente en el patio, con movimientos de larvas bien halladas en su elemento, grupos de coristas que forman borrones sombríos en la decoración espectral, aguardando la voz de mando que las llame a escena.

Aquí nada que recuerde la vida; parece mentira que luzca un sol allá fuera...

Me asaltan ideas de desastres, de muchedumbres diezmadas, de inanidad y de tedio. En la escena los cómicos canturrean malos versos y prosas rastreras con tonos soñolientos de sacristanes malhumorados. Se masca el aire que se respira; tan pesado es. También se masca el aburrimiento.

Una figura de mujer viene a sentarse a mi lado en las butacas. Va vestida de negro, con tocas negras, con faldas negras, con guantes negros, con pelo negro, con ojos negros
—con una sonrisa negra que hiela.

¿Será la Muerte?

Luego, a una voz imperativa que viene del fondo del escenario, la mujer se levanta y se va. Una sombra que esgrime me hace lanzar un grito involuntario. ¡Dios mío, será una guadaña! Pero no hay que temer por esta vez, porque la mujer, al subir a escena, chuchotea un aire musical canalla y hace ademán de levantarse las enaguas. ¡Qué horrores ocultarán sin parecerlo! No, no es S. M. la Muerte; es S. M. el Tedio.

El Tedio, que recibe en sus aposentos: un teatro.

Acabo de conocer a un español bien educado. Dios mío, ¿si será cierta la desaparición total de este pueblo?
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