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DE MI ICONOGRAFÍA

«Plantez un saule au cimetière.»

De Musset.

En estos días rientes de la maga Primavera, todos los enamorados en París, dos a dos —¡oh, inefable y cándido misterio!—, ofrendan a Musset flores y preces, flores de los jardines y preces del corazón, cálidas como epitalamios.

Murió, en efecto, un día de mayo de hace cincuenta y un años. «Yo soy el poeta de la juventud», decía. «Debo morir en la Primavera.» Y al extinguirse, las musas y las mujeres lloraron como en los días en que, con Pan, se fueron los postreros dioses de la tierra.

Tengo el modelo ante los ojos de mi deslumbrada memoria: un gran Musset23, en los tiempos heroicos de su adolescencia, recostado sobre un diván —yo no puedo concebir de pie y erguido a ese poeta— y envuelto en la túnica de Manfredo; pero no acude a mi imaginación, con la generosidad de otras veces, el sentido lineal y cromático de la figura que me propongo dejar estampada aquí —y eso me desespera, porque Musset es una de las más evidentes figuras de mi museo interior...

Yo lo veo moralmente con dos rostros, bicéfalo, como un monstruo asiático: la cara plácida e iluminada por un sol de Atenas, de los días buenos, y luego, en los días malos, en los días de niebla y de alcohol, la cara fatal de un maldecido que purgara en la tierra crímenes que, por lo horrendos, no pudieran decirse. [94]

Hay el Musset adolescente y el Musset de la decadencia: el primero, que fue un creador divino, del que Sainte-Beuve pudo decir: «Nadie, al primer golpe de vista, producía como él la impresión del genio adolescente», vivió sólo diez años: todas sus obras líricas y dramáticas las levantó antes de los veintisiete años; el segundo, que fue un destructor sataníaco, vivió diecisiete. Y a mí se me antoja más interesante el Musset de la derrota que el del triunfo porque siempre he creído a Lucifer más propio de la oda que al ángel bueno que guarda la entrada del Paraíso.

Con un joven dios ha sido frecuentemente comparado. Y yo añadiría que con un joven dios de las viejas teogonias nordiales. Era un efebo rubio, azul y blanco: en jaspe, oro y mármoles policromos para el basamento debería ser tallada su estatua. Jorge Sand, su inmortal amada, lo conoció, así, en aquel esplendor. Su amor, obra fue de un deslumbramiento. Quedó cegada ante aquel magnífico ejemplar de la gracia cuando se transforma en criatura mortal. Y, herida de muerte, sangró lágrimas toda su vida.

Es curiosa la correspondencia en que la autora de Elle et lui24 platica con Sainte-Beuve25 de aquellos sus amores. Hay una carta, la primera de la serie, que alumbra con luz intensa una de las más lóbregas emboscadas del destino, que yo sepa; concluye así: «Después de haberlo meditado, pienso que sería mejor que no conduzcáis a casa a Alfredo de Musset para presentármelo. Es demasiado dandy para mis gustos, y creo que no llegaríamos a entendernos nunca. Más que interés es mera curiosidad lo que me inspira» (marzo de 1833).

¿Coquetería, quizás, de hembra que huye por el solo gusto de ser alcanzada?

Pero el mal azar quiso (¿y por qué no el índice bueno del [95] destino, puesto que a ese momento inicial debemos La noche de Octubre, entre otras composiciones soberanas?) que se encontraran algún tiempo después en una comida de la Revue des Deux Mondes, y al día siguiente Jorge Sand escribe a Sainte-Beuve, su misericordioso confesor, anunciándole sin ambages que es querida de Musset y que puede decirlo así a todo el mundo.

Estos amores de Musset quemaron y agotaron toda su sensibilidad moral y artística. En la historia de la mayor parte de los hombres el amor es sólo una anécdota; pero aquí es una vida: una vida de pie y entera, una vida en toda su extensión, porque Musset sólo fue hombre y poeta mientras amó; luego el cuitado pudo asistir a los propios funerales de su genio. Un día, las gacetas de París anunciaron que Jorge Sand y Alfredo de Musset habían ido a pasar una temporada en Italia; otro, poco tiempo después, que el poeta se encontraba enfermo y agonizante en Venecia; luego, que Musset había regresado solo y viudo, en plena vida, de la mujer que había asociado a su destino. Y se hizo la noche, desde el momento aquel, en la vida del mísero; una triste y larga noche, sólo alumbrada por las livideces, como espectrales, del alcohol ardiendo en el fondo de las poncheras, las noches en que Baco el velloso recibía triste consagración, como en los días idos de la Grecia agonizante.

Como en las obras de enredo, el drama de Venecia tuvo más de dos personajes: un doctor Pagello, ante cuya armazón física no se mostró esquiva, a lo que parece, Jorge Sand, representó en él una acción preponderante.

De Pagello es esta frase monstruosa, que he visto impresa al pie de una carta dirigida a Jorge Sand: «Il nostro amore per Alfredo.»

Pero Musset, estaba cansado de aquellos amores de fiera desleal: su ilusión había quedado en Venecia tumbada en el fango, con las alas tronchadas.

Y no consintió ya nunca jamás abrirle las puertas de su corazón, frío y hórrido como una fosa abandonada, a la enamorada pecadora.

Fue en vano que llamara, que implorara, que rugiera, que amenazara. Musset estaba cansado y desangrado.

Ella le escribió: «No me ames, puesto que dices que no puedes, pero acéptame a tu lado y luego golpéame si quieres; [96] todo lo prefiero a tu indiferencia.» Y, encarándose con Dios mismo, le decía:

«¡Ah, devolvedme mi amante, y yo me tornaré devota y yo desgastaré con mis rodillas las losas de las iglesias!»

Llegó a más: uniendo el gesto a la palabra, se cortó un día la magnífica cabellera, que era el más lucido prestigio de su belleza, y se la envió a Musset, como ofrenda bárbara a un Dios implacable y cruel; otra vez la encontraron tendida ante la puerta del ídolo, como una muerta, atravesada en el umbral, como un perro también que aguarda a su amo.

No pudo ser.

Y de allí en adelante la vida de Musset no fue sino una monótona exposición de horrores: luego vino la impotencia de escribir, cuya causa no le era desconocida, pero contra la que no podía reaccionar. Como asistía al desastre de su ser día por día, hora por hora, es seguro que vivió embrujado por la tentación del suicidio todo lo largo de su postrero trayecto mortal. El demonio del alcohol había hecho presa en sus entrañas y ya no le soltó hasta su muerte. Vivía aislado, raído de tedio. Y llegó a no figurar en el movimiento literario de su país, como si efectivamente hubiera muerto.

Heine dijo: «Musset es tan ignorado por la mayoría de Francia como podría serlo un poeta chino.» Sus breves amores con la Malibrán parecieron reanimarlo momentáneamente pero cayó de nuevo en más hondas y definitivas desesperanzas.

El glorioso efebo que Jorge Sand había amado, y que Grecia hubiera ungido de flores, se trocó en un hombre frío y altanero y —fuerza es decirlo— antipático: él mismo lo reconoce en carta dirigida a uno de sus escasos amigos de la última etapa: «Me he mirado por dentro y por fuera, y me pregunto si bajo este exterior rígido, mal encarado e impertinente, poco simpático, en fin, no hubo primitivamente un hombre de pasión y de entusiasmo, un hombre a la manera de Rousseau.»

Alfredo de Musset murió definitivamente el 1 de mayo de 1857; murió diciendo: «¡Dormir, quiero dormir!»

Bueno es dejar estampada aquí la suprema ironía de que al día siguiente sólo veintisiete personas asistieron al sepelio. [97] Y pienso yo, al evocar este recuerdo y el de Poe26 y el de Baudelaire —sagrado tríptico—, que de entonces acá todas las apoteosis mortuorias son injustas y sacrílegas. Verdad es también que no se celebran funerales en nuestra baja tierra cuando alguna estrella deja de arder en el firmamento...

La preocupación fija de todo intelectual cuando rinde sacrificio —¡divino sacrificio!— a Baco consiste en dominar al potro salvaje, en manejarlo como a corcel de circo, en hacer ver que la voluntad y no el alcohol es quien dibuja el gesto y combina el alfabeto decisivo de la acción.

¡Vanidad de vanidades! No hay fuerza humana que iguale al poder expansivo de la pólvora, ni voluntad que no se disuelva —¡la miseria!— en el ácido de la uva fermentada.

Sin embargo, Dionisos es, con tanto imperio, creador como Júpiter o Apolo. Las más bellas acciones de la vida, ¿no han surgido de un sueño, del sueño de Alguien?

Hoy mi situación de alma es la de un hombre que está en capilla para ser ejecutado al día siguiente: cumplen mañana plazos improrrogables de mi vida, y no sé cómo darles cara. Yo me desangraría y me haría descuartizar y vendería mi carne a pedazos, si en ello viera medicina para mis males. Yo me desangraría y me haría descuartizar, sobre todo, por evitarme el oprobio de, hoy como ayer y mañana como hoy, tener que solicitar del azar lo que por fatalidades de mi sino el trabajo no ha querido concederme. Pero es baldía la protesta. Y como todos los desgraciados, rezaré preces a la Casualidad, a ver si me salva... [98]

DE MI ICONOGRAFÍA

Un periódico me habla de la muerte de Stanley, y exalta su energía de arrollador de sombras, de poeta de presa, dominador de continentes: yo pienso en Daniel Urrabieta Vierge27, que también se durmió para siempre en estos días. El poema de su vida no es menos sugestionador y soberbio que el de Stanley. Su vida fue, como un cuento, azul en su comienzo, purpúreo después, que podría contarse así:

Era que se era un niño a quien las buenas hadas que presidieron la fiesta de su nacer acordaron el don de magnificar su vida por medio de colores y de líneas. Y como un poeta famoso dijo el decir de que para él la vida no tenía otro fin lógico que el de dar lugar a la producción de un buen libro, así nuestro artista pudo pensar que la más alta acción de un hombre consiste en pintar un buen cuadro. A edad muy moza llegó a pintarlos. Tanto, que París, que no suele ser madre ni sentir sus mamellas hinchadas de jugo sino para los suyos, lo adoptó en su estricta filiación de arte, y el nombre de Daniel Vierge llegó a adquirir en poco tiempo la sonoridad y la gloria de un verso tallado para la inmortalidad.

Pero cátate que la Fatalidad, la grande, la que es siniestra colaboradora de la Historia y hunde imperios florecientes y detiene el carro bélico de Napoleón con unas cuantas pelotas de fango producidas por la lluvia del 17 de junio de 1815 en Waterloo, y es causa de cataclismos cósmicos, y pone el agua donde estaba la tierra y la tierra donde estaba el agua, cátate que la Fatalidad le saca la mano derecha en forma igual a la que expresa la espantable maldición bíblica, y que el artista, herido de muerte en sus potestades creadoras, [99] cae verticalmente en un muladar no menos angustioso que el de Job, quedando convertido en un resto de sí mismo, en esa cosa que merecía ser innominable, porque no debería existir, que se llama un inválido.

¿Creéis que acató el fallo y la condena? Con la mano izquierda devolvió a lo alto el rayo que le había lisiado la mano de la acción, del combate y de la caricia y sin hosquedades, risueño superviviente de sí mismo, dióse, con los mismos gloriosos escombros de su pasado, a reconstruir su nueva personalidad, a tal punto, que de aquella hemiplejía que parecía haber partido su vida en dos porciones, como un hachazo, no le quedó al gran voluntarioso otro recuerdo que el de un hombre que hubiera magníficamente triunfado echando el pulso con el Destino.

Semana de Pasión ésta en que, como inficionados por un mal aire, un tropel de gente ha buscado en la muerte la misma razón de la vida... Un hombre se ha rociado el cuerpo con petróleo y se ha puesto fuego después; otro ha salido trágicamente al encuentro de un tren en marcha; un tercero...

Pero el caso, no por lo común menos interesante, que yo desearía grabar a punzón, si me fuera posible, es el de esa bella joven que, lacerada por los ácidos de un amor no correspondido, dio cita y acudió puntualmente a ella, dio cita a la muerte allá en las rientes vecindades de la Moncloa. Contaba apenas veinte años, estaba ungida con el don supremamente aristocrático de la gracia; el día era espléndido, clemente al dolor humano; los enamorados pasaban rimando su insenescente canción de vida; jugaban los niños bajo la cúpula añil del cielo; trinaban los pajarillos sobre los doseles nupciales de las arboledas, y mientras tanto, aquel tropel de razas futuras se rompía...

Pues bien: esa niña que no quiso ser mujer era más que un atleta. Levantar veinte kilos a pulso no requiere sino un mecanismo salido de los bíceps y de los riñones. Pero coger a pulso la vida, la propia vida, y tirarla a la nada de una sacudida heroica y mortal... eso es, cuando se tiene veinte años y todo es alrededor nuestro, hasta donde quiera que la vista alcanza, auroras y rosicleres, eso es la epopeya de un ser, [100] no menos grande que la epopeya de un pueblo. A los treinta años, con el paladar amargado por las bascas de la existencia, es lógico morir voluntariamente, y más allá de los cincuenta, llegaré a decir, si me apuran mucho, que es hasta digno... Pero morir en plena florescencia de belleza y por propio arbitrio, a los veinte... Yo no conozco motivos más lúgubres para el duelo.

Como en el cantar gitano mis pasos se vuelven para atrás. Quiero aferrarme a la vida plástica y me desgarro la piel; quiero elevarme a la vida espiritual y siento la triple suela de plomo de mis zapatos que me retienen en la tierra.

La carretera es larga y mis pasos se vuelven para atrás.

DE MI ICONOGRAFÍA

Leo que los americanos se aprestan a conmemorar, con un monumento grande, grande, tanto, que puedan suplir sus proporciones lo que en él falte de artístico, el primer centenario del natalicio de Poe.

No dirán esos fundadores de trusts, esos adoradores del raíl y la línea recta, no podrán decir de Poe, a pesar de la seguridad de sus datos biográficos, que era americano: aunque nacido en Richmond, Poe no era, no, americano. Grosero error de miopía el de suponer que el hombre es natural del país en que las entrañas de la madre se desencajan para crear. Y no porque el industrialismo yanqui mate en flor, cierzo de viles prosas, los mejores naceres artísticos, sino porque el temperamento de Poe era extemporáneo y extranjero, una y otra calificación moral en el país-pólipo donde le tocó nacer.

Longfellow y Walt-Witman28, el uno ungido con gracia [101] apolina, el otro alimentado con medula de leones, son americanos, sin embargo. Poe, no. Aun nacido en París, la ciudad del arte por excelencia, hubiera pertenecido al pelotón sombrío de los poetas malditos. Echado a la vida en el país de los magazins y del reclamo, Poe fue un aurífice saturniano venido al mundo para sufrir.

A su muerte, ocurrida en una noche maldita, formada, ¡como tantas otras noches suyas!, por horas homicidas de aburrimiento y de aguardiente, la Prensa americana, todo el caut sajón, echó a vuelo las campanas para aventar a los cuatro puntos cardinales de la tierra las más estrictas intimidades del poeta, los episodios rojos de su vida errabunda salpicada de sangre propia, su pasión triste por el alcohol, su agonía solitaria sobre un banco público de un square en Baltimore, la muerte, su muerte luego, horrenda de vulgaridad, entre las sábanas anónimas de un establecimiento hospitalario... M. Rufus Griswold29, a quien el poeta, en previsión de la inminencia de su muerte, había confiado la revisión de sus manuscritos, lo difamó en un largo artículo; los más vastos periódicos de la Unión arrastraron su memoria, descuartizada por las gelerías de sus sendas publicaciones: Israel, la mala, lo lapidó en figuración; Beocia, la que en la historia del mundo significa el reverso de Atenas, lo crucificó en efigie, y apenas si de entre el coro de sayones, mejor que de críticos, convertidos en jaurías, se muestran de pie ante la posteridad, que somos nosotros y que serán nuestros hijos, como espíritus justos y amigos del genio vilipendiado, las nobles y austeras figuras de MM. Villis y Jorge Graham, dos nombres cuya combinación silábica mi pluma transcribe en estos instantes con emoción no exenta de agradecimiento.

Ayer una carta de Rubén Darío —«Mariano de Cavia se muere, se está muriendo. Vamos a verle»—. Y abandonando
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