Estudio preliminar




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[102] citas, compromisos, quehaceres improrrogables, fui a su casa como quien va a un entierro30.

Por esta vez la alarma del corazón fue falsa. El enfermo no se quejaba de ningún otro mal sino del insomnio. «No puedo dormir, mis nervios se burlan del cloral y de la morfina.» Y al pasar por sus ojos —¡quién sabe!— quizás una idea de muerte, tuvo en los labios esta exclamación, tan propia de Atenas como de Beocia: «¡Cuán poco somos!»

Luego dijo que aquello le había herido como una puñalada, que se sintió muerto, que se vio morir. Los periódicos habían hablado de una fiebre catarral. Realmente fue un ataque de neurosis. Rubén me contó, a ese propósito, historias de Pantagruel que a Rabelais hubieran desazonado...

Muchos se placen en ver al ático cronista —¡cuán justo ahora, aquí el adjetivo!— vestido con la camisa del hombre feliz. Dice en sus decires cosas aparentemente alegres; tiene popularidad, cosa que para muchos, para casi todos, es el ideal y el fin de una vida; gana, dadas las sórdidas costumbres literarias del día, ampliamente su vida; fue amigo de Lagartijo y Gayarre31; El Imparciál respeta sus genialidades; en los cafés y en los corrillos de la Puerta del Sol, que son los únicos centros intelectuales de la Corte, se cita elogiosamente su nombre y se comentan sus gestos, y, sin embargo, ¡qué melancolizante visión la de ese joven pálido, viudo de todos los amores, que hace, al decir de sus comentaristas, de su casa una Trapa, permaneciendo en ella largas temporadas sin salir; que prefiere la luz del gas a la gloria del sol, y el cinc de los mostradores venenosos al ancho panorama de los campos, brindando amores y salud y vida! Muy triste visión la de un hombre que pudo ser amado del amor y de [103] la gloria —y que por poco se nos va de entre las manos expulsado por el empujón de un tabernero.
DE MI ICONOGRAFÍA

De todos los revolucionarios del mundo, Proudhon desde el libro y Bakunin32 desde la barricada o desde el meeting, son sin disputa los que mayor influencia han tenido, soles mayores, en la expansión del movimiento anárquico comunista en España.

Desde mucho antes de estallar el ruidoso motín de 1868, que hizo del bajel monárquico lo que una boya agujereada en medio del mar, Proudhon era conocido en España, y no ya sólo de los intelectuales puros, sino hasta de las clases medias de la inteligencia.

Sabido es que el arte del silogismo hacía de Proudhon una sirena. Ningún pensador de su época tan abroquelado como él tras los hierros de la dialéctica. Era una fortaleza, y era, en otro orden de ideas, como un manantial fragoroso de aguas salobres. Pi y Margall33, desterrado por aquellos días en París, lo hizo potable. Sus traducciones de Proudhon corrían de mano en mano. Durán el librero, llegó a vender decenas de miles de ejemplares. Se le discutía en el viejo Ateneo de la calle de la Montera; se le comentaba en las tertulias de [104] los cafés literarios. Estaba en el ambiente disuelto con la atmósfera respirable del pulmón español disneico por el letal enrarecimiento del aire rancio que le obligaban a respirar.

Teobaldo Nieva34, el más alto y el más vertical de entre los predecesores de la anarquía en España, era por filiación directa el hijo espiritual de Proudhon. Un hijo degenerado si queréis, porque la ficha antropométrica del gran revolucionario francés era tan suya que, muerto él, no se la ha podido aplicar a nadie todavía.

De Proudhon aprendió Nieva las trampas del silogismo, la estrategia del razonar inconsútil, los vistosos juegos pirotécnicos en que las palabras rutilan, para deshacerse después, bajo el vasto firmamento azul, en brillante lluvia de paradojas.

Y si Proudhon fue en lo espiritual el aborigen de Nieva, Bakunin fue su tremendo profesor en lo material y efectivo.

Del uno admiraba el complicado sistema nervioso; del otro, el potentísimo mecanismo muscular. Su ideal hubiera consistido, no hay que dudarlo, en vivir en la casa con Proudhon y en la calle con Bakunin, ver cómo platicaba el uno y cómo boxeaba el otro.

Yo sé de Teobaldo Nieva lo bastante para, siendo pintor, trazar a ojos cerrados su perfil y ganar por eso puesto de honor en una buena pinacoteca de la anarquía.

Era el tipo del sublevado; era el sublevado. Su rebeldía era tal, que, sin afán de reclamos ni de extravagancias, había roto con la tradición del sastre y del peluquero, y lució, siempre que pudo, indumentarias en que la nota personal no excluía el quid de una verdadera y originalísima elegancia. [105] Intentó llevar a la práctica todas sus radicalísimas ideas, hasta aquellas que eran ciudadanas del delirio, y predicar con el ejemplo.

Así, este hombre del planeta Sirio llevó una existencia atormentada entre nosotros. Era un triste hijo del azar y la ventura. Su padre, que fue general y amigo de Espronceda, contrajo nupcias en Lisboa con la que había de ser madre del anarquista sin otra poderosa razón de amor que la de ganar una apuesta entre amigos. Luego abandonó a la mujer. Pero el nardo dio su flor... y Teobaldo Nieva vino al mundo en Málaga, huérfano de padre sin haberlo perdido, gustando desde el primer vagido del nacer una leche agriada por la humillación y el dolor.

Nunca su padre quiso sacrificarle un cordero en el hogar; de modo que cuando quedó, a la muerte de la infortunada que en mal hora lo concibiera, definitiva y totalmente huérfano, sólo pudo ver de la sociedad el puño que amenaza y nunca jamás el gesto que acaricia. Fue entonces esa cosa terrible que se llama un niño triste. En Málaga creció y de Málaga datan sus primeras vociferaciones mentales. Y el rapaz demostró poseer una voz de energúmeno.

Ahí está la colección del periódico Las Escobas («periódico que barrerá la inmundicias sociales») para probarlo.

De tal folículo era Teobaldo Nieva redactor exclusivo y administrador, y repartidor y voceador público. Con unas cuantas manos del periódico debajo del brazo, lo gritaba altanero por las calles de la ciudad y lo proponía a la venta en las mesas de los cafés. Obreros y curiosos —toda la población— lo acogieron.

Fue un arma brutal y primitiva para lanzar piedras, tal una catapulta, o mejor, para derribar muros a fuerza de golpes, tal un ariete de las edades bárbaras. El periódico machacaba con rabia las fábricas ciclópeas de la Propiedad, de la Autoridad y de la Familia.

Predicaba el comunismo. Llegó a cantar las febricitantes estancias del Amor libre, los epitalamios cabe las selvas. Se le rubricó de loco y se le dejó hacer.

Pero cátate que un día se le ocurre predicar contra los caseros la huelga de inquilinos, indicando los medios de que estos podían servirse para, al amparo de la ley, dejar incumplidos sus contratos, y entonces, por primera vez [106] turbados y conturbados, se dieron cuenta los guardianes del Arca de que el enemigo estaba dentro de la fortaleza. Teobaldo conoció entonces la pesadilla eterna de los éxodos forzados, y la de la sed y la del hambre, que no debían desvanecerse ya nunca jamás en el transcurrir doloroso de su vida.

Aquí en Madrid, y escribiendo muchas veces sobre las rodillas, por carecer de mesa, y a la luz de los reverberos públicos, por imposibilidad del hogar, publicó su obra predominante, Química de la cuestión social, que fue, durante mucho tiempo, una suerte de biblia para los libertarios. De tal libro me han contado historias curiosísimas. Dícenme que el «compañero» que se encargó de editarlo se alzó con los fondos que había producido la venta del libro, y que su autor no pudo disponer de un solo ejemplar que ofrecer a sus amigos. Y añaden los que me han servido de cronistas verbales de esta singular, aunque vulgarísima historia, que, después de la publicación de su libro, Teobaldo fue considerado por los grandes primates de la anarquía española —que también los tiene— como un correligionario díscolo, al que de cualquier manera era preciso aniquilar. ¿Que por qué? Ese secreto sólo lo poseen las águilas y los predecesores.

Fue, en suma, un hombre de buena fe, aunque se dipute que vivió en el error. Pero mis simpatías alzan siempre su vuelo hacia las lontananzas del ensueño. La buena fe irrebatible de Nieva libra su memoria de todo veredicto de culpabilidad, y, además, le será perdonado mucho, porque había pensado mucho.

No así Oteiza35, el fundador de la Revista Social. De este hombre no me propongo trazar aquí sino una vaga silueta. Ni merece más tampoco.

En Oteiza, el mercader primaba y ocultaba al apóstol.

Era Oteiza un curial en barraganía con el socialismo. De las ideas no veía sino su lado utilitario, mezquinamente [107] utilitario, y de los hombres, el grado de explotación de que eran inmediatamente susceptibles.

Pensó una vez, entre dos alegatos en papel de oficio, que también hay ruinas en lo azul, en la región de las ideas, y para explotarlas como conviene hizo la denuncia ante la ley de una gran demarcación de infinito. Fue el acaparador pantagruélico de cuantos bienes da de sí la lisonja de los apetitos de la muchedumbre.

Y se atracó a dos carrillos, y redondeó su vientre hasta el prodigio lineal de la esfera matemática. Fue el cortesano de la multitud, el gran chamberlán de la oclocracia. En su periódico cebaba a las más bestiales multitudes de lisonjas, y en su mesa engullían trufas y capones hasta llegar a la ahitez, precursora del cólico. Y de eso murió, de un cólico miserere, arrojando excrementos por la boca...

Pero, así y todo, es forzoso reconocerlo, Gargantúa-Oteiza fue, aunque por causas que nada tienen que ver con la ideología, uno de los más fuertes jalones de la historia del movimiento social moderno en España.

No conozco nada tan inane como la crítica tal como se ejerce entre nosotros. ¿Qué se propone, cuál es su finalidad y su alcance? ¿Aleccionar al autor? Más le valiera hacerlo entonces bilateralmente, de cerebro a cerebro, poniéndose en contacto con el autor. ¿Ilustrar al público? Mal sistema es ese, que consiste en enseñar al que no sabe, comenzando por el final y no por el principio.

Eso aparte de que en la inmensa mayoría de los casos se le puede preguntar al crítico como al caballerete del cuento: «Y a usted, ¿quién lo presenta?»

Paz, Paz. El campo, un monasterio, la celda de una cárcel en que me dejaran libros, vivir solo en la porfiada y vaga contemplación de mis misterios personales, como un fakir que se mira al ombligo; solo, esto es, libre... ¡Paradisíaco espejismo!

Y a fin de cuentas, ¿no es el resumen de toda la filosofía social que la humanidad marche dirigida por los más inteligentes y no por los más numerosos? [108]

Aristarquía, gobierno de los cisnes; demonarquía, gobierno de las ranas36.

1° de mayo.

Visto a través de casi catorce años de distancia, aquel 1." de Mayo de 1890 en París se me aparece como una hermosa aurora boreal seguida de largos días crepusculares.

Un gañán, vagamente ilustrado, el bueno de monsieur Constans, dirigía los gestos del Gobierno; Constans, l'homme à poigne, el hércules de feria marsellés, el ventripotente domador de multitudes que había prometido romperle los riñores a la revolución en un paso de cubilete, en menos tiempo aún de lo que él pudiera invertir, bajo la dorada barraca ministerial, en tragarse un centenar de cintas llameantes.

Era jefe supremo del Estado ese excelente —si la excelencia moral consiste en dejar hacer, en dejar pasar—, ese excelente M. Carnot37, mediocre, gris, borroso como una medalla antigua sobada por generaciones enteras de manos avarientas, epiceno y correcto con la corrección de una figura geométrica.

La revolución estaba en el aire, se mascaba, y París contaba, para darle cara, con el muñeco grave y rectilíneo del Elíseo, con el Fierabrás del ministerio del Interior, con una guarnición posiblemente maleada ya por ácidos socialistas y con una población aterrada, como ante el anuncio de un fenómeno sísmico que debiera cambiar de arriba abajo la configuración física del planeta. Ya veis cuán menguado era el dique para aquella magnífica pleamar próxima...

Desde diez días antes de la explosión anunciada para el 1.° de Mayo las familias pudientes que no habían emigrado hacia las ciudades de la periferia hicieron acopio de [109] comestibles en previsión tormentosa del largo asedio de los bárbaros. Y el 1.° de Mayo de 1900 la tumultuosa ciudad latina ofreció el espectáculo único de una inmensa ciudad sin alma. Nínive la muerta, Babilonia o Jerusalén, la gran urbe religiosa que tenía recuerdos de Salomón y de la reina de Sabba. Me lancé a las calles desde las primeras horas de la mañana. París, estaba, indudablemente, despierto; París no había dormido la víspera, macerado por lacerantes inquietudes; pero París parecía dormir. Estaban las calles solitarias, paralizada la circulación de coches y tranvías. El silencio era aterrador. Me acompañaba Emilio Prieto, emigrado en París por la abortada tentativa del 19 de septiembre que dirigió Villacampa38. Y del brazo, y soñando bellos sueños en plena vigilia, nos encaminamos por esa vía del triunfo que se llama la calle de Rívoli hacia la antigua plaza de la Revolución, que vio un día la cabeza lívida de Luis XVI asida por la garra vindicativa de Sansón, el soberano de la muerte; bien convencidos Prieto y yo de que el lugar adonde nos dirigíamos se parecía mucho, y hasta podía llegar a ser, un campo de batalla.

Si los grandes bulevares son la medula espinal de la gran ciudad latina, la plaza de la Concordia es su corazón, su gran corazón tumultuoso y enamorado. Frente a la plaza, y en maravillosa perspectiva, está la Cámara, que más bien debería ostentar un nombre oceánico, y al otro extremo el monumento griego de la Magdalena, que a ciertas horas de la historia podría, sin menoscabo de la verdad, ser comparado a un puerto. La gran plaza y sus calles convergentes estaban enarenadas por orden de Costans, que, en previsión de las inevitables cargas, mostraba de ese modo su amistad por los caballos de guerra y los brutos trágicos que los montaban A medida que avanzaba el día iba haciéndose más espeso el gentío apocalíptico de la plaza de la Concordia. La guardia republicana, jinetes en soberbios trotones que hacían evocar, semejantes a centauros, ideas amables de la antigüedad pagana, y las brigadas del cuerpo de Seguridad patrullaban insistentemente, sin que nadie obedeciera a la intimidación de ¡circulez, messieurs, circulez! con que se esforzaban en [110] satisfacción a su consigna... Una oleada de pasión y de gente, más alta y más maciza y más equinoccial que otras, arrolló a un pelotón de guardias que, maltrechos, rodaron por el suelo. Esto provocó la orden de cargar, y, de pronto, no yendo apercibido a huir, me vi formando parte, como un elemento cualquiera, de la muralla humana que se oponía rugiente y sublime al espantable asalto de infantes y centauros. Un hombre, ya anciano, cayó a mi lado con la cabeza partida de un sablazo. La púrpura de su sangre nos animó como una enseña gloriosa, y allá fue mi ola rodando formidablemente hacia el obstáculo, más semejante que a un movimiento humano, a la iniciación de una fuerza nueva de la Naturaleza. Momentos después, al sentirme hombre de nuevo y no una garra de la gran furia popular, vi que habíamos llegado a latitudes que no son propias de nuestro planeta sino en las crisis genéricas de la historia.

Oigo hablar de la mujer moderna, siempre, siempre, como del producto de una selección artificial, de un tulipán flamíneo, de una flor de estufa. ¡Vaciedades! Por Eva debe responder la primera mujer con quien os topéis al paso al salir a la calle, y la vieja serpiente fascinadora, mordiéndose la cola, símbolo de lo infinito, es la bestia heráldica de la mujer eterna, de la abuela, de la nieta, de la emperatriz y de la menestrala.

¡La gloria! Ventosidades de un dios jocoso y flatulento, que, mirando hacia nosotros, ríe desde su Olimpo.

Hoy, 18 de junio, reanudo, mejor, reabro esta monótona exposición de horrores. Releyendo lo que antecede, me he creído en una trapería y no en un museo. Cuando las ilusiones se van, el cuerpo humano no es más que un almacén de podre. Niego y niego sistemáticamente, porque soy sincero. Mi vida no me da derecho a afirmar otra cosa sino el dolor39.
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