La noche del sábado (1903), Rosas de otoño (1905)…




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fecha de publicación05.04.2016
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EL TEATRO ESPAÑOL ANTERIOR A 1936

El teatro español del primer tercio de siglo se reparte, a grandes rasgos, en dos frentes:


  1. El teatro que triunfa, continuador, en gran parte, del que imperaba a finales del XIX. En tal línea se sitúan:




    • Una comedia burguesa, con Benavente y sus seguidores, en la que hay, a veces, tolerables atisbos de crítica social.

    • Un teatro en verso, neorromántico y con aportaciones formales del Modernismo, de orientación tradicionalista.

    • Un teatro cómico, con predominio de un costumbrismo igualmente tradicional.




  1. El teatro que pretende innovar, sea aportando nuevas técnicas, sea adoptando nuevos enfoques ideológicos, o ambas cosas a la vez. En esa dirección se hallan:




    • En la primera generación, las experiencias teatrales de algunos noventayochistas o coetáneos. Caso especial, dentro de la misma generación, es el de Valle-Inclán.

    • Más tarde, nuevos impulsos renovadores, debidos a las vanguardias y a la generación del 27. La obra dramática de Lorca será síntesis y cima de las inquietudes teatrales del momento.

    • Y por los años 30, Jardiel Poncela intenta la renovación del teatro cómico (se estudiará en el teatro de posguerra).



1.- EL TEATRO QUE TRIUNFA
1.1.- La comedia benaventina
Jacinto Benavente (1866-1954) es la figura más representativa de las posibilidades y limitaciones del momento. Tuvo un comienzo audaz con El nido ajeno (1894), sobre la situación opresiva de la mujer casada en la sociedad burguesa. Los jóvenes inquietos aplauden su carga crítica y, a la vez, lo saludan como un renovador del lenguaje teatral. Pero la comedia fue un fracaso: tuvo que retirarse del cartel ante la indignación del público.
Se vio entonces Benavente ante un dilema: mantener la carga crítica y verse rechazado, o aceptar los límites impuestos. Al fin, escogería lo segundo. En efecto, el tono va atemperándose en sus obras siguientes: La noche del sábado (1903), Rosas de otoño (1905)… Sigue retratando, en general, a las clases altas, con sus hipocresías y convencionalismos; sabe que al público burgués le gusta sentirse criticado hasta cierto punto, que se cuida de no traspasar. Y así, no sólo es tolerado, sino aplaudido.
Sus obras se mantendrán en la línea de la llamada “comedia de salón”, salvo algunas. La excepción más notable es Los intereses creados (1907), su obra maestra.
También intentó el drama rural. Y aquí, su mayor éxito sería La Malquerida (1913), sobre una devastadora pasión incestuosa.
En esa segunda década de siglo, la fama de Benavente ya se ha consolidado. Le corresponde el haber barrido los residuos del drama posromántico, proponiendo un teatro sin grandilocuencia, con una fina presentación de ambientes cotidianos. Destacan su habilidad escénica, su ingenio y la fluidez de sus diálogos. Nos los alejan, en cambio, ciertas caídas en el sentimentalismo y el lastre que su obra debe a los condicionamientos citados.
La línea benaventina se prolonga en los años 30 e incluso en la posguerra, con figuras como Juan Ignacio Luca de Tena, Joaquín Calvo Sotelo, etc.
1.2. El teatro en verso
Lo que a principios de siglo se llamaba “teatro poético” combinaba resabios posrománticos con rasgos del estilo modernista (el verso sonoro, los efectos coloristas…).
Todo ello iba asociado a una ideología tradicionalista que responde exaltando los ideales nobiliarios y los grandes hechos del pasado. Incluso formalmente, hay cierta voluntad de emular el teatro del Siglo de Oro.
De los cultivadores de esta línea, pocos merecen recordarse:


    • Francisco Villaespesa (1877-1936) es autor de poemarios de un modernismo fácil y superficial. Sus dramas son ejemplos de aquella mirada a las glorias pasadas; títulos como El alcázar de las perlas (1911), Doña María de Padilla (1913)…

    • Eduardo Marquina (1879-1946) alternó también la lírica y el teatro. Cosechó grandes éxitos de público con inevitables dramas históricos, como Las hijas del Cid (1908), En Flandes se ha puesto el sol (1911), su obra más famosa, o Teresa de Jesús (1933), etc. Son obras compuestas como una sucesión de estampas, con frecuentes fragmentos líricos que recuerdan las “arias” de ópera.

    • Dentro del teatro en verso –aunque con diferencias de enfoque- cabe situar las obras escritas en colaboración por los hermanos Machado. También se inspiraron en personajes históricos, como Juan de Mañara (1927), sobre el famoso donjuán sevillano que se convirtió en asceta. Otras obras son de tema moderno, como La Lola se va a los puertos (1929), sobre una bella “cantaora”, encarnación del alma andaluza, que desdeña a los señoritos y otorga su amor a un guitarrista que simboliza al pueblo.



1.3. El teatro cómico
Serán sobre todo dos géneros: la comedia costumbrista y el sainete. Los tipos y ambientes castizos habían inspirado a los sainetes de Don Ramón de la Cruz, en el siglo XVIII, o el “género chico” del XIX (de finales de siglo son zarzuelas como La verbena de la Paloma o La Revoltosa). Tal es la línea que prolongan los Quintero o Arniches.


    • Los hermanos Álvarez Quintero, Serafín (1871-1938) y Joaquín (1873-1944), llevan a escena una Andalucía tópica y sin más problemas que los sentimentales. Para ellos, todo el mundo es bueno y reina la gracia salerosa. De su extensa producción, sobresalen los sainetes y “juguetes cómicos en un acto”, o ciertas comedias que vienen a ser “sainetes en tres actos”. Obras como El patio (1900), El genio alegre (1906), Las de Caín (1908), etc.

    • Carlos Arniches (1866-1943) ha merecido mayor interés de la crítica. Dos sectores presenta su producción. De una parte, los sainetes de ambiente madrileño, interesante por un habla castiza en parte creada por el autor y en la que se basa la gracia del diálogo. En cambio, los ambientes y tipos (chulapos y chulapas) no escapan a cierto convencionalismo. Títulos como: El santo de la Isidra (1898), Los milagros del jornal (1924), La chica del gato o Don Quintín el amargao.

Su otra vertiente, dominante a partir de 1916, es lo que él llamó “tragedia grotesca”, tímido pero interesante intento de un género nuevo. Son obras en las que se funden lo risible y lo conmovedor. Ejemplo de ello es La señorita de Trevélez (1916), sobre una sangrante broma de unos señoritos provincianos. La visión social alcanza cierta agudeza en Los caciques (1920).

    • En un nivel de inferior calidad –no de éxito-, cabe situar el género cómico llamado “astracán” (o astracanada), cuyo creador fue Pedro Muñoz Seca (1881-1936). Son piezas descabelladas, sin más objetivo que arrancar la carcajada, pero no puede olvidarse un título como La venganza de don Mendo (1918), parodia de dramas románticos y neorrománticos y, de rechazo, del teatro en verso de aquellos años.



2.- EL TEATRO QUE PRETENDE INNOVAR
2.1. Autores de las dos primeras generaciones de siglo:
La primera generación del siglo:


    • Unamuno cultivó el teatro como un cauce más para presentar los conflictos humanos que le obsesionaban. Estamos, pues, ante dramas de ideas, con un diálogo denso y sin concesiones a las exigencias escénicas. No era un teatro que podía triunfar. Destaquemos dos títulos: Fedra (1911) y El otro (1927).

    • Azorín hizo tardíamente unos experimentos teatrales que iban en la línea de lo irreal y lo simbólico. Angelita (1930), sobre su obsesión por el tiempo, y su obra más interesante, Lo invisible (1928), trilogía integrada por un prólogo y tres piezas independiente (La arañita en el espejo, El segador y Doctor Death de 3 a 5), unidas por el sentimiento de angustia ante la muerte.

    • Jacinto Grau (1877-1958) constituye un caso aparte. Se dedicó exclusivamente al teatro, un teatro “distinto”, denso, culto, que despertó interés en París, Londres, Berlín… y fracasó en España. Su obra, poco extensa, se interesa por grandes mitos o temas literarios. Parte del Romancero en El Conde Alarcos (1930), trata el tema de Don Juan en Don Juan de Carillana (1913) y El burlador que no se burla (1930) o interpreta de forma personal la parábola evangélica en El hijo pródigo (1918). Pero su obra maestra es El señor de Pigmalión (1921).

    • Valle-Inclán (por el libro pág. 218).


La segunda generación del siglo:


    • Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) pionero del Vanguardismo, dentro de su ideal de un “arte arbitrario”, escribió piezas polarmente distintas de lo que se podía ver en las tablas y que, en su mayoría, se quedaron sin representar. Era, como él mimo dijo, un teatro escrito para “el que no quiere ir al teatro”. Entre 1909 y 1912, compuso obras como La Utopía, El laberinto, Teatro en soledad. En 1929 estrenó Los medios seres, cuyos personajes aparecen con la mitad del cuerpo totalmente negra, como símbolo de la personalidad incompleta, parcialmente realizada y parcialmente frustrada.



2.2. Teatro de la Generación del 27
La “Generación del 27” no es sólo el grupo poético.
Tres facetas destacaremos en la dramática de la generación:


  1. Una depuración del teatro poético

  2. La incorporación de las formas de vanguardia

  3. El propósito de acercar el teatro al pueblo


Estas facetas pueden confluir en ocasiones: el ejemplo máximo es García Lorca (libro).


    • Rafael Alberti había estrenado antes de la guerra dos obras muy distintas. Una, El hombre deshabitado (1930), de tipo surrealista. La otra obra, Fermín Galán (1931), sobre un héroe republicano fusilado, representa su giro hacia una literatura comprometida. Alberti seguirá cultivando un teatro político, cuya obra más importante es Noche de guerra en el Museo del Prado (1956). También en el exilio cultiva otras líneas dramáticas en las que sobresale El adefesio (1944).

    • Miguel Hernández, tras un auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve, 1934, cultiva un teatro social con ecos de Lope y cuyo mayor acierto es El labrador de más aire (1937). Ese mismo año se entrega aun teatro de combate, piezas breves destinadas a representarse en el frente: Teatro de guerra…

    • Alejandro Casona (1903-1965) es un dramaturgo puro. Se reveló con el premio “Lope de Vega” otorgado, en 1934, a La sirena varada, ingeniosa y poética, a la que sigue Otra vez el diablo (1935), en la que confirma su personal combinación de humor y lirismo. Continuó su producción en el exilio, con títulos como: La barca sin pescador, los árboles mueren de pie, La dama del alba…

    • Max Aub (1903-1972) es un importante dramaturgo. Entre 1923 y 1935 escribe, como él dice, “comedia de vanguardia”. Fue un pionero de la frustrada revolución escénica. Su tema central es la incapacidad del hombre para comprenderse, para comprender la realidad y para comunicarse: así obras breves como Una botella o largas como Narciso. Pero sus obras más importantes son las del exilio. Desgraciadamente no pudo ser conocido en su momento en España.


- Federico García Lorca

Entre 1930 y 1936 escribe las obras dramáticas en que se cimenta su fama universal. Además, desde 1932 dirige “La Barraca”, grupo de teatro universitario que, con el apoyo del gobierno republicano, recorre los pueblos de España representando obras clásicas.

Su trayectoria poética se inicia con El maleficio de la mariposa (1919) y termina con La casa de Bernarda Alba (1936). La 1ª estrenada en 1920 fue un verdadero fracaso.

Entre estas 2 obras, sus composiciones pueden agruparse según diversos criterios: obras de carácter vanguardista, obras centradas en la tierra granadina, teatro simbolista y modernista…, pero su teatro más auténtico lo compondrán:
Bodas de sangre (1933) se basa en un hecho real: una novia que se escapa con su amante el mismo día de su boda. Se trata de una pasión que desborda barrearas sociales y morales, pero que desemboca en tragedia: el novio mata al amante y mueren ambos. El verso se mezcla con la prosa, dando origen a momentos muy intensos.
Yerma (1934) es el drama de una mujer condenada a la infecundidad en una sociedad en la que la maternidad es indicio de realización de una mujer, frustrada por el deseo de ser madre y la incomprensión del marido, lo asesina.
Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores (1935) es un drama sobre la espera inútil del amor. Lorca se asoma ahora a la situación de la mujer en la burguesía urbana, a la soltería de las señoritas de provincias y a marchitarse como las flores.
La casa de Bernarda Alba (1936) auténtica culminación del teatro lorquiano. Una madre, que recientemente ha quedado viuda, lucha por conservar la castidad de sus hijas frente a la libertad exigida por ellas. Esta lucha entre libertad y autoridad acabará trágicamente en muerte.
En todas ellas la mujer ocupa un puesto central.






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