Bibliografía introduccióN




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P. ÁNGEL PEÑA O.A.R

LAS MARAVILLAS DE LA VIRGEN DE GUADALUPE

LIMA - PERÚ

LAS MARAVILLAS DE LA VIRGEN DE GUADALUPE

Nihil Obstat

P. Ignacio Reinares

Vicario Provincial del Perú

Agustino Recoleto

Imprimatur

Mons. José Carmelo Martínez

Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R
LIMA - PERÚ


ÍNDICE GENERAL


INTRODUCCIÓN




La controversia.

Datos históricos.

Juan Diego.

La imagen de la Virgen de Guadalupe.

La imagen original.

Los añadidos.

Las maravillas en los ojos de María.

Milagros de la Virgen.

Más maravillas de María.

Reflexiones.

Nican Mopohua

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

La Virgen de Guadalupe es una de las advocaciones de la Virgen María más queridas del mundo. Su santuario de México es de los más visitados y su imagen bendita es una de las grandes maravillas de Dios.
Según el Nican Mopohua, las apariciones de la Virgen de Guadalupe tuvieron lugar entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531. El último día fue cuando, en el manto o tilma de Juan Diego, se imprimió milagrosamente la imagen de María.
Científicos de todo el mundo han estudiado esta imagen y han quedado sobrecogidos de emoción, pues parece estar viva. Sus ojos parecen mirarnos todavía con amor y así lo dicen muchos oculistas que los han estudiado con los más modernos aparatos. En sus ojos maternales están inexplicablemente grabadas trece personas, las que estaban presentes en el momento en que Juan Diego le mostraba las rosas al obispo.
Sin embargo, no han faltado a lo largo de los siglos, como pasa siempre en todo lo referente a Dios y a la religión, quienes han negado la veracidad de las apariciones e, incluso, la existencia misma de Juan Diego. Por ello, veremos una serie de testimonios y de documentos para probarlas y, al final, podremos leer el relato de las apariciones, tal como lo escribió Antonio Valeriano, que conoció personalmente a Juan Diego.
Que la lectura de este libro los ayude a amar más a María y por medio de ella a su hijo Jesús, el amigo que siempre nos espera en la Eucaristía.

LA CONTROVERSIA
Desde los primeros tiempos de las apariciones, hubo algunos que se opusieron al culto de la Virgen de Guadalupe, diciendo que era una idolatría. En aquel lugar del cerro Tepeyac, donde se apareció María, había existido un templo pagano dedicado a la diosa Tonantzin. Un templo que era famoso y al cual venían desde lejanas tierras. El historiador italiano Boturini dice que él pudo ver todavía hacia 1740 la escultura de la diosa Tonantzin derribada al pie del cerro.
Lo cierto es que algunos se opusieron a la difusión del culto a la Virgen de Guadalupe en aquel lugar para que los indígenas no pudieran confundirla con una diosa y cayeran en la idolatría.
El escándalo se desencadenó después de un sermón que el obispo fray Alonso de Montúfar (1554-1573), sucesor de fray Juan de Zumárraga, pronunció en la catedral de México el 6 de setiembre de 1556. Él habló emocionado de la Virgen y fomentó su devoción, hablando de sus milagros. A los dos días, el 8 de setiembre, el franciscano fray Francisco de Bustamante, llevándole la contraria al obispo, arremetió contra el culto a la guadalupana. En su sermón llegó a decir que la imagen la había pintado el indio Marcos y que eran falsos los supuestos milagros.
Esto ocasionó un escándalo tal que el obispo lo acusó ante el rey de España y el franciscano fue enviado al convento de Cuernavaca, lejos de México. Según cuenta Antícole: El rey Felipe II no lo presentó nunca para ningún obispado en castigo por el desacato cometido en México.
Algunos antiaparicionistas niegan también la existencia de Juan Diego, como si todo fuera una fábula inventada por los españoles para someter a los indígenas por medio de la religión. Incluso en el siglo XX, se desató un gran escándalo, cuando el mismo abad de basílica, el abad Guillermo Schulenburg, el sacerdote Stafford Poole y algunos otros negaban todo, diciendo que no había pruebas de la existencia de las apariciones y de Juan Diego en los cien primeros años a partir de 1531.
Evidentemente, estas acusaciones eran muy graves y, por eso, antes de la beatificación de Juan Diego, el mismo Papa mandó nombrar una comisión de investigadores e historiadores para aclarar todos los aspectos de las apariciones y de la existencia de Juan Diego. Gracias a estas investigaciones, se han descubierto nuevos documentos y pruebas arqueológicas para certificar, sin ningún género de duda, la existencia de las apariciones y del mismo Juan Diego. La principal prueba es la existencia del mismo manto donde está impresa la imagen de la Virgen de Guadalupe, que ninguna persona de buena voluntad puede negar que es un milagro viviente.

DATOS HISTÓRICOS
El obispo franciscano fray Juan de Zumárraga, después de haber visto con sus propios ojos el milagro de la impresión maravillosa de la imagen de María en el manto de Juan Diego, retuvo durante algunos días la imagen en su oratorio particular. Y mandó construir de inmediato una capilla donde colocar la imagen en el lugar de las apariciones en el cerro del Tepeyac, según era el deseo de la Señora del cielo. Esta primera capilla era de paja y adobe y, a las dos semanas de las apariciones, el 26 de diciembre de aquel año 1531, llevaron la imagen en solemne procesión, estando presentes el obispo y las principales autoridades de México.

El mismo obispo Zumárraga parece que escribió el relato de las apariciones tal como se lo oyó a Juan Diego. Esta relación de las apariciones se encontraba en el archivo arzobispal de la ciudad de México en 1601. Lo tuvo en sus manos el arzobispo de dicha ciudad, fray García de Mendoza. Y así lo asegura el licenciado Bartolomé García, informado por el Deán de la catedral de México, Don Alonso Muñoz de la Torre. El franciscano español fray Pedro de Mezquía, que llegó a México el año 1715, atestiguaba haber visto personalmente en el convento de su Orden en Vitoria (España) la relación de estas apariciones. Y esto mismo afirmó Cayetano Cabrera en su libro Escudo de armas, escrito en 17461.
Según testimonio de Gabriel Xuárez, la primera ermita construida por Zumárraga era muy humilde, de adobe sin género de cal y canto2. Los indios del lugar la fueron arreglando y mejorando poco a poco. Iban de este pueblo de Cuautitlán muchos indios e indias a la labor de la dicha ermita y a sahumarla y barrerla con más devoción los naturales de dicho pueblo más que otros, respecto de que el dicho Juan Diego era de este pueblo y a quien se le había aparecido3.
A su llegada a México, el nuevo obispo Monseñor Alonso de Montúfar, dominico, tomó muy en serio fomentar la devoción de naturales y españoles a la Virgen de Guadalupe y construyó una nueva iglesia en 1566. Las ruinas de la primera ermita y de la nueva iglesia fueron encontradas debajo de la sacristía de la parroquia arciprestal de Guadalupe, actualmente capilla de indios. En la primera ermita, construida por Zumárraga el año 1531, se encontró una placa de madera estofada que se conserva en el museo guadalupano y que decía: En este lugar se apareció Nuestra Señora de Guadalupe a un indio llamado Juan Diego4. El virrey Enríquez de Almansa, en carta del 23 de setiembre de 1575 al rey Felipe II, habla de que estaba allí una ermitilla en la cual estaba la imagen que ahora está en la iglesia. Sobre la inauguración de esta iglesia nueva, el alguacil indio Juan Bautista hizo una crónica en náhuatl en su Diario y dice así:

Domingo 15 de setiembre de 1566. Se celebró la octava de Nuestra Madre y se celebró la fiesta en Tepeyac de santa María de Guadalupe. Estuvieron presentes las autoridades: los oidores y también el arzobispo y nosotros los indios. Villaseca (un personaje muy rico) mostró una imagen de Nuestra Madre que es toda de plata y ofreció una comida a los oidores y autoridades y les informó cómo se hizo la iglesia del Tepeyac5.
Uno de los documentos más antiguos en los que se habla de las apariciones de la Virgen de Guadalupe es el llamado Relación primitiva, escrito entre 1541 y 1545 por el padre Juan González, traductor de Juan Diego ante el obispo Zumárraga. Él estuvo presente en el momento de la impresión milagrosa de la imagen en la tilma de Juan Diego. La escribió en náhuatl con caracteres latinos.
El náhuatl sólo podía escribirse con pictogramas o ideogramas. Él conocía bien esta lengua a pesar de ser español. En esta relación se dice literalmente: La imagen de la niña reina sólo por milagro se pintó como retrato en la tilma de aquel pobre hombre aquí donde ahora está puesta como lustre de todo el universo. Aquí vienen a conocerla sus devotos que le suplican; y ella con su afecto maternal, con su piadosa maternidad, allí les ayuda y les da lo que le piden. Y en verdad que, si alguien la reconoce plenamente por su abogada y totalmente se le entrega, la amada Madre de Dios amorosamente se convertirá en intercesora. En verdad que mucho lo ayudará; se mostrará a quien la estime, a quien bajo su sombra y su resguardo vaya a ponerse6.
Esta relación fue descubierta en 1950 por Ángel Garibay-Quintana en los archivos de la Librería nacional de México (manuscrito 1475). Él creyó que había sido escrita por el historiador Juan de Tovar en 1573, pero copiándolo de otra fuente. Esta fuente, según muchos historiadores guadalupanos, fue el padre Juan González. Por ello, este documento tiene mucho valor histórico para apoyar el hecho de las apariciones y de la existencia de Juan Diego.
Observemos por otra parte, que muy pronto en el lugar de la capilla de la Virgen del Tepeyac se fueron juntando casas para estar cerca de la Virgen. Ya en 1566, cuando llegó al puerto de Veracruz el virrey Gastón de Peralta el 17 de setiembre, se hospedó, dicen las crónicas, en el pueblo de Guadalupe, como así se llamó al nuevo poblado desde 15637.
En 1751 se le da el rango de villa, por cédula real, con escudo de armas, donde aparece Juan Diego con la tilma, enseñando la imagen grabada en ella. En 1828 fue elevada al rango de ciudad y en 1931 fue absorbida por la gran metrópoli de México, quedando desde entonces como una Delegación dentro de la gran ciudad.
Pero analicemos otros documentos de los primeros tiempos. Es muy interesante al respecto el testamento de Bartolomé López, suscrito ante el escribano Juan de la Torre el 15 de noviembre de 1537 (a los seis años de las apariciones). En él se dice en la cláusula 24: Mando que diga en la casa de Nuestra Señora de Guadalupe por mi ánima cien misas y se paguen de mis bienes. Aquí se refiere claramente a la Casa de la Virgen de Tepeyac.
El 18 de enero de 1539, María Gómez se presentó en la villa de Colima ante el alcalde Juan Pinzón, y en presencia del escribano Diego Hurtado para rendir cuentas de su administración, y dice:


  1. Se pagó a la Casa de Nuestra Señora de Guadalupe 25 pesos de misas.

  2. Se pagó a la Casa de Nuestra Señora de Guadalupe y a su procurador en su nombre 101 pesos de oro de minas8.


En dos cartas del 12 de diciembre de 1574 y del 24 de marzo de 1575, fray Diego de Santa María le dice al rey Felipe II que, desde el principio de las apariciones, fueron numerosos y cuantiosos los testamentos a favor del santuario de la Virgen9. El mismo rey de España Felipe III, en 1602, mandó la suma de 20.000 ducados para el templo del Tepeyac.
En algunos documentos aztecas se han encontrado relatos del paso del cometa Halley en 1531 y dicen: La estrella que humeó cuando se apareció Nuestra Señora de Guadalupe10.
Además, los historiadores españoles no podían dejar de aludir al gran impacto que las apariciones de la Virgen habían dejado entre los indios. En 1541 escribe el famoso misionero franciscano fray Toribio de Benavente, Motolinía, que ya eran alrededor de nueve millones de aztecas bautizados y que él personalmente había bautizado unos 300.000. Ciertamente, la historia de conversiones al cristianismo en México es la más grandiosa y espectacular de la historia cristiana.
El historiador Bernal Díaz del Castillo, soldado y compañero de Hernán Cortés, escribió en su libro Historia verdadera de la conquista de la Nueva España en 1560 que el triunfo de los conquistadores se debió a la gracia y ayuda de la Virgen de Guadalupe.
En el famoso mapa de Upsala, hay una descripción cartográfica de la ciudad de México y sus alrededores entre 1556 y 1562. Este mapa, atribuido a un indio, muestra claramente la existencia de una iglesia en el lugar de las apariciones. Este mapa se encuentra en Upsala (Suecia).
El 21 de noviembre de 1564, por mandato de Felipe II, se organizó la quinta expedición a Filipinas. Fue al frente Miguel López de Legazpi, pero tomó la dirección el padre agustino Andrés de Urdaneta, marino experimentado. En esta expedición fueron 380 marinos mexicanos, que atribuyeron su salvación de los peligrosos temporales a la Virgen de Guadalupe y, al regresar a México el 9 de agosto de 1565, dejaron en la capilla de Tepeyac el mástil con su desgarrado velamen así como una antorcha de cera, que pesaba tantas libras como la sonda que los rescató.

En 1567 el pirata John Hawkins se vio forzado a penetrar en el golfo de México donde tuvo un encuentro con la flota española que traía al nuevo virrey Martín Enríquez. Hawkins decidió el 8 de octubre de 1568 abandonar a 100 miembros de su tripulación en las costas del Pánuco como única vía de escape. Miles Philips, uno de los protestantes ingleses dejados en tierra, fue capturado y enviado a México. Philips menciona la existencia de un hermoso convento de frailes franciscanos y habla de una iglesia dedicada a la Virgen.
Y comenta que en ella hay una imagen suya de plata sobredorada tan grande como una mujer de alta estatura y, delante de ella y en el resto de la iglesia, hay tantas lámparas de plata como días tiene el año; encendiéndose en las fiestas solemnes. Dice que a esta imagen la llaman en español Nuestra Señora de Guadalupe11.
El año 1570, el arzobispo de México Alonso de Montúfar había hecho confeccionar una copia de la imagen de la Virgen de Guadalupe y la había enviado por barco como un regalo al rey de España Felipe II. Felipe II se la había entregado a Don Juan de Austria, su medio hermano, que quedaba constituido como capitán en jefe de la Armada que iba combatir contra los turcos.
Don Juan de Austria se la entregó al almirante que dirigía las fuerzas navales de Génova, Andrea Doria, quien la llevaba en su buque insignia y quien pidió con fervor una ayuda para la victoria en los momentos más difíciles del combate, cuando parecía todo perdido debido al viento contrario. Pero, al final, con la ayuda de María, el 7 de octubre, la Armada cristiana venció a los turcos en el golfo de Lepanto. Un cambio de viento favorable a los cristianos fue como una señal del cielo. El Papa san Pío V, que tuvo una visión en Roma de la victoria, la atribuyó a la ayuda de la Virgen, a quien en toda la cristiandad se le había invocado rezando el rosario. Allí, en Lepanto, estuvo presente María bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. Después de la victoria, la imagen-copia, que estuvo en Lepanto, fue posesión de la familia Doria en la fortaleza de Malespina, en el interior de Génova, hasta que en 1811 el cardenal Giuseppe Doria la legó por testamento a la parroquia de san Esteban de Aveto, donde la iglesia se convirtió hasta ahora en un lugar de peregrinaciones.
Un documento interesantísimo para probar la realidad de las apariciones marianas y la existencia de Juan Diego es el llamado Informaciones jurídicas. Estas informaciones fueron enviadas a Roma y son una recopilación de testimonios de indígenas entre 80 y 115 años, vecinos de Cuautitlán. También se recibieron los testimonios de doce españoles, diez eclesiásticos y dos laicos, que conocieron de cerca los acontecimientos. Pero, en este caso, son especialmente importantes los testimonios de los indígenas; pues, aunque estas informaciones se realizaron el año 1666 y ninguno de ellos había conocido personalmente a Juan Diego, que había muerto en 1548; sin embargo, sus padres, abuelos, tíos y otros muchos les habían hablado de que ellos sí habían conocido a Juan Diego en persona y conocían el hecho de las apariciones desde el principio.
Todos los testimonios fueron favorables y hablaban sin excepción de la santidad de Juan Diego, siendo testimonios de toda garantía. Estas informaciones jurídicas fueron enviadas en 1666 por Don Francisco de Siles, canónico lectoral de la catedral metropolitana con una carta dirigida por el cabildo, al Papa Alejandro VII.
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