Dicen que en México el siglo veinte dio inicio en 1923, cuando empezaron los gobiernos no militarizados y el país entró en una etapa de desarrollo muy distinta




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LOS AÑOS SESENTA

Salvador García Cuellar

I

Dicen que en México el siglo veinte dio inicio en 1923, cuando empezaron los gobiernos no militarizados y el país entró en una etapa de desarrollo muy distinta al profiriato. Así somos nosotros, la modernidad nos llega atrasada y los periodos se desplazan, o por lo menos no dependen de los números, sino de los acontecimientos importantes que originan un estilo de vida nuevo, muy distinto al anterior. Para mí, los cincuenta empezaron en el 52, y no podía ser de otro modo pues es el año más antiguo del que tengo recuerdos. Los sesentas dieron inicio en 1963, cuando entré al seminario y tuve un significativo cambio de situación. Desfasado, exacto o como fuera, el hecho es que yo salí de la casa con mi maleta llena de ropa ya muy usada y una sola, enorme, esperanza.
Por error llegué al obispado. Todo estaba en silencio, sólo vi a la hermana religiosa secretaria de don Fernando. Muy extraño me pareció no encontrar a los muchachos y su alegre ruido. Pegunté a la monjita por la hora de reunión. La hermanita entró a la oficina del obispo y muy pronto salió para decirme que la cita era en el seminario, a partir de las nueve de la mañana. A pesar del error tuve un golpe de suerte, Enrique Orozco vendría a recoger unos libros y podía llevarme. Así fue, llegó el muchacho en un carro antiguo y vejo, me presentaron con él, subí mi exiguo equipaje y le ayudé a cargar los paquetes de libros nuevos. Recuerdo bien que eran textos de lengua latina, el Tratado de Oraciones cuyo autor era Ruiz Medrano, editorial Seminario de Guadalajara.
Luego de serpentear en paralelo al canal del Coyote sobre terracería, nos enfilamos por un camino recto en cuyo final estaba un solitario edificio entre alfalfales y viñedos, nuevo, alto y extraño entre los cultivos. El padre Agustín Cerda me tendió la mano derecha en señal de bienvenida, me dijo que pusiera mi maleta en el dormitorio y siguió con sus tareas. Estaba dirigiendo el aseo de la casa. Agustín era un hombre adusto y serio. Si tomamos en cuenta la tipología de aquel antiguo y ya obsoleto psicólogo apellidado Sheldon, el Padre Cerda sería el típico colérico puro, pues era delgado y parecía estar formado sólo por su sistema nervioso. En la frente le sobresalía una vena que aumentaba de volumen cuando se enojaba. Su sentido del humor, que rara vez sacaba a la luz, era tan austero como su cuerpo enteco.
El día que llegué, conocí a Víctor Manuel Frías y a José Natividad Fuentes, ambos seminaristas mayores; el primero haría su año reglamentario de magisterio ese ciclo escolar, y el segundo estaba esperando su entrada al seminario de León, Guanajuato, y como el ocio es mal consejero, durante esos pocos meses le ayudaba al rector en las tareas cotidianas. Al padre Cerda se le olvidaba el nombre de Natividad, y cuando quería mencionarlo se rascaba la cabeza y exprimía su memoria sin resultados. Al fin, para no hacer tanto esfuerzo, terminó refiriéndose a él como Mister Equis, mote por el que en adelante lo conocimos.
Ahora me doy cuenta que en el inicio fui un alumno incómodo en el seminario, pues por un lado, no tenía la edad para ser enviado a Guadalajara a estudiar en el Instituto de Vocaciones Adultas —en esa institución estaban los que ingresaban al seminario a una edad mayor— y por otro lado estaba ya algo grande para acompañar a los chicos de secundaria en el menor. Tuvieron que hacer algunos arreglos en la estructura de la institución, separaron a los muy pequeños de los ya mayorcitos. Además entré al segundo año y el padre Cerda me daba clases de Latín a mí solo, porque mis compañeros de curso ya se habían adelantado dos semestres en esa materia. Por muy corto tiempo fui un alumno tan especial, pues no conocía bien la gramática española, y así no podía avanzar en la lengua latina. Al segundo mes estaba en primer año haciendo esfuerzos por aprender el Latín en sus más elementales rudimentos, aunque a las otras clases asistía con el grupo de segundo.
Don Fernando Romo nos visitaba frecuentemente. Llegaba sin avisar y platicaba con nosotros en los descansos, o caminaba por los pasillos y a través de las ventanas veía cómo se desarrollaban las clases.
Había en la vacía planta baja del edificio una mesa de futbolito, juego consistente en veintidós muñequitos incrustados en ocho varillas, que nosotros manipulábamos para mover una durísima pelotita.
El obispo tenía a su servicio una cocinera anciana a quien de cariño le llamaban doña Tacha, tal vez porque su nombre de pila era Anastasia. Uno de los recién ingresados era nieto de esta señora, cosa que nosotros ignorábamos. En una ocasión estábamos en torno al futbolito y no nos dimos cuenta que el obispo había llegado. Él se acercó y empezó a saludarnos. Se dirigió a Roberto Magaña, nieto de la cocinera, y le dijo “¿Cómo estás Tacho?” Desde entonces, ese fue su nombre de batalla para los compañeros. Pero no conformes con el mote, muy pronto lo complementaron con una graciosa aliteración y le decíamos Tacho Brochas. Él no se atrevía a protestar, pues el bautizo lo había hecho el mismísimo don Fernando, pero por lo demás no le molestaba y aceptaba el apodo con naturalidad. Tacho Brochas no llegó muy lejos en el seminario. Su papá era trabajador agrícola en los Estados Unidos, y cuando consiguió su estancia legal, se llevó a la familia con todo y Tacho Brochas.
Empezó el año escolar con todas sus actividades. Un día llegó Félix Espinosa Mejía, egresado del seminario de Morelia, a donde había ido don Fernando a conseguir personal docente. Pocas semanas después llegó Andrés González, en la misma situación que Félix. Aún no eran clérigos y estarían ahí un tiempo no determinado hasta que se decidieran a recibir las órdenes sagradas.
El rector era también el ceremoniero oficial de la diócesis, es decir, organizaba y dirigía las misas y otros ritos presididos por el obispo. Le ayudaba al padre Cerda un piadoso y muy bien portado seminarista llamado Ismael Gallegos, quien tenía como compañeros de curso a Sergio Barrios y Jesús Almaraz. A todos lados se acompañaban. Sergio y Jesús hacían travesuras y chistes, o remedaban a algún personaje. Así se divertían, mientras que Ismael era el público, pues él, sin participar en las bromas, veía a sus compañeros y soltaba la sonora carcajada cuando ellos culminaban el chascarrillo.
Los dos alumnos más altos ayudaban aparejados en las misas del obispo, uno portaba el báculo y otro las mitras. Uno se llamaba Eugenio Sánchez y el otro se apellidaba Hernández Muro. En las ceremonias se utilizaban varios tipos de tocado, uno era dorado y recibía el pomposo nombre de Mitra Preciosa. Cuando era hora de que el obispo la usara, el ceremoniero, con una discreta señal se dirigía al acólito y le indicaba en voz baja pero con mucha autoridad: “Mitra preciosa”, y el ayudante se acercaba para que dispusieran de ella. Ese día Hernández Muro había ayudado en la misa pontifical y estábamos reunidos recordando los detalles. Uno de nosotros relató que el ceremoniero se había dirigido a él y le había dicho: “Mitra, preciosa”. El inconsciente tropo era muy sutil, aun así Hernández Muro lo entendió y lo miró muy enojado. El otro muchacho nunca supo la razón de su cólera.
Hernández Muro, a quien económicamente llamábamos Muro, tenía un humor negro muy evidente en la piel. Sus respuestas eran tan ríspidas como ingeniosas, y le gustaban los juegos con cierta violencia. El padre Cerda dirigía la revisión del dormitorio y nos estaba asignando lugares para la cama a cada uno de nosotros. Todos muy serios tomamos nuestro sitio a los pies del lecho; en silencio escuchábamos atentamente las indicaciones del rector. Para reír un poco, yo le daba pequeños empujones a Muro; calculaba que el impulso fuera sensible, pero sin fuerza, así no perdería el equilibrio. Todo esto lo hacía frente a los compañeros y sin que el rector lo notara. Muro reaccionó inesperadamente: Puso toda su palma sobre mi pecho y me aventó con tanta fuerza que me volqué sobre la cama. La piecera me sirvió como eje y di con toda mi humanidad sobre el colchón apuntando los pies hacia el cielo raso. Los compañeros profirieron una sonora pero cortísima carcajada. A su vez Agustín Cerda fulminó con su mirada a Muro, mientras la vena en su parietal se abultaba hasta casi reventársele. El regaño fue compacto y efectivo, Muro se arrepintió y permaneció en silencio durante la reprimenda. Yo había iniciado la broma, pero nunca me imaginé que él me empujaría con esa fuerza y que la conclusión iba a ser una caída tan escandalosa.
En los años anteriores al Concilio Vaticano II el seminario menor tenía costumbres excelentes, como la lectura de libros interesantes en el refectorio. Mientras comíamos, un lector, en voz alta leía primero el Martirologio Romano, que se regía por un calendario lunar imposible de entender aun para los escuchas más avispados, luego seguía con una novela clásica, cuya lectura se continuaba a veces por varias semanas, hasta que llegábamos a su conclusión. En esas circunstancias “leí” libros interesantes, como las novelas Fabiola, Quo Vadis, Los Últimos Días de Pompeya y otras. Estos volúmenes eran propiedad del rector, quien los tenía en la colección Cumbres, constituida por interesantísimas novelas escritas por prestigiosos autores.
La lectura espiritual también atraía mi atención. Ahí conocí al adusto y exigente Fray Tomás de Kempis con su obra La Imitación de Cristo, libro que me impresionó gravemente. El autor no hacía la menor concesión al lector. Toda la vida, hasta el rincón más escondido y el momento más pequeño debía tener absoluta austeridad, reflexión, temor de Dios y plena conciencia religiosa. Demasiadas exigencias para unos muchachos inquietos, norteños y en el siglo veinte, sin siquiera una pequeña idea sobre la antigua vida monacal. Sin embargo tal vez la lectura sobre la estricta disciplina monástica dejó alguna huella permanente en aquellos jovencitos lectores.
El deporte que se practicaba era el fútbol. Todos los días, una vez terminada la primera clase vespertina, los muchachos corrían al terregoso campo y organizaban un partido. El terreno del seminario era grande. Había lugar para dos campos reglamentarios de balompié y otro más pequeño, además dos canchas para el basquet bol. Yo nunca fui aficionado al deporte, los tiempos destinados a esta actividad los pasaba leyendo novelas u otros libros. El padre Cerda se enojaba conmigo y me exigía que jugara. Yo quería obedecerlo, pero al final de las cuentas, en vez de practicar deporte me distraía en otra cosa, principalmente con lecturas.
En esos primerísimos años copiábamos fielmente las actividades comunitarias realizadas en el Seminario de Saltillo, donde el obispo Fernando Romo había sido rector. Por ejemplo, jugábamos al fútbol e inmediatamente después, antes de entrar a las regaderas tomábamos la merienda, consistente en agua endulzada y coloreada con polvos, y un sabroso pan. Nos la comíamos en el patio central, todavía aterrados y con la ropa de juego puesta, pero con mucha sed y ganas de comer. Algunas veces los trabajadores de la construcción nos acompañaban en el refrigerio. Había suficiente pan y refresco rojo para todos. Cierta vez los papás de Francisco Salazar vieron cómo ingeríamos alegremente nuestro tentempié, y la señora casi suelta el llanto, pues creyó que era la única comida que nos daban, y supuso que estábamos a pan y agua, como los cautivos medievales. Tiempo después, cuando el padre Roberto García fue el ecónomo del seminario, las cosas cambiaron: el refrigerio se servía en el comedor una vez que nos habíamos bañado, además el Chocolito y la leche Lala sustituyeron al agua fresca. A partir de ese día la merienda era más elegante y nutritiva, pero también menos divertida.
Además del padre Cerda, estaba en el seminario el padre Sebastián Meza, rechoncho y bajito sacerdote hábil para el fútbol y con vocación firme para participar en las misiones extranjeras. Él era originario de León, Guanajuato, y su espíritu misionero lo trajo a tierras laguneras, donde trabajó como vicario parroquial en San Pedro, con características muy semejantes a una misión, luego lo enviaron al seminario; cuando yo entré, él era el Secretario Académico. Unos años después, el padre Meza consiguió ingresar con los Misioneros de Guadalupe, y luego que recibió la preparación obligatoria, se fue al África a una misión. Nunca regresó. Alguna vez supe que había venido a vacacionar y visitar amigos y familiares, esto sucedió sólo una vez en la vida, y aunque pudo vivir nuevamente en México como profesor de seminario o en otra posición más o menos cómoda, él prefirió seguir en aquel difícil trabajo aunque ya estaba casi anciano, y allá murió, en la misión que él siempre deseó y por fortuna pudo lograr.
La vida en el seminario menor era sencilla, tal vez repetitiva, pero intensa en algunos aspectos, como el fútbol y la espiritualidad, que el señor cura Manuel García dirigía con mucha calma y mano suave. Cuando él no podía abandonar los compromisos parroquiales, le ayudaba el padre Jorge Ruiz, doctor en Teología dogmática, quien por unos pocos años trabajó como vicario del padre Manuelito, al mismo tiempo que era secretario en el obispado. El número tan exiguo de sacerdotes que en ese tiempo había en Torreón, los obligaba a tener varios cargos a la vez. Algunos párrocos daban clases en el seminario, como el padre Jesús Santillán quien atendía la parroquia de la Sagrada Familia, Él enseñaba Matemáticas y Física. Además, el señor cura de la iglesia de Fátima, encalvada en la colonia Metalúrgica, enseñaba Catequesis, era el padre Salvador Bucio Arreola, con quien años después trabajé, cuando dirigía el Secretariado Diocesano de Evangelización y Catequesis.
Como ya lo había dicho, junto con los maestros externos estaban dos jóvenes recién egresados del Seminario de Morelia. Uno era Félix Espinosa Mejía, con quien trabé sabrosa amistad. Él tenía su habitación en el segundo piso del pequeño edificio destinado a sacerdotes y maestros. Ahí pasaba las horas y los días, todo el año escolar. Salía solamente para participar en los actos comunitarios obligatorios, la misa matutina, las comidas, y las clases que impartía. Tenía aficiones literarias y fotográficas. Las primeras eran muy comunes en el seminario, donde las disciplinas más importantes y a las que se daba gran porción de tiempo académico eran precisamente el Español y el Latín. Sin embargo él por cuenta propia disfrutaba la literatura, especialmente la poesía, y me indujo a leer a algunos vates, como José María Pemán, al que seguí disfrutando aún cuando ya no estaba en el seminario. Además Félix tenía talento poético. Para cada fiesta preparaba un texto muy adaptado a la ocasión, y cuando no podía hacerlo con su propia pluma, recurría a algún escritor reconocido. Así añadía buena sazón cuando celebrábamos el santo del padre rector, el aniversario sacerdotal del obispo o la fiesta de Santa María Reina, patrona del seminario. Cuando don Fernando cumplió veinticinco años de haber sido ordenado sacerdote, Félix compuso una poesía coral, que recitamos en la solemne inauguración de la nueva, elegante y enorme capilla.
Félix fue para mí un buen maestro, siempre trataba de seguir una vida virtuosa. Cuando yo me fui a Montezuma a continuar con mis estudios, él siguió en su cuarto del segundo piso, con su vida sencilla y plana. Nunca se decidió a recibir las órdenes sagradas, y mientras tanto seguía recluido en su habitación, dando un intermitente servicio de vigilancia en la disciplina. Dicen que no decidir es decidir que no, pero esta regla no era aplicable a Félix, porque él no solicitaba ser ordenado sacerdote, pero tampoco dejaba el seminario, seguía en su eterno statu quo, sin determinarse en uno u otro sentido.
Volví a ver a Félix Espinosa allá por el año 1972 cuando nos reunimos en Morelia algunos integrantes de la generación con la que estudié en Montezuma. Quise saludarlo efusivamente pero él mostró aversión a mi luenga barba. No le caí bien por mi aspecto jipesco; luego le perdí la pista durante casi treinta años, y por fin, en los últimos noventa cuando yo era miembro de la Asociación de Biblistas Mexicanos fui a un congreso, ahí el padre Cabrera, quien me daba razón de todos los conocidos comunes, clérigos y no clérigos, me refirió que Félix dirigía una empresa, herencia familiar, y hasta entonces seguía célibe, con su vida sencilla, asistiendo a misa y a otros actos litúrgicos, con las mismas costumbres y prácticas que lo caracterizaron en Torreón durante siete años o más.
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