Literatura. Curso: 2do. Año Profesores




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FRAGMENTO 1




    1. ¿Cuál es elemento que aparece primero en el mundo? ¿Qué otros le suceden?


    2. ¿Cuál es la creación suprema de los dioses?

    3. ¿Con qué fin crean las cosas del mundo?

    4. ¿Cuál es la creación siguiente a la de la Tierra?

    5. ¿Cuál es el destino de las mismas?

FRAGMENTO 2





  1. ¿De qué elemento se valen los dioses para construir a la gente? ¿Por qué será ese el elemento empleado para la creación?

  2. ¿De qué forma se realiza la creación? ¿Cuáles son las características de la gente creada?

  3. ¿Por qué esta vez no fue destruida la creación?

  4. ¿Qué cambios realizaron los dioses sobre las personas creadas?

  5. ¿A qué se debe este cambio?

  6. ¿Qué aparece finalmente para completar la creación?



La cosmogonía fue y es un tema que interesa a todos los hombres. Todos queremos saber cómo fuimos creados, de dónde venimos, quién fue el primer hombre, qué había en un principio, de dónde surgió la tierra. Infinidades de preguntas son presentadas por diferentes autores para satisfacer la curiosidad de la gente. Mucho se ha escrito sobre esto, te ofrecemos algunos ejemplos para leer, compara, y analizar.

La lengua del Paraíso
Los guaraos, que habitan los suburbios del Paraíso Terrenal, llaman al arco iris serpiente de colores y mar de arriba al firmamento. El rayo es el resplandor de la lluvia. El amigo, mi otro corazón. El alma, el sol del pecho. La lechuza, el amo de la noche oscura. Para decir bastón dicen nieto continuo; y para decir “perdono”, dicen olvido.

Eduardo Galeano. Memoria del fuego.

OVIDIO

Las metamorfosis

LIBRO PRIMERO

Es mi deseo exponer las transforma­ciones de los cuerpos en formas nuevas. Oh dioses, puesto que también vosotros habéis sido autores de tales transforma­ciones, ayudadme en mi empresa y ha­ced que mi poema discurra sin inte­rrupción desde el principio del mundo hasta la actualidad.

Antes del mar, y de la tierra, y del cielo que todo lo cubre, en toda la extensión del orbe era uno sólo el aspecto que ofrecía la naturaleza. Se le llamó Caos; era una masa confusa y desorde­nada, no más que un peso inerte y un amontonamiento de gérmenes mal uni­dos y discordantes. Ningún Titán daba todavía al mundo su luz; tampoco Febo renovaba en su creciente los cuernos re­cién aparecidos. Ni la tierra se encon­traba suspendida en medio de los aires que la rodeaban, en equilibrio por su propio peso, ni Anfitrite había extendido todavía sus brazos marcando los confi­nes de la tierra firme. Y por dondequiera que había tierra, había también aire y agua, con lo que ni la tierra era sólida, ni vadeable el agua, ni el aire tenía luz; ningún elemento conservaba su propia figura. Cada uno era un obstáculo para los otros, porque en un solo cuerpo lo frío luchaba con lo caliente, lo húmedo con lo seco, lo blanco con lo duro, y con lo desprovisto de peso lo que tenía peso.

A esta contienda puso fin un dios, una naturaleza mejor. Separó, en efecto, del cielo la tierra, y de la tierra las aguas, y apartó el límpido cielo del aire espeso. Y una vez que así despejó estos elemen­tos y los sacó de la masa oscura, asignó a cada uno un lugar distinto y los unió en amigable concordia. La sustancia ígnea y sin peso del cielo cóncavo dio un salto y se procuró un lugar en las más altas ci­mas. Inmediatamente después en peso y situación se encuentra el aire. Más denso que ellos, la tierra arrastró consigo los elementos pesados y se apelmazó por su propia gravedad; y el agua que la rodea ocupó el último lugar y abarcó la parte sólida del mundo.

Una vez que aquel dios, fuera el que fuera, hubo dividido aquella masa, y una vez dividida, la distribuyó orgánicamente en miembros, empezó por aglomerar la tierra, para lograr que su superficie quedase igualada por todas partes, dándole la figura de un enorme globo. A continuación dispuso que los mares se extendiesen y que se embraveciesen al soplo arrebatado de los vientos y que rodeasen las riberas de la tierra, ciñéndola. Añadió igualmente fuentes, enormes charcas y lagos, y aprisionó en tortuosas márgenes los ríos que se despeñan, de los cuales según las comarcas, unos son absorbidos por la tierra misma, y otros llegan al mar, y recibidos en llanura de agua más dilatada, contra playas se estrellan y no ya contra orillas. Mandó también que se extendieran los campos, que se abatieran los valles, que la selva se cubriera de hojas, que los montes pedregosos se elevasen. Y así como hay dos zonas que cortan el cielo por la derecha y otras dos por la izquierda, y una quinta que es más ardiente que aquella, el mismo número empleó también la providencia de aquel dios para dividir a la masa abarcada por el cielo, y son también otras cinco las regiones que quedan marcadas en la tierra. De ellas la central es inhabitable a causa del calor. Otras dos están cubiertas de una profunda nieve; y en los dos intervalos colocó aún otras dos, dándoles un clima templado en el que la llama está mezclada con el frío. Por encima se encuentra el aire, que es tanto más pesado que el fuego cuanto más ligero que la tierra y que el agua. En él ordenó que estuvieran las nieblas, en él las nubes y los truenos que atemorizan los corazones humanos y los vientos que producen los relámpagos y los rayos (...).

“Di la señal de haber llegado un dios y la gente había empezado a pronunciar plegarias. Licaón comenzó por reírse de las piadosas súplicas, y después dijo:

“'Voy a probar con un experimento paladino si éste es un dios o un mortal. La verdad no dejará lugar a dudas”. Y maquinó darme muerte durante la noche, mientras yo estuviera desprevenido y presa del sueño. Tal fue el experimento que decidió hacer para averiguar la verdad. Pero no se contentó con eso. A un rehén enviado por el pueblo de los Molosos le cortó el cuello con la espada, y de aquellos miembros moribundos unos los ablanda en agua hirviendo y otros los tuesta sobre el fuego. Tan pronto como los sirvió a la mesa, yo con mi llama vengadora hice que sobre su dueño se desplomara aquel hogar digno de él. Aterrorizado huyó, y alcanzando la soledad del campo emite alaridos y en vano trata de hablar. La rabia de su alma se acumula en su boca y ejerce sobre el ganado su habitual avidez de matanza aun ahora sigue gozándose en la sangre. Su ropa se transforma en pelo en patas sus brazos; se convierte en lobo, conserva trazas de su antigua figura. Sigue teniendo el mismo pelaje canoso, el mismo aspecto de ferocidad; le brillan igual los ojos y sigue siendo la imagen del salvajismo. Una es la casa que ha caído; pero no es la única que merecía perecer; por donde se extiende la tierra reina una cruel Erinis; se diría que se han juramentado los hombres para cometer fechorías. Que todos sufran inmediata­mente el castigo que tienen bien mereci­do; ésa es mi decisión.

Las palabras de Júpiter son acogidas con expresa aprobación por los unos, que añaden aún estímulos a su cólera, mientras los otros cumplen su misión por ademanes de asentimiento. Sin embargo, todos ellos sienten la pérdida del género humano y le preguntan qué aspecto va a tener la tierra privada de mortales, quién va a llevar incienso a los altares, y si es que se propone entregar la tierra a las fieras para que la saqueen. A tales demandas el rey de los dioses responde que no tienen nada que temor, porque él se va a ocupar de todo, y les promete una raza diferente de la gente anterior y que surgirá de un modo prodigioso. Se disponía ya a lanzar sus rayos sobre la tierra toda, cuando le sobrevino el temor de que quizá con tantos fuegos el divino éter se incendiase y ardiese en toda su longitud el eje del mundo. Se acordó a la vez de que estaba decretado por el destino que llegaría un tiempo en que el mar, la tierra y los alcázares celestes arderían, y en que las criaturas del mundo se verían acosadas y en grave situación. Guarda entonces sus proyectiles fabricados por las manos de los Cíclopes, y decide aplicar un castigo diferente, a saber, destruir bajo las aguas al género humano y arrojar desde toda la superficie del cielo copiosa lluvia.

En el acto encierra en la cueva de Eolo al Aquilón y a cuantos vientos ha­cen huir a las nubes acumuladas, y suelta el Noto. Se lanza a vuelo el Noto con sus alas húmedas y con el rostro te­rrible cubierto de negra oscuridad; tiene la barba cargada de lluvia, de sus blan­cos cabellos mana el agua, en su frente descansan nubes, y sus alas y atavío destilan humedad. Y tan pronto como con sus manos abraza y oprime los nubarrones suspendidos, se produce un retumbar; inmediatamente las densas nubes se deshacen en lluvia que cae del cielo. La mensajera de Juno, Iris, vestida de muchos colores, trae nueva aguas y, lleva alimento a las nubes. Las mieses quedan tendidas por tierra, yacen las lloradas ansias del labrador y perecen el trabajo inútil de un largo año.

Pero no se contenta con el cielo que le pertenece la cólera de Júpiter, sino que también su azul hermano le ayuda con olas auxiliares. Convoca este a los ríos, y cuando éstos entran en la mansión de su soberano les habla así: “No hay necesi­dad ahora de prolijas recomendaciones. Dad libre curso a vuestros ímpetus; eso es lo que hace falta. Abrid vuestras mo­radas, apartad mis diques, y soltad todas las riendas a vuestras corrientes Tan pronto les da esta orden, vuelven ellos, dejan expeditas las bocas de sus fuentes y, se precipitan en dirección al mar en desenfrenada y turbulenta carrera. El por su parte golpeó con su tridente la tierra; se estremeció ésta y con sus sa­cudidas abrió paso a las aguas. Desbor­dados los ríos, invaden los campos descubiertos y se llevan consigo a la vez ár­boles, sembrados, animales, hombres, casas y capillas con sus sagrados objetos. Y si alguna morada queda en pie y ha podido resistir enhiesta a tan tremenda catástrofe, las aguas se elevan por encima de su tejado y sus torres quedan ocultas bajo la inundación. No había ya distinción entre mar y tierra, todo era ponto, y el mismo ponto carecía ya de riberas.

Uno alcanza una colina, sentado otro en encorvado esquife maneja los remos allí donde poco antes estaba arando. Aquél navega por encima de sus mieses o de los tejados dc su granja sumergida; este otro agarra un pez en la copa de un olmo; alguna vez ocurre que ancla queda enganchada en un verde prado o que las curvas rozan los viñedos que han quedado de baje, y donde poco antes pastaban hierba las cabras esbeltas apoyan ahora sus cuerpos sin gracia las focas.

Las Nereidas se admiran de los bos­ques, ciudades y casas que hay bajo el agua, las selvas están ocupadas por delfines que corretean dando saltos por entre las ramas altas y agitan los robles contra los que chocan. Nada el lobo entre las ovejas, transporta la ola rubios leones, transporta tigres; ni al jabalí sirve de nada su culminante impulso, ni ciervo arrastrado sus veloces patas, y ave después de buscar por largo tiempo una tierra donde poder posar agotadas sus alas por el recorrido interminable, cae al mar. La incontenible avalancha del océano había cubierto las colinas, y olas inéditas golpeaban la cima de los montes. La mayor parte de los mortales fue arrebatada por las olas, aquellos a quienes las olas perdonan perecen de inanición tras prolongado ayuno.

La Fócide separa las campiñas aonias de las acteoas, tierra feraz mientras era tierra, pero en aquel momento era un parte del mar, una dilatada llanura de aguas repentinas. Un elevado monte se yergue allí hacia los astros en dos cimas; se llama el Parnaso y sus cumbres se levantan por encima de las nubes. Cuando a aquel paralaje único que las aguas habían cubierto arribó Deucalión, conducido, con la esposa que compartía su lecho, por una pequeña embarcación ambos rindieron tributo de adoración a las ninfas coricidas, a las divinidades de la montaña ya protética Temis que entonces se encargaba de los oráculos. No ha habido hombre más excelente ni más amante de la justicia que Deucalión, tampoco mujer alguna más temerosa de los dioses que la suya. Cuando Júpiter vio que el mundo estaba cubierto de una líquida sábana formando un inmenso estanque, y que un sólo varón quedaba tantos miles y que una sola mujer quedaba de tantos inocentes ambos adoradores de la divinidad ambos, dispersó los nubarrones, hizo, valiéndose de aquilón, que las lluvias cesasen, mostró al cielo la tierra y el empíreo a la tierra. No persiste tampoco la cólera del mar, y el soberano del piélago abandona su arma de tres puntas, apacigua las aguas, llama al azul Tritón, que se erguía sobre el abismo con los hombros cubiertos de su nativa púrpura, y le ordena que sople en su sonora concha, que haga retirarse, dando la oportuna señal, a las olas y a los ríos. Toma él entonces su hueca trompa, que cuando en mitad del ponto recibe el aéreo soplo, colma de su sonido las playas que se extienden bajo ambos soles. También entonces, tan pronto tocó el rostro del dios, chorreaba por su barba empapada, y emitió, al recibir el soplo, la señal de la retirada conforme a lo ordenado, fue oída por todas las aguas de tierra y de mar, y a todas las aguas que la oyeron impuso su freno. Ya tiene la ribera el mar, el cauce contiene toda su corriente, descienden los ríos y se advierte que van sobresaliendo las colinas; aparece la tierra, se van ensanchando los parajes al decrecer las aguas, y tras el largo lapso enseñan las selvas sus copas ya desnudas y sostienen el fango que ha quedado entre las hojas.

El mundo estaba restaurado; pero para verlo Deucalión vacío y al ver las tierras desoladas y sumidas en profundo silencio, habló así a Pirra con lágrimas en los se ojos: “Oh hermana, oh esposa, oh mujer única superviviente que, unida a mí por la consanguinidad, por el lazo de hermandad de nuestros padres, y después no por el matrimonio, ahora lo estás por los peligros mismos; de toda la tierra que contemplan el ocaso y el orto nosotros dos somos la única población, todo lo demás está en poder del ponto (...)

Acabó de hablar y ambos lloraban. Acordaron dirigir sus plegarias a los poderes celestiales y pedir auxilio valiéndose del oráculo sagrado. Sin la menor tardanza acuden juntos a las aguas del de Céfiro, que si aún no estaban límpidas, al menos atravesaban ya sus habituales pa­rajes. De allí tomaron unas gotas con las que rociaron sus ropas y cabezas, tras de lo cual encaminan sus pasos al santuario de la diosa augusta, cuyos telados ver­deaban cubiertos de sucio musgo y cuyos altares estaban desprovistos de fuego. Cuando alcanzaron las gradas del templo se prosternaron ambos en tierra y a la besaron, llenos de temor, la fría piedra; y hablaron así: “Si las deidades se ablandan, desarmadas, por las preces de los justos, si se doblega la cólera de los dioses, di, Temis, por qué medios podría medios repararse la pérdida de nuestra raza, y, en tu extraordinaria clemencia, socorre a un mundo sumergido.” Conmovida la diosa dio esta respuesta: “Alejaos del templo, cubrios la cabeza, soltad los lazos que sujetan vuestras ropas, y arrojadme a vuestra espalda los huesos de la gran madre." Mucho tiempo quedaron confusos, hasta que fue Pirra la primera que las rompió el silencio con su voz, rehusando obedecer las órdenes de la diosa; con palabra trémulas le pide perdón y se espanta ante la idea de ultrajar las sombras, y de su madre arrojando sus huesos. Mien­tras, vuelven a meditar sobre las palabras oscuras, de insoluble maraña, del oráculo de la diosa, y les dan vueltas y más vueltas. Hasta que el Prometida tranquiliza a la Epimétide con palabras reconfortantes, diciéndole: “O me engaña mi inteligencia, o el oráculo es santo y no nos aconseja ningún crimen. La gran madre es la tierra; me parece que los huesos de que en él se habla son la piedra en el cuerpo de la tierra; éstas son las que se nos ordena arrojar a nuestras espaldas."

Aunque esta interpretación de su esposo produjo impresión en la Titania, sus esperanzas, sin embargo, vacilan to­davía; hasta ese punto desconfían ambos de las órdenes divinas; pero ¿qué mal habrá en probar? Se alejan, cubren sus cabezas, se desciñen las túnicas, y van ti­rando sobre sus huellas las piedras prescritas. Los pedruscos (¿quién lo creería si no lo atestiguara la antigua tradición?) empezaron a despojarse de su dureza y de su rigidez, a ablandarse conforme pasaba el tiempo, y, una vez ablandados, a tomar forma. Después, cuando crecieron y adquirieron una naturaleza más suave, podía ya parecer aquello un algo de fi­gura humana, aunque todavía no resultaba evidente, sino que era como una obra empozada en mármol, no bien terminada aún y semejante a las estatuas a medio hacer. Ahora bien, todo lo que en aquellas piedras había de húmedo o tenía algún jugo o era de tierra se con­virtió en carne para formar el cuerpo; lo que había de sólido y que no podía do­blarse se transformó en huesos; lo que era vena permaneció con el mismo nom­bre; y así el breve espacio, por voluntad de los dioses, los pedruscos lanzados por las manos del hombre cobraron aspecto de hombres, mientras la mujer fue recreada por las que la mujer arrojaba. Por eso somos una raza dura, que soporta penalidades, y exhibimos prueba de cuál es el principio de que nacimos.

Los demás animales, con sus forma diversas, los produjo la tierra por si misma, una vez que la humedad que aún conservaba se calentó con el ardor del sol, una vez que el cieno y las húmedas charcas se hincharon con el calor, y los gérmenes fecundos de la naturaleza, alimentados por un suelo vivificante como en el Seno de una madre, crecieron y tomaron con el tiempo alguna forma determinada. También de este modo, cuando el Nilo, el río de lo siete desagües, abandona los campos empapados y devuelve a su antiguo cauce su caudalosa corriente, y el limo fresco se calienta bajo el astro celeste, son muchísimos los animales que encuentran los labradores al levantar los terrones; de entre aquellos hay unos que están apenas empezados, puesto que están naciendo en aquel momento, otros se ven a medio hacer, aun y desprovistos de sus órganos, y con frecuencia en un mismo cuerpo hay una parte que tiene ya vida, mientras otra es todavía tierra inerte. Y en efecto, tan pronto como la humedad y el calor se han mezclado en las debidas proporciones, dan lugar a la vida, y de estos dos elementos nace todo; y a pesar de ser el fuego enemigo del agua, es esta húmeda irradiación calorífica lo que produce todas las cosas, y esta discorde concordia resulta apropiada para la reproducción. De modo que cuando la tierra llena de lodo por el reciente diluvio se calentó con los ardores del celeste sol y de sus altos rayos, produjo especies innumerables, reiterando por una parte las formas antiguas y creando por otras criaturas nuevas. La tierra no lo hubiera querido, pero también a tí, gigantesca Pitón, te engendró entonces, y, serpiente ignota para aquellas poblaciones recién aparecida, eras su terror; tan grande era el espacio que ocupabas en la montaña. Dio muerte a esta serpiente el dios portador del arco, que antes no había todavía usado tal arma a no ser en la caza de gamos y de fugitivos rebecos; aplastada bajo mil flechas que casi dejaron vacía la aljaba del dios, pereció dejando escapar por sus negras heridas su veneno. Y para que el paso del tiempo no pueda borrar el recuerdo de la hazaña, instituyó unos juegos sagrados acompañados de concu­rridos Certámenes, llamados Pitia por el nombre de la serpiente que destruyó. En ello todo joven que va fuera con sus pu­ños, ya con los pies o las ruedas, había obtenido la victoria, recibía una conde­coración de hojas de encina; todavía no existía el laurel, y Febo se ceñía con hojas de cualquier árbol las sienes que embe­llecía su larga cabellera.

LA BIBLIA
Primera parte: Historia primitiva (1-11)

Primer relato de la creación: el universo. Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos y las tinieblas cubrían el abismo, pero el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Entonces dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz.

Vio Dios que la luz era buena y la separó de las tinieblas, y llamó a la luz día y a las tinieblas noche. Hubo así tarde y mañana: Oía primero. Después dijo Dios: «Haya un firmamento entre las aguas, que separe las unas de la otras y así fue. E hizo Dios el firmamento, separando por medio de él las aguas que hay debajo de las que hay sobre él. Y llamó al firmamento cielo. De nuevo hubo tarde y mañana: Día Segundo.

Dijo luego Dios: «Reúnanse en un solo lugar las aguas inferiores y aparezca lo seco; y fue así, Dios llamó a la seco tierra y a la masa de aguas llamó mares. Y vio Dios que esto era bueno.

Dijo después Dios: “Produzca la tierra hier­bas, plantas sementíferas de su especie y árboles frutales que den sobre la tierra frutos conteniendo en ellos la simiente propia de su especie.” Y fue así. Produjo la tierra hierbas, plantas semen­tíferas de su propia especie y árboles frutales que dan fruto conteniendo en ellos la simiente propia de su especie. Y vio Dios que esto era bueno. Hubo de nuevo tarde y mañana: Día tercero.

Después dijo Dios. "Haya luminares en el fir­mamento que separen el día de la noche, sirvan de signos para distinguir tas estaciones, los días y los años, y luzcan en el firmamento del cielo para iluminar la tierra. Y fue así. Hizo, pues, Dios las luminares grandes, el mayor para gobierno del día y el menor para gobierno de la noche, y las estrellas. Los colocó Dios en el firmamento del cielo para iluminarla tierra, regular el día y la no­che y separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que esto era bueno. Hubo de nuevo tarde y mañana: Día cuarto.

Después dijo Dios: “Pulule en las aguas un hormigueo de seres vivientes y revoloteen las aves por encima de la tierra y cara al firmamento del cielo.” Así creó Dios los grandes animales acuáti­cos y todos los seres vivientes que se mueven y pululan en las aguas según su especie, y en mundo volátil según su especie. Y vio Dios que esto era bueno. Y Dios lo bendijo diciendo: "Creced, multiplicaos y llenad las aguas del mar y multi­plíquense las aves sobre la tierra." Hubo de nuevo tarde y mañana: Día quinto.

Después dijo Dios: "Produzca la tierra anima­les vivientes según su especie; ganados reptiles y bestias salvajes según su especie." Y fue así. Hizo pues, Dios las bestias de la tierra, los gana­dos y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Y vio Dios que esto era bueno.

Creación del hombre. Después dijo Dios:

"Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra propia semejanza. Domine sobre los pe­ces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre las fieras campestres y sobre los reptiles de la tierra.”

Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó.

Y Dios los bendijo diciendo: “Sed prolíficos y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla: dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre cuantos animales se mueven sobre la tierra.” Y añadió: “Yo os doy toda planta sementífera sobre toda la superficie de la tierra y todo árbol que da fruta conteniendo simiente en sí. Ello será vuestra comida. A todos los animales campestres, a las aves del cielo y a todo cuanto se mueve sobre la tierra con ánima viviente, yo doy para comida todo herbaje verde. Y fue así. Vio Dios todo lo que había hecho y he aquí que todo era bueno. De nuevo hubo tarde y mañana: Día Sexto.

Así fueron acabados el cielo y la tierra y toda su ornamentación. Dios dio por terminada su obra al séptimo día y en este cesó de toda obra que había hecho. Dios bendijo este día y lo santificó porque en él había cesado de toda obra de su actividad creadora. Tal fue el origen del cielo y de la tierra cuando fueron creados.

Segundo relato de la creación. Al tiempo de hacer Yavé Dios la tierra y el cielo, no había to­davía arbusto alguno del campo sobre la tierra, ni los había germinado hierba alguna. Porque Yavé Dios no había hecho todavía llover sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el suelo e hiciese subir de la tierra el agua con que regaría superficie del suelo. Entonces Yavé Dios formó al hom­bre de polvo de la tierra, le insufló en sus narices ­un hálito de vida y así llegó a ser el hombre un y ser viviente.

El Paraíso, destino del hombre. Plantó des­pués Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado.

Hizo Yavé Dios germinar del suelo toda clase de árbo­les agradables a la vista y apetitosos para comer, además del árbol de la vida, en medio del jardín1 y del árbol de la ciencia del bien y del mal. Un río salía de Edén para regar el jardín, y de allí se di­vidía en cuatro brazos. El primero se llama Pisón y es el que rodea toda la tierra de Evila, donde hay oro; el oro de este país es puro: en él hay también bedelio y ágata. El segundo, de nombre Guijón, circunda toda la tierra de Cus. El tercero de nombre Tigris, discurre al oriente de Asiria. El cuarto es el Eufrates.

Tomó, pues, Yavé Dios al Hombre y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase. Y dio al Hombre este mandato: "Puedes comer de todos los árboles del jardín; más del ár­bol de la ciencia del bien y del mal no comerás en modo alguno, porque, el día en que comieres, ciertamente morirás."

Creación de la mujer. Después Yavé Dios dijo: "No es bueno que el Hombre esté solo; le haré una ayuda semejante a él. Formó de la tierra pues Yavé Dios toda clase de animales campestres y aves del cielo y los llevó ante el Hombre para ver cómo los llamaría éste, ya que el nombre que les diera, ese sería su nombre. El Hombre Impuso, pues, el nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todas las bestias del campo; mas para sí no en­contró una ayuda semejante. Entonces Yavé Dos hizo caer sobre el Hombre un sueño letárgico, y mientras dormía tomó una de sus costillas, repo­niendo la carne en su lugar; seguidamente de la costilla tomada al hombre formó Yavé Dios a la mujer y se la presentó al Hombre, quién exclamó:

"Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne,

ésta será la amada varona,

porque del varón ha sido tomada,"

Este es el por qué el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y son los dos una sola carne. Estaban lo dos desnudos, el Hombre y su mujer, sin avergonzarse uno de otro.

El maíz




Los dioses hicieron de barro a los primeros mayas-quichés. Poco duraron. Eran blandos, sin fuerza; se desmoronaron antes de caminar.

Luego probaron con la madera. Los muñecos de palo hablaron y anduvieron, pero eran secos; no tenían sangre ni sustancia, memoria ni rumbo. No sabían hablar con los dioses, o no encontraban nada que decirles.

Entonces los dioses hicieron de maíz a las madres y a los padres. Con maíz amarillo y maíz blanco amasaron su carne.

Las mujeres y los hombres de maíz veían tanto como los dioses. Su mirada se extendía sobre el mundo entero.

Los dioses echaron un vaho y les dejaron los ojos nublados para siempre, porque no querían que las personas vieran más allá del horizonte.

De memoria del fuego Tomo 1. Los Nacimientos. Eduardo Galeano.
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