Literatura. Curso: 2do. Año Profesores




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Eduardo Galeano. Memoria del fuego.
1496

La Concepción

El sacrilegio

Bartolomé Colón, hermano y lugarteniente de Cristóbal, asiste al incendio de carne humana.

Seis hombres estrenan el quemadero de Haití. El humo hace toser. Los seis están ardiendo por castigo y escarmiento; han hundido bajo tierra las imágenes de Cristo y la Virgen que fray Ramón Pané les había dejado para su protección y consuelo. Fray Ramón les había enseñado a orar de rodillas, a decir Avermaría y Pa­ternoster y a invocar el nombre de Jesús ante la tentación, la las­timadura y la muerte.

Nadie les ha preguntado por qué enterraron las imágenes. Ellos esperaban que los nuevos dioses fecundaran las siembras de maíz, yuca, boniatos y frijoles.

El fuego agrega calor al calor húmedo, pegajoso, anunciador de lluvia fuerte.

EDUARDO GALEANO. Memoria del fuego.
DERROTERO Y VIAJE DE ESPAÑA A LAS INDIAS

ULRICO SHMIDEL
Luego de presentarse, Ulrico Schmidel cuenta en cómo i, con quiénes se embarcó Pe­dro de Mendoza rumbo al Río de la Plata, y la aven­tura amorosa que vivió un primo del adelantado con la hija de un vecino de La Palma.

A saber del derrotero y del viaje de como yo, Ulrico Schmidel de Straubing en el 1534º año A. D. a dos de agosto desde Amberes he arribado per mare hacia Hispania y más tarde a Las Indias con la voluntad de Dios También de lo que ha ocurrido y suce­dido a mí y a mis demás compañeros como sigue después.

Primero he venido en catorce días desde Amberes, hacia Es­paña, a una ciudad que se llama Cádiz, pues se calculan cuatrocientas leguas sobre el mar desde Amberes hasta la susodicha ciudad de Cádiz, donde estaban aprestados y bien pertrechados de toda munición y bastimentos necesarios catorce barcos grandes. Estos estaban por navegar hacia Río de la Plata en Las Indias. También han estado allí dos mil quinientos españoles y ciento cincuenta alto-alemanes, neerlandeses y austríacos o sajo­nes. Nuestro supremo capitán general de los alemanes y de los españoles se ha llamado, con su cognomen don Pedro Mendoza. Entre estas catorce barcas ha pertenecido un barco al señor Sebastián Neithart y a Jacobo Welser en Nuremberg. Éstos han enviado a su factor Enrique Paime a Río de la Plata con mercaderías: con éstos, yo y otros alto-alemanes y neerlandeses, has­ta ochenta hombres, bien pertrechados con nuestras armas de fuego y otras armas más, hemos navegado en el barco del susodicho señor Sebastián Neithardt y de Jacobo Welser hacia Río de la Plata. Así hemos partido con el susodicho señor y capitán general don Pedro Mendoza en catorce barcos desde Sevilla en el 1534º año. En el día de San Bartolomé hemos venido a una ciudad en España que se llama San Lucas; esto es desde Sevilla veinte leguas de camino. Mil hemos quedado anclados por causa de la impetuosidad del viento hasta el primer día de septiembre del susodicho año.

Después hemos zarpado desde la susodicha ciudad de San Lu­cas y de ahí hemos venido a tres islas que están juntas las unas a las otras, y la primera se llama Tenerife 2 la otra se llama Go­mera,3 la tercera La Palma,4 y desde la ciudad de San Lucas hasta estas islas hay más o menos doscientas leguas. Allá los barcos se han repartido entre estas islas. También pertenecen estas islas a la Cesárea Majestad son puros españoles con sus mujeres e hijos los habitantes en ellas y hacen azúcar. Hemos venido con tres barcos a La Palma y permanecido anclados allí cuatro semanas y de nuevo hemos abastecido y aparejado los barcos.

Y cuando nuestro general don Pedro Mendoza nos ha ordenado que nos pusiéramos en movimiento, pues nos hallábamos distantes los unos de los otros por ocho o nueve leguas de camino, resultó que teníamos en nuestro barco un primo del ge­neral don Pedro Mendoza que se llamaba don Jorge Mendoza; que era amado por la hija de un rico vecino en La Palma. Y cuando al día siguiente quisimos ponernos en movimiento, resultó que el susodicho don Jorge Mendoza esa misma noche había venido a tierra a media noche con doce de sus buenos compañeros a la casa de un vecino en La Palma. Entonces se vinieron la hija y la doncella con sus joyas y vestidos y también con dinero junto; con el susodicho don Jorge Mendoza y vinieron a nosotros al barco, pero a escondidas que nuestro capitán Enrique Paime ni nosotros supimos de esto, sólo el que montaba la guardia, éste lo ha visto, pues fue a media noche.

Cuando nosotros quisimos seguir viaje a la mañana, y nos alejamos unas dos o tres leguas de camino, nos tomó un fuerte ventarrón y tuvimos que regresar al mismo puerto de donde ha­blamos partido. Allá bajamos al mar nuestras anclas. En esto nuestro capitán Enrique Paime quiso viajar a tierra en una pe­queña esquife que se denomina un bote o batel, y cuando quiso pisar tierra desde esta pequeña esquife hubo en el ínterin en la costa más de treinta hombres bien armados con sus arcabuces y alabardas y quisieron prender al capitán Enrique Paime. Así le dijo uno de sus marineros que no pisara la costa, pues tenían intención, de tomarla preso. Así dio vuelta en seguida y quiso viajar hacia su barco, pero no pudo tan pronto venirse a él por que los mismos que habían estado en la costa, se le habían acercado en otras pequeñas barquillas que habían estado aprestadas desde antes. Y el susodicho capitán Enrique Paime escapó a otro barco que estaba más cerca de tierra que su propio barco, y que no pudieron prender al susodicho capitán. Y en la ciudad de La Palma hicieron enseguida tocar y repicar al rebato6 y cargaron dos grandes piezas de artillería y dispararon cuatro tiros contra nuestro barco, pues no estábamos lejos de la tierra.

Con el primer tiro que dispararon, hicieron pedazos el depósito de barro en la popa del barco, que siempre está lleno de agua fresca, caben en él cinco o seis cabos de agua. Con el otro tiro que dispararon, hicieron pedazos la mesana que es el último mástil que se halla en la popa del barco. Con el tercer tiro dieron en medio del barco y abrieron un gran agujero en el barco y mataron un hombre; con el cuarto no acertaron.

Había allí otro capitán con dos barcos que quería navegar hacia Nueva España en México cuyos barcos se hallaban a nuestro costado y de su gente había con él en tierra ciento cincuenta hombres que todos querían viajar hacia Nueva España en México.

Así ellos arreglaron las paces con los señores de la ciudad que ellos les entregarían don Jorge Mendoza y la hija del vecino y la doncella. En esto vinieron a nuestro barco el regidor y e alcalde y también nuestro capitán y el capitán que quería navegar hacia Nueva España y quisieron prender a don Jorge Mendoza y su amante. Entonces éste contestó al alcalde que ella era su corporal esposa y ella dijo lo mismo. Entonces se les unió de inmediato pero el padre estuvo muy triste, y nuestro barco estaba muy maltrecho a causa de los tiros.
En los capítulos II y IV, se relata el desarrollo de la primera parte del viaje y se describen algunos peces característicos de la zona que recorre La Armada.

Después de esto dejamos en tierra a don Jorge Mendoza y su esposa; nuestro capitán no quiso dejarlos viajar más con él en su barco.

Así aprestamos de nuevo nuestro barco y navegamos hacia una ínsula o isla que se llama San Jacobo o en su sentido español Santiago, y pertenece al rey de Portugal y es una ciudad. Estos portugueses la sostienen y a ellos están sometidos los negros africanos. Está situada a las trescientas leguas. Allí queda­mos cinco días y volvimos a cargar provisión fresca en carne, pan y agua de que tuviéremos necesidad sobre el mar.

Así estuvo reunida toda la flota, los catorce barcos; entonces volvimos de nuevo hacia el océano a mar y navegamos durante dos meses y vinimos a una isla donde hay solamente aves a las cuales nosotros matamos a palos y permanecimos en la isla por tres días, y en esta isla no hay gentes, y la isla tiene de extensa y ancha seis leguas de camino y desde la susodicha isla de San­tiago hasta esta isla hay mil quinientas leguas de camino.

También en este mar encontráis peces voladores y otros peces grandes de las ballenas y peces que se llaman peces de sombrero de sol los cuales tienen contra la cabeza un grande, fuertísimo disco. Con este disco pelea contra otros peces y es un pez gran­de, forzuda y bravío. Hay también otros peces que tienen sobre su lomo una cuchilla que es hecha de hueso de ballena, éste se llama en su sentido español pez de espada. También hay otro pez más que tiene sobre su lomo una sierra, hecha de hueso de ballena y es un pez grande y bravío y se llama en su sentido español pez de sierra. Fuera de éstos hay en estos parajes muchos diversos peces que no puedo describir en esta ocasión.

En el capítulo V se relata La muerte injusta de Juan Osorio, a quien Ulrico Schmidel defiende vehemen­temente.

Desde esta isla navegamos después a una Isla que se llama Riogenna y pertenece al rey de Portugal y está situada a qui­nientas leguas de camino de la sobredicha isla; ésta es la isla Riogenna en las Indias, y los indios se llaman Tupía. Allí estu­vimos cerca de catorce días; entonces el don Pedro Mendoza hizo que su propio hermano jurado que se llamaba Juan Osorio nos gobernara en su lugar, pues él estaba siempre enfermo, des­caecido y tullido. Entonces el susodicho Juan Osorio fue calum­niado y delatado ante su hermano jurado don Pedro Mendoza como que él pensaba amotinarse junto con la gente contra él. Por esto ordenó don Pedro Mendoza a otros cuatro capitanes llamados Juan Ayolas y Juan Salazar, Jorge Juján y Lázaro Salvago que a susodicho Juan Osorio se le matara a puñal o se le diere muerte y se le tendiere en medio de la plaza por traidor y que fuere pregonado y ordenado bajo pena de vida que nadie se moviere pero si ocurriere que alguien quisiere protestar a favor del susodicho Juan Osorio, entonces se le haría igual cosa. Se le ha dado la muerte injustamente, ello bien lo sabe Dios; éste le sea clemente y misericordioso; fue un recto y buen militar y siempre ha tratado muy bien a los peones.
En el capítulo VI se narra el encuentro con los indios charrúas

Desde allí hemos zarpado hacia Río de la Plata y hemos venido a un río dulce que se llama Paraná-Guazú y es extenso en la em­bocadura donde se deja el mar, y este río tiene una anchura de cuarenta y dos leguas de camino; desde Río de Janeiro hasta este río Paraná-Guazú son quinientas leguas. Mil hemos venido a un puerto que se llama San Gabriel; ahí nosotros, los catorce barcos, hemos echado anclas en este río Paraná. De inmediato ha ordenado y dispuesto nuestro general don Pedro Mendoza con los ma­rineros que las pequeñas esquifes condujeren a tierra la gente que se hallaba en los barcos grandes, pues los barcos grandes solo llegan hasta un tiro de arcabuz hacia tierra, por eso se tie­nen las pequeñas esquifes; a éstas se les llama bateles o botes.

En el día de Todos los Tres Reyes en 1535 hemos desembar­cado en Río de la Plata; allí hemos encontrado un lugar de indios que se llaman los indios Charrúas y son ellos allí alrededor de dos mil hombres hechos estos no tienen otra cosa que co­mer que pescado y carne. Estos han abandonado el lugar y han huido con sus mujeres e hijos de modo que no hemos podido hallarlos. El puerto donde están los barcos, se llama San Ga­briel. Los indios, éstos andan desnudos, pero las mujeres tienen un pequeño trapo hecho de algodón, esto lo tienen delante de sus partes desde el ombligo hasta las rodillas. Ahora mandó el don Pedro Mendoza a sus capitanes que se reembarcara a la gente en los barcos y se la pusiera o condujere al otro lado del río Paraná pues en este lugar la anchura del Paraná no es más ancha que ocho leguas de camino.

En el capítulo VII se cuenta cómo fue fundada por primera vez Buenos Aires y cuales fueran las relaciones que mantuvieron los españoles con los que­randíes.

Allí hemos levantado un asiento, éste se ha llamado Buenos Aires; esto, dicho en alemán es: buen viento, hemos traído desde España sobre los sobredichos catorce barcos setenta y dos caballos y yeguas y han llegado al susodicho asiento de Buenos Aires; ahí hemos encontrado en esta tierra un lugar de indios los cuales se han llamado Querandís; ellos han sido alrededor de tres mil hombres formados con sus mujeres e hijos y nos han traído pescados y carne para comer. También estas mujeres usan un pequeño paño de algodón delante de sus partes. En cuan­to a estos susodichos Querandís no tienen un paradero propio en el país; vagan por la tierra al igual que aquí en los países alema­nes los gitanos. Cuando estos indios Querandís se van tierra adentro para el verano sucede que en muchas ocasiones hallan seco a todo el país por treinta leguas de camino y no se encuen­tra agua alguna para beber; y cuando acaso agarran o asaetan un venado u otra salvajina, juntan la sangre de estas y la beben. En casos hallan una raíz que se llama cardo y entonces la comen por la sed; cuando los susodichos Querandís no quieren morirse de sed y no hallan agua en el pago, beben esta sangre. Pero si acaso alguien piensa que la beben diariamente, ésto no lo hacen, por eso compréndelo bien.

Los susodichos Querandís nos han traído diariamente al real durante catorce días su escasez en pescado y carne y sólo fallaron un día en que no nos trajeron que comer. Entonces nuestro general don Pedro Mendoza envió en seguida un alcalde de nom­bre Juan Pavón y con él dos peones; pues estos susodichos indios estaban a cuatro leguas de nuestro real. Cuando él llegó donde aquellos estaban, se condujo de un modo tal con los indios que ellos, el alcalde y los dos peones, fueron bien apaleados; y des­pués dejaron volver los cristianos a nuestro real. Cuando el susodicho alcalde tomó al real, metió tanto alboroto que el capitán general don Pedro Mendoza envió a su hermano carnal don Jorge Mendoza con trescientos lansquenetes y treinta caballos bien pertrechados; yo en esto he estado presente. Entonces dispuso y mandó nuestro capitán general don Pedro Mendoza a su her­mano don Diego Mendoza, que él junto con nosotros diere muer­te y cautivara o apresara a los sobredichos Querandís y ocupara su lugar. Cuando nosotros llegamos a su pago sumaban los indios unos cuatro mil hombres, pues habían convocado a sus amigos.
En el capítulo VIII se narra la lucha entablada entre españoles y querandíes.

Y cuando nosotros quisimos atacarlos se defendieron ellos de tal manera que ese día tuvimos que hacer bastante con ellos; también habían dado muerte a nuestro capitán don Diego Mendoza y junto con él a seis hidalgos de a caballo; también mata­ron a tiros alrededor de veinte infantes nuestros y por el lado de los indios sucumbieron alrededor de 1000 hombres, más bien más que menos; y se han defendido muy valientemente contra nosotros, como bien lo hemos experimentado.

Los susodichos Querandís tienen para arma unos arcos de mano y dardos; éstos son hechos como medias lanzas y adelante en la punta tienen un filo hecho de pedernal. Y también tienen una bola de piedra y colocada en ella un largo cordel al igual como una bola de plomo en Alemania. Ellos tiran esta bola alrededor de las patas de un caballo o de un venado de modo que tiene que caer; así con esta bola se ha dado muerte a nuestro sobredicho capitán y sus hidalgos, pues yo mismo lo he visto; a nuestros infantes se los ha muerto con los susodichos dardos.

En esto, Dios el Todopoderoso nos dio su gracia divina que nosotros vencimos a los sobredichos Querandís y ocupamos su lugar; pero de los indios no pudimos apresar ninguno. En la sobredicha localidad los Querandíes hablan hecho huir sus mujeres e hijos antes de que nosotros los atacamos. Y en la locali­dad no hallamos nada fuera de corambre (cuero) sobado de nutrias u Otter, como se las llama y mucho pescado y harina de pescado, hecha de pescado, también manteca de pescado. Allí permaneci­mos tres días; después retornamos a nuestro real y dejamos unos cien hombres de nuestra gente; pues hay buenas aguas de pesca en ese mismo paraje, también hicimos pescar con las redes de ellos para que sacaran peces a fin de mantener la gente, pues no se daba más de seis medias onzas de harina de grano todos los días y tras el tercer día se agregaba un pescado a su comida. Y la pesca duró dos meses y quien quería comer un pescado te­nía que andar las cuatro leguas de camino en su busca.
En el capítulo IX, se cuenta el trágico episodio del hambre que sufrieron los españoles asentados en Buenos Aires.

Después que nosotros vinimos de nuevo a nuestro real, se re­partió toda la gente; la que era para la guerra se empleó en la guerra; y la que era para el trabajo se empleó en el trabajo. Allí se levantó un asiento y una casa fuerte para nuestro capitán general don Pedro Mendoza y un muro de tierra en derredor de la ciudad de una altura hasta donde uno puede alcanzar con un florete. Este muro era de tres pies de ancho y lo que se levantaba hoy se venía mañana de nuevo al suelo; a más la gente no tenía qué comer y se moría de hambre y padecía gran escasez. Se llegó al extremo de que los caballos no daban servicio. Fue tal la pena y el desastre del hambre que no bastaron ni ratas ni ratones, víboras ni otras sabandijas; también los zapatos y cueros, todo tuvo que ser comido.

Sucedió que tres españoles habían hurtado un caballo y se lo comieron a escondidas; y esto se supo; así se los prendió y se les dio tormento para que confesaran tal hecho; así fue pronto ini­ciada la sentencia que a los tres susodichos españoles se los con­denara y ajusticiara y se los colgara en una horca. Así se cumplió esto y se los colgó en una horca. Ni bien se los había ajusticiado y cada cual se fue a su casa y se hizo noche, aconteció en la misma noche por parte de otros españoles que ellos han cortado los muslos y unos pedazos de carne del cuerpo y los han llevado a su alojamiento y comido. También ha ocurrido entonces que un español se ha comido su propio hermano que estaba muerto. Esto ha sucedido en el año de 1535 en nuestro día de Corpus Cristí en la sobredicha ciudad de Buenos Aires.
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