Literatura. Curso: 2do. Año Profesores




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1655

Sin Miguel de Nepantla

Juana a los cuatro

Anda Juana charla que te charla con el alma, que es su compañera de adentro, mientras camina por la orilla de la acequia. Se siente de lo más feliz porque está con hipo y Juana crece cuando tiene hipo. Se detiene y se mira la sombra, que crece con ella, y con una rama la va midiendo después de cada saltito que le pega la barriga. También los volcanes crecían con el hipo, antes, cuando estaban vivos, antes de que los quemara su propio fuego. Dos de los volcanes humean todavía, pero ya no tienen hipo. Ya no crecen. Juana tiene hipo y crece. Crece.

Llorar, en cambio, encoge. Por eso tienen tamaño de cucarachas las viejitas y las lloronas de los entierros. Esto no lo dicen los libros del abuelo, que Juana lee, pero ella sabe. Son cosas que sabe de tanto platicar con el alma. También con las nubes conversa Juana.

Para charlar con las nubes, hay que trepar a los cerros o a las ramas más altas de los árboles.

Yo soy nube. Las nubes tenemos caras y manos. Pies, no.

GALEANO EDUARDO. Memoria del fuego. pág. 270
1659

San Miguel de Nepantla

Juana a los siete

Por el espejo ve entrar a la madre y suelta la espada, que se derrum­ba con estrépito de cañón, y pega Juana tal respingo que le queda toda la cara metida bajo el aludo sombrero.

-No estoy jugando -se enoja, ante la risa de su madre. Se libera del sombrero y asoman los bigotazos de tizne. Mal navegan las piernitas de Juana en las enormes botas de cuero; trastabilla y cae al suelo y patalea, humillada, furiosa; la madre no para de reír.

-¡No estoy jugando! -protesta Juana, con agua en los ojos. ¡Yo soy hombre! Yo iré a la universidad, porque soy hombre!

La madre le acaricia la cabeza.

-Mi hija loca, mi bella Juana. Debería azotarte por estas indecencias.

Se sienta a su lado y dulcemente dice: “Más te valía haber nacido tonta, mi pobre hija sabihonda”, y la acaricia mientras Juana empapa de lágrimas la vasta capa del abuelo.

Eduardo Galeano, Memoria del fuego.
1658

San Miguel de Nepantla

Un sueño de Juana

Ella deambula por el mercado de sueños. Las vendedoras han desplegado sueños sobre grandes paños en el suelo.

Llega al mercado el abuelo de Juana, muy triste porque hace mucho tiempo que no sueña. Juana lo lleva de la mano y lo ayuda a elegir sueños, sueños de mazapán o de algodón, alas para volar durmiendo, y se marchan los dos tan cargados de sueños que no habrá noche que alcance.

GALEANO EDUARDO. Memoria del fuego
1666

Ciudad de México

Juana a los dieciséis

En los navíos, la campana señala los cuartos de la vela marinera. En los socavones y en los cañaverales, empuja al trabajo a los sier­vos indios y a los esclavos negros. En las iglesias da las horas y anuncia misas, muertes y fiestas.

Pero en la torre del reloj, sobre el palacio del virrey de México, hay una campana muda. Según se dice, los inquisidores la descolgaron del campanario de una vieja aldea española, le arrancaron el badajo y la desterraron a las Indias, hace no se sabe cuántos años. Desde que el maese Rodrigo la creó en 1530, esta campana había sido siempre clara y obediente. Tenía, dicen, trescientas voces, según el toque que dictara el campanero, y todo el pueblo estaba orgu­lloso de ella. Hasta que una noche su largo y violento repique hizo saltar a todo el mundo de las camas. Tocaba a rebato la campana, desatada por la alarma o la alegría o quién sabe qué, y por primera vez nadie la entendió. Un gentío se juntó en el atrio mien­tras la campana sonaba sin cesar, enloquecida, y el alcalde y el cura subieron a la torre y comprobaron, helados de espanto, que allí no habla nadie. Ninguna mano humana la movía. Las autoridades acu­dieron a la Inquisición. El tribunal del Santo Oficio declaró nulo y sin valor alguno el repique de la campana, que fue enmudecida por siempre jamás y expulsada al exilio en México.

Juana Inés de Asbaje abandona el palacio de su protector, el virrey Mancera, y atraviesa la plaza mayor seguida por dos indios que cargan sus baúles. Al llegar a la esquina, se detiene y vuelve la mirada hada la torre, como llamada por la campana sin voz. Ella le conoce la historia. Sabe que fue castigada por cantar por su cuenta.

Juana marcha rumbo al convento de Santa Teresa la Antigua. Ya no será dama de corte. En la serena luz del claustro y la soledad de la celda, buscará lo que no puede encontrar afuera. Hubiera querido estudiar en la universidad los misterios del mundo, pero nacen las mujeres condenadas al bastidor de bordar y al marido que les eligen. Juana Inés de Asbaje se hará carmelita descalza, se llamará Sor Juana Inés de la Cruz.

GALEANO EDUARDO. Memoria del fuego
1681

Ciudad de México

Juana a los treinta

Después de rezar los maitines y los laúdes, pone a bailar un trompo en la harina y estudia los círculos que el trompo dibuja. Investiga el agua y la luz, el aire y las cosas. ¿Por qué el huevo se une en el aceite hirviente y se despedaza en el almíbar? En triángulos de alfileres, busca el anillo de Salomón. Con un ojo pegado al telescopio, caza estrellas.

La han amenazado con la Inquisición y le han prohibido abrir los libros, pero Sor Juana Inés de la Cruz estudia en las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras y de libro toda esta máquina universal.

Entre el amor divino y el amor humano, entre los quince misterios del rosario que le cuelga del cuello y los enigmas del mundo, se debate Sor Juana; y muchas noches pasa en blanco, orando, escribiendo, cuando recomienza en sus adentros la guerra inacabable entre la pasión y la razón. Al cabo de cada batalla, la primera luz del día entra en su celda del convento de las jerónimas y a Sor Juana le ayuda recordar lo que dijo Lupercio Leonardo, aquello de que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Ella crea poemas en la mesa y en la cocina hojaldres; letras y delicias para regalar, músicas del arpa de David sanando a Saúl y sanando también a David, alegrías del alma y de la boca condenadas por los abogados del dolor.

Sólo el sufrimiento te hará digna de Dios -le dice el confesor, y le ordena quemar lo que escribe, ignorar lo que sabe y no ver lo que mira.

GALEANO EDUARDO. Memoria del fuego
Ciudad de México

Juana a los cuarenta

Un chorro de luz blanca, luz de cal, acribilla a Sor Juana Inés de la Cruz, arrojada en el centro del escenario. Ella está de espaldas y mira hacia lo alto. Allá arriba un enorme Cristo sangra, abiertos los brazos, sobre la empinada tarima, forrada de terciopelo negro y erizada de cruces, espadas y estandartes. Desde la tarima, dos fiscales acusan.

Todo el mundo es negro, y negras son las capuchas que enmas­caran a los fiscales. Sin embargo, uno lleva hábito de monja y bajo la capucha asoman los rojizos rulos de la peluca: es el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, en el papel de Sor Filotea. El otro, Antonio Núñez de Miranda, confesor de Sor Juana, se representa a sí mismo. Su nariz aguileña, que abulta la capucha, se mueve como si quisiera soltarse del dueño.

SOR FILOTEA (Bordando en un bastidor).-Misterioso es el Señor. ¿Para qué, me pregunto, habrá puesto cabeza de hombre en el cuerpo de sor Juana? ¿Para que se ocupe de las rastreras noti­cias de la tierra? A los Libros Sagrados, ni se digna asomarse.

EL CONFESOR (Apuntando a Sor Juana con una cruz de madera).--¡Ingrata!

SOR JUANA (Clavados los ojos en Cristo, por encima de los fiscales).- Mal correspondo a la generosidad de Dios, en verdad. Yo sólo estudio por ver si con estudiar, ignoro menos, y a las cum­bres de la Sagrada Teología dirijo mis pasos pero muchas cosas he estudiado y nada, o casi nada, he aprendido. Lejos de mí las divinas verdades, siempre lejos... ¡Tan cercanas las siento a veces, y tan lejanas las sé! Desde que era muy niña... - A los cinco o seis años buscaba en los libros de mi abuelo esas llaves, esas claves... Leía, leía. Me castigaban y leía, a escondidas, buscando...

EL CONFESOR (A Sor Filotea).-Jamás acepté la voluntad de Dios. Ahora, hasta letra de hombre tiene. ¡Yo he visto sus versos manuscritos!

SOR JUANA.- Buscando... Muy temprano supe que las universidades no son para mujeres, y que se tiene por deshonesta a la que sabe más que el Padrenuestro. Tuve por maestros libros mudos y por todo condiscípulo, un tintero. Cuando me prohibieron los libros, como más de una vez ocurrió en este convento, me puse a estudiar en las cosas del mundo. Hasta guisando se pueden descubrir secretos de la naturaleza.

SOR FILOTEA.- ¡La Real y Pontificia Universidad de la Fritanga! ¡Por sede, una sartén!

SOR JUANA.- ¿Qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Pero si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito. Os causa risa, ¿verdad? Pues reíd, si os complace. Muy sabios se sienten los hombres; sólo por ser hombres. También a Cristo lo coronaron de espinas por rey de burlas.

EL CONFESOR (Se le borra la sonrisa; golpea la mesa con el puño).¡Habráse visto! ¡La pedante monjita! Como sabe hacer villanci­cos, se compara con el Mesías.

SOR JUANA.-También Cristo sufrió esta ingrata ley. ¿Por signo? ¡Pues muera! ¿Señalado? ¡Pues padezca!

EL CONFESOR.- ¡Vaya humildad!

SOR FILOTEA.-Vamos, hija, que escandaliza a Dios tan vocinglero orgullo...

SOR JUANA.- ¿Mi orgullo? (Sonríe, triste.) Tiempo ha que se ha gastado.

EL CONFESOR. –Como celebra el vulgo sus versos, se cree una elegida. Versos que avergüenzan a esta casa de Dios, exaltación de la carne... (Tose.) Malas artes de macho...

SOR JUANA.- ¡Mis pobres versos! Polvo, sombra, nada. La vana gloria, los aplausos... - ¿Acaso los he solicitado? ¿Qué revelación divina prohíbe a las mujeres escribir? Por gracia o maldición, ha sido el Cielo quien me hizo poeta.

EL CONFESOR (Mira al techo y alza las manos, suplicando).- ¡Ella ensucia la pureza de la fe y la culpa la tiene el Cielo!

SOR FILOTEA (Hace a un lado el bastidor de bordar y entrelaza los dedos sobre el vientre).-Mucho canta sor Juana a lo humano, y poco, poco a lo divino.

SOR JUANA.- ¿No nos enseñan los Evangelios que en lo terrenal se expresa lo celestial? Una fuerza poderosa me empuja la mano...

EL CONFESOR (Agitando la cruz de madera, como para golpear a Sor Juana desde lejos).-¿Fuerza de Dios o fuerza del rey de los soberbios?

SOR JUANA. - ... y escribiendo seguiré, me temo, mientras me dé sombra el cuerpo. Huía de mí cuando tomé los hábitos, pero, ¡miserable de mí!, trájeme a mí conmigo.

SOR FILOTEA.- Se baña desnuda. Hay pruebas.

SOR JUANA.- ¡Apaga, Señor, la luz de mi entendimiento! ¡Deja sólo la que baste para guardar Tu Ley! ¿No sobra lo demás en una mujer?

EL CONFESOR (Chillando, ronco, voz de cuervo).- ¡Avergüénzate! ¡Mortifica tu corazón, ingrata!

SOR JUANA.-Apágame. ¡Apágame, Dios mío!

La obra continua, con diálogos semejantes, hasta 1693.

GALEANO EDUARDO. Memoria del fuego
1693

Ciudad de México

Juana a los cuarenta y dos

Lágrimas de toda la vida, brotadas del tiempo y de la pena, le empapan la cara. En lo hondo, en lo triste, ve nublado el mundo: derrotada, le dice adiós.

Varios días le ha llevado la confesión de los pecados de toda su existencia ante el impasible, implacable padre Antonio Núñez de Miranda; y todo el resto será penitencia. Con tinta de su sangre escribe una carta al Tribunal Divino, pidiendo perdón.

Ya no navegarán sus velas leves y sus quillas graves por la mar de la poesía. Sor Juana Inés de la Cruz abandona los estudios huma­nos y renuncia a las letras. Pide a Dios que le regale olvido y elige el silencio, o lo acepta, y así pierde América a su mejor poeta.

Poco sobrevivirá el cuerpo a este suicidio del alma. Que se aver­güenza la vida de durarme tanto...

GALEANO EDUARDO. Memoria del fuego
Escriba la biografía de Sor Juana basándose en los relatos histórico-literarios de Eduardo Galeano y en el film “Yo la peor de todas”. Incluya los conectores necesarios para lograr un texto coherente.

Carta de Sor Filotea de la Cruz a Sor Juana Inés de la Cruz.(1690)*

(*Sor Filotea era, en realidad, el Obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz.)  

Señora mía:

He visto la carta de V. md. en que impugna las finezas de Cristo que discurrió el Reverendo Padre Antonio de Vieira en el Sermón del Mandato con tal sutileza que a los más eruditos ha parecido que, como otra Águila del Apocalipsis, se había remontado este singular talento sobre sí mismo, siguiendo la planta que formó antes el Ilustrísimo César Meneses, ingenio de los primeros de Portugal; pero a mi juicio, quien leyere su apología de V. md. no podrá negar que cortó la pluma más delgada que ambos y que pudieran gloriarse de verse impugnados de una mujer que es honra de su sexo.

Yo, a lo menos, he admirado la viveza de los conceptos, la discreción de sus pruebas y la enérgica claridad con que convence el asunto, compañera inseparable de la sabiduría; que por eso la primera voz que pronunció la Divina fue luz, porque sin claridad no hay voz de sabiduría. Aun la de Cristo, cuando hablaba altísimos misterios entre los velos de las parábolas, no se tuvo por admirable en el mundo; y sólo cuando habló claro, mereció la aclamación de saberlo todo. Éste es uno de los muchos beneficios que debe V. md. a Dios; porque la claridad no se adquiere con el trabajo e industria: es don que se infunde con el alma.

Para que V. md. se vea en este papel de mejor letra, le he impreso; y para que reconozca los tesoros que Dios depositó en su alma, y le sea, como más entendida, más agradecida: que la gratitud y el entendimiento nacieron siempre de un mismo parto. Y si como V. md. dice en su carta, quien más ha recibido de Dios está más obligado a la correspondencia, temo se halle V. md. alcanzada en la cuenta; pues pocas criaturas deben a Su Majestad mayores talentos en lo natural, con que ejecuta al agradecimiento, para que si hasta aquí los ha empleado bien (que así lo debo creer de quien profesa tal religión), en adelante sea mejor. No es mi juicio tan austero censor que esté mal con los versos -en que V. md. se ha visto tan celebrada-, después que Santa Teresa, el Nacienceno y otros santos canonizaron con los suyos esta habilidad; pero deseara que les imitara, así como en el metro, también en la elección de los asuntos.

No apruebo la vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras, pues tantas se aplicaron a este estudio, no sin alabanza de San Jerónimo. Es verdad que dice San Pablo que las mujeres no enseñen; pero no manda que las mujeres no estudien para saber; porque sólo quiso prevenir el riesgo de elación en nuestro sexo, propenso siempre a la vanidad. A Sarai la quitó una letra la Sabiduría Divina, y puso una más al nombre de Abraham, no porque el varón ha de tener más letras que la mujer, como sienten muchos, sino porque la “i” añadida al nombre de Sara explicaba temor y dominación. Señora mía se interpreta Sarai; y no convenía que fuese en la casa de Abraham señora la que tenía empleo de súbdita.
Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente. Notorio es a todos que el estudio y saber han contenido a V. md. en el estado de súbdita, y que la han servido de perfeccionar primores de obediente; pues si las demás religiosas por la obediencia sacrifican la voluntad, V. md. cautiva el entendimiento, que es el más arduo y agradable holocausto que puede ofrecerse en las aras de la Religión.
No pretendo, según este dictamen, que V. md. mude el genio renunciando los libros, sino que le mejore, leyendo alguna vez el de Jesucristo. Ninguno de los evangelistas llamó libro a la genealogía de Cristo, si no es San Mateo, porque en su conversión no quiso este Señor mudarle la inclinación, sino mejorarla, para que si antes, cuando publicano, se ocupaba en libros de sus tratos e intereses, cuando apóstol mejorase el genio, mudando los libros de su ruina en el libro de Jesucristo. Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será razón que se perfeccionen los empleos y que se mejoren los libros.

¿Qué pueblo hubo más erudito que Egipto? En él empezaron las primeras letras del mundo, y se admiraron los jeroglíficos.

Por grande ponderación de la sabiduría de José, le llama la Sagrada Escritura consumado en la erudición de los egipcios. Y con todo eso, el Espíritu Santo dice abiertamente que el pueblo de los egipcios es bárbaro: porque toda su sabiduría, cuando más, penetraba los movimientos de las estrellas y cielos, pero no servía para enfrenar los desórdenes de las pasiones; toda su ciencia tenía por empleo perfeccionar al hombre en la vida política, pero no ilustraba para conseguir la eterna. Y ciencia que no alumbra para salvarse, Dios, que todo lo sabe, la califica por necedad.
Así lo sintió Justo Lipsio (pasmo de la erudición), estando vecino a la muerte y a la cuenta, cuando el entendimiento está más ilustrado; que consolándole sus amigos con los muchos libros que había escrito de erudición, dijo señalando a un santocristo: Ciencia que no es del Crucificado, es necedad y sólo vanidad.
No repruebo por esto la lección de estos autores; pero digo a V. md. lo que aconsejaba Gersón: Préstese V. md., no se venda, ni se deje robar de estos estudios. Esclavas son las letras humanas y suelen aprovechar a las divinas; pero deben reprobarse cuando roban la posesión del entendimiento humano a la Sabiduría Divina, haciéndose señoras las que se destinaron a la servidumbre. Comendables son, cuando el motivo de la curiosidad, que es vicio, se pasa a la estudiosidad, que es virtud.

A San Jerónimo le azotaron los ángeles porque leía en Cicerón, arrastrado y no libre, prefiriendo el deleite de su elocuencia a la solidez de la Sagrada Escritura; pero loablemente se aprovechó este Santo Doctor de sus noticias y de la erudición profana que adquirió en semejantes autores.

No es poco el tiempo que ha empleado V. md. en estas ciencias curiosas; pase ya, como el gran Boecio, a las provechosas, juntando a las sutilezas de la natural, la utilidad de una filosofía moral.

Lástima es que un tan gran entendimiento, de tal manera se abata a las rateras noticias de la tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el Cielo; y ya que se humille al suelo, que no baje más abajo, considerando lo que pasa en el Infierno. Y si gustare algunas veces de inteligencias dulces y tiernas, aplique su entendimiento al Monte Calvario, donde viendo finezas del Redentor e ingratitudes del redimido, hallará gran campo para ponderar excesos de un amor infinito y para formar apologías, no sin lágrimas contra una ingratitud que llega a lo sumo. O que útilmente, otras veces, se engolfara ese rico galeón de su ingenio de V. md. en la alta mar de las perfecciones divinas. No dudo que sucedería a V. md. lo que a Apeles, que copiando el retrato de Campaspe, cuantas líneas corría con el pincel por el lienzo, tantas heridas hacía en su corazón la saeta del amor, quedando al mismo tiempo perfeccionado el retrato y herido mortalmente de amor del original el corazón del pintor.

Estoy muy cierta y segura que si V. md., con los discursos vivos de su entendimiento, formase y pintase una idea de las perfecciones divinas (cual se permite entre las tinieblas de la fe), al mismo tiempo se vería ilustrada de luces su alma y abrasada su voluntad y dulcemente herida de amor de su Dios, para que este Señor, que ha llovido tan abundantemente beneficios positivos en lo natural sobre V. md., no se vea obligado a concederla beneficios solamente negativos en lo sobrenatural; que por más que la discreción de V. md. les llame finezas, yo les tengo por castigos: porque sólo es beneficio el que Dios hace al corazón humano previniéndole con su gracia para que le corresponda agradecido, disponiéndose con un beneficio reconocido, para que no represada, la liberalidad divina se los haga mayores.

Esto desea a V. md. quien, desde que la besó, muchos años ha, la mano, vive enamorada de su alma, sin que se haya entibiado este amor con la distancia ni el tiempo; porque el amor espiritual no padece achaques de mudanza, ni le reconoce el que es puro si no es hacia el crecimiento. Su Majestad oiga mis súplicas y haga a V. md. muy santa, y me la guarde en toda prosperidad.

De este Convento de la Santísima Trinidad, de la Puebla de los Ángeles, y noviembre 25 de 1690.

B. L. M. de V. md. su afecta servidora

Filotea de la Cruz
Respuesta a Sor Filotea de la Cruz
En esto sí confieso que ha sido inexplicable mi trabajo; y así no puedo decir lo que con envidia oigo a otros: que nos les ha costado afán el saber. ¡Dichosos ellos! A mí no el saber (que aún no sé), sólo el desear saber me le ha costado tan grande (...). Yo confieso que me hallo muy distante de los términos de la sabiduría y que la he deseado seguir, aunque a longe1: pero todo ha sido acercarme más al fuego de la persecución, al crisol del tormento; y ha sido con tal extremo que han llegado a solicitar que se me prohíba el estudio.

Una vez lo consiguieron con una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas, de letras, y de libro toda esta máquina universal. (...).

Paseábame por un dormitorio nuestro y estaba observan­do que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo a nivel, la vista fingía que sus líneas se inclinaban una a otra y que techo estaba más bajo en lo distante que en lo pró­ximo: de donde infería que las líneas visuales corren rectas pero no paralelas, sino que van a formar figura piramidal. Y discurría si sería ésta la razón que obligó a los antiguos a dudar si el mundo era esférico o no. (...).

Este modo de reparos en todo me sucedía y sucede siempre, sin tener yo arbitrio en ello (...). Estaban en mi presencia dos niñas jugando con un trompo, y apenas yo vi el movimiento y la figura, cuando empecé con esta mi locura, a considerar el fácil modo de la forma esférica, y como duraba el impulso ya impreso e independiente de su causa (...) e hice traer harina y cernerla2 para que, en bailando el trompo encima, se conociera si eran círculos perfectos o no los que describía con su movimiento y hallé que no eran sino unas líneas espirales que iban perdiendo lo circular cuando se iban remitiendo el impulso (...).

Pues, ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos natu­rales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o el aceite y que, por el contrario, se despedaza en el almíbar, ver que para el azúcar se conserve fluida basta hecharle una mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria (...) y creo que os causará risa; pero, Señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo3, que bien, se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo de­cir viendo estas cosillas: si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito (...).

En una ocasión, por un accidente de estómago, me prohi­bieron los médicos el estudio y pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso el concedérmelos, porque eran tan grandes vehementes mis cogitaciones4, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días, y así se redujeron a que leyese (...).

Si éstos, Señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres), no lo hubieran sido en mí porque obro necesariamente. Si son culpa, por la misma razón creo que no la he tenido; más, con todo, vivo siempre tan descon­fiada de mí que ni en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio; y así remito la decisión a ese soberano talento sometiéndome luego a los que sentenciare, sin contradicción ni repugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi in­clinación a las letras (...).
1 A longe es una expresión latina que significa “a distancia”.

2 Cerner es separar con el cedazo o colador las partes más gruesas de la harina.

3 Lupercio Leonardo (1559-1613) fue un poeta español nacido en Huesca (Aragón), alabado por Lope de Vega por su forma clásica de hacer versos.

4 Cogitaciones son pensamientos o reflexiones.

Responde:

  1. Teniendo en cuenta la Respuesta a Sor Filotea, ¿cómo es la relación de sor Juana con el estudio?

  2. ¿Cuáles son los méritos que la sociedad celebra en los hombres y condena en las mujeres? Expliquen cuál es el papel de la mujer en la sociedad virreinal.

  3. Según sor Juana, ¿en qué lugar colocan los hombres a las mujeres?


ANÁLISIS DE POEMAS COMPARADOS
ARGUYE DE INCONSCIENTE EL GUSTO Y LA CENSURA DE LOS HOMBRES, QUE EN LAS MUJERES ACUSAN LO QUE CAUSAN. (Sor Juana)

Hombres necios, que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.

si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia

y luego con gravedad,

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco,

al niño que pone el coco,

y luego le tiene miedo.

Queréis con presunción necia,

hallar a la que buscáis,

para pretendida, Thais,

y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro,

que el que falto de consejo,

él mismo empaña el espejo

y siente que no esté claro?

Con el fervor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite es ingrata,

y si os admite es liviana.

Siempre tan necios andáis,

que con desigual nivel,

a una culpáis por cruel,

y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

s
Responder:

  1. ¿Cuál es la actitud de Sor Juana frente a los hombres?

  2. ¿De qué los culpa?

  3. ¿Qué lugar le da a la mujer?

  4. ¿Qué opinión te merece el poema?
i la que es ingrata ofende

y la que fácil enfada?

Más entre enfado y pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y quejáos enhorabuena.

Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas,

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada,

la que cae de rogada

o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquier mal haga,

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?

¿Pues para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,

y después, con más razón,

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia:

pues en promesa e instancia,

juntáis diablo, carne y mundo.

TÚ ME QUIERES BLANCA
Tú me quieres alba,

Me quieres de espumas,

Me quieres de nácar.

Que sea azucena

Sobre todas, casta.

De perfume tenue.

Corola cerrada.
Ni un rayo de luna

Filtrado me haya.

Ni una margarita

Se diga mi hermana.

Tú me quieres nívea,

Tú me quieres blanca,

Tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas

Las copas ha mano,

De frutos y mieles

Los labios morados.

Tú que en el banquete

Cubierto de pámpanos

Dejaste las carnes

Festejando a Baco.

Tú que en los jardines

Negros del Engaño

Vestido de rojo

Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto

Conservas intacto

No sé todavía

Por cuáles milagros,

Me pretendes blanca

(Dios te lo perdone)

Me pretendes casta

(Dios te lo perdone)

¡Me pretendes alba!
Huye hacia los bosques;

Vete a la montaña;

Límpiate la boca;

Vive en las cabañas;

Toca con las manos

La tierra mojada;

Alimenta el cuerpo

Con raíz amarga;

Bebe de las rocas;

Duerme sobre escarcha;

Renueva tejidos

Con salitre y agua;

Habla con los pájaros

Y lávate al alba.

Y cuando las carnes

Te sean tornadas,

Y cuando hayas puesto

En ellas el alma

Que por las alcobas

Se quedó enredada,

Entonces, buen hombre,

Preténdeme blanca,

Preténdeme nívea,

Preténdeme casta.
Alfonsina Storni.

Responder:

1-¿Qué postura adopta Alfonsina frente a los hombres?

2- ¿Qué papel desempeña el hombre? ¿Y la mujer?

3- ¿Cómo transmite su mensaje, con qué imágenes?

4-¿Cuál es tu opinión respecto al poema?
Señalen puntos de conexión entre los poemas leídos (semejanzas, diferencias, relación causa- efecto, temáticas, otros)
USTEDES Y NOSOTROS
Ustedes cuando aman

exigen bienestar

una cama de cedro

y un colchón especial.
nosotros cuando amamos

es fácil de arreglar

con sábanas que bueno

sin sábanas da igual
ustedes cuando aman

calculan interés

y cuando se desaman

calculan otra vez
nosotros cuando amamos

es como renacer

y si nos desamamos

no la pasamos bien
ustedes cuando aman

son de otra magnitud

hay fotos chismes prensa

y el amor es un boom
nosotros cuando amamos

es un amor común

tan simple y tan sabroso

como tener salud
ustedes cuando aman

consultan el reloj

porque el tiempo que pierden

vale medio millón
nosotros cuando amamos

sin prisa y sin fervor

gozamos y nos sale

barata la función.
ustedes cuando aman

al analista van

él es quien dictamina

si lo hacen bien o mal
nosotros cuando amamos

sin tanta cortedad

el subconsciente piola

se pone a disfrutar
ustedes cuando aman

exigen bienestar

una cama de cedro

y un colchón especial
nosotros cuando amamos

es fácil de arreglar

con sábanas qué bueno

sin sábanas da igual.
MARIO BENEDETTI
Luego de leer el poema de Benedetti, responde: ¿A quiénes alude el título? Fundamente.
BARROCO AMERICANO
Luego de leer los textos que corresponden a la parte teórica, realiza las siguientes actividades.


  1. Encuentren en la siguiente sopa de letras cinco sustantivos que se relacionan con las ideas, descubrimientos y sistemas de la Edad Moderna. Las palabras pueden estar ubicadas de manera horizontal o diagonal, y de izquierda a derecha.




C

A

P

I

L

I

O

N

A

R

F

U

D

S

C

M

E

R

C

A

D

O

C

Q

U

R

N

T

H

L

I

M

O

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B

U

R

G

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S

I

A

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I

R

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Q

U

E

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N

O

N

O

M

E

A

R

P

L

N

U

N

M

M

E

C

E

N

A

Z

G

O

A

A

E

C

O

N

T

I

N

O

U

T

L

A

E

L

I

N

I

T

N

M

O

I

L

T

P

L

C

O

M

T

I

V

N

E

A

I

A

P

E

D

E

T

R

Y

C

L

A

M

E

R

I

C

A

L

Z

T

I

C

O

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F

A

D

I

T

A
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