Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1




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Escena Segunda

Una calle

Entran OTELO, DESDÉMONA, CASSIO y acompañamiento

HERALDO.- Es gusto de Otelo, nuestro noble y valiente general, que, en vista de las noticias ciertas que acaban de recibirse, significando la pérdida pura y simple de la flota turca, los habitantes solemnicen este acontecimiento, unos por medio de bailes, otros con hogueras de regocijo, todos entregándose a las diversiones y fiestas a que les lleve su inclinación, pues además de estas felices noticias, hoy es el día de la celebración de su matrimonio. Esto es lo que por orden suya se proclama. Todos los tinelos del castillo están abiertos, y hay plena libertad para festejar desde la hora presente de las cinco hasta que la campana haya dado las once. ¡Los cielos bendigan la isla de Chipre y a nuestro noble general Otelo! (Salen.)

Escena Tercera

Sala en el castillo

Entran OTELO, DESDÉMONA, CASSIO y acompañamiento

OTELO.- Buen Miguel, atended a la guardia esta noche. Sepamos poner a nuestros placeres estos honrados límites, a fin de no rebasar nosotros mismos los linderos de la discreción.

CASSIO.- Iago ha recibido las instrucciones necesarias; pero, no obstante, inspeccionaré todo con mis propios ojos.

OTELO.- Iago es muy honrado. Buenas noches, Miguel. Mañana, lo más temprano que os sea posible, tengo que hablar con vos. Vamos, amor querido. (A Desdémona.) Hecha la adquisición, es menester gozar el fruto, y esta ventura está aún por llegar entre vos y yo. Buenas noches. (Salen Otelo, Desdémona yacompañamiento.) 2

Entra IAGO

CASSIO.- Bien venido, Iago. Debemos hacer la guardia.

IAGO.- No a esta hora, teniente; no han dado las diez aún. Nuestro general nos ha despedido tan pronto por amor de su Desdémona, y no podemos ciertamente censurarlo; todavía no se ha refocilado con ella de noche, y es bocado digno de Júpiter.

CASSIO.- Es una dama exquisitísima.

IAGO.- Y que le gusta el regodeo, os lo garantizo.

CASSIO.- Es, en verdad, la criatura más lozana y deliciosa.

IAGO.- ¡Qué ojos tiene! ¡Parece que tocan una llamada a la provocación!

CASSIO.- Unos ojos incitantes; y, sin embargo, diría que su mirada es sumamente modesta.

IAGO.- Y cuando habla, ¿no suena su voz como una alarma amorosa?

CASSIO.- Es, en verdad, la perfección misma.

IAGO.- Bien; que la felicidad sea entre sus sábanas. Venid, teniente, tengo media azumbre de vino, y ahí fuera aguardan un par de galanes de Chipre, que de buena sana beberían una medida a la salud del atezado Otelo.

CASSIO.- Esta noche no, buen Iago; tengo una cabeza de las más débiles y desdichadas para la bebida.

Quisiera que la cortesanía inventara algún otro modo de agasajo.

IAGO.- ¡Oh! Son amigos nuestros. Una copa tan sólo. Yo beberé por vos.

CASSIO.- No he bebido esta noche más que una sola copa, y ésa prudentemente bautizada, y ved, no obstante, qué perturbación ha causado en mí. Me aflige esta flaqueza, y no me atrevería a imponer la carga de una segunda copa a mi debilidad.

IAGO.- ¡Qué hombre! Ésta es una noche de fiesta; lo desean los galanes.

CASSIO.- ¿Dónde están?

IAGO.- Ahí en la puerta. Por favor, decidles que entren.

CASSIO.- Lo haré; pero me disgusta. (Sale Cassio.)

IAGO.- Si puedo inducirle a que acepte siquiera una copa, con lo que ya ha bebido esta noche, se pondrá tan pendenciero y agresivo como el perro de mi joven dama. Por su parte, mi loco imbécil de Rodrigo, a quien el amor ha vuelto ya casi el cerebro del revés, bebe esta noche, copa tras copa, en honor de Desdémona y forma parte de la guardia. También he regado esta noche con abundantes libaciones a los tres mancebos de Chipre (espíritus nobles e hirvientes, singularmente meticulosos en punto de honor, verdaderos elementos -agua, fuego, aire y tierra- de esta isla), que están asimismo de guardia. Ahora, entre esta bandada de borrachos, haré que nuestro Cassio cometa alguna acción que pueda ofender a la isla. Pero helos que vienen aquí. Si las consecuencias responden al plan que he soñado, mi barca navegará libremente contra viento y marca.

Vuelve a entrar CASSIO, seguido de MONTANO y otros CABALLEROS, con criados que traen vino

CASSIO.- ¡A fe de Dios, ya me han dado un vaso lleno!

MONTANO.- Bien poco, por mi buena fe; ni siquiera una pinta, como soy soldado.

IAGO.- ¡Venga vino, hola! (Canta.)

Y dejadme sonar, sonar el potín;

y dejadme sonar el potín;

el soldado es un hombre,

la vida es sólo un instante;

beba, pues, el soldado hasta el fin.

¡Vino, muchachos!

CASSIO.- ¡Por el cielo, una excelente canción!

IAGO.- La aprendí en Inglaterra, donde, por cierto, se hallan los más bravos bebedores. Vuestro danés, vuestro germano y vuestro panzudo holandés -¡a beber, hola!- no valen nada comparados con vuestro inglés.

CASSIO.- ¿Tan experto bebedor es vuestro inglés?

IAGO.- ¡Pardiez! Os bebe con una facilidad que dejará pálido como la muerte a vuestro danés; no ha menester que sude para derribar a vuestro alemán; y en cuanto a vuestro holandés, le provocará un vómito antes de que llene el segundo vaso.

CASSIO.- ¡A la salud de nuestro general!

MONTANO.- Os la acepto, teniente, y beberé antes que vos.

IAGO.- ¡Oh, dulce Inglaterra! (Canta.)

El rey Esteban fue un digno par,

su calzas le costaban sólo una corona;

hallábalas muy caras a seis peniques;

y así llamaba granuja al sastre.

Era un galán de alto renombre,

y tú sólo eres de baja condición.

El orgullo es el que pierde a la nación.

Echa, por tanto, tu capa vieja sobre ti.

¡Venga vino, hola!

CASSIO.- Pardiez, esta canción es más linda que la otra.

IAGO.- ¿Queréis oírla de nuevo?

CASSIO.- No; pues creo que es indigno de su puesto el que hace estas cosas... Bien... Dios está por encima de todo; y hay almas que se salvarán y otras que no se salvarán.

IAGO.- Es cierto, mi buen teniente.

CASSIO.- Por lo que a mí respecta... -sin ofender al general ni a ningún hombre de rango...-, espero salvarme.

IAGO.- Y yo también, teniente.

CASSIO.- Sí, pero con vuestro permiso, no primero que yo... El teniente ha de salvarse antes que el alférez... Pero no hablemos más de esto. Ocupémonos de nuestros asuntos... ¡Perdonadnos nuestros pecados!... Señores, atendamos a nuestros asuntos. ¡No creáis que estoy bebido, señores!... He aquí a mi alférez... Ésta es mi mano derecha, y ésta mi izquierda... No estoy borracho aún. Puedo tenerme muy bien, y hablo bastante acorde.

TODOS.- ¡Perfectamente bien!

CASSIO.- Pues muy bien entonces. Conque, no debéis pensar que estoy borracho. (Sale.)

MONTANO.- ¡A la explanada, maeses; vamos, montemos la guardia!

IAGO.- Ya veis ese camarada que acaba de marcharse... Es un soldado digno de servir al lado28 de César y de mandar en jefe. Y, sin embargo, notad su vicio. Hace un equinoccio exacto con su virtud; el uno es tan largo como la otra. ¡Qué lástima! Temo que la confianza que en él deposita Otelo no provoque una perturbación en esta isla, si su debilidad se manifiesta en tiempo inoportuno.

MONTANO.- Pero ¿está así con frecuencia?

IAGO.- Ese estado sirve casi siempre de prólogo a su sueño. Permanecería sin dormir una doble vuelta de reloj si la embriaguez no arrullara su cuna.

MONTANO.- Estaría bien que el general fuese informado de ello. Quizá no lo note, o que su bondad natural, apreciando tan sólo las virtudes que aparecen en Cassio, no preste atención a sus defectos. ¿No es verdad?

Entra RODRIGO

IAGO.- (Aparte.) ¡Hola, Rodrigo! ¡Por favor, corred detrás del teniente; andad! (Sale Rodrigo.)

MONTANO.- Y es muy de sentir que el noble moro arriesgue un puesto tan importante como el de su segundo en las manos de un hombre a quien domina un vicio tan arraigado. Sería una acción loable hablar de

ello al moro.

IAGO.- No seré yo quien lo haga, por esta bella isla. Quiero bien a Cassio, y haría cualquier cosa por curarle de ese defecto. Pero ¡escuchad! ¿Qué ruido es ése?

VOCES.- (Dentro.) ¡Auxilio! ¡Auxilio!

Entra CASSIO, persiguiendo a RODRIGO

CASSIO.- ¡Sinvergüenza! ¡Canalla!

MONTANO.- ¿Qué ocurre, teniente?

CASSIO.- ¡Un bribón!... ¡Enseñarme mi deber! ¡Voy a aplastar al bellaco hasta encajarlo en una cesta de mimbres!

RODRIGO.- ¡Aplastarme!

CASSIO.- ¡Cómo! ¿Chachareas, belitre? (Golpeando a Rodrigo.)

MONTANO.- Vaya, buen teniente; os lo ruego, señor, tened vuestra mano.

CASSIO.- ¡Dejadme, señor, u os aporrearé los cascos!

MONTANO.- ¡Vamos, vamos, estáis ebrio!

CASSIO.- ¡Ebrio! (Se baten.)

IAGO.- (Aparte a Rodrigo.) ¡Pronto, digo! ¡Corred y gritad: «¡Un motín!»! (Sale Rodrigo.) ¡Vamos, buen teniente!... ¡Ay, caballeros!... ¡Auxilio, hola!... ¡Señor Montano!... ¡Señor!... ¡Auxilio, señores!... ¡He aquí una linda guardia, en verdad!... (Toca a rebato una campana.) ¿Quién toca esa campana? ¡Diablo, eh! ¡La ciudad va a levantarse! ¡Poder de Dios!... ¡Teneos, teniente! ¡Os veréis para siempre deshonrado!

Vuelve a entrar OTELO, con personas del séquito

OTELO.- ¿Qué pasa aquí?

MONTANO.- ¡Voto a Dios! ¡Sangro sin cesar! ¡Estoy herido de muerte!

OTELO.- ¡Teneos, por vuestras vidas!

IAGO.- ¡Teneos, eh, teniente!... ¡Señor Montano! ¡Caballeros!... ¿Habéis perdido todo sentimiento del lugar en que estamos y de vuestros deberes?... ¡Teneos! ¡El general os habla! ¡Teneos, por pudor!

OTELO.- ¡Alto! ¡Hola! ¡Eh! ¿Cómo ha ocurrido esto? ¿Nos hemos vuelto turcos y hacemos contra

nosotros mismos lo que el cielo no nos ha permitido hacer contra los otomanos? ¡Por pudor cristiano, cesad en esta querella bárbara! ¡El que dé un paso para tratar de satisfacer su furia, tiene en poco su alma! ¡Muere al primer movimiento! ¡Que calle esa terrible campana, que llena de espanto hasta poner fuera de sí a los habitantes de la isla!... ¿Qué sucede, señores? Honrado Iago, tú, que tienes aire de morir de pesar, habla.

¿Quién ha comenzado esta riña? Te lo mando, por tu afecto.

IAGO.- Lo ignoro... Eran amigos ahora, hace un instante, en este cuartel, y en tan buenas relaciones como novio y novia cuando, recién casados, se desnudan para ir al lecho; y, de repente (como si algún planeta hubiera sembrado la locura), tiran de sus espadas y se arrojan, pecho a pecho, uno contra otro en lucha sangrienta. No puedo decir quién fue el que empezó esta reyerta extraña, y quisiera haber perdido en una acción gloriosa estas piernas que me han traído aquí para que la presencie.

OTELO.- ¿Cómo es posible, Miguel, que os hayáis olvidado de vos mismo hasta este extremo?

CASSIO.- Os lo ruego, perdonadme; no puedo hablar.

OTELO.- Digno Montano, siempre habéis sido correcto. El mundo ha notado vuestra gravedad y la placidez de vuestra juventud, y vuestro nombre es altamente estimado por los censores más sesudos. ¿Qué ha sucedido, pues, para que deslustréis así vuestra reputación y consintáis en trocar la rica estima de que gozáis por la calificación de quimerista nocturno? Dadme una respuesta

MONTANO.- Notable Otelo, estoy herido de cuenta. Vuestro oficial, Iago, puede informaros mientras ahorro palabras que ahora me producen un poco de malestar- de todo cuanto sé. Ni por mi parte creo haber dicho ni hecho nada censurable esta noche, a menos que el cuidado de sí propio sea a veces un vicio y el defendernos cuando la violencia nos ataca, un pecado.

OTELO.- ¡Por el cielo!, la sangre comienza ahora a regirme, en lugar de mis facultades más tranquilas; y la pasión, ennegreciendo mi mejor juicio, trata de guiar mi conducta. ¡Si me muevo tan sólo o levanto este brazo, el mejor de vosotros va a sucumbir bajo mi castigo! Decidme cómo ha empezado esta odiosa querella; quién la promovió, y el que sea reconocido culpable de esta falta así fuera mi hermano gemelo, nacido a la misma hora que yo, me perderá para siempre. ¡Cómo! ¡Venir a levantar una rencilla particular y doméstica en una ciudad de guerra, todavía agitada, el corazón de cuyos habitantes está henchido de miedo, en plena noche y en el cuerpo de guardia, y de seguridad! ¡Es monstruoso! -Iago, ¿quién la empezó?

MONTANO.- Si por camaradería o espíritu de cuerpo faltas en lo más mínimo a la verdad, no eres soldado.

IAGO.- No me toquéis tan de cerca. Preferiría que se me arrancase esta lengua de la boca antes que ofender a Miguel Cassio. Sin embargo, estoy seguro de que, diciendo la verdad, no le perjudicaré en nada.

He aquí lo que ha sucedido, general: Estábamos Montano y yo de charla, cuando viene un individuo gritando: «¡Auxilio!» y Cassio persiguiéndole con la espada tendida y decidido a descargar un golpe sobre él. Señor, este caballero colocose delante de Cassio para rogarle que se contuviera, y yo mismo me lancé tras el individuo que gritaba, de miedo que con sus clamores -como ha pasado- no sembrara el terror en la ciudad. Pero él, ágil de talones, me impidió que lograra mi objeto, y volví, tanto más rápido cuanto escuché el choque y caída de espadas y a Cassio jurando en altas voces lo que jamás hasta esta noche hubiera podido afirmar. Cuando hube retornado (porque esto fue breve), les hallé el uno contra el otro, en guardia y esgrimiendo, exactamente en la situación en que estaban cuando llegasteis para separarlos. No puedo decir otra cosa de este asunto... Pero los hombres son hombres; los mejores se olvidan a veces... Aunque Cassiohaya maltratado un poco a este caballero -pues cuando los hombres se hallan enfurecidos hieren a aquellos que más aprecian-, sin embargo, creo yo que Cassio ha recibido seguramente de parte del que huyó algún ultraje extraordinario que la paciencia no podía tolerar.

OTELO.- Sé, Iago, que tu honradez y tu amistad te inducen a atenuar el hecho, para que pese menos sobre Cassio.- Cassio, te estimo; pero no serás nunca más mi oficial.

Vuelve a entrar DESDÉMONA, con su séquito

¡Mirad si mi gentil amada no se ha despertado!... (A Cassio.) ¡Haré contigo un escarmiento!

DESDÉMONA.- ¿Qué pasa?

OTELO.- Todo acabó, dulce prenda; vamos al lecho. (A Montano.) Señor, yo mismo seré el cirujano de vuestras heridas. Conducidle. (Se llevan a Montano.) Iago, recorre con cuidado la ciudad y apacigua a los que esta querella vil haya alarmado.- Venid, Desdémona; es la vida del soldado: despertarse de su balsámico sueño por los ruidos del combate. (Salen todos, menos Iago y Cassio.)

IAGO.- ¡Cómo! ¿Estáis herido, teniente?

CASSIO.- Sí, y sin remedio posible.

IAGO.- ¡Pardiez, no quieran los cielos!

CASSIO.- ¡Reputación, reputación, reputación!... ¡Oh! ¡He perdido mi reputación!... He perdido la parte inmortal de mi ser, y lo que me resta es bestial... ¡Mi reputación, Iago, mi reputación!

IAGO.- Tan cierto como soy hombre honrado, creí que habíais recibido alguna herida corporal; éstas sonmás graves que las de la reputación. La reputación es un prejuicio inútil y engañoso, que se adquiere amenudo sin mérito y se pierde sin razón. No habéis perdido reputación ninguna, a menos que vos mismo la reputéis perdida. ¡Qué, hombre! Aún hay medios de recobrar el favor del general. Habéis sido lanzado ahora en un momento de mal humor, castigo impuesto más por política que por malignidad, tal como uno cuando apalease a su perro inofensivo para espantar a un imperioso león. Suplicadle otra vez, y será vuestro.

CASSIO.- Antes le suplicaré que me desprecie que engañar a tan buen comandante, proponiéndole un oficial tan ligero, tan dado a la bebida y tan imprudente... ¡Emborracharse! ¡Y parlotear como un loro! ¡Y disputar! ¡Baladronear! ¡Jurar! ¡Y discursear como un pelafustán con su propia sombra...! ¡Oh tú, espíritu invisible del vino! ¡Si careces de nombre con que se te pueda conocer, llamémoste demonio!

IAGO.- ¿A quién perseguíais con vuestra espada? ¿Qué os había hecho?

CASSIO.- No lo sé.

IAGO.- ¿Es posible?

CASSIO.- Recuerdo un cúmulo de cosas, mas nada distintamente; una querella, pero ignoro por qué...

¡Oh! ¡Que los hombres se introduzcan un enemigo en la boca para que les robe los sesos! ¡Que constituya para nosotros alegría, complacencia, júbilo y aplauso convertirnos en bestias!

IAGO.- Vamos, ya estáis bastante sereno. ¿Cómo os habéis restablecido tan pronto?

CASSIO.- Plugo al diablo. Embriaguez cede el sitio al demonio de la ira. Una imperfección me muestra a la otra, para que pueda francamente despreciarme a mí mismo.

IAGO.- Vamos, sois un moralista bastante severo. Considerando la hora, el lugar y la situación del país, hubiera deseado de todo corazón que esto no hubiese ocurrido; pero, puesto que las cosas han pasado así, enmendadlas en provecho propio.

CASSIO.- Le pediré de nuevo mi plaza; ¡me responderá que soy un borracho! Aunque tuviera yo tantas bocas como la hidra, semejante contestación las cerraría todas. ¡Ser hace un momento un hombre razonable, convertirse de pronto en imbécil y hallarse acto seguido hecho una bestia! ¡Oh, qué extraña cosa!... Cada copa de más es una maldición, y el ingrediente, un diablo.

IAGO.- Vamos, vamos, el buen vino es un buen compañero, si se le trata bien. No claméis más contra él. Por cierto, buen teniente, supongo creeréis que os estimo.

CASSIO.- Bien lo he experimentado, señor... ¡Borracho yo!

IAGO.- Vos y todo hombre viviente puede embriagarse en un momento dado, amigo. Voy a deciros lo que tenéis que hacer. La mujer de vuestro general es ahora el general... Puedo decirlo así, ya que ahora se ha dedicado por entero a la contemplación, a la admiración y al culto de sus cualidades y gracias... Confesaos a ella francamente, pedidla hasta mostraros importuno su ayuda para recobrar vuestro puesto. Es de una naturaleza tan generosa, tan sensible, tan amable, tan angélica, que su virtud considera como un vicio no hacer más de lo que se le pide. Suplicadla que entablille esta juntura rota entre vos y su marido, y apuesto mi fortuna contra cualquier cosa que valga la pena de nombrarse a que vuestra afección recíproca se convertirá en más fuerte después de esta fractura.

CASSIO.- Me dais un buen consejo.

IAGO.- Protesto que es con toda la sinceridad de mi afecto y mi honrada bondad.

CASSIO.- Lo creo francamente, y mañana a primera hora suplicaré a la virtuosa Desdémona que interceda por mí. Desespero de mi suerte, si fracaso en esta solicitación.

IAGO.- Estáis en el verdadero camino. Buenas noches, teniente. Es menester que atienda a la guardia.

CASSIO.- Buenas noches, honrado Iago. (Sale.)

IAGO.- ¿Y quién se atrevería a decir que represento el papel del villano, cuando el consejo que doy es honrado y sincero, de una realización probable y el único medio, en verdad, de aplacar al moro? En efecto, es muy fácil inclinar a la complaciente Desdémona a toda honrada solicitación. Está fabricada de una naturaleza tan liberal como los libres elementos. Y en cuanto a ganar al moro, es para ella una tarea fácil - aun cuando se tratara de renunciar a su bautismo, a todos los sellos y a todos los símbolos de redención-, pues su alma se halla tan agarrotada en los lazos de su amor, que Desdémona puede hacer y deshacer, como plazca a su capricho representar el papel de Dios con su débil resistencia. ¿En qué soy, pues, un malvado, porque aconsejo a Cassio la línea de conducta que ha de llevarle directamente al logro de su bien?

¡Divinidad del infierno!... Cuando los demonios quieren sugerir los más negros pecados, principian por ofrecerlos bajo las muestras más celestiales, como hago yo ahora. Pues mientras este honrado imbécil solicite apoyo de Desdémona para reparar su fortuna, y ella abogue apasionadamente en favor suyo acerca del moro, insinuaré en los oídos de Otelo esta pestilencia, de que intercede por él por lujuria del cuerpo; ycuando más se esfuerce ella en servir a Cassio, tanto más destruirá su crédito ante el moro. Así, la enviscaréen su propia virtud y extraeré de su propia generosidad la red que coja a todos en la trampa.

Entra RODRIGO

¿Qué hay, Rodrigo?

RODRIGO.- Sigo aquí la cacería, no como el sabueso que levanta la pieza, sino como el lebrel que sólo aúlla en la jauría. Mi dinero está casi agotado; esta noche he sido apaleado de lo lindo, y creo que el desenlace de todo esto consistirá en la experiencia que habré sacado a costa de mis sinsabores. Y así, sin dinero ninguno y con un poco más de seso, me volveré a Venecia.

IAGO.- ¡Qué pobres gentes las que carecen de paciencia! ¿Qué herida se ha curado sino poco a poco?

Sabes que obramos por ingenio y no por brujería. Y el ingenio se sujeta a las dilaciones del tiempo. ¿Es que no marchan bien las cosas? Cassio te ha apaleado, y tú, a cambio de una ligera contusión, has dejado cesante a Cassio. Aunque hay muchas cosas que crecen lozanas bajo el sol, sin embargo, los frutos que florecen primero son también los primeros en madurar. Ten paciencia un instante... ¡Por la misa, está amaneciendo!

El placer y la acción hacen aparecer breves las horas. Retírate. Ve adonde indique tu boleta de alojamiento.

Parte, digo; sabrás más cosas después. ¡Anda, márchate! (Sale Rodrigo.) Dos cosas hay que hacer... mi esposa debe disponer a su ama en favor de Cassio. Voy a prepararla, y yo, al mismo tiempo, tendré cuidado de llevar al moro aparte y conducirle precisamente en el momento en que pueda hallar a Cassio solicitando a su mujer... ¡Sí, ése es el medio! ¡No dejemos que este plan languidezca por frialdad y demora! (Sale.)
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