Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1




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Acto Quinto

Escena Primera

Chipre.-Una calle

Entran IAGO y RODRIGO

IAGO.- Aquí, ponte detrás de este saledizo; vendrá en seguida. Lleva desnuda tu buena tizona, y vete al bulto. ¡Pronto, pronto! No temas nada. Estaré a tus codos. Esto nos salva o nos pierde; piénsalo bien, y tente firme en tu resolución.

RODRIGO.- Colócate a mano; puedo fallar el golpe.

IAGO.- Heme aquí a tu lado, y ponte en guardia. (Se retira a corta distancia.)

RODRIGO.- No tengo fe en la empresa; y, sin embargo, me ha dado razones satisfactorias. No es másque un hombre menos. ¡Afuera, espada mía! ¡Morirá! (Se pone en guardia.)

IAGO.- He restregado esta joven pústula casi hasta lo vivo, y vedle inflamarse de cólera. Ahora, que mate a Cassio, o que Cassio le mate a él, o que se maten ambos, por cualquier camino salgo ganancioso. Si sobrevive Rodrigo, me requerirá para hacerle restitución del oro y las joyas que le he sonsacado bajo pretexto de presentes a Desdémona. Esto no debe ser. Si Cassio subsiste, hay en su vida una hermosura cotidiana que hará fea la mía; y, además, el moro podría desenmascararme ante él. Me hallo en gran peligro. No, debe morir... Pero chitón, oigo que viene.

Entra CASSIO

RODRIGO.- Conozco sus pasos, es él. ¡Villano, eres muerto! (Tira una estocada a Cassio.)

CASSIO.- Esta estocada me hubiera sido funesta, en verdad; pero mi cota es mejor de lo que tú suponías.

¡Voy a poner la tuya a prueba! (Desenvaina y hiere a Rodrigo.)

RODRIGO.- ¡Oh, muerto soy! (Iago hiere por detrás a Cassio en una pierna, y sale.)

CASSIO.- ¡Estoy lisiado para siempre! ¡Socorro, hola! ¡Al asesino! ¡Al asesino! (Cae.)

Entra OTELO a distancia

OTELO.- ¡La voz de Cassio!... ¡Iago cumple su palabra!

RODRIGO.- ¡Oh, qué villano soy!

OTELO.- ¡Es muy verdad!

CASSIO.- ¡Oh, auxilio! ¡Hola! ¡Luz! ¡Un cirujano!

OTELO.- ¡Es él!... ¡Oh, bravo Iago! ¡Hombro honrado y justo, que posees tan noble sentimiento del ultraje hecho a tu amigo! ¡Tú me enseñas mi deber!... ¡Favorita, vuestro amante yace muerto y vuestra hora maldita se acerca! ¡Ya estoy aquí, prostituta! ¡Quedan borrados de mi corazón esos hechizos, tus ojos! ¡Tulecho, mancillado por la lujuria, será manchado con sangre lujuriosa! (Sale.)

Entran LUDOVICO y GRACIANO, a distancia

CASSIO.- ¡Eh! ¡Hola! ¿No hay ronda? ¿Ni un transeúnte? ¡Al asesino! ¡Al asesino!

GRACIANO.- Es algún accidente desgraciado. ¡La voz es verdaderamente pavorosa!

CASSIO.- ¡Oh, socorro!

LUDOVICO.- ¡Escuchad!

RODRIGO.- ¡Oh, miserable malvado!

LUDOVICO.- Dos o tres gimen... Es una noche oscura. Pueden ser lamentos engañosos. Guardémonos de acercamos al sitio de donde parten sin más amparo.

RODRIGO.- ¿Nadie viene? Entonces me desangraré hasta morir. LUDOVICO.- ¡Escuchad!

GRACIANO.- ¡Aquí llega uno en camisa, con luz y armas!

Vuelve a entrar IAGO con una luz

IAGO.- ¿Quién va? ¿Quién arma tanto estrépito gritando: «¡Al asesino!»?

LUDOVICO.- No lo sabemos.

IAGO.- ¿No habéis oído gritar?

CASSIO.- ¡Aquí, aquí! ¡En nombre del cielo, auxiliadme!

IAGO.- ¿Qué ocurre?

GRACIANO.- Es el alférez de Otelo, si no me engaño.

LUDOVICO.- El mismo, en verdad; un camarada muy valiente.

IAGO.- ¿Quién sois, que gritáis aquí de una manera tan dolorosa?

CASSIO.- ¿Iago?... ¡Oh! ¡Estoy aquí inutilizado, asesinado por miserables! Préstame algún auxilio.

IAGO.- ¡Ay de mí, teniente! ¿Qué villanos han hecho esto?

CASSIO.- Pienso que uno de ellos está aquí muy próximo y en un estado que no le permite marcharse.

IAGO.- ¡Oh, traidores malvados!... (A Ludovico y Graciano.) ¿Quiénes estáis ahí? Venid y prestad alguna ayuda.

RODRIGO.- ¡Oh, favor aquí!

CASSIO.- ¡Ése es uno de ellos!

IAGO.- ¡Oh, vil asesino! ¡Oh, miserable! (Apuñala a Rodrigo.)

RODRIGO.- ¡Oh, maldito Iago! ¡Oh, inhumano perro!... ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

IAGO.- ¡Matar a los hombres en las tinieblas!... ¿Dónde están esos ladrones sanguinarios?... ¡Qué silencio reina en la ciudad!... ¡Hola! ¡Al asesino! ¡Al asesino!... ¿Quién podéis ser vosotros? ¿Sois gente de bien o de mal?

LUDOVICO.- Juzgadnos cuando nos hayáis puesto a prueba.

IAGO.- ¿El signor Ludovico?

LUDOVICO.- El propio, señor.

IAGO.- Os pido perdón. Ved aquí a Cassio herido por villanos.

GRACIANO.- ¡Cassio!

IAGO.- ¿Cómo os va, hermano?

CASSIO.- Mi pierna está partida en dos.

IAGO.- ¡Pardiez, no lo permita el cielo!... ¡Luz, caballeros!... Voy a vendarle con mi camisa.

Entra BLANCA

BLANCA.-¿Qué ocurre? ¡Hola! ¿Quién gritaba?

IAGO.- «¿Quién gritaba?»

BLANCA.- ¡Oh, mi querido Cassio! ¡MidulceCassio! ¡Oh, Cassio! ¡Cassio! ¡Cassio!

IAGO.- ¡Oh, notable bribona!... Cassio, ¿sospecháis quiénes sean los que así os han lisiado?

CASSIO.- No.

GRACIANO.- Estoy afligido de hallaros en este estado. Iba en busca vuestra.

IAGO.- Prestadme una liga... Así... ¡Oh, que no tuviéramos una litera para trasladarle fácilmente de aquí!

BLANCA.- ¡Ay, se desvanece! ¡Oh, Cassio! ¡Cassio! ¡Cassio!

IAGO.- Caballeros, sospecho que esta porquería aquí presente sea cómplice en la infamia... Paciencia un instante, buen Cassio. Marchemos, marchemos. Dadme una luz, ¿Conocemos esta cara, o no? ¡Ay! ¿Mi amigo y querido compatriota Rodrigo?... No. ¡Sí, de seguro!... ¡Oh, cielos! ¡Rodrigo!

GRACIANO.- ¡Cómo! ¿El de Venecia?

IAGO.- El mismo, señor. ¿Le conocíais?

GRACIANO.- ¡Que si le conocía! Sí.

IAGO.- ¿Il signor Graciano? Os pido vuestro gentil perdón. Estos accidentes sanguinarios deben disculpar mi falta de cortesía por haberos olvidado de tal manera.

GRACIANO.- Me alegro de veros.

IAGO.- ¿Cómo os halláis, Cassio? ¡Oh! ¡Una litera, una litera!

GRACIANO.- ¡Rodrigo!

IAGO.- ¡Él, él mismo! ¡Es él! (Traen una litera) ¡Oh, bien hecho!... La litera. Que algún hombre de bien le lleve cuidadosamente de aquí. Voy en busca del cirujano del general. (A Blanca.) En cuanto a vos, señora, ahorraos vuestro trabajo. -El que yace aquí asesinado, Cassio, era mi querido amigo. ¿Qué disentimiento había entre vos?

CASSIO.- Ninguno en el mundo; ni conocía a ese hombre.

IAGO.- (A Blanca.) ¡Cómo! ¿Palidecéis?- ¡Oh, sacadle al aire! (Cassio y Rodrigo son sacados afuera.)

Esperaos, buenos caballeros.- ¿Estáis pálida, señora?- ¿No advertís el terror de sus ojos?- Pardiez, si estáis ya sobrecogida de espanto, sabremos más en seguida. ¡Contempladla bien! Por favor, miradla. ¿Lo notáis, señores? ¡La culpabilidad habrá de rebelarse, aun cuando la lengua está muda!

Entra EMILIA

EMILIA.- ¡Ay! ¿Qué sucede? ¿Qué sucede, esposo?

IAGO.- Cassio acaba de ser asaltado aquí, en la oscuridad, por Rodrigo y otros individuos que se han dado a la fuga. Le han medio matado y Rodrigo está muerto.

EMILIA.- ¡Ay, el buen caballero! ¡Ay, el buen Cassio!

IAGO.- ¡He ahí los frutos de la putería!- Por favor, Emilia, ve a informarte dónde ha cenado Cassio esta noche. (A Blanca.) ¡Cómo! ¿Os hace esto temblar?

BLANCA.- Ha cenado en mi casa; pero esto no me hace temblar.

IAGO.- ¡Oh! ¿Ha cenado en vuestra casa? Os lo ordeno, venid conmigo.

EMILIA.- ¡Vergüenza, vergüenza de ti, puta!

BLANCA.- ¡Yo no soy una puta, sino una mujer de vida tan honrada como vos que me insultáis así!

EMILIA.- ¿Como yo? ¡Quita allá! ¡Vergüenza de ti!

IAGO.- Amables caballeros, vamos a ver curar al pobre Cassio.- Venid, señora, nos contaréis otro cuento.-

Emilia, corre a la ciudadela y refiere a mi señor y a mi señora lo que ha ocurrido.- ¿Queréis ir delante?

(Aparte.) ¡Esta noche hago mi suerte o me destruyo por completo! (Salen.)

Escena Segunda

Dormitorio en el castillo.-Desdémona duerme en el lecho.-Arde una luz

Entra OTELO

OTELO.- ¡He ahí la causa! ¡He ahí la causa, alma mía!... ¡Permitidme que no la nombre ante vosotras, castas estrellas!... ¡He ahí la causa!... Sin embargo, no quiero verter su sangre, ni desgarrar su piel, más blanca que la nieve, y tan lisa como el alabastro de un sepulcro. Pero debe morir o engañará a más hombres.-¡Apaguemos la luz, y después apaguemos su luz! Si te extingo, agente de la claridad, y me arrepiento enseguida, podré reanimar tu primitiva llama; pero una vez tu luz extinta, ¡oh, tú, el modelo más acabado de la hábil naturaleza!, no sé dónde está aquel fuego de Prometeo que volviera a encender tu luz. Cuando haya arrancado tu rosa, no podré darla de nuevo su potencia vital. Necesariamente habrá de marchitarse. (Besandoa Desdémona.) ¡Quiero aspirarla en el tallo!- ¡Oh, aliento embalsamado que casi persuade a la justicia a romper su espada! - ¡Uno más! ¡Otro aún! ¡Quédate así, cuando estés muerta y te mataré, y acto seguido volveré a amarte! ¡Otro más! ¡El último!... ¡Nunca beso tan dulce fue tan fatal!... ¡Fuerza es que llore!... Pero son lágrimas crueles... ¡Este dolor es celestial; hiere allí donde ama!- Se despierta.

DESDÉMONA.- ¿Quién está ahí? ¿Otelo?

OTELO.- Sí, Desdémona.

DESDÉMONA.- ¿Queréis venir al lecho, mi señor?

OTELO.- ¿Habéis rezado esta noche Desdémona?

DESDÉMONA.- Sí, mi señor.

OTELO.- Si recordáis de algún crimen que os deje aún irreconciliada con el cielo y la gracia divina, solicitad pronto el perdón.

DESDÉMONA.- ¡Ay, mi señor! ¿Qué queréis decir con esas palabras?

OTELO.- Bien, hacedlo, y sed breve. Daré un corto paseo mientras. No quisiera matar tu espíritu sin hallarse preparado. No... ¡No lo permita el cielo!... ¡No quisiera matar tu alma!

DESDÉMONA.- ¿Habláis de matar?

OTELO.- Sí, de matar hablo.

DESDÉMONA.- ¡Entonces, el cielo tenga piedad de mí!

OTELO.- ¡Amén, con todo mi corazón!

DESDÉMONA.- Aunque habláis de esa manera, espero que no me mataréis.

OTELO.- ¡Hum!

DESDÉMONA.- Y, sin embargo, os temo, pues sois fatal cuando vuestros ojos ruedan así. Por qué deba temer, lo ignoro, puesto que no sé de culpabilidad. No obstante, lo siento, tengo miedo.

OTELO.- ¡Piensa en tus pecados!

DESDÉMONA.- Son amores que os llevo.

OTELO.- Sí, y por eso vas a morir.

DESDÉMONA.- Da una muerte contranatural el que mata porque se le ama. ¡Ay! ¿Por qué os mordéis así vuestro labio inferior? Alguna pasión sanguinaria agita todo vuestro ser. Ésos son los presagios. Mas, sin embargo, espero, espero que no es a mí a quien amenazan.

OTELO.- ¡Silencio, y estate quieta!

Desdémona.- Así lo haré. Pero ¿qué ocurre?

OTELO.- ¡Aquel pañuelo que tenía yo en tanta estima y que te regalé, lo diste a Cassio!

DESDÉMONA.- ¡No, por mi vida y por mi alma! Enviad a buscar a ese hombre y preguntadle.

OTELO.- ¡Dulce alma, ten cuidado, ten cuidado con el perjurio! ¡Estás en tu lecho mortuorio!

DESDÉMONA.- Sí, pero no para morir aún.

OTELO.- Sí, en seguida; por tanto, confiesa francamente tu crimen, pues negarlo artículo por artículo con juramento no podría disipar ni destruir la firme convicción bajo cuyo peso gimo. ¡Vas a morir!

DESDÉMONA.- ¡Entonces que el Señor tenga piedad de mí!

OTELO.- ¡Amén, te digo!

DESDÉMONA.- ¡Y tened piedad también vos! No os he ofendido jamás en mi vida; nunca he amado a Cassio, sino con esa estimación corriente que autoriza el cielo. Nunca le di presente alguno.

OTELO.- ¡Por el cielo, he visto mi pañuelo en sus manos! ¡Oh, mujer perjura! ¡Cambias mi corazón en piedra, y vas a hacerme cometer un asesinato, cuando me proponía un sacrificio! ¡Yo vi el pañuelo!

DESDÉMONA.- Lo habrá hallado entonces. Yo nunca se lo di. Haced que venga y que confiese la verdad.

OTELO.- La ha confesado.

DESDÉMONA.- ¿Qué ha confesado, mi señor?

OTELO.- Que se ha... servido de ti.

DESDÉMONA.- ¿Cómo? ¿Ilícitamente?

OTELO.- Sí.

DESDÉMONA.- ¡No lo dirá!

OTELO.- ¡No, su boca está cerrada! ¡Corrió de cuenta del honrado Iago!

DESDÉMONA.- ¡Oh! ¡Mi temor adivina!... ¡Cómo! ¿Ha muerto?

OTELO.- ¡Aunque hubiera tenido tantas existencias como cabellos, mi apetito de venganza las habríadevorado todas!

DESDÉMONA.- ¡Ay! ¡Le han traicionado y estoy perdida!

OTELO.- ¡Fuera, puta! ¿Le lloras en mi cara?

DESDÉMONA.- ¡Oh, desterradme, mi señor, pero no me matéis!

OTELO.- ¡Abajo, ramera!

DESDÉMONA.- ¡Matadme mañana! ¡Dejadme vivir esta noche!

OTELO.- ¡No, si resistís!...

DESDÉMONA.- ¡Media hora tan sólo!

OTELO.- Si se hace, no habrá vacilaciones.

DESDÉMONA.- ¡Sólo el tiempo de recitar una plegaria!

OTELO.- ¡Es demasiado tarde! (La ahoga.)

DESDÉMONA.- ¡Oh, Dios! ¡Dios! ¡Dios!

EMILIA.- (Dentro.) ¡Mi señor! ¡Mi señor! ¡Eh! ¡Hola! ¡Mi señor! ¡Mi señor!

OTELO.- ¿Qué ruido es ése?... ¿No está muerta?... ¿No está del todo muerta?... ¡Aunque cruel, soy, sin embargo, compasivo!... ¡No quiero prolongar su sufrimiento!- ¡Así, así!

EMILIA.- (Dentro.) ¡Eh! ¡Hola! ¡Mi señor! ¡Mi señor!

OTELO.- ¿Quién está ahí?

EMILIA.- (Dentro.) ¡Oh, mi buen señor! ¡Quisiera deciros una palabra!

OTELO.- Sí...- Es Emilia.- ¡En seguida voy!...- ¡Está muerta!- ¡Quizá venga a hablarme de la muerte de Cassio! El ruido ha sido grande.- ¡Ah! ¿Ni un movimiento más? ¡Inmóvil como la tumba! ¿La dejaré que entre? ¿Sería bueno? Creo que se mueve aún.- No.- ¿Qué es preferible? Si entra, seguramente querrá hablar a mi mujer. ¡Mi mujer! ¡Mi mujer! ¿Qué mujer?... ¡Yo no tengo mujer! ¡Oh, idea insoportable! ¡Oh, aplastante hora! ¡Pienso que ojalá hubiera en este momento un enorme eclipse de Sol y Luna, y que el aterrado globo se entreabriese en este desorden!

EMILIA.- (Dentro.) ¡Oh, mi buen señor! Os lo suplico, permitidme que os hable.

OTELO.- Te había olvidado. ¡Oh, entra, Emilia!- Silencio.- Pronto.- Corramos las cortinas.- ¿Dónde estás? (Abre la puerta.)

Entra EMILIA

¿Qué te sucede?

EMILIA.- ¡Oh, mi buen señor! Acaba de cometerse ahí un infame asesinato.

OTELO.- ¡Cómo! ¿Ahora?

EMILIA.- ¡Ahora mismo, señor!

OTELO.- ¡Es el efecto de la desviación total de la Luna! Se aproxima a la Tierra más que de costumbre, y vuelve locos a los hombres.

EMILIA.- Cassio, señor, ha matado a un joven veneciano llamado Rodrigo.

OTELO.- ¡Rodrigo muerto! ¡Y Cassio también!

EMILIA.- No, Cassio no ha sido muerto.

OTELO.- ¡Cassio no ha sido muerto! ¡Entonces desentona la muerte, y la melodiosa venganza suena discordante!

DESDÉMONA.-¡Oh, injustamente, injustamente asesinada!

EMILIA.- ¡Ay! ¿Qué grito es ése?

OTELO.- «¡Ése!» ¿Cuál?

EMILIA.- ¡Horror! ¡Ay! ¡Si era la voz de mi señora!... ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Hola! ¡Auxilio!- ¡Oh, señora!

¡Hablad otra vez! ¡Dulce Desdémona! ¡Oh, dulce señora, hablad!

DESDÉMONA.- ¡Muero inocente!

EMILIA.- ¡Oh! ¿Quién ha cometido este crimen?

DESDÉMONA.- Nadie. Yo misma. Adiós. Encomendadme a mi bondadoso señor. ¡Oh, adiós! (Muere.)

OTELO.- Pero ¿cómo puede haber sido asesinada?

EMILIA.- ¡Ay! ¿Quién sabe?

OTELO.- Le habéis oído decir a ella misma que no fui yo.

EMILIA.- Así lo ha dicho. Debo atenerme necesariamente a la verdad.

OTELO.- ¡Bajó al infierno abrasador como embustera! ¡Yo fui quien la mató!

EMILIA.- ¡Más ángel por eso ella, y vos más negro diablo!

OTELO.- ¡Se había dado a la impudicia, y era una puta!

EMILIA.- ¡La calumnias, y eres un diablo!

OTELO.- ¡Era pérfida como la onda!

EMILIA.- ¡Y tú eres temerario como el fuego, al decir que fue pérfida! ¡Oh, ella fue celestialmente leal!

OTELO.- ¡Cassio la había seducido! Pregúntalo, si no, a tu esposo. ¡Oh, sería yo condenado por debajode todas las profundidades del infierno, de no haber llegado, sobre el terreno de lo justo, a esta extremidad! Tu marido sabía todo.

EMILIA.- ¡Mi marido!

OTELO.- Tu marido.

EMILIA.- ¿Que había faltado a la fe conyugal?

OTELO.- Sí, con Cassio. Pues si hubiera sido fiel, aun cuando el cielo fabricara para mí otro mundo semejante, compuesto de un crisólito entero y puro, no la hubiera cambiado por él.

EMILIA.- ¿Mi marido?

OTELO.- Sí, él fue quien me lo advirtió primero; es un hombre honrado, y detesta el fango que se adhiere a las acciones inmundas.

EMILIA.- ¡Mi marido!

OTELO.- ¿Qué significa esas repeticiones, mujer? Tu marido he dicho.

EMILIA.- ¡Oh, señora! ¡La vileza ha hecho trampas con el amor! ¿Ha dicho mi marido que era desleal?

OTELO.- El mismo, mujer. Tu marido, repito. ¿Entiendes la palabra? Mi amigo, tu marido, el honrado, el honrado Iago.

EMILIA.- ¡Si ha dicho eso, púdrase su alma perniciosa medio grano al día! ¡Miente desde el fondo de su corazón! ¡Estaba demasiado prendada de su elección, por demás horrible!

OTELO.- ¡Ah!

EMILIA.- ¡Haz lo peor que quieras! Esta acción es tan poco digna del cielo, como tú poco digno de ella.

OTELO.- ¡Silencio! Os irá mejor.

EMILIA.- No tienes para hacerme mal la mitad de fuerza que yo para sufrirlo. ¡Oh, crédulo! ¡Oh, imbécil! ¡Tan inconsciente como el barro! Has cometido una acción ¡No me inquieta tu espada! ¡Te daré a conocer, aunque perdiera veinte vidas! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Hola! ¡Socorro! ¡El moro ha matado a mi señora! ¡Al asesino! ¡Al asesino!

Entran MONTANO, GRACIANO e IAGO

MONTANO.- ¿Qué ocurre? ¡Hola, general!

EMILIA.- ¡Oh! ¿Habéis venido, Iago? Menester es que hayáis obrado bien, para que las gentes os echen sus crímenes sobre vuestras espalda.

GRACIANO.- ¿Qué sucede?

EMILIA.- ¡Desmiente a este malvado, si eres un hombre! Dice que le has contado que su esposa era desleal. Sé que no lo has hecho; tú no eres un villano semejante. Habla, pues mi corazón se desborda.

IAGO.- Le he dicho lo que pensaba, y nada que no haya podido conocer y verificar por sí mismo.

EMILIA.- ¿Pero le dijisteis alguna vez que ella era desleal?

IAGO.- Se lo he dicho.

EMILIA.- Le habéis dicho una mentira, una odiosa y condenada mentira. ¡Por mi alma, una mentira, una mentira criminal! ¡Ella desleal con Cassio! ¿Habéis dicho con Cassio?

IAGO.- Con Cassio, señora. Vamos, retened vuestra lengua.

EMILIA.- No retendré mi lengua; estoy obligada a hablar. ¡Mi señora yace ahí, asesinada en su lecho!...

TODOS.- ¡Oh, no lo permita Dios!

EMILIA.- ¡Y son vuestros informes los que le han hecho cometer este asesinato!

OTELO.- ¡No os pasméis, señores! ¡Es la pura verdad!

GRACIANO.- ¡Terrible verdad!

MONTANO.- ¡Oh, acto monstruoso!

EMILIA.- ¡Infamia! ¡Infamia! ¡Infamia! ¡No me cabe duda! ¡La sospecho! ¡La olfateo! ¡Oh, infamia!...

¡La presumía ya! ¡Me mataré de pena!... ¡Oh, infamia, infamia!

IAGO.- ¡Cómo! ¿Estáis loca? ¡Os lo mando; volved a casa!

EMILIA.- ¡Buenos caballeros, permitidme que hable! Es justo que lo obedezca, pero no ahora. ¡Quizá, Iago, no vuelva nunca al hogar!

OTELO.- ¡Oh, oh, oh! (Cae sobre el lecho.)

EMILIA.-¡Sí! ¡Déjate caer y ruge! ¡Pues ha matado a la más tierna inocente que alzó jamás los ojos al cielo!

OTELO.- (Levantándose.) ¡Oh! ¡Era impura! (A Graciano.) Apenas os conozco, tío. ¡Ahí yace vuestra sobrina, cuyo aliento, en verdad, acaban de cortar estas manos! ¡Sé que este acto aparece horrible y cruel!

GRACIANO.- ¡Pobre Desdémona! ¡Cuánto me alegro de que no exista tu padre! ¡Tu casamiento fue para él un golpe mortal, y la sola pena que cortó en dos el viejo hilo de su vida! Si viviera ahora, este espectáculo le impulsaría a algún acto de desesperación. ¡Sí! ¡Maldeciría a su buen ángel, le arrojaría de su lado y se atraería la reprobación del cielo!

OTELO.- ¡Lástima da! Pero no obstante, sabe Iago que cometió mil veces con Cassio el acto vergonzoso. Cassio mismo lo ha confesado. Y ella recompensó sus trabajos amorosos con aquel testimonio y prenda de amor que yo le entregué en los primeros días; yo lo he visto en sus manos; era un pañuelo, un antiguo presente que mi padre había hecho a mi madre.

EMILIA.- ¡Oh, cielo! ¡Oh, poderes celestiales!

IAGO.- (A Emilia.) ¡Voto a Dios! ¡Callaos!

EMILIA.- ¡Lo revelaré! ¡Lo revelaré! ¿Callarme, señor? ¡No, no! ¡Hablaré tan libremente como el viento del Norte! ¡El cielo, los hombres, los diablos, todo, todo, todo, puede gritar vergüenza contra mí, pero hablaré!

IAGO.- Sed juiciosa, e idos a casa.

EMILIA.- ¡No quiero! (Iago intenta herir a Emilia.)

GRACIANO.- ¡Quitad! ¡Levantar vuestra espada contra una mujer!

EMILIA.- ¡Oh, moro estúpido! El pañuelo de que hablas lo encontré yo por casualidad y se lo entregué a mi marido; pues a menudo, con suma insistencia (más que mereciera, en verdad, una bagatela semejante), me había suplicado que lo robara.

IAGO.- ¡Infame puta!

EMILIA.- ¡Darlo ella a Cassio! ¡No, ay! ¡Yo lo encontré y se lo di a mi marido!

IAGO.- ¡Mientes, basura!

EMILIA.- ¡Por el cielo, no miento! ¡No miento, caballeros! ¡Oh, imbécil asesino! ¿Qué había de hacer un mastuerzo semejante con una esposa tan buena?

OTELO.- ¿No hay en el cielo otras piedras sino las que sirven para el trueno? ¡Insigne villano! (Se precipita sobre Iago. Iago hiere a Emilia y sale.)

GRACIANO.- ¡Esta mujer cae! ¡De seguro que ha matado a su esposa!

EMILIA.- ¡Sí, Sí!... ¡Oh! ¡Colocadme al lado de mi señora!

GRACIANO.- Ha huido, pero hirió de muerte a su mujer.

MONTANO.- ¡Es un infame malvado! Tened esta arma que acabo de quitar al moro; guardad la puerta al exterior; no le dejéis pasar, matadlo antes. Voy a correr tras ese bellaco, que es un esclavo maldito. (Salen

Montano y Graciano.)

OTELO.- ¡Ya ni valor me queda, pues cualquier muñeco enfermizo puede arrebatarme la espada! Pero ¿por qué el honor había de sobrevivir a la honestidad? ¡Que vayan en compañía!

EMILIA.- ¿Qué presagiaba tu canción, señora? ¡óyeme! ¿Puedes escucharme? ¡Quiero imitar al cisne y morir en la música! (Cantando.)

Sauce, sauce, sauce...

¡Moro, era casta! ¡Te amaba, moro cruel! ¡Así posea mi alma la dicha suprema como digo la verdad! ¡Y hablando como pienso, muero!... ¡Muero! (Muere.)

OTELO.- ¡Tengo otra arma en esta habitación! ¡Es una espada española, templada en la onda fría! ¡Oh, hela aquí!... ¡Tío, es menester que salga!

GRACIANO.- (Dentro.) ¡Si lo intentas, te costará caro! No tienes armas, y a la fuerza habrás de someterte.

OTELO.- ¡Mírame aquí dentro, entonces, y háblame; o desarmado como estoy, me precipitaré sobre ti!

Vuelve a entrar GRACIANO

GRACIANO.- ¿Qué ocurre?

OTELO.- ¡Mirad! ¡Tengo un arma! Nunca una mejor pendió del muslo de un soldado. He visto el día en que, con este débil brazo y esta buena espada, me abría un camino a través de obstáculos veinte veces más potentes que vuestra resistencia... Pero ¡oh, alarde inútil! ¿Quién puede oponerse a su destino? No ocurre así ahora. No temáis, aunque me veáis armado. He aquí el fin de mi viaje, mi postrera etapa, el faro a que hago vela por última vez. ¿Retrocederéis de espanto? Vano temor. Dirige tan solo un junco contra el pecho de Otelo y se retirará. ¿Dónde habría de ir Otelo? Veamos, ¿qué aspecto presentas ahora? ¡Oh, mujer nacida bajo una mala estrella! ¡Pálida como tu camisa! ¡Cuando nos encontremos en el tribunal de Dios, tu aspecto presente bastará para precipitar mi alma fuera del cielo, y los demonios se apoderarán de ella! ¡Fría, fría, mi bien! ¡Fría, como tu misma castidad! ¡Oh, maldito, maldito esclavo!... ¡Demonios, arrojadme a latigazos de la vista de esta aparición celestial! ¡Hacedme rodar en los vientos sin reposo! ¡Asadme en azufre! ¡Sumergidme en las simas profundas del fuego líquido! ¡Oh, Desdémona! ¡Desdémona! ¡Muerta! ¡Oh, oh, oh!

Entran LUDOVICO, MONTANO, CASSIO, llevado en una litera, y OFICIALES, con IAGO preso

LUDOVICO.- ¿Dónde está ese furioso y por demás desventurado? OTELO.- ¡Éste es el que fue

Otelo! Vedme aquí.

LUDOVICO.- ¿Dónde está ese áspid? ¡Que avance ese malvado!

OTELO.- Miro sus pies; pero es una fábula. ¡Si eres un diablo, no puedo matarte! (Otelo, hiere a Iago.)

LUDOVICO.- ¡Quitadle la espada!

IAGO.- Sangro, señor; pero no he sido muerto.

OTELO.- Tanto mejor; quisiera que vivieses, pues a mi juicio es una dicha morir.

LUDOVICO.- ¡Oh, tú, Otelo, un tiempo tan eminente, caído en los lazos de un esclavo maldito! ¿Qué se dirá de ti?

Otelo.- Pues cualquier cosa: asesino honorable, si queréis, pues nada he hecho por odio, sino todo por amor.

LUDOVICO.- Ese miserable ha confesado en parte su villanía, ¿Consentisteis él y vos en la muerte de Cassio?

OTELO.- Sí.

CASSIO.- Nunca os he dado motivo, querido general.

OTELO.- Lo creo, y os pido perdón. Por favor, ¿queréis preguntar a ese semidiablo por qué ha hechizado así mi alma y mi cuerpo?

IAGO.- No me preguntéis nada; sabéis lo que sabéis. A partir de este momento no pronunciaré ni una palabra.

LUDOVICO.- ¡Cómo! ¿Ni para rezar?

GRACIANO.- Los tormentos abrirán vuestros labios.

OTELO.- Bien; haces muy bien.

LUDOVICO.- Señor, debéis saber lo que ha ocurrido y que ignoráis aún, creo. Aquí hay una carta hallada en el bolsillo del difunto Rodrigo; y aquí otra; una de ellas revela que la muerte de Cassio debía ser ejecutada por Rodrigo.

OTELO.- ¡Oh, villano!

CASSIO.- ¡Colmo de la barbarie y de la estupidez!

LUDOVICO.- Ahora he aquí otra carta llena de reproches, igualmente hallada en su bolsillo. A lo que parece, Rodrigo tenía intención de remitírsela a este infame malvado; pero Iago, en el ínterin, vino y le dio satisfacción.

OTELO.- ¡Oh, pernicioso miserable! ¿Cómo llegó a vuestras manos, Cassio, aquel pañuelo que pertenecía a mi mujer?

CASSIO.- Lo hallé en mi habitación, y él mismo ha confesado no hace un instante que lo depositó allí para un proyecto especial que ha respondido a su deseo.

OTELO.- ¡Oh, necio, necio, necio!

CASSIO.- Se ve, además, en la carta de Rodrigo, por los reproches que le dirige, que Iago fue quien lo impulsó a insultarme en el cuerpo de guardia; de donde se siguió que perdería mi empleo; y hace unos instantes, tras haber parecido largo tiempo muerto, ha hablado; Iago fue quien lo excitó; Iago quien le dio de puñaladas.

LUDOVICO.- (A Otelo.) Os es preciso abandonar esta habitación y venir con nosotros. Se os ha quitado vuestro poder y vuestro mando, y Cassio gobierna en Chipre. En cuanto a este miserable, si existe alguna crueldad refinada que pueda hacerle sufrir mucho y por mucho tiempo, no escapará a ella. Vos quedaréis preso a buen recaudo hasta que la índole de vuestra falta sea conocida por el Estado de Venecia. Vamos, conducidle.

OTELO.- ¡Poco a poco! Una palabra o dos antes que partáis. He rendido algunos servicios al Estado, y lo saben los senadores. Pero no hablemos de eso... Os lo suplico, cuando en vuestras cartas narréis estos desgraciados acontecimientos, hablad de mí tal como soy; no atenuéis nada, pero no añadáis nada por mi malicia. Si obráis así, trazaréis entonces el retrato de un hombre que no amó con cordura, sino demasiado bien; de un hombre que no fue fácilmente celoso; pero que una vez inquieto, se dejó llevar hasta las últimas extremidades; de un hombre cuya mano, como la del indio vil, arrojó una perla más preciosa que toda su tribu; de un hombre cuyos ojos vencidos, aunque poco habituados a la moda de las lágrimas, vertieron llanto con tanta abundancia como los árboles de la Arabia su goma medicinal. Pintadme así, y agregad que una vez en Alepo, donde un malicioso turco en turbante golpeaba a un veneciano e insultaba a la República, agarré de la garganta al perro circunciso y dile muerte... ¡así! (Se da de puñaladas.)

LUDOVICO.- ¡Oh, desenlace sangriento!

GRACIANO.- Todo lo que se hable es perdido.

OTELO.- ¡Te besé antes de matarte!... ¡No me queda más que este recurso: darme la muerte para morircon un beso! (Cae sobre Desdémona y muere.)

CASSIO.- Lo temía, pero creí que no tenía armas; pues poseía un gran corazón.

LUDOVICO.- (A Iago.) ¡Oh perro espartano, más cruel que la angustia, el hambre o la mar! ¡Mira eltrágico fardo de este lecho! ¡He aquí tu obra! Este espectáculo emponzoña la vista. Cubridlo Graciano, guardad la casa y coged los bienes del moro, pues lo heredáis. A vos, señor gobernador, incumbe la sentencia de este infernal malvado. Fijad el tiempo, el lugar, el suplicio. ¡Oh, que sea terrible! Yo voy a embarcarme inmediatamente, y a llevar al Estado, con un corazón doloroso, el relato de este doloroso acontecimiento. (Salen.)

FIN DE «OTELO, EL MORO DE VENECIA»
La picaresca es un género que surge en España alrededor de 1554. La obra que le da nacimiento al género es la La vida de Lazarillo de Thormes y de sus fortunas y adversidades, cuyo autor se desconoce. Cuando se habla de este género y de la obra mencionada, se refiere a ellos con el nombre de novela picaresca.

La picaresca irrumpe en el panorama literario de la época en oposición a otras formas literarias, y puede caracterizarse a partir de los siguientes rasgos:

  1. El personaje central es el pícaro, un niño o joven perteneciente a una clase social baja que, por lo general, ha perdido a sus padres. Además, no posee un oficio cierto y encuentra ocupación en servir a un amo. Es un marginal, un vagabundo a quien lo acosan el hambre y el maltrato, y que debe recurrir a ardides y engaños para sobrevivir.
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