Tenía seis años cuando mis padres me contaron que había una pequeña joya oscura dentro de mi cráneo, aprendiendo a ser yo




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APRENDIENDO A SER YO

Greg Egan

Relato publicado en Axiomático

   

Tenía seis años cuando mis padres me contaron que había una pequeña joya oscura dentro de mi cráneo, aprendiendo a ser yo.

   Arañas microscópicas habían tejido una finísima red dorada por todo mi cerebro, de forma que ei entrenador de la joya pudiese escuchar los susurros de mis pensamientos. La joya en sí fisgoneaba en mis sentidos y leía los mensajes químicos que portaba mí flujo sanguíneo; veía, oía, olía, gustaba y sentía el mundo exactamente igual que yo, mientras el entrenador examinaba los pensamientos de la joya y los comparaba con los míos. Cuando los pensamientos de la joya eran incorrectos, el entrenador —a mayor velocidad que el pensamiento— rehacía ligeramente la joya, alterándola por aquí y por allá, buscando los cambios que corrigiesen sus pensamientos.

   ¿Por qué? De forma que cuando yo ya no pudiese ser yo, la joya pudiese hacerlo por mí.

   Pensé: si oírlo me hace sentir extraño y mareado, ¿cómo se sentirá la joya? Exactamente de la misma forma, razoné; no sabe que es la joya, y también se pregunta cómo se sentirá la joya, razonando también: “Exactamente de la misma forma; no sabe que es la joya, y también se pregunta cómo se sentirá...”

   Y también se pregunta...

   (Lo sé, porque yo me lo pregunté).

   ...también se pregunta si es mi yo real, o si de hecho es simplemente la joya aprendiendo a ser yo.

   A mis desdeñosos doce años, me hubiese reído de esas preocupaciones infantiles. Todos llevaban la joya, excepto los miembros de minúsculas sectas religiosas, y reflexionar sobre la rareza de la situación me resultaba insoportablemente pretencioso. La joya era la joya, un hecho corriente de la vida, tan normal como los excrementos. Mis amigos y yo contábamos chistes malos sobre la joya, de la misma forma que contábamos chistes malos sobre el sexo, para demostrarnos mutuamente lo cómodos que nos sentíamos con la idea.

   Pero no nos sentíamos tan adultos e imperturbables como fingíamos. Un día en el que estábamos ganduleando en el parque, sin ningún plan en particular, un miembro de nuestra pandilla —cuyo nombre he olvidado, pero al que recuerdo como demasiado listo para su propio bien— nos preguntó a cada uno:

   —¿Quién eres? ¿La joya o el humano?

   Cuando el último hubo respondido, lanzó una risotada y dijo:

   —Bien, yo no lo soy. Soy la joya. Así que podéis lamerme el culo, perdedores, porque todos vosotros vais a iros por el retrete cósmico... pero yo, yo voy a vivir para siempre.

   Le pegamos hasta que sangró.

   Para cuando cumplí los catorce años, a pesar —o quizá por eso— de que la joya apenas se mencionaba en el aburrido temario de mi máquina de enseñanza, había pensado bastante más en el tema. La respuesta pedantemente correcta a la pregunta “¿Eres la joya o el humano?” tenía que ser “El humano”, porque sólo el cerebro humano era físicamente capaz de responder. La joya recibía las entradas de los sentidos, pero no poseía control del cuerpo, y su respuesta intencional coincidía con lo que efectivamente se decía, sólo porque el dispositivo era una imitación perfecta del cerebro. Decirle al mundo exterior “Soy la joya” —hablando, escribiendo o por cualquier otro método que hiciese uso del cuerpo— era claramente falso (aunque este razonamiento no descartaba pensarlo para uno mismo).

   Sin embargo, en un sentido más amplio, decidí que la pregunta simplemente era equivocada. Mientras la joya y el cerebro humano compartiesen las mismas entradas sensoriales, y mientras el entrenador mantuviese los pensamientos perfectamente sincronizados, sólo había una persona, una identidad, una consciencia. Esta persona única simplemente resultaba poseer la propiedad (muy deseable) de que si la joya o el cerebro humano eran destruidos, él o ella sobreviviría sin problemas. La gente siempre había tenido dos pulmones y dos riñones, y durante casi un siglo, muchos habían vivido con dos corazones. Esto era lo mismo: una cuestión de redundancia, una cuestión de robustez, no más.

   Ese fue el año en que mis padres decidieron que yo era lo suficientemente maduro como para contarme que los dos habían realizado el cambio tres años antes. Fingí tomármelo con calma, pero les odié apasionadamente por no habérmelo contado en su momento. Habían ocultado la estancia en el hospital con mentiras sobre viajes de negocios al extranjero. Durante tres años había estado viviendo con cabezas-de-joya, y ni siquiera me lo habían dicho. Era exactamente lo que yo hubiese esperado de ellos.

   —No te parecimos diferentes, ¿no? —me preguntó mi madre.

   —No —dije, con sinceridad, pero igualmente hirviendo de resentimiento.

   —Es por eso que no te lo contamos —dijo mi padre—. Si hubieses sabido que habíamos cambiado, podrías haber imaginado que habíamos cambiado en algo. Como hemos esperado hasta ahora para contártelo, le lo hemos dejado más fácil para convencerte de que somos los mismos de siempre —me paso un brazo por encima y me apretó. Yo casi grité “¡No me toques!”, pero recordé a tiempo que me había convencido a mí mismo de que la joya no era Nada Importante.

   Debería haber supuesto que lo habían hecho, mucho antes de que me lo confesasen; después de todo, desde hacía años sabía que la mayoría de la gente cambiaba al cumplir los treinta. Para entonces, el cerebro orgánico va cuesta abajo, y sería una estupidez hacer que la joya imitase ese declive. Por tanto, rehacen el sistema nervioso; pasan las riendas del cuerpo a la joya y se desactiva al entrenador. Durante una semana, los impulsos de salida del cerebro se comparan con los de la joya, pero a esas alturas la joya es una copia perfecta, y jamás se detectan diferencias.

   Se retira el cerebro, se elimina, y se te reemplaza con un tejido esponjoso, con forma de cerebro hasta el nivel de los capilares más pequeños, pero tan incapaz de pensar como un pulmón o un riñón. Ese cerebro de pega retira de la sangre exactamente la misma cantidad de oxígeno y glucosa que el cerebro real, y realiza con fidelidad cierto conjunto de funciones bioquímicas toscas y esenciales. Con el tiempo, al igual que la carne, perecerá y será preciso reemplazarlo.

   La joya, sin embargo, es inmortal. A menos que caiga en una explosión nuclear, sobrevivirá durante mil millones de años.

   Mis padres eran máquinas. Mis padres eran dioses. No eran nada especial. Les odiaba.

   Me enamoré a los dieciséis años, y volví a convertirme en un niño.

   Al pasar noches cálidas en la playa con Eva, apenas podía creer que una simple máquina pudiese sentirse como me sentía yo. Sabía perfectamente bien que si mi joya hubiese tenido el control del cuerpo, hubiese pronunciado las mismas palabras que yo, y hubiese ejecutado con igual cariño y dificultad las mismas caricias torpes que yo, pero no podía aceptar que su vida interior fuese tan rica, tan milagros, tan deliciosa como la mía. El sexo, aunque agradable, lo podía aceptar como una función puramente mecánica, pero había algo entre nosotros (o eso creía) que no tenía ninguna relación con la lujuria, nada que ver con las palabras, nada que ver con ninguna acción tangible de nuestros cuerpos que un espía entre las dunas, armado con binoculares infrarrojas y micrófonos parabólicos, pudiese discernir.

   Después de hacer el amor, contemplábamos en silencio el puñado de estrellas visibles, nuestras almas unidas en un lugar secreto que ningún ordenador cristalino podría alcanzar ni aunque lo intentase durante mil millones de años. (Si le hubiese dicho semejante cosa a mi sensible y obsceno yo de doce años, éste se hubiese reído hasta sufrir una hemorragia.)

   Para entonces sabía que el “entrenador” de la joya no vigilaba todas las neuronas de mi cerebro. No hubiese sido práctico, tanto en términos de manejo de datos, y tampoco por la intrusión física en los tejidos. Uno de esos teoremas decía que la muestra de ciertas neuronas críticas era casi tan válida como una muestra total, y —dadas algunas suposiciones muy razonables que nadie podía demostrar falsas— se podían establecer límites de error con rigor matemático.

   Al principio, declaré que dentro de esos errores, por pequeños que fuesen, se encontraba la diferencia entre el cerebro y la joya, entre el humano y la máquina, entre el amor y su imitación. Eva, sin embargo, me señaló muy pronto que era absurdo realizar una distinción radical y cualitativa en base a la densidad de muestreo; si el siguiente modelo de entrenador muestreaba más neuronas y reducía a la mitad la tasa de error, ¿la joya estaría entonces a “medio camino” entre “humano” y “máquina”? En teoría —y finalmente en la práctica— la tasa de error se podía reducir por debajo de cualquier valor, por pequeño que fuese, que yo pudiese establecer, ¿Creía realmente que la discrepancia de uno entre mil millones era tan importante... cuando todos los seres humanos perdían permanentemente miles de neuronas todos los días por atrición natural?

   Evidentemente, ella tenía razón, pero pronto encontré otra defensa, más plausible, para mi posición. Las neuronas vivas, argumentaba, poseían mucha más estructura interna que los toscos conmutadores ópticos que ejecutaban la misma función en la llamada “red neuronal” de la joya. Que la neurona se disparase o no sólo reflejaba un nivel de sus comportamientos; ¿quién sabía lo que las sutilezas de la bioquímica —la mecánica cuántica de las moléculas orgánicas específicas que intervenían— contribuían a la naturaleza de la consciencia humana? Copiar la topología neuronal abstracta no era suficiente. Cierto, la joya podía pasar el fatuo test de Turing —ningún observador externo podía distinguirla de un humano— pero eso no demostraba que ser una joya se sintiese igual que ser humano.

   Eva me preguntó:

   —¿Significa eso que jamás cambiarás? ¿Harás que retiren la joya? ¿Te dejarás morir cuando tu cerebro empiece a pudrirse?

   —Quizá —dije—. Mejor morir a los noventa o a los cien que matarme a los treinta y dejar que una máquina vaya por ahí, ocupando mi lugar, fingiendo ser yo.

   —¿Cómo sabes que yo no he cambiado? —preguntó, provocadora —. ¿Cómo sabes que no estoy simplemente “fingiendo ser yo”?

   —Sé que no has cambiado —dije, con suficiencia—. Simplemente lo sé.

   —¿Cómo? Tendría el mismo aspecto. Hablaría de la misma forma. Actuaría de la misma forma en toda ocasión. Hoy en día la gente cambia cada vez más joven. ¿Cómo sabes que no he cambiado?

   Me volví hacia ella y la miré a los ojos.

   —Telepatía. Magia. La comunión de las almas.

   Mi yo de doce años empezó a mofarse, pero para entonces ya sabía cómo alejarle.

   A los diecinueve, a pesar de estar estudiando económicas, me matriculé en un curso de filosofía. Pero aparentemente el departamento de filosofía no tenía nada que decir sobre el Dispositivo Ndoli, conocido habitualmente como “la joya”. (Ndoli en realidad lo había llamado “el dual”, pero el mote accidental y homofónico había ganado[1]) Hablaban de Platón, Descartes y Marx, hablaban de San Agustín y —cuando se sentían especialmente modernos y atrevidos— de Sartre, pero si habían oído hablar de Gödel, Turing, Hamsun o Kim, se negaban a admitirlo. Por pura frustración, en un ensayo sobre Descartes, propuse que la idea de que la consciencia humana era un “software” que podía “implementarse” igual de bien sobre un cerebro orgánico o sobre un cristal óptico era en realidad un retroceso al dualismo cartesiano: escribiendo “software” en lugar de “alma”. Mi tutor superpuso una línea roja, perfecta, diagonal y luminosa sobre cada párrafo que trataba de esa idea, y escribió en el margen (con letras Times verticales, en negrita y de veinte puntos, con un parpadeo desdeñoso de dos hercios): ¡IRRELEVANTE!

   Dejé la filosofía y me matriculé en una unidad sobre ingeniería de cristales ópticos para no especialistas. Aprendí mucha mecánica cuántica de estado sólido. Aprendí mucha matemática fascinante. Aprendí que una red neuronal es un dispositivo empleado exclusivamente para resolver problemas que son demasiado difíciles para comprender. Una red neuronal lo suficientemente flexible se puede configurar por retroalimentación para imitar casi cualquier sistema —para producir el mismo patrón de salidas dado el mismo patrón de entrada— pero lograrlo no arroja ninguna luz sobre la naturaleza del sistema que se emula.

   —La comprensión —nos dijo el profesor— es un concepto sobrevalorado. Nadie comprende realmente cómo un óvulo fertilizado se convierte en un humano. ¿Qué deberíamos hacer? ¿Dejar de tener hijos hasta que la ontogénesis se pueda describir por medio de un conjunto de ecuaciones diferenciales?

   Debía admitir que tenía parte de razón.

   Para entonces tenía claro que nadie disponía de la respuesta que ansiaba, y que era muy improbable que yo diese con ella; mis capacidades intelectuales eran, como mucho, mediocres. Se reducía a una simple elección: podía malgastar el tiempo preocupándome de los misterios de la consciencia, o, como todos los demás, podía dejar de preocuparme y seguir con mi vida.

   Cuando me casé con Daphne a los veintitrés, Eva era un recuerdo lejano, y también lo eran mis ideas sobre la comunión de las almas. Daphne tenía treinta y un años, era ejecutiva de un banco mercantil que me había contratado durante mi doctorado, y todos estaban de acuerdo en que el matrimonio beneficiaría a mi carrera. Nunca tuve claro qué sacaba ella. Quizá yo le gustase de verdad. Teníamos una vida sexual agradable, y nos confortábamos el uno al otro en momentos de tristeza, de la forma en que cualquier persona de buen corazón confortaría a un animal asustado.

   Daphne no había cambiado. Lo retrasaba mes tras mes, inventando excusas cada vez más ridículas, y yo la chinchaba como si jamás hubiese tenido reparos propios.

   —Tengo miedo —me confesó una noche— . ¿Y si yo muero cuando lo haga... si todo lo que queda es un robot, una marioneta, una cosa? No quiero morir.

   Esas palabras me hacían sentir incómodo, pero oculté mis sentimientos.

   —Supongamos que sufres un derrame —dije con labia— que destruye una pequeña porción de tu cerebro. Supongamos que los médicos implantan una máquina para realizar las funciones que ejecutaba la región dañada. ¿Seguirías siendo “tú misma”?

   —Claro.

   —¿Y si lo hiciesen dos veces, o diez veces, o mil veces...?

   —No, necesariamente.

   —¿Oh? Entonces, ¿en qué porcentaje mágico dejarías de ser “tú”?

   Me miró con furia.

   —Todos los viejos argumentos, tan cliché...

   —Dime en que fallan, si son tan viejos y tan cliché.

   Empezó a llorar.

   —No tengo que hacerlo. ¡Que te den! ¡Estoy muerta de miedo y a ti no te importa una mierda!

   La cogí entre mis brazos.

   —Tranquila. Lo siento. Pero todo el mundo lo hace, tarde o temprano. No debes tener miedo. Estoy aquí. Te quiero; esas palabras podrían haber sido una grabación, activada automáticamente al ver sus lágrimas.

   —¿Lo harás? ¿Conmigo?

   Me quedé helado.

   —¿Qué?

   —¿Pasar por la operación, el mismo día? ¿Cambiar cuando cambie yo?

   Muchas parejas lo hacían. Como mis padres. En ocasiones, sin duda, era una cuestión de amor, entrega, compartir la experiencia. A veces, estoy seguro, era más una cuestión de que ninguno de los dos deseaba ser una persona no cambiada viviendo con un cabeza-de-joya.

   Permanecí en silencio durante un rato, luego dije:

   —Claro.

   En los meses siguientes, todos los temores de Daphne —que yo había llamado “infantiles” y “supersticiosos”— comenzaron a cobrar sentido con rapidez, y mis propios argumentos “racionales” me resultaban abstractos y hueros. Me eché atrás en el último minuto; rechacé la anestesia y huí del hospital.

   Daphne siguió adelante, sin saber que la había abandonado.

   No la volví a ver jamás. No podía enfrentarme a ella; renuncié al trabajo y abandoné la ciudad durante un año, asqueado por mi cobardía y mi traición, pero al mismo tiempo eufórico por haber escapado.

   Ella me demandó, pero retiró la demanda unos días después, y acepto, a través de sus abogados, un divorcio sin complicaciones. Antes de que el divorcio se hubiese completado, me mandó una breve carta:

   Después de todo, no había nada que temer. Soy exactamente la misma persona de siempre. Retrasarlo era una tontería; ahora que he dado el salto de fe, no podría sentirme más tranquila.

   Tu amante esposa robótica

   Daphne

   Para cuando cumplí los veintiocho, casi todos mis conocidos se habían cambiado. Todos mis amigos de la universidad lo habían hecho. Los colegas en mi nuevo trabajo, con sólo veintiún años, lo habían hecho. Eva, supe a través del amigo de un amigo, lo había hecho seis años atrás.

   Cuanto más lo retrasaba, más difícil resultaba tomar la decisión. Podía hablar con un millar de personas que habían cambiado, podía interrogar a mis amigos más íntimos durante horas sobre sus recuerdos de infancia y sus pensamientos más recónditos, pero por convincentes que fuesen sus palabras, sabía que el Dispositivo Ndoli había pasado décadas enterrado en sus cabe/as, aprendiendo a imitar exactamente ese comportamiento.

   Evidentemente, siempre había admitido que era igualmente imposible estar seguro de que otra persona no cambiada tuviese una vida interior similar a la mía, pero no me parecía irrazonable dar el beneficio de la duda a personas cuyos cráneos no los habían vaciado con una cuchara.

   Me alejé de mis amigos, dejé de buscar amantes. Adopté la costumbre de trabajar en casa (le dedicaba más horas y mi productividad aumentó, así que a la empresa no le importó en nada). No podía soportar estar con gente de cuya humanidad dudaba.

   Yo no era, ni de lejos, un caso aislado. Una vez que empecé a buscar, encontré docenas de organizaciones exclusivamente para personas que no habían cambiado, yendo desde clubs sociales que bien podrían haber sido para divorciados, hasta “frentes de resistencia” paramilitares y paranoicos que creían que vivíamos La invasión de los ladrones de cuerpos. Pero incluso los miembros del club social me resultaban extremadamente inadaptados; muchos de ellos compartían mis preocupaciones, casi con exactitud, pero mis propias ideas saliendo de otros labios sonaban obsesivas y equívocas. Tuve una breve relación con una mujer no cambiada de cuarenta y pocos años, pero sólo hablábamos de nuestro miedo a cambiar. Era masoquista, era asfixiante, era una locura.

   Decidí buscar ayuda psiquiátrica, pero no podía decidirme a ir a un terapeuta cambiado. Cuando finalmente encontré a una que no lo había hecho, intentó convencerme para que la ayudase a volar una estación energética, para que ELLOS supiesen quién mandaba aquí.

   Todas las noches me quedaba despierto durante horas, intentando convencerme, en un sentido u otro, pero cuando más reflexionaba sobre las cuestiones, más tenues y elusivas me parecían. En cualquier caso, ¿quién era “yo”? ¿Qué significaba que “yo” siguiese “vivo todavía” cuando mi personalidad era completamente diferente a la de dos décadas antes? Mis yoes anteriores bien podrían estar muertos —no los recordaba con mayor claridad que a conocidos contemporáneos— sin embargo esa pérdida no me provocaba ni la más mínima inquietud. Quizá la destrucción de mi cerebro orgánico no sería más que un simple hipido, en comparación con todos los cambios de mi vida hasta este momento.

   O quizá no. Quizá fuese exactamente como morir.

   En ocasiones acababa estremeciéndome y llorando, aterrorizado y desesperadamente solo, incapaz de comprender —y sin embargo incapaz de dejar de considerar— la vertiginosa posibilidad de mi propia inexistencia. En otras ocasiones, simplemente me hartaba “saludablemente” de todo el asunto. En ocasiones estaba seguro de que la naturaleza de la vida interior de la joya era la pregunta más importante a la que podía enfrentarse la humanidad. En otras ocasiones, mis reparos me sonaban fantasiosos y risibles. Cada día, cientos de miles de personas cambiaban, y el mundo aparentemente seguía como siempre; ¿ese hecho pesaba más que cualquier abstruso argumento filosófico?

   Al final, pedí cita para la operación. Pensé, ¿qué puedo perder? ¿Sesenta años más de incertidumbre y paranoia? Si la especie humana se iba reemplazando a sí misma con autómatas mecánicos, yo estaría mejor muerto; carecía de la convicción ciega para unirme a la resistencia psicótica que, en cualquier caso, disfrutaba de la tolerancia de las autoridades siempre que siguiese siendo ineficaz. Por otra parte, si mis temores carecían de fundamento, si mi sensación de identidad podía sobrevivir al cambio con la misma facilidad con la que había sobrevivido a traumas como dormir y despertarse, la muerte constante de las células cerebrales, el crecimiento, la experiencia, el aprendizaje y el olvido, entonces no ganaría la vida eterna, sino una conclusión para mis dudas y mi alienación.

   Compraba comida un domingo por la mañana, dos meses antes del día previsto para la operación, observando las imágenes de un catálogo de comestibles online, cuando la visión deliciosa de la más reciente variedad de manzanas me llamó la atención. Decidí pedir media docena. Pero no lo hice. En su lugar, le di a la tecla que mostraba el siguiente elemento. Sabía que era fácil corregir mi error; una pulsación me llevaría de vuelta a las manzanas. La pantalla mostraba peras, naranjas, pomelos. Intenté bajar la vista para ver a qué se dedicaban mis torpes dedos, pero los ojos siguieron fijos en la pantalla.

   Me entró miedo. Quería ponerme en pie de un salto, pero las piernas no me obedecían. Intenté gritar, pero no podía emitir ningún sonido, No me sentía herido, no me sentía débil. ¿Estaba paralizado? ¿Sufría de daño cerebral? Todavía podía sentir mis dedos sobre el teclado, la planta de los pies sobre le alfombra, la espalda contra la silla.

   Me vi pedir piña. Me sentí ponerme en pie, estirarme, y salir tranquilamente de la sala. En la cocina, me bebí un vaso de agua. Debería haber estado temblando, ahogándome, sin aliento; el líquido frío fluyó suavemente por mi garganta y no derramé ni una gota.

   No se me ocurría ninguna otra explicación: Había cambiado. Espontáneamente, La joya había tomado el control, mientras mi cerebro seguía vivo; mis mayores temores paranoicos se hablan hecho realidad.

   Mientras mi cuerpo seguía con una mañana normal de domingo, yo me perdí en un delirio catastrófico de indefensión. El hecho de que estuviese haciendo exactamente todo lo que había planeado hacer no me confortaba. Cogí un tren para ir a la playa, nadé durante media hora; bien podría haber estado corriendo como un loco blandiendo un hacha, o arrastrándome desnudo por la calle, cubierto por mis propios excrementos y aullando como un lobo. Había perdido el control. Mi cuerpo se había convertido en una camisa de fuerza viva, y no podía resistirme, no podía gritar, ni siquiera podía cerrar los ojos. Me vi reflejado, brevemente, en una ventanilla del tren, y no podía ni comenzar a imaginar qué estaría pensando la mente que controlaba ese rostro soso y tranquilo.

   Nada fue como una pesadilla holográfica sensorial; yo era un objeto sin volición, y la perfecta familiaridad de las señales de mi cuerpo sólo hacían que la experiencia fuese más horriblemente errónea. Mis brazos no tenían derecho al perezoso ritmo de las brazadas; quería agitarme como un hombre que se ahogase, quería que el mundo conociese mi inquietud.

   Sólo cuando me tendí en la playa y cerré los ojos, comencé a pensar racionalmente en mi situación.

   El cambio no podía producirse “espontáneamente”. La idea era ridícula. Un ejército de cirujanos robots, que ni siquiera estaban presentes en mi cerebro, tenía que cortar y empalmar millones de fibras nerviosas, y no los inyectarían hasta dentro de dos meses. Sin una intervención deliberada, el Dispositivo Ndoli era completamente pasivo, incapaz de hacer cualquier cosa que no fuese fisgonear. Un fallo de la joya o el entrenador, no podía hacer que le robase al cerebro orgánico el control del cuerpo.

   Estaba claro que se había producido un funcionamiento defectuoso, pero mi primera suposición había sido errónea, completamente equivocada.

   Desearía haber podido hacer algo al comprenderlo al fin. Debería haber quedado en posición fetal, gimiendo y gritando, arrancándome el pelo del cráneo, arañándome la piel con las uñas. En su lugar, me quedé tendido de espaldas bajo el sol reluciente. Me picaba la parte posterior de la rodilla derecha, pero, aparentemente, yo era demasiado vago para rascarme.

   Oh, debería haber logrado, al menos, un buen ataque de risa histérica, cuando comprendí que yo era la joya.

   El entrenador había fallado; ya no me mantenía sincronizado con el cerebro orgánico. No me había quedado indefenso; siempre había estado indefenso. Mi voluntad de actuar sobre “mi” cuerpo, sobre el mundo, siempre había ido directamente al vacío, y era exclusivamente porque había sido manipulado incesantemente, “corregido” por el entrenador, por lo que mí deseos habían coincidido siempre con las acciones que parecían ser mías.

   Hay un millón de preguntas que podría plantearme, un millón de ironías que podría saborear, pero no debía hacerlo. Tenía que concentrar todas mis energías en una única dirección. Se me estaba acabando el tiempo.

   Cuando entrase en el hospital y se produjese el reemplazo, si los impulsos nerviosos que transmita al cuerpo no coinciden exactamente con los del cerebro orgánico, se descubriría el fallo del entrenador. Y se rectificará. El cerebro orgánico no tenía nada que temer; su continuidad estaba garantizada, se le consideraría preciosa y sacrosanta. No hay duda de a cuál de nosotros se le consentirá prevalecer. Una vez más, a mí se me obligaría a ajustarme. Se me “corregiría”. A mí se me asesinaría.

   Quizá sea absurdo tener miedo. Mirado desde cierto punto de vista, he sido asesinado cada microsegundo de los últimos veintiocho años. Visto desde otro punto de vista, sólo he existido desde las siete semanas que han pasado desde el fallo del entrenador, y que la idea de mi identidad separada cobrase sentido; y en una semana más esta aberración, esta pesadilla, acabará. Dos meses de desdicha; ¿por qué debería lamentar perderlos, cuando estoy a punto de heredar la eternidad? Excepto que no será yo quien la herede, ya que esos dos meses de desdicha son todo lo que me definen.

   Las permutaciones de las interpretaciones intelectuales son infinitas, pero al final, no puedo más que actuar según mi desesperada voluntad de sobrevivir. No me siento como una aberración, un fallo desechable. ¿Cómo puedo tener esperanzas de sobrevivir? Debo ajustarme... por voluntad propia. Debo escoger hacerme parecer idéntico a aquél en el que me obligarán a convertirme.

   Después de veintiocho años, seguro que todavía me ajusto lo suficiente como para lograr el engaño. Si examino todas las pistas que me llegan a través de nuestros sentidos compartidos, seguro que puedo colocarme en su lugar, olvidando, temporalmente, la importancia de mi situación separada, y obligarme así a recuperar la sincronía.

   No será fácil. Conoció a una mujer en la playa, el día en que nací. Se llama Cathy. Se han acostado tres veces, y creo que él está enamorado de ella. O al menos, se lo ha dicho a la cara, se lo ha susurrado cuando ella duerme, lo ha escrito, sea cierto o sea falso, en su diario.

   Yo no siento nada por ella. Es una persona bastante agradable, seguro, pero apenas la conozco. Preocupado de mi grave situación, apenas he prestado atención a sus palabras, y el acto sexual me resultaba poco más que una desagradable muestra de voyeurismo involuntario. Desde que he comprendido lo que está en juego, he intentado sucumbir a las mismas emociones que mi alter ego, ¿pero cómo puedo amarla cuando la comunicación entre nosotros es imposible, cuando ella ni siquiera sabe que yo existo?

   Si ella controla sus pensamientos día y noche, pero para mí no es más que un obstáculo peligroso, ¿cómo puedo esperar alcanzar la imitación perfecta que me permitirá escapar a la muerte?

   Él duerme ahora, así que yo debo dormir. Escucho los latidos de su corazón, su respiración lenta, e intento alcanzar la tranquilidad en consonancia con esos ritmos. Durante un momento, me desaliento. Incluso mis sueños serán diferentes; nuestra divergencia es imposible de erradicar, mi meta es risible, ridícula, patética. ¿Todos los impulsos nerviosos, durante una semana? Mi temor a ser descubierto y mis intentos por ocultarlo inevitablemente distorsionarán mis respuestas; este amasijo de mentiras y miedos será imposible de ocultar.

   Pero a medida que voy cayendo en el sueño, me encuentro creyendo que tendré éxito. Debo. Sueño durante un tiempo —una confusión de imágenes, extrañas y mundanas, que termina con un grano de sal atravesando el ojo de una aguja— cuando caí, sin temor, a un olvido sin sueño.

   Miro el techo blanco, mareado y confuso, intentando liberarme de la insistente convicción de que hay algo en lo que yo no debo pensar.

   Luego aprieto el puño con alegría, regocijándome en el milagro, y recuerdo.

   Hasta el último minuto, pensé que iba a volver a echarse a atrás, pero no lo hizo. Cathy le convenció de que sus temores eran infundados. Después de todo, Cathy había cambiado, y él la amaba más de lo que nunca había amado a nadie.

   Bien, ahora hemos tornado los papeles. Su cuerpo es su camisa de fuerza, ahora...

   Estoy empapado de sudor. Esto es inútil, imposible. No puedo leer su mente, no puedo adivinar lo que intenta hacer. ¿Debería moverme, quedarme inmóvil, llamar a alguien, mantenerme en silencio? Incluso si el ordenador que nos observa está programado para pasar por alto algunas discrepancias triviales, tan pronto como él perciba que su cuerpo no cumple su voluntad, tendrá tanto miedo como tuve yo, y yo no tendré ninguna posibilidad de adivinar correctamente. ¿El estaría sudando ahora? ¿Él respiraría con dificultad, así? No. Yo sólo llevo despierto treinta segundos, ya me he traicionado. Un cable de fibra óptica serpentea desde mi oreja derecha hasta un panel en la pared. En algún lugar deben estar sonando las alarmas.

   Si intentase huir corriendo, ¿qué me harían? ¿Emplearían la fuerza? Soy un ciudadano, ¿no? Hace décadas que los cabezas-de-joya tienen todos los derechos legales; los cirujanos e ingenieros no pueden hacerme nada sin mi consentimiento. Intento recordar las cláusulas del permiso que firmó, pero él apenas le dio un vistazo. Tiro del cable que me retiene como un prisionero, pero está bien unido, a ambos extremos.

   Cuando las puertas se abren, durante un momento pienso que voy a desmoronarme, pero de alguna parte extraigo fuerzas para recuperar la compostura. Es mi neurólogo, el doctor Prem. Me sonríe y dice:

   —¿Cómo se siente? ¿No muy mal?

   Asiento atontado.

   —¡Para mucha gente, la mayor sorpresa es no sentirse diferentes en nada! Durante un tiempo pensará, “¡No puede ser así de fácil! ¡No puede ser así de simple! ¡No puede ser así de normal!”. Pero pronto lo aceptará. Y la vida seguirá, sin cambios, sonríe, me da un golpe paternal en el hombro, se vuelve y sale.

   Pasan horas. ¿A qué están esperando? A estas alturas las pruebas deben ser concluyentes. Quizá tengan procedimientos que cumplir, expertos legales y técnicos que deben consultar, comités de ética a reunir para discutir sobre mi suerte. Estoy cubierto de sudor, estremeciéndome incontrolablemente. Varias veces agarro el cable y tiro con todas mis fuerzas, pero parece retenido por cemento en un extremo, y fijado a mi cráneo por el otro.

   Un enfermero me trae la comida.

   —Alégrese —dice— . Pronto será la hora de visita.

   Después me trae un orinal, pero estoy demasiado nervioso para orinar.

   Cathy frunce el ceño al verme.

   —¿Qué te pasa?

   Me encojo de hombros y sonrío, estremeciéndome, preguntándome por qué siquiera intento seguir con la charada.

   —Nada. Sólo que... me siento algo mareado, eso es todo.

   Me sostiene la mano, para luego inclinarse y besarme en los labios. A pesar de todo, me siento excitado de inmediato. Todavía inclinada sobre mí, me sonríe y dice.

   —Ya ha acabado, ¿vale? No hay nada de lo que tener miedo. Estás un poco alterado, pero sabes en tu corazón que sigues siendo quien has sido siempre. Y te quiero.

   Asiento. Hablamos de intrascendencias. Se va. Me susurro a mí mismo, histérico:

   —Sigo siendo el que siempre he sido. Sigo siendo el que siempre he sido.

   Ayer me afeitaron el cráneo e insertaron mi nuevo cerebro falso, que ocupa espacio y no tiene consciencia.

   Me siento más tranquilo de lo que me he sentido en mucho tiempo, y creo que al fin he encontrado una explicación para mi supervivencia.

   ¿Por qué desactivan al entrenador durante la semana entre el cambio y la destrucción del cerebro? Bien, no pueden dejarlo en funcionamiento mientras desechan el cerebro... pero ¿por qué toda una semana? Para garantizar a la gente que la joya, sin supervisión, puede seguir en sincronía; para convencerles de que la vida que la joya va a vivir será exactamente la vida que el cerebro orgánico “hubiese vivido”, signifique eso lo que signifique en realidad.

   Entonces, ¿por qué sólo una semana? ¿Por qué no un mes o un año? Porque la joya no puede mantenerse en sincronía durante tanto tiempo, no por ningún fallo, sino precisamente por la razón que hace que valga la pena usarla. La joya es inmortal. El cerebro se deteriora. La imitación del cerebro que hace la joya deja fuera —deliberadamente— el hecho de que las neuronas reales mueren. Sin el entrenamiento actuando para lograr, a todos los efectos, un deterioro idéntico en la joya, acaban surgiendo pequeñas discrepancias. Una diferencia de una fracción de segundo para responder a un estímulo es suficiente para levantar sospechas, y —como yo sé muy bien— desde ese momento el proceso de divergencia es irreversible.

   Sin duda, hace cincuenta años, un grupo de neurólogos pioneros se reunieron alrededor de una pantalla de ordenador y examinaron una gráfica con la probabilidad de esa divergencia radical frente al tiempo. ¿Cómo escogieron una semana? ¿Qué probabilidad les resultó aceptable? ¿Una décima de punto? ¿Una centésima? ¿Una milésima? Por muy cautelosos que decidiesen ser, es difícil imaginarles escogiendo un valor tan bajo como para hacer que el fenómeno fuese raro a escala global, una vez que cada día cambiaban un cuarto de millón de personas.

   En un hospital dado, puede que suceda sólo una vez por década, o incluso por siglo, pero todas las instituciones deben tener una política para tratar esa eventualidad.

   ¿Qué escogerían?

   Podrían cumplir sus obligaciones contractuales y volver a activar el entrenador, borrando a su cliente satisfecho y ofreciéndole al cerebro orgánico traumatizado la oportunidad de hablar sobre su ordalía a los medios y a la profesión legal.

   O, podrían simplemente eliminar los registros informáticos de la discrepancia, y tranquilamente eliminar al único testigo.

   Bien, ya está. La eternidad.

   Dentro de cincuenta o sesenta años necesitaré trasplantes, y con el tiempo todo un cuerpo nuevo, pero esa idea no debería preocuparme: no puedo morir sobre la mesa de operaciones. En mil años o así haré que me pongan hardware extra para lidiar con las exigencias de almacenamiento de memoria, pero estoy seguro de que será un proceso sin problemas. En una escala de tiempo de millones de años, la estructura de la joya puede sufrir daños por los rayos cósmicos, pero una trascripción sin errores a un cristal nuevo a intervalos regulares se ocupará de ese problema.

   En teoría, al menos, ahora tengo garantizado un sitio en el Big Crunch, o una participación en la muerte térmica del universo.

   Evidentemente, dejé a Cathy. Puede que hubiese podido aprender a apreciarla, pero me ponía nervioso, y me sentía bastante cansado de la sensación de tener que fingir un papel.

   En cuanto al hombre que afirmaba amarla —el hombre que paso la última semana de su vida impotente, aterrorizado, ahogado por el conocimiento de su muerte inminente— no puedo decidir qué siento. Debería sentir simpatía —considerando que una vez esperé sufrir esa misma suerte— pero de alguna forma él simplemente no me resulta real. Sé que mi cerebro tuvo al suyo como modelo —lo que le da a él una especie de primacía causal— pero a pesar de ello, ahora le considero una sombra tenue e insustancial.

   Después de todo, no tengo forma de saber si su sensación de sí mismo, su vida interna más profunda, su experiencia del ser, era, en algún aspecto, comparable a la mía.
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