Resumen ¿Cómo averiguar el nombre de tu ángel?




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nirvana, la piedra filosofal o el satori son sólo diferentes palabras para expresar eso que en esencia es indefinible y que constituye la ansiada meta de todos los verdaderos buscadores espirituales.

La enseñanza de los ángeles al respecto no puede ser más refrescante ni alentadora: “disfrutad, es necesario adoptar un punto de vista alegre, divertido, así generaréis buena suerte, y tanto la verdadera felicidad como la elevación espiritual estarán pronto llamando a vuestra puerta.

El sufrimiento puede ciertamente enseñarnos lecciones muy valiosas, pero sólo si identificamos su causa, de lo contrario será un sufrimiento inútil y hará que malgastemos nuestras vidas.

Esta integración del sentido del humor en la búsqueda espiritual es uno de los rasgos más característicos de la enseñanza de los ángeles. Las antiguas religiones de la India coinciden totalmente con esta visión: la imagen más usual del Dios Shiva es la del “Danzarín Supremo”, quien con su alegre danza crea los mundos y las galaxias. La palabra sánscrita Lila significa “el divino juego de la creación”, o el juego divino del universo, es decir que para los hindúes el motivo por el que Dios creó el universo es por simple juego, por pura diversión.

Los ángeles quieren enseñarnos a jugar y divertirnos, dos campos en los que son expertos.

La búsqueda de la iluminación es mucho más fácil si mantenemos una actitud abierta y positiva, si siempre esperamos que ocurra lo mejor, y si constantemente miramos hacia el lado luminoso de las cosas. Ese lado luminoso es donde están los ángeles, y ellos siempre estarán dispuestos a ayudarnos a convertirnos en lo que en realidad ya somos.

A la hora de pedir su ayuda no temamos plantearles nuestras más elevadas aspiraciones. En esto más que en cualquier otra cosa, pueden ayudarnos y están deseando hacerlo. Nuestra elevación es su felicidad. Cada paso que damos en esa dirección genera una gran fiesta en el cielo.
LOS ANGELES Y LA ORACION
En numerosos pasajes bíblicos está claramente establecido que una de las labores que realizan los ángeles es precisamente presentar ante Dios nuestras oraciones y nuestras plegarias.

Sin embargo, la auténtica oración es algo muy distinto de lo que nos enseñaron y de lo que casi todos tenemos como tal.

La verdadera oración es una unión con la divinidad. Es ser Uno con Dios, es sentir la Unidad que todo lo interpenetra y que todo lo abarca. Es abandonar toda sensación y todo sentimiento de separatividad, o al menos intentarlo, ir en esa dirección, naturalmente, sin esfuerzo.

Es evidente que esta oración no podrá tener palabras, ni siquiera mentales y si las tiene tendrá que ser un canto.

Los ángeles aman las canciones, la música y el canto. Eileen Elías Freeman relata en su libro Angelic Healing cómo cantó con Rafael y cómo sintió que aquel canto era la más elevada y pura forma de oración que jamás hubiera imaginado. Yo mismo he experimentado en varias ocasiones la inequívoca sensación de la presencia angelical, mientras escuchaba embelesado un canto inolvidable, momentos antes de compartir los sagrados alimentos.

Quienes gusten de cantar, podrán acercarse a los ángeles a través de su canto, y con su canto y la ayuda de los ángeles, podrán acercarse a Dios.

Pidamos a los ángeles que nos ayuden a acercarnos a la Divinidad, pues ésta es una de sus funciones, la más importante de todas.
MEDITACION ANGELICA
La práctica de la meditación es de un valor incalculable, para cuantos deseen avanzar por el sendero espiritual, pues al aquietar nuestra naturaleza inferior permite que se manifiesten los niveles superiores de nuestro ser, los mismos que nos comunican y nos unifican con los planos más elevados de la existencia, con los ángeles y con Dios.

Lo mejor es disponer de un lugar donde nadie ni nada – el teléfono por ejemplo – pueda molestarnos, un rincón sagrado donde nuestro espíritu pueda recogerse en paz, aislado en lo posible del mundo exterior.

En la verdadera meditación la actividad mental se reduce a niveles mínimos. Se trata simplemente de Sentarse sin hacer nada, como dicen los practicantes del Zen. Es dejar la mente en blanco observando calmadamente sus movimientos, con plena atención, pero sin intervenir en ellos. Ideas e imágenes vendrán a nuestra mente y del mismo modo se irán para dejar paso a otras. No debemos preocuparnos por ellas, la mente es como un espejo. Su trabajo es reflejar imágenes, pero nosotros no somos esas imágenes. Tampoco somos la mente. Ella es tan sólo un instrumento del cual debemos servirnos. La meditación limpia ese espejo y afina ese instrumento, para que a través de él podamos alcanzar lo más elevado, podamos llegar a ser conscientes de nuestro Ser real, de la unidad de todas las cosas, de Dios.

Meditar no es pensar, no es imaginar y no es visualizar. Todas estas actividades son útiles y cumplen una función insustituible en el sendero espiritual, pero no son meditar.

Los ángeles conocen la importancia de la meditación y por ello están siempre dispuestos a ayudarnos.

Estos siete pasos pueden ser utilizados a modo de sencilla guía:

  1. Acondicionar el ambiente. Reducir la luz, tal vez encender una vela o quizás incienso si sentimos que ello puede ayudar.

  2. Sentarnos en una postura cómoda. Con la espalda erecta, los pies descansando sobre el suelo y las manos posadas sobre los muslos.

  3. Cerrar los ojos y ser conscientes de nuestra respiración durante unos instantes.

  4. Hacer una petición mental a nuestros hermanos mayores los ángeles, para que nos protejan y nos ayuden en la meditación que vamos a iniciar. Esta petición no tiene por qué ser verbalizada, ni tan siquiera mentalmente. Un rápido pensamiento será suficiente. Seguidamente los podemos ya visualizar formando con sus alas un arco sobre nuestra cabeza, envolviéndonos totalmente a cierta distancia y formando una verdadera cadena protectora sobre nosotros, por delante, por atrás, por ambos costados y por debajo. Al mismo tiempo los visualizamos invocando a la Luz para que desde lo alto descienda hasta nosotros.

  5. Una vez establecida esta ayuda y protección angélica nos olvidamos de ella y nos centramos unos instantes de nuevo en nuestra respiración. Podemos contar siete o nueve ciclos respiratorios completos. No hay que intentar respirar de ningún modo especial, no hay que hacer nada, sólo dejar que la respiración fluya naturalmente.

  6. Ese no hacer nada es ya en sí mismo la meditación. A algunas personas les da buen resultado fijarse – mentalmente – en un punto situado sobre la nariz, entre los ojos – el llamado tercero ojo o chakra frontal. Otros prefieren hacerlo en el punto sobre la cúspide de la cabeza – el chakra coronario o loto de los mil pétalos -, realmente es indiferente y podemos hacer como nos plazca; igualmente, podemos no fijarnos absolutamente en nada.

  7. Cuando sintamos que el tiempo se ha cumplido volveremos a ser conscientes del proceso respiratorio durante unos cuantos ciclos. Seguidamente daremos mentalmente las gracias a los ángeles por su ayuda y protección asegurándoles que pueden a cambio contar con nosotros para lo que deseen. Seguidamente moveremos ligeramente los dedos de los pies, después las manos y después podremos abrir ya los ojos dando por terminada la sesión.


Durante la meditación pueden ocasionalmente producirse fenómenos, podemos tener visiones o pueden ocurrir sucesos inexplicables. Debemos considerarlos tan sólo como postes en el camino, como señales que nos animen a seguir, sin conferirles una importancia que realmente no tienen. Por extraordinarios que tales fenómenos puedan parecer debemos seguir adelante. Nuestra meta es la Realidad, no sus reflejos, por brillantes que éstos nos puedan parecer. Pidamos a los ángeles para que nos ayuden a no desviarnos del camino.

Los ángeles conocen la importancia de la meditación y estarán siempre prestos a ayudarnos en ella. Es más, aquellos que nos han ayudado y protegido la primera vez desearán ansiosos hacerlo de nuevo, de modo que entre nosotros y ellos se establecerá una relación muy fuerte, formaremos una especie de sociedad, de equipo. Es la “Fraternidad de los Angeles y de los Hombres”.
LA IMPORTANCIA DE LLEVAR UN DIARIO
Las formas en que los ángeles nos hacen saber que están en la labor que les hemos encomendado (aunque en realidad para ellos estén jugando) son muchas veces de lo más extraño e imaginativo. Así, es sumamente importante permanecer atentos para que no se nos escapen sus señales.

Además de la sensación de paz y tranquilidad, de la finísima emoción y de la gran esperanza que nos embargan cuando ellos están cerca, hay que estar especialmente atentos a las casualidades y coincidencias, pero sobre todo y muy especialmente, a los sueños.

Por eso es tan importante tener en nuestra mesilla de noche y de ser posible, siempre a mano durante el día, un cuaderno o diario donde podamos registrar las impresiones y las intuiciones que nos llegan y sobre todo los sueños.

En el momento de despertar siempre solemos recordar lo soñado; sin embargo, esos recuerdos se desvanecen a medida que nos adentramos en las actividades del día. Por ello es tan importante anotarlos en el mismo momento en que despertamos. Si no disponemos de tiempo, unas pocas palabras serán suficientes para “anclarlos” en este lado de la realidad, permitiéndonos luego recordarlos y tal vez anotarlos ya con todo detalle.

En este diario podemos también vertir nuestras impresiones y todo aquello que pueda ser una señal procedente del otro lado, al igual que pensamientos, ideas y cualquier cosa que siendo alegre, vivificante y graciosa llegue hasta nosotros durante el día. Del mismo modo podemos escribir en él nuestros mensajes, nuestros comunicados y peticiones para los ángeles.

El diario nos dará confianza y seguridad, nos mostrará de un modo innegable los progresos que estamos haciendo y se convertirá en un instrumento clave en nuestra comunicación angélica.

Sin embargo, los principales beneficios que el diario nos proporcionará no pueden ser apreciados en este mundo tridimensional, pues se escapan de él, invaden una dimensión superior que quizás sea aquella en la que los ángeles viven y juegan, y ¿quién sabe si los ángeles no utilizarán también ese mismo diario para transmitirnos sus indicaciones, su amor y su ayuda?.
ANGELES EN FORMA HUMANA
El famoso pintor y escultor renacentista Benvenuto Cellini cuenta en su autobiografía cómo un ángel le salvó la vida en una de sus estancias en la cárcel.

El problemático y pendenciero Cellini había ya sido encarcelado en varias ocasiones, una de ellas, condenado a muerte por asesinato, habiéndose librado de su sentencia gracias a la intervención directa del Papa Paulo III.

Cellini – también joyero – fue en otra ocasión encarcelado bajo la acusación de haber robado ciertas joyas pertenecientes al Papa Clemente. Intentó escapar de su celda – en el castillo de Sant’ Angelo – pero fue capturado en su fuga, siento esta vez confinado a una de las peores mazmorras de los sótanos del castillo. Desesperado, decidió poner fin a su vida ahorcándose de una viga. Cuando estaba ya a punto de cumplir su decisión, una tremenda e invisible fuerza lo derribó contra el suelo. Seguidamente tuvo la visión de una joven angelical, que le recriminó su comportamiento, señalándole la importancia de la vida y de su preservación. Poco después fue liberado por la intercesión de un cardenal, llegando a convertirse en uno de los más destacados artistas del Renacimiento. Esta enorme fuerza física desarrollada por el ángel que salvó a Cellini nos recuerda el caso de Jovita Zapien, en el que unas niñas fueron capaces de alzar una máquina que pesaba varias toneladas. En su libro Where angels Walk, Joan Wester Anderson cuenta el caso de una joven madre de familia cuya camioneta, en la que también viajaban sus hijos, se quedó sin gasolina deteniéndose justo sobre unas vías. Al momento un joven se asomó por la ventanilla, advirtiéndole que el tren llegaría en medio minuto y que por ello iba a mover un poco su camioneta para sacarla del peligro. Seguidamente empujó con una sola mano y muy tranquilamente el pesado vehículo, que se deslizó unos cuantos metros deteniéndose de nuevo. El tren llegó en aquel preciso instante con su estruendo habitual. Seguidamente la joven buscó con la vista a su benefactor pero ya no lo pudo hallar. Afortunadamente la gasolinera estaba tan sólo a unos pasos y rápidamente llegaron empleados de la misma y algunos voluntarios, quienes entre todos – fueron necesarias ocho personas – empujaron el coche hasta la estación de servicio. ¿Quién fue el oportuno joven que los salvó de ser arrollados por el tren moviendo con una sola mano el pesado coche que luego ocho personas apenas pudieron desplazar?.

Tanto el caso de Cellini como el de esta camioneta demuestran de un modo inequívoco que las apariciones físicas de los seres angelicales no son sólo “visiones” o manifestaciones “etéreas”, sino que son capaces de actuar sobre el entorno físico, desarrollando, cuando es necesario una fuerza imponente e incomprensible.

Estos seres misteriosos pueden ser hombres o mujeres, muy jóvenes, de mediana edad o ancianos. Suelen ser poco habladores, limitándose a actuar con la máxima eficiencia – generalmente dan la impresión de no disponer de mucho tiempo, como si el esfuerzo que deben hacer o la energía que deben reunir para manifestarse en nuestro plano fuera enorme – para seguidamente, desaparecer.

Sin embargo no todas las apariciones angélicas bajo forma humana suelen tener lugar en un momento de gran peligro o en circunstancias extraordinariamente dramáticas. Hay excepciones, unas veces su aparición ocurre en momentos de gran exaltación emotiva o espiritual y en algunas ocasiones, incluso hablan extensamente. Transcribo seguidamente el relato de Nigbe Quetzali, de Miami, Florida:

“Desde que yo recuerdo he sido una enamorada del sol, lo que siempre atribuí a pertenecer al signo zodiacal Leo, cuyo regente es el astro rey. Pero un día, hablando con un amigo, me sorprendió descubrir que para él el sol era un ser vivo e inteligente, con conciencia y emociones, asegurándome incluso que El era mi guía espiritual. Aunque ello me llenó de asombro no lo puse en duda, pues algo dentro de mí me decía que era cierto. Así, mi actitud fue de gozo, como quien descubre algo que ya desde antes presentía. Todo esto ocurrió de noche, por lo que no me fue posible correr a encontrarme con la estrella solar. De modo que después de una larga conversación me fui a dormir, bastante tarde por cierto.

Desperté ya bien avanzada la mañana, quizás serían como las once y media, aunque no lo sé con seguridad. Me preparé rápidamente para salir. Mi deseo, o mi necesidad, era la de ir a un parque cercano, sentarme en un banco y hablarle al sol. Sí, recuerdo perfectamente que llegué a mi banco a las doce en punto, exactamente al mediodía. Estaba desocupado, así que me senté. Levanté los ojos al cielo, mi mirada se encontró con el sol (debo aclarar aquí que desde niña puedo mirarlo directamente, sin que me lastime el resplandor, lo cual aconsejo que no lo hagan, pues puede resultar muy dañino). Al verlo me quedé extasiada. Hablaba mentalmente con él. No recibía respuesta, pero yo me encontraba arrobada, recordando mi conversación de la noche anterior y llena de gozo porque por primera vez veía al Sol como un ser inteligente y con conciencia. Me hallaba tan absorta que no sentí llegar – ni sentarse a mi lado – a un hombre que me sacó de mis cavilaciones al decirme: “El te escucha”. Sorprendida, bajé la mirada para encontrarme con un rostro apacible y armonioso, pero nada extraordinario, aunque desde un principio hubo una extraña comunicación entre nosotros; me miró a los ojos y sentí que veía dentro de mí, sentí que entre aquel desconocido y yo había un lazo muy estrecho. Con ese mismo rostro extrañamente sereno, dirigió su mirada al Sol. No hubo sonrisas, ni asombro de broma. Había en todo aquello un dejo de ceremonia que me inspiraba un profundo respeto. A mi vez alcé el rostro hacia el Sol, respondiéndole después con una voz que no se parecía a la mía, pues sonó mucho más profunda y segura: “lo sé”.

Después de aquel mágico momento sentí una especie de “regreso a la normalidad”, se desvaneció el ambiente especial y pude observar entonces al extraño. Era un hombre de unos cuarenta años aproximadamente, sin nada de peculiar y de aspecto más bien común. Su tez era morena clara, llevaba el pelo corto, negro con algunas canas. Vestía un pantalón de color beige que se veía ya usado, una camisa blanca y una chaqueta de color café. Que yo recuerde no había en él nada que resaltara. Se veía como cualquier persona de clase media baja. Conversamos. Me preguntó cosas sobre mí, como lo haría cualquier persona que acaba de conocer a otra. También me habló de él. Me dijo que trabajaba en una compañía muy cerca de allí, que era vendedor. Me pareció un hombre muy simpático y ahora sí, sonreía. Sacó del bolsillo una cartera negra y de ella una tarjeta con sus datos. Me la tendió diciendo que le llamara cuando quisiera, que sería muy agradable verme otra vez pues le había caído muy bien. Contesté que él a mí también y que cuando pudiera lo llamaría. Nos despedimos. Lo vi darse la vuelta y caminar por la vereda rumbo a la calle. Bajé la mirada para ver su nombre que – impreso en letras negras – figuraba en la tarjeta. Levanté la vista para verlo irse y, ¡ya no estaba! ¡Era imposible!. No habían pasado ni tres segundos. Analicé las posibilidades. Yo me hallaba al principio de la vereda. El lugar más cercano de donde uno pudiera ocultarse estaba al menos a quince metros de distancia, no había arbustos altos ni árboles cercanos. Todo estaba al alcance de mi vista, menos él. Me quedé allí, en medio de todo. No había gente a mi alrededor, sólo un silencio que cada vez me inquietaba más. Estaba desconcertada y pensé que todo había sido un sueño.

De pronto sentí la tarjeta en mi mano. ¡Era verdad! ¡El había estado allí! Corrí hacia un teléfono. Con emociones encontradas marqué su número ¡Qué tonta soy! – me decía - ¿qué diré? En eso oí una voz al otro lado, era una voz de mujer. Pregunté por él. La señora que contestó me dijo que dicha persona no vivía allí. Comprobé el numero y era correcto. Expliqué a la señora que me habían dado su teléfono como perteneciente a una compañía, le di la supuesta dirección y no coincidía. Me dijo que era un domicilio particular y que no podía haber error pues llevaba ya muchos años con ese número telefónico. Le agradecí su atención y colgué el auricular cada vez más desconcertada. Dirigí mis pasos hacia la dirección indicada en la tarjeta y al llegar me encontré con un pequeño comercio. No había tal compañía. Me quedé largo tiempo mirando aquella tarjeta, no encontraba explicación a lo sucedido. De pronto recordé su primera frase: “El te escucha”. Sentí un estremecimiento que me recorrió de pies a cabeza y enseguida algo me hizo comprender que era inútil seguir buscando. Al menos aquí, en este mundo”.
APARICIONES “ETEREAS” DE ANGELES
Son las más abundantes y aunque generalmente suelen ocurrir en momentos de gran emergencia, ya sea física o anímica, no siempre es así, pues algunas veces tienen lugar de manera totalmente espontánea, como sucedió en el caso siguiente, que nos es relatado por la Sra. Patricia de la Vega, de Mazatlán, (México):

“Eran casi las dos de la mañana. En el dormitorio estábamos mi hermana y yo. Nos habíamos quedado hablando hasta tarde y acordamos irnos ya a dormir. Apagamos la luz y entonces lo vi, a los pies de la cama. Estaba parado, con las manos unidas frente al pecho y los ojos cerrados, en actitud concentrada, como rezando. Iba vestido con una túnica blanca, que dejaba ver otra prenda interior de un color rojo o rosado, semejante a las que usan los monaguillos. Su apariencia era la de un niño de unos doce años, con el cabello dorado y ligeramente “rizado”. Su “cuerpo” parecía despedir una suave luz, que iluminaba la habitación y permitía verlo en la oscuridad. Intenté llamar a mi hermana pero fue imposible, pues perdí totalmente el habla – no obstante, algo en su interior debió avisarla de que hechos extraordinarios estaban teniendo lugar allí, pues se cubrió la cabeza totalmente con las sábanas presa del pánico. Sin embargo en ningún momento sentí yo el más ligero temor, ni miedo, ni ninguna sensación desagradable. Me incliné hacia delante para verlo mejor y tras un instante – no puedo precisar el tiempo, pero alcancé a fijar perfectamente mi vista y mi atención en él – desapareció. Después de acostarme sentí una poderosa energía que penetraba en mi cuerpo a través de las plantas de los pies y me inundaba totalmente, hasta las puntas de los dedos. Una inenarrable sensación de bienestar y felicidad – como nunca he vuelto a experimentar – me embargó seguidamente, después me dormí.

Debo aclarar que ni antes de la aparición ni tampoco durante el día había estado hablando ni leyendo sobre temas esotéricos ni espirituales, lo cual descarta la hipótesis de la sugestión, al igual que también lo hace el hecho de haber estado presente otra persona, que si bien no vio nada – por impedírselo el miedo -, su cuerpo sí percibió de una manera muy clara y dramática la presencia de aquel poderoso ser”.

El siguiente relato, de la Sra. Marina Sol, de Tampa, Florida, es semejante al anterior, aunque el ser angelical que la visitó no puede ser calificado de “etérico”, pues le dio la mano:

“Aunque nunca le vi el rostro, estoy totalmente segura de que fue un ángel. Vivía yo entonces todavía en la casa de mi madre. La puerta de mi habitación daba directamente al jardín y era toda de cristal translúcido, con tan sólo el marco de madera. De pronto una noche – sin sentir el más mínimo atisbo de miedo – vi cómo una figura humana penetraba en mi cuarto pasando a través de la puerta, seguidamente se sentó en mi cama y me tendió la mano. Le di la mía y sentí la presión de sus dedos. Yo también apreté. Estuvo todo el tiempo casi de espaldas, por lo que no pude verle el rostro, pero la suya era una mano masculina, fuerte y segura. De momento toda la angustia que me aquejaba se esfumó y supe que nada me podía pasar. Iba vestido con una especie de túnica de color oscuro y tras un momento se fue, dejándome envuelta en una paz y una felicidad que no puedo describir. Su visita se repitió en varias ocasiones durante unos días, y siempre ocurrió de un modo parecido. Nunca le vi el rostro y nunca cambiamos palabra alguna. Nunca experimenté miedo y en cada ocasión sentí una paz y un bienestar que nunca olvidaré. Debo decir que en aquellos días estaba atravesando por uno de los momentos más dolorosos y difíciles de mi vida, y que el impulso que recibí de aquel maravilloso ser me ayudó enormemente a seguir adelante. Muchas veces lo recuerdo y me gustaría volverlo a ver y volver a sentir la tranquilidad que de él emanaba”.

Olga May, de Houston, Texas, suele ver ángeles con cierta frecuencia aunque su visión suele durar tan sólo unos breves instantes, tal vez menos de un segundo. Generalmente vienen a avisarle de algo o a confrontarla en momentos de gran tensión. Me relataba que la última vez que le ocurrió había ido a ver a una amiga al trabajo – es ingeniera civil y estaba entonces trabajando en la construcción de una planta industrial. Charlaban tranquilamente cuando de pronto requirieron la presencia de su amiga en otro lugar de la obra. Le dijo a Olga que la esperara un momento y se dispuso a salir de la oficina en que se hallaban. En aquel preciso momento Olga vio a un niño de unos doce años, que sostenía un caso en su mano. Llamó rápidamente a su amiga y le rogó que se pusiera el caso. Afortunadamente le hizo caso, pues unos instantes después una enorme viga caía sobre su vehículo y posiblemente le habría causado la muerte de no haber llevado el casco puesto.

El siguiente relato de Ralph Harlow es ya un clásico en la angelología. Fue publicado en el
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