Resumen ¿Cómo averiguar el nombre de tu ángel?




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fecha de publicación26.12.2015
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Guidepost Magazine y ha sido reproducido en numerosos libros y publicaciones:

“No estábamos en navidad, ni siquiera era invierno. Ocurrió durante una espléndida mañana de primavera. Mi esposa y yo caminábamos entre los álamos y los arces que comenzaban a brotar, cerca de Ballardvale, Massachusetts. Me doy cuenta de la validez de este relato, como la de cualquier otro que refleje una experiencia personal, depende del buen sentido y de la honestidad de la persona que lo narra. ¿Qué puedo decirles de mí? ¿Qué soy un académico que no cree en la adivinación y sí en la investigación científica? ¿Qué soy titulado por Harvard, Columbia y el Seminario teológico de Hartford? ¿Qué nunca he tenido alucinaciones? ¿Qué más de una vez se ha solicitado mi testimonio en los tribunales y que en tales ocasiones tanto el juez como el jurado me han considerado un testigo fiel? Todo ello es cierto, pero dudo que estos hechos influyan en la aceptación o la incredulidad de mi relato.

En realidad, cada uno de nosotros debe pasar toda la información que recibe de los demás por el tamiz de su propia experiencia, de su comprensión y de su visión del mundo. Así que me limitaré a relatar lo ocurrido:

Aquella mañana Marion y yo paseábamos por un sendero de tierra blanda, tomados de la mano, disfrutando mientras caminábamos al lado de un hermoso arroyo. Estábamos en el mes de mayo y, dado que en el colegio donde yo era profesor se estaban preparando los exámenes, pudimos tomarnos unos días de vacaciones para visitar a los padres de Marion.

Solíamos caminar frecuentemente por las praderas, disfrutando de la primavera después del frío invierno de Nueva Inglaterra, pues en esta época del año los bosques están radiantes y tranquilos y al mismo tiempo la vida primaveral comienza a brotar de la tierra. Aquel día nos sentíamos especialmente felices y serenos, conversábamos tranquilamente dejando largos silencios entre una frase y otra.

De pronto escuchamos un murmullo de voces a nuestras espaldas. Dije a mi esposa: Parece que hay alguien más en el bosque esta mañana. Marion asintió y ambos miramos hacia atrás pero no vimos nada, sin embargo las voces se acercaban cada vez más rápido hacia donde nosotros estábamos. Pensamos que aquellas personas pronto nos alcanzarían. Entonces nos dimos cuenta de que el sonido no sólo provenía de atrás sino que al mismo tiempo estaba sobre nosotros y entonces levantamos la mirada.

¿Cómo explicar lo que sentí? No es posible describir la exaltación que se apoderó de nosotros. ¿Cómo detallar este fenómeno con objetividad y que al mismo tiempo resulte creíble?

A unos tres metros de altura sobre el suelo ligeramente a nuestra izquierda había un grupo de hermosas criaturas que flotaban, irradiando una gran belleza espiritual. Nos detuvimos y contemplamos cómo pasaban sobre nosotros.

Eran seis hermosas jóvenes, vestidas con blancas túnicas flotantes, que charlaban animadamente entre ellas. No parecieron darse cuenta de nuestra existencia. Vimos sus rostros con toda claridad; una de las mujeres, un poco mayor que las otras era especialmente bella. Sus oscuros cabellos estaban recogidos atrás, como sujetos en la nuca. Hablaba con un espíritu más joven que estaba de espaldas a nosotros y que la miraba fijamente, con atención.

Aunque sus voces se oían con claridad, ni Marion ni yo pudimos comprender las palabras que pronunciaban. Era como escuchar la conversación de un grupo de personas que está en la calle, desde dentro de una casa con la puerta y las ventanas cerradas.

Flotaron junto a nosotros. Sus elegantes movimientos eran naturales, suaves y tranquilos. Cuando pasaron, el sonido de sus voces se fue volviendo cada vez más tenue, hasta apagarse por completo. Totalmente sorprendidos, permanecimos allí, tomados de las manos y mirando.

Estábamos más que maravillados. Nos mirábamos queriendo que el otro confirmase si había visto lo mismo. Nos sentamos sobre el tronco de un árbol caído pregunté a mi esposa: Marion, ¿qué has visto? Dímelo exactamente y también lo que has oído.

Ella se dio cuenta de mi intención: quería saber si mis ojos y mis oídos no me habían traicionado, si no había sido víctima de mi imaginación o de una alucinación. Sin embargo su respuesta coincidió exactamente con lo que mis sentidos habían captado.

Hago este relato con toda fidelidad y respeto por la verdad, pero todavía me parece increíble.

Quizá deba terminar diciendo que ejerció una profunda influencia en nuestras vidas, pues este suceso, ocurrido hace ya más de treinta años, hizo que nuestro pensamiento se modificara enormemente.

El Dr. Harlow y su esposa no son los únicos que han visto ángeles en plena naturaleza. La escritora Joan Wester Anderson cita el caso del reverendo John Weaver, que se encontraba cazando alces en Montana con unos amigos. Subiendo una montaña vio de pronto que una persona salía de entre los árboles en la ladera de la colina que tenía frente a él. No iba vestido como cazador ni llevaba rifle y pese a que aparentemente caminaba con normalidad cubrió la considerable distancia que lo separaba de él en apenas unos segundos. Además no dejó ninguna huella en la nieve. Al llegar, el hombre le preguntó: ¿sabes quién soy? El pastor John Weaber lo reconoció de pronto: era el mismo que unos veinte años atrás le había auxiliado un día en que su coche se averió. Seguidamente se sentaron sobre una roca y charlaron como dos amigos. Al rato el desconocido se despidió bendiciéndolo en nombre de Dios.

El alpinista F.S. Smythe, que coronó el Everest en 1933, narra que durante su ascenso fue acompañado por una “amigable presencia”. Durante toda la expedición se sintió extrañamente acompañado, sin llegar a sentirse nunca solo ni creer posible que algún mal pudiera ocurrirle pues percibía que dicha presencia le ayudaba y lo protegía. La sensación de compañía era tan fuerte que Smythe comenta en su narración que más de una vez dividió en dos su galleta, alargando instintivamente la mano con la mitad, para ofrecerla a su compañero invisible. No es el único alpinista que relata hechos semejantes.

La experiencia de Smythe me recuerda lo que le ocurrió a Cecilia K. de Brownsville, Texas. Ella tampoco percibió ninguna figura humana o angelical, pero sí sintió su presencia de un modo innegable: “Normalmente suelo leer y meditar siempre en la misma habitación, en uno de cuyos rincones tengo una especie de altar con algunas imágenes, velas y también una campana tibetana. El otro día estaba precisamente leyendo un libro sobre los ángeles cuando oí un zumbido. Pensé que venía de la pecera y salí a examinarla, pero allí todo estaba en orden. Al volver a la lectura me di cuenta que el zumbido seguía e incluso iba en aumento. Entonces vi que procedía de la campana tibetana, la cual se había puesto a vibrar ella sola de la manera más extraña. Repentinamente y de una manera muy clara sentí que era mi ángel, que de algún modo, y respondiendo a una petición mía, estaba evidenciándome su presencia”.

La inmensa mayoría de las personas que alguna vez han leído sobre los ángeles o les han dedicado algún pensamiento suelen tener experiencias parecidas a las del alpinista Smythe o a la de Cecilia K.
CONCLUSION
Todos, absolutamente todos podemos comunicarnos con nuestro ángel de la guarda. Todos, de un modo u otro, estamos dotados para ello. Unos podrán verlo, otros oirán su voz y otros lo captarán mediante su intuición. Incluso los menos intuitivos no podrán negar sus contundentes hechos.

Estos seres maravillosos están siempre dispuestos y deseando ayudarnos, pero no pueden hacerlo si no los invitamos a ello. Tenemos que pedírselo expresamente.

Pero cuidado, los ángeles no son nuestros criados, ni nuestras mascotas, ni tampoco muñecos para ser lucidos en las reuniones sociales. Son seres extraordinarios, muy superiores a nosotros en todos los sentidos y merecen un enorme respeto por nuestra parte. Pero tampoco debemos convertirlos en ídolos. Son nuestros hermanos mayores, cuya percepción supera nuestras tres dimensiones y cuya conciencia está mucho más despierta que la nuestra, están mucho más cerca que nosotros de Dios, de su Padre, que es también el nuestro. Pidámosle que nos acerquen a El, que nos ayuden a ser concientes del El y muy pronto veremos cómo el resultado de su ayuda se hace evidente en nuestras vidas.


FIN
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