Librodot com Stefan zweig fouché el genio tenebroso revisado por: Sergio Cortéz introduccióN




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CAPÍTULO VIII


LA LUCHA FINAL CONTRA NAPOLEÓN

(1815, los Cien Días)

El 19 de marzo de 1815 entran a medianoche  la plaza gigantesca está a oscuras y solitaria  doce coches en el patio del Palacio de las Tullerías. Se abre una puertecita disimulada, de la que sale, antorcha en mano, un lacayo, y detrás de él, arrastrándose penosamente, apoyado por dos nobles adictos, un hombre obeso, jadeante de asma: Luis XVIII. Al contemplar al Rey achacoso que, apenas repatriado, después de un destierro de quince años, tiene que volver a huir, al amparo de la noche, de su país, un profundo sentimiento de compasión se apodera de todos los presentes. La mayoría dobla la rodilla mientras es subido a la carroza ese hombre a quien los achaques quitan dignidad y a quien su destino trágico envuelve en una aureola de piedad. Los caballos se ponen en marcha, los demás coches le siguen; durante algunos minutos suena sobre las duras piedras la cabalgata de la escolta. Luego vuelve a quedar la plaza gigantesca en silencio hasta el amanecer, hasta la mañana del 20 de marzo: el primero de los Cien Días del Emperador fugitivo de la isla de Elba.

La curiosidad se desliza la primera, se acerca voluntariamente, olfatea ante el palacio para averiguar si huyó ya, espantada, la real pieza ante el Emperador; pululan los comerciantes, los holgazanes, los ociosos. Temerosos o contentos, según el carácter y la manera de pensar, se comunican las noticias en voz baja. A las diez acude ya el pueblo en masa. Y como siempre, el hombre cobra valor del contacto con la muchedumbre; se aventuran los primeros gritos: Vive l’Empereur! A bas le Roi! Pronto se acerca la caballería con los oficiales que estaban a media paga bajo el régimen realista. Vuelven a oler guerra, ocupación, paga entera, legiones de honor y ascensos con el retorno del Emperador guerrero; y con júbilo tumultuoso ocupan, al mando de Exelmans, las Tullerías. (Como tiene lugar el traspaso de mano a mano con tanta tranquilidad, tan sin sangre, sube la renta en la Bolsa algunos puntos.) Al mediodía se iza de nuevo la bandera tricolor en el viejo Palacio Real sin que hubiese sonado un tiro.

Y ya se presentan cien cortesanos, los «fieles» de la Corte Imperial, damas de Palacio, criados, trinchantes, mariscales de cocina, viejos consejeros de Estado, maestros de ceremonia, todos los que no pudieron ganar y servir bajo la flor de lis, toda la nobleza nueva que llevó Napoleón a la vida cortesana de las ruinas de la Revolución. Todos de gala: los generales, los oficiales, las damas... se ven otra vez brillar con el lujo de diamantes, espadones y condecoraciones. Se abren las habitaciones y se prepara el recibimiento del nuevo señor. Rápidamente se hacen desaparecer los emblemas reales y pronto fulge nuevamente en la seda de los sillones, en vez de la lis real, la abeja napoleónica. Todos se afanan por estar a tiempo en su sitio, porque se les vea y se les cuente desde un principio entre los «fieles». Mientras tanto, se va haciendo de noche. Como en los bailes y grandes recepciones, encienden los lacayos engalonados todos los candelabros y velas; hasta el mismo Arco de Triunfo; lucen las ventanas de Palacio, nuevamente Imperial, y atraen inmensas muchedumbres de curiosos a los jardines de las Tullerías.

Por fin, a las nueve de la noche entra a galope un coche flanqueado y protegido a derecha e izquierda, precedido y seguido de jinetes de todos los grados y rangos, que agitan entusiasmados sus sables (¡pronto podrán utilizarlos contra los ejércitos de Europa!). Como una explosión estalla la aclamación de júbilo: Vive l’Empereur!, en la masa compacta, resonando en el cuadro vasto de las ventanas sacudidas. Como una ola única y frenética se abalanza el mar encrespado de la muchedumbre sobre el coche, y los sables de los soldados tienen que defender al Emperador de este alud de entusiasmo peligroso. Luego le levantan ellos mismos y le suben como una presa sagrada, como un dios de la guerra, respetuosamente, por las escaleras del viejo Palacio, entre el huracán de los vítores. Sobre los hombros de sus soldados, los ojos cerrados en un exceso de delicia, con una sonrisa extraña, espectral casi, en los labios... Así vuelve a escalar el trono imperial de Francia el hombre que veinte días antes abandonó fugitivo la isla de Elba. Es el último triunfo de Napoleón Bonaparte. Por última vez siente el placer de una ascensión inverosímil: el salto fantástico desde las tinieblas hasta las más altas cumbres del Poder. Por última vez llega a sus oídos como un zumbido de tempestad el clamor de los vítores. Durante unos minutos aspira, con los ojos cerrados y el corazón anhelante, el elixir embriagador del Poder. Después manda cerrar las puertas de Palacio, ordena a los oficiales que se retiren y hace llamar a los ministros; comienza el trabajo. El hombre de carne ha de defender lo que el Destino puso en sus manos.

Los salones están atestados de gente que espera al recién llegado. Pero la primera impresión ya le ofrece desengaños: los que le han quedado fieles no son los mejores, los más inteligentes, los más importantes. Ve muchos cortesanos y muchos hombres corteses, muchos curiosos y ávidos de empleo...; muchos uniformes y pocas cabezas. Casi todos los grandes mariscales faltan, sin excusa; los verdaderos camaradas de su ascensión han permanecido en sus castillos o se han pasado al partido realista; en el mejor caso, permanecen neutrales; la mayoría son ya sus enemigos. De los ministros está ausente el más inteligente, el más experto: Talleyrand; están ausentes los propios hermanos  reyes nuevos , las propias hermanas y, sobre todo, la propia mujer y el propio hijo. Ve en la multitud muchos ambiciosos y pocos hombres dignos. Aún vibran en sus oídos los vítores de miles de bocas y siente en la sangre su clamor cuando ya empieza el genio clarividente a sentir el primer escalofrío del peligro en el triunfo. De repente se oye un runrún en las antesalas de sorpresa y alegría en crescendo... Y entre los uniformes y levitas bordadas se abre respetuosamente un paso. Aunque ha tardado algo, un coche se ha parado ante el Palacio  no esta esperando; llega, se ofrece, pero no con insistencia de pequeño cortesano  y de él sale la figura pálida, delgada y de todos bien conocida del Duque de Otranto. Lento, indiferente, los ojos enigmáticos, impenetrables, avanza sin dar las gracias por el paso que se le abre; y precisamente esa tranquilidad suya, tan conocida y natural, despierta entusiasmo. «¡Paso a Fouché! ¡Es el hombre que necesita el Emperador!» Ya se le considera elegido, designado, exigido por la opinión pública antes de la decisión del Emperador. No viene como solicitante, llega poderoso, grave, majestuoso; y, efectivamente, Napoleón no le hace esperar; llama inmediatamente al más antiguo de sus ministros, al más fiel de sus enemigos. De su entrevista se sabe tan poco como de aquella primera en que Fouché presto su ayuda al general desertado de Egipto, coadyuvando a su elevación al Consulado y aliándose a él en infiel fidelidad. Cuando, al cabo de una hora, sale Fouché del gabinete, es nuevamente ministro de Policía por tercera vez.

Aún están húmedas las prensas del Moníteur, que publica el nombramiento del Duque de Otranto como ministro de Napoleón, y ya se arrepienten secretamente tanto el Emperador como su ministro de haberse vuelto a aliar. Fouché está desengañado; había esperado más. Hace tiempo que no se contenta ya su amor propio exaltado con el cargo inferior de ministro de Policía. Lo que en 1796 suponía salvación y honor para el muerto de hambre, para el proscrito y despreciado exjacobino José Fouché, le parece al multimillonario, al bien amado Duque de Otranto, en 1815, una prebenda miserable. Con el éxito ha ido creciendo su propia estimación: sólo le atraen los grandes papeles de la escena mundial, el emocionante azar de la diplomacia europea, el continente como mesa de juego y el destino de países enteros como puesta. Durante diez años se atravesó en su camino Talleyrand, el único que se le puede equiparar; ahora, cuando este competidor peligroso abandona a Napoleón, reuniendo en Viena las bayonetas de toda Europa contra el Emperador, se cree Fouché el único capacitado para desempeñar el Ministerio del Exterior. Pero Napoleón, desconfiado, y con razón, se niega a poner cartera tan importante en sus manos hábiles, demasiado hábiles y desleales, únicamente el Ministerio de Policía le endosa de mala gana; sabe que a su ambición peligrosa hay que echarle por lo menos una miga de Poder para que no muerda; pero aún en este reducto estrecho le coloca un espía, nombrando al más enconado adversario de Fouché, el Duque de Rovigo, jefe de la gendarmería. Así se renueva desde el primer día de su renovada alianza el viejo juego. Napoleón dispone una policía propia para vigilar a su ministro de Policía. Y Fouché, por su parte, hace política al margen y a espaldas de la política imperial. Los dos se engañan, los dos se miran las caras... De nuevo habrá de decidirse quien mantendrá, a la postre, la primacía: si el más fuerte o el más hábil, el hombre de sangre cálida o el hombre de sangre fría.

De mala gana acepta Fouché el Ministerio, pero lo acepta. Este magnífico y apasionado jugador espiritual tiene un defecto trágico: no puede estar inactivo, no puede permanecer, ni siquiera una hora tan sólo, como espectador del gran juego histórico mundial. Ha de tener siempre los naipes en la mano, jugar, barajar, engañar, embaucar, ser fullero y jugar triunfos. Por fuerza tiene que estar sentado siempre a una mesa..., es indiferente a cual, si a la mesa del Rey, o a la Imperial, o a la de la República; pero tiene que estar presente, avoír la maín dans la Pate, tiene que poner las manos en la masa caliente, no importa en cual; lo importante es ser ministro; de las derechas, de las izquierdas, del Emperador, del Rey, le es indiferente con tal de roer en el hueso del mando. Nunca tendrá la fuerza moral y ética, ni siquiera la finura de nervios o el orgullo de rehusar un mendrugo de Poder. Siempre estará dispuesto a ofrecer sus servicios. El hombre o la causa no significan nada: el juego es todo para él.

Con la misma repugnancia vuelve a tomar Napoleón a su servicio a Fouché. Hace diez años que conoce a este carácter de reptil y sabe que no sirve a nadie en el fondo y que sólo se deja arrastrar por su pasión del juego político. Sabe que este hombre le verá caer con la más glacial indiferencia y le abandonará en el momento más peligroso, exactamente igual que abandonó a los girondinos, a los terroristas, a Robespierre y a los termidoristas; exactamente igual que abandonó y traiciono a Barras  su salvador , al Directorio, a la República y al Consulado. Pero le necesita, o cree necesitarle. Así como Napoleón fascina a Fouché con su genio, igualmente, reiteradamente, fascina Fouché a Napoleón con su actitud. Rechazarle sería peligroso; en un momento tan crítico no se atreve Napoleón a tener a Fouché como enemigo. Así se decide por el menor de los males, ocupándole, distrayéndole con puestos y empleos, dejándose servir infielmente. «Sólo los traidores me hicieron saber la verdad», dice más tarde recordando a Fouché en Santa Elena. Hasta en sus momentos de ira más extremada se transparenta respeto hacia las dotes extraordinarias de este hombre mefistofélico, pues nada soporta el genio con mayor impaciencia que la mediocridad; engañado a sabiendas, al menos se siente Napoleón comprendido por Fouché. Así como un sediento que bebe el agua que sabe esta envenenada, prefiere tomar a su servicio a este hombre inteligente. y desleal, que a los fieles e incapaces. Diez años de enemistad enconada unen a veces a los hombres con mayor intensidad que una amistad mediocre.

Durante más de diez años ha servido Fouché a Napoleón, en la actitud del ministro ante su señor, como espíritu al servicio del genio; y siempre durante esos diez años como subalterno, como inferior. En 1815, en la lucha final, es Napoleón, en verdad, desde un principio, el más débil. Una vez más  la última  ha saboreado la embriaguez de la gloria; como en alas de águila le ha traído inesperadamente el Destino desde la isla lejana al trono imperial. Regimientos enviados contra él con superioridad numérica centuplicada, rinden las armas en cuanto ven su casaca... En veinte días logra el desterrado, que llegó con seiscientos hombres, entrar a la cabeza de un ejército en París. Y acariciando sus oídos el trueno del júbilo de millares de voces, duerme nuevamente en el lecho de los reyes de Francia. Pero ¡qué despertar el de los días siguientes! ¡Qué pronto palidece el sueño fantástico en la desnudez de la realidad! Es otra vez el Emperador, pero sólo de nombre; el mundo, que yacía esclavo a sus pies, ya no reconoce a su señor. Escribe cartas y proclamas, hace promesas apasionadas de paz que son recibidas con una sonrisa de indiferencia y a las que ni siquiera se concede el honor de una respuesta. Los mensajeros enviados por el Emperador a los reyes y príncipes son detenidos en las fronteras como contrabandistas y quitados de en medio sin miramientos. Una sola carta llega, dando rodeos, a Viena: Metternich la arroja sin abrir sobre la mesa de conferencias. A su alrededor empieza a notar el vacío; los antiguos amigos y compañeros están dispersos por todas partes: Berthier, Bourrienne, Murat, Eugene Beauharnais, Bernadotte, Augereau, Talleyrand, permanecen en sus fin as o se unen a sus enemigos. En balde quiere engañarse a sí mismo y a los demás; manda decorar fastuosamente los aposentos de la Emperatriz y del Rey de Roma, como si regresaran a su lado mañana mismo; pero en realidad flirtea María Luisa con su Conde de Neipperg, y su hijo juega en Schoenbrunn con soldados austriacos de plomo, bajo la mirada vigilante del Emperador Francisco. Ni el propio país reconoce la bandera tricolor. Sublevaciones en el Sur y en el Oeste: los campesinos están hartos de los eternos reclutamientos y disparan sobre los gendarmes que quieren llevarse sus caballos para los cañones. En las calles se leen carteles satíricos que decretan, por ejemplo, en nombre de Napoleón: «Articulo 1.º Anualmente me han de ser entregadas trescientas mil víctimas. Art. 2.º En ciertas circunstancias aumentará el número a tres millones. Art. 3.º Todas estas víctimas serán enviadas por correo a la gran matanza». No cabe duda, el mundo quiere paz y todos los espíritus razonables están dispuestos a mandar al diablo al indeseado si no garantiza la paz.

¡Trágico destino! Cuando por primera vez quiere tranquilidad el Emperador soldado, tranquilidad para él y para el mundo, con tal que se le deje el Poder..., el mundo no le cree ya. Los buenos burgueses, llenos de miedo por sus rentas, no comparten el entusiasmo de los oficiales a media paga y de los profesionales de la guerra a quienes la paz viene a estropear el negocio. Y apenas les da Napoleón  obligado por las circunstancias  el derecho electoral, le juegan la mala partida de elegir precisamente a aquellos a quienes persiguió durante quince años, a los que obligó a permanecer en la oscuridad, a los revolucionarios de 1792: Lafayette y Lanjuinais. Ningún aliado, pocos verdaderos partidarios en la misma Francia: apenas una persona con quien pueda cambiar impresiones en la intimidad. Descorazonado y confuso vaga el Emperador por el Palacio vacío. Una extrema laxitud se apodera de sus nervios y de su energía; tan pronto vocifera, perdido el dominio de sí mismo, como cae insensible en un verdadero letargo. Muchas veces se acuesta en pleno día para dormir: un cansancio interior, no del cuerpo, sino del alma, le derriba horas enteras como golpeado por una maza de plomo. Una vez le encuentra Carnot en sus aposentos con lágrimas en los ojos, contemplando fijamente un retrato del Rey de Roma, su hijo; sus confidentes le oyen lamentarse de que su buena estrella le ha abandonado. El imán interior siente que se ha traspasado el cenit del éxito, por eso tiembla y oscila, inestable, la aguja de su voluntad de polo a polo. De mala gana, sin verdadera esperanza, dispuesto a toda concesión, parte al fin a la guerra el mimado de la victoria. Pero nunca cierne su vuelo Nike sobre una cerviz humillada.

Tal es Napoleón en 1815: señor y Emperador en apariencia, fantasma a merced del destino, revestido con una sombra de Poder. Pero el hombre que tiene a su lado, Fouché, se encuentra en aquellos años en la plenitud de su fuerza. El razonamiento acerado y pujante, oculto en la vaina de la astucia, no se gasta tanto como la pasión en rotación constante, jamás se ha sentido Fouché espiritualmente más hábil, más intrigante, más flexible, más audaz que durante los cien días transcurridos entre la restauración y el derrumbamiento del Imperio. No hacia Napoleón, sino hacia él, se dirigen las miradas, esperando la salvación. Todos los partidos  fenómeno fantástico  tienen más confianza en el ministro del Emperador que en el Emperador mismo. Luis XVIII, los republicanos, los realistas, Londres, Viena, todos ven en Fouché el único hombre con quien se puede negociar; su prudencia fría y calculadora da más esperanzas a un mundo extenuado y necesitado de paz que el genio de Napoleón, oscilante, inquieto en el mar de la confusión. Y los que niegan el título de Emperador al «General Bonaparte», respetan el crédito personal de Fouché. Las mismas fronteras en las que son apresados sin miramientos los agentes de Estado de la Francia Imperial se abren, como tocadas por llave mágica, a los mensajeros secretos del Duque de Otranto. Wellington, Metternich, Talleyrand, Orleáns, el Zar y el Rey, todos reciben con gusto y con la mayor cortesía a sus emisarios; de pronto, el que había engañado siempre a todos, resulta el único jugador leal en este juego cosmopolita. Basta que mueva un dedo y se cumpla su voluntad. La Vendée se subleva, una lucha sangrienta amenaza al país; basta que Fouché mande un mensaje para que se evite, con una sola entrevista, la guerra civil. «¿Para qué  dice, calculando sinceramente  derramar aún sangre francesa? En un par de meses el Emperador o habrá vencido o estará perdido irremisiblemente. ¿Para qué, pues, luchar por algo que probablemente tendréis más tarde sin lucha? ¡Guardad las armas y esperad!» Y en el acto cierran los generales realistas  convencidos por estas explicaciones frías y lógicas  el pacto aconsejado. Todo el extranjero, todo el país se dirige en primer lugar a Fouché; no se toma ninguna resolución en el Parlamento sin él. Impotente tiene que ver Napoleón cómo le paraliza el brazo su criado cuando él quisiera atacar; cómo dirige las elecciones en el país contra él y pone trabas en el camino de su voluntad despótica con un Parlamento de ideas republicanas. En vano quisiera librarse ahora de él: la época autocrática pasó, pasaron los tiempos en que se mandaba al Duque de Otranto, como a un criado molesto, con un par de millones al retiro; hoy puede arrojar con más facilidad del trono el ministro al Emperador, que el Emperador de su cargo ministerial al Duque de Otranto.

Estas semanas de política obstinada, pero razonable; multiforme, pero clara, pueden situarse entre lo más perfecto de la historia mundial de la diplomacia. Ni un adversario personal, como el idealista Lamartine, puede negar su tributo de admiración al genio maquiavélico de Fouché. «Hay que reconocer  escribe  que demostró una audacia extraordinaria y un valor enérgico en el desempeño de su misión. Se jugaba diariamente la cabeza, que podía caer a la primera reacción de vergüenza o de ira que estallara en el pecho de Napoleón. De todos los supervivientes de la época de la Convención era el único que no se mostraba desgastado ni menguado en su audacia. La audacia de sus maniobras le había colocado en una situación angustiosamente comprometida, cogido, por una parte, entre la tiranía, que resurgía, y la libertad, que intentaba revivir; entre Napoleón, que sacrificaba la patria a sus intereses, y Francia, que no quería dejarse desangrar por un sólo hombre. Y Fouché contenía al Emperador, adulaba a los republicanos, tranquilizaba a Francia, insinuaba corteses ademanes a Europa, sonreía a Luis XVIII, negociaba con las Cortes extranjeras, se entendía por medio de gestos tácticos con el señor de Talleyrand y lograba mantener el equilibrio en todo con su actitud. Era el suyo un papel multiforme, difícil, bajo y sublime al mismo tiempo, pero enorme siempre, y al que la Historia no ha prestado hasta hoy la debida atención. Un papel sin nobleza de alma, pero no sin amor patrio y sin valentía, y que ponía al súbdito a la altura de su Soberano, al ministro sobre su Emperador, haciéndole arbitro entre el Imperio, la Restauración y la Libertad, aunque arbitro por su doble personalidad. La Historia, mientras condena a Fouché, no podrá negarle audacia en su actitud durante el período de los Cien Días, altura política en su táctica con los partidos y grandeza en la intriga. Todo esto lo colocaría al lado de los grandes estadistas del siglo si existieran verdaderos hombres de Estado sin virtud y sin dignidad de carácter.»

Con tal clarividencia juzga al hombre de Estado el poeta Lamartine, que fué contemporáneo suyo y sintió las vibraciones de aquel ambiente. La leyenda napoleónica, que comienza cincuenta años más tarde, cuando ya se han podrido los diez millones de muertos, cuando están ya enterrados todos los inválidos y aliviada Europa de las devastaciones, juzga, naturalmente, con más severidad e injusticia a Fouché. Las leyendas históricas son siempre una especie de
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