Librodot com Stefan zweig fouché el genio tenebroso revisado por: Sergio Cortéz introduccióN




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régisseur, de director de escena en este juego audaz y peligroso. Ha delineado las escenas y entrenado a los actores; ha ensayado, invisible, en la oscuridad, y ha dado la réplica en la oscuridad también. Ha estado en su verdadero papel. Pero si pasó inadvertida su actuación a los historiadores, hubo alguien consciente de su presencia y de su actividad: Robespierre. A la luz del día le designó con su verdadero nombre: Chef de la Conspiration.

Que se prepara algo en secreto contra él lo presiente muy bien este espíritu desconfiado y receloso en la resistencia repentina de los Comités, y más claramente quizás en la amabilidad y sumisión extrema de algunos diputados que sabe son sus enemigos. Algún golpe, desde la sombra, siente Robespierre que se prepara; conoce también la mano que ha de dirigirlo; conoce al Chef de la Conspiration, y está sobre aviso. Cautelosamente exploran sus tentáculos: una policía propia, espías particulares, que le comunican, paso por paso, las gestiones, las reuniones, las conversaciones de Tallien, de Fouché y de los demás conspiradores. Cartas anónimas le previenen o le excitan a posesionarse pronto de la dictadura y a derribar a los enemigos antes de que se puedan reunir. Y para confundirlos y engañarlos a su vez, se pone repentinamente la mascara de la indiferencia contra el Poder político. No se presenta ya en la Convención, ni en el Comité. Acompañado de su gran perro de Terranova se le ve solo, un libro en la mano, con los labios apretados, vagar por la calle o por los cercanos bosques, ocupado, en apariencia únicamente, con sus amados filósofos e indiferente contra el Poder. Pero cuando regresa de noche a su habitación lima horas enteras en su gran discurso. Infinitamente trabaja en él: el manuscrito muestra innumerables correcciones y añadiduras. Pues este discurso decisivo y grande, con el que quiere estrellar a todos sus enemigos de una vez, debe surgir inesperadamente, afilado como un hacha, lleno de ímpetu retórico, brillante de ingenio y pulido de odio. Con esta arma quiere atacar repentinamente a los sorprendidos antes de que se puedan entender y reunir Todo es poco para afilar su corte y envenenarlo mortalmente, y en este trabajo macabro pasa largos y preciosos días.

Pero no hay que perder más tiempo; cada vez con más urgencia le comunican los espías secretos conciliábulos. El 5 de Termidor cae en manos de Robespierre una carta de Fouché dirigida a su hermana, en la que dice misteriosamente: «No tengo que temer nada de las calumnias de Maximiliano Robespierre..., dentro de poco oirás el desenlace de este asunto, el que espero resulte ventajoso para la República». «Dentro de poco», pues, Robespierre esta prevenido. Hace venir a su amigo Saint Just y se encierra con él en su estrecha buhardilla de la rue Saint Honore. Allí se designa el día y el modo del ataque. El 2 de Termidor debe Robespierre sorprender y paralizar a la Convención con su discurso, y el 9 pedir Saint Just las cabezas de sus enemigos, de los obstinados del Comité y, sobre todo, la de José Fouché.

La expectación era ya casi insoportable. También los conspiradores sienten el rayo en las nubes. Pero aún vacilan en atacar al hombre más poderoso de Francia, que tiene en sus manos todas las potencias: la administración municipal y el ejército, los jacobinos y el pueblo, la gloria y la fuerza de un nombre intachable. Aún no se tienen por bastante seguros, por bastante numerosos, por bastante decididos, por bastante audaces para acometer a este gigante de la revolución en batalla abierta, y se van enfriando algunos y hablan de retirada y reconciliación. La conspiración, muñida trabajosamente, amenaza con deshacerse.

En este momento pone la Providencia, más genial que todos los poetas, un peso decisivo en el platillo de la balanza oscilante. Y es precisamente Fouché el predestinado a hacer estallar la mina. En estos días le ocurre a este perseguido hasta la desesperación, amenazado a cada momento por el rayo del cuchillo, una última y extrema desgracia en su vida privada, más fuerte que las desdichas de su suerte política. Duro, frío, intrigante e incomunicativo en público y en la política, es este hombre singular en el hogar el esposo más afectivo, el padre de familia más tierno. Ama apasionadamente a su mujer, horriblemente fea, y ama sobre todo a su hijita, nacida en los días del preconsulado, bautizada por su propia mano, en la plaza de Nevers, con el nombre de «Nievre». Esta niña, tierna, pálida, SU ídolo, enferma repentinamente en aquellos días de Termidor, y a las preocupaciones por su propia vida en peligro se suma la zozobra por la vida de su hijita. Prueba cruel: saber que el ser querido, débil, enfermo del pecho, está solo con su mujer y no poder, acosado por Robespierre, velar junto al lecho de su hija moribunda. Ha de ocultarse en hogares extraños, en buhardillas. En vez de dedicarse a ella y respirar su aliento expirante, ha de correr sobre brasas, ir de un diputado a otro, mentir, implorar, conjurar, defender su propia vida. El espíritu atribulado, el corazón destrozado: así vaga el infeliz en los días ardientes de julio (el más caluroso desde hace muchos años), incansable, de un lado a otro por el escenario político, sin ver como sufre y muere su niña amada.

El 5 ó el 6 de Termidor acaba esta dura prueba. Fouché acompaña un pequeño ataúd al cementerio: la niña ha muerto. Estas pruebas endurecen. Presente en la imaginación la muerte de su hija, no teme por su propia vida. Una nueva audacia, la audacia de la desesperación fortalece su voluntad. Y cuando titubean aún los conspiradores y quieren aplazar la lucha, entonces dice por fin él, Fouché, que ya no tiene que perder en la tierra más que su vida, la frase decisiva: «Mañana hay que dar el golpe». Y esta frase fue pronunciada el 7 de Termidor.

La mañana del 8 de Termidor comienza. Día histórico. De madrugada ya pesa el cielo despejado de julio, ardiente, sobre la ciudad despreocupada. Y únicamente en la Convención reina, desde muy temprano, una actividad extraña: en los rincones se juntan los diputados y murmuran; nunca se había visto tanta gente extraña y tanto curioso en los corredores y en las tribunas. El misterio y la expectación fluyen incorpóreos por el espacio; de manera inexplicable se ha divulgado el rumor de que hoy ha de ajustar Robespierre cuentas con sus enemigos. quizás acechó alguien a Saint Just y observó cómo regresaba de noche de la habitación cerrada; en la Convención se conoce demasiado bien el efecto de estos consejos secretos. ¿O es que tiene, por otra parte, Robespierre noticia de los proyectos bélicos de sus adversarios?

Todos los conjurados, todos los que se saben amenazados, examinan, medrosos, las caras de sus colegas: ¿Habrá revelado alguno  ¿quién?  el secreto peligroso? ¿Se les adelantará Robespierre o le podrán aplastar antes de que tome la palabra? ¿Los abandonará o los protegerá la masa insegura y cobarde de la mayoría, le marais? Todos vacilan y se sobrecogen. Igual que el bochorno del cielo gris plomo sobre la ciudad, pesa la inquietud psíquica, amenazante, sobre la Asamblea.

Y, efectivamente, apenas se abre la sesión, hace uso Robespierre de la palabra. Se ha ataviado solemnemente, como para la fiesta aquella del Ser Supremo. Lleva el ya histórico traje celeste con las medias blancas de seda, y despacio, con solemnidad intencionada, sube a la tribuna. Sólo que esta vez no lleva en la mano una antorcha, sino, como los lictores el mango de su hacha, un voluminoso rollo de papel: su discurso. Saber alguno su nombre en estas hojas cerradas es tanto como saber su propia perdición. Por eso cesan repentinamente, como cortados, charlas y murmullos en los bancos. Del jardín, de las tribunas, se apresuran a entrar los diputados y toman asiento en sus sitios. Cada uno examina temeroso la expresión de esta cara delgada, tan conocida. Pero glacial, encerrado en sí mismo, impenetrable a toda curiosidad, despliega Robespierre lentamente su discurso en la tribuna. Antes de comenzar a leer, con sus ojos miopes, levanta, para aumentar la expectación, la mirada; la dirige de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de arriba abajo, de abajo arriba, despacio, frío y amenazante sobre la Asamblea casi narcotizada. Allí están sentados sus pocos amigos, la muchedumbre numerosa de los indecisos y el montón cobarde de los conjurados que acecha su perdición. Los mira cara a cara. Pero hay uno a quien no ve. Uno sólo de sus enemigos falta en esta hora decisiva: José Fouché.

Y cosa extraña: sólo el nombre del ausente, el nombre de José Fouché, es mencionado en el debate, y en su nombre precisamente se enciende la lucha postrera, la decisiva.

Robespierre habla largo tiempo, extensamente, fatigosamente; según su antigua costumbre, deja gravitar el hacha siempre sobre los innominados, habla de conspiraciones y conjuraciones, de indignos y de criminales, de traidores y maquinaciones; pero no pronuncia ningún nombre. Le basta con hipnotizar a la Asamblea: el golpe mortal lo dará mañana Saint Just contra las víctimas paralizadas. Durante tres horas deja alargarse en el vacío su discurso vago y retórico. Y cuando por fin termina, está la Asamblea más enervada que asustada.

Por lo pronto no se mueve ni una mano. La incertidumbre pesa sobre todos. Nadie puede decir si este silencio afirma una derrota o una victoria: la discusión habrá de decidirlo.

Por fin pide uno de sus satélites que la Convención acuerde la impresión del discurso y con ello su aprobación. Nadie se opone. Cobarde, sumisa y, en cierto modo, satisfecha de que hoy no hayan pedido nuevas cabezas, nuevas detenciones, nuevas reducciones, aprueba la mayoría. Pero en el último momento se lanza uno de los conspiradores  el nombre pertenece a la Historia: Bourdon de I'Oise  y habla contra la impresión del discurso, y esta sola voz desentumece las demás. Los cobardes se agrupan poco a poco, se agavillan y se unen en un acto de valor desesperado; uno tras otro culpan a Robespierre de haber formulado sus declaraciones y sus amenazas demasiado confusamente: que diga, por fin, con claridad, a quien acusa efectivamente. En un cuarto de hora ha variado la escena; Robespierre, el agresor, se reduce a defenderse, debilita su discurso en vez de reforzarlo, declara no haber acusado a nadie ni culpado a nadie.

En este momento suena repentinamente una voz, la de un diputado insignificante, que grita: ¿Es Fouché?   ¿Y Fouché?   Se ha pronunciado el nombre: el nombre del señalado como jefe de la conspiración, como traidor de la revolución. Ahora podría, ahora debiera dar el golpe Robespierre. Pero, cosa extraña, inexplicablemente extraña, Robespierre elude la respuesta: «No quiero ocuparme ahora de él, obedezco solamente a la voz de mi conciencia».

Esta contestación evasiva de Robespierre pertenece a los secretos que se llevó a la tumba. ¿Por qué respeta, en este momento de vida o muerte, a su enemigo más cruel? ¿Por qué no le deshace, por qué no ataca al ausente, al único ausente? ¿Por qué no libra con ello de la opresión del miedo a todos los demás que se sienten atemorizados y que entregarían, sin duda, a Fouché para salvarse ellos? La misma noche  así afirma Saint Just  había intentado Fouché acercarse nuevamente a Robespierre. ¿Es un ardid o es verdad? Varios testigos pretenden haberle visto en estos días sentado en un banco con Carlota Robespierre, su antigua novia: ¿ha intentado verdaderamente una vez más persuadir a la solterona para que intercediera cerca de su hermano? ¿Quiso, efectivamente, el desesperado traicionar a los conspiradores para salvar la propia cabeza? ¿O quiso, para confiar a Robespierre y velar la conspiración, fingirle arrepentimiento y sumisión? ¿Ha hecho también esta vez, como mil veces, doble juego este tahúr? ¿Y estaba, talvez, dispuesto, para sostenerse, el incorruptible y amenazado Robespierre, a respetar en aquella hora a su más odiado enemigo? ¿Fué este evitar una acusación de Fouché señal de un acuerdo secreto o fué solo un recurso?

No se sabe. Alrededor de la figura de Robespierre se cierne todavía hoy, al cabo de tantos años, una sombra de misterio. Nunca adivinará por completo la Historia a este hombre impenetrable. Nunca se sabrán sus últimos pensamientos: si quiso verdaderamente la Dictadura para él o la República para todos; si quiso salvar la República o heredarla, como Napoleón. Nadie conoció sus pensamientos más secretos, los pensamientos de su última noche: del 8 al 9 de Termidor.

Porque es, efectivamente, su última noche: en ella decide la suerte. Ala luz de la luna la noche sofocante de julio brilla, pulida, la guillotina. ¿Partirá mañana su filo frío las vértebras al triunvirato Tallien, Barras y Fouché o caerá sobre Robespierre? Ni uno sólo de los seiscientos diputados se acuesta esta noche. Ambos partidos preparan la lucha final. Robespierre ha ido desde la Convención a los jacobinos; ante velas de cera oscilantes, temblando de emoción, les lee su discurso, rechazado por los diputados. Frenético aplauso le rodea nuevamente, por última vez; pero él, lleno de presentimiento amargo, no se deja engañar por el entusiasmo de los tres mil que le rodean y califica de testamento su discurso. Mientras tanto, lucha su escudero Saint Just en el Comité hasta la madrugada, como un desesperado, contra Collot, Carnot y los demás conjurados, al mismo tiempo que se teje en los pasillos de la Convención la red que ha de apresar mañana a Robespierre. Dos, tres veces, como la lanzadera en el telar, van los hilos de derecha a izquierda, del partido de la «montaña» a la vieja reacción; hasta que por fin, al amanecer, se ha tramado, firme, irrompible, el pacto. Aquí aparece repentinamente Fouché, pues la noche es su elemento, la intriga su verdadera esfera. Su cara color plomo, blanqueada aún más por el miedo, pulula espectralmente por los salones poco iluminados. Susurra, adula, promete, asusta, amedrenta y amenaza aquí y allá, y no descansa hasta que no se cierra el pacto. A las dos de la madrugada están de acuerdo, por fin, todos los adversarios para aniquilar al enemigo común: a Robespierre. Fouché puede descansar ya.

También esta ausente Fouché de la sesión del 9 de Termidor. Pero puede descansar, puede faltar: su obra está hecha, la red anudada, y decidida por fin la mayoría a no dejar escapar con vida al demasiado peligroso, al demasiado fuerte. Apenas empieza Saint Just, el escudero de Robespierre la discusión mortífera preparada contra los conspiradores, le interrumpe Tallien, pues han acordado no dejar hablar a ninguno de los oradores peligrosos: Saint Just y Robespierre. Hay que estrangularlos antes de que puedan hablar, antes de que puedan acusar. Y así se apresuran los oradores, hábilmente dirigidos por el propicio presidente, uno tras otro, a la tribuna, y cuando Robespierre quiere defenderse, gritan, chillan y patalean, ahogando su voz. La cobardía contenida de seiscientas almas inseguras, el odio y la envidia acumulados en semanas y meses, se echan ahora en contra del hombre ante quien temblaron todos. A las seis de la tarde todo esta decidido. Robespierre ha sido proscrito y es conducido a la cárcel. Es inútil que sus amigos, los verdaderos revolucionarios que ven en él el alma apasionada y dura de la República y le admiran, quieran liberarle y le busquen refugio en el Ayuntamiento: por la noche conquistan las tropas de la Convención esta Acrópolis de la revolución y a las dos de la madrugada  veinticuatro horas después de haber sellado Fouché y los suyos el pacto de su aniquilación  Maximiliano Robespierre, el enemigo de Fouché y, ayer aún, el hombre más poderoso de Francia, estaba tendido, ensangrentado, con la mandíbula destrozada, sobre dos sillones en la antesala de la Convención. Se ha dado caza a la pieza mayor. Fouché esta salvado. A la tarde siguiente rueda el carro camino de la plaza del suplicio. El terror ha terminado; pero el espíritu fogoso de la revolución se ha apagado también, pasó la era heroica. Ha llegado la hora de la herencia, la hora de los aventureros, de los ambiciosos, de los ansiosos de botín, de las almas equívocas, de los generales y de los negociantes; la hora de los nuevos gremios. Puede esperarse que haya llegado también la hora de José Fouché.

Mientras el carro conduce lentamente a la guillotina a Maximiliano Robespierre y los suyos por la rue Saint Honoré, el camino trágico de Luis XVI, de Danton y Desmoulins, y de seis mil víctimas más, se manifiesta con estrépito y entusiasmo la curiosidad de la multitud. Las ejecuciones vuelven a ser fiestas populares: banderas y gallardetes ondean sobre los tejados, de balcones y ventanas salen gritos de alegría, una ola de júbilo brama sobre París. Cuando cae en el cesto la cabeza de Robespierre truena la plaza gigantesca en un grito único, estático, de júbilo. Los conjurados se asombran: ¿por qué se alegra el pueblo tan apasionadamente con la ejecución de este hombre, al que París, al que Francia adoraba aún ayer como a un Dios? Y se admiran aún más cuando, a la entrada de la Convención, una multitud alborotada recibe a Tallien y Barras con aclamaciones y admiración como verdugos del tirano, como vencedores del terror. Y esto los sume en perplejidad, porque, al aniquilar a este hombre superior, solo han querido desembarazarse de un modelo de virtud incómodo, que los espiaba demasiado; pero nadie había pensado en dejar enfriar la guillotina, en terminar con el terror. más ante el hecho de la repugnancia que han llegado a inspirar las matanzas colectivas, y conscientes los conspiradores de las simpatías que pueden atraerse convirtiendo a posteriori su impulso íntimo de venganza contra Robespierre en un acto de humanidad, deciden, con súbito acuerdo, aprovechar esta falsa interpretación popular. Sostendrán en adelante que todos los desafueros de la Revolución los tiene sobre la conciencia únicamente Robespierre, que desde los fosos de cal no puede defenderse, y que ellos fueron siempre apóstoles de la dulzura, enemigos de toda dureza y exageración.

No la ejecución de Robespierre, sino la actitud cobarde y mentirosa de sus sucesores, da al 9 de Termidor su sentido histórico, pues hasta aquel día había reclamado para sí la Revolución todos los derechos, había tomado sobre sí tranquilamente toda la responsabilidad... A partir de este día, en cambio, confiesa temerosa haber cometido también equivocaciones, y por boca de sus caudillos empieza a renegar de sí misma. Pero todo credo espiritual, toda concepción vital queda rota en sus más íntimas potencias tan pronto como se niega su derecho absoluto, su infalibilidad. Y al ultrajar los tristes vencedores Tallien y Barras los cuerpos sin vida de sus grandes antecesores, Danton y Robespierre, como cadáveres de asesinos, y al sentarse miedosamente en los bancos de las derechas, de los moderados, con los enemigos secretos de la República, no traicionan solamente la Historia y el espíritu de la Revolución, sino a sí mismos.

Todos esperan ver al lado de estos a Fouché, el conjurado principal, al enemigo más cruel de Robespierre, el más amenazado, el Chef de la Conspiration, pues bien había ganado el derecho a una substanciosa parte del botín. Pero, cosa extraña, Fouché no se sienta con los otros en los bancos de las derechas, sino en su antiguo sitio, en la «montaña», con los radicales. Y se envuelve en silencio. Por primera vez, es sorprendente, no va con la mayoría.

¿Por qué obra Fouché con semejante obstinación? Se lo preguntaron muchos entonces, y se lo han preguntado más tarde algunos. La contestación es sencilla: porque piensa más razonable y perspicazmente que los demás; porque su inteligencia superior de político prevé más profundamente la situación que la frágil mentalidad de un Tallien o un Barras, a los que únicamente da el peligro una energía momentánea. El antiguo profesor de Física conoce la ley cinética, según la cual una onda no puede tenerse rígida en el aire. Tiene  lo sabe muy bien  que seguir un movimiento de flujo o de reflujo. Si ahora comienza, pues, el reflujo, es que se inicia una reacción y ésta no podrá detener su impulso, como no pudo detenerlo antes la revolución; irá, lo mismo que aquélla, hasta lo último, hasta el extremo, hasta la violencia. Pero entonces se romperá inevitablemente este pacto anudado a toda prisa; si vence, pues, la reacción, están perdidos todos los paladines de la revolución. Con las ideas nuevas cambia también peligrosamente la medida del juicio para los hechos de ayer. Lo que ayer era deber y atributo de virtud republicana  por ejemplo, matar a tiros a mil seiscientos hombres y saquear las iglesias , será entonces necesariamente considerado como un crimen; los acusadores de ayer serán los acusados de mañana. Fouché, que tiene bastante sobre su conciencia, no quiere compartir el enorme error de los demás termidoristas (así se llaman los aniquiladores de Robespierre), que se agarran temerosamente a la rueda de la reacción..., sabe que de nada ha de servirles; si la reacción se pone en movimiento nuevamente, los arrastrara a todos consigo, únicamente por prudencia y perspicacia permanece Fouché fiel a las izquierdas, a los radicales. Ve muy claramente que pronto estará amenazada la cerviz de los más audaces precisamente.

Y Fouché tiene razón. Para hacerse populares, para afirmar una humanidad que no existió nunca, sacrifican los termidoristas a los más enérgicos de los procónsules; hacen ejecutar a Carrier, que ahogó seis mil personas en el Loire; a José Lebon, el tribuno de Arras, y a Fouquier Tinville. Hacen volver  para agradar a las derechas  a los setenta y tres miembros expulsados de la Gironde y se dan cuenta demasiado tarde de que con este esfuerzo de la reacción quedan ellos mismos aprisionados por ella. Tienen que acusar ahora obedientemente a sus propios coadjutores contra Robespierre, a Billaud Verenne y a Collot d'Herbois, el colega de Fouché en Lyon. Cada vez se cierne más amenazadora la sombra de la reacción sobre Fouché. Por esta vez logra salvarse negando cobardemente toda complicidad en lo de Lyon (aunque no había una hoja en que no fuera su firma junto a la de Collot) y afirmando con igual falsedad el haber sido perseguido sólo por su excesiva benevolencia por el tirano Robespierre. Con esto engaña, efectivamente, el astuto a la Convención por algún tiempo. Puede permanecer en su sitio sin que le moleste nadie, mientras Collot es mandado a la «guillotina seca», es decir, a las islas, contaminadas por la fiebre, de la India occidental, donde sucumbe a los pocos meses. Pero Fouché es demasiado listo para sentirse seguro tras este primer rechazo; conoce la inflexibilidad de las pasiones políticas; sabe que una reacción, lo mismo que una revolución, no cesa de encarnizarse en los hombres hasta que se le rompen los dientes; que no parará en su deseo de venganza hasta que el último jacobino sea llevado ante el Tribunal y la República quede convertida en escombros. De esta manera sólo ve una salvación para la revolución, a la que esta ligado indisolublemente con lazos sangrientos: reproducirla. Y sólo ve una salvación para él: la caída del Gobierno. Otra vez el más amenazado de todos, lo mismo que hace seis meses, inicia sólo contra fuerzas superiores la lucha desesperada por la vida.

Cuando hay que luchar por el Poder o por la vida es cuando desarrolla Fouché fuerzas asombrosas. Ve que por el camino leal no se puede impedir ya que la Convención persiga a los terroristas de antaño; no queda, pues, otro remedio que el probado tantas veces durante la revolución: el terror. Ya una vez, cuando la sentencia de los girondinos, cuando la sentencia del Rey, se intimidó a los diputados cobardes y vacilantes (entre ellos el entonces aún conservador José Fouché), movilizando a las muchedumbres callejeras contra el Parlamento, sacando de los suburbios los batallones de trabajadores con su fuerza proletaria, con su ímpetu irresistible, e izando la bandera roja de la rebelión en el Ayuntamiento. ¿Por que no lanzar nuevamente contra la Convención acobardada a esta vieja guardia de la revolución, a los conquistadores de la Bastilla, a los hombres del 10 de agosto, para que destrocen con los puños su poder?

Claro que para ir a los arrabales y pronunciar allí discursos fogosos, revolucionarios, o, como Murat, bajo peligro de muerte, arrojar folletos excitantes al pueblo, para eso es Fouché demasiado cauto. No le gusta exponerse, prefiere evitar la responsabilidad; su maestría no es la del discurso ampuloso y arrebatador, sino la del susurrar y la de esconderse detrás de otro. Y también esta vez encuentra al hombre propicio que, adelantándose audaz y decididamente, le cubre con su sombra.

Por París vaga entonces, proscrito y humillado, un verdadero y apasionado republicano: Francisco Babecuí, que se llama a sí mismo Graco Babceuf. Tiene un corazón desbordante y una inteligencia mediocre. Proletario de las entrañas del pueblo, antiguo agrimensor e impresor, tiene pocas y primitivas ideas; pero esas las alimenta con pasión varonil y las enardece con el fuego de la verdadera convicción republicana y social. Los republicanos burgueses y hasta el mismo Robespierre habían eludido con cautela las ideas socialistas y a veces comunistas de Marat sobre la nivelación de la propiedad; les pareció preferible hablar muchísimo de libertad y de fraternidad... y poco de igualdad en cuanto se refiere al dinero y a la propiedad. Babceuf recoge las ideas de Marat, olvidadas y reprimidas, las aviva con su aliento y las lleva como antorcha por los barrios proletarios de París. Esta llama puede elevarse repentinamente, convertir en ceniza en un par de horas todo París y el país entero, pues poco a poco va comprendiendo el pueblo la traición que cometen los termidoristas en su propia ventaja contra su Revolución, contra la Revolución proletaria. Detrás de Graco Babceuf se oculta Fouché. No se exhibe republicanamente como él; pero le aconseja secretamente en su labor de excitar al pueblo. Le hace escribir folletos violentos y él mismo corrige las pruebas. Piensa Fouché que sólo así, bajo la presión de la materia proletaria y de las turbas de los barrios con sus picas y sus tambores, despertará esa cobarde Convención, únicamente por terror, por miedo, puede ser salvada la República; sólo un tirón enérgico hacia la izquierda podrá eliminar la inclinación a la derecha. Y para este ataque audaz y verdaderamente peligroso, le sirve de coraza este hombre honrado, puro, de buena fe, maravillosamente íntegro. Tras su ancha espalda de proletario se puede uno esconder bien. Babceuf, a su vez, que orgullosamente se titula Graco y tribuno del pueblo, se siente honradísimo de que el célebre diputado Fouché le aconseje. Sí, éste es aún de los últimos y verdaderos republicanos, cree él; uno de los que permanecieron en los bancos de la «montaña», que no ha hecho pacto con la jeunesse dorée y con los proveedores del ejército. De buena gana se deja aconsejar, e impelido por esta mano hábil ataca a Tallien, a los termidoristas y al Gobierno.

Pero únicamente a él, al bonachón y recto Babceuf, consigue engañar Fouché. El Gobierno reconoce pronto la mano que carga el fusil contra él, y en pública sesión culpa Tallien a Fouché de ser el consejero de Babceuf. Como siempre, niega Fouché francamente a su aliado (lo mismo que a Chaumette frente a los jacobinos, lo mismo que a Collot en Lyon). No, no conoce a Babceuf más que de vista, condena sus exageraciones... Se bate en retirada con la mayor celeridad. Nuevamente cae el golpe sobre su escudero; pronto será detenido Babceuf y no tardaran en fusilarle en el patio de un cuartel. ¡Siempre paga otro con su sangre por las palabras y la política de Fouché!

Este golpe audaz de Fouché se ha frustrado, solo ha conseguido con él atraer la atención sobre su persona, y eso no le conviene, porque le trae el recuerdo de Lyon y de los campos regados de sangre de Brotteaux. Nuevamente, y más enérgicamente que nunca, azuza la reacción a los acusadores de las provincias en las que mandó. Apenas se ha quitado de encima las imputaciones que le hace Lyon, se presentan Nevers y Clamency. Cada vez más en voz alta, cada vez más estrepitosamente, es acusado José Fouché de terrorismo ante el Tribunal de la Convención. Se defiende astutamente, con energía y no sin suerte. El mismo Tallien, su contrincante, se esfuerza en protegerle, pues empieza a atemorizarle la preponderancia de la reacción y comienza a temer por su propia cabeza. Pero ya es tarde: el 22 de Termidor de 1795, un año y doce días después de la caída de Robespierre, se formula, tras largo debate, la acusación por actos terroristas contra José Fouché. Y el 23 de Termidor se decide su detención. Igual que sobre Robespierre la sombra de Danton, parece levantarse sobre Fouché, vindicadora, la sombra de Robespierre.

Pero estamos  y esto lo ha calculado bien el político inteligente  en el Termidor del cuarto año de la República y no del tercero. En 1793 equivalía la acusación a la orden de detención, y la detención a la muerte; si se ingresaba por la noche en la Conciergerie, se era sometido a interrogatorio al día siguiente, y por la tarde del mismo día se estaba ya en el carro. Pero en 1794 ya no mantiene el puño férreo del «incorruptible» las riendas de la justicia; las leyes se han aflojado, se puede uno escapar por entre sus mallas si es escurridizo. Y Fouché no sería Fouché si fuera incapaz de pasar él, que tantas veces estuvo en peligro, acorralado, por tan elásticas redes. A través de pasadizos y escaleras secretas se escurre y consigue que no le detengan enseguida, que se le deje tiempo para preparar una réplica, para una contestación, para una justificación; y el tiempo lo es todo. Hay que replegarse a la oscuridad, hay que procurar que le olviden a uno; hay que mantenerse en silencio, mientras gritan los demás, para pasar inadvertido. Según la receta célebre de Siéyès, que asistió a la Convención durante los años del terror sin desplegar los labios y que habiendo sido preguntado qué hizo todo ese tiempo, dió, sonriente, la contestación genial: J’ai vécu (He vivido). Así hace Fouché y se finge muerto, como algunos animales, para que no le maten. Si salva la vida ahora, durante el breve plazo de transición, estará libre definitivamente, pues el experto oteador presiente que toda la grandeza y toda la fuerza de esta Convención no durarán más de un par de semanas, de un par de meses, a lo sumo.

Así salva José Fouché su vida; y eso es mucho en aquel tiempo. Es decir, sólo la vida; pero no su nombre y posición, pues no vuelven a elegirle en la nueva Asamblea. El enorme esfuerzo ha sido inútil, como lo ha sido el derroche de pasión y de astucia, de audacia y de traición; sólo la vida es lo que salva. Ya no es el José Fouché de Nantes, diputado del pueblo; ya no es el profesor del Oratorio; no es sino un hombre olvidado, despreciado, sin categoría, sin fortuna, insignificante; una sombra miserable a la que únicamente protege la oscuridad.

Durante tres años, nadie pronuncia en Francia su nombre.

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