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PARAISO ROBADO

McNaught, Judith



1
Diciembre de 1973
Acostada en su cama con dosel, Meredith cogió una vez más su álbum de recortes, abierto junto a ella. En esta ocasión separó cuidadosamente del mismo una fotografía del Chicago Tribune. Al pie de la misma se leía: “Hijos de la alta sociedad de Chicago, disfrazados de duendes, participaron en la fiesta de Navidad que con fines benéfi­cos se celebró en el Memorial Hospital de Oakland”. Se­guía la lista de los nombres. La fotografía era de buen ta­maño y en ella aparecían los “duendes” —cinco chicos y seis chicas, una de las cuales era Meredith— repartiendo regalos a los niños en el pabellón infantil del centro hos­pitalario. A la izquierda de la foto, de pie y dirigiendo el acto, se veía a un apuesto adolescente de unos dieciocho años, y del que la leyenda decía: “Parker Reynolds III, hijo del señor y la señora Reynolds, de Kenilworth”.

Meredith se comparó con toda la objetividad de que fue capaz con las otras chicas vestidas de duende. Se pre­guntaba cómo se las arreglaban para fingir que tenían buenas piernas y generosas cunas, mientras que ella...

—¿Rolliza? —Pronunció la palabra con una mueca de disgusto en el rostro—. Parezco un gnomo, no un duende.

No era justo que las otras chicas, que tenían catorce años —apenas le llevaban unas semanas—, tuvieran un aspecto tan maravilloso mientras que ella era un gnomo con el pecho plano y un aparato dental. Observó su fi­gura en la foto y una vez más lamentó el acceso de vani­dad que la había impulsado a quitarse las gafas, pues sin ellas tenía tendencia a bizquear; y en efecto, en aquella horrible foto bizqueaba. Me convendría usar lentes de contacto, se dijo. Centró la mirada en la figura de Par­ker. Una sonrisa soñadora se dibujó en su rostro mien­tras apretaba contra su pecho liso el recorte. Era verdad que no tenía senos. Todavía no. Y al paso que iba, nun­ca los tendría.

La puerta de su dormitorio se abrió y Meredith se apresuró a ocultar la fotografía. En el umbral estaba la señora Ellis, la robusta ama de llaves de sesenta y cuatro años de edad. Venía a recoger la bandeja de la cena.

—No te has comido el postre —dijo la mujer.

—Estoy gorda, señora Ellis —contestó la mucha­cha. Para demostrarlo, saltó de la vieja cama y se dirigió al espejo colgado encima del tocador—. Míreme —dijo, señalando con un dedo acusador a su imagen reflejada en el espejo—. ¡No tengo cintura!

—Todavía no eres una mujer. Eso es todo.

—Tampoco tengo caderas. Parezco un palo con piernas. Con este aspecto, ¿cómo voy a tener amigos?

La señora Ellis, que llevaba en la casa menos de un año, puso cara de asombro e inquirió:

—¿Que no tienes amigos? ¿Por qué no?

Meredith necesitaba desesperadamente alguien en quien confiar.

—He fingido que las cosas van bien en la escuela, pero la verdad es que marchan terriblemente mal. Soy... una inadaptada. Siempre lo he sido.

—¡Qué barbaridad! Algo debe ir mal con tus com­pañeros de colegio...

—No. El problema no es de ellos, sino mío. Pero voy a cambiar. Me pondré a régimen y haré algo con este horrible cabello.

—¡No es horrible! —replicó la señora Ellis, miran­do primero la larga cabellera rubia de la muchacha, que le cubría los hombros, y luego sus ojos color turque­sa—, Tus ojos son preciosos y tu pelo es muy agrada­ble. Agradable y abundante y...

—Descolorido.

—Rubio.

Meredith se miraba tercamente al espejo, mientras su mente exageraba los defectos reales de su cara y su cuerpo.

—Mido un metro sesenta y cinco. Tuve suerte de dejar de crecer antes de convertirme en un gigante. Pero no soy tan horrible, de eso me di cuenta el sábado.

La señora Ellis frunció el entrecejo, confundida:

—¿Qué ocurrió el sábado para hacerte cambiar de opinión acerca de tu físico?

—Ningún cataclismo —respondió Meredith y pen­só: Un cataclismo... Parker me sonrió en la fiesta de Na­vidad. Me trajo una gaseosa sin que se la pidiese. Me dijo que no me olvidara de reservarle un baile el sábado, en la fiesta de Eppingham.

Hacía setenta y cinco años que la familia de Parker había fundado el gran banco de Chicago, en el que es­taban depositados los fondos de Bancroft & Company. La amistad entre ambas familias, los Bancroft y los Reynolds, había resistido el paso de las genera­ciones.

—Todo va a cambiar ahora, no solo mi aspecto —aseguró Meredith al tiempo que se apartaba del es­pejo—. ¡Tendré una amiga! Hay una chica nueva en la escuela, y no sabe que todos me detestan. Es inteligente, como yo, y me llamó anoche para preguntarme algo so­bre los deberes. ¡Me llamó!, y estuvimos hablando de muchas cosas.

—Me había dado cuenta de que no traías amigos de la escuela a casa —comentó la señora Ellis, retorciéndo­se las manos con cierto desaliento—. Pero pensé que era porque vives muy lejos.

—No, no es eso. —Meredith se arrojó sobre la cama y miró fijamente las prácticas zapatillas que llevaba puestas, que parecían pequeñas copias de las que usaba su padre. A pesar de su riqueza, este sentía un hondo respeto por el dinero, por lo que la ropa de la hija era de excelente calidad, pero siempre adquirida cuando la ne­cesitaba y teniendo en cuenta su duración—. No enca­jo, ¿sabe?

—Cuando yo era una muchacha —dijo la señora Ellis con una mirada de comprensión—, siempre des­confiábamos de los que sacaban buenas notas.

—No se trata de eso —repuso Meredith con una sonrisa forzada—. No tiene nada que ver con mi aspec­to ni con mis notas. Es... todo esto. —Hizo un gesto con la mano como para abarcar el enorme y austero dormitorio, incluyendo su desfasado mobiliario. Una habitación que, por lo demás, guardaba un gran pareci­do con las otras cuarenta y cinco que componían la mansión de los Bancroft—. Todo el mundo cree que soy un bicho raro porque papá insiste en que Fenwick me lleve ala escuela con el coche.

—¿Puedo preguntar qué hay de malo en eso?

—Los otros alumnos van caminando o en el auto­bús del colegio.

—¿Y bien?

—¡Pues que no se presentan con chófer y Rolls­Royce! —Con cierta tristeza añadió—. Sus padres son fontaneros y contables. Uno de ellos es empleado nues­tro en los grandes almacenes.

La señora EIIis no podía rebatir la lógica de este razonamiento, pero tampoco estaba dispuesta a admitir su verdad.

—Sin embargo, a esa nueva alumna... ¿no le parece raro que Fenwick te lleve al colegio?

—No —contestó Meredith, sonriendo maliciosa­mente—. Por la sencilla razón de que cree que Fenwick es mi padre. Le dije que trabaja para unos ricachones, dueños de unos grandes almacenes.

—¡No habrás hecho eso!

—Sí lo hice. ¿Y sabe qué? No me arrepiento. En rea­lidad, debería haber inventado esa historia hace años, desde el primer día que pisé la escuela. Pero no quería mentir.

—¿Acaso ahora ya no te importa mentir? —le pre­guntó la señora Ellis con una mirada de reprobación.

—No es una mentira. Bueno, digamos que lo es solo a medias —se defendió Meredith con tono implo­rante—. Me lo explicó papá hace ya mucho tiempo. Mira, Bancroft & Company es una sociedad anónima, y una sociedad anónima tiene por dueños a sus accionis­tas. De modo que, como presidente, papá es, técnica­mente, un empleado de los accionistas de esta firma. ¿Lo comprendes?

—Creo que no —respondió la mujer lisa y llana­mente—, ¿De quién son las acciones?

—Nuestras, en su mayoría —contestó, sintiéndose culpable.

Los famosos almacenes Bancroft & Company se encontraban en el centro de Chicago, y al ama de llaves todo ese asunto sobre la propiedad de los mismos le re­sultaba desconcertante. Por su parte, a menudo Mere­dith exhibía una misteriosa comprensión del negocio, lo cual no sorprendía a la señora Ellis, teniendo en cuenta que el padre no mostraba interés alguno en su hija excepto cuando le daba lecciones relativas al nego­cio familiar, actitud que despertaba la ira del ama de lla­ves. De hecho, esta pensaba que Philip Bancroft era seguramente el responsable de que la joven no fuera popular entre la gente de su edad. El padre la trata­ba como a un adulto e insistía en que hablara o actuara como tal en todo momento. En las contadas ocasiones en que Meredith invitaba a un chico se comportaba como su anfitriona. El resultado era que ella se sentía cómoda entre los adultos y totalmente perdida entre los de su misma edad.

—En una cosa tiene usted razón —agregó Mere­dith—. No puedo seguir engañando a mi amiga Lisa Pontini. Verá, creí que si le daba la oportunidad de co­nocerme, después, cuando le confesara que Fenwick no era mi padre sino solo mi chófer, ya no le importaría. Y todavía no se ha enterado porque no conoce a nadie en la escuela y en cuanto terminan las clases tiene que vol­ver deprisa a su casa. Tiene siete hermanos y debe echar una mano en las tareas del hogar.

La señora Ellis tendió una mano y torpemente le dio a Meredith unos golpecitos de aliento en un brazo. Se esforzó en hallar unas palabras de ánimo.

—Por la mañana las cosas parecen menos negras —aseguró, recurriendo a uno de los habituales tópicos en los que ella misma encontraba gran consuelo. Tomó la bandeja y se encaminó hacia la puerta. Ya en el um­bral, se detuvo y añadió alzando la voz como quien se dispone a impartir una lección magistral—: Y recuerda: a cada perro le llega su hora.

Meredith no supo si reír o llorar.

—Gracias, señora Ellis. Muy alentador. —Observó en silencio cómo la puerta se cerraba tras el ama de lla­ves, después volvió a coger el álbum de recortes. Cuan­do devolvió a su lugar la fotografía arrancada, se quedó mirándola durante largo rato. Pasó con suavidad un dedo por la boca sonriente de Parker. La idea de bailar con él la hizo temblar con una mezcla de terror y espe­ranza. Aquel día era jueves y el baile estaba programado para el sábado. A Meredith le parecían años de espera.

Con un suspiro, ojeó las páginas del enorme ál­bum, empezando por la última. En las primeras había recortes muy antiguos, ya amarillentos, con los contor­nos y los colores desdibujados. El álbum había pertene­cido a su madre, Caroline, y contenía la única prueba tangible en toda la mansión de la existencia de Caroline Edwards Bancroft. Todo cuanto se relacionara con ella había sido eliminado de la casa, siguiendo órdenes de Philip Bancroft.

Caroline Edwards había sido actriz. En honor a la verdad, y según la crítica, una actriz no muy buena, pero sin duda rutilante. Meredith se detuvo en las foto­grafías devastadas por el tiempo, pero no se molestó en leer las críticas porque las conocía de memoria. Sabía que Cary Grant había acompañado a su madre durante la ceremonia de los premios de la Academia en 1955; y también que David Niven había declarado que era la mujer más hermosa que hubiera visto en toda su vida. Y que David Selznick quiso contratarla para una de sus películas. Entre los datos que Meredith poseía figuraba otro: su madre había actuado en tres espectáculos musi­cales de Broadway y en esa ocasión la prensa criticó su interpretación y ponderó sus bien formadas piernas. La prensa rosa insinuó que Caroline había vivido aventu­ras románticas con casi todos los galanes con los que trabajó. Tenía varios recortes de su madre: envuelta en pieles, en una fiesta celebrada en Roma; luciendo un es­cotado vestido negro de noche, mientras jugaba a la ru­leta en Montecarlo. En una de las fotografías aparecía en la playa de Mónaco cubierta tan solo por un diminu­to biquini; en otra esquiaba en Gstaad con un campeón olímpico suizo. A Meredith le resultaba obvio que don­dequiera que su madre estuviese siempre se rodeaba de hombres apuestos.

El último recorte guardado por su madre estaba fe­chado seis meses después de aquel en que aparecía con el esquiador. Vestía un magnífico traje de boda, blanco, y la cámara la tomó riendo y bajando presurosamente los escalones de la catedral, del brazo de Philip Bancroft y bajo una lluvia de arroz. Los cronistas de sociedad se habían superado a sí mismos con las más exageradas descripciones de la boda. La recepción se celebró en el hotel Palmer House y estuvo cerrada a la prensa, pero los reporteros pudieron hacer el listado de todos los fa­mosos presentes, desde los Vanderbilt y los Whitney hasta un magistrado del Tribunal Supremo y cuatro se­nadores de Estados Unidos.

El matrimonio duró dos años, tiempo suficiente para que Caroline quedara embarazada y diera a luz, tuviera una sórdida aventura con un domador de caba­llos y luego se largara a Europa con un falso príncipe italiano que había sido huésped del matrimonio. Aparte de eso, Meredith no sabía mucho más, excepto que su madre nunca se había molestado en enviarle una nota o una tarjeta de cumpleaños. El padre de Meredith, celo­so guardián de la dignidad y de los antiguos valores, afirmaba que su mujer era una zorra egoísta sin la me­nor noción de la fidelidad conyugal o de sus responsa­bilidades maternales. Cuando Meredith tenía un año de edad, Philip pidió el divorcio y la custodia de su hijita. No dejó de desplegar toda la artillería pesada a disposición de los Bancroft —incluyendo influencias sociales y políticas— para asegurarse de ganar el juicio. Pero no tuvo necesidad de recurrir a eso, pues, como él mismo le confesó a Meredith, Caroline ni siquiera se molestó en asistir a la audiencia y mucho menos en oponerse a su marido.

Cuando le otorgaron la custodia de Meredith, Phi­hp puso enseguida manos a la obra. Tenía que asegurar­se de que la hija no seguiría los pasos de la madre. No, Meredith sería otro eslabón en la larga cadena de dignas mujeres Bancroft. Como sus predecesoras, llevaría una vida ejemplar, dedicada a las obras de caridad acordes a su rango social. Mujeres sobre las que nunca había pla­neado la sombra de la más leve sospecha.

Cuando Meredith alcanzó la edad de ir a la escuela, a su padre se le planteó un problema. Había descubierto con enojo que se estaban relajando las reglas de con­ducta social, incluso las de su propia clase. Muchos de sus conocidos empezaban a adoptar una actitud más li­beral con respecto al comportamiento infantil; en con­secuencia, enviaban a sus hijos a escuelas “progresis­tas”, como Bently y Ridgeview. Al visitar esos colegios oyó frases como “clases sin estructura” y conceptos ta­les como “auto expresión”. De inmediato llegó a la con­clusión de que el supuesto progresismo de esas escuelas no significaba otra cosa que indisciplina, con el consi­guiente hundimiento de los niveles académicos y de conducta. Así pues, rechazó ambos colegios y llevo a Meredith a conocer Saint Stephen, una escuela privada de monjas benedictinas a la que habían asistido su tía y su misma madre.

Visitaron la escuela y a Philip le gustó lo que vio. Veinticuatro niñas vestidas con recatados uniformes sin mangas de tartán gris y azul y diez niños con camisa blanca y corbata azul se pusieron de pie respetuosa­mente, como impulsados por un resorte, cuando la monja le enseñó a Philip el aula. Eran alumnos de pri­mer grado. Aquellas treinta y cuatro voces entonaron al unísono un “buenos días, hermana”. Además, en Saint Stephen aún enseñaban según los viejos y buenos cáno­nes; no como en Bently, donde Philip había visto a ni­ños pintar con el dedo mientras otros, que elegían aprender, se dedicaban a las matemáticas. Además, aquí Meredith recibiría una estricta educación moral.

Philip era consciente de que el barrio donde se en­contraba Saint Stephen se había deteriorado, pero esta­ba obsesionado por la idea de que su hija fuera educada del mismo modo que lo habían sido durante tres generaciones las dignas y rectas mujeres de la familia Bancroft. Resolvió el problema del barrio expeditivamente: el chófer de la familia llevaría a Meredith a la escuela y la recogería a la salida.

Sin embargo, se le escapó un detalle. Los alumnos de Saint Stephen no eran una colección de jóvenes virtuosos, contrariamente a lo que se observara durante aquel primer día de su visita. Eran chicos corrientes, de extracción social nada brillante. Predominaban los de clase media baja e incluso algunos de familias pobres. Jugaban juntos y juntos iban a la escuela, y como un solo hombre compartían el mismo recelo hacia alguien que procediera de una clase social del todo distinta y mucho más próspera.

Meredith no sabía nada de esto cuando llegó a Saint Stephen. Vestida como las demás, y llevando el almuerzo en una fiambrera nueva, se había sentido presa del nerviosismo propio de la niña de seis años que por primera vez se sienta en un aula repleta de desconocidos, aunque no tuvo verdadero miedo. Después de pasar su corta vida en relativa soledad, con la única compañía de su padre y los sirvientes, se sentía feliz de contar finalmente con amigos de su misma edad.

El primer día todo fue bien, pero al terminar las clases el curso de los acontecimientos cambió repentinamente cuando los alumnos se precipitaron al patio que hacía las veces de aparcamiento. Allí la esperaba Fenwick, de pie junto al Rolls y enfundado en su uniforme negro de chófer. Los chicos de mayor edad se detuvieron a contemplar el espectáculo y, poco después, habían identificado a Meredith. Se trataba de una niña rica y, por lo tanto, “diferente”.

Esta circunstancia los mantuvo alejados de ella. Distanciados y cautelosos al principio, al cabo de una semana habían descubierto nuevos detalles acerca de la “niña rica” y el abismo se agrandó. Meredith se expresaba más como un adulto que como un niño, no sabía nada de sus juegos, y cuando a la hora del recreo intentaba unirse a ellos, su torpeza era evidente. Y lo peor de todo: bastaron unos días para que se convirtiera en la niña mimada de las monjas debido a su inteligencia.

Al cabo de un mes Meredith había sido juzgada por todos los alumnos de Saint Stephen, que la consideraban una intrusa, un ser de otro mundo, condenándola al ostracismo. De haber sido lo bastante bonita como para despertar admiración, quizá con el tiempo se habría beneficiado, pero no lo era. A los nueve años un día se presentó en la escuela con gafas; a los doce años fue el aparato de ortodoncia; a los trece, era la chica más alta de la clase.

Todo había cambiado una semana antes, tras años de frustración y desesperanza durante los que creyó que nunca tendría un amigo. Lisa Pontini se había matriculado en octavo grado. Era unos tres centímetros más alta que la propia Meredith y caminaba como una modelo. Pero también resolvía complicados problemas de álgebra con el aire de un académico aburrido. El mismo día de su llegada, a la hora del desayuno, Meredith se sentó en un bajo muro de piedra que circundaba los terrenos de la escuela para almorzar, como de costumbre, mientras leía un libro que sostenía en la falda. Al principio esa costumbre había sido como un estupefaciente contra la sensación de aislamiento. Cuando estaba en quinto, la droga se había convertido en una adicción. Meredith era una lectora ávida.

Se disponía a pasar la página cuando vio un par de gastados pantalones. Ante ella se erguía Lisa Pontini. Con su aspecto vital y su abundante pelo castaño, era el polo opuesto de Meredith, a la que en aquel momento contemplaba con curiosidad. Lisa irradiaba un indefinible aire de atrevida confianza. Semejante vigor y seguridad en su figura era lo que la revista Seventeen llamaba tener personalidad. En lugar de vestir el suéter gris de la escuela, con su emblema descuidadamente colocado so­bre los hombros, como hacía Meredith, Lisa se había hecho un nudo con las mangas sobre los pechos.

—¡Dios, qué tugurio! —exclamó Lisa, sentándose al lado de Meredith y dirigiendo la mirada hacia los te­rrenos de la escuela—. En mi vida he visto tantos chicos bajos. Aquí deben de echar algo en el agua para detener el crecimiento. ¿Cuál es tu promedio?

En Saint Stephen las notas se medían por prome­dios exactos, con sus correspondientes decimales.

—97,8 —contestó Meredith, un tanto confusa por las rápidas observaciones y la sociabilidad de Lisa.

—El mío 98,1.

Meredith reparó en los pequeños orificios de las orejas de Lisa. Los pendientes y la pintura de labios es­taban prohibidos en el colegio. Observando a Mere­dith, Lisa preguntó sin más preámbulos:

—¿Eliges la soledad o eres una especie de margi­nada?

—Nunca he pensado en eso —mintió Meredith.

—¿Cuánto tiempo tendrás que llevar ese aparato en los dientes?

—Todavía un año más. —Meredith pensó que Lisa no le gustaba nada. Cerró el libro y se levantó, aliviada porque estaba a punto de sonar la campana.

Aquella tarde, según el ritual del último viernes del mes, los estudiantes se alinearon en la iglesia para con­fesarse con los curas de Saint Stephen. Sintiéndose como de costumbre una desgraciada pecadora, Mere­dith se arrodilló en el confesionario y enumeró sus mal­dades al padre Vickers. Entre sus pecados incluía el de­sagrado que le inspiraba la hermana Mary Lawrence, así como el excesivo tiempo que se pasaba pensando en su aspecto. Cuando hubo terminado, sostuvo la puerta para dejar entrar al siguiente pecador, y luego sé arrodi­lló en un banco para rezar las oraciones que se le habían impuesto como penitencia.

Como a los estudiantes se les permitía volver a sus casas después de la confesión, Meredith salió al patio a esperar a Fenwick. Minutos después apareció Lisa, po­niéndose la chaqueta mientras bajaba por los escalones del templo. Todavía alterada por los comentarios de la chica, Meredith la observó con cautela. Lisa, después de mirar alrededor, se le acercó caminando lentamente.

—¿Podrás creerlo? —prorrumpió Lisa—. Vickers me ha castigado a rezar un rosario entero esta noche. Y todo por ser un poco cariñosa con un chico. ¿Qué peni­tencia impondrá por besarse a la francesa? Me da rabia pensarlo. —Con una amplia e impúdica sonrisa, sé sen­tó al lado de Meredith.

Meredith ignoraba que la nacionalidad determinaba la manera de besar, pero por el comentario de Lisa de­dujo que, en cualquier caso, a los curas de Saint Stephen no les gustaba esa clase de besos. Trató de mostrarse mundana.

—Por besar así, el padre Vickers te hace limpiar el templo como penitencia.

Lisa esbozó una sonrisa y miró a Meredith con cu­riosidad.

—¿Tu novio también lleva un aparato en la boca?

Meredith pensó en Parker y meneó la cabeza.

—Eso está bien —dijo Lisa, y volvió a sonreír—. Siempre me he preguntado cómo pueden besarse dos personas que lleven aparatos en la boca sin quedarse en­ganchados. Mi novio se llama Mario Campano. Es alto, moreno y guapo. ¿Cómo se llama el tuyo? ¿Y qué as­pecto tiene?

Meredith dirigió la mirada a la calle, con la esperan­za de que Fenwick se hubiera olvidado de que era el úl­timo viernes del mes y las clases terminaban antes. Se sentía incómoda hablando de aquello, pero Lisa Pontini la fascinaba. Además, tenía la sensación de que, por al­gún motivo, deseaba ser su amiga.

—Tiene dieciocho años —respondió con sinceri­dad—. Se parece a Robert Redford y su nombre es Parker.

—Eso es el apellido.

—No, es el nombre. Se apellida Reynolds.

—Parker Reynolds —musitó Lisa, arrugando la na­riz—. Suena a esnob de la alta sociedad. ¿Lo hace bien?

—Hace bien... ¿qué?

—Besar, claro.

—Oh, bueno, pues sí. Es fantástico.

Lisa le dedicó una mirada burlona.

—Nunca te ha besado. Te ruborizas cuando mien­tes.

Meredith se puso de pie con brusquedad.

—Escúchame —empezó a decir, enojada—, yo no te he pedido que te acerques a mí y...

—Eh, no te enfades. Después de todo besarse no es gran cosa. Me refiero a que la primera vez que Mario me besó fue el momento más incómodo de mi vida.

Ahora que Lisa empezaba a confiar en ella, Mere­dith sintió que su enojo se esfumaba. Volvió a sentarse.

—¿Fue incómodo porque te besó?

—No. Verás, yo estaba apoyada en la puerta de mi casa cuando sucedió. Accidentalmente mi hombro hizo sonar el timbre, abrió mi padre y me precipité en sus brazos, cayéndome con Mario todavía abrazado a mí. Pasaron siglos antes de que los tres, tumbados en el sue­lo, nos separáramos.

Meredith estalló en una carcajada, que interrumpió cuando vio al Rolls girar en la esquina.

—Ahí está el coche —dijo, recuperando la compos­tura.

Lisa miró de reojo y musitó:

—¡Jesús!¿Es un Rolls?

Meredith asintió, incómoda. Recogió los libros y se encogió de hombros.

—Vivo lejos de aquí, y mi padre no quiere que viaje en autobús.

—Ah, tu padre es chófer —dijo Lisa, y se dispuso a acompañar a Meredith hasta el automóvil—. Debe de ser maravilloso circular por ahí con un coche como ese, fingiendo que se es rico. —Sin esperar respuesta aña­dió—: Mi padre es fontanero en un astillero. Su sindi­cato está ahora en huelga, así que nos mudamos aquí, donde los alquileres son más baratos que donde vivía­mos. Ya sabes cómo es eso.

Meredith no tenía idea de “cómo era eso”. Al menos carecía de experiencia personal sobre el asunto, aunque por las iracundas protestas de su padre conocía el efecto que los sindicatos y las huelgas tenían sobre los propie­tarios de negocios, como los Bancroft. Aun así, asintió solidariamente cuando Lisa emitió un triste suspiro.

—Debe de ser duro. ¿Quieres que te lleve a casa? —añadió impulsivamente.

—¡Claro! Pero no, espera. ¿Podría ser la semana que viene? Tengo siete hermanos y mi madre tendrá mil tareas para mí. Prefiero quedarme aquí un rato y luego presentarme en casa a la hora de costumbre.

Había transcurrido una semana desde aquel día, y lo que fuera el principio de una amistad incierta había florecido y crecido, alimentado por un intercambio de confidencias y de pícaras confesiones mutuas. Ahora, sentada y mirando la foto de Parker en el álbum y pen­sando en el baile del sábado a la noche, Meredith deci­dió que al día siguiente le pediría consejo a Lisa en la escuela. Lisa sabía mucho de peinados y esas cosas, y acaso podría sugerirle algo que la hiciera más atractiva a los ojos de Parker.

Al día siguiente, mientras almorzaban sentadas donde solían hacerlo, Meredith inquirió a su amiga:

—¿Qué opinas? Como la cirugía plástica está descar­tada, ¿hay algo que pueda hacer para cambiar mi aspecto dc un modo realmente notable? ¿Algo que me haga pare­cer más bonita y más adulta a los ojos de Parker?

Antes de contestar, Lisa la miró fijamente y dijo:

—Las gafas y el aparato en los dientes no ayudan precisamente a encender pasiones, creo que lo sabes. —Hablaba con tono jocoso—. Quítate las gafas y ponte de pie.

Meredith obedeció y esperó con divertida contra­riedad, mientras Lisa caminaba rodeándola lentamente, inspeccionándola.

—Bueno, no hay duda de que te has esforzado por parecer poca cosa —concluyó Lisa—. Tus ojos y tu pelo son preciosos. Si utilizases un poco de maquillaje, te quitaras las gafas y te peinaras de un modo distinto, es probable que el viejo Parker se fijara en ti mañana por la noche.

—¿Lo crees realmente? —preguntó Meredith, con la mirada encendida al recordar a Parker.

—Solo he dicho que es probable —le contestó Lisa con la más cruda sinceridad—. Él es bastante mayor que tú, y eso es un factor en contra. ¿Qué solución le has dado al último problema de matemáticas en el exa­men de hoy?

Hacía una semana que eran amigas, y Meredith se había acostumbrado a la veleidosa conversación de Lisa, que cambiaba de tema inesperadamente. Daba la impresión de que la muchacha era demasiado despierta, de que poseía una inteligencia tan notable que no le per­mitía concentrarse en un solo tema. Meredith le dijo su solución.

—La misma que la mía —respondió Lisa—. Con dos cerebros como los nuestros —bromeó—, no hay duda de que esa es la solución correcta. ¿Sabías que en esta mierda de escuela todo el mundo piensa que el Rolls es de tu padre?

—Nunca le dije a nadie que no lo fuera —afirmó Meredith con sinceridad.

Lisa mordisqueó una manzana y asintió con la cabeza.

—¿Y por qué tendrías que mentir? Si son tan tontos que creen que una chica rica asistiría a un colegio como este... En tu lugar me parece que yo haría lo mismo.

Aquella tarde, después de la escuela, Lisa se mostró dispuesta a que el “padre” de Meredith la llevara a casa, cosa que Fenwick, no sin reservas, aceptó hacer. Cuan­do el Rolls se detuvo frente a la puerta del bungalow de ladrillo marrón en que vivía la familia Pontini, Mere­dith observó el habitual caos de niños y juguetes en el patio. La madre de Lisa estaba de pie en el porche, lu­ciendo su sempiterno delantal.

—¡Lisa! —llamó con un fuerte acento italiano—. Mario está al teléfono y quiere hablar contigo. Eh, Me­redith —añadió saludando con la mano a la muchacha—, quédate a cenar uno de estos días. Pasa la noche aquí y así tu padre no tiene que venir a buscarte tan tarde.

—Gracias, señora Pontini —dijo Meredith, salu­dándola también con la mano—. Lo haré. —Era lo que Meredith había deseado fervientemente desde siempre: tener una amiga y ser invitada a pasar la noche en su casa. Se sintió pletórica de alegría.

Lisa cerró la portezuela del coche y se acodé en la ventanilla.

—Tu madre ha dicho que te llama Mario —le recor­dó Meredith.

—Es bueno hacer esperar a un tipo durante un rato. Así se inquieta y se hace preguntas. Bueno, no olvides llamarme el domingo para contarme todo lo ocurrido con Parker mañana por la noche. Me gustaría poder peinarte para el baile.

—Y a mí me gustaría que lo hicieras —contestó Me­redith, aunque sabía que en ese caso su amiga se entera­ría de que Fenwick no era su padre. En cuanto pisara la mansión se daría cuenta del engaño. No había día en que Meredith no intentara confesarle la verdad, pero cuando se disponía a hacerlo no se sentía con fuerzas y se echaba atrás. Se decía que cuanto más tiempo mantu­viera la mentira, mejor conocería Lisa su verdadera per­sonalidad y, en consecuencia, le importaría menos tener una ricachona como amiga. Con aire pensativo aña­dió—: Si vienes mañana a mi casa podrás pasar la noche conmigo. Mientras yo estoy en el baile haces los debe­res y a la vuelta te lo cuento todo.

—No puedo. Mañana por la noche tengo una cita con Mario —le recordó Lisa innecesariamente.

A Meredith le sorprendía que los padres de Lisa la dejaran salir con chicos a sus catorce años, pero al co­mentárselo, Lisa se echó a reír. Luego le explicó que Mario no se excedería, pues era consciente de que, en tal caso, debería enfrentarse a su padre y sus tíos.

Apartándose del automóvil, Lisa le dio un último consejo a Meredith.

—Te acuerdas de lo que te he dicho, ¿verdad? Flir­tea con Parker y míralo a los ojos. Y péinate con un moño alto, así parecerás más sofisticada.

Durante el viaje a casa, intentó verse flirteando con Parker, cuyo cumpleaños era dentro de dos días, como sabía desde hacía un año, cuando se dio cuenta de que se estaba enamorando de él. La semana anterior se había pasado una hora en el drugstore buscando la tarjeta de felicitación más adecuada, pero las que expresaban lo que ella verdaderamente sentía eran demasiado cursis. Ingenua como era, pensaba que a Parker no le gustaría una tarjeta en que se leyera: “A mi único amor...”. De modo que, muy a su pesar, se resignó a elegir una con la inscripción: “Feliz cumpleaños a un amigo especial”.

Apoyando la cabeza en el respaldo del asiento, Me­rcdith cerró los ojos sonriendo soñadoramente mien­tras se imaginaba con el aspecto de uiia espléndida mo­delo y diciendo frases inteligentes e ingeniosas. Parker, por supuesto, no se perdía una sola de sus palabras.
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