¿Por qué conformarse con una sola noche si podía comprar muchas más?




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Comprada por un magnate

Jacqueline Baird


Comprada por un magnate (31.5.2006)

Título Original: Bought by the Greek Tycoon (2005)

Editorial: Arlequín Ibérica

Sello / Colección: Bianca 1672

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Luke Devetzi y Jemma Barnes

Argumento:

¿Por qué conformarse con una sola noche si podía comprar muchas más?

El multimillonario griego Luke Devetzi estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de compartir otra noche de pasión con Jemma Barnes…

Fue entonces cuando descubrió que el padre de Jemma tenía graves problemas económicos y necesitaba ayuda urgentemente. Luke estaba dispuesto a ayudar… pero sólo si Jemma accedía a convertirse en su esposa.

Capítulo 1

EMMA BARNES, hacía dibujitos sobre una libreta de notas sin prestar atención a la conversación que se mantenía a su alrededor. Su padre, gerente de la compañía Vanity Flair, había insistido en que asistiese a aquella reunión puesto que había heredado la participación que su tía Mary tenía en ésta y había pasado a convertirse en uno de los principales socios accionistas. Lo cierto era que ella no entendía para nada de fluctuaciones del mercado ni de Bolsa, y que ya le costaba bastante ocuparse de la parte financiera de su floristería de Chelsea, como Liz, su mejor amiga y socia, podría confirmar.

—Jemma —oyó decir a su padre, interrumpiendo su ensoñación—. ¿Estás de acuerdo?

Al levantar la cabeza, se dio cuenta de que una docena de personas la miraba fijamente. Sus ojos ambarinos se encontraron con los marrones del hombre que se sentaba frente a ella, el señor Devetzi, griego, que su padre le había presentado poco antes. Al parecer aquel hombre mayor había conocido a su tía Mary en la isla de Zante, donde ella tenía una casita. Jemma había pasado allí el verano anterior, pero no tenía un recuerdo grato de aquellas vacaciones, entre otras cosas, porque su tía había muerto poco después.

El hombre le sonrió y ella dedujo que su expresión aterrada le había indicado que no tenía ni idea de qué responder a la pregunta. Con una leve inclinación de cabeza y un guiño, le dio la respuesta.

—Sí, por supuesto —aceptó Jemma, y así terminó la reunión.

—¿Por qué no me llamaste? —preguntó Luke Devetzi en griego a su abuelo, que estaba sentado en un sillón con un tobillo vendado y apoyado en un escabel—. Sabes que hubiera venido enseguida. Además, ¿qué has venido a hacer a Londres? Después del último susto que nos dio tu corazón, creía que el médico te había recomendado no volar.

—He venido por negocios —declaró Theo Devetzi escuetamente.

—Pero hace años que dejaste de ser mayorista de pescado —le recordó Luke.

—No me refiero a ese negocio. Lo cierto es que te llamé hace seis días, y una mujer de tu oficina en Nueva York me dijo que te habías ido unos días fuera y que no se te podía molestar a no ser que se tratara de una emergencia —el anciano levantó una ceja—. Como sólo te llamaba para decirte que iba a quedarme en tu piso de Londres unos días, no vi razón para molestarte.

Luke hizo una mueca. No podía decir nada; era cierto que había dejado aquellas instrucciones a su secretaria, y se sentía muy culpable por ello.

Sus abuelos lo habían dado todo por él. Hacía treinta y ocho años, Anna, su única hija, se quedó embarazada del dueño de un yate que estaba visitando la isla. Para proteger a su hija y a su nieto de la censura de la pequeña comunidad en la que vivían, se trasladaron a Atenas, donde nadie los conocía. Cuando Anna murió en el parto, ellos pasaron a ocuparse de Luke.

Éste no conoció a su padre biológico hasta que acabó sus estudios universitarios de ciencias empresariales. Se negó a suceder a su abuelo en el negocio de venta de pescado al por mayor que éste tenía y aceptó un trabajo en un crucero. En un ataque de ira, Theo lo había comparado con su padre, un francés que se hacía llamar por un título nobiliario y que se pasaba la vida de puerto en puerto seduciendo jovencitas.

Luke no tardó un segundo en ir en busca de su padre, a pesar de que nunca le habían molestado demasiado las circunstancias de su nacimiento, y lo encontró viviendo en una gran mansión en Francia, con su mujer y sus dos hijos, ambos mayores que él. Cuando Luke se identificó, él hizo un gesto de desprecio y se despidió de él diciéndole:

—He estado con decenas de mujeres e incluso si hubiera estado soltero cuando conocí a la pueblerina griega que era tu madre, nunca me habría casado con ella —y después, ayudado por sus igualmente despectivos hijos, echó a Luke de su casa.

Luke siguió con sus planes y se embarcó en el crucero, donde hizo amistad con un rico banquero neoyorquino que lo contrató como ayudante para realizar sus operaciones de Bolsa. Cuando el barco llegó a Nueva York, aquel hombre le ofreció un puesto a Luke en su empresa, puesto que éste había destacado especialmente en su trabajo, y cuatro años después, creó su propia empresa: Devetzi Internacional.

Luke miró a su abuelo con una mezcla de frustración y cariño.

—Nada de lo que hagas o quieras me supondrá nunca un problema, Theo. Sólo tienes que decir lo que quieres y lo tendrás, ya deberías saberlo.

Theo estaba envejeciendo. A sus setenta y siete años tenía el rostro surcado por mil arrugas, pero sus ojos aún delataban la determinación que lo había empujado a establecer su negocio años atrás con su amigo Milo. Luke le debía la vida a aquel hombre que, en realidad, era su única familia.

—No intentes engatusarme, Lycurgus.

Luke se puso tenso. Sabía que el anciano estaba enfadado o tenía algo en mente, pues de otro modo no habría usado su nombre completo; su abuela había querido llamarlo al ver sus ojos grises, que le recordaron a un lobo, porque significaba cazador de este animal.

—Lo que quiero es verte casado y con niños; ver la continuación de la familia, pero dada tu aparente aversión al matrimonio y las mujeres que eliges, ya casi no me quedan esperanzas —le mostró una revista a Luke—. Échale un vistazo a tu última elección, probablemente la mujer con la que has pasado los últimos días —señaló las páginas centrales—. Davinia Lovejoy no es precisamente el retrato de una madre y esposa.

Theo tenía razón; Luke había estado saliendo con Davinia las últimas semanas, pero no tenía ninguna intención de casarse con ella. ¿Por qué tendría que hacerlo? No le gustaba nada que Theo metiese las narices en su vida sexual... Y, en cuanto al matrimonio, Luke no confiaba en las mujeres a largo plazo. La experiencia le decía que las mujeres casadas estaban tan deseosas de meterse en su cama como las solteras, si no más, aunque él siempre había evitado involucrarse con casadas. La única excepción que había hecho a aquella norma aún lo atormentaba por las noches.

El abuelo de Luke seguía con su acalorado discurso en griego:

—Pensaba que tenías mejor gusto. ¿Es que no sabías que se operó la nariz a los diecinueve años? Eso puedo tolerarlo, y también el aumento de pecho, pero esto último... ¡un trasero falso! No había oído nada igual en la vida.

—¿Cómo? Déjame ver... —saltó Luke, tomando la revista de manos de su abuelo. Theo tenía razón. Una de las fotos la mostraba saliendo de un restaurante con él, y el artículo detallaba todas las operaciones estéticas a las que se había sometido y hablaba del nuevo hombre con el que se le había visto últimamente.

Luke no pudo reprimir un muy descriptivo apelativo en griego.

—No podría estar más de acuerdo —apuntó Theo, con una leve sonrisa

—No me di cuenta... —comento Luke en voz baja, lo cual fue casi una confesión para un hombre que se definía como un experto en mujeres. Se sentó en el sofá junto a Theo y sonrió—. Conocí a Davinia porque es decoradora y mi secretaria la contrató para redecorar mi apartamento de Nueva York —lo que no le contó era que mientras le enseñaba el apartamento se había dado cuenta de que hacía casi un año que no se acostaba con una mujer y pensó que ya era hora de hacer algo al respecto—. Si eso te tranquiliza, no tengo intención de casarme con ella.

En un par de semanas, cuando la decoración del apartamento estuviera acabada, también lo estaría su relación con Davinia. Además, a pesar de que ella era una mujer muy bella e inteligente, y una amante experimentada, por algún extraño motivo él se había quedado con una extraña sensación de insatisfacción.

—¡Me alegro! En ese caso, podrás hacerme un favor —dijo Theo—. Desde la muerte de tu abuela he estado investigando cómo recuperar la casa que teníamos en Zante. Cuando nos fuimos a Atenas se la vendí al carnicero del pueblo, pero esa casa había sido de mi familia durante generaciones; en esa playa fui concebido, al igual que tu madre, y allí cortejé a tu abuela. Quiero recuperarla —declaró—. Con los años, lo único que le quedan a uno son los recuerdos, y los más felices de mi vida ocurrieron allí —Theo suspiró—. El carnicero murió hace ocho años, pero antes de eso le vendió la casa a un empresario de Atenas. Las malas lenguas dicen que se la regaló a su amante, una botánica inglesa llamada Mary James. Yo la conocí hace años en Zante; era una mujer adorable y me habló de su trabajo y de la empresa de cosmética homeopática que había creado con su hermana. Su hermana acabó casándose con el contable de la empresa, David Sutherland, que promovió la expansión de la marca por toda Europa. Cuando le pedí que me vendiera la casa se negó en redondo. Más tardé me enteré de que su empresa había salido a Bolsa en el mercado alternativo de valores para reunir la financiación suficiente como para llevar la empresa a América, así que compré acciones con la esperanza de que eso me acercara a la señorita James y así poder convencerla de que me vendiera la casa.

Luke frunció el ceño. La mayoría de las empresas de ese mercado alternativo eran negocios arriesgados.

—Haz lo que te aconsejo: vende tus acciones cuanto antes. Y de la casa... olvídate. ¿Es que no estás a gusto en la casa que mandé construir? Nunca antes te habías quejado.

—No. Es una casa muy bonita, pero desde que tu abuela murió, me siento un poco solo. Tú nunca vienes.

—En eso tienes razón —admitió Luke, pero lo cierto era que le molestó el no haber sabido que Theo pretendía comprar la casa de Zante; eso revelaba la poca atención que le había dedicado a su abuelo en los últimos años—. Intentaré ir más a casa, Theo, pero te aseguro que Zante ya no es como cuando tú eras joven. Ahora está lleno de turistas —Luke lo sabía porque había ido allí con su yate el año anterior y, aunque el lugar era precioso, sólo había pasado una noche.

—Te equivocas —dijo el anciano con ojos chispeantes—. Por fin he encontrado un modo de recuperar la casa de mi familia. Cuando me enteré de que Mary James había muerto, compré más acciones —levantó una mano—. Antes de que protestes, te digo que las compré baratas.

Si la empresa se hundía esas acciones le saldrían caras, pensó Luke, pero no quiso seguir discutiendo.

—La semana pasada recibí una notificación de una junta de accionistas, pues soy uno de los mayores inversores —continuó Theo—. Estuve en la junta y después Sutherland me invitó a cenar a su casa esta noche y a la fiesta de cumpleaños de su hija el fin de semana.

—Muy interesante, pero eso no explica cómo te torciste el tobillo y que si Milo no me hubiera llamado a Nueva York, yo no me habría enterado de nada.

—Te iba a llamar en cuanto saliera del hospital, pero Milo se me adelantó. Me tropecé en el escalón del salón —dijo Theo, observando la decoración del apartamento de soltero de su nieto.

—Pues me alegro de que Milo estuviera contigo...

—Claro. Milo tiene tantas ganas como yo de que recupere la casa de mi familia. Nosotros nos conocimos en Zante y siempre se quedaba en casa con tu abuela y conmigo cuando su barco atracaba allí. Siempre pensé que tenía debilidad por tu madre, pero...

—Bueno, pero ¿cómo vas a recuperar la casa? —apremió Luke.

—No voy a hacerlo yo, sino tú —declaró Theo con una ancha sonrisa—. Conocí a la hija de Sutherland en la junta. Es una mujer encantadora que no sabe nada del negocio de la familia, pero tiene uno propio. Estuvimos charlando y me contó que había acudido a la junta porque era la heredera de su tía. Además, no sólo había heredado sus acciones, sino también la casita de Zante.

—Qué bien —Luke fue hacia el mueble bar y se sirvió un vaso de whisky con agua—. Entonces ella ha accedido a vender y quieres que yo pague la casa, ¿no?

—No, le pregunté que si me vendería la casa, pero me dijo que no creía que eso fuera posible. No necesito que me ayudes a pagar la casa, pero sí que vayas a la cena en mi lugar esta noche. Quiero que utilices todos tus encantos con esa mujer y que la ablandes. Después, cuando yo vaya a su fiesta de cumpleaños el sábado, le explicaré lo mucho que significa esa casa para mí y que quiero dejársela a mi nieto. Cuando le pida que me la venda, estará dispuesta a acceder a todo lo que le pida.

—¿Quieres que la seduzca? —dijo Luke, mirando a Theo con una ceja levantada—. Me sorprendes, teniendo en cuenta lo mucho que me criticas por mujeriego.

—No necesito que llegues tan lejos, aunque no creo que fuera un gran sacrificio para ti, porque es una chica encantadora —Theo esbozó una sonrisa picara—. Si tuviera cuarenta años menos, me ocuparía de esto en persona.

Luke echó a reír.

—Eres incorregible. Está bien, dile a Sutherland que yo iré a la cena en tu lugar y haré lo posible por encantar a esa mujer. ¿Cómo se llama?

Theo estaba ya marcando el número de Sutherland en el teléfono:

—Jem... algo así, o... Jan, creo.

Luke fue al baño para darse una ducha pensando en el lío en que se había metido y deseando por lo menos que la tal Jan fuera presentable.

Luke volvió después de medianoche, cansado, pero con una sonrisa de satisfacción en la cara.

—¿Qué ha pasado? ¿La viste? ¿Te gustó? ¿Le gustaste tú a ella? —preguntó Theo en cuanto él cruzó el umbral.

—Sí a todo —respondió Luke—, pero no me tenías que haber esperado despierto.

—Eso da igual. ¡Dime qué pasó!

Luke se dejó caer en el sofá y se aflojó la corbata.

—Sutherland me presentó a su hija Jan, y por una extraña coincidencia, ya la conocía.

—¿Que la conocías? ¿Estás seguro?

—Créeme, abuelo. La conocí en Nueva York hace años; ella era modelo y salimos unas cuantas veces. No tienes nada de qué preocuparte, el asunto está en el bote. Te lo prometo. Jan estaba encantada de verme y casi se abalanzó sobre mí cuando me vio. Mañana iré a cenar con ella y para el domingo la tendré comiendo de mi mano —se puso en pie y añadió—. Ahora, si no te importa, me voy a acostar. Y te sugiero que hagas lo mismo.

—Jemma, te llaman por teléfono —gritó Liz—. Es tu madrastra.

Jemma se quitó los guantes y dejó la cesta que estaba rellenando con flores de verano para ir a responder al teléfono.

—Dime, Leanne.

Jemma escuchó las instrucciones de la mujer de su padre durante varios minutos sin decir nada. Su madre había muerto cuando ella sólo tenía doce años después de una larga enfermedad. Su padre se casó a los seis meses con su secretaria, madre soltera de una chica de dieciséis años, Janine, que había dejado los estudios para ser modelo.

Entonces Jemma estudiaba en un internado y, aunque su padre adoptó a Janine y le dio su apellido, ellas nunca se vieron como hermanas, sino como amigas lejanas.

—¿Tienes alguna duda, Jemma?

—No, todo está muy claro —respondió ella cuando por fin pudo decir algo—. Ya he pedido las flores que querías y estaré allí el sábado a primera hora para que la casa esté decorada para el cumpleaños de Jan —Jemma colgó y le preguntó a Liz—. ¿Estás segura de que no quieres que cerremos la tienda el sábado por la tarde y te vienes conmigo?

—No, gracias —replicó Liz—. Ya sabes que sólo soporto a la bella Janine en pequeñas dosis. ¿Cuántos cumple? ¿Veintiocho por cuarto año consecutivo?

—¡No seas bruja! Aunque la verdad es que tienes toda la razón. Hey, al parecer Jan se encontró con un antiguo novio en la cena de ayer.

—¿La cena a la que no fuiste por un dolor de cabeza ficticio? —se burló Liz.

—Sí... al parecer él aún está soltero y es tremendamente rico. Jan quiere atraparlo, así que no se puede mencionar por ningún motivo su verdadera edad.

—No me sorprende en absoluto.

—¡Qué mala eres! —dijo Jemma sonriendo.

—Ojalá tú fueras un poco mala a veces —suspiró Liz—. Ya es hora de que salgas a divertirte un poco de nuevo.

—Bueno, voy a ir a la fiesta del sábado —dijo ella—. Ya es hora de que te vayas a comer. Patty llegará en cualquier momento, y Ray también —Patty era una aprendiz y Ray un empleado que, aunque florista titulado, pasaba la mayor parte del tiempo haciéndose cargo de los repartos.

—Me voy, pero, Jemma, lo digo en serio. Alan murió hace dos años y, por mucho que lo quisieras, ya es hora de que vuelvas a salir con hombres, o al menos, que vayas planteándotelo en lugar de quedarte petrificada frente a cualquier chico guapo. Aparte de ser aburrido, el celibato no es bueno para la salud.

Para gran vergüenza de Jemma, ella no había llevado a rajatabla ese celibato en los últimos dos años. Había cometido un error enorme que había jurado no repetir, pero no se atrevía a confesarlo ni a su mejor amiga.

Una vez que Liz se hubo marchado, Jemma se dijo a sí misma que ya había conocido a su alma gemela y que la había perdido. Todo empezó cuando la madre de Jemma murió y ella empezó a pasar más tiempo con su tía Mary. A ella le encantaba la jardinería, pero su padre vendió su casita en el campo con su impresionante jardín para comprarse un apartamento en la ciudad, al gusto de su buena mujer. Por suerte, la tía Mary le dio total libertad para practicar su afición en su jardín. Ella era profesora de botánica en el Imperial College de Londres, algo que siempre fascinó a Jemma, pero el joven investigador que trabajaba con su tía, Alan Barnes, la fascinaba aún más. Se enamoró perdidamente de él y éste acabó convirtiéndose en su amigo y confidente.

Cuando acabó el instituto, a los dieciocho años, Jemma se dio cuenta de que no tenía un cerebro académico como para ir a la universidad, pero sí tenía cierto talento artístico. Por eso se matriculó en un curso de floristería de dos años. Allí fue donde conoció a Liz. Para entonces la relación con Alan se había convertido en un profundo amor, y fue él quien animó a las dos amigas a que abrieran su tienda. Su vida era maravillosa, y fue aún mejor cuando con veintidós años se casó con Alan en una boda de cuento de hadas.

Su felicidad fue breve, pues Alan murió cuatro años después en un accidente de aviación. A los dos les gustaba el vuelo sin motor, y Jemma siempre se sintió culpable por no haber estado con él ese día por haberse quedado terminando un trabajo.

Cada vez que pensaba en él, se le encogía el corazón de tristeza, pero gracias al apoyo de Liz los últimos dos años, había superado la etapa de las lágrimas y ya podía enfrentarse al mundo, por pocas ganas que tuviera de hacerlo.

—Feliz cumpleaños, Jan —saludó Luke nada más entrar en casa de los Sutherland, en Connaugh Square. Le había dado su regalo de cumpleaños el día anterior; un bolso de Prada, nada demasiado personal—. Creo que ya conoces a mi abuelo...

Ella no lo dejó acabar.

—Oh, claro que lo conozco —Jan le dedicó una sonrisa radiante—. Siento que se hiciera daño en el tobillo. Lo cierto es que no puedo negar que me encantó que Luke viniera a la cena en su lugar —miró a Luke—. El destino hizo que nos volviéramos a encontrar, ¿verdad, cariño? —e inclinó la cabeza para que él la besara.

Luke conocía a muchas mujeres como ella, sofisticada y consciente de sus encantos, y no le costó besarla levemente en los labios. Lo que le sorprendía era que Theo considerase atractiva a aquella modelo delgadísima de casi un metro ochenta de alto.

Jemma bajó las escaleras observando complacida el centro de flores de la mesa. Desde la muerte de Alan había ido a muy pocas fiestas, pero no podía excusarse de asistir a aquélla. Echó los hombros hacia atrás, y miró a su alrededor hasta encontrarse con la chica del cumpleaños. Jan estaba inclinando la cabeza hacia atrás pidiendo un beso que no le fue denegado. Él medía casi dos metros, tenía la espalda ancha y el pelo negro, y era la pareja perfecta para la rubia Jan.

En ese momento, Jemma se fijó en el hombre mayor que estaba junto a ellos y se apoyaba en un bastón con puño de plata. Tenía una expresión de furia contenida y parecía sentirse tan fuera de lugar como Jemma, pero ésta reconoció su rostro enseguida.

—Señor Devetzi —dijo, acercándose a él—. Encantada de volver a verlo —y levantó la mano para estrechársela.

—El placer es mío —dijo él, tomándole la mano para besarle el dorso—. Por favor, llámame Theo.

—Claro, Theo —rió ella.

Luke sintió cómo Theo le tiraba de la chaqueta y en ese preciso instante reconoció aquella voz femenina. Se giró lentamente y la vio... todos y cada uno de los músculos de su cuerpo se tensaron al instante. Conocía a aquella mujer de la forma más íntima posible; ella había envenenado sus sueños durante todo el último año y, a pesar de que la despreciaba por su falta de moral, su cuerpo aún sufría de pasión por ella. Antes de pronunciar un saludo apropiado, Jan lo agarró por el brazo y le habló a la mujer:

—Jemma, cariño, te presento a Luke, el hombre tan maravilloso del que te había hablado.

Luke oyó la voz de Jan, pero sólo se quedó con el nombre: ¿Jemma? ¿Qué había pasado con Mimie? Seguro que era el pseudónimo que usaba cuando engañaba a su marido. Pero, a pesar de ser una mujer infiel, tenía un aspecto aún más fantástico de lo que recordaba.

La primera y única vez que la había visto hasta entonces había sido cuando hizo un crucero en su yate con varios amigos por algunas islas griegas, como hacía todos los veranos. Era el cumpleaños de una de sus acompañantes y habían bajado a comer a la isla de Zante.

Cuando él había salido del restaurante para tomar un poco de aire fresco, la vio. Ella estaba sola, sentada en la terraza de un bar del puerto, bebiendo a sorbitos una copa de vino. No estaba maquillada, pero estaba preciosa, como recién salida de un cuadro de Rossetti. Tenía un rostro fino y bien dibujado, unos labios jugosos y rosados y el pelo castaño le caía en cascada sobre la espalda.

Mientras la miraba, una pareja que salía del bar chocó con su mesa y la jarra y su copa de vino cayeron sobre ella. Ella se levantó de un salto y Luke corrió en su auxilio.

Ella había aceptado sin dudarlo su ofrecimiento de ir al yate para limpiarse las manchas del minúsculo top y shorts blancos que llevaba. El encuentro sexual que tuvieron después de eso fue el mejor de su vida, y cierta parte de su anatomía despertó al recordarlo, pero enseguida recordó con rabia lo que había pasado después. Sin mirarlo a los ojos, ella se levantó de la cama, recogió su ropa y su bolso, y se metió en el baño.

Cuando había regresado, completamente vestida, se estaba colocando una alianza en el dedo. Luke se levantó de la cama, sin querer comprender lo evidente.

—Estás prometida —dijo.

—No... casada —respondió ella—. Y esto ha sido un gran error.

Luke había salido con montones de mujeres, y se había acostado con buen número de ellas, pero nunca con una casada. Tan furioso consigo mismo como con ella, le dijo:

—Para mí no, cariño. Ha estado bien, pero será mejor que te vayas. Mis invitados volverán en cualquier momento y preferiría que no te vieran, especialmente una invitada en particular.

Ella lo miró horrorizada, dándose cuenta de lo que quería decir. Después se dio la vuelta y se marchó sin decir más, dejándolo allí desnudo, furioso y asqueado con los dos. No había tenido una aventura de una sola noche desde que era adolescente y su norma era salir al menos tres veces con una mujer antes de acostarse con ella, pero aquella vez había roto todas sus reglas... y con una mujer casada.

Al mirarla en aquel momento la vio tan serena, tan elegante, que le costó recordar a la apasionada mujer que había compartido su cama. Tenía el pelo recogido en un intrincado moño, revelando la perfección de su cuello. Llevaba un sencillo pero fantástico vestido negro y un escote cuadrado bajo el cual se adivinaban sus bellos pechos. La fina tela se ajustaba perfectamente a las curvas de su cuerpo y llegaba hasta un par de centímetros por encima de sus rodillas. Tenía unas piernas fabulosas acentuadas por los altos tacones de las sandalias, y las uñas de los pies pintadas de rosa. Era la perfección absoluta de pies a cabeza, y no podía olvidar la imagen de su cuerpo desnudo bajo aquel vestido. Luke contuvo el aliento. Por primera vez tenía celos de su abuelo por tener toda la atención de aquella mujer, su bella sonrisa...

¡No! ¡Estaba casada!

Jemma oyó el nombre de Luke, pero no le dijo nada. Le sonrió a Jan y, cuando miró educadamente al hombre que estaba a su lado, sus ojos se abrieron como platos. Se quedó pálida y bajó lentamente la mirada mientras el corazón le latía como si le quisiera salir del pecho. Luke destacaba por encima de la multitud, con su esmoquin negro, su piel morena y esa aura de arrogancia y virilidad que era imposible de ignorar. Pero eso fue lo que ella hizo.

Jemma no podía creerlo, un error en su vida, y se presentaba delante de ella. Se había acostado con él sin saber cómo se llamaba. Acostarse... no, tenía que llamar las cosas por su nombre: sexo, habían tenido sexo ilícito y nada más que eso. Ella se odiaba a sí misma y a él por haber sido infiel a su novia, que no debía estar muy lejos.

Con el estómago encogido y un terrible esfuerzo, murmuró Jemma.

—Encantada de conocerte —sin casi mirarlo, volvió su atención a Theo.
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