Karl popper El cuerpo y la mente




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la sensación: ¿cómo puede surgir algo nuevo a través de una muta ción? De modo que de algún modo las mutaciones no son satisfacto rias como medio para explicar la novedad. Unicamente podemos de cir: «Oh sí, con el tiempo se producirán nuevas mutaciones», y cosas similares. Pero si se señala por que’ se produce un cambio de circuns tancias —que puede ser sistemático, especialmente si se tiene una nueva meta— entonces esta nueva meta hace que todo cambio sea

- sistemático. Es bastante evidente, ¿no? Digamos, si se tiene un nuevo objetivo debido a una nueva preferencia alimenticia, entonces la pre sión selectiva estará sistematizada y, por tanto, las mutaciones repre sentarán realmente una ventaja. El pájaro carpintero es un buen ejemplo. Uno se ha preguntado a menudo por qué todas las grandes mutaciones son letales. ¿Por qué todas las mutaciones muy pequeñas que, esto es algo que tenemos que postular, no comportan conse cuencias letales, pueden efectuar cambios mayores? La respuesta es:

únicamente si existe una presión selectiva sistemática. Ahora bien, esta presión selectiva se puede deber a un cambio medioambiental o se puede deber a nuevos objetivos. Pero incluso en un cambio me dioambiental, sólo tendrá éxito si se desarrollan rápidamente nuevos objetivos. Un biólogo con quien mantuve una conversación hace unos días me dio un ejemplo muy bueno, a saber: ¿cómo desarro llaron patas ios peces? La respuesta: cuando se empezaron a secar ciertas partes del mar, tuvieron que intentar trasladarse de una pe queña laguna a otra, algunos todavía lo hacen. De acuerdo, se produ jo un cambio medioambiental, pero lo decisivo fue que ellos respon dieron con un objetivo —a saber, el objetivo de alcanzar una nueva laguna—. Aquellos que no respondieron con dicho objetivo proba blemente fueran eliminados. Aquellos que sí respondieron con ese objetivo tuvieron un nuevo objetivo. Con esta nueva meta el más li gero progreso conseguido en el transporte por tierra firme —todo elemento de progreso— constituiría de inmediato un gran elemento adicional. De modo que pueden empezar a acumularse cambios muy pequeños, pero sólo si la reacción al gran cambio medioambiental es un cambio conductual, y sólo si este cambio conductual es del tipo de un nuevo objetivo. Por supuesto, éste se puede desarrollar a par tir de un comportamiento accidental de ensayo y error, pero de todos modos sucede de esta manera.

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Interlocutor 7: Sir Karl, ¿puedo preguntarle si esta fórmula está completa? ¿No sería mejor, más que pensar en el primer problema P, y después en P ir hacia alguna parte en el medio y considerar P P yP

Popper: En realidad escribí algo parecido durante la primera conferencia. Se lo puedo enseñar. Estaba en la pizarra.

Interlocutor 8: ¿Entonces se trata de una simplificación excesiva?

Popper: ¡Por supuesto! Ya lo dije entonces. Es una simplifica ción excesiva, pero es suficiente para demostrar la emergencia de la novedad.

Interlocutor 8: Usted ha hablado sobre los problemas, pero no se ha ocupado en absoluto de los pseudoproblemas. Me gustaría pre guntarle si el concepto de «pseudoproblema» no se ha utilizado de un modo demasiado sencillo. ¿No se ha empleado el término «pseu doproblema» de un modo absoluto cuando siempre debería utilizar- se de un modo relativo? Y, ¿no es su fórmula tan sugestiva debido a que si, digamos, M es un problema en TM, entonces N, al que toda vía no se ha llegado, es un pseudoproblema en ese sentido relativo? Y desde T cuando P es el problema, ¿no son PM y N también pseu doproblemas? Entonces un anacronismo posee temporalmente dos sentidos: o bien es un antiguo problema por el que ya se ha pasado o es un nuevo problema al que todavía no se ha llegado. Otra forma de relatividad, dado que siempre hablamos de organismos en un medio, ¿es que un pseudoproblema para un organismo en un medio puede constituir un problema real para otro organismo en ese medio o para una clase parecida de organismo en un medio distinto?

Popper: Aquí tenemos dos cosas distintas. En líneas generales es toy de acuerdo de usted, pero no he tenido tiempo para desarrollar el problema de los problemas —quiero decir el problema de las dife rentes clases de problemas, especialmente de los distintos sentidos—. A saber, el sentido del término «problema» que he utilizado para ha blar sobre la evolución biológica es —nosotros, los seres humanos, vemos a esos pobres animales y comprendemos cuál ha sido su pro blema—. Por supuesto, el animal no tenía ni idea de cuál era su pro blema. Podemos emplear el término «problema» —el animal no pue de hacerlo—. ¿Qué sucede con los científicos? Resulta muy parecido.

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Un científico se puede ocupar de un problema y resolverlo, y puede resultar que ex post facto —después del suceso— observemos que en realidad el problema que interesó al científico era muy distinto. Dis pongo de un ejemplo muy bueno, el ejemplo de Schrñdinger. Hay muchos otros ejemplos y les ofreceré uno de ellos más adelante. Schródinger intentó resolver un problema que, en líneas generales, era el siguiente: ¿Cómo podemos ofrecer una teoría continua de la mecánica cuántica? ¿Una teoría en función de las matemáticas de la continuidad? Ese era más o menos su problema y lo resolvió por medio de la mecánica ondulatoria. Unos años más tarde —dos años más tarde, después de que Schrñdinger escribiera sus diversos artícu los sobre la mecánica ondulatoria—, Max Born ofreció su interpreta ción. Lo que Schr6dinger había considerado una distribución conti nua de la carga eléctrica pasó a interpretarse como la probabilidad de encontrar un electrón en una cierta posición. Lo que estaba distri buido continuamente no era ya la carga eléctrica, sino la probabilidad de que hubiera una carga eléctrica en alguna posición —a saber, un electrón—, y los electrones son, por supuesto, más bien discontinuos que continuos. De este modo, el problema de Schródinger desapare ció, y ahora podemos decir que Schr6dinger resolvió un problema cuya existencia desconocía —a saber, el problema de la probabilidad de que un electrón esté en una posición dada—. Pero, por supuesto, Max Born únicamente descubrió este problema después del suceso, y Schrñdinger nunca tuvo la intención de resolver este problema con creto.

Un ejemplo muy similar es el de Kepler. Kepler intentó resolver el problema de la armonía del mundo. En realidad hizo mucho por resolverlo, y todo lo que dijo es sumamente interesante. Pero hoy en día decimos que resolvió el problema de las leyes de Kepler. Un in dicio de que éste no era el problema que él se planteaba es lo si guiente. La segunda de las leyes de Kepler postula que el radio vec tor —la línea entre el sol y un planeta— barre áreas iguales en tiempos iguales. Ahora bien, si trazamos una elipse —aquí está el sol y aquí el planeta— ustedes verán que cuanto más alejado esté el pla neta del sol —-esto es, suponiendo que el planeta se moviese a una velocidad más o menos constante, el radio vector barrería unas áreas mucho más amplias si el planeta estuviese lejos del sol que si estuvie se cerca—. Ahora bien, dado que la ley de Kepler dice que en tiem

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pos iguales recorre áreas iguales, ustedes descubrirán que tendrá que ir más despacio cuando esté alejado del sol que cuando esté cerca. Kepler vio esto y, por tanto, expresó esta ley —que le disgustaba, ya que para él no era lo bastante armónica—, él la expresaba a menudo, o por lo general, cuando se refería a ella, diciendo que la distancia en tre el planeta y el sol es inversamente proporcional a su velocidad, Cuanto mayor sea la distancia, menor será la velocidad. Este es el modo en que Kepler se refería al sol, aunque esta formulación con- creta sea matemáticamente incorrecta. La única formulación correc ta es que en tiempos iguales, el radio vector barre áreas iguales. La otra formulación es una aproximación, pero en realidad es incorrec ta. Kepler tenía la formulación correcta, pero le disgustaba, ya que no era lo bastante simple para ajustarse a su idea de la armonía, y la pro porcionalidad era más simple. Así, pues, aunque poseía la ley correc ta, a menudo la expresaba de forma incorrecta, una forma que se aproximaba más a su intuición de la armonía —ustedes sabrán pro bablemente que en la época de los griegos, la armonía y la proporcio nalidad estaban estrechamente relacionadas—, por tanto, la ley de la proporcionalidad se ajustaba mucho más a la armonía del mundo que él buscaba. Este es un indicio muy claro de que en realidad no era consciente de que esta ley, y no la ley de la armonía, resolvía su pro blema. Antes de Newton, no podíamos ver que esta ley era una ley muy armónica —únicamente la derivación tan maravillosamente sim ple de Newton demuestra realmente cuán simple y armónicamente puede ser derivada—. Newton demuestra que esta ley es válida para cualquier movimiento en el cual cualquier fuerza actúe sobre un cuer po desde un cierto centro dado. No importa si la fuerza es fuerte o nula, constante o débil o variable. No importa si la fuerza es de re pulsión o de atracción, Lo único que importa es la dirección hacia el centro. Si esto es así, emerge la segunda ley de Kepler. Así, pues, se trata de una ley sumamente general, que Newton derivó de una for ma muy bella. Pero Kepler desconocía esta derivación y, por tanto, le disgustaba la ley —su propia ley—. Ahora bien, esto demuestra cuál es la situación problemática y cómo en realidad sólo podemos ver después cuál era el problema resuelto por el científico. Pero entonces también podemos saber cuál era la situación problemática para él y se produce una brecha entre ambas cosas. Cómo veía él la situación pro blemática es muy diferente de cómo pudo haber sido objetivamente

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en realidad la situación problemática —la situación problemática so bre la que estaba trabajando—. Esta es una distinción muy impor tante.

La otra pregunta que usted ha planteado sobre los pseudoproble mas es una pregunta sobre ios diferentes modos de emplear el térmi no «problema» —a saber, desde el punto de vista de la percepción re trospectiva, y desde ci punto de vista de la persona o animal que actúa bajo ciertas presiones—. Sobre esta cuestión se pueden decir todo tipo de cosas, pero yo no diría que el mero hecho de que alguien no haya llegado a un problema —que no lo haya descubierto aún— sig nifique que se trata de un pseudoprobiema. Puede tratarse de un pro blema muy real y de un problema muy importante para él, aunque aún no lo haya descubierto. De hecho, pueden pasar años hasta que al guien reconozca y formule un problema de tal modo que pueda tra bajar sobre él. De hecho, tal vez nunca lo descubra. Por ejemplo, pue de tener la vaga sensación de que algo falla... en su teoría, y puede tener esta sensación durante muchos años. Pero quizás en realidad nunca sea capaz de decir de qué se trata o tal vez nunca sea capaz de decirlo de un modo que le permita a él, o que permita a otros, traba jar sobre ello. Con todo, el problema puede ser muy importante y pue de no ser en modo alguno anacrónico. Puede tratarse de un problema muy oportuno para él en el momento en el que está trabajando sobre su teoría. Quizá sea el problema sobre el que debería haber estado tra bajando. Pero no puede decir cuál es. Ustedes me comprenden.

En esta situación pueden producirse todo tipo de posibilidades y también está relacionada con el problema de la demarcación. Así, pues, yo realmente debería decir que no empleo el término «pseu doproblema» del mismo modo que lo utilizan ios filósofos positivis tas. Carnap, por ejemplo, dice —-puede encontrarse en su Scheinpro bleme in der Philosophie (Pseudoproblemas en la Filosofla) pero también está en su volumen de la Schilpp’s Library of Living Philosophers—, Carnap dice que ios problemas metafísicos son pseudoprobiemas y que los enunciados metafísicos son pseudoenunciados. Esta fue, de hecho, la razón que le impulsó a buscar un criterio de demarcación

—eliminar la metafísica— y realmente toda la cuestión tiene su ori gen en Wittgenstein, quien dijo que el significado de una oración es el método de verificarla, y también, en el Tractatus, que la ciencia dice todo lo que se puede decir, y que después de esto no pueden

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quedar preguntas que no tengan respuesta, Por tanto, estas pregun tas que no tienen respuesta se denominaron «pseudopreguntas» o «pseudoproblemas». Cuando Carnap y otros positivistas decían que un problema era un pseudoproblema querían decir que no se podía contestar —que no podía ser resuelto—, ya que no podía verzj ninguna respuesta posible.

Ahora bien, estoy de acuerdo c usted en que todo esto es de masiado simple y tal vez demasiado absoluto. Pero lo niego todo, ya que, en primer lugar, no estoy de acuerdo con que el significado de una oración sea el método de verificarla, y no estoy de acuerdo con que podamos eliminar la metafísica —o con que siquiera debamos in tentarlo—-. Pero, lo que es más importante, lo niego porque hay muchos problemas que no pueden ser resueltos, incluso en la ciencia

—y que sin duda no pueden resolverse del modo en que pensaron ios positivistas, es decir, de modo que sus soluciones puedan ser verifi cadas—, y porque estos problemas no se convierten en pseudopro blemas simplemente porque no podamos resolverlos. Una teoría es verdadera o falsa incluso aunque no podamos determinar su verdad o su falsedad, y un problema puede ser un problema real incluso aun que no podamos resolverlo. Es demasiado simple o demasiado con veniente decir que un problema no es un problema sencillamente porque yo no puedo resolverlo. Quizá nunca sea capaz de decir, in cluso en principio, qué constituiría una solución de un problema. Esto puede exigir una gran genialidad —el hecho de decir simple mente qué constituir/a una solución, lo cual, por supuesto, es distinto a ofrecer realmente una solución—. Ustedes me comprenden. Puede estar más allá de mi capacidad. Puede estar más allá de la capacidad de todo el mundo durante muchos años, acaso para siempre. Y, sin embargo, el problema tiene una solución, incluso aunque yo nunca sea capaz de decir en qué consiste esta solución.

¿Por qué distinguir entonces entre problemas metafísicos y pro blemas de la ciencia empírica? ¿Por qué hacerlo si no es para elimi nar la metafísica? ¿Y qué quiero yo decir cuando designo un proble ma como «pseudocientífico»? En ocasiones sucede que alguien afirma que un problema es un problema de la ciencia empírica. Pero la teoría propuesta para resolver el problema en realidad no puede ser contrastada por medio de observaciones. Es decir, realmente no existen observaciones posibles que nos puedan ayudar a decidir si di-

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cha teoría es verdadera o falsa, aunque el científico que propone la teoría piense, de hecho, que las hay. Freud, por ejemplo, afirmaba que su teoría psicoanalítica —que originariamente propuso para resolver el problema de la histeria— era una teoría que pertenecía a la ciencia empírica. Pero su teoría no podía contrastarse con las observaciones, dado que explicaba el comportamiento de una persona en función de los deseos reprimidos de forma inconsciente y tales deseos son com patibles con todas las observaciones posibles. Ahora bien, muchas personas piensan que esto constituye una virtud de la teoría freudia na, es decir, el que sea compatible con todas las observaciones posi bles, pero yo pienso que representa, de hecho, una gran pobreza, dado que nos impide someterla a prueba y, por lo tanto, aprender de sus errores. Por tanto, éstos son los problemas —y las teorías— que yo denomino «pseudocientíficos». Unicamente me refiero a que se dice que la teoría pseudocientífica es empírica, pero no puede ser contrastada por medio de las observaciones —que las observaciones no nos pueden ayudar a decidir si es verdadera o falsa—. Sin embar go, es algo totalmente distinto decir que la teoría no es ni verdadera ni falsa —ya que la teoría de Freud puede ser verdadera, a pesar de que no pueda ser sometida a prueba—, y también es distinto decir que el problema no puede ser resuelto.
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