Karl popper El cuerpo y la mente




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Ahora me gustaría informarles brevemente sobre algunas de estas diferencias.

Las personas operadas pueden leer tan bien como siempre lo han hecho con ambos ojos o con el ojo derecho.

Pero ahora viene lo interesante. Mientras que un hombre opera do no pueda controlar, por medio de órganos situados en el lado de recho de su cuerpo —tales como los ojos o las manos— lo que hace su mano izquierda, no es consciente de los movimientos que realizan su brazo y mano izquierdos. No se trata de una doble personalidad... es una personalidad completa, pero sólo es plenamente consciente de las señales que la mitad izquierda de su cerebro recibe de la mitad de recha de su cuerpo.

Por ejemplo, un hombre operado solía fumar cigarrillos y coger el cigarro con su mano izquierda, ponérselo en la comisura izquierda de la boca y utilizar el encendedor con su mano izquierda para encen derlo. Después de la operación siguió haciéndolo normalmente, aun que con el ojo derecho no podía ver lo que hacía. Pero en este caso no era consciente de lo que hacía, esto es, no era capaz de dar res puestas adecuadas a las preguntas que se le realizaban sobre sus mo vimientos. No obstante, si se colocaba el cigarro en la comisura dere cha de la boca, lo sabía y podía decirlo.

Por lo general, mientras no estuviese implicado su lado derecho no podía explicar las reacciones de su lado izquierdo, y declaraba no saber que había realizado ningún movimiento. Estos movimientos permane cen inconscientes porque no son remitidos al centro del habla.

Con esto pongo punto final a este resumen tan superficial de una nueva teoría del yo, o de la conciencia, y de su función princi pal que consiste en establecer una especie de control remoto y muy

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plástico de nuestro centro del habla a través del mundo 3. A conti nuación pasaré a hacer algunos comentarios sobre la racionalidad humana.

Soy un racionalista. Esto es, intento subrayar la importancia que la racionalidad posee para el hombre. Pero al igual que todos los ra cionalistas pensantes no afirmo que el hombre sea racional. Por el contrario, es obvio que incluso el hombre más racional es muy irra cional en muchos sentidos. La racionalidad no es una propiedad de los hombres, ni es un hecho sobre los hombres. Es una tarea que los hombres deben llevar a cabo —una tarea difícil y muy limitada—. Re sulta difícil lograr la racionalidad, incluso en parte.

Yo nunca discuto acerca de las palabras y nunca las defino, pero tengo que explicar qué quiero decir con el término «racionalidad». Con este término designo simplemente una actitud crítica ante los problemas —la disposición a aprender de nuestros errores y la acti tud de buscar conscientemente nuestros errores y nuestros prejui cios. Por tanto, con el término «racionalidad» designo una actitud de supresión de error crítica y consciente.

Ahora bien, no es meramente el hecho de que esta actitud sea di fícil de alcanzar, lo que fija serios límites a nuestra racionalidad. Así como tampoco lo es el hecho de que no seamos tanto animales racio nales como animales pasionales. Todo esto es obvio. El hecho real mente importante es el siguiente. Toda crítica debe ser gradual (piece meal), incluso lo que en la ciencia nos puede parecer una crítica revolucionaria que rechaza —y reconstruye— una teoría científica dominante.

La razón de esto es muy simple. La crítica sólo puede ser una crí tica de alguna teoría provisional que hayamos formulado y coloca do ante nosotros como un objeto que debe ser investigado y criticado

—def mismo modo en que, por ejemplo, estudiamos un reloj que de seamos comprar para un regalo de cumpleaños.

No obstante, nuestro conocimiento se compone de una gran can tidad de disposiciones, expectativas y teorías de las cuales sólo un pe queño número puede ser colocado ante nosotros conscientemente en un momento concreto. De hecho, en todo momento sólo habrá ante nosotros una teoría que será seleccionada para ser criticada, sólo una teoría será sometida a investigación. Pero una gran cantidad de co nocimiento, conocimiento que está situado en todas las clases de ni-

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vel de importancia, se emplea, en su mayoría inconscientemente, en la investigación de cualquier teoría. He denominado este conocimiento «conocimiento de trasfondo». Se emplea en la investigación y, por tanto, se acepta acríticamente o se da por supuesto en el transcurso de la investigación.

Esto no significa que el investigador esté en ningún modo obliga do a dar por sentada acríticamente la totalidad de su conocimiento de trasfondo. Puede ocurrírsele que un error no se encuentra oculto en la teoría sometida a invesLigación, sino en algunos elementos del co nocimiento de trasfondo. Puede criticar, por tanto, un fragmento del conocimiento de trasfondo, pero este fragmento deja entonces de ser conocimiento de trasfondo para pasar a ser conocimiento someti do a investigación.

Aquí, tal vez el ejemplo más interesante sea Einstein, quien inves tigó ciertas dificultades que presentaba la teoría de Maxwell sobre la interacción electromagnética de los cuerpos móviles, y quien descu brió que podía resolver sus problemas al poner en tela de juicio el su puesto tácito de trasfondo, que nadie nunca había advertido anterior mente, de que la simultaneidad es un concepto absoluto. Einstein demostró que —y la razón de que— la simultaneidad tiene que estar remitida a un llamado «marco inercial» de todos ios cuerpos que están en reposo dentro de ese marco —o, con otras palabras, que la simul taneidad de sucesos distantes únicamente es transitiva dentro de un marco de esa clase—. Antes de Einstein, se suponía que si A y B son sucesos simultáneos, y B y C también lo son, entonces A y C siempre son simultáneos. Einstein demostró que esto es válido para sucesos distantes sólo si A y B, por una parte, y B y C, por otra, son simultá neos en el seno del mismo marco inerci Según Einstein, esta corrección muy sutil se tenía que realizar sobre un supuesto aparentemente ob vio, que nunca había sido formulado de forma explícita anteriormen te, perteneciente a lo que yo denomino «conocimiento de trasfondo». Esta corrección tuvo una importancia revolucionaria. Este ejemplo puede servir para ilustrar la imposibilidad de criticar todo nuestro co nocimiento de una sola vez.

Constituye un reto a nuestra ingenio, a nuestra imaginación críti ca, descubrir a qué elemento de nuestro conocimiento —quizá de nuestro conocimiento de trasfondo— se le debe culpar de cualquier dificultad o discrepancia concreta surgida en relación con un proble

ma o teoría. Nuestras conjeturas provisionales son siempre arriesga das y, con frecuencia, son osadas. El hecho de proponer que debe mos investigar críticamente un supuesto que hasta entonces había es tado fuera de sospecha —y que tal vez era incluso inconsciente

puede constituir en sí mismo una nueva y osada conjetura.

Dado que la mayor parte de nuestro conocimiento subjetivo es innato o tradicional —y, por tanto, disposicional_, tampoco está formulado explícitamente Parte de este conocimiento de trasfondo puede incluso estar incorporado en la gramática del lenguaje—y, por tanto, al igual que el aire que respiramos, ser supuesto o presupuesto constantemente en nuestros argumentos, de modo que nos resulta di fícil detectarlo y criticarlo—. Esto ocurrió, de hecho, con la simulta neidad, ya que la gramática de todas las frases construidas con las pa labras «lo mismo» —tales como «al mismo tiempo» o «de la misma longitud»_ implica transitividad. Einstein demostró, en efecto, que esta utilización, combinada con cualquier método para establecer la simultaneidad de sucesos distantes dentro de un marco, desemboca en la conclusión de que cualquier suceso —digamos la investidura del presídente Johnson— y cualquier otro acontecimiento —diga mos, la investidura del presidente Nixon— son simultáneos, lo cual es absurdo. Sin embargo, la utilización es correcta mientras sea apli cada en la vida corriente, dado que vivimos en un sistema aproxima damente inercial.

Todo esto demuestra que nuestra crítica sólo puede ser gradual y que, por tanto, nuestra racionalidad —esto es, el alcance de nuestra crítica— tiene ciertos límites. Sin embargo, el siguiente e importante enunciado parece válido.

Mientras que nuestra crítica no puede abordar m de uno o dos ‘ problemas o teorías al mismo tiempo —y debería intentar resolver

sólo uno preferentemente, no existe ningún problema, teoría, pre juicio o elemento de nuestro conocimiento de trasfondo que sea in mune a verse convertido en el objeto de nuestra consideración crítica.

Por tanto, la racionalidad únicamente posee limitaciones inhe rentes en el sentido de que estas consideraciones impiden que nos lancemos precipitadamente a una crítica general de todas las cosas al mismo tiempo. Pero, por otra parte, los objetos de nuestra crítica ra

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cional no tienen límites. Nada está exento de caer bajo el escrutinio crítico en un momento u otro.

A partir de todo esto podemos comprobar que estamos lejos de ser racionales. Podemos errar no sólo en todo lo que creemos saber, sino incluso en nuestro enfoque crítico. Tenemos que seleccionar los problemas y las teorías para que sean criticadas racionalmente, pero este acto de selección es en sí mismo una conjetura provisional. Así podemos pasar fácilmente toda una vida ocupándonos del problema equivocado: ésta es una de las razones por las cuales podemos errar incluso en nuestro enfoque crítico.

La idea revolucionaria —que Platón formuló en una ocasión— de que debemos limpiar todo el lienzo, de que debemos limpiar nuestra pizarra del conocimiento y empezar de nuevo desde el prin cipio, no es factible. Si debemos empezar de nuevo donde comenzó Adán, no hay la más mínima razón por la cual debiéramos superar a Adán o progresar más que él. Pero ni siquiera Adán empezó a par tir de una pizarra limpia. Así, pues, tendríamos que echar por la bor da todas las expectativas y los prejuicios, todo el conocimiento dis posicional adquirido durante la evolución. Tendríamos que regresar no sólo hasta Adán, sino hasta las bestias, hasta los animales y, de hecho, hasta las amebas. Por tanto, el sueño de limpiar el lienzo no es demasiado revolucionario ni progresista, sino retrógrado e inclu so reaccionario. Tenemos que ser modestos y ser conscientes de nuestra falibilidad; debemos recordar el audaz, aunque siempre provisional, progreso por medio del cual la vida conquista nuevas condiciones medioambientales y crea nuevos mundos dando pasos provisionales. De este modo nos hemos emancipado del mundo se miconsciente de los animales; de este modo hemos alcanzado la ple na conciencia; de este modo hemos inventado la ciencia y de este modo hemos avanzado en el seno de la ciencia, aproximándonos cada vez más a la verdad.

Este puede ser el momento de hacer algunos comentarios críticos sobre lo que yo denomino «el mito del marco».

Lo que yo llamo el «mito del marco» es una opinión, ampliamen te difundida y, con frecuencia, aceptada incluso inconscientemente, de que todo argumento racional debe tener lugar siempre dentro de un marco de supuestos, de tal modo, que el marco en sí siempre esté fuera del alcance del argumento racional. Esta opinión se podría de-

nominar asimismo «relativismo», ya que implica que hay que consi derar cada afirmación en relación con un marco de supuestos.

Una forma bastante corriente del mito del marco sostiene asimis mo que todas las discusiones y confrontaciones que tienen lugar en tre personas que han adoptado distintos marcos son vanas e inútiles, dado que toda discusión racional únicamente puede operar en el seno de algún marco de supuestos dado.

Considero que la preponderancia de este mito es uno de los gran des males intelectuales de nuestro tiempo. Socava la unidad de la hu manidad, dado que afirma dogmáticamente que, en general, no se puede dar una discusión crítica o racional salvo entre los hombres que sostienen opiniones prácticamente idénticas. Considera asimis mo que todos los hombres, en la medida en que intentan ser raciona les, están atrapados en una prisión de creencias irracionales, ya que, en principio, no están sujetas a la discusión crítica. Pocos mitos pueden ser más destructivos, ya que la alternativa a la discusión críti ca es la violencia y la guerra —del mismo modo que la única alterna tiva a la violencia y a la guerra es la discusión crítica.

Sin embargo, el punto principal estriba en que el mito del marco es sencillamente erróneo. Hay que admitir que una discusión entre personas que sostienen opiniones idénticas o casi idénticas, está des tinada a desarrollarse de forma más fácil que una discusión entre per sonas que sostienen opiniones muy opuestas o distintas. Pero sólo en ese último caso es probable que la discusión produzca algo intere sante. La discusión será difícil, pero todo io que se necesita es pacien cia, tiempo y buena voluntad por ambos lados. Incluso si no se llega a un acuerdo, ambas partes saldrán de la discusión más sabias de lo que entraron en ella. Con «buena voluntad» me refiero aquí a admi tir, para empezar, que podemos estar equivocados, que podemos a$render algo de la otra persona. El mito del marco se puede consi derar una compleja variante de un punto de vista llamado «justifica cionismo», esto es, la doctrina que dice que la racionalidad consiste en la justificación racional de nuestras creencias, o en términos obje tivos, en la justificación racional de nuestras teorías. Pero el justifica cionismo es un doctrina lógicamente imposible. Nuestras teorías sen cillamente no se pueden justificar racionalmente.

Como hemos visto, todas las teorías son conjeturas, y una pre ferencia provisional por una o dos de las teorías rivales es todo lo que

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se puede justificar racionalmente Pero existe una enorme diferencia entre la justificación de una preferencia _por el momento— por una de las teorías rivales y la justificación de una teoría. Justificar una teoría significa demostrar que es verdadera, pero una preferencia in clusO una preferencia por una teoría falsa, se puede justificar si se de muestra que, entre todas las teorías rivales, parece que se aproxima a la verdad más que cualquiera de las restantes.

He explicado la opinión que me merece el justificacioflismo y lo que he puesto en su lugar. El mito del marco también rechaza el justi ficacionismo, pero es menos radical en su rechazo. Conse más del justificacioflismo que yo, ya que dice que hay que relativizar las j caciones con relación a un marco que, a su vez, no se puede justificar.

En contra de esto, yo sostengo que, incluso si admitirnos la doctri na de un marco, tendríamos que subrayar que los diversos marcos pue den competir. Esto significa, como sucede en el caso de las teorías, que quienes defienden un marco pueden criticar otro. Nosotros, los espec tadores, podemos intentar formarnos una opinión racional por lo que se refiere a cuál de los marcos proporciona la mejor crítica de los de más, y por lo que se refiere a cuál de ellos se puede defender con mayor éxito contra las críticas procedentes de los restantes marcos. De hecho, en principio no existe ninguna diferencia entre un marco y una teoría.

Con frecuencia se ha afirmado que los distintos marcos de su puestos son tan diferentes como lo son diferentes lenguajes, y que los que han crecido en distintos marcos sencillamente no se pueden en tender, de tal modo que la crítica racional es imposible. Esta opinión ha sido sostenida haciendo referencia al estudio realizado por Benja mm Lee Whorf sobre el idioma de los indios Hopi. Pero lo impor tante es que Benjamin Lee Whorf sí aprendió a hablar hopi, y yo he conocido a indios hopi que hablan inglés mucho mejor que yo. En otras palabras, cualquier idioma humano puede ser aprendido por un extranjero que posea el talento suficiente.
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