Karl popper El cuerpo y la mente




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Aristóteles dio varias definiciones del «hombre». Una de ellas es:

«el hombre es un bípedo sin plumas», y estoy seguro de que la ex presión «bípedo sin plumas» no es tan comprensible como el térmi no «hombre». La otra definición es: «el hombre es un animal racio nal». También estoy bastante seguro de que «racional», por ejemplo, es un término mucho más difícil que el término «hombre».

De modo que, por lo general, las definiciones no contribuyen a que uno pueda hacerse entender o a aclarar las cosas. Lo menciono porque esta cuestión surge prácticamente en cada conferencia que doy, que tengo que desvincularme del problema de la definición. Ahora bien, usted ha indicado que yo debería definir la verdad, el mundo 3, el conocimiento, etcétera. Pero yo no defino estas cosas. La verdad es algo muy importante. Da la casualidad que otro amigo mío, Alfred Tarski, ha ofrecido una definición de la verdad, pero en este caso el problema radicaba en que el concepto de verdad se veía ame nazado por los filósofos y los lógicos. Ciertas personas decían que la verdad era una idea carente de sentido. Por supuesto, en una situa

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ción así demostrar que puede ser definida en términos no sospecho sos significa salvar el honor de la idea sospechosa. Ahí estriba real mente la trascendencia filosófica de la definición de verdad de Tars ki. El ha rescatado, como si dijéramos, a la verdad de la infamia.

Ahora bien, está muy bien que en un contexto así alguien defina algo, pero no tenemos que definir la verdad, aunque podamos expli car qué queremos decir con el término «verdad». Explicar lo que queremos decir en una conversación muy informal no sólo depende del orador, sino también de los oyentes. El orador debe preguntar:

« ustedes satisfechos o no lo están?». Es muy distinto a una de finición que simplemente es lanzada contra uno —que uno solamen te puede aceptar y después tambalearse bajo el impacto. Creo nece sario decirlo.

En este sentido, ni se me ocurriría definir un concepto como el mundo 1, el mundo 2 o el mundo 3. Los explico por medio de ejem plos, y si ustedes no se sienten satisfechos añadiré nuevos ejemplos y les preguntaré dónde estriba la dificultad. Pero no hay duda de que no ofreceré siempre una definición.

Ahora, el mundo 3 se compone, por supuesto, de muchos ámbi tos diferentes. Las artes son de algún modo distintas a las ciencias, pero de alguna forma son todas similares. De algún modo u otro, to das son productos humanos y, en un sentido u otro, todas son autó nomas. Esto lo discutiré en otra ocasión —lo que denomino «auto nomía» del mundo 3— aunque tal vez ahora, no veo por qué no debo mencionarlo de inmediato.

Se puede decir que merced a la invención de un lenguaje lo sufi cientemente rico los babilonios fueron los primeros, por lo que sabe mos, en diseñar un sistema numérico que continúa indefinidamente. Nosotros disponemos de un sistema numérico parecido: es la serie in finita de número naturales —1, 2, 3, 4, etc.—. En este sistema existe un método por medio del cual sabemos cómo seguir indefinidamen te n allá de cualquier punto dado. Así, pues, se puede decir que el sistema numérico es un producto humano. Algunas personas han di cho que fue elaborado por Dios. El matemático Kronecker dijo que Dios había hecho los números naturales y que todas las matemáticas res tantes son obra del hombre. Ahora bien, consideremos los números pares e impares. Nosotros no los hemos hecho, sino que han emergido de la serie de los números naturales. No se puede fabricar una serie

de números naturales sin crear números pares e impares. Quizás uno no se dé cuenta, quizás uno no se percate de haber creado números pares e impares, pero son creados. Esto es lo que yo describiría como la autonomía del sistema. Cada objeto del mundo 3 goza de una es pecie de autonomía de esta clase —es decir, algo que nosotros no he mos hecho, pero que es una consecuencia no planeada de lo que sí hemos hecho—. Entre las consecuencias no planeadas se encuentran, por supuesto, no sólo los números pares e impares, sino —y esto es muy interesante— los números primos. Ustedes sabrán probable mente qué son los números primos —números que no son divisibles, excepto por sí mismos y por el número 1—. Así 2,3,5, 7, 11 y 13, et cétera, son números primos. Ahora bien, no sólo no hemos hecho los números primos, sino que, en cierto sentido, están fuera de nuestro control, Ni siquiera sabemos gran cosa sobre su distribución. No po demos dar una fórmula general de un número primo. De un número muy grande no podemos decir, excepto calculándolo con ayuda del método de ensayo y error, si es primo o no lo es, Esto lo hacemos in tentando simplemente dividirlo primero por 2 —eso es fácil—; luego por 3 —lo cual también es fácil—. Pero cuando llegamos a números más grandes —al 23, por ejemplo— quizá ya no sea tan fácil y, de he cho, puede resultar muy dificil comprobar si un número es o no es di visible por 23. Sólo después de haber probado muchos números pri mos —en realidad algo como un quinto, un séptimo de ese número—, sólo después de haberlos probado podemos saber si dicho número es primo o no.

Ahora, esto demuestra que aquí hay algo que debe ser descubier to. Aunque nosotros hayamos hecho los números, hay ciertas cosas acerca de ellos que no hemos realizado, pero que podemos descubrir. Esto es lo que denomino «autonomía» del mundo 3. Hay que distin guirlo de lo que llamo la «realidad» del mundo 3, que está relaciona da con el hecho de que nosotros podemos interactuar con él. Pero el mundo 3 es tanto autónomo como real. Este es uno de mis puntos principales.

Pero usted está en lo cierto —ha habido un número considerable de filósofos norteamericanos que han sido pluralistas—. Mi posición se encuentra especialmente próxima a la de Peirce. Pero también debo decir que descubrí a Peirce muy tarde y que, por tanto, no es toy muy familiarizado con él desgraciadamente.

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ción así demostrar que puede ser definida en términos no sospecho sos significa salvar el honor de la idea sospechosa. Ahí estriba real mente la trascendencia filosófica de la definición de verdad de Tars ki. El ha rescatado, como si dijéramos, a la verdad de la infamia.

Ahora bien, está muy bien que en un contexto así alguien defina algo, pero no tenemos que definir la verdad, aunque podamos expli car qué queremos decir con el término «verdad». Explicar lo que queremos decir en una conversación muy informal no sólo depende del orador, sino también de los oyentes. El orador debe preguntar:

« ustedes satisfechos o no lo están?». Es muy distinto a una de finición que simplemente es lanzada contra uno —que uno solamen te puede aceptar y después tambalearse bajo el impacto. Creo nece sario decirlo.

En este sentido, ni se me ocurriría definir un concepto como el mundo 1, el mundo 2 o el mundo 3. Los explico por medio de ejem plos, y si ustedes no se sienten satisfechos añadiré nuevos ejemplos y les preguntaré dónde estriba la dificultad. Pero no hay duda de que no ofreceré siempre una definición.

Ahora, el mundo 3 se compone, por supuesto, de muchos ámbi tos diferentes. Las artes son de algún modo distintas a las ciencias, pero de alguna forma son todas similares. De algún modo u otro, to das son productos humanos y, en un sentido u otro, todas son autó nomas. Esto lo discutiré en otra ocasión —lo que denomino «auto nomía» del inundo 3— aunque tal vez ahora, no veo por qué no debo mencionarlo de inmediato.

Se puede decir que merced a la invención de un lenguaje lo sufi cientemente rico los babilonios fueron los primeros, por lo que sabe mos, en diseñar un sistema numérico que continúa indefinidamente. Nosotros disponemos de un sistema numérico parecido: es la serie in finita de número naturales —1, 2, 3, 4, etc.—. En este sistema existe un método por medio del cual sabemos cómo seguir indefinidamen te más allá de cualquier punto dado. Así, pues, se puede decir que el sistema numérico es un producto humano. Algunas personas han di cho que fue elaborado por Dios. El matemático Kronecker dijo que Dios había hecho los números naturales y que todas las matemáticas res tantes son obra del hombre, Ahora bien, consideremos los números pares e impares. Nosotros no ios hemos hecho, sino que han emergido de la serie de los números naturales. No se puede fabricar una serie

de números naturales sin crear números pares e impares. Quizás uno no se dé cuenta, quizás uno no se percate de haber creado números pares e impares, pero son creados. Esto es lo que yo describiría como la autonomía del sistema. Cada objeto del mundo 3 goza de una es pecie de autonomía de esta clase —es decir, algo que nosotros no he mos hecho, pero que es una consecuencia no planeada de lo que sí hemos hecho—. Entre las consecuencias no planeadas se encuentran, por supuesto, no sólo los números pares e impares, sino —y esto es muy interesante— los números primos. Ustedes sabrán probable mente qué son los números primos —números que no son divisibles, excepto por sí mismos y por el número 1—. Así 2,3,5,7, 11 y 13, et cétera, son números primos. Ahora bien, no sólo no hemos hecho los números primos, sino que, en cierto sentido, están fuera de nuestro control. Ni siquiera sabemos gran cosa sobre su distribución. No po demos dar una fórmula general de un número primo. De un número muy grande no podemos decir, excepto calculándolo con ayuda del método de ensayo y error, si es primo o no lo es. Esto lo hacemos in tentando simplemente dividirlo primero por 2 —eso es fácil—; luego por 3 —lo cual también es fácil—. Pero cuando llegamos a números más grandes —al 23, por ejemplo— quizá ya no sea tan fácil y, de he cho, puede resultar muy difícil comprobar si un número es o no es di visible por 23. Sólo después de haber probado muchos números pri mos —en realidad algo como un quinto, un séptimo de ese número—, sólo después de haberlos probado podemos saber si dicho número es primo o no.

Ahora, esto demuestra que aquí hay algo que debe ser descubier to. Aunque nosotros hayamos hecho los números, hay ciertas cosas acerca de ellos que no hemos realizado, pero que podemos descubrir. Esto es lo que denomino «autonomía» del mundo 3. Hay que distin guirlo de lo que llamo la «realidad» del mundo 3, que está relaciona da con el hecho de que nosotros podemos interactuar con él. Pero el mundo 3 es tanto autónomo como real. Este es uno de mis puntos principales.

Pero usted está en lo cierto —ha habido un número considerable de filósofos norteamericanos que han sido pluralistas—. Mi posición se encuentra especialmente próxima a la de Peirce. Pero también debo decir que descubrí a Peirce muy tarde y que, por tanto, no es toy niuy familiarizado con él desgraciadamente.

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Interlocutor 3: Me gustaría que usted disipara dos malentendidos que quizá tenga antes de que sigamos avanzando. Dado que mi acti vidad se desarrolla en las artes visuales, y dado que he observado que usted es aficionado a ios diagramas, me gustaría estar seguro de no equivocarme al suponer que su diagrama de los mundos 1, 2 y 3 no es, por una parte, jerárquico, o que usted sitúa al segundo mundo en una posición intermedia que hace que los otros dos mundos, como si dijéramos, estén subordinados al segundo.

Popper: No, el segundo mundo ocupa, de hecho, una posición in termedia, aunque los otros dos mundos no están en modo alguno su bordinados a él. Pero en cierto modo, situándolo desde abajo —pri mero, segundo, tercero— me refiero a una jerarquía evolutiva. Por lo que sabemos, el mundo 1 existió antes de que el segundo mundo exis tiera y, al menos, los rudimentos del mundo 2 existieron antes de que existiera el mundo 3. Pero creo que el pleno desarrollo del mundo 2 sólo se produce en interacción con el mundo 3. Esta es una de las cues tiones que quiero tratar en detalle. También, si es que existe una posi ción secundaria, yo diría que el mundo 2 ocupa una posición subordi nada con respecto al tercero más bien que al contrario. Incluso ocupa una posición secundaria con respecto al primero, especialmente si consideramos ciertas clases de vida animal y suponemos que existe un segundo mundo. Todas éstas son cuestiones que pienso tratar.

Interlocutor 4: Hay dos cosas que me gustaría que me aclarara. ¿Existió la obra de teatro Harnlet en la mente de Shakespeare? Y en caso afirmativo, ¿existió simultáneamente tanto en el mundo 3 comó en el mundo 2?

Popper: Me pregunto si Hamlet en su totalidad existió en la men te de Shakespeare. Es muy difícil responder. Quiero decir, ¿qué es Hamiet en su totalidad? Es, sin duda, obra de la mente de Shakes peare. Cada parte existió, sin duda, en una cierta fase. Pero es más qe dudoso que Shakespeare tuviera realmente en algún momento toda la obra en su mente. Se dice de Mozart —existe una carta de Mozart en la que éste lo menciona—, he olvidado si se trata de una obertura o de una sinfonía, que esta obra existió en su mente como un todo. Afortunadamente, se ha demostrado que esta carta era una falsifica ción. Todavía se cita en muchos libros de estética, pero no es una car ta auténtica. No creo que Shakespeare pudiera tener Hainlet sin es-

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cribirlo realmente. No es que lo tengamos todo perfecto en nuestra mente y luego lo escribamos. Se trata siempre de un proceso de crea ción que es semejante al proceso que sigue un pintor. Un pintor dis pone de un lienzo, coloca una mancha de color y retrocede para ver el efecto de esa mancha, y acaso puede eliminarla o se puede dar cuenta de que ia mancha de color altera todo su objetivo. La mancha de color puede sugerirle un cambio de planes. Quizá.s en la mente del pintor surjan nuevas ideas. Se produce un toma y daca —y éste será asimismo uno de mis puntos principales, a saber el constante toma y daca que se produce entre el mundo 2 y el 3—. Incluso mientras es tamos creando algo se produce un constante toma y daca. La mayo ría de los escritores cambian constantemente lo que escriben o lo cambian una y otra vez. Aunque no todos: Bertrand Russell me ha en señado algunos de sus manuscritos en los que había aproximada mente una corrección por página, que además era una corrección muy pequeña. Pero hay pocos escritores que escriban así y, por lo ge neral —quiero decir que al menos es lo que me sucede a mí—, em piezo a escribir cuando creo que lo tengo todo completamente en mi mente. Pero cuando está sobre el papel después de muchas, muchas correcciones, es algo muy distinto a lo que tenía en mente, y aprendo mucho al intentar escribirlo, corregirlo y mejorarlo. Así, pues, pienso que apenas se puede decir —no podemos estar seguros: es posible, pero apenas podemos estar seguros— que Hamiet se encontrase al guna vez en la mente de Shakespeare antes de ser creado, antes de ser realmente escrito. Es muy probable que fuese un proceso en el cual el progreso real de la obra sugiriera nuevas ideas a Shakespeare que no se le habían ocurrido anteriormente. Lo más probable es que se pro dujera un toma y daca entre estas ideas y el autor. Pienso realmente que todo lo que podemos decir es que hay una entidad Hamiet que no es ni el libro ni el manuscrito, ya que, al fin y al cabo, el libro sólo es un libro de una obra de teatro, y el manuscrito es un manuscrito de una obra de teatro. Tampoco se trata de ninguna representación en particular. Verá usted, al igual que la reproducción de un original es distinta al original de un cuadro y puede ser muy mala, la reproduc ción de una obra de teatro puede ser muy mala. La idea de Hamlet como obra de teatro existe de una manera u otra en el mundo 3 y es interpretada de forma diferente por distintas mentes.

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Interlocutor 4: La segunda área de la que me siento algo inseguro

—supongo que aquí hay dos preguntas y ambas están estrechamente relacionadas—. Una de ellas está basada en el concepto del mundo 3. Algunas veces usted se refiere a éste como a un producto de la mente y, en ocasiones, como a un producto de la mente humana. ¿Lo limita usted a la mente humana? Y segundo, ¿formaría parte del mundo 3 el comportamiento instintivo o el comportamiento no aprendido?
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