Editorial sudamericana




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EVA LUNA

Isabel Allende
Maestros de la Literatura Contemporánea

EDITORIAL SUDAMERICANA
Dirección Editorial: Julià de Jòdar

Dirección de la colección: Guido Castillo

Director de Producción: Manuel Álvarez

Coordinación Editorial: Juan D. Castillo

Diseño de la colección: Víctor Vilaseca

Distribuye para Argentina: Capital Federal: Vaccaro Sánchez

Moreno 794, 9° piso, CP 1091 Capital Federal – Buenos Aires (Argentina)

Interior: Distribuidora Bertrán – Av. Vélez Sársfield 1950

CP 1285 Capital Federal – Buenos Aires (Argentina)

Copyright 1987, Isabel Allende

Copyright 1987, Editorial Sudamericana S.A.

Humberto 1° 545, Buenos Aires

ISBN Obra Completa: 84-487-0417-7

Depósito Legal: B.10742/1995

Impreso en España - Printed in Spain – Abril 1995

Impresión y encuadernación: Printer Industria Gráfica S.A.

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del código penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujesen o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte, sin la preceptiva autorización.
Dijo entonces a Scheherazada: “Hermana, por Alá sobre ti, cuéntanos una historia que haga pasar la noche...”

(De Las mil y una noches)
ÍNDICE
1 2

2 8

3 11

4 20

5 26

6 35

7 43

8 46

9 54

10 59

11 65

Final 76

1

Me llamo Eva, que quiere decir vida, según un libro que mi madre consultó para escoger mi nombre. Nací en el último cuarto de una casa sombría y crecí entre muebles antiguos, libros en latín y momias humanas, pero eso no logró hacerme melancólica, porque vine al mundo con un soplo de selva en la memoria. Mi padre, un indio de ojos amarillos, provenía del lugar donde se juntan cien ríos, olía a bosque y nunca miraba al cielo de frente, porque se había criado bajo la cúpula de los árboles y la luz le parecía indecente. Consuelo, mi madre, pasó la infancia en una región encantada, donde por siglos los aventureros han buscado la ciudad de oro puro que vieron los conquistadores cuando se asomaron a los abismos de su propia ambición. Quedó marcada por el paisaje y de algún modo se las arregló para traspasarme esa huella.

Los misioneros recogieron a Consuelo cuando todavía no aprendía a caminar, era sólo una cachorra desnuda y cubierta de barro y excremento, que entró arrastrándose por el puente del embarcadero como un diminuto Jonás vomitado por alguna ballena de agua dulce. Al bañarla comprobaron sin lugar a dudas que era niña, lo cual les creó cierta confusión, pero ya estaba allí y no era cosa de lanzarla al río, de modo que le pusieron un pañal para tapar sus vergüenzas, le echaron unas gotas de limón en los ojos para curar la infección que le impedía abrirlos y la bautizaron con el primer nombre femenino que les pasó por la mente. Procedieron a educarla sin buscar explicaciones sobre su origen y sin muchos aspavientos, seguros de que si la Divina Providencia la había conservado con vida hasta que ellos la encontraron, también velaría por su integridad física y espiritual, o en el peor de los casos se la llevaría al cielo junto a otros inocentes. Consuelo creció sin lugar fijo en la estricta jerarquía de la Misión. No era exactamente una sirvienta, no tenía el mismo rango que los indios de la escuela y cuando preguntó cuál de los curas era su papá, recibió un bofetón por insolente. Me contó que había sido abandonada en un bote a la deriva por un navegante holandés, pero seguro ésa es una leyenda que inventó con posterioridad para librarse del asedio de mis preguntas. Creo que en realidad nada sabía de sus progenitores ni de la forma como apareció en aquel lugar.

La Misión era un pequeño oasis en medio de una vegetación voluptuosa, que crece enredada en sí misma desde la orilla del agua hasta las bases de monumentales torres geológicas, elevadas hacia el firmamento como errores de Dios. Allí el tiempo se ha torcido y las distancias engañan al ojo humano, induciendo al viajero a caminar en círculos. El aire húmedo y espeso, a veces huele a flores, a hierbas, a sudor de hombres y alientos de animales. El calor es oprimente, no corre una brisa de alivio, se caldean las piedras y la sangre en las venas. Al atardecer el cielo se llena de mosquitos fosforescentes, cuyas picaduras provocan inacabables pesadillas, y por las noches se escuchan con nitidez los murmullos de las aves, los gritos de los monos y el estruendo lejano de las cascadas, que nacen de los montes a mucha altura y revientan abajo con un fragor de guerra. El modesto edificio, de paja y barro, con una torre de palos cruzados y una campana para llamar a misa, se equilibraba como todas las chozas, sobre pilotes enterrados en el fango de un río de aguas opalescentes cuyos límites se pierden en la reverberación de la luz. Las viviendas parecían flotar a la deriva entre canoas silenciosas, basura, cadáveres de perros y ratas, inexplicables flores blancas.

Era fácil distinguir a Consuelo aun desde lejos, con su largo pelo rojo como un ramalazo de fuego en el verde eterno de esa naturaleza. Sus compañeros de juego eran unos indiecitos de vientres protuberantes, un loro atrevido que recitaba el Padrenuestro intercalado de palabrotas y un mono atado con una cadena a la pata de una mesa, al que ella soltaba de vez en cuando para que fuera a buscar novia al bosque, pero siempre regresaba a rascarse las pulgas en el mismo sitio. En esa época ya andaban por aquellos lados los protestantes repartiendo biblias, predicando contra el Vaticano y cargando bajo el sol y la lluvia sus pianos en carretones, para hacer cantar a los conversos en actos públicos. Esta competencia exigía de los sacerdotes católicos toda su dedicación, de modo que se ocupaban poco de Consuelo y ella sobrevivió curtida por el sol, mal alimentada con yuca y pescado, infestada de parásitos, picada de mosquitos, libre como un pájaro. Aparte de ayudar en las tareas domésticas, asistir a los servicios religiosos y a algunas clases de lectura, aritmética y catecismo, no tenía otras obligaciones, vagaba husmeando la flora y persiguiendo a la fauna, con la mente plena de imágenes, de olores, colores y sabores, de cuentos traídos de la frontera y mitos arrastrados por el río.

Tenía doce años cuando conoció al hombre de las gallinas, un portugués tostado por la intemperie, duro y seco por fuera, lleno de risa por dentro. Sus aves merodeaban devorando todo objeto reluciente encontrado a su paso, para que más tarde su amo les abriera el buche de un navajazo y cosechara algunos granos de oro, insuficientes para enriquecerlo, pero bastantes para alimentar sus ilusiones. Una mañana, el portugués divisó a esa niña de piel blanca con un incendio en la cabeza, la falda recogida y las piernas sumergidas en el pantano y creyó padecer otro ataque de fiebre intermitente. Lanzó un silbido de sorpresa, que sonó como la orden de poner en marcha a un caballo. El llamado cruzó el espacio, ella levantó la cara, sus miradas se encontraron y ambos sonrieron del mismo modo. Desde ese día se juntaban con frecuencia, él para contemplarla deslumbrado y ella para aprender a cantar canciones de Portugal.

-Vamos a cosechar oro, dijo un día el hombre.

Se internaron en el bosque hasta perder de vista la campana de la Misión, adentrándose en la espesura por senderos que sólo él percibía. Todo el día buscaron a las gallinas, llamándolas con cacareos de gallo y atrapándolas al vuelo cuando las vislumbraban a través del follaje. Mientras ella las sujetaba entre las rodillas, él las abría con un corte preciso y metía los dedos para sacar las pepitas. Las que no murieron fueron cosidas con aguja e hilo para que continuaran sirviendo a su dueño, colocaron a las demás en un saco para venderlas en la aldea o usarlas de carnada y con las plumas hicieron una hoguera, porque traían mala suerte y contagiaban el moquillo. Al atardecer, Consuelo regresó con el pelo revuelto contenta y manchada de sangre. Se despidió de su amigo, trepó por la escala colgante desde el bote hasta la terraza y su nariz dio con las cuatro sandalias inmundas de dos frailes de Extremadura, que la aguardaban con los brazos cruzados sobre el pecho y una terrible expresión de repudio.

-Ya es tiempo de que partas a la ciudad, le dijeron.

Nada ganó con suplicar. Tampoco la autorizaron para cargar con el mono o el loro, dos compañeros inapropiados para la nueva vida que la esperaba. Se la llevaron junto a cinco muchachas indígenas, todas amarradas por los tobillos para impedirles saltar de la piragua y desaparecer en el río. El portugués se despidió de Consuelo sin tocarla, con una larga mirada, dejándole de recuerdo un trozo de oro en forma de muela, atravesado por una cuerda. Ella lo usaría colgado al cuello durante casi toda su vida, hasta que encontró a quien dárselo en prenda de amor. Él la vio por última vez, vestida con su delantal de percal desteñido y un sombrero de paja metido hasta las orejas, descalza y triste, diciéndole adiós con la mano.

El viaje comenzó en canoa por los afluentes del río a través de un panorama demencial, luego a lomo de mula por mesetas abruptas donde por las noches se helaban los pensamientos y finalmente en camión por húmedas llanuras, bosques de plátanos salvajes y piñas enanas, caminos de arena y de sal, pero nada sorprendió a la niña, pues quien ha abierto los ojos en el territorio más alucinante del mundo pierde la capacidad de asombro. Durante ese largo trayecto lloró todas las lágrimas que guardaba en su organismo, sin dejar reserva para las tristezas posteriores. Una vez agotado el llanto cerró la boca, decidida a abrirla de ahí en adelante sólo para responder lo indispensable. Llegaron a la capital varios días después y los frailes condujeron a las aterrorizadas muchachas al convento de las Hermanitas de la Caridad, donde una monja abrió la puerta de hierro con una llave de carcelero y las guió a un patio amplio y umbroso, rodeado de corredores, en cuyo centro se alzaba una fuente de azulejos pintados donde bebían palomas, tordos y colibríes. Varias jóvenes de uniforme gris, sentadas en rueda a la sombra, cosían forros de colchones con agujas curvas o tejían canastos de mimbre.

-En la oración y el esfuerzo encontrarán alivio para sus pecados. No he venido a curar a los sanos, sino a cuidar a los enfermos. Más se alegra el pastor cuando encuentra la oveja descarriada, que ante todo su rebaño congregado. Palabra de Dios, alabado sea su Santo Nombre, amén, o algo por el estilo recitó la monja con las manos ocultas bajo los pliegues del hábito.

Consuelo no entendió el significado de aquella perorata ni le prestó atención, porque estaba extenuada y la sensación de encierro la abrumaba. Nunca había estado entre murallas y al mirar hacia arriba y ver el cielo reducido a un cuadrilátero, creyó que moriría asfixiada. Cuando la separaron de sus compañeras de viaje y la llevaron a la oficina de la Madre Superiora, no imaginó que la causa era su piel y sus ojos claros. Las Hermanitas no habían recibido en muchos años a una criatura como ella, sólo niñas de razas mezcladas provenientes de los barrios más pobres o indias traídas por los misioneros a viva fuerza.

-¿Quiénes son tus padres?

-No sé.

-¿Cuándo naciste?

-El año del cometa.

Ya entonces Consuelo suplía con giros poéticos lo que le faltaba en información. Desde que oyó mencionar por primera vez al cometa, decidió adoptarlo como fecha de nacimiento. Durante su infancia alguien le contó que en aquella oportunidad el mundo esperó el prodigio celeste con terror. Se suponía que surgiría como un dragón de fuego y que al entrar en contacto con la atmósfera terrestre, su cola envolvería al planeta en gases venenosos y un calor de lava fundida acabaría con toda forma de vida. Algunas personas se suicidaron para no morir chamuscadas, otras prefirieron aturdirse en comilonas, borracheras y fornicaciones de última hora. Hasta el Benefactor se impresionó al ver el cielo tornarse verde y enterarse de que bajo la influencia del cometa el pelo de los mulatos se desrizaba y el de los chinos se encrespaba y mandó soltar a algunos opositores, presos desde hacía tanto tiempo, que para entonces ya habían olvidado la luz natural, aunque algunos conservaban intacto el germen de la rebelión y estaban dispuestos a legarlo a las generaciones futuras. A Consuelo la sedujo la idea de nacer en medio de tanto espanto, a pesar del rumor de que todos los recién nacidos de ese momento fueron horrorosos y siguieron siéndolo años después que el cometa se perdió de vista como una bola de hielo y polvo sideral.

-Lo primero será acabar con este rabo de Satanás, decidió la Madre Superiora, pesando a dos manos aquella trenza de cobre bruñido que colgaba a la espalda de la nueva interna. Dio orden de cortar la melena y lavarle la cabeza con una mezcla de lejía y Aureolina Onirem para liquidar los piojos y atenuar la insolencia del color, con lo cual se le cayó la mitad del pelo y el resto adquirió un tono arcilloso, más adecuado al temperamento y a los fines de la institución religiosa, que el manto flamígero original.

En ese lugar Consuelo pasó tres años con frío en el cuerpo y en el alma, taimada y solitaria, sin creer que el sol escuálido del patio fuera el mismo que sancochaba la selva donde había dejado su hogar. Allí no entraba el alboroto profano ni la prosperidad nacional, iniciada cuando alguien cavó un pozo y en vez de agua saltó un chorro negro, espeso y fétido como porquería de dinosaurio. La patria estaba sentada en un mar de petróleo. Eso despabiló un poco la modorra de la dictadura, pues aumentó tanto la fortuna del tirano y sus familiares que algo rebasó para los demás. En las ciudades se vieron algunos adelantos y en los campos petroleros, el contacto con los fornidos capataces venidos del norte remeció las viejas tradiciones y una brisa de modernismo levantó las faldas de las mujeres, pero en el convento de las Hermanitas de la Caridad nada de eso importaba. La vida comenzaba a las cuatro de la madrugada con las primeras oraciones; el día transcurría en un orden inmutable y terminaba con las campanas de las seis, hora del acto de contrición para limpiar el espíritu y prepararse para la eventualidad de la muerte, ya que la noche podía ser un viaje sin retorno. Largos silencios, corredores de baldosas enceradas, olor a incienso y azucenas, susurro de plegarias, bancos de madera oscura, blancas paredes sin adornos. Dios era una presencia totalitaria. Aparte de las monjas y un par de sirvientes, en el vasto edificio de adobe y tejas vivían sólo dieciséis muchachas, la mayoría huérfanas o abandonadas, que aprendían a usar zapatos, comer con tenedor y dominar algunos oficios domésticos elementales, para que más tarde se emplearan en humildes labores de servicio, pues no se suponía que tuvieran capacidad para otra cosa. Su aspecto distinguía a Consuelo entre las demás y las monjas, convencidas de que aquello no era casual sino más bien un signo de buena voluntad divina, se esmeraron en cultivar su fe en la esperanza de que decidiera tomar los hábitos y servir a la Iglesia, pero todos sus esfuerzos se estrellaron contra el rechazo instintivo de la chiquilla. Ella lo intentó con buena disposición pero nunca logró aceptar ese dios tiránico que le predicaban las religiosas, prefería una deidad más alegre, maternal y compasiva.

-Ésa es la Santísima Virgen María, le explicaron.

-¿Ella es Dios?

-No, es la madre de Dios.

-Sí pero ¿quién manda más en el cielo, Dios o su mamá?

-Calla, insensata, calla y reza. Pídele al Señor que te ilumine, le aconsejaban.

Consuelo se sentaba en la capilla a mirar el altar coronado por un Cristo de realismo aterrador y trataba de recitar el rosario pero muy pronto se perdía en aventuras interminables donde los recuerdos de la selva alternaban con los personajes de la Historia Sagrada, cada uno con su cargamento de pasiones, venganzas, martirios y milagros. Todo lo tragaba con avidez, las palabras rituales de la misa, los sermones de los domingos, las lecturas pías, los ruidos de la noche, el viento entre las columnas del corredor, la expresión bobalicona de los santos y anacoretas en sus nichos de la iglesia. Aprendió a permanecer quieta y guardó su desmesurado caudal de fábulas como un tesoro discreto hasta que yo le di la oportunidad de desatar ese torrente de palabras que llevaba consigo.

Tanto tiempo pasaba Consuelo inmóvil en la capilla, con las manos juntas y una placidez de rumiante, que se regó el rumor en el convento de que estaba bendita y tenía visiones celestiales; pero la Madre Superiora, una catalana práctica y menos inclinada a creer en milagros que las otras monjas de la congregación, se dio cuenta de que no se trataba de santidad, sino más bien de una distracción incurable. Como la muchacha tampoco demostraba entusiasmo alguno por coser colchones, fabricar hostias o tejer cestos, consideró terminada su formación y la colocó para servir en la casa de un médico extranjero, el Profesor Jones. La llevó de la mano hasta una mansión que se alzaba algo decrépita, pero aún espléndida en su arquitectura francesa, en los límites de la ciudad, al pie de un cerro que ahora las autoridades convirtieron en Parque Nacional. La primera impresión que tuvo Consuelo de aquel hombre la afectó tanto, que pasó meses sin perderle el miedo. Lo vio entrar a la sala con un delantal de carnicero y un extraño instrumento metálico en la mano, no las saludó, despachó a la monja con cuatro frases incomprensibles y a ella la mandó con un gruñido a la cocina sin dedicarle ni una mirada, demasiado ocupado con sus proyectos. Ella, en cambio, lo observó con detención, porque nunca había visto a un sujeto tan amenazante, pero no pudo dejar de advertir que era hermoso como una estampa de Jesús, todo de oro, con la misma barba rubia de príncipe y los ojos de un color imposible.

El único patrón que habría de tener Consuelo en su vida pasó años perfeccionando un sistema para conservar a los muertos, cuyo secreto se llevó finalmente a la tumba, para alivio de la humanidad. También trabajaba en una cura para el cáncer, pues observó que esta enfermedad es poco frecuente en las zonas infectadas de paludismo y dedujo naturalmente que podía mejorar a las víctimas de ese mal exponiéndolas a las picaduras de los mosquitos de los pantanos. Con la misma lógica, experimentaba dando golpes en la cabeza a los tontos de nacimiento o de vocación, porque leyó en la Gaceta del Galeno que debido a un traumatismo cerebral, una persona se transformó en genio. Era un antisocialista decidido. Calculó que si se repartieran las riquezas del mundo, a cada habitante del planeta le correspondería menos de treinta y cinco centavos, por lo tanto las revoluciones eran inútiles. Lucía un aspecto saludable y fuerte, sufría de constante mal humor y poseía los conocimientos de un sabio y las mañas de un sacristán. Su fórmula para embalsamar era de una sencillez admirable, como lo son casi todos los grandes inventos. Nada de sustraer las vísceras, vaciar el cráneo, zambullir el cuerpo en formol y rellenarlo con brea y estopa, para al final dejarlo arrugado como una ciruela y mirando estupefacto con ojos de vidrio pintado. Simplemente extraía la sangre del cadáver aún fresco y la remplazaba por un líquido que lo conservaba como en vida. La piel, aunque pálida y fría, no se deterioraba, el cabello permanecía firme y en algunos casos hasta las uñas se quedaban en sus sitios y continuaban creciendo. Tal vez el único inconveniente era cierto olor acre y penetrante, pero con el tiempo los familiares se acostumbraban. En esa época pocos pacientes se prestaban voluntariamente a las picaduras de insectos curativos o los garrotazos para aumentar la inteligencia, pero su prestigio de embalsamador había cruzado el océano y con frecuencia llegaban a visitarlo científicos europeos o comerciantes norteamericanos ávidos de arrebatarle su fórmula. Siempre se iban con las manos vacías. El caso más célebre -que regó su fama por el mundo- fue el de un conocido abogado de la ciudad, quien tuvo en vida inclinaciones liberales y el Benefactor lo mandó matar a la salida del estreno de la zarzuela de La Paloma en el Teatro Municipal. Al Profesor Jones le llevaron el cuerpo aún caliente, con tantos agujeros de balas que no se podían contar, pero con la cara intacta. Aunque consideraba a la víctima su enemigo ideológico, pues él mismo era partidario de los regímenes autoritarios y desconfiaba de la democracia, que le resultaba vulgar y demasiado parecida al socialismo, se dio a la tarea de preservar el cuerpo, con tan buen resultado, que la familia sentó al muerto en la biblioteca, vestido con su mejor traje y sosteniendo una pluma en la mano derecha. Así lo defendieron de la polilla y del polvo durante varias décadas, como un recordatorio de la brutalidad del dictador, quien no se atrevió a intervenir, porque una cosa es querellarse con los vivos y otra muy distinta arremeter contra los difuntos.

Una vez que Consuelo logró superar el susto inicial y comprendió que el delantal de matarife y el olor a tumba de su patrón eran detalles ínfimos, porque en verdad se trataba de una persona fácil de sobrellevar, vulnerable y hasta simpática en algunas ocasiones se sintió a sus anchas en esa casa, que le pareció el paraíso en comparación con el convento. Allí nadie se levantaba de madrugada para rezar el rosario por el bien de la humanidad, ni era necesario ponerse de rodillas sobre un puñado de guisantes para pagar con sufrimiento propio las culpas ajenas. Como en el antiguo edificio de las Hermanitas de la Caridad, en esa mansión también circulaban discretos fantasmas, cuya presencia todos percibían menos el Profesor Jones, que se empeñaba en negarlos porque carecían de fundamento científico. Aunque estaba a cargo de las tareas más duras, la muchacha encontraba tiempo para sus ensoñaciones, sin que nadie la molestara interpretando sus silencios como virtudes milagrosas. Era fuerte, nunca se quejaba y obedecía sin preguntar, tal como le habían enseñado las monjas. Aparte de acarrear la basura, lavar y planchar la ropa, limpiar las letrinas, recibir diariamente el hielo para las neveras, que traían a lomo de burro preservado en sal gruesa, ayudaba al Profesor Jones a preparar la fórmula en grandes frascos de farmacia, cuidaba los cuerpos, les quitaba el polvo y la rémora de las articulaciones, los vestía, los peinaba y les coloreaba las mejillas con carmín. El sabio se sentía a gusto con su sirvienta. Hasta que ella llegó a su lado, trabajaba solo, en el más estricto secreto, pero con el tiempo se acostumbró a la presencia de Consuelo y le permitió ayudarlo en su laboratorio, pues supuso que esa mujer callada no representaba peligro alguno. Seguro de tenerla siempre cerca cuando la necesitaba, se quitaba la chaqueta y el sombrero y sin mirar hacia atrás los dejaba caer para que ella los cogiera al vuelo antes que tocaran el suelo, y como nunca le falló, acabó por tenerle una confianza ciega. Fue así como aparte del inventor, Consuelo llegó a ser la única persona en posesión de la fórmula maravillosa, pero ese conocimiento no le sirvió de nada, pues la idea de traicionar a su patrón y comerciar con su secreto jamás pasó por su mente. Detestaba manipular cadáveres y no comprendía el propósito de embalsamarlos. Si eso fuera útil, la naturaleza lo habría previsto y no permitiría que los muertos se pudrieran, pensaba ella. Sin embargo, al final de su vida encontró una explicación a ese antiguo afán de la humanidad por preservar a sus difuntos, porque descubrió que teniendo sus cuerpos al alcance de la mano, es más fácil recordarlos.

Transcurrieron muchos años sin sobresaltos para Consuelo. No percibía las novedades a su alrededor, porque del claustro de las monjas pasó al de la casa del Profesor Jones. Allí había una radio para enterarse de las noticias, pero rara vez se encendía, sólo se escuchaban los discos de ópera que el patrón ponía en su flamante vitrola. Tampoco llegaban periódicos, sólo revistas científicas, porque el sabio era indiferente a los hechos que ocurrían en el país o en el mundo, mucho más interesado en los conocimientos abstractos, los registros de la historia o los pronósticos de un futuro hipotético, que en las emergencias vulgares del presente. La casa era un inmenso laberinto de libros. A lo largo de la paredes se acumulaban los volúmenes desde el suelo hasta el techo, oscuros, olorosos a empastes de cuero, suaves al tacto, crujientes, con sus títulos y sus cantos de oro, sus hojas translúcidas, sus delicadas tipografías. Todas las obras del pensamiento universal se hallaban en esos anaqueles, colocadas sin orden aparente, aunque el Profesor recordaba con exactitud la ubicación de cada una. Las obras de Shakespeare descansaban junto a El Capital, las máximas de Confucio se codeaban con la Vida de las focas, los mapas de antiguos navegantes yacían junto a novelas góticas y poesía de la India. Consuelo pasaba varias horas al día limpiando los libros. Cuando terminaba con el último estante había que comenzar otra vez por el primero, pero eso era lo mejor de su trabajo. Los tomaba con delicadeza, les sacudía el polvo acariciándolos y daba vueltas a las páginas para sumergirse unos minutos en el mundo privado de cada uno. Aprendió a conocerlos y ubicarlos en las repisas. Nunca se atrevió a pedirlos prestados, de modo que los sacaba a hurtadillas, los llevaba a su cuarto, los leía por las noches y al día siguiente los colocaba en sus sitios.

Consuelo no supo de muchos trastornos, catástrofes o progresos de su época, pero se enteró en detalle de los disturbios estudiantiles en el país, porque ocurrieron cuando el Profesor Jones transitaba por el centro de la ciudad y por poco lo matan los guardias a caballo. Le tocó a ella ponerle emplastos en los moretones y alimentarlo con sopa y cerveza en biberón, hasta que se le afirmaron los dientes sueltos. El doctor había salido a comprar algunos productos indispensables para sus experimentos, sin recordar para nada que estaban en Carnaval, una fiesta licenciosa que cada año dejaba un saldo de heridos y muertos, aunque en esa ocasión las riñas de borrachos pasaron desapercibidas ante el impacto de otros hechos que remecieron a las conciencias adormiladas. Jones iba cruzando la calle cuando estalló el barullo. En realidad, los problemas comenzaron dos días antes, cuando los universitarios eligieron una reina de belleza mediante la primera votación democrática del país. Después de coronarla y pronunciar discursos floridos, en los cuales a algunos se les soltó la lengua y hablaron de libertad y soberanía, los jóvenes decidieron desfilar. Nunca se había visto nada semejante, la policía tardó cuarenta y ocho horas en reaccionar y lo hizo justamente en el momento en que el Profesor Jones salía de una botica con sus frascos y papelillos. Vio avanzar al galope a los guardias, con sus machetes en ristre y no se desvió del camino ni apuró el paso, porque iba distraído pensando en alguna de sus fórmulas químicas y todo ese ruido le pareció de muy mal gusto. Recuperó el conocimiento en una angarilla rumbo al hospital de indigentes y logró balbucear que cambiaran de ruta y lo condujeran a su casa, sujetándose los dientes con la mano para evitar que rodaran por la calle. Mientras él se recuperaba hundido en sus almohadas, la policía apresó a los cabecillas de la revuelta y los metió en una mazmorra, pero no fueron apaleados, porque entre ellos había algunos hijos de las familias más conspicuas. Su detención produjo una oleada de solidaridad y al día siguiente se presentaron decenas de muchachos en las cárceles y cuarteles a ofrecerse como presos voluntarios. Los encerraron a medida que llegaban, pero pocos días después hubo que liberarlos, porque ya no había espacio en las celdas para tantos niños y el clamor de las madres comenzaba a perturbar la digestión del Benefactor.

Meses después, cuando al Profesor Jones ya se le había afirmado la dentadura y comenzaba a recuperarse de las magulladuras morales, los estudiantes volvieron a alborotarse, esta vez con la complicidad de algunos oficiales jóvenes. El Ministro de la Guerra aplastó la subversión en siete horas y los que lograron salvarse partieron al exilio, donde permanecieron siete años, hasta la muerte del Amo de la Patria, quien se dio el lujo de morir tranquilamente en su cama y no colgado de los testículos en un farol de la plaza, como deseaban sus enemigos y temía el embajador norteamericano.

Con el fallecimiento del anciano caudillo y el fin de aquella larga dictadura, el Profesor Jones estuvo a punto de embarcarse de vuelta a Europa, convencido, como muchas otras personas, de que el país se hundiría irremisiblemente en el caos. Por su parte, los Ministros de Estado, aterrados ante la posibilidad de un alzamiento popular, se reunieron a toda prisa y alguien propuso llamar al doctor, pensando que si el cadáver del Cid Campeador atado a su corcel pudo dar batalla a los moros, no había razón para que el del Presidente Vitalicio no siguiera gobernando embalsamado en su sillón de tirano. El sabio se presentó acompañado por Consuelo, quien le llevaba el maletín y observaba impasible las casas de techos rojos, los tranvías, los hombres con sombrero de pajilla y zapatos de dos colores, la singular mezcla de lujo y desparramo del Palacio. Durante los meses de agonía se habían relajado las medidas de seguridad y en las horas que siguieron a la muerte reinaba la mayor confusión, nadie detuvo al visitante y a su empleada. Cruzaron pasillos y salones y entraron por último a la habitación donde yacía ese hombre poderoso -padre de un centenar de bastardos, dueño de la vida y la muerte de sus súbditos y poseedor de una fortuna inaudita- en camisón, con guantes de cabritilla y empapado de sus orines. Afuera temblaban los miembros de su séquito y algunas concubinas, mientras los ministros dudaban entre escapar al extranjero o quedarse a ver si la momia del Benefactor podía seguir dirigiendo los destinos de la patria. El Profesor Jones se detuvo junto al cadáver observándolo con interés de entomólogo.

-¿Es cierto que usted puede conservar a los muertos, doctor? preguntó un hombre grueso con unos bigotes similares a los del dictador.

-Mmm...

-Entonces le aconsejo que no lo haga, porque ahora me toca gobernar a mí, que soy su hermano, del mismo cuño y de la misma sangre, lo amenazó el otro mostrando un trabuco formidable metido en su cinturón.

El Ministro de la Guerra apareció en ese instante y tomando al científico lo llevó aparte para hablarle a solas.

-No estará pensando embalsamarnos al Presidente...

-Mmmm...

-Más le vale no meterse en esto, porque ahora me toca mandar a mí, que tengo al Ejército en un puño.

Desconcertado, el Profesor salió del Palacio seguido por Consuelo. Nunca supo quién ni por qué lo llamó. Se fue mascullando que no había forma de entender a estos pueblos tropicales y lo mejor sería regresar a su querida ciudad de origen, donde funcionaban las leyes de la lógica y de la urbanidad y de donde jamás debió salir.

El Ministro de la Guerra se hizo cargo del gobierno sin saber exactamente lo que debía hacer, pues había estado siempre bajo la férula del Benefactor y no recordaba haber tomado una sola iniciativa en toda su carrera. Hubo momentos de incertidumbre, porque el pueblo se negó a creer que el Presidente Vitalicio estuviera en verdad muerto y pensó que el anciano expuesto en ese féretro de faraón era una superchería, otro de los trucos del brujo para atrapar a sus detractores. La gente se encerró en sus hogares, sin atreverse a asomar la nariz a la calle, hasta que la Guardia se metió en las casas para sacarlos a golpes y obligarlos a formar fila para rendir el postrer homenaje al Amo, quien ya comenzaba a heder entre las velas de cera virgen y los lirios enviados en aeroplano desde Florida. Al ver los magníficos funerales presididos por varios dignatarios de la Iglesia con sus ropajes de ceremonia mayor, el pueblo se convenció por fin de que al tirano le había fallado la inmortalidad y salió a celebrar. El país despertó de una larga siesta y en cuestión de horas se acabó la sensación de tristeza y de cansancio que parecía agobiarlo. La gente comenzó a soñar con una tímida libertad. Gritaron, bailaron, tiraron piedras, rompieron ventanas y hasta saquearon algunas mansiones de los favoritos del régimen y quemaron el largo “Packard” negro de inconfundible corneta, en que se paseaba el Benefactor sembrando miedo a su paso. Entonces el Ministro de la Guerra se sobrepuso al desconcierto, se sentó en el sillón presidencial, dio instrucciones de apaciguar los ánimos a tiros y en seguida se dirigió al pueblo por radio anunciando un nuevo orden. Poco a poco volvió la calma. Vaciaron las cárceles de los presos políticos para dejar espacio a otros que iban llegando y empezó un gobierno más progresista que prometió colocar a la nación en el siglo veinte, lo cual no era una idea disparatada, considerando que llevaba más de tres décadas de atraso. En aquel desierto político empezaron a emerger los primeros partidos, se organizó un Parlamento y hubo un renacer de ideas y proyectos.

El día que sepultaron al abogado, su momia favorita, el Profesor Jones sufrió un ataque de rabia que culminó en un derrame cerebral. Por solicitud de las autoridades, que no deseaban cargar con muertos visibles del régimen anterior, los familiares del célebre mártir de la tiranía hicieron un funeral grandioso, a pesar de la impresión generalizada de estar enterrándolo vivo, porque aún se mantenía en buen estado. Jones intentó por todos los medios impedir que su obra de arte fuera a parar a un mausoleo, pero todo fue inútil. Se plantó con los brazos abiertos en la puerta del cementerio, tratando de impedir que pasara la carroza negra que transportaba el féretro de caoba con remaches de plata, pero el cochero siguió adelante y si el doctor no se aparta lo aplasta sin el menor respeto. Cuando cerraron el nicho, el embalsamador cayó fulminado por la indignación, medio cuerpo yerto y la otra mitad con convulsiones. Con ese sepelio desapareció tras una lápida de mármol el testimonio más contundente de que la fórmula del sabio era capaz de burlar a la descomposición por tiempo indefinido.

Ésos fueron los únicos sucesos relevantes de los años que Consuelo sirvió en la casa del Profesor Jones. Para ella la diferencia entre dictadura y democracia, fueron sus salidas de vez en cuando al biógrafo para ver las películas de Carlos Gardel, antes prohibidas para señoritas, y el hecho de que a partir del ataque de rabia, su patrón se convirtió en un inválido a quien debía atender como a una criatura. Sus rutinas cambiaron poco, hasta ese día de julio cuando al jardinero lo mordió una víbora. Era un indio alto, fuerte, de facciones suaves, pero expresión hermética y taciturna, con quien ella no había cruzado más de diez frases, a pesar de que solía ayudarla con los cadáveres, los cancerosos y los idiotas. Cogía a los pacientes como si fueran plumas, se los echaba al hombro y trepaba a grandes trancos la escalera del laboratorio, sin dar muestras de curiosidad.

-Al jardinero lo mordió una surucucú, anunció Consuelo al Profesor Jones.

-Cuando se muera me lo traes, ordenó el científico con su boca torcida, aprontándose para hacer una momia indígena en posición de podar los malabares y colocarla como decoración en el jardín. Para entonces ya estaba bastante anciano y comenzaba a tener delirios de artista, soñaba con representar todos los oficios, formando así su propio museo de estatuas humanas.

Por primera vez en su silenciosa existencia, Consuelo desobedeció una orden y tomó una iniciativa. Con ayuda de la cocinera arrastró al indio a su habitación del último patio y lo acostó en su jergón, decidida a salvarlo, porque le pareció una lástima verlo convertido en adorno para satisfacer un capricho del patrón y también porque en algunas ocasiones, ella había sentido una inexplicable inquietud al ver las manos de ese hombre, grandes, morenas, fuertes, atendiendo las plantas con singular delicadeza. Le limpió la herida con agua y jabón, le hizo dos cortes profundos con el cuchillo de picar pollos y durante un buen rato estuvo chupándole la sangre envenenada y escupiéndola en un recipiente. Entre buche y buche se enjuagaba la boca con vinagre, para no morirse ella también. Enseguida lo envolvió en paños empapados en trementina, lo purgó con infusiones de hierbas, le aplicó telarañas en la herida y permitió que la cocinera encendiera velas a los santos, aunque ella misma no tenía fe en ese recurso. Cuando el enfermo empezó a orinar rojo, sustrajo el Sándalo Sol del gabinete del Profesor, remedio infalible para los flujos de las vías urinarias, pero a pesar de todo su esmero, la pierna comenzó a descomponerse y el hombre a agonizar lúcido y callado, sin quejarse ni una sola vez. Consuelo notó que, haciendo caso omiso del pánico ante la muerte, la asfixia y el dolor, el jardinero respondía con entusiasmo cuando ella le frotaba el cuerpo o le aplicaba cataplasmas. Esa inesperada erección consiguió conmover su corazón de virgen madura y cuando él la tomó de un brazo y la miró suplicante, ella comprendió que había llegado el momento de justificar su nombre y consolarlo de tanta desgracia. Además sacó la cuenta de que en sus treinta y tantos años de existencia no había conocido el placer y no lo buscó, convencida de que era un asunto reservado a los protagonistas del cine. Resolvió darse ese gusto y de paso ofrecérselo también al enfermo, a ver si partía más contento al otro mundo.

Conocí tan profundamente a mi madre, que puedo imaginar la ceremonia que sigue, aunque ella no me dio todos los detalles. No tenía pudores inútiles y siempre respondía a mis preguntas con la mayor claridad, pero cuando se refería a ese indio solía quedarse de pronto en silencio, perdida en sus buenos recuerdos. Se quitó la bata de algodón, la enagua y los calzones de lienzo y deshizo el rodete que llevaba enrollado en la nuca, como exigía su patrón. Su largo cabello le cayó sobre el cuerpo y así vestida, con su mejor atributo de belleza, se montó sobre el moribundo con gran suavidad, para no perturbar su agonía. No sabía muy bien cómo actuar, porque no tenía experiencia alguna en esos quehaceres, pero lo que le faltó en conocimiento lo pusieron el instinto y la buena voluntad. Bajo la piel oscura del hombre, los músculos se tensaron y ella tuvo la sensación de cabalgar sobre un animal grande y bravo. Susurrándole palabras recién inventadas y secándole el sudor con un paño, se deslizó hasta el sitio preciso y entonces se movió con discreción, como una esposa acostumbrada a hacer el amor con un marido anciano. Pronto él la volteó para abrazarla con la premura impuesta por la proximidad de la muerte, y la breve dicha de ambos alteró las sombras de los rincones. Así fui concebida, en el lecho de muerte de mi padre.

Sin embargo, el jardinero no murió, como esperaban el Profesor Jones y los franceses del serpentario, que querían su cuerpo para experimentos. Contra toda lógica, comenzó a mejorar, le bajó la calentura, se le normalizó la respiración y pidió de comer. Consuelo comprendió que sin proponérselo había descubierto un antídoto para las mordeduras venenosas y siguió administrándoselo con ternura y entusiasmo cuantas veces él lo solicitó, hasta que el paciente pudo ponerse de pie. Poco después el indio se despidió sin que ella intentara detenerlo. Se tomaron de las manos durante un minuto o dos, se besaron con cierta tristeza y luego ella se quitó la pepita de oro, cuya cuerda estaba ya gastada por el uso, y la colgó al cuello de su único amante, como un recuerdo de los galopes compartidos. Él se fue agradecido y casi sano. Mi madre dice que iba sonriendo.

Consuelo no manifestó ninguna emoción. Siguió trabajando como siempre, ignorando las náuseas, la pesadez de las piernas y los puntos de colores que le nublaban la vista, sin mencionar el extraordinario medicamento con que salvó al moribundo. No lo dijo, ni siquiera cuando empezó a crecerle la barriga, ni cuando la llamó el Profesor Jones para administrarle un purgante, convencido de que esa hinchazón se debía a un problema digestivo, ni tampoco lo dijo cuando a su debido tiempo dio a luz. Aguantó los dolores durante trece horas sin dejar de trabajar y cuando ya no pudo más, se encerró en su pieza dispuesta a vivir ese momento a plenitud, como el más importante de su vida. Cepilló su cabello, lo trenzó apretadamente y lo ató con una cinta nueva, se quitó la ropa y se lavó de pies a cabeza, luego puso una sábana limpia en el suelo y sobre ella se colocó en cuclillas, tal como había visto en un libro sobre costumbres de esquimales.

Cubierta de sudor, con un trapo en la boca para ahogar sus quejidos, pujó para traer al mundo a esa criatura porfiada que se aferraba a ella. Ya no era joven y no fue tarea fácil, pero la costumbre de fregar pisos a gatas, de acarrear peso por la escalera y de lavar ropa hasta la medianoche, le había dado firmes músculos con los cuales pudo finalmente parir. Primero vio surgir dos pies minúsculos que se movían apenas, como si intentaran dar el primer paso de un arduo camino. Respiró profundamente y con un último gemido sintió que algo se rompía en el centro de su cuerpo y una masa ajena se deslizaba entre sus muslos. Un tremendo alivio la conmovió hasta el alma. Allí estaba yo envuelta en una cuerda azul, que ella separó con cuidado de mi cuello, para ayudarme a vivir. En ese instante se abrió la puerta y entró la cocinera, quien al notar su ausencia adivinó lo que ocurría y acudió a socorrerla. La encontró desnuda conmigo recostada sobre su vientre, todavía unida a ella por un lazo palpitante.

-Mala cosa, es hembra, dijo la improvisada comadrona cuando hubo anudado y cortado el cordón umbilical y me tuvo en sus manos.

-Nació de pie, es signo de buena suerte, sonrió mi madre apenas pudo hablar.

-Parece fuerte y es gritona. Si usted quiere, puedo ser la madrina.

-No he pensado bautizarla, replicó Consuelo pero al ver que la otra se persignaba escandalizada no quiso ofenderla. Está bien, un poco de agua bendita no le puede hacer mal y quién sabe si hasta sea de algún provecho. Se llamará Eva para que tenga ganas de vivir.

-¿Qué apellido?

-Ninguno, el apellido no es importante.

-Los humanos necesitan apellido. Sólo los perros pueden andar por allí con el puro nombre.

-Su padre pertenecía a la tribu de los hijos de la luna. Que sea Eva Luna, entonces. Pásemela por favor, comadre, para ver si está completa.

Sentada en el charco de su parto, con los huesos de lana y mojada de transpiración, Consuelo buscó en mi cuerpo una señal fatídica transmitida por el veneno, pero al no descubrir anormalidad alguna, suspiró tranquila.

No tengo colmillos ni escamas de ofidio, al menos ninguna visible. Las circunstancias algo extrañas de mi concepción tuvieron consecuencias más bien benéficas: me dieron una salud inalterable y esa rebeldía que tardó un poco en manifestarse, pero finalmente me salvó de la vida de humillaciones a la cual sin duda estaba destinada. De mi padre heredé la sangre firme, porque ese indio debió ser muy fuerte para resistir tantos días el veneno de la serpiente y en pleno estado de agonía darle gusto a una mujer. A mi madre le debo todo lo demás. A los cuatro años sufrí una de esas pestes que dejan el cuerpo marcado de cráteres, pero ella me sanó amarrándome las manos para que no me rascara, embetunándome con sebo de oveja y evitando que me expusiera a la luz natural durante ciento ochenta días. Aprovechó ese período para quitarme las amibas con infusión de calabaza y la lombriz solitaria con raíz de helecho y desde entonces quedé buena y sana. No tengo huellas en la piel, sólo algunas quemaduras de cigarrillo y espero llegar a vieja sin arrugas, porque el sebo tiene efecto perenne.

Mi madre era una persona silenciosa, capaz de disimularse entre los muebles, de perderse en el dibujo de la alfombra, de no hacer el menor alboroto, como si no existiera; sin embargo, en la intimidad de la habitación que compartíamos se transformaba. Comenzaba a hablar del pasado o a narrar sus cuentos y el cuarto se llenaba de luz, desaparecían los muros para dar paso a increíbles paisajes, palacios abarrotados de objetos nunca vistos, países lejanos inventados por ella o sacados de la biblioteca del patrón; colocaba a mis pies todos los tesoros de Oriente, la luna y más allá, me reducía al tamaño de una hormiga para sentir el universo desde la pequeñez, me ponía alas para verlo desde el firmamento, me daba una cola de pez para conocer el fondo del mar. Cuando ella contaba, el mundo se poblaba de personajes, algunos de los cuales llegaron a ser tan familiares, que todavía hoy, tantos años después, puedo describir sus ropas y el tono de sus voces. Preservó intactas sus memorias de infancia en la Misión de los curas, retenía las anécdotas oídas al pasar y lo aprendido en sus lecturas, elaboraba la sustancia de sus propios sueños y con esos materiales fabricó un mundo para mí. Las palabras son gratis, decía y se las apropiaba, todas eran suyas. Ella sembró en mi cabeza la idea de que la realidad no es sólo como se percibe en la superficie, también tiene una dimensión mágica y, si a uno se le antoja, es legítimo exagerarla y ponerle color para que el tránsito por esta vida no resulte tan aburrido. Los personajes convocados por ella en el encantamiento de sus cuentos son los únicos recuerdos nítidos que conservo de mis primeros años, lo demás pereció envuelto en una niebla donde se funden los sirvientes de la casa, el anciano sabio postrado en su sillón inglés con ruedas de bicicleta y el desfile de pacientes y cadáveres, a quienes el doctor atendía a pesar de su enfermedad. Al Profesor Jones le desconcertaban los niños, pero como era bastante distraído, cuando se topaba conmigo en algún recodo de la casa, apenas me veía. Yo le temía un poco, porque no sabía si el viejo había fabricado a los embalsamados o ellos lo habían engendrado a él, parecían de la misma estirpe de pergamino; pero su presencia no me afectaba, porque ambos existíamos en ámbitos diferentes. Yo circulaba en la cocina, en los patios, en los cuartos de servicio, en el jardín, y cuando acompañaba a mi madre por el resto de la mansión, lo hacía con mucho sigilo para que el Profesor me confundiera con una prolongación de la sombra de ella. La casa tenía tantos y tan diversos olores, que yo podía recorrerla con los ojos cerrados y adivinar dónde me encontraba; los aromas de comida, ropa, carbón, medicamentos, libros y humedad se unieron a los personajes de los cuentos enriqueciendo aquellos años.

Me criaron con la teoría de que el ocio engendra todos los vicios, idea sembrada por las Hermanitas de la Caridad y cultivada por el doctor con su disciplina despótica. No tuve juguetes visibles, aunque en verdad todo lo que había en la casa servía para mis juegos. En el día no había momentos de descanso, se consideraba vergonzoso mantener las manos quietas. Junto a mi madre, yo fregaba las maderas del suelo, tendía la ropa a secar, picaba las verduras y a la hora de la siesta intentaba tejer y bordar, pero no recuerdo que esas tareas fueran agobiantes. Eran como jugar a las casitas. Los siniestros experimentos del sabio tampoco fueron motivo de inquietud porque ella me expIicó que los garrotazos y las picaduras dé mosquitos -por fortuna muy poco frecuentes- no eran manifestaciones de crueldad del patrón, sino métodos terapéuticos del más alto rigor científico. Con su manera confianzuda de tratar a los embalsamados, como si fueran parientes venidos a menos, mi madre me cortó de raíz cualquier asomo de temor y no permitió que los otros empleados me asustaran con ideas macabras. Creo que procuraba mantenerme alejada del laboratorio... en verdad casi nunca vi a las momias, simplemente sabía que estaban al otro lado de la puerta. Esa pobre gente es muy frágil, Eva, es mejor que no entres a ese cuarto, mira que de un empujón puedes romperles algún hueso y el Profesor se pondría furioso, me decía. Para mi tranquilidad le puso un nombre a cada muerto y les inventó un pasado, transformándolos también a ellos en seres benéficos, como los duendes y las hadas.

Rara vez salíamos a la calle. Una de las pocas ocasiones en que lo hicimos fue para la procesión de la sequía, cuando hasta los ateos se dispusieron a rezar, porque fue un evento social, más que un acto de fe. Dicen que el país llevaba tres años sin una gota de lluvia, la tierra se partió en grietas sedientas; murió la vegetación, perecieron los animales con los morros enterrados en el polvo y los habitantes de los llanos caminaron hasta la costa para venderse como esclavos a cambio de agua. Ante el desastre nacional, el Obispo decidió sacar a la calle la imagen del Nazareno para implorar el fin de ese castigo divino y como era la última esperanza todos acudimos, ricos y pobres, viejos y jóvenes, creyentes y agnósticos. ¡Bárbaros, indios, negros salvajes! escupió furioso el Profesor Jones cuando lo supo, pero no pudo evitar que sus sirvientes se vistieran con sus mejores ropas y fueran a la procesión. La multitud con el Nazareno por delante partió de la Catedral, pero no alcanzó a llegar a la oficina de la Compañía de Agua Potable, porque a medio camino se desató un chaparrón incontenible. Antes de cuarenta y ocho horas la ciudad estaba convertida en un lago, se taparon las alcantarillas, se anegaron los caminos, se inundaron las mansiones, el torrente se llevó los ranchos y en un pueblo de la costa llovieron peces. Milagro, milagro, clamaba el Obispo. Nosotros coreábamos sin saber que la procesión se organizó después que el Meteorológico anunciara tifones y lluvias torrenciales en toda la zona del Caribe, como denunciaba Jones desde su sillón de hemipléjico. ¡Supersticiosos! ¡Ignorantes! ¡Analfabetas! aullaba el pobre hombre, pero nadie le hizo ni el menor caso. Este prodigio logró lo que no habían conseguido los frailes de la Misión ni las Hermanitas de la Caridad: mi madre se acercó a Dios porque lo visualizó sentado en su trono celestial burlándose suavemente de la humanidad y pensó que debía ser muy diferente al temible patriarca de los libros de religión. Tal vez una manifestación de su sentido del humor consistía en mantenernos confundidos, sin revelarnos jamás sus planes y propósitos. Cada vez que recordábamos el diluvio milagroso, nos moríamos de la risa.

El mundo limitaba con las rejas del jardín. Adentro el tiempo se regía por normas caprichosas; en media hora yo podía dar seis vueltas alrededor del globo terráqueo y un fulgor de luna en el patio podía llenarme los pensamientos de una semana. La luz y la sombra determinaban cambios fundamentales en la naturaleza de los objetos; los libros, quietos durante el día, se abrían por la noche para que salieran los personajes a vagar por los salones y vivir sus aventuras, los embalsamados, tan humildes y discretos cuando el sol de la mañana entraba por las ventanas, en la penumbra de la tarde se mutaban en piedras y en la oscuridad crecían al tamaño de gigantes. El espacio se estiraba y se encogía según mi voluntad; el hueco bajo la escala contenía un sistema planetario y el cielo visto desde la claraboya del ático era sólo un pálido círculo de vidrio. Una palabra mía y ¡chas! se transformaba la realidad.

En esa mansión al pie del cerro, crecí libre y segura. No tenía contacto alguno con otros niños y no estaba acostumbrada a tratar con desconocidos, porque no se recibían visitas excepto un hombre de traje y sombrero negros, un religioso protestante con una Biblia bajo el brazo, con la cual amargó los últimos años del Profesor Jones. Yo le temía mucho más que al patrón.
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