La novia prohibida




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La novia prohibida – Cathy Williams Escaneado y Corregido por Lososi



LA NOVIA PROHIBIDA

Cathy Williams


Título Original: The Greek's Forbidden Bride (2005)

Colección: Bianca 1642 - 11.1.06

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Theo Toyas y Abby Clinton

Argumento:

Él estaba empeñado en seducirla... y ella en no dejarse seducir...

El millonario griego Theo Toyas desconfiaba de la bella y cautivadora Abby Clinton. Estaba convencido de que, tras su aire de vulnerabilidad, se ocultaba su deseo de hacerse con la fortuna de los Toya. Así que se propuso seducirla para hacerla confesar...


Abby se sentía mortificada por la atracción que había despertado en ella aquel arrogante griego. Pero debía guardar su secreto... no podía enamorarse de Theo. Debía seguir estando prohibida para él...


Capítulo 1


DESDE la amplia terraza de su dormitorio, Theo Toyas disponía de una vista clara y despejada del sendero que conducía hasta la fabulosa villa de su padre. Eran las seis y media de la tarde y el calor feroz del día empezaba a dar paso a algo más aceptable. A pesar de ello, aún hacía demasiado calor para algo que no fueran unos chinos ligeros y una camisa de manga corta.

En una mano sostenía un whisky con hielo, del que había estado bebiendo durante la última media hora, satisfecho de permanecer sentado en la mecedora mullida y contemplar el paisaje magnífico. A la derecha, había una asombrosa piscina infinita que daba al famoso volcán Santorini. Unos jardines cuidados circundaban la piscina y se dirigían hacia el sendero de coches, con un impresionante diseño que daba la ilusión de que caía en picado por el borde del volcán muerto.

Había olvidado lo tranquilo y sedante que era el lugar, aunque rara vez visitaba la villa. Sencillamente, no tenía tiempo. Vivía entre Londres, Atenas y Nueva York, controlando el vasto imperio naviero que había fundado su bisabuelo y que en ese momento era su legado.

Sin embargo, cumplir ochenta años no era algo cotidiano, y el cumpleaños del abuelo, a celebrarse en la misma isla en la que había conocido a su mujer, era el equivalente de una convocatoria real. Casi toda la familia que vivía en la Grecia continental estaría presente para la fiesta. Otros, procedentes de tan lejos como Canadá, se quedarían a pasar el fin de semana en la villa o con otros miembros de la familia en diversas partes de Grecia. Muchos no se veían desde hacía bastante tiempo.

Theo planeaba quedarse sólo tres días, tiempo suficiente para presentarle sus respetos al abuelo y brindar por la buena salud de la que disfrutaba antes de retomar su intensa vida laboral en Londres.

Un taxi se había detenido en el sendero y con ojos entrecerrados vio cómo bajaba Michael, su hermano, seguido de la persona que lo acompañaba.

De modo que al fin iba a ver a la mujer misteriosa que había aparecido en la escena. Todos habían experimentado una especie de alivio, principalmente su madre y su abuelo. Él podía estar soltero, pero disfrutaba de forma ostensible de la compañía de mujeres. También era un realista y comprendía plenamente las ventajas de casarse con la mujer adecuada con los contactos adecuados. Con cuarenta años, estaría casado, y así se lo había expuesto en una ocasión a los dos. Mientras tanto, no debían interferir con su vida personal.

Michael siempre había sido distinto. Cinco años menor que él, había sido un niño frágil, propenso a largos periodos de mala salud. Así como a él lo habían enviado a un internado en Inglaterra desde los trece años, algo que lo había ayudado a desarrollar la marcada independencia que se había convertido en la piedra angular de su formidable personalidad, a Michael lo habían dejado en casa. Lina Toyas no había sido capaz de separarse de ese hijo delicado y sensible. Siempre le había preocupado y aún lo hacía. El hecho de que nunca hubiera llevado a casa a una chica había sido un elemento más de dicha preocupación. Sabía que era tímido, y los hombres tímidos podían convertirse en solteros solitarios, y eso, para ella, habría sido algo peor que la muerte.

La súbita aparición de una novia, había provocado lágrimas de júbilo en los ojos de Lina.

Theo, al recibir la noticia por teléfono, se había mostrado menos encantado.

Las cosas no encajaban y sabía, como agudo negociante que era, que si algo no encajaba, lo más probable era que estuviera mal.

¿Cómo era posible que el nombre de Abigail Clinton jamás hubiera cruzado los labios de su hermano? De haber sido una pareja, en alguna de las muchas llamadas que le hacía a su madre la habría mencionado. De hecho, el nombre de esa joven sólo había surgido hacía dos semanas, cuando de forma sorprendente había anunciado que estaba prometido con una inglesa a la que llevaría a la celebración del cumpleaños del abuelo en Santorini.

Con tacto, él se había abstenido de exponer sus sospechas ante su madre. Pensaba emplear la estancia en la villa de forma constructiva. Observaría, interrogaría y determinaría si esa joven iba, tal como sospechaba, tras el dinero de su hermano. El hecho de que Michael viviera en Brighton y dirigiera un par de restaurantes y un club nocturno, no significaba que la fabulosa fortuna Toyas no llegara hasta él. De hecho, era propietario de una importante cartera de valiosas acciones en la compañía y el fideicomiso al que a veces recurría se hallaba muy alejado de los sueños más descabellados de la mayoría de la gente. Llevaba un estilo de vida bastante modesto, y a primera vista podía dar la impresión de tratarse de un prometedor y joven hombre de negocios. Eso no era más que el modo modesto que tenía su hermano de disociarse de la fortuna familiar.

Además, haría cualquier cosa al alcance de su mano para evitar que se aprovecharan de su hermano. Aunque se preocupaba de Michael menos que su madre, seguía siendo muy protector con él. Su hermano confiaba en la gente, algo que para Theo representaba un inconveniente muy serio en la vida. Confiar significaba ser vulnerable. Sólo los necios eran vulnerables.

Se irguió y clavó los ojos negros en la joven que salía del taxi. Era pequeña de estatura, con un pelo largo y muy rubio, casi blanco. No dejaba de jugar con él, alzándolo con una mano hasta improvisar una coleta para luego dejarlo caer, al tiempo que miraba a su alrededor, con los labios entreabiertos, asimilando la opulencia del entorno.

«Evaluando el precio que debe poner alrededor del cuello de Michael», pensó Theo con cinismo.

Sin embargo, y a regañadientes, reconoció que el chico tenía gusto. No podía ver los detalles de la cara de la joven, pero tenía una complexión delgada, de piernas y brazos esbeltos. A diferencia de él, Michael jamás había mostrado interés en las chicas voluptuosas y sexys de Grecia.

Cuando desaparecieron de vista con las maletas, se incorporó y se dirigió a su dormitorio, bebiéndose el resto del whisky de un trago y dejando la copa vacía en el aparador de la habitación.

Su habitación era típica de casi todas las de la villa. Amueblada con lujo pero sencillez. El parqué del suelo estaba dominado por una alfombra grande de dibujos brillantes y las paredes pintadas de un tono terracota claro, a juego con las cortinas de color crema que colgaban del techo al suelo. Contra una pared había un impresionante arcón sirio adornado con nácar y sobre el cual colgaba un hermoso cuadro del famoso volcán de la isla al anochecer. Casi todo el mobiliario era de madera oscura, lo que le daba a la habitación un aire decadente y opulento.

Pero apenas se fijaba en eso. Se hallaba concentrado en la mejor manera de encarar a la chica sin despertar las sospechas de su hermano ni provocar el disgusto de su madre.

Aún reflexionaba en el modo de desenmascarar a esa cazafortunas cuando, una hora más tarde, fue a uno de los salones donde sabía que se servían copas para los invitados que ya habían llegado. Aunque no muchos hasta el momento. Casi todos se presentarían al día siguiente; esa primera noche, se reducían a familiares cercanos. Su abuelo, desde luego, su madre, tíos y los hijos de éstos. Y Michael y la mujer.

Era en el salón que daba a los jardines traseros. Allí mismo había pasado antes unas horas agradables con su madre, discutiendo acerca del sentido práctico de iluminar el exterior con lámparas y, tal como había esperado, había perdido el debate. Sin embargo, al entrar debió reconocer que el efecto resultaba deslumbrante.

Los jardines parecían vivos con luciérnagas gigantes y varios de los invitados disfrutaban de las copas al aire libre, seducidos por el romanticismo del paisaje.

-Reconozco que se ve espléndido -comentó mientras recogía una copa de camino hacia donde su madre contemplaba el escenario que con tanto arte ella había preparado.

Lina se volvió hacia su hijo mayor y sonrió.

-A George también le gusta. Se quejó del esfuerzo que requeriría, pero míralo ahí afuera, inflado como un pavo real mientras acepta todos los cumplidos. Es una pena que tu padre ya no esté con nosotros. Habría disfrutado del momento.

Theo pasó un brazo por los hombros de su madre y asintió.

-No tenemos una de estas reuniones familiares desde... desde aquella boda de hace cinco años. La de Elena y Stefano.

-Llegarán mañana. Junto con sus dos hijos -lo miró con ojos críticos-. Podrías haber sido tú -señaló, sin molestarse en andarse con rodeos-. Ya no eres un muchacho. La dinastía necesita sus herederos, Theo.

-Y los tendrá -murmuró, tranquilizándola-, a su debido momento.

-Va a venir Alexis Papaeliou -aventuró Lina-. Sería una buena pareja, Theo. Su abuelo creció con George. Aún mantienen el contacto, a pesar de que no es tan fluido como lo fue en el pasado.

-Papaeliou... me suena. Alexis, un nombre bonito, y he de reconocer que tres meses de celibato empiezan a afectarme -sonrió cuando su madre se ruborizó ante la observación tan personal. Sin embargo, cuando ella le indicó que había estado al borde de la desconsideración, lo hizo con un tono indulgente-. Por supuesto -dijo con ligereza, mirando hacia la gente agrupada en el jardín-, ahora ya no hay prisa para mí, ¿verdad? Una vez que Michael ha ganado la carrera asegurándose una novia...

-Vamos, Theo...

-Sólo hago una observación, querida mamá.

-En un tono de voz que no sé si me gusta. He conocido a la joven y parece perfectamente amigable, aunque un poco aturdida por el entorno.

«Apuesto que sí», pensó. Pero ese aturdimiento le duraría el tiempo que tardara en sumar los millones que se asomaban por el horizonte. Pero se reservó sus pensamientos para no darle pie a su madre de tacharlo otra vez de cínico.

-¿Dónde están? -preguntó como al descuido.

-Bajarán en un rato -repuso Lina-. Y, Theo... sé bueno.

-Mamá, siempre soy bueno -la miró y sonrió cuando ella movió la cabeza y suspiró.

-Michael ama a esa mujer. Puedo verlo. No estropees nada...

-Lo tendré en cuenta -repuso, y antes de que pudiera arrinconarlo con promesas que no tenía intención de cumplir, se alejó con ella para que pudieran mezclarse con los invitados.

Tenía la mente centrada a medias en la conversación que mantenía cuando los vio llegar. En cuanto ella vio la escena, extendió la mano hacia el brazo de Michael en un gesto de reafirmación. Theo la observó alzar la cara y decirle algo a su hermano, quien le sonrió, evidentemente instándola a no sentirse intimidada.

«Una charada encantadora», pensó. ¿Sería en beneficio de su hermano o para los allí presentes, quienes en ese momento miraban con interés en la dirección de la pareja?

Iba vestida para impresionar a los invitados con su inocencia. El vestido claro era una manifestación de recato. El escote era redondo y estaba abotonado hasta arriba, y aunque el cuerpo era ceñido, desde la cintura descendía con amplitud hasta las rodillas. Era de un rosado muy ligero, un color asociado con los niños. Ahí estaba, titubeante y nerviosa. Llevaba el pelo rubio en una trenza que le dejaba expuesto el cuello suave y vulnerable. De hecho, Theo pensó que parecía vulnerable. Apretó los dientes con impaciencia y fue hacia ellos, alterando la expresión a medida que se acercaba y realizaba los movimientos sinceros de saludar a su hermano antes de volverse hacia ella.

-Mi novia -presentó Michael con una sonrisa-. Abby. Aunque supongo que ya lo sabrás -se volvió hacia ella-. En esta familia, las noticias viajan a la velocidad del sonido.

Abby sonrió y trató de soslayar la presencia del hombre de pie junto a Michael. Le había hablado mucho de su hermano Theo, a quien evidentemente admiraba, y en su mente se había fabricado la imagen de alguien no muy distinto de Michael. Gentil, considerado, con el mismo humor burlón que la había atraído hacia él de inmediato.

No podría haber estado más lejos de la realidad.

Ese hombre no tenía nada de gentil, a pesar de que charlaba con soltura y facilidad con ellos. Hasta en el atractivo, de algún modo había logrado llevar al límite la apostura morena de Michael. Lucía el pelo negro más largo que su hermano y sus ojos eran como pedernal. También las facciones eran más duras y estaban más implacablemente definidas. Todo conformaba un envoltorio que intimidaba, que le provocaba leves escalofríos de temor por la espalda, aunque desconocía por qué debía sentir miedo.

En ese momento hablaba con ella, le preguntaba algo acerca del clima en Brighton, una pregunta perfectamente inofensiva, pero cuando lo miró, experimentó la inquietante impresión de que algo oscuro y amenazador se agitaba debajo de la superficie.

Se acercó a Michael y supo que Theo había notado el leve cambio de postura, aunque mantuvo el rostro educadamente impasible.

El hombre destilaba poder y amenaza. Se oyó tartamudear alguna tontería acerca del invierno en la costa, seguido de otro comentario tópico sobre el tiempo hermoso que hacía allí. En mitad de la torturada respuesta, Michael se separó de ella para poder ir a ver a su madre y traer dos copas, dejándola indecisa y sumida en un súbito e inexplicable miedo.

-No puedes tener tanto calor -comentó él, cambiando también de postura, aunque para bloquearla de los invitados que tenía a la espalda. Sabía que en un minuto su madre caería sobre ellos y no quería perder el tiempo-. Estás temblando.

-Oh, sólo estoy... un poco nerviosa, supongo -apartó la vista-. Toda esta gente...

-No puedes estar nerviosa por mezclarte con nuestra familia. Conforma un grupo perfectamente corriente -no sonrió al decir eso. No dejaba de mirarla-. Aunque puedo entender que abordar a Michael solo puede ser algo diferente de tratar con... el resto de nosotros.

-¿Qué quieres decir con abordar"? -preguntó de inmediato.

-¿Por qué no vienes a conocer al resto del clan? -apoyó una mano en su brazo para conducirla en la dirección de los diversos invitados y notó el impulso instintivo de ella de apartarse.

«No es», pensó lúgubremente, «la señal de alguien locamente enamorada de su hermano y sin nada que ocultar». Con fácil aplomo la dirigió hacia su madre, tomándose tiempo para observar la reacción de ella, y siguió observándola el resto de la velada. Su hermano se mostró tan solícito como había esperado, y lejos de él, ella parecía relajarse.

Sin embargo, nadie más cuestionaba su presencia en la isla y en la vida de Michael.

La cena se sirvió en el comedor, construido para celebrar grandes banquetes. La mesa podía acomodar a veinte personas con comodidad y Theo se cercioró de ocupar una silla justo frente a ella, posición que haría que sintiera su presencia sin ser obvio al respecto. Como era habitual en las reuniones familiares, la bebida fluyó y la conversación se tornó más bullanguera a medida que transcurría la noche.

Le agradó ver que el abuelo se hallaba en su elemento. «¡Ochenta», exclamó en algún momento entre el primer plato y el café, «no es más que otro número de dos dígitos!»

Al llegar los licores, algunos de los invitados se habían ido a acostar, incluida su madre. El resto, encontraba excusas para alzar las copas y brindar por cualquier cosa. Cuando reinó un momento de silencio en la conversación animada, Theo hizo sonar su cuchara en la mesa y aguardó hasta que todas las cabezas giraron en su dirección.

Notó que Abby parecía más cauta que expectante. Alzó la copa directamente en su dirección y dijo:

-¡Por la hermosa Abigail Clinton y su compromiso con mi hermano! -se oyó un bramido de consenso, y luego añadió en voz normal, mirándola-: A pesar de lo rápido que ha sido dicho compromiso...

Abby lo miró a los ojos y tembló. A la tenue luz de las velas, su rostro oscuro y atractivo parecía casi diabólico, pero de todos modos alzó la copa y el mentón con gesto desafiante.

-¿Por qué perder el tiempo cuando dos personas saben lo que quieren? -replicó con temeridad. Con las charlas sonoras que los rodeaban, su conversación tenía una corriente susurrada y eléctrica que hacía que pareciera que hablaban en un lugar muy íntimo y solitario.

Había esperado desconcertarlo, pero él simplemente alzó la copa en brindis silencioso y bebió un trago generoso, mirándola por encima del borde hasta que ella no aguantó más y rompió el contacto visual para buscar desesperadamente a Michael, ajeno a esas corrientes subterráneas mientras le contaba a uno de sus tíos su última incursión en el negocio de la vida nocturna. Tuvo que toser con mucha fuerza para atraer su atención, pero cuando la consiguió, se sintió aliviada de verlo ponerse de pie con equilibrio precario y despedirse de todos los aún presentes.

Sintió la mirada inquietante y sombría de Theo mientras abandonaban la sala.

Sólo se atrevió a suspirar aliviada cuando llegaron al dormitorio y cerraron a su espalda.

-Bueno -comentó Michael-, ¿qué te parece mi familia?

-Muy... animada -le sonrió y se acercó al tocador para comenzar a soltarse la trenza que contenía su pelo largo-. Tu madre es maravillosa, tan abierta. No estoy segura de lo que esperaba. Las madres pueden ser un poco posesivas cuando se trata de sus hijos -se miraron a través del espejo y él le sonrió.

-Ah, pero gracias al cielo, yo no soy el primogénito. Las expectativas más pesadas recaen sobre los hombros de Theo. Y no es que no esté a la altura de ellas.

-Tú también, Michael.

-Difícilmente -la sonrisa titubeó un momento, pero luego se relajó y se acercó por detrás para masajearle los hombros hasta que parte de la tensión se evaporó-. Puedes ver por qué ayuda tanto que te haya traído... Abby, tú eres la única persona en quien confío y no sabes lo mucho que significa para mí...

-No lo digas -giró para mirarlo y tiró de él hasta tenerlo arrodillado delante de ella-. Yo también confío en ti... somos buenos el uno para el otro, Michael. Funciona en ambos sentidos. Sólo espero...

-¿Qué?

-Me parece que a tu hermano no le caigo bien -soltó sin rodeos-. ¿Lo has notado? Me da la impresión de que me miraba, quiero decir, de que realmente me miraba. Cuando todo el mundo estaba a la mesa y ofreció el brindis por nuestro compromiso, se inclinó hacia mí después de que todos reanudaran la conversación y dijo algo de que era un compromiso muy rápido.

-No te preocupes por Theo -la tranquilizó Michael-. No es más que un hermano mayor. Siempre ha sido así. No fuimos a los mismos colegios. Él fue a un internado en Inglaterra, pero recuerdo que cuando venía por las vacaciones siempre se presentaba ante la entrada de mi colegio, para asegurarse de que todo iba bien -una sonrisa de afecto iluminó las facciones de Michael-. Él sabía que había unos chicos que me amedrentaban. Yo no quería que mamá se involucrara, pero Theo no pensaba tolerarlo. Sólo tuvo que aparecer un par de veces para que jamás se repitiera. Es así, Abby. Siempre está ahí para la familia. -Sí, pero... -Pero nada. No te preocupes -le acarició el brazo con ternura-. Podrá ver que somos muy felices en la compañía del otro y eso bastará.

Abby no estuvo tan segura. Dos horas más tarde, todavía tenía la mente en Theo, en esa cara oscura y sexy que la miraba, la estudiaba, tratando de meterse en su cabeza.

En la oscuridad opaca, pudo distinguir la forma de Michael en el largo y elegante sofá junto a la ventana, con el pecho subiendo y bajando acompasadamente. Michael jamás vería la oscuridad detrás de la luz, era esa clase de persona. Theo Toyas la perturbaba. E incluso en ese momento, en el santuario de la habitación, aún podía experimentar un escalofrío de aprensión por el simple hecho de pensar en él.

Las cosas no parecieron tan malas por la mañana.

Despertó temprano, echando de menos la comodidad de su propia casa y a su hijo. Michael todavía dormía. Le dedicó una sonrisa tierna a la silueta bajo la manta. Podría haber compartido su cama, él lo sabía, pero había elegido el sofá y eso la había aliviado. El único cuerpo con el que estaba acostumbrada a compartir su espacio era el de su hijo de cinco años, y habría resultado incómodo tener a Michael en la cama con ella, aunque sabía que no se habría movido del (lado que ocupara. Tenía un sueño apacible.

Se levantó. Desde que tuvo a Jamie, el reloj de su cuerpo parecía haberse adaptado a despertarse temprano y derrumbarse en la cama a las diez.

Se acercó a Michael y lo sacudió con suavidad hasta que entró en un estado de embotada vigilia.

-Necesito llamar a Rebecca y hablar con Jamie -susurró, alisándole el pelo que sobresalía en todas direcciones-. ¿Dónde hay un teléfono en esta casa? No quiero entrar en el dormitorio de nadie y lo mejor será que llame ahora, mientras todos duermen.

-Fuera del dormitorio... mmm... -se sentó a medias con el ceño fruncido-. Dios, hace tanto que no estoy aquí... ¿Por qué no usas mi móvil? Puedes bajar a la piscina y llamar desde allí. Sal por la puerta delantera, luego gira a la derecha y sigue un poco más. ¿Quieres que te acompañe?

-¿Y privarte de tu merecido sueño? -sonrió-. Ni se me pasaría por la cabeza.

Dedicó unos escasos quince minutos a lavarse la cara y cepillarse, luego se puso unos vaqueros cortados y una camiseta y salió con el teléfono de Michael.

Era la primera vez que se hallaba lejos de su hijo y lo echaba tanto de menos como había imaginado, a pesar de que sabía que estaría bien en Inglaterra. Por el día iba a la escuela y adoraba a Rebecca, quien se había instalado en su casa durante la semana para cuidar de él.

La zona de la piscina estaba alejada de la parte frontal de la casa y rodeada de un follaje protector. Se dijo que ya podría admirarlo más tarde; le dio la espalda y encontró un pequeño punto privado en una silla en un lado. En ese momento, tenía que ponerse en contacto con su hijo antes de que se marchara a la escuela.

Después de unos minutos de conversación con Rebecca, la voz de su hijo le provocó una sonrisa. Alzó las piernas y se reclinó con los ojos cerrados, para poder imaginar su carita.

Sólo intervino aquí y allá, contenta de escuchar sus divagaciones infantiles. Podía imaginarlo con el pelo de color caramelo revuelto, con el uniforme de la escuela, las piernas delgadas colgando del taburete de la cocina.

-Te llamaré más tarde -prometió con voz trémula; respiró hondo para recobrarse-. No olvides hacerme un dibujo para cuando vuelva. Podremos ponerlo junto al del dinosaurio en el tablero.

Desde la terraza, Theo observaba en silencio mientras la llamada llegaba a su fin y ella permanecía donde estaba, el rostro suave, perdido en pensamientos propios e interiores.

Apretó los labios mientras la consideraba. Sólo había una cosa que pudiera hacer que una mujer pusiera esa expresión, y era un hombre. Y sólo había un motivo para que hubiera salido de la casa a hora tan temprana como las seis y media de la mañana para hacer una llamada, y era porque no podía realizarla delante de Michael.

Con los movimientos fluidos y silenciosos de una pantera, recogió la toalla del cuarto de baño y tomó la ruta más larga hacia la piscina.

Abby, aún agradablemente absorta en pensamientos de Jamie, fue ajena a su aproximación hasta que él habló y la sobresaltó, haciendo que girara aturdida.

-Lo siento -tartamudeó, incorporándose a medias cuando él se plantó delante-. No te oí llegar.

Sintió la fuerza plena de su belleza masculina como el golpe de un martillo neumático. Estaba más bronceado que su hermano y vibraba con un poderoso atractivo masculino del que Michael carecía. Parecía más imponente con el sol acentuando sus facciones duras y fuertes y esos ojos fríos e insondables que en ese momento la atravesaban con la misma falta de calor que la noche anterior.

-Nunca he desarrollado el hábito de dormir hasta tarde -indicó Theo-, ni siquiera cuando no trabajo. Y veo que tú tampoco. No pude evitar notar que llamabas por teléfono.

-¿Quieres decir que me espiabas? -preguntó ella, cuestionándose el tiempo que llevaría allí sin hacer visible su presencia. ¿Habría escuchado la conversación? Michael y ella habían acordado que todavía no mencionarían la existencia de Jamie. Él había dicho que lo mejor era ir paso a paso, y el primero era presentarla a la familia.

-Qué comentario tan extraño -especuló Theo. La noche anterior había parecido joven y vulnerable, y aún lo parecía en ese momento. Joven, vulnerable y cien por cien natural. Ingredientes vitales cuando se trataba de atrapar a un hombre, porque, ¿qué hombre era capaz de resistir el encanto de lo inmaculado?-¿Por qué imaginarías que te espiaba? -replicó-. Desde luego, eso implicaría que pensaba que tenías algo que ocultar. Y no lo tienes, ¿verdad...?

Abby sintió que el color se extendía por sus mejillas. Estaba sentada erguida; se miraban a los ojos y abrió la boca para descartar ese comentario con una risa, pero de ella no salió nada durante lo que le pareció un tiempo muy prolongado. «Algo que ocultar». «¿Por dónde empiezo?», podría haberle preguntado. La idea de que pudiera averiguar algo, le puso la piel de gallina.

-Debería volver dentro -respondió al final, poniéndose de pie con rodillas trémulas.

-¿Por qué? Nadie va a levantarse hasta dentro de una hora, como mínimo. Yo voy a nadar un rato. ¿Por qué no te unes a mí? -tuvo ganas de pegarse. Para la captura, la primera regla era no asustar a la presa. Y lo primero que había hecho era agobiarla con acusaciones.

¿Unirme a ti? -preguntó, pasmada-. No, eres muy amable al invitarme, pero te dejaré en paz... -retrocedió un par de pasos, y entonces él sonrió. Fue una sonrisa de un encanto tan devastador, que a punto estuvo de hacer que trastabillara.

-Soy un hombre al que le cuesta estar en paz -murmuró con persuasión-. Es muy triste, ¿no crees?

-Sí; de hecho, sí lo es -respondió casi sin aliento, y él frunció el ceño.

-¿Por qué?

-He de irme.

-No puedes. Sería una crueldad que me llamaras triste y luego huyeras sin molestarte en explayarte.

-Oh, no, no pretendía... lo que quería decir...

-Ve a ponerte el bañador. Podemos terminar esta conversación en la piscina. ¿O te sentirías mejor sentada en el borde del agua mientras yo nado? ¿Mmmm?

-¡Sí! Quiero decir... ¡no!

-Además -continuó Theo con lentitud-, a Michael le gustaría que llegáramos a conocernos mejor, estoy seguro. Puede que no hayamos crecido juntos en el estilo normal de una familia, ya que a mí me enviaron a un internado con trece años, pero seguimos estando muy unidos. Se sentiría consternado si pensara que yo... te he intimidado...
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