Apercepciones sobre el esoterismo islámico y




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et-taçawwuf, es decir, del conjunto de los conocimientos iniciáticos.

De estas ciencias Tradicionales, la mayoría están hoy perdidas por completo para los occidentales, y no conocen otras que residuos más o menos informes, frecuentemente degenerados hasta el punto de haber tomado el carácter de recetas empíricas o de simples «artes adivinatorias», evidentemente desprovistas de todo valor doctrinal. Para hacer comprender por un ejemplo de qué modo una tal manera de considerarlas está lejos de la realidad, daremos aquí algunas indicaciones sobre lo que es, en el esoterismo islámico, la quirología (ilm el-kaff), que no constituye, por lo demás, más que una de las numerosas ramas de lo que podemos denominar, a falta de una palabra mejor, la «fisiognomonía», aunque esta palabra no explicita exactamente toda la extensión del término árabe que designa este conjunto de conocimientos (ilm el-firâsah).

La quirología, por extraño que eso pueda parecer a aquellos que no tienen ninguna noción de estas cosas, se vincula directamente, bajo su forma islámica, a la ciencia de los nombres divinos: la disposición de las líneas principales traza en la mano izquierda el número 81 y en la mano derecha el número 18, o sea, en total 99, el número de los nombres atributivos (çifûtiyah). En cuanto al nombre Allah mismo, está formado por los dedos, de la manera siguiente: El meñique corresponde al alif, el anular al primer lam, el medio o corazón y el índice al segundo lam, que es doble, y el pulgar al he (que, regularmente, debe ser trazado bajo su forma «abierta»); y es ésta la razón principal del uso de la mano como símbolo, tan extendido en todos los países islámicos (refiriéndose una razón secundaria al número 5, de donde el nombre de khoms dado a veces a esa mano simbólica. Puede comprenderse por ahí la significación de esta palabra del Sifr Seyidna Ayûb (Libro de Job, XXXVII, 7): «Él ha puesto un sello (khâtim) en la mano de todo hombre, a fin de que todos puedan conocer Su obra»; y añadiremos que esto no carece de relación con la función esencial de la mano en los ritos de bendición y de consagración.

Por otra parte, se conoce generalmente la correspondencia de las diversas partes de la mano con los planetas (kawâkib), que la quiromancia occidental misma ha conservado, pero de tal manera que apenas sí puede ver en ella otra cosa que especies de designaciones convencionales, mientras que, en realidad, esta correspondencia establece un lazo efectivo entre la quirología y la astrología. Además, a cada uno de los siete cielos planetarios le preside uno de los principales profetas, que es el «Polo» (El-Qutb) del mismo; y las cualidades y las ciencias que son atribuidas más especialmente a cada uno de estos profetas están en relación con la influencia astral correspondiente. La lista de los siete Aqtâb celestes es la siguiente:
Cielo de la Luna (El-Qamar): Seyidna Adam.

Cielo de Mercurio (El-Utârid): Seyidna Aissa.

Cielo de Venus (Ez-Zohrah): Seyidna Yûsif.

Cielo del Sol (Es-Shams): Seyidna Idris.

Cielo de Marte (El-Mirrîkh): Seyidna Dâwud.

Cielo de Júpiter (El-Barjîs): Seyidna Mûsa.

Cielo de Saturno (El-Kaywân): Seyidna Ibrahîm.
A Seyidna Adam se atribuye la cultura de la tierra (Cf. Génesis, II,15: «Dios tomó al hombre y le puso en el jardín de Edén para cultivarle y guardarle»); a Seyidna Aissa, los conocimientos de orden puramente espiritual; a Seyidna Yûsif, la belleza y las artes; a Seyidna Idris, las ciencias «intermediarias», es decir, las de orden cosmológico y psíquico; a Seyidna Dâwud, el gobierno; a Seyidna Mûsa, al cual está inseparablemente asociado su hermano Harûn, las cosas de la religión bajo el doble aspecto de la legislación y del culto; a Seguidna Ibrahîm, la (por la cual, ésta correspondencia con el séptimo cielo debe ser aproximada a lo que recordábamos recientemente a propósito de Dante, en cuanto a su situación en el más alto de los siete escalones de la escala iniciática).

Además, alrededor de estos profetas principales se reparten, en lo siete cielos planetarios, los demás profetas conocidos (es decir, los que son especialmente designados en el Qôran, en número de 25) y desconocidos (es decir, todos los demás, siendo el número de los profetas de 124.000 según la Tradición).

Los 99 nombres que expresan los atributos divinos están igualmente repartidos siguiendo este septenario: 15 para el cielo del sol, en razón de su posición central, y 14 para cada uno de los otros seis cielos (15+614=99). El examen de los signos que se encuentran sobre la parte de la mano correspondiente a cada uno de los planetas indica en qué proporción (5/14 o 5/15) el sujeto posee las cualidades que se les atribuyen; esta proporción corresponde a un número(s) de nombres divinos entre los que pertenecen al cielo planetario considerado; y estos nombres pueden ser determinados después, por medio de un cálculo, por lo demás, muy largo y muy complicado.

Añadimos que en la región de la muñeca, más allá de la mano propiamente dicha, se localiza la correspondencia de los dos cielos superiores, cielo de las estrellas fijas y cielo empíreo, que, con lo siete cielos planetarios, completan el número 9.

Además, en las diferentes partes de la mano se sitúan los doce signos zodiacales (burûj), en relación con los planetas de los cuales son los dominios respectivos (uno para el Sol y la Luna, dos para cada uno de los otros cinco planetas), y también las dieciséis figuras de la geomancia (ilm er-raml), puesto que todas las ciencias tradicionales están estrechamente ligadas entre ellas.

El examen de la mano izquierda indica la «naturaleza» (et-tabiyah) del sujeto, es decir, el conjunto de las tendencias, disposiciones o aptitudes que constituyen en cierto modo sus caracteres innatos. El de la mano derecha hace conocer los caracteres adquiridos (el-istiksâb); estos se modifican por lo demás continuamente, de tal suerte que, para un estudio continuado, este examen debe ser renovado cada cuatro meses. Este periodo de cuatro meses constituye, en efecto, un ciclo completo, en el sentido de que conlleva el retorno a un signo zodiacal correspondiente al mismo elemento que el del signo de partida; se sabe que esta correspondencia con los elementos se hace en el orden de sucesión siguiente: fuego (nâr), tierra (Turâb), aire (hawâ), agua (). Es pues un error pensar, como lo han hecho algunas, que el periodo en cuestión no debería ser más que de tres meses, ya que el periodo de tres meses corresponde solamente a una estación, es decir, a una parte del ciclo anual, y no es en sí misma un ciclo completo.

Estas pocas indicaciones, por sumarias que sean, mostrarán de qué modo una ciencia tradicional regularmente constituida se vincula a los principios de orden doctrinal y depende de ellos enteramente; y al mismo tiempo harán comprender lo que hemos dicho frecuentemente, de que una tal ciencia está estrictamente ligada a una forma Tradicional definida, de tal suerte que sería enteramente inutilizable fuera de la civilización para la cual la misma ha sido constituida según esa forma. Aquí, por ejemplo, las consideraciones que se refieren a los nombres divinos y a los profetas, y que son precisamente aquellas sobre las cuales todo lo demás se basa, serían inaplicables fuera del mundo islámico, del mismo modo que, para tomar otro ejemplo, el cálculo onomántico, empleado aisladamente, sea como elemento del establecimiento del horóscopo en algunos métodos astrológicos, no podría ser válido más que para los nombres árabes, cuyas letras poseen valores numéricos determinados. Hay siempre, en este orden de las aplicaciones contingentes, una cuestión de adaptación que hace imposible el transporte de esas ciencias tal cuales de una forma Tradicional a otro; y ahí está también, sin duda, una de las principales razones de la dificultad que tienen en comprenderlas aquellos que, como los occidentales modernos, no tienen el equivalente de las mismas en su propia civilización1.
Mesr, 18 dhûl-qadah 1350 H. (Mûlid Seyid Ali El-Bayûmi).

CAPÍTULO VIII
INFLUENCIA DE LA CIVILIZACIÓN ISLÁMICA EN OCCIDENTE
La mayoría de los europeos no han evaluado exactamente la importancia del aporte que han recibido de la civilización islámica, ni han comprendido la naturaleza de sus «tomas» a esta civilización en el pasado y algunos hasta desconocen totalmente todo lo que a la misma se refiere. Eso viene de que la historia como se les enseña trasviste los hechos y parece haber sido alterada voluntariamente sobre muchos puntos. Es a ultranza que la enseñanza en cuestión proclama la poca consideración que le inspira la civilización islámica, y tiene el hábito de rebajar el mérito de la misma cada vez que se presenta la ocasión de ello. Importa destacar que la enseñanza histórica en la Universidades de Europa no muestra la influencia de que se trata. Antes al contrario, las verdades que deberían ser dichas sobre esta tema, ya sea que se trata de profesar o de escribir, son sistemáticamente descartas, sobre todo en cuanto a los acontecimientos más importantes.

Por ejemplo, si es generalmente conocido que España ha permanecido bajo la ley islámica durante varios siglos, jamás se dice que lo mismo ocurrió en otros países, tales como Sicilia y la parte meridional de la actual Francia. Algunos quieren atribuir este silencio de los historiadores a ciertos prejuicios religiosos. Pero, ¿qué decir de los historiadores actuales cuya mayoría carecen de religión, cuando no son adversarios de toda religión, cuando vienen a confirmar lo que sus antecesores han dicho de contrario a la verdad?

Es pues menester ver ahí una consecuencia del orgullo y de la presunción de los occidentales, sesgo que les impide reconocer la verdad y la importancia de sus débitos hacia oriente.

Lo más extraño en esta ocurrencia es ver a los europeos considerarse como los herederos directos de la civilización helénica, cuando es que la verdad de los hechos incrimina esta pretensión. La realidad extraída de la historia misma establece perentoriamente que la ciencia y la filosofía griegas han sido transmitidas a los europeos por la mediación de los musulmanes. En otros términos, el patrimonio intelectual de los helenos no ha llegado a occidente sino después de haber sido seriamente estudiado por el Próximo-Oriente y si no hubiera sido por los doctos sabios del islam y sus filósofos, los europeos habrían permanecido en la ignorancia total de esos conocimientos durante mucho tiempo, ello, si es que hubieran llegado jamás a conocerlos.

Conviene hacer observar que hablamos aquí de la influencia de la civilización islámica y no especialmente árabe como se dice algunas veces sin razón. Ya que la mayoría de los que han ejercido esta influencia en occidente no eran de raza árabe y si su lengua era árabe, era solo una consecuencia de su adopción de la religión islámica.

Dado que somos llevado a hablar de la lengua árabe podemos ver una prueba cierta de la extensión de esta misma influencia en occidente en la existencia de términos de origen y de raíz árabes mucho más numerosos de lo que se cree generalmente, incorporados en casi todas las lenguas europeas y cuyo empleo se ha continuado hasta nosotros, aún cuando que muchos de entre los europeos que se sirven de ellos ignoran totalmente su verdadero origen. Como las palabras no son otra cosa que el vehículo de las ideas y el medio de exteriorización del pensamiento, se concibe que sea extremadamente fácil deducir de estos hechos la transmisión de las ideas y de las concepciones islámicas mismas.

De hecho, la influencia de la civilización islámica se ha extendido en una muy amplia medida y de una manera sensible a todos los dominios, ciencias, artes, filosofía, etc. España era entonces un medio muy importante a este respecto y el principal centro de difusión de esta civilización. Nuestra intención no es la de tratar en detalle cada uno de estos aspectos ni la de definir el área de extensión de la civilización islámica, sino solo la de indicar algunos hechos que consideramos como particularmente importantes, si bien que sean poco numerosos en nuestra época los que reconozcan esta importancia.

En lo que concierne a las ciencias, podemos hacer una distinción entre las ciencias naturales y las ciencias matemáticas. Para las primeras, sabemos con certeza que algunas de entre ellas han sido transmitidas por la civilización islámica a Europa que se las «tomó» de una manera completa. La química, por ejemplo, ha guardado siempre su nombre árabe, nombre cuyo origen se remonta por lo demás al antiguo Egipto, y eso, aunque el sentido superior y profundo de esta ciencia haya devenido enteramente desconocido a los modernos y como perdido para ellos.

Para tomar otro ejemplo, el de la astronomía, los términos técnicos que son empleados en la misma en todas las lenguas europeas son todavía en su mayor parte de origen árabe, y los nombres de muchos cuerpos celestes no han dejado de ser los nombres árabes empleados tal cuales por los astrónomos de todos los países. Esto se debe al hecho de que los trabajos de los astrónomos griegos de la Antigüedad, tales como Tolomeo de Alejandría, habían sido conocidos por las traducciones árabes al mismo tiempo que los de sus continuadores musulmanes. Sería por lo demás fácil mostrar en general que la mayoría de los conocimientos geográficos concernientes a las regiones más alejadas de Asia o de Africa han sido adquiridos durante mucho tiempo por exploradores árabes que han visitado numerosas regiones y podríanse citar muchos otros hechos de este género.

Por lo que se refiere a las invenciones que no son más que aplicaciones de las ciencias naturales, han seguido igualmente la misma vía de transmisión, es decir, la mediación musulmana, y la historia del «reloj de agua» ofrecido por el Khalifa Haroun-el-Rachid al emperador Carlomagno, todavía no ha desaparecido de las memorias.

En lo que concierne a las ciencias matemáticas, conviene acordarles una atención particular bajo esta relación. En este vasto dominio, no es solo la ciencia griega la que ha sido transmitida a occidente por la mediación de la civilización islámica, sino también la ciencia hindú. Los griegos también habían desarrollado la geometría, e incluso la ciencia de los números que, para ellos, estaba siempre vinculada a la consideración de las figuras geométricas correspondientes. Ese predominio dado a la geometría aparece claramente, por ejemplo, en Platón. Sin embargo existe otra parte de las matemáticas perteneciente a la ciencia de los números que no es conocida, como las demás bajo una denominación griega en las lenguas europeas, por la razón de que los antiguos griegos la han ignorado. Esta ciencia es el álgebra, cuya fuente primera ha sido la India y cuya denominación árabe muestra suficientemente como la misma ha sido transmitida a occidente.

Otro hecho que es bueno señalar aquí a pesar de su menor importancia, viene todavía a corroborar lo que hemos dicho, y es que las cifras empleadas por los europeos son por todas partes conocidas como cifras árabes, aunque su origen primero sea en realidad hindú, ya que los signos de numeración empleados originariamente por los árabes no eran otros que las letras de alfabeto mismas.

Si abandonamos ahora el examen de las ciencias por el de las artes, haremos observar que, en lo que concierne a la literatura y a la poesía, innumerables ideas provenientes de los escritores y de los poetas musulmanes, han sido utilizadas en la literatura europea, y también que incluso algunos escritores occidentales han llegado hasta la imitación pura y simple de sus obras. De igual modo, pueden relevarse huellas de la influencia islámica en arquitectura, y eso de una manera enteramente particular en la Edad Media; así, la ventaja de ojiva cuyo carácter se ha afirmado al punto de que ha dado su nombre a un estilo arquitectural, tiene incontestablemente su origen en la arquitectura islámica, ello, aunque numerosas teorías fantásticas hayan sido inventadas para disipar esta verdad. Las teorías en cuestión son contradichas por la existencia de una tradición entre los constructores mismos que afirman constantemente la transmisión de sus conocimientos a partir del Próximo-oriente.

Estos conocimientos revestían un carácter secreto y daban a su arte un sentido simbólico; tenían relaciones muy estrechas con la ciencia de los números y su origen primero ha sido siempre atribuido a los que edificaron el Templo de Salomón.

Sea lo que fuere del origen lejano de esta ciencia, no es posible que la misma haya sido transmitida a la Europa de la Edad Media por un intermediario distinto que el del mundo musulmán. Conviene decir a este respecto que estos constructores constituidos en corporaciones que poseían ritos especiales, se consideraban y se designaban en occidente como «extraños» o, antes bien, como «extranjeros», inclusive en su país natal, y que esta denominación subsiste hasta nuestros días, aunque estas cosas hayan devenido obscuras y no sean ya conocidas más que por un número ínfimo de gentes.

En esta rápida exposición, es menester mencionar otro dominio, el de la filosofía, donde la influencia islámica alcanzó en la Edad Media una importancia tan considerable que ninguno de los más encarnecidos adversarios de oriente podría desconocer la fuerza. Puede verdaderamente decirse que Europa, en aquel momento, no disponía de ningún otro medio para llegar al conocimiento de la filosofía griega. Las traducciones latinas de Platón y de Aristóteles, que eran utilizadas entonces, no habían sido hechas directamente sobre los originales, sino sobre traducciones árabes anteriores, a las cuales estaban agregados los comentarios de los filósofos musulmanes contemporáneos, tales como Averroes, Avicena, etc.

La filosofía de entonces, conocida bajo el nombre de escolástica, es generalmente distinguida en musulmana, judía y cristiana. Pero es la musulmana la que están en la fuente de las otras dos y más particularmente de la filosofía judía, que ha florecido en España y cuyo vehículo era la lengua árabe, como ello se puede constatar por obras tan importantes como las de Moussa-ibn-Maimoun (Maimónides) que ha inspirado la filosofía judía posterior de varios siglos hasta la de Spinoza, en la que algunas de sus ideas son todavía muy reconocibles.

Pero no es necesario continuar la enumeración de hechos que todos los que tienen alguna noción de la historia del pensamiento conocen. Es preferible estudiar para terminar otros hechos de un orden enteramente diferente, totalmente ignorados por la mayoría de los modernos que, particularmente en Europa, no tienen ni siquiera la más ligera idea de ellos, mientras que bajo nuestro punto de vista estas cosas presentan un interés mucho más considerable que todos los conocimientos exteriores de la ciencia y de la filosofía. Queremos hablar del esoterismo con todo lo que se le vincula y todo lo que se desprende el mismo en tanto que conocimiento derivado, constituyendo ciencias totalmente diferentes de las que son conocidas por los modernos.

En realidad, Europa nada tiene en nuestros días que pueda recordar esas ciencias, es más, occidente ignora todo de los conocimientos verdaderos tales como el esoterismo y sus análogos, mientras que en la Edad Media la cosa era enteramente diferente; y, en este dominio también, la influencia islámica en aquella época aparece de la manera más luminosa y evidente. Por lo demás es muy fácil revelar las huellas de la misma en obra cuyos múltiples sentidos y cuya meta real eran muy distintos que literarios.

Algunos europeos han comenzado por sí mismos a descubrir algo de este género concretamente por el estudio que han hecho de los poemas de Dante, pero sin llegar a la comprensión perfecta de su verdadera naturaleza. Hace algunos años, un orientalista español, don Miguel Asin Palacios, ha escrito una obra sobre las influencias musulmanas en la obra de Dante y ha demostrado que mucho de los símbolos y de las expresiones empleadas por el poeta, lo habían sido antes de él por esoteristas musulmanas y en particular por Sidi Mohyiddin-ibn-Arabi. Desafortunadamente, las precisiones de este erudito no han mostrado la importancia de los símbolos puestos en obra. Un escritor italiano, muerto recientemente, Luigi Valli, ha estudiado un poco más profundamente la obra de Dante y ha concluido que no ha sido el único en emplear los procedimientos simbólicos utilizados en la poesía esotérica persa y árabe; en el país de Dante y entre sus contemporáneos, todos estos poetas eran miembros de una organización de carácter secreto denominada «Fieles de Amor» de la cual Dante mismo era uno de los jefes. Pero cuando Luigi Valli ha intentado penetrar el sentido de su «lenguaje secreto», le ha sido imposible a él también reconocer el verdadero carácter de aquella organización o de las demás de la misma naturaleza constituidas en Europa en la Edad Media1. La verdad es que ciertas personalidades desconocidas se encontraban detrás de estas asociaciones y las inspiraban; eran conocidos bajo diferentes nombres, de los cuales el más importante era el de «Hermanos de la Rosa-Cruz». Éstos no poseían en punto ninguno, por otra parte, reglas escritas y no constituían una sociedad, tampoco tenían reuniones determinadas, y todo lo que puede decirse de ellos es que habían alcanzado un cierto estado espiritual que nos autoriza a llamarles «sufis» europeos, o al menos
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