Sana a otros; sánate a ti mismo




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LA RECONEXIÓN
Sana a otros; sánate a ti mismo

Dr. Eric Pearl
Parte I: El regalo

Capítulo 1: Primeros pasos

Capítulo 2: Lecciones de vida después de la muerte

Capítulo 3: Cosas infantiles

Capítulo 4: Un nuevo camino de descubrimiento

Capítulo 5: Abrir puertas, encender la luz

Capítulo 6: A la búsqueda de explicaciones

Capítulo 7: El regalo de la piedra

Capítulo 8: Revelaciones: presente y futuro

Parte II: La Sanación Reconectiva y lo que significa

Capítulo 9: Dime más

Capítulo 10: Cuerdas y hebras

Capítulo 11: Las grandes preguntas

Capítulo 12: Para dar, tienes que recibir

Capítulo 13: Quitarse de en medio

Capítulo 14: Establecer el tono

Capítulo 15: Temas a considerar

Parte III: y la Sanación Reconectiva

Capítulo 16: Facilitar la entrada en la energía reconectiva
Capítulo 17: El entorno del sanador.

Capítulo 18: Activar al sanador que hay en ti

Capítulo 19: Encontrar la energía

Capítulo 20: El tercer implicado

Capítulo 21: Interactuar con tus pacientes

Capítulo 22: ¿Qué es sanar?

Pensamientos finales

Sobre el autor

Prefacio

Estás a punto de leer un libro sobre un valiente y comprensivo médico, el Dr. Eric Pearl, quien descubrió que la clave para la salud y la sanación está en lo que él llama La Reconexión. Cuando le oímos hablar por primera vez en el Programa de Medicina Integradora del Dr. Andrew Weil en la Universidad de Arizona, nos sentimos inmediatamente impactados por la honestidad y sinceridad del Dr. Pearl. Era un hombre que estaba dispuesto a renunciar a una de las consultas quiroprácticas más lucrativas de Los Ángeles para adentrarse en un viaje de sanación espiritual y formular algunas de las más importantes y controvertidas preguntas de la medicina y la sanación de hoy en día.

¿Juega la energía, y la información que conlleva, un papel principal en la salud y la sanación?

¿Pueden nuestras mentes conectarse con esta energía, y podemos aprender a aprovechar esta energía para sanarnos a nosotros mismos y a los demás?

¿Hay una gran realidad espiritual, formada de energía viva, con la que podemos aprender a conectarnos, que no sólo fomenta nuestra sanación personal, sino la sanación del planeta entero?

Nos preguntamos: «¿Habrá perdido la razón el Dr. Pearl? O, ¿se habrá reconectado con la sabiduría de su propio corazón y el corazón de energía viva del cosmos?».

La verdad es que, cuando vimos al Dr. Pearl por primera vez, no lo sabíamos. Sin embargo, el Dr. Pearl había sido destinado a «predicar con el ejemplo». Esto incluía llevar sus afirmaciones -y sus talentos- a un laboratorio de investigación cuyo lema es «Si es cierto, debe darse a conocer; y si es falso, encontraremos el error».

El Laboratorio de Sistemas de Energía Humana de la Universidad de Arizona es fiel a la integración de la medicina mente-cuerpo, medicina energética, y medicina espiritual. Nuestro propósito al trabajar con el Dr. Pearl no fue probar que la Sanación Reconectiva funciona, sino más bien proporcionar al proceso de la Sanación Reconectiva la oportunidad de probarse a sí mismo.

Una conexión histórica con la Reconexión

Mi relación personal (habla Gary) con el concepto de reconexión se remonta a mi programa de doctorado en filosofía en la Universidad de Harvard a finales de los años 60. Me incorporé a una investigación revolucionaria sobre la autorregulación y sanación dirigida por uno de los médicos más integradores del primer tercio del siglo pasado.

En 1932, el profesor Walter B. Cannon de la Universidad de Harvard publicó su clásico libro The Wisdom ofthe Body. El Dr. Cannon describió cómo el cuerpo mantiene su salud -en inglés, health, del griego hael que significa «plenitud»- fisiológica a través de un proceso que él llamó «homeostasis». Según Cannon, la capacidad del cuerpo para mantener su plenitud homeostática requiere que los procesos de retroalimentación que hay en todo el cuerpo estén conectados, y que la información que viaja a través de esta red de autopistas de retroalimentación sea fluida y precisa.

Por ejemplo: al conectar un termostato a una caldera, si la temperatura de tu habitación baja del nivel establecido, la señal del termostato encenderá la caldera, y viceversa, y así se mantendrá la temperatura en tu habitación. El termostato proporciona la retroalimentación; el resultado es la homeostasis entre tu habitación y tú.

Lo que hace que todo esto funcione son las conexiones apropiadas dentro del sistema. Si desconectas la retroalimentación, la temperatura no se mantendrá. Esto, en una palabra, es la idea de la conexión de la retroalimentación.

Como joven profesor asistente en el Departamento de Psicología y Relaciones Sociales de la Universidad de Harvard, desarrollé la lógica que conduce al descubrimiento de que las conexiones de retroalimentación son fundamentales no sólo para la salud y la plenitud fisiológicas, sino para la salud y la plenitud en todos los niveles de la naturaleza. La conexión de la retroalimentación es fundamental en la plenitud; esto es: energética, física, emocional, mental, social, global y, sí, incluso astrofísica.

Propuse que «la sabiduría del cuerpo» de Cannon podía reflejar un principio mayor y universal. Lo llamé «la sabiduría de un sistema» o más simple, «la sabiduría de la conexión»:

Cuando las cosas están conectadas, ya sea:

1. el oxígeno al hidrógeno por vínculos químicos en el agua;

2. el cerebro a órganos fisiológicos por mecanismos neurales, hormonales o electromagnéticos del cuerpo; o

3. el sol a la tierra por la gravedad y las influencias electromagnéticas del sistema solar...

... y la información y la energía circulan libremente, cualquier sistema tiene la capacidad de sanar, permanecer íntegro, y evolucionar.

Cuando fui profesor de psicología y psiquiatría de la Universidad de Yale desde mediados de los años 70 hasta finales de los 80, publiqué documentos científicos que cumplían este principio de conexión universal no sólo en la plenitud y salud mente-cuerpo, sino en la plenitud y salud en todos los niveles de la naturaleza (por ejemplo: Schwartz, 1977; 1984). Mis colegas y yo sugerimos que había cinco aspectos básicos para conseguir la plenitud y la salud: atención, conexión, autorregulación, orden y bienestar.

Paso 1: Atención voluntaria: Esto es tan simple como sentir tu cuerpo, y la energía que fluye dentro de él y entre el medio ambiente y tú.

Paso 2: La atención crea conexión: Cuando permites a tu mente, consciente o inconscientemente, experimentar la energía y la información, este proceso promueve conexiones no sólo dentro de tu cuerpo, sino entre tu cuerpo y el medio ambiente.

Paso 3: La conexión conlleva autorregulación. Como un equipo de atletas o de músicos que consiguen éxitos en el deporte o el jazz, las conexiones dinámicas entre los integrantes permiten que el equipo se organice y se controle (lo que se llama «autorregulación»), con la ayuda de entrenadores y directores.

Paso 4: La autorregulación promueve el orden. Lo que experimentas como plenitud, éxito, e incluso belleza, refleja un proceso organizador realizado por las conexiones que permiten la autorregulación.

Paso 5: El orden se expresa con bienestar. Cuando cada cosa está conectada correctamente, y las partes (los integrantes) están autorizadas a cumplir con sus respectivos papeles, el proceso de autorregulación puede ocurrir sin esfuerzo. El proceso fluye.

También es cierto a la inversa. Hay cinco pasos básicos para conseguir la desintegración y la enfermedad: desatención, desconexión, desregulación, desorden y enfermedad.

Si desatiendes tu cuerpo (Paso 1), se crea desconexión dentro de tu cuerpo y entre tu cuerpo y el medio ambiente (Paso 2), promoviendo la desregulación del cuerpo (Paso 3), que podría ser medida como desorden del sistema (Paso 4), y experimentada como enfermedad (Paso 5).

En una palabra, la conexión lleva al orden y al bienestar, la desconexión lleva al desorden y la enfermedad.

Cuando leas el libro del Dr. Pearl, verás que estos pasos conectados aparecen en todos los niveles de la vida, desde el energético, a través de mente-cuerpo, al espiritual. La clave para comprender este nuevo nivel de sanación es el prefijo «re»: reatención, reconexión, re-regulación, reordenamiento sanador.

Descubrir la Sabiduría de la Reconexión

En el musical de Stephen Sondheim Un domingo en el parque con George, que trata del pintor puntillista George Seurat, la creación de la belleza se describe como un proceso de conexión. Seurat fue un maestro en la organización y conexión de puntos de color, creando bellas imágenes que aún hoy admiramos. Sondheim nos recuerda la importancia de este proceso con su sencilla canción: «Conecta, George, conecta».

Durante la lectura de este libro, formarás parte de una experiencia de conexión sanadora. Tu mente y tu corazón se expandirán y unirán a medida que el Dr. Pearl conecta los puntos de su vida. Entrarás en el alma de un sanador que ha experimentado dudas personales y dolor mientras descubría el proceso de la reconexión, y presenciarás la profunda bendición y satisfacción que él experimentó cuando vio a sus pacientes sanarse.

No queremos insinuar que todo lo escrito en este libro esté reconocido científicamente. No obstante, tampoco lo hace el Dr. Pearl. Él comparte sus experiencias, ofrece sus conclusiones, y te lleva a que saques las tuyas propias. El viaje continúa.

El Dr. Pearl tiene un amplio compromiso con la medicina basada en la evidencia. Sus estudios científicos básicos dirigidos en nuestro laboratorio hasta la fecha son sorprendentemente consistentes con sus predicciones, y hay proyectos de futuros estudios clínicos. Como sugiere nuestro libro The Living Energy Universe, la sabiduría para sanar puede estar entre nosotros, esperando a que demos con la clave que servirá para propósitos mayores.
Todos tenemos un propósito en la vida... un don único o un talento

especial que dar a los demás. Y cuando mezclamos este talento único con el

servicio a los demás, experimentamos éxtasis y júbilo en nuestro espíritu,

que es la última meta de todas las metas.

Dr. Deepak Chopra

Me han hecho muchos regalos en mi vida. Uno de ellos es la asombrosa habilidad para devolver la salud, que como verás al pasar estas páginas, no entiendo por completo (aunque estoy cerca). Un segundo regalo ha sido mi descubrimiento de que ciertamente hay mundos que existen fuera de éste. Un tercer regalo es la oportunidad que se me dio de escribir este libro y compartir la información que había adquirido hasta ahora.

Lo más maravilloso del primer regalo es que, a través de él, me he dado cuenta de que tenía un propósito en la vida y que he sido bendecido no sólo por ser capaz de reconocer ese propósito, sino por vivirlo activa y conscientemente. De los regalos de la vida, éste es realmente uno de los mejores.

El segundo regalo me dio la habilidad de reconocer mi verdadero Ser, de comprender que soy un ser espiritual, y que mi experiencia humana es exactamente ésa: mi experiencia humana. No es sino una experiencia de quién soy. Hay otras. Así como veo mi espíritu ir más allá en cada cosa que hago, soy capaz de ver -y tocar- también el de otros. Éste es un regalo increíble, y aunque ha estado delante de mí desde siempre, no lo había notado hasta ahora. Este segundo regalo me dio la perspectiva de mi propósito.

El tercer regalo es el que dio aliento a un nuevo elemento de vida dentro de los dos anteriores. Hasta hace poco, había estado compartiendo el regalo de la sanación con otros, uno a uno. Aunque amaba lo que estaba haciendo, sabía que era para ser compartido con más gente. No le estaba haciendo un favor quedándomelo para mí... y no me lo estaba quedando intencionadamente. Lo veía como un regalo (que lo es), y por lo tanto pensaba que no se lo podía dar a otros (que lo puede ser).

Fui paciente conmigo. Sabía que pronto podría reconocer la imagen completa. Conforme su habilidad para lograr la sincronización armónica en otros se hacía conocida, comencé a dar seminarios donde había una gran cantidad de gente que era capaz de interactuar con ella de primera mano. Descubrir que este regalo de sanación puede ser activado en otros a través de la televisión también fue muy excitante. Al igual que a través de la palabra escrita (bueno, esto parece sacar a relucir una dimensión completamente nueva de transmisión). Lo más convincente sobre comunicarse a través de lo impreso o de medios televisivos es que permite a mucha más gente experimentar la activación de sus habilidades de sanación en ellos mismos. Me di cuenta de que era el momento para un cambio en nuestro entendimiento; para que la raza humana vea que -no quiero parecer demasiado religioso- dondequiera que haya dos o más personas juntas, podemos sernos útiles unos a otros. Podemos facilitar la sanación del otro. Y ahora debemos hacerlo en niveles que antes no estaban disponibles para nosotros.

Me he dado cuenta de que mi regalo no sólo es para ayudar a otros, sino para ayudar a otros para que ayuden a los demás. Esto me ha proporcionado un vehículo más amplio con el que comenzar a cumplir mi propósito.

Este libro es una combinación del manual de instrucciones que no se me dio nunca... y una activación para que inicies tu propio camino.

Tanto si tu intención es convertirte en sanador, conseguir que tu actual habilidad como sanador llegue a niveles más altos -o simplemente tocar las estrellas para saber que realmente existen- este libro está escrito para ti.

Pero también está escrito para mí. Es una expresión de mi propósito en la vida, que por fin encontré. O, quizá debo decir, el propósito me encontró a mí. Espero que te ayude a encontrar el tuyo también.

El regalo

Capítulo Uno

Primeros pasos

Sólo hay dos maneras de vivir tu vida. Una es como si nada fuera un milagro, ha otra es como si todo fuera un milagro.

Albert Einstein

El milagro de Gary

¿Cómo pudo esta persona subir las escaleras?, pensé, mirando a través del ventanal junto a la entrada de mi oficina. Mi nuevo paciente acababa de subir la escalera. Se movía en una serie de pasos y pausas, durante las cuales miraba al siguiente escalón, preparándose para el esfuerzo. Una vez más me pregunté si poner un consultorio quiropráctico en el segundo piso de un edificio sin ascensor había sido la mejor idea. ¿No sería como poner una tienda de reparación de frenos al pie de una colina empinada?

No tenía muchas opciones cuando abrí el consultorio en 1981 y, como se podía ver, ahora tenía incluso menos... aunque las razones habían cambiado. Durante los 12 años que llevaba aquí, mi consultorio quiropráctico había llegado a ser uno de las más grandes de la ciudad de Los Angeles. ¿Cómo podía cerrarlo y trasladarme?

Decidí no salir a ayudar a ese hombre en el último par de escalones. No quería disminuir su inminente sensación de éxito. Podía ver en su cara la absoluta determinación de un montañero escalando la última pendiente del Monte Everest. Cuando se tambaleó por última vez en el descansillo no podía ayudarle, pero me recordó el valor que tenía el Jorobado de Notre Dame para alcanzar la torre de la campana.

Una mirada al informe del paciente reveló que su nombre era Gary. Vino a mí por su dolor de espalda de toda la vida. No era sorprendente. Aunque joven y saludable, tenía una postura torturadora que se hacía evidente desde que su cuerpo se hacía visible. Su pierna derecha era varios

centímetros más corta que la izquierda, y su cadera derecha estaba bastante más alta. Debido a su deformidad, caminaba con una cojera exagerada, balanceando la parte exterior de su cadera derecha con cada paso, después empujaba su cuerpo hacia delante para alcanzarla. Su pie derecho se giraba hacia dentro y se quedaba encima del izquierdo para que sus dos piernas actuaran como una sola gran pierna, equilibrando el peso de su cuerpo. Para mantenerse sin caer, su espalda se arqueaba hacia delante en un ángulo aproximado de 30 grados, dándole la apariencia de estar preparándose para tirarse a una piscina. Su postura y su manera de andar daban como resultado sus intensos problemas de espalda, desde la infancia hasta ahora.

Pronto, Gary me fue metiendo en su historia. Resultó que, de alguna manera, él había estado luchando contra una escalera desde el momento de su nacimiento. El doctor cortó su cordón umbilical demasiado pronto, interrumpiendo el suministro de oxígeno en su cerebro infantil. Cuando sus pulmones comenzaron a reaccionar, el mal estaba hecho: su cerebro se vio afectado de tal manera que el lado derecho de su cuerpo no se desarrolló simétricamente.

A los 14 años, explicó Gary, había visitado a más de 20 doctores en un intento de remediar su condición. Se le practicó cirugía para ayudar a su postura y forma de andar alargando el tendón de Aquiles de su pierna derecha. No funcionó. Le pusieron zapatos y aparatos ortopédicos. Ningún resultado. Cuando los espasmos que afligían sus piernas comenzaron a ser más y más violentos, a Gary se le prescribieron potentes medicinas antiespasmódicas. Los espasmos parecían aumentar con la medicación, que por otro lado le embotaba y desorientaba.

Finalmente, Gary acudió al consultorio de un famoso y reconocido especialista. Si alguien podía ayudarle, Gary estaba seguro de que sería este hombre.

Después de un exhaustivo examen, el doctor se sentó, le miró a los ojos, y le dijo que no había nada que él pudiera hacer. Gary tendría siempre sus problemas de espalda, dijo, además de que sus problemas aumentarían con la edad, su esqueleto continuaría deteriorándose, e incluso podría acabar su vida en una silla de ruedas. Gary miró fijamente al doctor.

Gary había puesto todas sus esperanzas y expectativas en este médico profesional, pero dejó el consultorio sintiéndose más abatido que nunca. Fue el día, según dijo Gary, que él «rompió mentalmente con el sistema médico».

Habían pasado trece años. Mientras entrenaba con una conocida, Gary le comentó que había tenido un inusual y fuerte dolor de espalda. Aunque parezca mentira, ella había sido paciente mía dos años antes, después de un accidente de moto. Le hablo a Gary de mi consultorio.

Así que aquí estaba él.

Absorto en su historia, levanté la mirada de mi cuaderno de notas y le pregunté: «¿Sabes lo que pasa aquí?».

Gary me miró, en cierto modo perplejo por la pregunta. «¿Eres quiro-práctico, no?»

Dije que con la cabeza, conscientemente decidido a no decir nada más. Se respiraba un sentimiento expectante. ¿Era yo el único que lo sentía?

Llevé a Gary a otra habitación, le coloqué sobre una camilla y ajusté su cuello. Le dije que volviera en 48 horas para revisión y le informé de que había acabado la primera visita.

Dos días después, Gary volvió.

Como la vez anterior, le acosté en la camilla. El ajuste llevó sólo unos segundos. Esta vez le pedí que se relajara y cerrara los ojos... y que no los abriera hasta que yo se lo pidiera. Puse mis manos en el aire, con la palma hacia abajo, a unos treinta centímetros de su torso, sintiendo suavemente sensaciones variadas e inusuales mientras llevaba mis manos hacia su cabeza. Giré mis manos hacia dentro y continué moviéndolas hasta que estuvieron una frente a otra sobre sus sienes. Mientras las tenía allí, miré los ojos de Gary moviéndose de un lado a otro, rápidamente y con fuerza, de lado a lado, con una intensidad que indicaba que no estaba dormido en absoluto.

Me sentí atraído instintivamente a llevar mis manos hacia la zona de los pies de Gary. Puse suavemente mis palmas sobre las plantas de sus pies. Sentía mis manos como si estuvieran suspendidas por una invisible estructura de apoyo. Debido a la deformidad de nacimiento de Gary, su pierna derecha permanecía en su posición rotada hacia dentro incluso cuando estaba echado sobre su espalda. Como yo sólo veía sus calcetines, no tenía ni idea de lo que estaba a punto de presenciar. Fue como si sus pies volvieran a la vida. No sólo que estuvieran vivos como lo están nuestros pies, sino como si se convirtieran en dos entidades vivientes, distintas una de otra, y claramente no las de Gary. Con una embelesada fascinación, observé los movimientos de sus pies. Una conciencia independiente casi parecía presente en cada uno.

De repente, el pie derecho de Gary comenzó un movimiento semejante a un ligero «bombeo» de un pedal de gas. Mientras continuaba este «bombeo», se añadió un segundo movimiento, un movimiento de rotación hacia fuera que llevó su pie derecho desde su posición original de descansar sobre el izquierdo, a una posición con los dedos hacia arriba, que le llevó a que sus dedos miraran hacia el techo igual que lo hacían los de su pie izquierdo. Sin preocuparme de si yo seguía respirando, miré fijamente en silencio mientras los ojos de Gary continuaban moviéndose como un veloz metrónomo de un piano de cola. Entonces su pie, aún bombeando, se volvió a rotar y se colocó en su posición original. La situación se volvió a repetir. Fuera. Dentro. Fuera. Dentro. Entonces pareció parar. Esperé. Y esperé. Y esperé. Parecía que no iba a pasar nada más.

Caminé a lo largo de la camilla hasta colocarme en el lado derecho de Gary. Aunque no era mi forma de tocar el cuerpo de una persona cuando hago esto, me sentí impulsado a poner muy suavemente mis manos sobre su cadera derecha, mi mano derecha sobre mi izquierda, aunque no directamente una sobre la otra. Miré hacia los pies de Gary. De nuevo, el pie derecho comenzó a moverse, primero de manera bombeante, después reanudando su rotación. Hacia fuera. Hacia dentro. Hacia fuera. Hacia dentro. Hacia fuera.

Esperé. Y esperé. Parecía que no iba a pasar nada más.

Quité las manos de la cadera de Gary, y suavemente, con dos dedos, toqué a Gary sobre el pecho. «¿Gary? Creo que hemos terminado.»

Los ojos de Gary continuaban moviéndose, aunque podía ver que estaba tratando de abrirlos. Unos 30 segundos después, cuando los abrió, Gary parecía un poco aturdido. «Mi pie se estuvo moviendo», me dijo, como si yo no lo hubiera visto. «Pude sentirlo, pero no podía pararlo. Sentí mucho calor por todas partes, entonces sentí un tipo de energía creciendo en mi pantorrilla derecha. Entonces... creerás que esto es un poco loco, pero sentí como si unas manos invisibles estuvieran girando mi pie, aunque no las sentía como si fueran manos en absoluto.»

«Puedes levantarte ya», dije, haciendo lo posible para que no se notara mi perplejidad, tratando aún de asimilarlo. Gary se levantó -por primera vez en 26 años- 1,80 metros de alto, con dos piernas independientes.

Yo miraba con asombrosa gratitud mientras Gary estaba de pie: su columna estaba derecha, y sus caderas niveladas y equilibradas. Su expresión comenzó a reflejar su propio entendimiento de lo que acababa de suceder. Cuando dio un par de pasos, le dije que aún quedaba un poco de cojera, pero nada que ver con su tambaleante giro de pierna de antes. Bastante lejos de eso.

Gary dejó mi consultorio con una enorme sonrisa en su cara, y le miré bajar con elegancia las escaleras.

Señales

Aquel día, la energía había subido claramente un nuevo nivel. ¿Por qué? No lo puedo decir. Simplemente subía a niveles nuevos, a veces cada semana, a veces pasando unos cuantos días, a veces varias veces en un mismo día. Incluso así, sabía que aunque la energía pasaba a través de mí, ni la creaba ni la dirigía. Alguien lo hacía, alguien más poderoso que yo. Aunque había estado leyendo mucho recientemente, lo que me estaba sucediendo a mí no tenía nada que ver con la «energía de sanación» de la que había leído en esos libros. Era más que simple «energía». Llevaba consigo vida e inteligencia más allá de las «técnicas» que llenan las páginas de las revistas de la Nueva Era. Era diferente. Era algo muy real.

Lo que ocurrió esa tarde con Gary no sólo cambió su vida, sino que cambió la mía también. Gary no fue el único paciente con el que trabajé de esa manera, pasando mis manos sobre su cuerpo. Eso había sucedido durante más de un año. No fue el único paciente que recibió una considerable sanación durante la experiencia. Sin embargo, él representa el caso más extremo, el paciente que había comenzado con mayor discapacidad y que había salido de mi consultorio con los resultados más llamativos y obvios. Casi dos docenas de los mejores médicos del país habían sido incapaces de corregir -e incluso mejorar- la forma de caminar de Gary, su postura, o la rotación de su cadera y pierna, pero esta anomalía, y su dolor asociado, habían desaparecido prácticamente. En cuestión de minutos. Se fueron.

Me pregunté una vez más porqué esta energía había elegido aparecer a través de mí. Quiero decir que, si yo estuviera sentado en una nube rastreando el planeta para elegir la persona correcta a la que otorgar uno de los más extraños y jamás vistos regalos del universo, no sé si a través del éter hubiera podido localizar, apuntar con mi dedo entre las multitudes, y decir: «¡Él! Ése es. Dáselo a él».

Quizá no sucediera de esa forma, pero así es como lo sentí.

Claramente, yo no he pasado mi vida sentado en la cima del Tíbet, contemplando mi ombligo y comiendo tierra en tazones, con palillos. Había pasado 12 años trabajando en mi consultorio, tenía tres casas, un Mercedes, dos perros y dos gatos. Era un hombre que de vez en cuando

se mimaba en exceso, miraba más televisión que un aficionado de fútbol en temporada, y creía que había hecho todo lo que se «suponía» que tenía que hacer. Claro, también tenía mis problemas -de hecho, crecieron mucho justo antes de que todos estos acontecimientos extraños comenzaran a suceder- pero, en general, mi vida se desarrollaba de acuerdo con lo planeado.

Pero, ¿el plan de quién? Ésa era la cuestión que tenía que plantearme a mí mismo. Porque cuando miraba hacia atrás, podía ver que había ciertas señales a lo largo del camino de mi vida -sucesos extraños, coincidencias, y acontecimientos- que, aunque no importaban mucho individualmente. .. colectivamente, y con la ventaja de la retrospección, insinuaban que no debería haber caminado nunca por el camino que creía que había elegido.

.

. Simplemente subía a niveles nuevos, a veces cada semana, a veces pasando unos cuantos días, a veces varias veces en un mismo día. Incluso así, sabía que aunque la energía pasaba a través de mí, ni la creaba ni la dirigía. Alguien lo hacía, alguien más poderoso que yo. Aunque había estado leyendo mucho recientemente, lo que me estaba sucediendo a mí no tenía nada que ver con la «energía de sanación» de la que había leído en esos libros. Era más que simple «energía». Llevaba consigo vida e inteligencia más allá de las «técnicas» que llenan las páginas de las revistas de la Nueva Era. Era diferente. Era algo muy real.

.

Pero, ¿el plan de quién? Ésa era la cuestión que tenía que plantearme a mí mismo. Porque cuando miraba hacia atrás, podía ver que había ciertas señales a lo largo del camino de mi vida -sucesos extraños, coincidencias, y acontecimientos- que, aunque no importaban mucho individualmente. .. colectivamente, y con la ventaja de la retrospección, insinuaban que no debería haber caminado nunca por el camino que creía que había elegido.
Capítulo Dos

Lecciones de vida después de la muerte

Existe una razón lógica para todo lo que sucede en este mundo

y en el más allá, y todo es perfectamente comprensible. Algún día, entenderás el propósito divino del proyecto de Dios.
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