Rojismo parte III los ocultistas en la masoneríA 57




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Purificación y blanqueo de almas en la antigüedad

Al igual que en el judaismo, también en el mundo helenístico se conoció la castidad cúltica que, más tarde, en el catolicismo, condujo al celibato. Una maniática búsqueda de faltas, que hacía estragos entre muchos pueblos y procedía del miedo a las temibles fuerzas del tabú y a la omnipresente amenaza de infección demoníaca, sirvió de base para un concepto de impureza.

Al principio, el pecado también fue concebido como suciedad material en muchas lenguas la misma palabra significa pecado y suciedad y como se creía que, cuando se manchaba el cuerpo, también se manchaba el alma, para limpiar ésta,

para «purificarla» y «blanquearla» había que proceder antes a la limpieza corporal mediante la mortificación. La primitiva imperfección cúltica se había transformado en moral, y finalmente en pecado.

El ayuno tenía, principalmente, una función de reforzamiento. Así, a algunos visitantes del templo no se les dejaba comer cerdo o carne de salazón o, en algunos casos, ningún tipo de carne, mientras que en otras partes se prohibían los pescados o las bebidas embriagadoras.

Si una vestal atentaba contra la castidad, era emparedada en vida lo que sucedió unas doce veces en el canyus sceleratus (un minúsculo rincón bajo tierra, con un lecho, una luz, algo de agua, aceite y vino), mientras que al profanador se le azotaba hasta la muerte. (Las sacerdotisas mejicanas y las vírgenes del sol peruanas también eran ejecutadas si violaban el voto de

virginidad).

Castración cúltica

La forma más radical de contención sexual correspondía a los sacerdotes de Cibeles, que se castraban ritualmente con un pedazo de vidrio, como dice Juvenal, o bien, como se lee en Ovidio, con una piedra afilada: lo que se atribuía a la antigüedad de la costumbre. El miembro amputado se ofrecía a la divinidad; tal vez, originariamente, para aumentar su fuerza.

En cambio, entre los griegos el ascetismo sexual fue bastante más inhabitual y el celibato, en modo alguno la regla. Generalmente, a los sacerdotes y sacerdotisas sólo les estaba vedado un segundo matrimonio.

Ninguna palabra sobre el celibato

Una misteriosa sentencia bíblica reza: «Hay eunucos que ya nacieron así del seno de su madre. Y hay eunucos que fueron hechos eunucos por mano humana. Y hay eunucos que se hicieron a sí mismos eunucos por el Reino de los Cielos. El que pueda entender que entienda.» Pero este pasaje, que llevó a ciertos cristianos nada menos que a la castración (infra), sólo aparece en San Mateo.

En tiempo de Pablo apenas era conocido. De lo contrario, ¿cómo habría podido ignorarlo el difamador de las mujeres y el matrimonio? ¿Cómo nos lo hubiera hurtado en el capítulo 7 de su primera Carta a los Corintios? ¿Acaso no admitió expresamente que no había ninguna palabra del Señor sobre la virginidad? Y, cosa notable, que Jesús no habla de los solteros o de los célibes («agamoi»), sino de los castrados, o sea, de quienes estaban incapacitados para el matrimonio («eunuchoi»). por lo que la frase no puede servir de base a un celibato generalizado.

Ninguna palabra contra la mujer y el matrimonio

Jesús se relacionó con las mujeres en completa libertad. No las consideraba de segundo rango y nunca las postergó. La idea no queda desmentida por el hecho de que no hubiera mujeres en el círculo de los doce apóstoles, pues éste es, claramente, una pura construcción simbólica tardía, que corresponde a los doce Patriarcas y a las doce Tribus de Israel. Las mujeres formaban parte de los discípulos de Jesús y, entre sus últimos seguidores, quizás fueran más numerosas que los hombres.

Jesús tomó parte en una fiesta de bodas. Por si fuera poco, ni siquiera condenó a una adúltera: «que se le perdonen sus muchos pecados, pues ha amado mucho» el propio Jesús, junto a María Magdalena (considerada por los cataros como su mujer o concubina) y otras personas, había violado el matrimonio para ser completamente partícipe de la naturaleza humana.

Y no puede encontrarse ninguna palabra suya contra el mismo. En caso contrario, con qué ansia se habría agarrado a ella Pablo, el enemigo del matrimonio, en su primera Carta a los Corintios. En lugar de ello, tuvo que admitir que no contaba con ningún precepto del Señor al respecto.

También en esto, Jesús compartía evidentemente la postura de los judíos. Cualquier mitigación de la libido en el interior del matrimonio

Los propios hermanos de Jesús, que más tarde se sumaron a la comunidad, también estaban casados'así como sus primeros seguidores. Algunos incluso llevaron a sus mujeres consigo en los viajes misionales, entre ellos el principal apóstol, Pedro, quien, en todo caso, hablando por boca de San Jerónimo, «lavó la suciedad del matrimonio» por medio de su martirio.

PABLO

Pues los afanes de la carne significan

muerte (...)ROMANOS, 8, 6

Para San Pablo, el pecado de la carne

precede casi siempre, en el catálogo de

los vicios, a todos los demás.BOUSSET,

teólogo (1)

En él, la mujer, como ser sexual, es

tratada con un fuerte

desprecio.PREISKER, teólogo.

Sólo un asceta para quien el matrimonio, en tanto que orden

de la creación, ha perdido todo valor, puede hablar (...) como

San Pablo. CAMPENHAUSEN, teólogo.

Habiendo recomendado su modo de vida

célibe a todos los cristianos (1 Cor., 7,

25), Pablo ha servido en todas las épocas

como testigo principal a favor del

celibato, pese a haber añadido que en

esta cuestión no contaba con ningún

precepto concreto del Señor y sólo podía

ofrecer un consejo puramente personal.

Cor., 7, 25). DENZLER. teólogo (4)

Estiércol y buen olor

Repetidamente, Pablo quizás un impotente desde su infancia, o al menos un hombre repleto de complejos sexuales combate la «lujuria» (porneia), el «vicio» las «obras de la oscuridad» las «orgías y bacanales» la «lujuria y los libertinajes» el

«trato con gentes lujuriosas» a los «lujuriosos» a los «adúlteros» a los «libertinos y pederastas» el Nuevo Testamento llama a los homosexuales «perros» , «los actos de impureza, fornicación y libertinaje». Estos pecados están por encima de todos los demás. Luego ya vienen la idolatría, la hostilidad, la violencia, la desavenencia y lo demás. Repetidamente se lee: «mortificad vuestros miembros apegados a lo terrenal, en los que habitan la lujuria, la inmoralidad, las pasiones, los malos deseos (...)». «¡Huid de la fornicación! Cualquier otro pecado que el hombre comete queda fuera de su cuerpo, mas quien fornica peca contra su propio cuerpo».

Bueno es no tocar a ninguna mujer

La descalificación del matrimonio también sume a los exegetas en dificultades insalvables. El apóstol no concibe una comunidad espiritual, emocional o social entre hombre y mujer, sólo la meramente sexual.

San Pablo abre la discusión con la 1'rasc fundamental: es «bueno para el hombre no tocar a la mujer». No proscribe el matrimonio, incluso lo considera mejor que abrasarse, pero desearía, no obstante, «que lodos los hombres fueran como yo» esto es, solteros.

«(...) Y tocará tu vientre»

San Jerónimo, que tiempo atrás había tropezado «en el resbaladizo sendero de la virtud», proclama ahora, como otros de su clase, que la virginidad es el “martirio”.

¡Jerónimo no deja de ocuparse del dichoso tema del noviazgo espiritual!

San Agustín tampoco escatima las alabanzas hacia la castidad y, por cierto, nosasegura un agustino, «tanto más cuanto mayor había sido su extravío en sus añosmozos».

Por su parte. San Ambrosio, que llama a las virgines sacrae «regalo de Dios» ¡también llama así a la esclavitud! , no sólo exhorta a los padres a educar vírgenes, «a fin de que tengáis a alguien por cuyos méritos sean expiados vuestros delitos ('delicia')», sino que también persuade a las muchachas de que permanezcan solteras, incluso contra la voluntad de los padres.

En tiempos de Santa Teresa, a finales del siglo XVI, todavía se entregaba a niños de doce años para que tomaran hábito.

«En las vírgenes no alabamos que sean vírgenes» admite San Agustín, «sino que sean vírgenes consagradas a Dios». Una idea tan familiar a Tomás de Aquino como a la moderna teología, para la cual la virginidad por sí sola no tiene «ningún valor moral» pues éste se logra mediante la completa entrega a «Dios». Todavía más explícitamente, el doctor de la Iglesia Juan Crisóstomo dijo de la virginidad que sólo era buena entre los católicos, mientras que entre los judíos y los herejes era ¡«peor que el mismo adulterio»!

Por consiguiente, se predicaba la castidad, colocándola por encima de todas las cosas, al menos como caso ideal; pero esto no se hacía por amor a la castidad.

¡Cómo admira el monje y más tarde obispo Paladio a la romana que prefirió morir de un sablazo a entregarse a un prefecto enamorado!

¡Cómo aplaude la Edad Media a aquella monja que prefirió perder la vista a amar a un rey!

Y la moderna teología moral, a pesar de su condena de! suicidio, aún permite que una mujer se arroje al vacío «para no caer en manos de un depravado que quiera atraparla y forzarla». Y aún más. ¡Le está permitido matarlo! Al menos mientras su pene no haya llegado hasta su vagina.

Según Walter Nigg, el delito sexual manifiesta el «lado oscuro» del monacato

Así, Clemente de Alejandría, el primero que llama ascetas a los cristianos entregados a la abstinencia radical, proscribe el maquillaje, los adornos y el baile, y recomienda renunciar a la carne y el vino hasta la vejez. De la misma manera, su sucesor Orígenes exige una vida de constante penitencia y lacrimógenas meditaciones sobre el Juicio Final. El obispo Basilio, santo y Doctor de la Iglesia (el más elevado título que la Iglesia católica confiere; sólo lo tienen dos papas de doscientos sesenta y uno), prohíbe a los cristianos toda diversión, ¡hasta la risa!

Gregorio de Nisa compara la existencia con un «asqueroso excremento». Lactancio llega a detectar en el perfume de una flor un arma del diablo.
Muchos monjes procedieron a la infibulación para preservar su castidad.

Cuanto más pesado era el anillo que llevaban en su miembro alguno tenía seis pulgadas de diámetro y pesaba un cuarto de libra , mayor era su orgullo. Otros se anudaban gruesos hierros en el pene y se volvían poco a poco como eunucos.

Pero de hecho no servían ante el problema ni la voluntad ni el odio a sí mismo, ni la «gracia» ni ningún otro método, excepción hecha del más radical, aquel que extirpaba el mal de raíz: la castración. Esta no era considerada ilegítima como medio más rápido para conservar la «pureza» y, según relata San Epifanio sin censura alguna, fue practicada con frecuencia. Muchas autoridades de la Iglesia de la Antigüedad ensalzaron a los «eunucos por amor del reino de Dios».

E incluso Orígenes, el teólogo más importante de los primeros tres siglos, que vituperaba a las mujeres como hijas de Satanás, se emasculó él mismo por razones ascéticas: «un magnífico testimonio de su fe y de su continencia»
Toda la Edad Media cristiana considera como el más elevado ideal aquella existencia hostil al cuerpo y a los instintos de los ascetas histéricos. Para el hombre medieval, casi todo lo referente al sexo es gravemente pecaminoso, y lo patológicamente casto es santo. El placer es condenado y la castidad elevada al Cielo. Todos los excesos masoquistas de la Antigüedad regresan, las depresiones crónicas y también los torrentes de lágrimas, la suciedad, el ayuno, las vigilias, la flagelación; y se añaden nuevas monstruosidades. Es cierto que, de hecho, nunca se consiguió imponer las prohibiciones sexuales; ahora bien, como G.R. Taylor escribe, las conciencias las tenían tan gravadas que de ello resultaron los más diversos trastornos mentales. «No es nada exagerado afirmar que la Europa medieval se parecía bastante a una gran casa de locos» .

San Francisco dejaba que su cuerpo se pudriera, por ejemplo, no bañándose nunca.

También algunos de los más eminentes príncipes de la Iglesia tampoco se bañaban: San Bruno, arzobispo de Colonia, hacia el siglo X; el arzobispo Adalberto de Bremen, en el siglo XI.

Era el sistema.

Una sola casa, un solo lecho, una sola carne

En la Edad Media, los confesores administraron a las novicias los correspondientes objetos sustitutivos, las «interiorizaciones religiosas» correctas: nada de purgatorios, indulgencias o penalidades parecidas; en su lugar, y de manera intensiva, el amor de «la novia espiritual», al amante celestial en el «jardín espiritual», donde les esperarían insospechados gozos con Jesús. «Ellos tienen una sola heredad, una sola casa, una sola mesa, un solo lecho y son en verdad una sola carne» como sabía San

Bernardo. Y, aún hoy, la moderna teología no puede tomar el pelo a las vírgenes con una «imagen más expresiva» que la del «amor especialísimo entre los cónyuges» y la metáfora de los «esponsales celestes», «la boda con Cristo en total verdad y realidad».

….Algunas doncellas amaban literalmente hasta perder el sentido. Era el caso de la monja Gerburga de Herkenheim, a quien la «dulzura del cielo» penetraba «en el interior del cuerpo como una fuente efervescente de vida» y era presa de tal ardor que se desplomaba inconsciente.

Sobre la dominica Elisabeth von Weiler escribe una compañera: «Su mirada era tan elevada y tan tamizada de gracia que quedaba tendida a menudo uno, dos, tres días, de modo que sus sentidos exteriores nada percibían. En cierta ocasión en que yacía en dicha gracia, llegó al convento una mujer de la nobleza. Como no quería creer que nuestra hermana había perdido el sentido merced a la gracia, se le acercó y le hundió una aguja en los talones. Mas Elisabeth, debido a su ardiente amor, nada sintió».

Santa Catalina de Siena (1347-1380), santa protectora de la orden dominicana y patrona de Roma, también quedaba tendida durante horas en un «estado de muerte aparente» y, eventualmente, era obsequiada con la prueba de las agujas por^escépticas adictas a los milagros; pero «el sentimiento de amor» sujetaba «todos

sus miembros». A veces, estando en la cama, Santa Catalina de Genova la tragadora de suciedad y piojos no podía soportar el ardor. «Toda el agua que el mundo contiene», gritaba, «no podría refrescarme ni lo más mínimo». Y se arrojaba sobre la tierra: «amor, amor, no puedo más». Un fuego («fuoco») sobrenatural la consumía.

¡El agua fría en la que metía sus manos comenzaba de repente a hervir, y hasta el vaso se calentaba! También la alcanzaban afilados dardos «de amor celestial». Una de las heridas («ferita») fue tan profunda que perdió el habla y la vista durante tres horas. «Hacía señas con la mano que daban a entender que tenazas al rojo apretaban su corazón y otros órganos interiores».

Como tantas extáticas.

Era la famosa herida que se les abría a tantas contemplativas, por ejemplo a madame Guyon (1648-1717). La Guyon, que por entonces tenía diecinueve años, también sintió la herida durante el primer tete-a-tete con su confesor, al que un «poder secreto» condujo junto a ella; notó «en ese momento» exactamente como Catalina, «una profunda herida que me colmó de amor y de embeleso, una herida tan dulce que deseaba que nunca sanara».

Santa María Magdalena dei Pazzi, adicta a las flagelaciones y a la laceración con espinas (supra), a menudo se mantenía de pie, inmóvil, «hasta que el derramamiento amoroso llegaba y con él un nuevo amor penetraba en sus miembros». Con frecuencia saltaba de la cama y agarraba a una hermana con el mayor frenesí: «ven y corre conmigo para llamar al amor». Entonces iba bramando como una ménade por el convento y gritaba:

«¡amor, amor, amor, ah, no más amor, ya basta!». En el jardín, informa su confesor Cepari, arrancaba «todo lo que caía en sus manos», desgarraba los vestidos, fuera verano o invierno, a causa «de la gran llama de amor celestial que la consumía» que ella a veces apagaba en el pozo, vertiendo agua «hacia dentro de sus pechos» .

«Se movía con increíble rapidez» atestigua Cepari, quien asegura que, estando en el coro de la capilla en la fiesta del Hallazgo de la Cruz, el 3 de mayo de 1592,

Magdalena saltó no menos de nueve metros de altura («amor vincit omnia») para agarrarse a un crucifijo. Luego soltó el santo cuerpo, lo plantó entre sus senos y ofreció al Señor para que las monjas lo besaran.

Teresa de Ávila (1515-1582) no cosechó sus particulares deleites como Agustín y tantos otros santos hasta los años de su madurez. Hasta los cuarenta no encontraba «ningún gozo en Dios» o en «Su Majestad» como prefería decir a menudo: un tratamiento más adecuado para el Todopoderoso que el grosero tuteo que soporta de parte de cualquiera. Teresa misma nos relata que durante veinte años fue una completa pecadora, semejante a María Magdalena, una «mala mujer», «la peor entre las peores», digna «de la compañía de los espíritus infernales».

No es de extrañar que los mismos eclesiásticos prevengan contra ella y la acusen de extravagancia y obsesión diabólica o que durante, dos décadas no encuentre «confesor alguno que la entendiese».

Sin embargo, los padecimientos de Teresa fueron aún más atroces que sus vicios: fiebres, dolores de cabeza, hemoptisis; como ella expresa cuidadosamente, «hasta donde alcanzo, casi nunca he dejado de sentir (...) alguna especie de dolor». Un desfallecimiento cardiaco la atacó «con tan extraordinaria reciedumbre (...) que todos (...) se espantaron de ello». De repente, y cada vez más a menudo, perdía el sentido o quedaba en un estado «que constantemente rozaba la inconsciencia».

Y durante otros «veinte años» padeció «todas las mañanas de vómitos», que se repetían habitualmente «por las noches antes de ir a la cama», «con fatigas mucho mayores».

Visiones de todo tipo acuden entonces a esta naturaleza castigada, tan alegremente como las abejas al panal. Las escenas se repiten una y otra vez: el Cielo abierto, el Trono, la Divinidad, ángeles incomparablemente hermosos; la Santa reconoce que «aquí está todo lo que se puede pedir».

Las cópulas (espirituales) de Teresa por lo general, un «ataque rápido y vigoroso» la dejaban casi siempre «como triturada». Al día siguiente, todavía sentía «un latir fatigoso y dolor en todo el cuerpo; y era como si todos mis miembros estuvieran descoyuntados». «¡Oh, este arte sublime del Señor!» suspira después de haber gozado.

Así se suceden visión tras visión y éxtasis tras éxtasis «una locura gloriosa, una necedad celestial» ; sus piruetas son cada vez más atrevidas, vuela cada vez más alto, literalmente. Pues, de acuerdo con las palabras del Señor («quiero que en adelante te trates con ángeles y no con hombres», lo que se «cumplió plenamente»); esta «naturaleza extremadamente crítica» alcanzó, al menos, un «presentimiento de la naturaleza angélica» (Nigg). Violando las leyes de la gravedad, se elevaba del suelo, en frecuentes trances místicos, y flotaba, bienaventurada, en el aire; a veces ¡durante media hora! Testigos: las monjas y «damas de la sociedad» (Nigg). Y, naturalmente, ella misma: «Yo casi no estaba en mí, de modo que veía con toda claridad cómo era levantada».
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