Rojismo parte III los ocultistas en la masoneríA 57




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La «beatificación» de Knaus-Ogino

La utilización de los días no fértiles de la mujer o método Knaus-Ogino fue el único procedimiento que Pío XII admitió como moralmente justificado y el único para el que encontró razones «serias».

En todo caso, cualquier otra medida preventiva sigue siendo pecaminosa y profundamente inmoral…
¿Y qué soluciones racionales ofrece la Iglesia para los numerosos problemas relacionados con la reproducción humana? ¿Qué propuestas practicables hace desde los puntos de vista individual y social? ¿Qué hace para evitar el agotamiento físico y psíquico de los padres de familias numerosas o para evitar la superpoblación y las hambrunas?

…Pero la Iglesia no quiere que en el matrimonio se disfrute de la felicidad de un amor puramente humano. …

Ya a comienzos del siglo XIX, el clérigo anglicano Robert Malthus había tratado de arreglar la superpoblación y la pobreza por medio de la ascesis sexual (moral restraint), recomendando a la gente que se casara tarde y fuera casta. …
En la actualidad, el protestantismo de uno y otro lado del Atlántico juzga la planificación familiar bastante más liberalmente. Si en la conferencia de Lambeth de 1908 la iglesia anglicana había condenado «con horror» cualquier medio anticonceptivo artificial, en 1958 declaró que la reproducción no era la única finalidad del matrimonio y dijo que era «completamente falso que la relación sexual tuviera carácter pecaminoso cuando no se deseaba expresamente tener hijos». Y en 1960 el Committee on Moráis de la Iglesia de Escocia constató con toda evidencia que «traer un hijo al mundo sólo por satisfacer un deseo físico es menos moral que considerar la reproducción como un acto de responsabilidad».

Todas las formas de control de natalidad que no conllevan efectos secundarios negativos para la salud están permitidas: el preservativo, el diafragma, el coitus interruptus, etcétera; por una parte, se puede acudir a la Biblia, que ignora tales prohibiciones, y por otra parte se sostiene el criterio lógico de que, desde el punto de vista de los principios éticos, aprovechar los días no fértiles no es más legítimo que usar medios mecánicos. El consejo nacional de la Iglesia protestante de los EE.UU. y el primado anglicano y arzobispo de Canterbury autorizaron la utilización de la píldora en 1961, juzgándola como completamente lícita y compatible con la moral cristiana.

Sin embargo, el protestantismo coincide con el papado en tanto que rechaza el control de natalidad practicado por puro placer y comodidad y, sobre todo, en tanto que condena el aborto radical y decididamente.

Ha sido en los últimos años cuando se ha empezado a vislumbrar una tendencia humanitaria hacia la interrupción del embarazo en las filas evangélicas, aunque de momento se trate de opiniones muy aisladas. Así por ejemplo, en 1967, Howard Moody, de la Judson Memorial Church de Nueva York, fundó un Servicio Nacional de Asesoramiento Religioso para la Interrupción del Embarazo que, desde entonces, ha hecho posible la realización de decenas de miles de abortos; la convención baptista de 1968 también dijo que el aborto debía dejarse «al libre criterio personal» hasta la duodécima semana de gestación; y en 1971, un sínodo evangélico celebrado en Berlín-Oeste tuvo, al menos, la suficiente honradez como para exigir una reforma en el tratamiento penal del aborto y el fin de la «hipocresía que supone la práctica actual».

La jerarquía católica se aferra a sus posiciones. El Concilio Vaticano Segundo siguió calificando el aborto como «un crimen abominable» .

LA PROHIBICIÓN DEL ABORTO

Aunque se vaya a morir de hambre después de veinticuatro

horas de vida larval, o tenga una caducidad de un año por

culpa de la epilepsia, de dos, por tuberculosis, o de seis, por

sífilis hereditaria; aunque vaya a llevar los estigmas del

alcoholismo paterno o de la desnutrición materna, o el

baldón de una relación extramatrimonial... según el artículo

218, debe nacer ante todo que nazca: el ídolo lo exige. -

GOTTFRIED BENN

Todos se preocupan de mí: las Iglesias, el Estado, los

médicos y los jueces... Durante nueve meses. Pero después:

allá me las apañe para seguir adelante. Durante cincuenta

años nadie se va a preocupar de mí; nadie. En cambio,

durante nueve meses se matan si alguien pretende matarme.

¿No son unos cuidados bastante peculiares? - KURT

TUCHOLSKY

El clero protege la vida antes del nacimiento. Pero si cientos

de miles de jóvenes son hechos pedazos, el clero no hace

nada para impedirlo, sino que bendice las banderas y los

cañones. - ERNST KREUDER

Desde que el hombre existe hay embarazos no deseados; y tanto tos abortos

como su castigo tienen un origen remoto, como testimonian algunos de los escritos más antiguos. Sin embargo, algunas de las grandes religiones no conocen ninguna prohibición expresa del aborto: el Islam incluso llega a permitir la operación hasta el sexto mes. Entre los antiguos griegos y romanos también era normal; Platón y Aristóteles lo defendieron y la sociedad en que vivían lo consideraba «bueno»: tal vez ésa fue la razón por la que San Pablo, el martillo de los pecados sexuales, no tocó el problema.
Desde el siglo II en adelante, la Cabeza de la Iglesia, preocupada por la mayoría del «Pueblo de Dios», ha definido el aborto como un grandísimo crimen. «Toda mujer», enseña San Agustín, «que hace algo para no traer al mundo tantos hijos como podría, es tan culpable de todos esos asesinatos como la que intenta lesionarse después del embarazo».

Las abortistas eran tratadas como homicidas y según el sínodo de Elvira (306) …

La Iglesia aún no admite en la actualidad ni la indicación eugenésica (la interrupción del embarazo por enfermedad mental de la madre u otras enfermedades heredables por el feto), ni la ética (interrupción de un embarazo producto de una violación), ni la social (pobreza, madre soltera o demasiado joven), e impone la excomunión a todos los implicados, incluida la mujer afectada.

Nada de matar al feto. Nada de abortar. Y después, en la guerra, una inmensidad de, cosas comunes ocupadas por quienes tenían «derecho a nacer».

…Y desde 1973, según la ley vigente, una mujer que «matara al fruto de su vientre o permitiera su muerte a manos de otro» puede pasar hasta cinco años en la cárcel.

Cierto es que en la actualidad las sentencias son más suaves y la gran mayoría de los casos ni siquiera llegan a juzgarse, lo que aumenta la injusticia que sufren quienes son castigados con multas y penas de prisión que, por supuesto, siempre pertenecen a los grupos más débiles de la sociedad . …

En los EE.UU., donde la «batalla del aborto» no empezó hasta hace poco tiempo, la interrupción voluntaria del embarazo se castiga en todo el territorio con penas que van desde uno (Kansas) a veinte (Mississippi) años de prisión , aunque también allí las leyes se aplican sólo esporádicamente. En la mayoría de los casos se considera punible la simple tentativa de aborto, ¡aun en el caso de que la mujer no estuviera embarazada! A comienzos de los setenta, treinta y un estados sólo autorizaban el aborto si peligraba la vida de la madre.

…El aborto, según la ley, es un crimen. Con lo cual, la mayoría de la población estaría compuesta por crimínales, criminales, por cierto, de todas las clases sociales.

A.S. Neill, el conocido fundador de Summerhill que califica el problema del aborto como uno de los síntomas más repugnantes y farisaicos de la enfermedad que padece la humanidad .afirma con razón que «no hay ningún juez, sacerdote, médico, maestro y demás puntales de la sociedad que no preferiría que su hija abortara a soportar la vergüenza de que se convirtiera en madre soltera».

En estas situaciones como en la mayoría , la gente con medios tiene

ventajas. Ellos pueden acudir a cualquier parte del mundo para asegurarse una operación legal, médicamente impecable y casi sin riesgos, mientras que las mujeres pobres se ponen en manos de chapuceros y muchas veces acaban estériles, enferman (¡alrededor del 30%!) o mueren. …

Es bastante significativo que los estados se preocupasen de advertir a los estudiantes de medicina sobre los problemas sociales y legales del aborto, siendo tan escasos los debates sobre técnicas de interrupción del embarazo, por lo que la formación de los médicos no pasaba de «fragmentaria». …

De esta manera, millones de mujeres se han convertido en las víctimas de unas instituciones religiosas que siguen influyendo en nuestras leyes, que siguen predicando el dogma del pecado original, que siguen condenando el placer extramatrimonial, que siguen intentando sabotear la educación sexual de los jóvenes y alimentando la hipocresía, las neurosis y las agresiones.

Hitler y la moral cristiana

En Alemania, el Führer hizo endurecer el tristemente famoso artículo 175 del Código Penal con un artículo 175a por el que fueron juzgados por homosexualidad entre 1937 y 1939 alrededor de veinticuatro mil hombres.

No obstante, para los homosexuales el imperio nazi se alargó en la República Federal hasta 1969. Hasta esa fecha, vivieron bajo la amenaza del parágrafo endurecido por Hitler.
En pleno siglo XX, se pretende practicar una «pedagogía sexual en su forma más amplia y profunda sin decir una sola palabra sobre sexualidad».

En pleno siglo XX, su orientación sexual, su «primer principio de pedagogía sexual», consistía en la «profilaxis». ¿Y en qué consistía la profilaxis? En no excederse con los condimentos, o en no dormir demasiado ni en lecho caliente («nada de camas de plumas»). O bien: «que la alimentación sea sencilla. Nada de excitantes, sólo algunos dulces y huevos». A cambio, un «alma llena de contenidos ideales, entusiasmo por las ideas religiosas y sobrenaturales, por ejemplo, por la evangelización del mundo o al menos por el trabajo de los paúles y las adoratrices».

«Después se tocan las cuerdas del joven en lo más profundo y éstas dejan escapar un acorde tan perfecto que toda el alma se llena con su sinfonía».

«¡Cúbrete o prostituyete!»

Según una antigua proscripción de origen paulino, la mujer tenía que cubrirse el cabello en la casa de Dios (supra). Esta decisión, símbolo de su dependencia de la voluntad del marido, el único que podía verla con la cabeza descubierta, pronto fue extendida a la vida en el exterior de la iglesia.

LAS PUTAS O PEREGRINARI PRO CHRISTO

La prostitución se conocía desde mucho antes de la época cristiana. Pero no era considerada indigna y, a menudo, incluso se trataba de una profesión sagrada que era ejercida en los templos por miles de jóvenes. Por el contrario, el cristianismo despreció a las prostitutas aunque, a causa de su moral ascética, necesitaba alguna válvula de escape. La prostitución creció, literalmente, a partir de esta válvula. Y, como escribe el teólogo Savramis, a medida que la sociedad se «alineaba» con la moral de los teólogos y de la Iglesia, «el número de las prostitutas iba en aumento».

Los clérigos, que condenaban cada vez con más furia los placeres que ellos mismos disfrutaban ardientemente, presionaron para que aquella institución se mantuviera.

Curiosamente, la materialización más palpable del «vicio» era, para ellos, la más poderosa protección de lo que entendían por virtud. San Agustín, el más importante de los Doctores de la Iglesia, dice: «reprimid la prostitución pública y la fuerza de las pasiones acabará con todo». Tomás de Aquino o el teólogo que se apropia de su nombre piensa que la prostitución es a la sociedad lo que las cloacas al palacio más señorial; sin ellas, éste acabaría por ser un edificio sucio y maloliente. Y el papa

Pío II asegura al rey de Bohemia, Jorge de Podiebrad, que la Iglesia no puede existir sin una red de burdeles bien dispuesta. El oficio de Venus sólo estaba prohibido a las mujeres casadas y a las monjas.

En realidad, una sociedad que no se permite disfrutar de la vida con libertad, una sociedad frustrada, tiene necesidad de las putas. Lo que no podemos encontrar en la Naturaleza, se convierte en necesario cuando la negamos.

Las primeras prostitutas itinerantes de Europa

La excusa aparente también era específicamente religiosa: la piadosa costumbre de las peregrinaciones. Jerusalén, el principal lugar de peregrinación del cristianismo, ya estaba en la Antigüedad estrechamente conectado con el amor venal (supra). Los penitentes y las monjas que se desplazaban a Roma, sucumbiendo durante el viaje a toda clase de necesidades y placeres, sentaron las bases de la prostitución ambulante en Occidente. La mala fama de las peregrinaciones se mantuvo durante siglos. San Bonifacio apeló insistentemente al arzobispo de Canterbury para que pusiera coto a las peregrinaciones o las regulara, ya que, en el camino a Roma, eran muy pocas las ciudades donde no había peregrinos ingleses públicamente amancebados con «mujeres veladas». Tampoco sirvieron de nada ni las medidas de Carlomagno, ni los procedimientos de uno de sus sucesores, que ordenaba arrojar al agua a las prostitutas y prohibía que se les ayudara, ni la picota, los azotes o los cortes de pelo.

El oficio cobró nueva vida precisamente en las Cruzadas (8).

Una legión de rameras en todas las cruzadas y todos los sínodos

Los peregrinos armados siempre iban a Oriente acompañados de un montón de vagabundas. El conde Guillermo IX, que fue el primer trovador y tenía más riquezas y poder que el rey de Francia, iba rodeado durante su pía marcha por tal tropel de fulanas que el cronista Geoffroy de Vigeois atribuyó el fracaso de la expedición a las diversiones del rijoso caballero. Según se cuenta, los franceses fueron acompañados en 1180 por bastante más de mil trotonas de vida alegre. Y en el campamento de

Luis IX (1226-1270), los burdeles se levantaban junto a la tienda del rey, que poco después fue proclamado santo (1297). Los templarios, que eran los contables de los cruzados, pretenden que un año tuvieron a trece mil cortesanas en sus filas. Los cristianos también fornicaban en las cortes árabes y lo hacían con tanto empeño que los musulmanes tuvieron que llamarles la atención. «Parece que se puede interpretar la religiosidad de los cruzados y los caballeros como uno de los intentos más destacados de espiritualidad laica (...)» escribe un teólogo católico. «La religiosidad caballeresca culminó en la religiosidad de las cruzadas».

Naturalmente, las «liebres lascivas» eran necesarias en batallas menos sacrales. Por ejemplo, cuando Carlos el Temerario cercó Neuss en unión del arzobispo Ruprecht de Colonia, en 1474-75, el ejército contaba con mil colchones de campaña.

Posteriormente, el genocida duque de Alba que, con la bendición papal, liquidó ciudades enteras sin perdonar siquiera a los niños, llevó a los Países Bajos a cuatrocientas prostitutas a caballo y ochocientas a pie, que acompañaron a sus tropas «divididas en compañías y alineadas en columnas tras sus respectivos estandartes».

La prostitución florece en los concilios y en las ciudades papales

Las «doncellas» itinerantes tampoco faltaban en ceremonias oficiales y grandes asambleas eclesiásticas. A las cortes de Francfort de 1394 acudieron ochocientas fulanas y a los concilios de Basilea y Constanza se calcula que unas quinientas (cf. supra). Y los funcionarios viajeros también podían incluir sus visitas a los burdeles en la cuenta de gastos. Hasta los estrictos caballeros teutones, que estaban al servicio exclusivo de su «Celestial Señora la Virgen María» y que tenían que pronunciar un juramento que comenzaba: «prometo y hago voto de que mi cuerpo se mantendrá

asto (...)» (cf. supra), llevaban un libro detallado en Konigsberg en el que figuraban las cantidades que habían dado a las «doncellas» que habían «danzado para nosotros»; una elegante manera de referirse a lo que un «sargento de rameras» (un inspector de mancebías), tras una visita al burdel, registraba en su cuenta de gastos con algo más de precisión: «he jodido; treinta peniques».

No es casualidad que las ciudades papales siempre estuvieran atestadas de prostitutas. Petrarca ofrece esta información respecto a Avignon y, du nte bastante tiempo, Roma fue famosa por el gran número de puellae publicae que albergaba.

Una estadística bastante fiable acredita que en 1490 había en dicha ciudad seis mil ochocientas mujeres públicas... para menos de cien mil habitantes; una de cada siete romanas era prostituta. Incluso es posible que las cortesanas modernas (un término que tiene difícil traducción en inglés y en alemán si exceptuamos un concepto tan vago como el de «Buhierin», de «buhien», galantear , mientras que las lenguas latinas están llenas de sinónimos: «corteggiana» «concubina» «maítresse» «grande amoureuse» «grande cocotte» «femme entretenue» etcétera) sur' gieran en la corte papal de Avignon. Allí había una gran cantidad de mujeres hermosas y una mujer del entorno de un señor eclesiástico sólo podía ser su concubina, como ocurriría posteriormente en Roma.

Los burdeles estaban al lado de las iglesias

Las primeras casas públicas aparecieron a comienzos del siglo XIII y en el siglo XIV se multiplicaron en todas partes. Sus calles llevaban nombres femeninos: Rosenhag, Rosental; las denominaciones alemanas de los establecimientos podrían traducirse por casas de mujeres, casas de hijas, casas comunes, públicas o libres, cortes de vírgenes, y a sus empleadas se las llamaba «hijas libres», «señoritas de placer», «muchachas públicas», «pelanduscas», «niñas monas» y otras tantas expresiones. En la Baja Edad Media casi todas las ciudades contaban con su burdel muchas veces con el propósito explícito de proteger la moral de sus ciudadanos y, significativamente, la mayoría de las veces se encontraba en una bocacalle cercana a la iglesia.

Los duques Ernesto y Guillermo regalaron en 1433 a la capital de Baviera «una casa de mujeres» con «muchachas públicas» para que se «promueva la castidad y la honestidad de hombres y mujeres en nuestra ciudad de Munich (...)» El duque Segismundo puso en 1468 la primera piedra de la actual catedral de Nuestra Señora... probablemente con las mismas intenciones.

En Würzburg, las dueñas de los burdeles que eran funcionarías de la ciudad y, entre otras cosas, tenían que reclutar «pájaras» prestaban un triple juramento de fidelidad: al consistorio, al obispo y al capítulo de la catedral. La Ordenanza de

Mancebías de Nordlingen de 1472 comenzaba: «de modo que la Madre de la Santa Cristiandad, para prevenir mayores males, tolera que pueda haber una casa con muchachas libres en un municipio (...)».

Incluso la pequeña población de Volkach, situada en la Baja Franconia (y conocida por su Virgen), poseía un burdel en la época de florecimiento del catolicismo.

La historiografía conservadora denomina a todo esto integración «mediante la benevolencia». «También a este respecto, la cristiandad ennobleció a la Naturaleza sin violentarla; la 'hija de Dios' debía tener un espacio reservado no sólo a sus instintos nobles, sino también a su desenfreno y sus vicios». (10). En realidad, la «hija de Dios» no necesitaba un «espacio reservado», al menos no uno de esa clase; lo que necesitaba era al hombre, al que la Iglesia mantenía bajo tutela sexual. Y la mayor parte de las mujeres que no se ofrecían en público no recibían ningún «espacio reservado» sino, en todo caso, palos y un cinturón de castidad (supra).

Promovían la Inmaculada Concepción y construían burdeles

Pero el clero también se apresuró a aprovechar la prostitución económicamente. En no pocas ocasiones, ambas esferas estuvieron conectadas administrativa y financieramente, por lo que se produjeron conflictos de competencias entre las ciudades y la nobleza. Todos querían poner a las rameras bajo sus órdenes, a menudo cobrándoles elevados impuestos que, en algunas ocasiones, se convirtieron en la parte más significativa de los ingresos, como ocurría en Augsburgo a finales del siglo XIV. La ciudad papal de Avignon también tenía una casa de placer pública.

Y en Roma abrieron burdeles algunos Vicarios de Cristo, como Sixto IV (1471-1484) constructor de la Capilla Sixtina y promotor de la festividad de la Inmaculada Concepción o Julio II (1503-1513); Sixto, que se entregaba a los excesos sexuales más frenéticos, percibía por sus rameras impuestos por valor de veinte mil ducados al año. Clemente VII exigió que la mitad de la fortuna de todas las prostitutas se dedicara a la construcción del convento de Santa María della Penitenza y, probablemente, la propia basílica de San Pedro fue parcialmente financiada con esta clase de ingresos.

De un prelado alemán con fama de muy culto se dijo que en sus casas había tantas fulanas como libros en su biblioteca. Un cardenal inglés adquirió un burdel; un obispo de Estrasburgo construyó otro; el arzobispo de Maguncia se quejaba de que las mancebías municipales perjudicaban a sus propias empresas. Como pastor de todos, también quería gobernar a todas las prostitutas... «íntegramente». Y es que, según razonaba, la moral discurre por los cauces correctos sólo cuando el negocio está «en manos dignas». Es significativo que la Inquisición, en general, aunque hacía la vista gorda con los burdeles, perseguía a las damas que fornicaban por su propia cuenta. Los abades y las superioras de reputados conventos también mantenían casas de placer: ¡y, además, tenían «casas de la Magdalena» para pecadoras arrepentidas!

La surpriora del conocido convento vienes de San Jerónimo para «mujeres descarriadas», Juliana Kleeberger, no sólo se casó en la época de la Reforma con su capellán Laubinger, sino que, además, acabó dedicándose a la prostitución.

Por tanto, resulta algo cómico que la moderna teología moral califique a la prostitución que tantos servicios ha prestado a papas, obispos, conventos, cruzados, soldados cristianos y a toda la Iglesia como «la más indigna y escandalosa forma de fornicación» y que subraye que la culpa y la vergüenza no sólo recaen en las prostitutas, sino «asimismo en quienes las utilizan».

El hombre medieval no sólo obligaba a las prostitutas a mantener relaciones sexuales, sino también a algunos ejercicios puramente espirituales. En una abadía de Avignon conocida como el «silo del amor» no podían perderse ningún oficio divino.

Las delincuentes profesionales fueron incorporadas a la vida religiosa. Se sentaban en la iglesia ante el altar penitencial, donde también se reclinaba el verdugo, y tenían su propia patrona. Santa María Magdalena, aunque veneraban asimismo a la Virgen

María, en cuyos cepillos ponían todas las semanas algo de dinero. En esas circunstancias, el clero invocaba las palabras de Jesús a los fariseos: «los publícanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos».

En el imperio de los zares, los burdeles estaban repletos de reliquias e iconos. Cada fulana tenía colgado en su habitación a un santo protector al que rezaba antes del acto (ora...), lo cubría después (...et labora) y lo destapaba al terminar para volver a darle las gracias y ofrecerle un cirio o un poco de dinero. En la católica España, las mujeres de la calle debían rezar frente a la iglesia antes de iniciar la jornada .

Pastores de almas en el burdel y sífilis

Eventualmente, las prostitutas entraban directamente al servicio de la moral cristiana. Como ocurría en Venecia, tenían que reclinarse junto a una ventana abierta con el pecho descubierto o salir a la calle para impedir los contactos sexuales entre hombres y adolescentes.

En ningún caso les estaba permitido acostarse con judíos, gitanos, turcos y paganos.

Tampoco debían hacerlo con sacerdotes ni éstos con ellas. Aunque, en realidad, los clérigos y los monjes frecuentaban los burdeles.., se supone que para convertir a sus inquilinas en «arrepentidas». Algunos pastores de almas incluso sacrificaban el sueño para conseguirlo. En 1472, la ciudad de Nordlingen les prohibió pasar la noche entera en los burdeles y en 1522 la ciudad de Schaffhausen concedió al alguacil el derecho de embargar las ropas de los sacerdotes sorprendidos en la mancebía.

Casi nadie siguió los consejos de la Iglesia para que las «perdidas» fueran salvadas mediante el matrimonio. En todo caso, llevarse una prostituta a casa era menos frecuente que llevarse una sífilis, la «plaga del placer», la «enfermedad del santo Job», llamada también «morbus gallicus», una epidemia que asoló Europa desde finales del siglo XV hasta mediados del XVI, afectando sobre todo al clero no por casualidad , que la extendió cada vez más. Decenas de miles de personas murieron; prelados y los más altos dignatarios eclesiásticos fueron contaminados, entre otros el papa Julio II, un antiguo franciscano, padre de tres hijas «naturales».

Necesitaban a las prostitutas... y por ello se vengaban de ellas

A medida que progresaba la plaga, de la que se hacía responsables a las meretrices,

comenzó una caza de brujas contra ellas en toda la regla. Aunque las deseaban, las necesitaban y las explotaban sexual, económica y espiritualmente, no dejaban por ello de considerarlas pecadoras e infames. No obstante, la actitud hacia ellas osciló, a menudo en la misma época, entre la tolerancia y la más profunda aversión. En algunas ciudades obtuvieron el derecho de ciudadanía y un cierto derecho de agremiación; se entregaba a una «mujercita» como premio de algún torneo o se hacía bailar a la más hermosa con el gobernador dos veces al año en la plaza del mercado. Pero, en otras partes, las prostitutas eran obligadas a llevar una ropa determinada, se les impedía visitar las posadas y los baños públicos o se las colocaba bajo la vigilancia del verdugo o del alguacil.

En el fondo, las prostitutas eran despreciadas y proscritas. Aunque algunas se hacían ricas, como aquella cortesana vienesa que abandonó el concilio de Constanza con ochocientos escudos de oro, la mayoría vivían miserablemente, apartadas de la sociedad, al igual que el verdugo o el enterrador. No les estaba permitido participar en los juicios, podían ser expulsadas de la ciudad o de la región sin posibilidad de apelación y a menudo podían ser insultadas y maltratadas aunque no asesinadas impunemente. Y es que se vengaban de ellas porque las necesitaban. Y cuanta más castidad se exigía, más las necesitaban. «A más frustración, mayor demanda de prostitutas... y más sentimiento de vergüenza por parte de los clientes. Cuanto mayor es la vergüenza, mayor es el deseo de venganza. El hombre, en lugar de castigarse a sí mismo, castiga a la prostituta».

Algunas prostitutas reformadas que abandonaban las casas de penitencia y los conventos de María Magdalena eran encerradas en prisión y desterradas posteriormente. Si volvían a ejercer su oficio las entregaban al verdugo o las ahogaban. A finales de la Edad Media, las prostitutas eran tratadas como mercancías: vendidas, cambiadas, empeñadas; al proxeneta se le denominaba «Manger» («mango»: tratante de esclavas) y si morían las enterraban en el muladar.

A medida que se propagaba la sífilis, fueron expulsadas de los burdeles, se convirtieron de nuevo en vagabundas y, en muchas ocasiones, fueron perseguidas.

Se castigó cualquier forma de prostitución: con el destierro, la picota, azotes, marcas a fuego, extirpación de nariz, orejas, manos y pies, ahogamiento y toda clase de castigos corporales, incluyendo la pena de muerte. Las rameras eran consideradas criminales y, puesto que no les quedaba otro remedio, se mezclaban con los mismos criminales. Hasta mediados del siglo XIX, eran azotadas en público.

Hoy en día, en la República Federal hay al menos doscientas mil prostitutas profesionales o eventuales y en los Estados Unidos son, como mínimo, medio millón, pero en Suecia, significativamente, apenas quedan algunas. Un sociólogo sueco explica este hecho: «es tan fácil conseguir una joven hermosa..».

Si volvemos la vista atrás, resulta evidente que la pedagogía sexual que los clérigos han venido predicando durante tanto tiempo no ha servido de nada y que, en el fondo, la cristiandad siempre ha estado engolfada en los pecados condenados; lo que, por otra parte, queda confirmado, sobre todo, por los libros, los sermones y las imprecaciones de los propios teólogos.

Dios no se volvió indulgente hasta la Edad Moderna

Hoy las cosas parecen completamente diferentes; Dios se ha vuelto humano y comprensivo.

Pero de todas maneras…No hay nada más evidente: el sacramento de la penitencia no pone trabas al pecado.

…Así que el pecado es tan obvio para los cristianos como el nacimiento y la muerte.

Domina sus vidas porque la Iglesia les domina a ellos. Y la Iglesia domina, sobre todo, por medio de aquellos pecados que son, con diferencia, los más frecuentes: los pecados sexuales. …

Hay que ver con qué lujo retórico los antiguos Padres de la Iglesia atizan el odio al «pecado», al «amor a las cosas malas…
Cada vez se hace más evidente que, como dice Wilheim Reich, «la energía sexual inhibida se transforma en destructividad»; que «la disposición al odio y los sentimientos de culpabilidad del ser humano dependen, al menos en su intensidad, de la economía de la libido, que la insatisfacción sexual aumenta la agresividad y la satisfacción la reduce».

….La investigación etnológica ha hecho observaciones parecidas. Los pueblos sensuales y con una vida sexual libre no sólo padecen menos trastornos personales y sociales, sino que también tienen menos robos y asesinatos que los pueblos con una actitud negativa hacia la sexualidad.

…¡Cuánto mal han causado y causan los neuróticos que descargan sus tensiones psíquicas, al tiempo que atormentan a los demás con la pedantería, el doctrinarismo y el comadreo sólo porque ellos mismos fueron atormentados por la moral dominante! Y es que, la mayoría de las veces, el neurótico, en su niñez, fue educado en la pureza y la castidad.

Por qué les gusta tanto la tortura sexual

No es casualidad que la crueldad se concentre tan a menudo en la genitalidad


La ley de educación sexual se enmarca en este panorama (...) Esto probablemente nos aclarará por qué antes hemos llamado la atención acerca del estrecho nexo existente entre la mujer y el animal: la sexualidad conduce a la bestialidad».

Una historia de dos mil años salpicada de sangre y crímenes aclara a dónde conduce la Iglesia. Su moral sexual forma parte de ella: en el pasado y en el futuro. En la actualidad, cuando una parte importante de la humanidad padece de desnutrición o incluso se muere de hambre, esta Iglesia se vuelve abiertamente y con toda la brutalidad que la caracteriza contra los programas de control de natalidad. Así, el

mismo Juan Pablo II (Wojty-la) dijo en un discurso pronunciado el 7 de junio de 1984 ante el secretario general de la Conferencia Mundial sobre las Problemas de la Población que «la Iglesia condena como una grave ofensa contra la dignidad humana y la justicia todas las actividades de gobiernos y otras autoridades públicas que, de algún modo, intenten limitar la libertad de los esposos para decidir sobre su descendencia. Por consiguiente, cualquier medida coactiva de estas autoridades en favor de la prevención de embarazos, la esterilización o el aborto debe ser

rotundamente condenada y rechazada con toda energía. Del mismo modo, hay que calificar de grave injusticia el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica a los pueblos subdesa-rrollados se haga depender de programas para la prevención de los embarazos, la esterilización y el aborto» (Familiaris

consortio, nr. 30).

La cifra de víctimas, por muy alta que sea, nunca ha despertado la compasión de los papas. A Juan Pablo II los millones de muertos de hambre le dejan frío. Tanto si habla en Fulda como si lo hace en Nueva Guinea, siempre permanece frío y despiadado, siempre insiste en anunciar «el desafío de Jesús (!) sin vacilaciones y sin omisiones». «No temamos nunca que el reto sea demasiado grande para nuestro pueblo. Ellos han sido redimidos por la preciosa sangre de Cristo y son Su pueblo».

Por supuesto, el gran cazador de almas también sabe que «en los tiempos actuales la vida de los pueblos está (...) marcada por acontecimientos que dan fe de la oposición a DIOS, a Sus planes de amor y santificación, a sus leyes en el ámbito de la familia y el matrimonio (...) De modo que también podemos decir que la sociedad actual se encuentra en medio de una ola que la separa del Creador y del Redentor JESUCRISTO».

Uno casi querría exclamar: ¡gracias a Dios! Sólo cabe esperar que esa ola no deje de extenderse, de agrandarse, que un día pueda tragarse toda esa Salvación en la que lo único seguro son los beneficios de los salvadores.

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