Tesis de grado para optar al título de Doctor en Teología




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II PARTE



EXPLORANDO LA HISTORIA...



INTRODUCCIÓN



“El que no conoce la historia está condenado a repetirla”. Estas palabras del filósofo George Santayana resaltan la importancia que tiene el recordar el pasado para no caer en los mismos errores cometidos anteriormente. Por eso, en esta sección nos concentraremos en la constatación de algunos elementos temáticos que deben ser tenidos en cuenta al tratar de responder pastoralmente al problema de las personas homosexuales. Estos elementos podrán iluminarnos el sentido de la lectura de las fuentes de toda reflexión cristiana: la Escritura, la Tradición y el Magisterio de la iglesia.



3. El PROBLEMA DESDE LA PERSPECTIVA BÍBLICA


El Catolicismo en general, insistía en que sus enseñanzas morales están basadas primariamente en la razón humana. Sin embargo, últimamente ha habido un cambio. Desde el Concilio Vaticano II, la teología moral ha concedido más importancia al papel de la Escritura, aunque las enseñanzas sobre la sexualidad todavía se supone que están basadas en la ley natural y en la razón. Además, se supone que la razón y la Escritura no pueden contradecirse.
La Carta sobre la Atención Pastoral a las Personas Homosexuales, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en realidad gasta mucho más tiempo discutiendo la base escriturística de sus juicios, que en la ley natural y en la razón. La Carta se concentra en las causas de la confusión con respecto a las enseñanzas de la Iglesia, haciendo énfasis en las interpretaciones escriturísticas recientes. La Congregación cita y explica siete textos diferentes, para probar que las relaciones homosexuales son moralmente malas. La carta de 1986 rechaza la nueva exégesis de la Escritura “que afirma de diversas formas que la escritura no tiene nada que decir sobre el tema de la homosexualidad, o que de alguna manera la aprueba tácitamente, o que todas sus enseñanzas morales están tan ligadas a la cultura que ya no son aplicables a la vida actual. Estos puntos de vista son gravemente erróneos y exigen una especial vigilancia” (n. 4). Así explica el documento por qué presta tanta atención a las Sagradas Escrituras.
A pesar de esta fuerte condena de algunas interpretaciones contemporáneas de la Escritura, la Congregación permanece fiel al talante Católico cuando reconoce explícitamente diferencias históricas y culturales entre los tiempos bíblicos y nuestra época. (N. 5). La carta acepta explícitamente que sus propias conclusiones acerca de la homosexualidad no se deducen lógicamente de una comprensión diáfana de la Escritura: “Lo que debería notarse es que, en la presencia de tan asombrosa diversidad, hay sin embargo una consistencia clara al interior de las mismas Escrituras sobre el asunto moral del comportamiento homosexual.” (N. 5). Hay que destacar ese “sin embargo”.
Muchos exégetas, desde Derrick Sherwin Bailey en 1955, hasta el presente, han usado la diferencia cultural de la Escritura con respecto a la época actual, y sus condicionamientos históricos, aceptados por la Congregación, para justificar las relaciones íntimas entre homosexuales constitucionales que se comprometen a llevar una vida de fidelidad en el amor. En tal caso, se puede recurrir a la comprensión metodológica que propone la carta de 1986, sobre el papel de la Escritura para determinar la moralidad Cristiana, y concluir en un juicio moral no tan negativo acerca del comportamiento homosexual.
En la Iglesia Católica, la autoridad para enseñar está centrada en el MAGISTERIUM, que es ejercido por el Papa y los Obispos, quienes como sucesores de los Apóstoles “son los auténticos maestros, es decir, los maestros dotados de la autoridad de Cristo [...] Los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto”.176 En la Edad media, el término MAGISTERIUM tenía un significado más amplio, incluyendo el magisterium de la sede catedralicia (la enseñanza autorizada del Obispo) y el magisterium de la cátedra profesional (la enseñanza autorizada del teólogo).177 Hoy en día los Obispos y teólogos están llamados igualmente a trabajar juntos, puesto que “aunque tienen diferentes dones y funciones, finalmente tienen la misma tarea: preservar al Pueblo de Dios en la verdad que lo hace libre, y por tanto lo convierte en "luz de las naciones". Este servicio a la comunidad eclesial une al teólogo y al magisterium en una relación recíproca”.178
Bernard Haring afirma que el papel específico del teólogo moral consiste en acercar el mensaje de la Biblia a la experiencia humana del presente. “El ETHOS propio del teólogo moral es una memoria agradecida, un espíritu de aprecio por lo que se ha recibido de la cultura y generación pasadas, combinado con una gran apertura para cultivar el espíritu de discernimiento”.179 Por tanto, el teólogo tiene un papel muy activo en la búsqueda de la verdad, porque algunas veces en el proceso de discernimiento se pueden presentar dificultades en la enseñanza del magisterium. Entonces el teólogo tiene “la tarea de hacer conocer... los problemas suscitados por la enseñanza misma, en los argumentos presentados para justificarla, o incluso en la manera en la cual es presentada”.180 Como estudiosos e intérpretes de la Sagrada Escritura, los teólogos deben ser sensibles al hecho de que la palabra de Dios se comunica en lenguaje humano, y por tanto, deben buscar el sentido que “el escritor sagrado intentaba expresar, y de hecho expresó, por medio de la forma literaria de su época”.181
Reconociendo que en los textos Bíblicos se mezclan principios morales universales e instrucciones sobre pureza ritual y legal particulares, la Comisión Bíblica Pontificia señala que, cuando los fieles plantean preguntas concretas : “en muchos casos la respuesta puede ser que no existe ningún texto Bíblico que considere explícitamente el problema propuesto... En los asuntos más importantes básicamente permanecen firmes los principios morales del decálogo.” La Comisión considera que el fundamentalismo es peligroso porque puede engañar a la gente “que busca en la Biblia respuestas inmediatas a los problemas de la vida cotidiana”, ofreciéndoles soluciones “que son piadosas, pero ilusorias”.182


    1. LA HOMOSEXUALIDAD EN LA HISTORIA DE LAS RELIGIONES


En la Declaración “Nostra aetate”, sobre las relaciones de la Iglesia con las Religiones no Cristianas, los Padres del Concilio Vaticano II afirmaban que estas Religiones “no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”.183 Esta idea coincide con la que ya había manifestado San Justino en el S. II, al decir que las Religiones Paganas son “semillas del Verbo”184, a partir de las cuales puede germinar la Verdad Eterna. Además, la Constitución “Lumen Gentium” establece que todo lo que hay de bueno y verdadero en esas religiones puede considerarse como una “preparación para el Evangelio”.185 El reciente documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Dominus Iesus, insiste una vez más en la idea de que “las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad, que proceden de Dios, y que forman parte de ‘todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones”.186 Teniendo en cuenta estas consideraciones, antes de presentar la manera como el fenómeno de la homosexualidad ha sido tratado por los autores Bíblicos, es conveniente hacer un breve repaso sobre este mismo tema en las diferentes Religiones que ejercieron alguna influencia en la formación de nuestras Escrituras. En el capítulo anterior ya se han mencionado algunas prácticas religiosas y mitos en los cuales profundizaremos un poco más aquí.

En primer lugar debemos hacer una historia breve del desarrollo del tema de la sexualidad en relación con la religiosidad de los pueblos primitivos, para establecer claramente la ruptura que representó la concepción monoteísta de Israel en este aspecto de la cultura. Inicialmente, los pueblos nómades vivían de la caza y de la recolección de frutos. Para estos pueblos era obvio que la tierra producía sus frutos sin ayuda de nadie. Por ello concebían una diosa-madre, es decir, la madre-tierra que era el origen de la vida. Esta concepción incidía en su comprensión de la sexualidad. Creían que la maternidad se debía a la inserción del niño, que originalmente vivía en bosques y cavernas, en el vientre materno. Posteriormente, cuando estos pueblos se hicieron sedentarios, apareció la agricultura y comenzó la civilización urbana. Esto produjo un cambio en la visión acerca de la sexualidad. El suelo fértil se asimiló a la mujer, y de ahí surgió el matriarcado. La actividad de arar la tierra se llegó a identificar con la cópula sexual. Entonces surgieron los ritos de iniciación y las “orgías sagradas”, en las cuales los jóvenes penetraban la tierra con el pene para fecundarla. En este mismo contexto aparece la prostitución sagrada. La sexualidad era una experiencia religiosa, se percibía en relación con el mundo de la trascendencia. El hombre primitivo concebía la sexualidad como una fuerza tal, que hacía referencia a otra realidad. Esto es lo que hoy se conoce como el poder de transignificación de la sexualidad.
Ante la sacralización de la sexualidad, los Israelitas propusieron una visión diferente. A partir de Dt 6, 4 (“Escucha, Israel. Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh.”), Israel hace una nueva interpretación. El monoteísmo de la Religión Yahvista ya no deja cabida a la presencia de la diosa-madre-tierra. Tampoco tiene ahora sentido la unión entre dioses masculinos y femeninos, representada entre los antiguos por la sexualidad humana. Según esta nueva concepción, el amor humano es asumido por el Amor de Dios y es capaz de significarlo. Desde la perspectiva de la Alianza, la sexualidad humana es capaz de transignificar la relación de Dios con su pueblo. Por tanto, el encuentro entre Dios y el hombre está estrechamente relacionado con el encuentro de la pareja humana.
Esta ruptura con la concepción antigua de la sexualidad se dio sobre todo a nivel de los profetas y los sabios celosos de la Religión Yahvista. A nivel del pueblo raso la realidad fue completamente distinta. Aunque, desde el punto de vista teológico, Israel condenó los mitos y ritos Cananeos, en la práctica se siguieron las costumbres de estos pueblos. Entre ellas se destacan la idolatría y la prostitución sagrada, que fueron el objeto del más tenaz anatema por parte de los profetas. El pueblo elegido siempre vivió en la tensión entre el ideal propuesto por la Revelación y la tentación del sincretismo con las prácticas de sus vecinos. De ahí que la oposición de los autores Bíblicos a la religiosidad extranjera fuera tan dura y excluyente. En la segunda parte de este capítulo veremos que el concepto Bíblico negativo acerca de ciertos actos homosexuales puede inscribirse dentro de este rechazo general hacia la idolatría y las costumbres anejas a ella.


      1. Mesopotamia
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