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«To my beloved brother, Kiliaen Love, Joana»23.

—Yo tenía el libro en las manos aquella horrible noche en que mataron a mi padre, y lo he conservado como oro en paño durante mi exilio. Es lo único que me queda de mi pasado. Mi hermana me lo había regalado para que yo aprendiera a leer —murmuró el holandés con emoción—. Ella tenía que darme la primera lección al día siguiente… Yo estaba tan impaciente que me lo había llevado para dormir con él. No sabía que tendría que esperar cincuenta años. Pero como suele decirse, más vale tarde que nunca, ¿no os parece?

—Sí, efectivamente —balbuceó Alexander.

—¡Bien, empecemos!

Durante casi una hora, el escocés hizo de maestro de escuela improvisado. El alumno se reveló particularmente dotado. No había olvidado del todo su lengua materna, lo que facilitaba el aprendizaje de la lectura. Ya habían leído la historia de la vaca que saltaba por encima de la luna y la de los tres marmitones sentados en una taza cuando el holandés cerró el libro y se lo metió en el bolsillo.

—¡Ya es suficiente por esta noche! —anunció antes de sacar una hermosa pipa de loza pintada con bonitos motivos de colores.

La noche, fresca y húmeda, sumía los bosques que se encontraban detrás de ellos en una espesa oscuridad. Una serie de sonidos extraños, ahora ya familiares para Alexander, se elevaban por todas partes. Los viajeros estaban instalados alrededor del fuego, que crepitaba suavemente, y de vez en cuando escupía un chorro de chispas que se arremolinaban en el aire como una bandada de luciérnagas. El ambiente era más tranquilo que la víspera. Tan sólo les alcanzaban ocasionalmente algunos gritos y retazos de historias. El holandés hizo saltar chispas en su pedernal varias veces refunfuñando. Por fin, surgió una llama que iluminó su cara, dorando su barba y sus cejas. Encendió la pipa y dio una larga calada, que exhaló lentamente.

—Los tiempos cambian, pero el hombre siempre es el mismo. El hombre…, la criatura más bella de Dios. ¿No os parece?

—No, señor, no opino lo mismo.

—Killie, Alexander.

—Yo prefiero decir «señor» de momento, si no veis inconveniente.

El holandés se lo quedó mirando un instante. Después, su barba se estremeció y su bigote se estiró.

—De acuerdo. Así que yo me equivoco… y vos tenéis razón. El hombre es la criatura más aterradora sobre la tierra. Por supuesto, están los tigres de Bengala, los caimanes, los crótalos, los lobos…, que atormentan a los niños por la noche. Pero esas bestias se guían por el instinto. Matan para alimentarse, para defender a sus crías. Para ellas es una cuestión de supervivencia, nada más. Os atacan si os encontráis frente a ellas en el momento inoportuno. En cuanto al hombre, es diferente. Cuando su supervivencia está asegurada, necesita ocuparse de la mente. Busca un cierto bienestar. Pero algunos seres desengañados tienden desgraciadamente hacia el vicio, y después hacia la perversidad y la crueldad. Acaban por encontrar la felicidad en el sufrimiento de los demás. ¿Qué es lo que os hace feliz, amigo?

Atónito, Alexander se quedó mudo. ¿Lo que le hacía feliz? Si al menos lo supiera… Intentó encontrar en su memoria imágenes de momentos felices que había vivido. Le apareció el rostro de Isabelle, y enseguida lo ahuyentó. Después, fue un cielo estrellado, atravesado por la vaporosa cinta de la Vía Láctea. Luego surgió un campo de avena ondulante bajo la brisa, con una mujer en el centro, con una cesta bajo el brazo y un perro brincando a su lado: su madre y su perro, Branndaidh. Después, fue John salpicándolo en el lago, riendo a carcajadas y sumergiéndose en el agua helada.

—Lo que me hace feliz es inaccesible para mí… —farfulló bajando los ojos.

—Todos creemos que lo que nos es inaccesible nos haría felices. Pero bien debe de haber alguna felicidad al alcance de vuestra mano, ¿no?

Los reflejos del mango barnizado de su puñal llamaron la atención de Alexander, que recordó entonces al viejo cura O'Shea y sus sabias palabras olvidadas desde hacía tanto tiempo: «Hacer una actividad que nos lleve a contemplar la perfección». Una actividad que ocupara la mente y ahuyentara todas las preocupaciones, que obligara a admirar la belleza, esa que… proporcionaba felicidad, aunque no fuera más que por un instante. Con la punta de los dedos, el joven acarició los motivos del mango, cuyos detalles se desgastaban. Hacía mucho tiempo que no había esculpido nada.

—Me gusta trabajar la madera, a veces.

—Eso lo tenéis a vuestro alcance, está bien. Ahora decidme, ¿qué hay del dinero y el poder? ¿No os tientan?

—Por lo que respecta al dinero, señor, no tengo mucho. En cuanto al poder, me es indiferente.

—Pero ¿qué haríais si os ofreciera los dos?

Perplejo, Alexander frunció el ceño. ¿Había una trampa? ¿Un sentido oculto en la pregunta del holandés?

—Para ser honesto, no lo sé, señor. Creo que me compraría una tierra.

—Y construiríais una hermosa casa; compraríais caballos de tuza, coches confortables; contrataríais servicio doméstico…

Alexander se preguntaba realmente adónde quería llegar el comerciante.

—Señor, desde siempre, lo único que he poseído ha sido mi vida. Tan sólo mi valor, mi orgullo y… mi inteligencia, si me lo permitís, han hecho posible que la conservara hasta hoy. No pido otra cosa a Dios más que paz. Lo único que quiero es no volver a tener que empuñar un arma para ver salir otra vez el sol. Tomo lo que me dan; no intento obtener lo que el destino no ha puesto en mi camino. Es la lección que he aprendido de lo que he vivido.

—Someterse al destino; reconocer su finitud. Eso es todo sabiduría. Si todo el mundo fuera como vos, la vida sería mucho más simple y la justicia común tendría más sentido. Pero, por supuesto, no es el caso. Hay demasiados hombres que sienten atracción por el vicio y repugnancia por el bien. Yo también he aprendido a renunciar, Alexander…, al poder, a la riqueza, a la lujuria, a todas estas cosas extremas que no garantizan la felicidad, a fin de cuentas. Con el tiempo, he aprendido que ciertos placeres no reportan necesariamente la felicidad, que los caminos que seguimos para obtenerlos nos alejan las más de las veces de la moral y nos conducen a las torturas del alma. Desde que he renunciado, me siento mejor. Creed lo que queráis…, que busco en mi rehabilitación espiritual obtener la clemencia divina a la hora de mi juicio final. Quizás…, en fin. De todos modos, todavía me falta realizar una cosa para no tener en absoluto mala conciencia, para sentirme liberado. Es ahí donde intervenís vos. Sois fundamentalmente honesto.

—¿Qué esperáis de mí, señor?

—Quiero confiaros un tesoro, amigo mío. Para algunos, como para mí mismo en un momento dado, representa el poder y la riqueza. Pero en la actualidad, para mí representa la vida de hombres, de mujeres y de niños que son inocentes. La supervivencia de un pueblo. Sin duda, habréis oído hablar del levantamiento de las poblaciones de los Grandes Lagos…

—Las matanzas de las guarniciones inglesas por parte de Pontiac, sí.

—¿Conocéis las razones que han impelido a Pontiac a cometer esas matanzas?

—Los ingleses matan de hambre a su pueblo y lo tratan con desprecio.

—Si se quiere. Es cierto que el general Amherst no era conciliador con los nativos del país. Deseaba su desaparición. Los soldados han recibido la orden de no volver a intercambiar armas por pieles. Thomas Gage, el sustituto de Amherst, me parece más humano. Desgraciadamente, la semilla de la ira ya está sembrada y ha germinado en el corazón de los pueblos autóctonos. No quiero culpar de todo ello a las autoridades británicas, aunque hayan contribuido en mucho al nacimiento del odio. Pero lo que hoy están haciendo los ingleses, ayer lo hacían los franceses, en cierto modo. Los métodos difieren, pero el resultado es el mismo. Los salvajes no nos necesitaban para sobrevivir. Se las apañaban bastante bien antes de que nosotros pusiéramos el pie aquí. Desgraciadamente, no hay vuelta atrás… He vivido entre esta gente el tiempo suficiente para aprender algunas de sus lenguas y sus costumbres, y para entender, en parte, su forma de ver las cosas. Estos hombres y estas mujeres han comprendido lo que nosotros los blancos nunca comprenderemos: nada de todo lo que conforma este mundo nos pertenece ni nunca nos pertenecerá. La tierra, los animales, las plantas, al igual que nuestra vida, nos son prestados, en cierto modo. El único poder que nos otorga el Ser supremo es el de disfrutar juntos de lo que la tierra nos ofrece. Por lo tanto hay que compartir. El problema es que el hombre blanco no comparte; se lo queda todo. Su deseo de poseerlo todo lo ha hecho enfermar. ¡Ah, por supuesto! Las dos razas han acabado por aprender a coexistir. Pero los autóctonos están contaminados por la enfermedad del hombre blanco. Hoy en día, ya no pueden cazar sin fusil ni pólvora; ya no pueden vestirse si no es con Irlas de lana o de algodón. Ya no escuchan la voz de sus antepasados, sino la de los hombres de los cuales dependen para obtener lo que necesitan. Han perdido su alma, amigo mío. Ahora bien, un pueblo sin alma ya no es un pueblo.

El holandés hizo una pausa durante la cual una voz lejana se elevó en la mente de Alexander: «No permitas que te roben el alma…». Eran las palabras de la abuela Caitlin… La muerte de un pueblo, de sus tradiciones, de su lengua… ¿Cumplía él su promesa? Un ruido seco devolvió a Alexander a la realidad del momento. El comerciante golpeaba la pipa contra la bota. Después la hizo desaparecer en su bolsa.

—¿Qué esperáis? ¿Queréis salvar a toda esa gente? —quiso saber Alexander con una punta de sarcasmo.

El holandés dejó ir un largo suspiro y se encogió de hombros.

—No, eso nunca lo conseguiría. Pero me niego a seguir contribuyendo a su pérdida. El verano pasado me encontraba en la región de los Grandes Lagos en el momento en que sucedieron esas matanzas. Asistí a la masacre del fuerte Miami24. Acababa de proporcionar una cincuentena de fusiles y pólvora y municiones a los salvajes. Tal vez fui ingenuo o ciego… Creía en mi misión, que era la de ayudar a esos pueblos desprovistos de todo que los ingleses pretendían empujar hacia el oeste para apropiarse de sus tierras. Sin embargo, ese día, el comandante del fuerte, Robert Holmes, fue atraído hacia el exterior por su amante, una salvaje. Entonces, murió fríamente a manos de un hombre al que yo acababa de armar. Su ayudante, alertado por el disparo, se precipitó hacia él para socorrerlo y corrió la misma suerte. Los salvajes cortaron la cabeza a Holmes y la exhibieron por encima de los muros del fuerte. Después, me pidieron que parlamentara con los soldados: los dejaban salir ilesos si abandonaban el lugar. Tonto de mí, le ofrecí ese trato a la guarnición. Los soldados, aterrorizados, aceptaron inmediatamente y, enseguida, abrieron las puertas… Sólo seis de ellos pudieron escapar. Un aplazamiento nada más, ya que fueron quemados vivos unas horas más tarde.

El viejo comerciante giró su rostro atormentado hacia Alexander. Tenía los ojos húmedos.

—Armé ingenuamente a esa gente con la finalidad de ayudarlos a alimentarse, pero ellos cazaron algo bien diferente de lo que yo pensaba, Alexander. ¡Soy el responsable de la masacre de toda una guarnición! Por supuesto, era un asunto entre guerreros, pero… Me pregunté entonces cuándo iba a acabar todo eso. He visto cosas que me atormentan por las noches hace ya casi un año. He visto pueblos enteros diezmados por la enfermedad. El coronel Bouquet, gobernador del fuerte Pitt, valiéndose de su voluntad de declarar una tregua, hizo distribuir a modo de regalo unas cajas de metal que contenían unos supuestos remedios. Sólo podían ser abiertas en los pueblos. En realidad, contenían unos pedazos de mantas contaminadas con viruela. La epidemia todavía causa estragos… Después del ataque sorpresa que llevaron a cabo unos senecas, odawas y chippewas contra un convoy del ejército, en el asentamiento comercial de Niágara, los ingleses se libraron a todo tipo de infamias posibles para eliminar a los salvajes. La orden es disparar a matar. Se ofrece una recompensa por la cabeza de Pontiac. Pero también están los Paxton Boys. Estos milicianos voluntarios de Pensilvania masacraron a un grupo de autóctonos pacíficos de Canestoga el pasado diciembre. Los mohawk, aliados de los ingleses, han devastado el pueblo delaware de Kanhanghlon, por sugerencia del agente de asuntos indios, William Johnson. Por su parte, los salvajes rebeldes la toman con los colonos, que lo único que piden es convivir en paz con ellos. Las mujeres y los niños mueren a manos de cobardes. Esta guerra es una guerra de desesperación. Será fatal para las naciones de los Grandes Lagos. Estas tribus pasan hambre y sufren enfermedades. Tienen una mortalidad infantil elevada y conocen las disensiones familiares. Y es que tienen cortado el suministro de provisiones por el este, y las tribus del oeste, que nos son hostiles, no quieren mezclarse en este asunto. Así pues, esta gente vive en la más absoluta miseria. Son víctimas de la codicia de avariciosos que quieren apropiarse de sus tierras y riquezas, para explotarlas y enriquecerse, y que no piensan más que en sí mismos. Auri sacra fames! ¡lista execrable hambre de oro! Yo era uno de esos codiciosos, amigo mío, y ya no puedo aceptarlo. Ya no se trata de guerra ni de comercio. ¡Se trata de la exterminación de un pueblo! Cuanto más se rebelen los salvajes contra los ingleses, más estos últimos querrán deshacerse de ellos. ¡Tienen que entenderlo…, por su supervivencia!

—Por su supervivencia… —repitió maquinalmente Alexander—. Pero ¿para sobrevivir hay que someterse sin luchar? ¿Sin reivindicar los propios derechos?

Van der Meer se quitó los quevedos con una mano, y con el índice y el pulgar de la otra se frotó los ojos cansados. Después, satisfecho al ver que Alexander se sentía personalmente aludido, sonrió.

—¿Vos luchasteis, Alexander, en la batalla de Culloden? Si no, al menos visteis a los vuestros hacerlo. ¿Qué sucedió? ¿Cuál fue el resultado? Os aplastaron, ¿no es así? Los ratones no atacan a los elefantes. Si son listos, se escabullen entre sus patas. No teníais ninguna posibilidad contra las tropas organizadas y bien equipadas de los británicos. No más que los salvajes. Hubierais tenido que esperar a estar mejor armados. Las consecuencias derivadas son las que ya conocéis… Represalias y represión lo único que hacen es debilitar más.

El espectáculo de los cuerpos retorcidos y humeantes de los highlanders en las ruinas calcinadas de una iglesia volvió a atormentar a Alexander. El joven parpadeó para ahuyentarlo.

—Habéis visto y habéis vivido todas esas consecuencias, amigo mío…

—Sí.

—Luego ¿entendéis lo que intento explicaros?

—Sí, creo que sí —respondió Alexander, confuso—. Pero no veo cómo puedo ayudaros, señor.

—Pronto lo sabréis, si realmente queréis hacer algo… por mí y por esas gentes que, como vos, han quedado marginadas de la sociedad.

—Pero… nuestras situaciones son muy diferentes. Nosotros reivindicamos un trono y…

—Y ellos, sus tierras. Eso ya lo sé —admitió Van der Meer, mirando al escocés a los ojos—. Pero a pesar de las distancias se parecen. Vos queréis preservar vuestra identidad, ¿no es así? ¿Entonces?

—No sé, señor… No puedo prometeros mi ayuda sin saber exactamente de qué se trata.

—No, por supuesto…

El viejo comerciante permaneció un momento en silencio.

—Soy el guardián de un cofre lleno de oro —soltó, por fin.

Alexander parpadeó y se quedó con la boca abierta. El holandés lo miraba con intensidad, estudiando su reacción como si fuera un animal que pusiera su vida en peligro.

—Este oro es el fruto de la venta, en el mercado europeo, de pieles recogidas por un grupo de comerciantes que quieren agrandar los territorios de comercio. Tiene que utilizarse para comprar armas para los rebeldes. Los españoles, que ocupan una parte de Luisiana, pueden proporcionarnos las armas.

—Yo creía que los españoles eran neutrales en este conflicto…

—¿Quién puede permanecer neutral en una situación de la que se puede sacar algún provecho? Además, el oro siempre hace que la balanza se incline del lado del que lo posee. Yo…, yo ya no quiero entregar ese oro a esos comerciantes que me han encargado su transporte, Alexander. Ya no estoy de acuerdo con lo que pretenden hacer. Ahora bien, no creo que sea capaz de convencerlos de que se conformen con recuperar su inversión inicial y emplear los beneficios en cuidar y alimentar a los pueblos que han sufrido durante el conflicto. Nunca querrán disolver la liga. Sólo ven sus propios intereses, sus propios fines. Ya veis que el bien de los pueblos no es el meollo de esta asociación. Hay casi diez mil libras en luises, piastras españolas y otras divisas…

A Alexander se le escapó un silbido. Su corazón se puso a latir más deprisa. ¡Diez mil libras! Con semejante fortuna… El holandés, que parecía adivinar sus pensamientos, se echó a reír.

—Es mucho dinero, ¿verdad? Mucho más de lo que pudiera esperar un hombre que sólo cuenta con su vida.

Alexander apartó la mirada.

—Es cierto —admitió con vergüenza.

—Ahora ya estáis enterado, amigo mío. ¿Y bien?

—Hay un problema, señor. Mi hermano… Trabaja para Durand.

—Sí, ya he pensado en eso. Pero esta promesa no os comprometería conmigo más que hasta el otoño. Cuando regrese a Montreal, seréis libre, ya que podré ocuparme personalmente de este asunto. Vuestras posibilidades de encontraros con vuestro hermano desde ahora hasta ese momento son… muy escasas. Durand comercia en el asentamiento de Michillimackinac, situado a centenares de leguas.

Alexander todavía dudaba. Dar su palabra a Van der Meer lo ponía en una situación delicada. Es cierto que no era más que temporalmente…

—De acuerdo —murmuró, sin estar todavía muy seguro de que la decisión correcta fuera proporcionarle su ayuda.

—Está bien, está bien. Sé perfectamente lo que vale la palabra de honor de un escocés que se respete. Prometedme que haréis lo que sea necesario por el bien de la humanidad, Alexander.

—Os lo prometo, señor. Os doy mi palabra…, hasta nuestro regreso a Montreal.

—Deseo de todo corazón no haberme equivocado respecto a vos… Hay que evitar que estalle una nueva guerra, ya que no conduciría más que al exterminio de una raza. No puedo retornar a los pueblos lo que han perdido, pero puedo intentar hacer algo para evitar que pierdan lo que les queda. Ese oro tiene que servir para alimentarlos, cuidarlos y vestirlos…, ¿lo entendéis?

—¿Por qué os dirigís a mí? —preguntó Alexander, cada vez menos seguro de que pudiera ser de alguna ayuda—. ¡Vos estáis en mejores condiciones para distribuir el oro como os parezca!

—Eso no es así en absoluto. Desde mi regreso de los Grandes Lagos, todos esos comerciantes que forman la liga me acosan para saber el lugar donde he ocultado el oro. Tras la firma del Tratado de París, conseguí convencerlos de que era mejor esperar: dado que el invierno se aproximaba a pasos acelerados, era preferible trasladar la operación a la primavera. Y eso es ahora. Yo sé que van a intentar encontrarme allí donde esté. Pontiac está rabioso. Aunque los franceses de Luisiana sean más discretos, es manifiesto su deseo de volver a reunir a sus guerreros e intentar que los illinois se sumen a su causa. Además, sabe que los comerciantes están impacientes por agrandar los territorios de comercio y están descontentos con los edictos que les prohíben comerciar con los salvajes de la región. Y es que, desde el inicio de la última guerra, los negocios se estancan. Y ahora que Inglaterra es la dueña del país, los comerciantes ingleses hacen todo lo que pueden para apropiarse de las redes de los franceses, que ya están bien organizadas y son muy eficaces. Para nosotros, comerciantes franceses, el problema que se nos presenta es que ya no podemos aprovisionarnos en la madre patria de las mercancías que cambiar. A partir de ahora tenemos que comprarlas a los ingleses o a los americanos de Albany o Nueva York. Por este motivo, he aceptado asociarme con Solomon, aunque se relacione con Philippe Durand. Es un hombre que me parece honesto. Pero no sé si me espía de parte de la liga de comerciantes. Tengo que ser muy cauto con él. Después de este viaje, yo ya me retiro. Tengo dinero más que suficiente para vivir adecuadamente con Sally los años que nos queden. En el camino de vuelta, recuperaré el tesoro y haré lo que se deba con el oro. Le propondré a Solomon venderle mi parte de la compañía, si la quiere. Si no, se la cederé a Alexander Henry, que ya me ha manifestado su interés. Tal vez os preguntasteis por qué especificaba en el contrato que teníais que regresar a Montreal al final del primer viaje.

—Desde luego me hice esa pregunta. Mi primo Munro tiene que pasar el invierno en Grand-Portage.

—Sí, como la mayoría de los demás. No me llevaré más que a los mínimos hombres necesarios para regresar a Montreal en septiembre. Vos formaréis parte de ese grupo por el simple motivo de que conoceréis el lugar en que está escondido el oro. Si me sucediera alguna desgracia…, alguien tendría que coger el oro y distribuirlo de la manera adecuada. Os he elegido para eso.

—Pero ¿cómo lo haré?

—Los nombres de los miembros de la liga y el importe que ha invertido cada uno de ellos están escritos en una libreta que está junto con el oro, en el cofre. Bastaría con devolverle a cada uno lo que se le debe. Mi esposa Sally sabe a quién hay que hacer llegar el resto.

—Señor…, yo no sé… ¡Diez mil libras!

El holandés lo miraba fijamente.

—Imaginad que esos salvajes son como vuestro pueblo, Alexander. ¿Qué haríais por los vuestros si tuvierais ese oro entre las manos? Reflexionad.

Después, rebuscando en un bolsillo interior de su capote, el comerciante extrajo y tendió al escocés un trozo de papel arrugado, lleno de garabatos de cifras y letras.

—¿Qué es esto?

—Las indicaciones del lugar donde está escondido el oro.

Alexander, con el corazón palpitando furiosamente y los dedos crispados, levantó lentamente la cabeza para cruzarse con la mirada escrutadora de su patrón.

—Detrás de nosotros, a la derecha de ese monte de abedules, hay un sendero disimulado entre zarzas y helechos. Si lo tomáis, os lleva a un lugar del río del Norte que tiene forma de ensenada. Es una marcha de unos minutos. Desde allí se divisa una isla, enfrente. Si sabéis nadar no tendréis ningún problema para cruzar hasta ella. El río no es ancho en ese punto. En el extremo norte de ésta se levanta una cabaña de madera abandonada. Las indicaciones escritas en este papel permiten encontrar el escondite. Las cifras seguidas de letras indican el número de pasos, unos tres pies de longitud, y la dirección que hay que tomar. Mirad…, aquí —prosiguió acercando el farol y señalando con el dedo una inscripción—: «8 P-N» significa «ocho pasos hacia el norte». Es un código bien simple. Pero para llegar al sitio exacto hay que tomar como lugar de partida el punto correcto.

—¿Qué es? —preguntó lisa y llanamente Alexander sin apartar los ojos del pedazo de papel.

—Detrás de la cabaña, hay un gran arce, apartado de los demás árboles. Es imposible equivocarse. Basta apoyarse en el tronco de cara a la segunda isla que emerge del río: la isla de los Gatos.

—La isla de los Gatos. Sí, efectivamente, es sencillo.

—Llevo encima una copia de las indicaciones —precisó el holandés en voz baja—. Quedaos con este papel. Si me pasa algo…

Saliendo de su burbuja, Alexander ahuyentó los pensamientos que atormentaban su mente y se volvió hacia el comerciante. Diez mil libras… Si le pasaba algo al hombre, ese dinero le pertenecería. ¡Era absolutamente asombroso! La atracción que el tesoro ejercía sobre él no podía negarse. ¡Lo mismo le habría sucedido a cualquier otro, joder! Suspiró ruidosamente, maldiciendo al holandés por infligirle semejante tortura.

Tumbado de espaldas y contemplando la constelación de Casiopea que ocultaba la Vía Láctea, Alexander no conseguía dormirse. El secreto que le había confiado Van der Meer lo atormentaba. «Diez mil libras… Diez mil libras…», silabeaba su mente. Sería tan fácil robarlas, con las indicaciones dadas… Por otro lado, ¿podría vivir con el peso de semejante acto? Y además, el holandés, sin duda, lo perseguiría. Tendría que matarlo… ¡Santo Dios! No podía creerse que se le ocurrieran tales ideas. Desde luego, él había robado a menudo a lo largo de su vida de adulto. También había matado. Pero había sido cuando no tenía otra elección. Esa noche, en cambio, podía elegir. Y la elección que se le ofrecía le aterraba.

Se giró en su lecho aplastando un mosquito que tenía en el cuello y clavó la mirada en la espalda de Munro. ¿Tenía que decírselo? ¿Qué pensaría él? Podrían repartirse el lote… Cerró los puños y las mandíbulas, atormentado, y se acurrucó. No conseguía dormirse. Diez mil libras… Con semejante suma, podría regresar a Escocia, ir a ver a su padre… ¡Su hijo, rico! Pero ¿qué sería de su orgullo? Su orgullo era lo único que le quedaba, ¿iba a perderlo también cometiendo un robo tan innoble?

Con un gesto inseguro, extrajo el papel que había deslizado en su camisa y lo arrugó entre sus dedos, oyendo cómo crujía y recitando mentalmente los códigos que estaban escritos en él. Después se sentó.

El piar de las aves nocturnas acentuaba el canto continuo y monocorde de las ranas. El zumbido incesante de los mosquitos. Mi ligero chapoteo de las olas en la orilla. El suave crujir de las hojas. El olor dulzón del maíz pelado25, que se cocía a fuego lento en una marmita sobre unas brasas y que se serviría para desayunar. Todo parecía estar tranquilo alrededor de Alexander, mientras que en su interior una violenta tormenta sacudía su alma. No lejos de allí, bajo las embarcaciones volcadas, se habían refugiado algunos durmientes. Al igual que él, otros viajeros habían preferido dormir al raso. A tan sólo unos pies del agua, dos canoas estaban libres. Si quisiera, podría alejarse fácilmente con una de ellas y dejarse llevar por la corriente.

Alexander seguía estrujando en su mano el trozo de papel cuando dirigió su mirada hacia donde dormía Van der Meer. La lona era luminosa bajo la luz de la luna. Sería tan fácil, tan fácil… La voz del viejo comerciante seguía resonando en su mente: «Sé perfectamente lo que vale la palabra de honor de un escocés que se respete. Prometedme que haréis lo que sea necesario por el bien de la humanidad, Alexander». Le había dado su palabra de honor. Pero ¿cuánto valía? ¿Diez mil libras? No, mucho más… Su honor no tenía precio.

Lentamente, deslizó el papel en su sporran26, atado a su cintura. Se volvió una última vez hacia el refugio del holandés, donde le pareció vislumbrar un movimiento. ¿Van der Meer lo vigilaba? Esperó unos segundos, y después se tumbó y bajó los pesados párpados.

Al día siguiente, como todas las mañanas que se levantarían hasta que llegaran a Grand-Portage, liaron el petate una hora antes del amanecer. Alexander estaba aguantando la canoa por la proa mientras la cargaban cuando vio que el holandés avanzaba hacia él. El hombre se lo quedó mirando largo rato.

—¿Habéis dormido bien, amigo?

—Dentro de lo que cabe, señor.

—Está bien, está bien.

Después, con un aire inequívoco, sonrió levantando su sombrero y dio media vuelta. Alexander notaba que el corazón le latía con gran fuerza. El hombre sabía perfectamente qué tormentos habían presidido su sueño.

Los días transcurrieron al ritmo de las canciones que marcaban la cadencia, y el majestuoso paisaje que desfilaba recordaba a Alexander lo pequeño que era el hombre. No era fácil domar esa naturaleza salvaje, sin piedad. No encontraron ningún obstáculo hasta la Gran Caldera. Allí, sin embargo, tuvieron que hacer transporte por tierra de seiscientos cuarenta y cinco pasos para costear la catarata, que los salpicó. Después, vino el largo y pesado transporte por tierra del Grand Calumet, que medía no menos de dos mil pasos de largo.

Pasaron por la isla de Allumettes, alcanzaron los rápidos de Joachim y remaron con los zaguales a un ritmo infernal, hasta la bifurcación de Mattawa, donde tomaron la dirección de los Grandes Lagos. Después de los numerosos obstáculos del río Mattawa, les quedaba atravesar el río Nipissing y descender por el río de los Franceses.

Unas veces calmada, otras impetuosa, el agua se enredaba en los zaguales, los arrastraba sucesivamente de una ensenada a una bahía arenosa. En ocasiones, a su paso, salían de la maleza familias de cercetas batiendo las alas y chillando. Otras, veían cruces de madera en la orilla. Entonces se descubrían y rezaban una corta oración. Llegaron a contar hasta doce en un mismo sitio.

A menudo las orillas estaban cubiertas de alisos y sauces frondosos. De vez en cuando se veían los ojitos negros de los ratones almizcleros brillando por debajo. El río discurría entre paredes de roca, tomando la vía practicada hacía miles de años por los hielos que, al retirarse, habían dejado detrás unas rocas a veces gigantescas para el hombre. Aquellos paisajes espectaculares recordaban a Alexander su Escocia natal y le hacían sentir nostalgia.

No menos de treinta y seis eran los transportes por tierra que separaban Lachine de Grand-Portage, algunos relativamente cortos mientras que otros eran largos y cansados. Cuando llegaban a los rápidos, los remeros tenían que detenerse para descargar con cuidado los fardos. Como tenían que meter con frecuencia los pies en el agua, dejaban sus espinilleras y sus mocasines en un sitio seco y se quedaban sólo en calzoncillos y camisa. Al ver a los hombres medio desnudos, Alexander pensó que el kilt habría sido de utilidad y les habría dado un mejor aspecto que ese trozo de tela.

Si pasearse con esa vestimenta resultaba práctico para los transportes por tierra, también los exponía a los mosquitos. Entre dos ataques de hordas de insectos carnívoros, Alexander se hacía con uno o dos fardos de noventa libras cada uno que se colocaba a la riñonada y sujetaba con un arnés de cuero, llamado tomlan, que pasaba por la frente. Doblegado bajo su pesado fardo como si cargara con todas las miserias del mundo, seguía los caminos más o menos practicables, atravesaba terrenos escarpados o pantanosos, hasta el lugar donde volvían a meterse las canoas en el agua después de realizar una breve inspección. Algunas veces, por un desafío y para ganar una apuesta, los viajeros se lastraban con un fardo suplementario. Sheldon Kilpertin, apodado el Irlandés, llevó a cabo la mayor hazaña: transportó una carga de más de doscientas cincuenta libras a lo largo del paso del Grand Calumet.

El increíble esfuerzo que tenía que realizar Alexander para acarrear la carga le procuraba el calor necesario para combatir el frío que padecía en los transbordos. Cuando volvía a ocupar su lugar en la canoa, el baño de agua helada que acababa de darse obligatoriamente le daba energía para volver a golpear el agua con su zagual, al ritmo de À la claire fontaine o de C'est l'aviron qui nous méne27.

Llegado el caso, se conformaban con realizar un remolque con sirga, que era menos trabajoso. Cuando así se hacía, había que dirigir los esquifes con precaución entre los escollos. A pesar de todo, era inevitable que algunas embarcaciones se rasgaran invariablemente contra los salientes rocosos disimulados en los remolinos. En tales casos había que dedicar un tiempo a su reparación con watap28 y resina de pino, que se fundía al calor de unas antorchas.

Cuando el caudal de los rápidos era moderado, el gusto por el desafío los vencía. Entonces, rezaban una corta oración y, después, con el zagual bien cogido y los músculos tensos, se lanzaban con determinación. El río desbocado rugía en su lecho, y la naturaleza circundante quedaba reducida al silencio. No obstante, cada uno oía los latidos de su corazón casi tan fuertemente como el estruendo del pulso del río.

El agua rabiosa escupía a los hombres, se reía de sus golpes de zagual ineficaces, se burlaba de ellos calándolos hasta los huesos, cegándolos con una espuma blanca que sacudía con violencia sus canoas y amenazaba con tragárselos en cualquier momento. Había que redoblar los esfuerzos y la prudencia para no chocar contra los escollos y reventar el casco. Pero en las embarcaciones, que pilotaban con destreza, los hombres cabalgaban obstinadamente el torrente furioso y acababan por dominar a ese río que se creía indomable.

La temeridad de la que hacían gala para avanzar lo más rápidamente posible hacia el oeste se veía recompensada a la caída de la noche, cuando hacían un alto para descansar. Entonces, montaban rápidamente el campamento, encendían las antorchas y examinaban y reparaban, si era necesario, los cascos dañados. Inmediatamente, por encima del olor del sudor, empezaba a flotar en el aire el del eterno puré de guisantes o de maíz acompañado de cerdo o de manteca.

Alexander, con la espalda, el cuello y los brazos magullados, se dejaba caer contra un tronco de árbol y fumaba una pipa o bebía ron. A veces, el holandés se reunía con él para que le diera una lección de lectura, que acortaba cada vez más para charlar un rato. Ninguno de los dos volvió a abordar el tema del tesoro. Era mejor así. Un poco más tarde, Alexander escuchaba las historias de sus compañeros, que, uno tras otro, narraban sus hazañas o explicaban una leyenda de los bosques, de esas que helaban la sangre.

—…¡Y sus ojos, negros como el carbón, se encendieron cuando mordía la carne!

La voz del Resucitado, al que todos escuchaban religiosamente, resonaba en la oscuridad.

—¡Era aterrador! Los gritos de los salvajes en la noche se parecían a los de una jauría de lobos. Eran presa de la locura. Danzaban, torturaban, cantaban, comían y fornicaban. ¡Una orgía, os lo aseguro! ¡Una visión del infierno!

—¡Oooh!

El llamado Resucitado hacía honor a su nombre. Alexander se había enterado de que Hébert Chamard, viajero con más de quince años de experiencia, había sido hecho prisionero hacía mucho tiempo por una tribu iroquesa onondaga, pueblo de las montañas y guardián del fuego. Se había visto sometido a torturas de las que todavía le quedaban algunas cicatrices.

—¡Ah, sí! ¡Son el diablo! Zampaban carne humana —insistió siniestramente, exhibiendo su mano derecha, en la que faltaban dos dedos—. Me rebanaron los dedos, uno tras otro, después de haberme arrancado cuidadosamente las uñas. A continuación, bajo mi mirada horrorizada, los asaron y se los dieron de comer a los niños. ¡Esos salvajes alimentan a sus retoños con carne humana, amigos míos!

Haciendo un gesto teatral que paralizó de espanto a su auditorio, se apartó su nariz de hierro: un oscuro orificio indicaba el lugar donde estaba su nariz. Después, para completar ese espectáculo morboso, se quitó el sombrero totalmente abollado. Alexander no pudo reprimir un estremecimiento de asco al descubrir el cráneo con el cuero cabelludo arrancado del Resucitado. Al mismo tiempo, admiraba a ese hombre que había escapado de semejante suplicio, algo que le parecía imposible.

Inclinándose para que todos lo vieran bien, el Resucitado mostraba el cráneo a sus compañeros. Algunos se atrevían a poner un dedo en la fina piel reluciente que transparentaba la delicada red de vasos sanguíneos. El joven Chabot, desfigurado por decenas de picaduras de insectos, estaba blanco como la muerte y se tambaleaba en su asiento. Al percibir su estado, Jomé le colocó la cabeza entre las piernas para que se le pasara el malestar. Pero fue en vano. El pobre joven vomitó la cena, con lo que el olor fétido de los reflujos gástricos se sumó al que ya los envolvía.

—¿Por qué estás vivo todavía?

—Una squaw me liberó de mi calvario, chico —explicó el Resucitado, sonriendo con ironía—. Sin duda, se sintió subyugada por mi virilidad, que se disponían a cortar para tirar al caldo, y exigió que me soltaran.

—¿Una squaw que decide la vida de un hombre? —se extrañó Josiah Corbin.

La mirada gris oscura del Resucitado se posó sobre el reverendo hugonote.

—Constato que no conocéis muy bien los usos y costumbres de los salvajes, amigo. Los iroqueses escuchan las sabias palabras de las mujeres, que tienen derecho a decidir la vida o la muerte del prisionero culpable de la muerte de su esposo o de sus hijos. Una noche de verano de 1756, dos compañeros viajeros y yo mismo encontramos a unos salvajes poco después de abandonar el fuerte Presqu'île29. Uno de mis compañeros murió y le fue arrancada la cabellera; otro consiguió huir. En cuanto a mí, como había recibido un corte en la ingle, me hice el muerto. Creía que se largarían y que ya me las apañaría. ¡Qué error! Me agarraron por la cabellera y grité. Al ver que estaba con vida, me transportaron sobre unas angarillas hasta su poblado. Yo había matado a uno de ellos antes de caer herido. Como sus leyes se basan en la venganza de la sangre por la sangre, iban a someterme a sus abominables torturas y hacerme cantar mi canto de la muerte para que mi alma se elevara. ¡Y yo canté, amigo, que si canté! ¡Y menudo canto! ¡Intentad imaginar qué gritos saldrían de vuestros pulmones si os pusieran un tizón ardiendo en la planta de los pies, si os rajaran la carne de los muslos con una hoja al rojo vivo! ¡Imaginad el olor de vuestra prolija carne asada subiendo hasta vuestras narices y provocándoos vómitos! Imaginad a esos seres feroces medio desnudos, sedientos de sangre, locos, danzando de alegría alrededor de vosotros como si fuerais un cerdo jugoso que da vueltas en una brocheta. Yo era un cerdo para ellos, amigos —afirmó el Resucitado con una voz grave y lúgubre—; yo era su cena…

—Pero gracias a tus… magníficas bolas, ¡sólo fuiste la cena de una squaw! —soltó Aunay, dándose una palmada en el muslo—. ¡Qué hermoso final!

Todos estallaron en carcajadas, lo que distendió la atmósfera e hizo regresar la alegría.

—¡Pues así fue! —admitió el Resucitado, con una gran sonrisa.

El hombre volvió a ponerse el sombrero sobre su cráneo liso coronado por una única franja pelirroja, se anudó la correa de cuero que sujetaba su falsa nariz y saludó a la asistencia con una pequeña reverencia.

A partir de aquella noche, Alexander tuvo la máxima consideración para ese compañero. Además, aunque el aterrador relato hubiera tenido que hacerle temer más a los salvajes, no hizo sino lo contrario, avivar su curiosidad. En varias ocasiones, ya se habían cruzado con algunos algonquinos en su camino. Sin embargo, no se habían mostrado en absoluto agresivos con ellos. Al contrario, a veces se habían unido al grupo para hacer algunas brazadas, discutían amigablemente y trocaban, directamente en el agua, algunas pieles por algunos objetos. Las armas, la pólvora y el grueso de las mercancías de trueque que ellos mismos transportaban estaban, sin embargo, destinadas a los intercambios previstos en el asentamiento de Grand-Portage. Allí vendrían los ojibwas, los potowatomis y los salvajes de otros pueblos de la región que habían puesto trampas a lo largo de todo el invierno con la finalidad de procurarse todo lo necesario para amenizar su vida. Entonces, las pieles serían cuidadosamente elegidas, pesadas y negociadas para proporcionar el máximo beneficio. Pero, de momento, parecía que ese asentamiento se encontraba en la frontera del mundo.


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