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Capítulo 4.
Soledades


La mañana del 27 de mayo, después de haber bordeado una serie de islotes graníticos y los peligrosos rápidos de Dalles, en la desembocadura del río de los Franceses, la flotilla de Van der Meer penetraba en la impresionante bahía Georgiana. Una tibia brisa que soplaba de popa arrugaba suavemente la superficie del agua. «¡Buen viento!», gritaban con alegría. El tiempo era ideal. Así pues, en todas las embarcaciones, se ató a la barra central un zagual en cuyo mango se había colocado anteriormente una vela. Esto permitió avanzar con mayor rapidez.

El paisaje se había metamorfoseado. Los estrechos pasillos rebosantes de espuma daban paso a los grandes espacios. Se encontraban en un mar de agua dulce en medio de un continente. Así pues, las historias que Alexander había oído eran verídicas. Fueron bordeando las islas, que formaban el archipiélago de Manitoulin, donde abundaban miles de rocas musgosas a veces coronadas por matas de coníferas. Parecían inmensas macetas. A continuación, recorrieron el último tramo por tierra, el del salto de Sainte-Marie, que unía el lago Hurón y el Lago Superior, y donde antaño se había establecido una misión de los jesuitas. Después, hicieron escala en la punta de los Pinos. Como era costumbre, se pusieron de nuevo en marcha antes del amanecer. El gran lago Superior se les apareció enmarcado entre dos oscuros macizos de piedra que emergían de la niebla, el Gros Cap y la punta Iroqués, que se sumergía en las aguas resplandecientes y se extendía hasta el horizonte.

—¡Encended! —gritó el guía.

De un solo gesto, ahora ya muy ejercitado, los zaguales fueron guardados en el interior de las canoas, que continuaron hendiendo un jardín de nenúfares. Cada uno de los viajeros extrajo su pipa y su tabaco de su bolsa. Unos segundos más tarde, una nube olorosa flotaba por encima de la flotilla, que permanecía en silencio ante la majestuosidad del lugar.

—¿Un lago, esto? —farfulló Alexander para sí mismo.

—Es impresionante, ¿verdad? —le respondió el Resucitado, entornando los ojos a causa de la luz cegadora—. Estoy seguro de que no hay un lago mayor que éste en el mundo. Que me fulminen si me equivoco.

Levantó los ojos al cielo, abrió las manos con las palmas hacia arriba, y esperó un momento. Después se echó a reír.

—Seguro que es al menos la décima vez que digo esto, y el cielo nunca se me cae encima. ¡Eso es que debe de ser verdad!

Munro sacudió su cabellera para espantar la horda de mosquitos que acababa de alcanzarlos.

Mac an diahhail! —maldijo, dándose una palmada en la nuca—. ¡Malditos bichos!

—Pero ¡qué quieres, primo, a los mosquitos les vuelve loco el ron! —lo pinchó Alexander, aplastando un insecto en su muslo.

Un paisaje fantástico, inmutable, austero pero al mismo tiempo extrañamente acogedor. El azul del agua teñía las márgenes rocosas. Acantilados abruptos, cabos imponentes, esa naturaleza parecía adormecida desde los inicios del mundo. Parecía que el tiempo no había dejado huella en ella.

Dos garzas los sobrevolaron en dirección al este. En la orilla, un alce masticaba su desayuno mientras de vez en cuando echaba un ojo hacia las canoas. En el silencio que se instalaba, Alexander cerró los párpados y escuchó su corazón latir al ritmo de las olas. Se abandonó serenamente a ese instante mágico y se sintió en total armonía con la naturaleza… Unos minutos después, el guía gritó la orden de continuar a remo. Apartando la vista de los altos acantilados que enmarcaban la parte norte del lago, las decenas de remeros sumergieron sus zaguales en el agua en calma.

M'en revenant de la jolie Rochelle… —entonó alegremente alguien con voz estentórea.

J'ai rencontré trois jolies demoiselles… C'est l'aviron qui nous méne, qui nous méne, c'est l'aviron qui nous mene en haut!30 —continuó todo el mundo a coro mientras se introducían en la inmensidad azul que conducía al asentamiento de Grand-Portage, por fin.

El grupo fue bordeando la costa durante varios días. Para no perder tiempo, viajó mayormente de noche, cuando había menos viento y oleaje. En la bahía de Nipigon, una lluvia diluviana los obligó a permanecer en tierra todo un día. Bajo las lonas aceitadas, los hombres fumaron refunfuñando. Ni siquiera el humo de los fuegos ahuyentaba a los mosquitos y jejenes que los atacaban. De todos los males que tenían que soportar, los insectos representaban sin duda, y de largo, el peor. El Resucitado explicó la historia de un compañero viajero que, completamente enloquecido a causa de las bandadas zumbadoras que los torturaban tanto de noche como de día, se había lanzado al agua de los rápidos y se había ahogado.

Después de cruzar la bahía del Trueno y pasar junto a la isla Real, Van der Meer y sus hombres llegaron, por fin, a su destino el 13 de junio. Era un rebaño de animales barbudos y mugrientos lo que aterrizó en la punta Sombrero para asearse un poco. Conocedores de la gran repulsa de las salvajes hacía los hombres peludos, los viajeros se tomaron su tiempo para afeitarse bien antes de presentirse en el asentamiento comercial. Después, engalanados con sus mejores atavíos, a veces incluso con plumas de colores y cinturones de tonos vivos, recorrieron en formación de batallón las últimas millas que los separaban de Grand-Portage, donde hicieron una llegada triunfal.

Asentamiento comercial importante, principal puerta a los Países del Norte, Grand-Portage era casi un pueblo. Vivían allí varios centenares de hombres, protegidos por una empalizada de madera de cedro. Además de las viviendas, había los depósitos de mercancías y los almacenes de provisiones, así como un pabellón donde los viajeros se reunían para comer y divertirse. Tan sólo los burgueses, los intérpretes, los guías y los empleados se alojaban en el interior del recinto. Los otros viajeros y algunos salvajes ocupaban unas barracas en el exterior, donde también se encontraban los pastos para los animales. Los que vivían en concubinato con una amable salvaje se construían una pequeña vivienda que la esposa de hecho mantenía y a menudo llenaba de chavales.

Allí, mientras los burgueses negociaban las pieles que traían los salvajes, los contratados estaban condenados a una vida ociosa a la espera del gran viaje de regreso. Invadían la cantina y hacían juerga, y se atiborraban de buey salado, jamón, mantequilla, pan, azúcar, café; en fin, de todas las cosas cuyo sabor casi habían olvidado durante las largas semanas de su agotador viaje.

Para completar los menús, sobre todo durante los largos inviernos, se compraba a los salvajes, a las naciones de las Grandes Praderas en particular, carne seca cruda —principalmente de bisonte—, untada con grasa de oso o de alce para conservarla. Con frecuencia se mezclaba esta carne, que tenía que ser cuidadosamente masticada, con harina de maíz y agua. El resultado era una especie de sopa espesa que se llamaba rababoo. Las tribus autóctonas obtenían, a cambio de esta carne, el aguardiente que codiciaban.

Cuando llegaba la noche, se emborrachaban en la taberna y frecuentaban a las prostitutas que les ofrecían sus favores. Estas mujeres eran salvajes de las tribus algonquinas del norte de los Grandes Lagos, a las que se llamaba amablemente las «gallinas».

Alejados de la civilización que atemperaba los modales, los viajeros resolvían sus diferencias con violentas peleas en las que los cuchillos eran desenvainados con gran rapidez. Por ello no resultaba extraño que a un hombre le arrancaran una oreja o le reventaran un ojo.

De todos modos, una especie de orden regía la pequeña comunidad. Cada uno cumplía una misión. Podía ser el mantenimiento de los edificios, cortar leña, cazar, pescar, el cuidado de los perros que tiraban de los trineos en invierno, o la construcción de nuevas cabañas de troncos. Los hombres que deseaban recorrer los grandes espacios trabajaban de mensajeros para asegurar el enlace con los puestos cercanos. Finalmente, estaban los que se dedicaban al comercio itinerante, es decir, que iban al encuentro de los salvajes hasta su propio territorio para incitarlos a comerciar con ellos.

Alexander compartía una cabaña con una veintena de hombres que se amontonaban sobre literas. Una estufa de hierro presidía el centro de la única estancia. El mobiliario, rústico, se reducía a una mesa y unos bancos burdamente tallados en los troncos. Sin duda, para respetar su carácter, el holandés le había encargado de la caza, algo en lo que él era único. Esta tarea le permitía vivir momentos fabulosos de soledad y escapar de la actividad ruidosa del asentamiento. Mientras esperaba la caza, dejaba que su mente vagara libremente hacia otros lugares. Incluso viajaba hasta las montañas de Glencoe. Curiosamente, descubría entonces que la nostalgia que había sentido hacía mucho tiempo se había atenuado. Escocia le parecía ahora un recuerdo tan lejano…

Aunque la soledad daba paz a su alma, también hacía resurgir recuerdos dolorosos. Los rasgos de Isabelle se dibujaban invariablemente, en un momento u otro, detrás de sus párpados. Para satisfacer sus pulsiones viriles y liberarse de la influencia que la joven seguía teniendo en él, debía irse con una salvaje para retozar zafiamente. Después, desilusionado, volvía a coger su fusil y regresaba al bosque para perseguir a los animales salvajes y huir de sus demonios. Así fue su vida en Grand-Portage durante todo el verano de 1764.

Cuando llegaron los primeros días de septiembre, el asentamiento se preparó para hibernar. La estación fría era dura y muy larga para quien no hiciera provisión de leña y de alimentos en suficiente cantidad. Además, había que reparar y aislar las viviendas. A principios de otoño, unos viajeros llamados «hombres del Norte» regresaron de una larga y peligrosa expedición de varios meses con unas canoas más adaptadas al terreno septentrional hostil que las grandes canoas fluviales del este.

Desde Grand-Portage, partía una ruta hacia el noroeste. Después de navegar por el río Pigeon, un durísimo tramo por tierra de nueve millas conducía hasta el lago de la Lluvia. A continuación, se alcanzaba el lago Winnipeg y el río Rojo, atravesando una región cubierta de bosques de coníferas y salpicada de lagos pequeños y de ríos que discurrían por lechos cavados en el granito y el basalto.

Desde allí, los viajeros abrían otras vías, a lo largo de las cuales iban estableciendo asentamientos comerciales. Era el inicio de una nueva era en el floreciente comercio de las pieles. La Compañía de la Bahía de Hudson, que siempre había gozado del monopolio absoluto en las regiones boreales, comprobaba bruscamente que sus territorios se veían invadidos por una nueva generación de traficantes que estaban dispuestos a todo para apropiarse de una parte de ese comercio tan lucrativo. Era el principio de una concurrencia feroz, incluso de una guerra que iba a durar decenios.

El otoño se complacía en retocar cada día los colores del manto boscoso. En pocas semanas, los colores flamígeros desaparecerían y la naturaleza quedaría sepultada bajo un sudario blanco y frío. Tan sólo algunos grupos de coníferas conservarían su traje de esmeralda. Sentado en una roca, Alexander contemplaba ese paisaje salvaje cuya belleza lo dejaba sin respiración. Permitió que su mirada se deslizara por los pliegues arrugados de las montañas, y después por la superficie del mar de agua dulce. Suspiró. ¿Por qué el otoño le hacía sentir tanta nostalgia?

Pensó en Coll, que había partido hacia las Highlands. Su hermano estaría en ese mismo momento en medio del océano, entre el cielo y el mar, allí donde los grises y los azules debían de confundirse. Como él, la mayoría de los soldados regresaba a su patria, con su familia. Los que se habían quedado eran mayoritariamente oficiales a quienes les había sido ofrecido un buen pedazo de tierra o un señorío a buen precio.

Alexander no pudo evitar envidiar a Coll, que pronto se encontraría en su tierra natal. Allí echaría raíces, tendría descendencia a su imagen, que a su vez, hundiría sólidamente sus raíces en el suelo de granito de Escocia. Fuertemente anclados en la tierra de sus antepasados, podrían resistir a los embates del tiempo y de los hombres, dejarse mecer suavemente por la brisa tibia proveniente del lago Leven que transportaba los olores de varec, brezo y turba: los perfumes de su infancia.

Al saber de dónde venían, conocerían sin duda su identidad: «Para saber adónde se va, hay que saber de dónde se viene», había declarado Van der Meer. De repente, una sensación de vacío invadió a Alexander: ¿acaso sabía él de dónde venía? ¿Por qué tenía esa extraña sensación de que no venía de ningún sitio?

Como no deseaba perderse en el laberinto de las preguntas existenciales a las que nunca encontraba respuesta, Alexander volvió a sumirse en la contemplación del paisaje. El lago Superior lanzaba sus olas en la playa, que inmediatamente las rechazaba. El oleaje espumoso regresaba al ataque, se agarraba a la arena rubia con sus largas manos blancas para tragársela. Pero la tierra resistía, se obstinaba en proteger sus frágiles fronteras, y sólo dejaba ir algunos guijarros y conchas. Así pues, la lucha constante de los elementos moldeaba el paisaje. A Alexander le gustaba ese país: su dureza y sus suavidades, reflejos de sus estados de ánimo. Una única vida no le bastaría para descubrir esos grandes espacios…

Un pato lloró a lo lejos, en la bahía. Unas risas cristalinas se elevaron por encima del ruido de las olas. Unas mujeres ojibwas se divertían salpicándose, lanzándose puñados de arena, sumergiéndose en el agua. La luz del sol poniente doraba su piel desnuda, esculpía sus músculos y sus curvas, y hacía brillar sus largas cabelleras de ébano. Alexander apartó la vista y cerró los ojos.

A pesar del calor asfixiante, apretaba el paso para que no volvieran a reñirlo. Esa semana había tenido que amontonar los bloques de turba en tres ocasiones ya, después de que su padre le diera en el culo con el cinturón de cuero. No podía volver a presentarse tarde a cenar. Vara ir más deprisa, tomó el camino que bordeaba el lago. A lo lejos, vislumbró un grupo de cisnes blancos que batían las alas sobre el agua. Deseaba admirarlos más de cerca. Cuanto más avanzaba, más precisas se hacían las formas, y más se aceleraba su ritmo cardíaco. Al cabo de un rato, aminoró el paso, dudando. No quería hacer que huyeran estos magníficos cisnes, los más hermosos que había visto…

Las mujeres reían, agitaban sus brazos desnudos, se salpicaban. Con el corazón acelerado, Alexander decidió acercarse a pesar de todo, pero pasando por el bosque. Zigzagueó entre los árboles, tropezó con las raíces. Finalmente, tan sólo se encontraba a algunos pies de distancia de las criaturas, a las que espió, encantado, desde su escondite, las magníficas pieles blancas captaban el sol y le recordaban la hermosa estatuita de su abuelo Campbell, has camisas bailaban, unas veces ocultando las formas, otras adaptándose a ellas. Era maravilloso…

De repente, Alexander tenía ganas de una mujer. Tenía una necesidad física, sin duda, pero también una necesidad afectiva, como cualquier ser humano. Deseaba a Isabelle, ardientemente, con desespero.

Al acercarse el viaje de regreso, no podía evitar pensar en la joven. Soñaba con su cuerpo entre sus brazos, por la noche. Entonces, la sentía en todo su ser, que vibraba, que se entusiasmaba. Pero con el alba grisácea volvía a encontrarse con la realidad en forma de manta, a veces de una criatura insípida que había cazado la víspera en una taberna o en la calle.

Pronto iba a regresar a Montreal. ¿Resistiría a esas ganas de verla que lo atormentaban? Desde luego, le hubiera facilitado mucho las cosas quedarse en Grand-Portage con los demás, viviendo como un oso en su guarida y pasar los días blancos frente a la estufa, esculpiendo. Le contrariaba tener que regresar a Montreal, pero su contrato lo obligaba a hacerlo. No tenía elección.

Además, había ese secreto, que él conocía, ese tesoro cuya custodia tendría si llegaba a sucederle alguna desgracia al holandés…

Unos guijarros entrechocaron detrás de él. Sin embargo, él no apartó los ojos del suntuoso cuadro que tenía ante sus ojos.

—¡Eh, Macdonald! —lo llamó una voz de falsete.

Era el joven Sin-Pelo, Chabot. Alexander se giró, y lo interrogó con la mirada.

—El holandés quiere verte inmediatamente. Está en la trastienda del establecimiento.

El edificio del establecimiento donde se realizaban los acuerdos comerciales rebosaba de actividad. Cada día, decenas de salvajes desfilaban por él con sus pieles, envoltorios carnales de todas las especies de animales que vivían en la comarca. En varias ocasiones, Alexander había tenido la oportunidad de asistir al regateo interminable a lo largo del cual la astucia del hombre blanco sólo rivalizaba con la mezquindad del autóctono. Este último venía a trocar el valioso castor, el oso negro, el zorro en toda su gama de colores, el lobo, el lince, el armiño y sus primos para poder apropiarse de diversas mercancías que se encontraban en los estantes del almacén: camisas, tejidos como la sarga y la lona, mantas de lana, cuchillos, armas y pólvora, pipas y tabaco, alcohol, trampas, linchas, marmitas, fiambreras, cucharas, guimbardas, así como un sinfín de pequeños artículos, como bisutería de vidrio, plumas de avestruz, sombreros de fieltro y prendas rojas.

Dado que cada una de las partes quería obtener el máximo de beneficio, se discutían enfebrecidamente los precios de las pieles. Cuando dos salvajes querían el mismo objeto, se lo llevaba el que más ofrecía, que dejaba una o dos pieles de más, para gran placer del encargado.

Cuando penetró en el edificio lleno de humo, Alexander vio a tres salvajes que discutían con el encargado, William Long, un americano de Albany. Reconoció a uno de ellos, ya que se había cruzado con él en varias ocasiones. Como la discusión se mantenía en algonquino, no entendía lo que sucedía. Sin embargo, por las miradas de los hombres y los gestos que dirigían una y otra vez en dirección a una joven salvaje que esperaba tranquilamente junto a ellos, adivinó que ella estaba en el centro del litigio. Long meneaba la cabeza de derecha a izquierda, negándose a aceptar lo que pedían los algonquinos. El tono de la discusión fue subiendo y los curiosos se reunieron alrededor para escuchar. Al cabo de un rato, manifiestamente irritado por aquel jaleo, Van der Meer irrumpió en la estancia.

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