Índice




descargar 2.24 Mb.
títuloÍndice
página12/56
fecha de publicación11.02.2016
tamaño2.24 Mb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   ...   56
Bezaan! Bezaan!31

El holandés se giró hacia el encargado, y le pidió explicaciones.

—Quieren pagar una deuda del invierno pasado ofreciéndonos a esta mujer, señor.

Van der Meer echó una mirada a la salvaje, examinándola como si se tratara de una piel más que trocar. Después, gruñendo con impaciencia, se dirigió a Long.

—¿A cuánto se eleva esa deuda?

El empleado deslizó el índice por la página de un viejo registro manchado de tinta.

—Un barrilete de aguardiente, una libra de pólvora, dos de plomo y… un cuchillo.

El holandés suspiró.

—¡Santa madre de Dios! Wemikwanit, ¿eres tú el que quiere vender a esta mujer?

Se dirigía al más bajito de los tres salvajes, vestido como los blancos: camisa de algodón rojo ceñida por un cinturón de colores y espinilleras de lana oscura bellamente decoradas con motivos indios. El hombre enderezó los hombros y apretó los labios, ya finos, esbozando una delgada línea que expresaba su indignación.

—No. Es Kaishpa el que quiere ofrecer a esta mujer… Tiene una deuda, diba’ amaage32.

—¿Es su esposa?

Silencio. Las comisuras de los labios del holandés se encogieron ligeramente.

Oshkinügikwe! Gigishkaajige!33 —insistió Kaishpa, señalando a la mujer—. Intercambio bueno. Muy bueno.

Van der Meer dio una vuelta alrededor de la joven, que mantenía la cabeza alta y miraba fijamente la pared.

—Kaishpa tiene que saber que no me dedico al comercio de esclavos.

—Kaishpa lo sabe; ya se lo he dicho —replicó Wemikwanit sin abandonar su aire enfurruñado—. Dice que si la rechazáis, irá a venderla a otro sitio y regresará con dinero. Pero él cree que ella estará mejor aquí.

—¿Ah, sí? ¿Eso es lo que cree?

—Sí —replicó Wemikwanit, mirando al holandés a los ojos—. Le he asegurado que Wemitigoozhi34 siempre cumple su palabra.

—Es cierto, siempre cumplo mi palabra. Pero no recuerdo habértela dado en lo que concierne a… el buen trato de las mujeres aquí…

—Wemitigoozhi dice que quiere protegernos de los malos tratos de Zhaaganaash35. Esta mujer es una wiisaakodewikwé36. Su padre era un soldado francés de la guarnición del fuerte Michillimackinac y su madre murió a causa de la viruela el verano pasado. Zhaaganaash sólo la quiere poseer para su placer. Ella ya tiene un hijo de él y está esperando otro. Mikwanikwe trabaja bien. Mastica bien el cuero y fabrica los makizins37 más bonitos…

—¿Mikwanikwe? ¿Así te llamas? —preguntó el holandés dirigiéndose a la joven, que seguía inmóvil—. ¿Hablas francés?

Gaawun38.

—Pero ¿lo entiendes?

Miinange39.

—Está bien. ¿Y aceptas formar parte de este trato, Mikwanikwe? —le preguntó.

Ella asintió con unas sacudidas rápidas de cabeza. Bastante alta, no tenía que levantar el mentón para mirar al holandés. Este último se rascaba la barba frunciendo el ceño.

—Está bien —murmuró, volviéndose hacia Wemikwanit—. Me parece bien borrar el barrilete de aguardiente. Nada más. Me sigue debiendo la pólvora, el plomo y el cuchillo.

Wemikwanit se volvió hacia Kaishpa para explicarle el acuerdo. El salvaje protestó.

—O lo toma o lo deja —advirtió Van der Meer, cruzando los brazos—. Si me muestro demasiado generoso, se acostumbrará.

Odaapinig40.

—Está bien. Wemikwanit, entiende bien que es la última vez que hago un trato de este tipo con vosotros. La próxima vez, habrá que comerciar con peludos41. También en esto Wemitigoozhi cumplirá su palabra.

—Lo han comprendido.

El holandés iba a añadir algo, pero de repente vio a Alexander, que se mantenía apartado.

—¡Ah! ¡Estáis aquí, amigo! —exclamó con una amplia sonrisa.

Los tres salvajes se volvieron hacia el escocés. Wemikwanit, que parecía mestizo, demoró su mirada de chalán en él, dándole un codazo a Kaishpa, que entornó los ojos. Molesto, Alexander sacudió los hombros y siguió al holandés. A su paso, la salvaje levantó bruscamente la cabeza, haciendo tintinear sus largos pendientes hechos con perlas de vidrio y plumas. Esbozó una sonrisa tímida, que lo perturbó. Aunque sabía perfectamente que la venta al mejor postor de mujeres del país era corriente en los asentamientos, eso le asqueaba. El alcohol hacía perder a los salvajes los sentimientos humanos.

Nervioso, Van der Meer le indicó un asiento a Alexander. Una mesa llena de papeles y dos sillas que necesitaban con urgencia ser reparadas constituían todo el mobiliario del cobertizo que el utilizaba como despacho. Una hermosa piel de oso estaba colgada en la pared del fondo. Encima de ella, una magnífica cornamenta de alce estaba enmarcada por otras dos más pequeñas de corzos.

—Hay que desconfiar de Wemikwanit —empezó diciendo el holandés—. Es hipócrita. Y también hay que tener cuidado con las salvajes, ya que corrompen a nuestros hombres. Quiero decir… que los apartan de sus labores. Es que las mujeres indias son dueñas de sus deseos y no consideran igual que nosotros el pudor y la virtud. Esto da lugar con frecuencia a desbordamientos… Así pues, hay que elegir bien. No obstante, Mikwanikwe parece buena. No duda en miraros a los ojos, francamente. Una mujer india orgullosa no hará lo que no desea hacer. Dudo de que Kaishpa quiera venderla porque haya sido mancillada por un inglés. Es simplemente la estrategia que utiliza, como hacen otros, para deshacerse de sus esposas. Quizá Mikwanikwe se ha enamorado de un soldado de la guarnición de Michillimackinac y su marido desaprueba esta relación. Es hermosa, y enseguida encontrará a alguien entre nuestros hombres que quiera ocuparse de ella. Los inviernos son largos, y una mujer aporta un cierto… bienestar al cuerpo y a la mente. Las salvajes enseñan a los blancos los métodos para sobrevivir en este rudo país. Les muestran cómo poner las trampas para la caza; trabajan el cuero y fabrican ropas que calientan. En definitiva, proporcionan una cierta calidez familiar y facilitan el comercio. La vida es por tanto más agradable. No obstante, una cierta disciplina es necesaria. Si no, predomina el vicio, bajo la forma del negocio ilícito, de la prostitución obligada y de la violencia, y ya nadie está seguro. El margen entre civilización y vida salvaje es tan estrecho… ¿Sabéis?, yo he presenciado tantos excesos… La borrachera y la ignorancia no son rentables. Vos ya debéis de saberlo, Alexander. Vos tenéis cierta educación… ¡Hummm! Si lo deseáis, podréis acceder a funciones más importantes en los establecimientos comerciales. Sabéis leer y escribir. Aprendiz de encargado es adecuado para vos, Habrá que hablar con Solomon…

Dicho esto, anunció a bocajarro que se marcharían al cabo de dos días mientras llenaba dos vasos de un whisky escocés que Alexander sólo había tenido la ocasión de probar una vez. Los preparativos estaban en marcha. Mientras iba hablando, el comerciante rebuscaba entre sus papeles. Por fin, cogió una hoja un poco arrugada.

—Estos son los nombres de los contratados que regresarán con nosotros a Montreal. He observado bien a estos hombres a lo largo del verano. Creo que puedo confiar en ellos. Sin embargo, si sabéis alguna cosa respecto a alguno…

Alexander tomó la lista que el holandés le tendía y la recorrió con la mirada: el Resucitado, Chabot, Dumais, el Rana… Ningún nombre le llamó la atención.

—Ninguno de ellos me parece sospechoso, señor.

—He decidido regresar a Montreal con dos canoas. Es más prudente. Me llevo al jovenzuelo. Es muy valiente, pero… me temo que no sobreviviría a un invierno boreal.

Alexander asintió con la cabeza y devolvió la hoja al comerciante. El holandés metió la nariz en su vaso y se quedó pensativo. El silencio duró varios segundos.

—Pero esto no son sino detalles… La verdadera razón por la que quería hablar con vos, ya debéis de haberla adivinado, se refiere a algo de mayor importancia.

—Vuestra misión —murmuró prudentemente Alexander, levantando la barbilla.

—Mi misión, sí… ¿Seguís teniendo las coordenadas del emplazamiento de…?

—Sí.

—Está bien, está bien.

Van der Meer dejó su vaso sobre un montón de hojas amarillentas y combadas por la humedad del lugar. Rebuscó en su barba y extrajo un insecto minúsculo, que aplastó sobre una esquina de la mesa.

—¡Maldito bicho! ¡Uno no lleva siquiera dos días aquí que ya está invadido por un ejército de piojos! La pobre Sally tendrá que pasarme la liendrera durante dos semanas. En fin…, ¿qué estaba diciendo?

—Vuestra misión —dijo Alexander, que de repente parecía notar que decenas de esos bichos le recorrían el cuerpo.

—Sí, mi misión.

El holandés puso la mano sobre el tirador de un cajón y después dudó. Echando una última ojeada a Alexander, tiró bruscamente para conseguir abrir el compartimento. Extrajo un rollo de cuero que protegía un pergamino.

—Os habéis ganado toda mi confianza, Alexander. Ahora bien, he de confesaros que no todos se la ganan. La noche en que os confié mi secreto, me disteis vuestra palabra… Sin embargo, el tesoro estaba tan cerca… No esperéis que me crea que la idea de ir a buscarlo no se os pasó por la cabeza.

Alterado por la mirada clara que estaba fija en él y lo atravesaba, Alexander cambió de posición en su silla, que chirrió.

—En efecto, estaría mintiendo —admitió en voz baja y bajando la cabeza.

—No os avergoncéis, amigo. Es humano. Yo también os mentiría si os dijera que nunca se me había ocurrido quedarme todo ese oro para mí solo. Pero la conciencia es buena consejera para el hombre que se respeta. Vuestro corazón ha resistido; yo tenía que asegurarme. Dicho esto, os he hecho venir aquí, hoy, para in formaros del verdadero lugar donde está escondido el col re.

El aire fresco de la noche se escabullía por la ventana y levantaba la lona amarillenta que hacía de cortina. Unos gritos se oían en el exterior: los hombres se preparaban para la fiesta que se iba a dar en honor de los que pronto regresarían a la civilización. El canto de los grillos y el de los patos se entremezclaban con el alegre jolgorio. Alexander tuvo un escalofrío a pesar de las gotas de sudor que chorreaban por su espalda. Su corazón latía con fuerza y rápidamente. Así pues, el holandés lo había puesto a prueba…

—Tenéis que convenir en que no tenía elección, amigo mío. Es un asunto de tanta importancia… Siento haber tenido que hacer esto, Alexander… Pero era tan necesario… Espero que me perdonéis.

El viejo comerciante sacó un pañuelo de su chaqueta y se enjugó la frente. Parecía sinceramente apenado. Alexander no podía reprocharle nada. Asintió lentamente con la cabeza y sumergió su nariz en el vaso que Van der Meer acababa de volver a llenar.

—Está bien, está bien —murmuró el holandés.

Despejó una parte de la mesa, desenrolló el pergamino y lo sujetó con una pistola y una tabaquera de estaño. Prosiguió:

—De hecho, las indicaciones que tenéis son las correctas. Tan sólo el lugar es lo que difiere. Acercaos. ¿Veis aquí? A un poco menos de una legua de la desembocadura del río del Norte, se encuentra el Pequeño río Rojo, que nace en el nordeste. Después de navegar durante una media legua por este río, en la orilla sur se divisa un sendero que asciende por una colina. Todavía hay que recorrer otra legua por este camino para desembocar en un claro, donde he construido una cabaña de madera. Es un lugar agradable, de fácil acceso y todavía inhabitado, que yo sepa. Nadie conoce el emplazamiento. Pienso retirarme allí el próximo verano, con Sally. En realidad, a mi esposa nunca le ha gustado la vida de ciudad, los acontecimientos sociales. En cuanto a mí, tengo que admitir que todos estos años pasados en los bosques han acabado con mis modales… Resumiendo, he plantado cinco manzanos en ese pedazo de tierra.

—Cinco manzanos —repitió Alexander, localizando el lugar en el plano.

—El punto de partida es el quinto manzano, el que se encuentra más al este respecto a la cabaña. Hay que situarse frente al camino que desciende hacia el este, donde, un poco más abajo, corre un riachuelo.

—Es fácil —comentó Alexander, memorizando el plano cuidadosamente dibujado sobre el pergamino.

—¿Creéis que recordaréis toda esta información? —preguntó el holandés, enrollando rápidamente el pedazo de cuero.

—Ya me sé de memoria las indicaciones que me disteis la otra noche…

—Perfecto.

El comerciante guardó el rollo de cuero en el lugar de donde lo había sacado; después, cerró el cajón, volvió a enjugarse la frente brillante de sudor y levantó la cabeza hacia Alexander.

—Espero no tener que estar preocupado por nada, amigo mío. Lo deseo sinceramente.

—Yo también, señor.

La sala, llena de humo y de olores corporales, rebosaba de una masa humana movida y ruidosa. Algunos de los presentes taconeaban con brío sobre las tablas para marcar el compás de una giga que se elevaba de las cuerdas de un violín desvencijado. Unas voces atenuadas surgían de uno u otro lado, como de otra dimensión. A veces, un grito, una risa o incluso los lloros de una criatura traspasaban el bullicio. Los pequeños se agazapaban en los rincones y observaban con grandes ojos asustados a los mayores, que se abandonaban a la locura de la fiesta. Los perros también participaban en el acontecimiento, apropiándose de todo pedazo de alimento que caía al suelo, olisqueando bajo las faldas y frotándose contra las pantorrillas de los bailarines. Alexander, con una jarra de cerveza en la mano, se abrió camino entre medio de la muchedumbre, salvando los obstáculos: cuerpos abatidos, atontados por la ebriedad, que nadie apartaba.

Localizó a Munro, sentado con tres de sus compañeros de viaje, entre ellos el Resucitado y Mathieu Picard, al que llamaban Piquette. La actitud de su primo indicaba su estado: ni mejor ni peor que el de los demás. Munro había hecho amistad con Piquette, que trabajaba de artesano cervecero en el asentamiento, y éste le había enseñado los secretos de la fabricación de la cerveza de abeto, que se dejaba fermentar con un disparo de pólvora en la piquera. La última cosecha parecía bastante lograda.

Alexander se sentó al lado del grupo para observar a los bailarines exaltados. Su primo se apropió de la jarra de cerveza y llenó los vasos vacíos que había sobre la mesa.

—Mi reserva, Alas —pregonó orgullosamente chocando su vaso contra el de Alexander—. ¡Para liberar la mente de las preocupaciones, no hay nada mejor, créeme!

—Sí, eso ya lo veo —respondió Alexander—. ¡En mi opinión, no sólo libera de preocupaciones!

Con un gesto torpe, Munro se enjugó la boca con el dorso de la manga y se echó a reír con estruendo.

—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Eso, no! ¡Pero siempre llevamos dentro al diablo, Alas! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Lo cierto era que allí libertad rimaba con locura y orgía. El alcohol sustituía rápidamente a la sangre en las venas de los hombres y las mujeres que, al igual que animales, ya no obedecían más que a sus instintos. Unas criaturas de piel cobriza, medio vestidas, bailaban de manera sensual y provocadora, e incluso iban a frotarse contra los espectadores excitados.

Ante ese muestrario apetitoso de carne fresca, Alexander no pudo evitar que el deseo se apoderara de él. Se puso a pensar en la mujer ojibwa con la que se había cruzado en el establecimiento durante el día. ¿Cómo se llamaba? Mikwa… No lo recordaba con exactitud, pero su nombre empezaba así. ¿Todavía estaría en el lugar? Una bailarina se acercó hasta ellos dando saltitos de un pie al otro, haciendo temblequear su vientre. Iba vestida con una falda de piel adornada con bordados y abalorios de vidrio, así como con una franja a la altura de las rodillas. En la parte de arriba, sólo llevaba joyas, una docena de collares de perlas y de conchas.

Sonriendo a Alexander de pasada y rozándolo con sus senos relucientes por el sudor, se inclinó por encima de Munro para robarle su vaso de cerveza. Él la agarró por las caderas riendo y la sentó sobre sus muslos. Ella rió y casi vació el vaso vertiéndose una parte encima. El líquido rodó por su cuello y su pecho hasta el vientre. Alexander ya no podía más; sumergió la nariz en su cerveza. Munro, encantado con esa criatura chorreante que se meneaba encima de él, no aguantó a la tentación de agarrarle los pechos con las manos gruñendo de placer.

La sonrisa de la mujer ojibwa acosaba ahora a Alexander. Con motivo de la transacción a la que había asistido, él había tenido tiempo de contemplar su cuerpo perfectamente proporcionado. Escrutó la multitud con delirio, pero no la vio. Desde luego, cualquier otra podría satisfacerlo. Pero, extrañamente, a la que en realidad deseaba era a aquélla. ¡Ella lo había mirado de una manera tan particular! A él se le había quedado la boca seca.

Un tumulto al fondo de la sala atrajo su atención. Vació su vaso y estiró el cuello. Por encima de un grupo de hombres emergía una cabeza que él reconoció: Kaishpa. ¿Qué hacía allí? ¿La mujer ojibwa estaba con él? Intrigado, Alexander se levantó para acercarse.

Una bombarda se sumó en ese momento al violín para tocar una nueva melodía. Una chiquilla de apenas doce años, de cuyas orejas colgaban unas baratijas metálicas brillantes, lo agarró del brazo para arrastrarlo hasta la pista de baile.

1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   ...   56

similar:

Índice iconÍndice Índice 1 Introducción 2 Desarrollo 3 Conclusiones 4

Índice iconIndice

Índice iconIndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com