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Ambe! Ambe42!

—No.

Daga! Daga!43

Apestaba a aguardiente y a vómitos. Alexander intentaba liberarse cuando resonó un disparo. La chiquilla se soltó inmediatamente de él y corrió a refugiarse bajo una mesa junto a un borracho. Del grupo, cada vez más numeroso, que rodeaba a Kaishpa surgieron vivas y risas. Con curiosidad creciente, Alexander se abrió camino hasta el centro. Había un hombre sentado en una silla, en medio de fragmentos de vidrio. Tenía los cabellos empapados y pegados al cráneo y la boca esbozaba una estúpida sonrisa de oreja a oreja.

—¿A quién le toca? ¿Quién quiere medirse con el gran Kaishpa? —gritó Wemikwanit, levantando hacia la multitud un vaso de aguardiente—. ¿Tú, Dubé? ¿Tal vez tú, Sinclair?

—¡Yo!

—Es Louis Baril —susurraron unas voces.

Todas las cabezas se volvieron hacia un hombrecito de cara congestionada que llegaba al centro del grupo.

—¿Qué me ofreces? —preguntó con aire desafiante.

—Salir ileso, hermano —se rió sarcásticamente Wemikwanit, tendiéndole un vaso cuyo contenido le chorreaba por los dedos.

—¡Cretino! ¡Te burlas de mí! —replicó con vivacidad el hombrecito, haciendo un gesto despectivo—. Yo no me enfrento a tu mono por una tontería. ¿Qué me ofreces?

—La mitad de nuestras ganancias… si no te caes de la silla antes de que Kaishpa dispare. Si no, nos lo quedamos todo.

—¡Eso ya se sabe! Yo aguantaré —afirmó presuntuosamente el hombre, cogiendo el vaso.

Mientras el importe de las apuestas se iba acumulando sobre una mesa, Kaishpa recargaba su pistola y Baril se instalaba en la silla, posando el vaso en equilibrio sobre su cráneo. Se hizo el silencio. Luego, el violín dejó escapar algunas notas. Después de haber ejecutado una pequeña coreografía destinada a subyugar a los espectadores, el gran Kaishpa tendió hacia delante el puño que sujetaba el arma. Cerró un ojo.

—¿No tendrás miedo?

—¡Se va a cagar por la pata!

—¡Eh! ¡Louis! ¡Va a reventarte la cabeza como un huevo!

Alexander seguía con creciente interés ese juego macabro. Ahí estaba lo que conllevaba el aburrimiento y la ociosidad cuando ninguna ley detenía las pulsiones violentas del hombre. Salió el disparo, el vidrio estalló y Baril, blanco como el papel, lamió sus labios chorreando aguardiente antes de esbozar una sonrisa de tonto.

—¿A quién le toca ahora? —continuó Wemikwanit, llenando otro vaso, que vació de un trago antes de volver a llenarlo.

Los hombres se empujaban y animaban unos a otros para ver quién se prestaba al juego; se insultaban entre sí para que otros reaccionaran.

—¡Tú, el de allí!

Alexander giró la cabeza en la dirección que señalaba el dedo del mestizo. Vio a un chaval de unos dieciocho años como mucho.

—¡Venga, Jean-Baptiste, hazlo!

—¡Va, Leboeuf! ¡Enséñanos antes de marcharte que no eres un cagado!

—¡Enséñanos que tienes agallas! ¡Pero no te manches mucho los pantalones! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Unas manos empujaban. El joven, para no quedar mal —algo que en ese país era, sin duda, peor que perder la vida—, avanzó y tomó el vaso, derramando unas gotas de líquido en sus dedos.

Igual que el otro, se instaló en la silla. Alexander observaba el rostro exangüe. El pobre chico debía de estar encomendándose a todos los santos. Con los párpados arrugados y los dedos blancos crispados sobre sus rodillas, se puso a temblar. El vaso osciló, y chorreó líquido por su frente, donde ya se estaban formando unas gotitas de sudor.

—¡No puedo, no puedo, madre mía! ¡No quiero morir!

Mientras cogía el vaso que iba a resbalarse de su cabeza, salió el disparo. Un horrible grito hizo callar a la orquesta. Todavía resonaron algunas risas. Después, tan sólo se oyeron los largos gemidos del chico, que cayó al suelo retorciéndose, en tanto un charco de sangre se iba formando por debajo de él.

—¡Un médico, hay que ir a buscar a un médico! —chilló un hombre.

—¡El cura! —dijo el Resucitado, que estaba junto a Alexander—. ¡Ve a buscar a Aunay, Macdonald! Yo me encargo de buscar a Kilpretin. Alardea de que fue cirujano.

—Pero… se ocupaba de las ovejas.

—¡Bah! Sabrá qué hacer. Los métodos del cura no son mucho mejores, te lo aseguro; además, todavía no hay ningún muerto. Entre los dos ya se apañarán para curar a este idiota, que ha tenido la estúpida idea de poner la mano en el vaso.

Alexander dio media vuelta. El inventor de aquel juego había desaparecido; su gran mono también. Más lejos, Munro estaba ocupado en magrear a su salvaje… Él salió precipitadamente del pabellón. Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la oscuridad. Recorrió el edificio, tropezando con unos cuerpos que roncaban arrimados a la pared.

Después de pasar por un cobertizo, sorprendió a una masa en movimiento y jadeante iluminada por la luna. Un apuesto caballero se tiraba a su montura a golpe de fusta. Asombrado, se quedó inmóvil un instante, hasta que las llamadas de ayuda que le alcanzaban le recordaron el objetivo de su salida. Se alejó de la escena lúbrica, y se dirigió hacia la cabaña en la que se alojaba el cura, Rémi Aunay. Joly yacía delante de ella, sobre un banco, borracho como una cuba.

Se filtraba luz por la ventana y por la puerta ligeramente entreabierta. Unas voces provenían del interior. Alexander echó una mirada para asegurarse de que el cura estaba realmente allí. Dos muchachas estaban arrodilladas, en actitud de recogimiento, ante un hombre ataviado con una sotana que le daba la espalda. Alexander dudó. Así pues, ¿Aunay era realmente un sacerdote? ¿Tenía que esperar a que hubiera administrado la confesión a esas jóvenes?

—… y como penitencia, mis zorritas, os pido que seáis más generosas.

«¿Zorritas?» Alexander echó una mirada al interior de la cabaña: el cura se levantaba la sotana y una de sus zorritas desaparecía debajo de ella. Atónito, boquiabierto, él se refugió en la sombra. Una risa loca se le iba a escapar de la boca. Ahora entendía las alusiones de sus compañeros cuando se hablaba de Aunay.

Regresó al edificio donde se celebraba el baile. El Resucitado llegaba al mismo tiempo con un Kilpretin refunfuñando por haber sido despertado.

—¿Has encontrado al cura?

—Estaba administrando la confesión…

—¡Oh! —dijo el Resucitado con una sonrisita—. Pues el chaval tendrá que contentarse con nuestro charcutero.

—Eso me temo.

Cuando entraron en la sala, constataron que se había reanudado la fiesta con más fuerza. Jean-Baptiste Leboeuf estaba sentado en una silla, tenía la mano herida vendada y la otra sujetaba un vaso de aguardiente que vació de un trago. Una mujer se inclinó encima de él para hablarle. Él, todavía pálido, asintió con la cabeza y tendió su vaso. Ella volvió a servirle. Su vestido de piel con una abertura lateral dejaba ver un largo muslo fino.

—Al parecer, la desgracia del muchacho ha suscitado la piedad de una princesa ojibwa —comentó el Resucitado, riendo—. Se recuperará. Pero yo vaticino que no podrá volver a coger su zagual antes de la primavera.

Kilpretin, al ver que lo habían despertado para nada, se alejó maldiciendo alto y fuerte con su acento irlandés marcado aún más por la cólera. La salvaje levantó entonces la cabeza en la dirección de ellos. Sus ojos de obsidiana se fijaron, poseyeron los de Alexander, estimulando así sus pulsiones de macho que liberaron miles de bichos voraces por todo su cuerpo. Ella se dio cuenta del efecto que causaba sobre él. Sonriendo al escocés con ironía, avanzó hacia él contoneándose lánguidamente. Por completo magnetizado, clavado al suelo, Alexander la observaba mientras ella se iba acercando. Con un movimiento gracioso, la mujer hizo volar su larga trenza hacia su espalda. Era como una sirena de ámbar flotando en la bruma de la estancia nauseabunda.

Boozhoo44 —murmuró la mujer cuando llegó a su altura, rozándole la mano y después el brazo.

—Buenas noches —farfulló él mientras ella seguía su camino.

Alexander, con la garganta seca, tragó saliva. Ella había desaparecido. Paralizado por el azoramiento, él se quedó allí plantado, mirando el vacío.

—¿Tienes algún problema? —le preguntó el Resucitado.

—¿Problema?

Sí, tenía un problema. Desde luego. Un problema que literalmente le estaba hinchando el vientre.

—¿Acaso no sabes que las salvajes consideran una afrenta que rechacen sus avances?

—¿Avances? —repitió Alexander, que todavía notaba el ardor de la caricia.

—¡Pero tú realmente tienes un problema, desde luego! —espetó el Resucitado, asestándole una palmada en la espalda—. ¿Tú no sabes leer en los ojos de una mujer?

Alexander, al comprender de repente, salió de inmediato y se puso a buscar a la sirena, como un marinero naufragado. Ella lo salvaría…, esa noche, al menos.

La sirena lo esperaba tranquilamente bajo los pinos. Mientras él avanzaba hacia la mujer, ella desapareció en la oscuridad de la noche. Mezclándose con el alcohol que tenía en la sangre y exacerbando el fuego que le devoraba el vientre, el persistente perfume de la resina lo mareó.

—¡Mikwa…, joder! —gruñó él, al no conseguir recordar el nombre de la mujer.

Apartó una rama y llegó al lugar donde la había visto. Una risa gutural, unos pasos precipitados. Una rama azotó el aire. La mujer huía. Él sonrió y la persiguió por el bosque.

—¡Quieres divertirte a costa mía, sirenita!

Aquel juego lo excitaba más. Sus pies se hundían en el espeso manto de agujas y humus. Vislumbró un destello cobrizo entre las hojas de un arbusto. Sonrisa provocadora, mirada incendiaria. Le hacía señas para que la siguiera. Un rayo de luna hacía brillar su trenza de azabache. Alexander se detuvo a algunos pasos de ella, temeroso de que volviera a huir. La observó intensamente, respirando de forma entrecortada, y estiró el brazo. Ella lo esquivó con una risa y lo arrastró tras sus pasos. Unos wigwams45 de corteza se perfilaban bajo el claro de luna. Las solapas abiertas dejaban escapar un débil resplandor. Él vio que ella se escabullía al interior de una de las tiendas y la siguió.

Lo acogió un fuerte olor a pescado ahumado. Jadeante, sudado, rebuscó en la penumbra. Un pequeño fuego iluminaba el centro de la vivienda; un hilillo de humo se escapaba por una abertura, en la cima del cono de corteza. Había unos cuerpos tumbados aquí y allá encima de unas esteras, a veces con una manta, y otras sin ella. Eran mujeres en su mayoría, y niños. Por fin, la vio, sentada en el fondo, sobre sus largas piernas desnudas. Sus ojos negros lo observaban, lo invitaban con un lenguaje silencioso. Él se acercó lentamente.

Ambe omaa —dijo ella dando unas palmaditas justo a su lado—. Abin.

Alexander lo único que entendió fue el gesto; obedeció y se sentó sobre el trozo de estera que ella le había reservado.

Aaniin ezhinikaazoyan? —susurró la mujer.

—No te entiendo.

Ella posó una mano sobre su corazón.

Mikwanikwe nidijinikàz. Aaniin ezhinikaazoyan?

Vivienda cónica de una única estancia.

—Mikwanikwe… Así te llamas, ¿es eso? ¿Y quieres saber mi nombre?

Ella asintió con la cabeza, mostrándole una magnífica sonrisa.

—Alexander.

—Alexander —repitió ella lentamente, observándolo intensamente con sus ojos llenos de misterio.

Después, la mujer señaló una cesta de corteza repleta de carne seca y pan indio.

Ginoondezgdde na?

Alexander declinó la oferta sacudiendo la cabeza. Tenía hambre de otra cosa, y ella lo sabía perfectamente.

Ginoodeyaabaagwe na? —volvió a preguntarle, ofreciéndole una cantimplora llena de un líquido de olor agrio—. Ishgode-waaboo.

Eso lo entendió. Aunque sus escasos conocimientos del algonquino no le permitían seguir una conversación, era capaz de captar alguna palabra.

Miigwech46 —respondió él, cogiendo la cantimplora.

El aguardiente le quemó la garganta. «Alcohol malo adulterado», pensó, esperando no envenenarse. La mujer levantó con orgullo la cabeza sacudiendo su larga trenza, y posó sus manos sobre sus rodillas, esperando sin decir nada a que él acabara de beber. Mientras ella lo miraba, él bebió a traguitos, tomándose su tiempo para observarla. A pesar de las características propias de su raza, la mujer poseía unos rasgos finos que revelaban su mestizaje: una nariz larga y recta, una frente estrecha y abombada, una osamenta delicada, como la de Isabelle…

Dejó la cantimplora sonriéndole. Eso era lo que le había atraído de ella: su gracia altiva le recordaba la de Isabelle. Sintiendo unas repentinas ganas de poseerla, se arriesgó a poner una mano en su brazo, dejó que sus dedos se deslizaran hasta el hombro y después hasta la nuca. La atrajo entonces hacia él con firmeza para besarla. Con fuego en el vientre, recorrió febrilmente las hermosas curvas de su cuerpo. Nada esquiva, ella dejó que aplacara sus ganas de tocarla, de probarla, ondulándose y pegándose a él. Al cabo de un rato, se apartaron. Alexander no quería que todo fuera muy deprisa.

—¿Vives aquí?

Miinange.

—¿Entiendes lo que digo?

Miinange —respondió ella, asintiendo con la cabeza.

Se oyó un crujido muy cerca. Él giró la cabeza hacía una estera donde dormía un niño. Unos cabellos largos tapaban el rostro, y unas ropas magníficamente decoradas con bordados en pelo de alce salían de la manta. Era, sin duda, una niña y no tendría más de cuatro años.

Otemin, nindaanis.

—Otemin. ¿Así se llama? ¿Es tu hija?

Miinange —respondió la mujer, posando una mano sobre el corazón.

Después, con ternura, retiró un mechón de cabello y dejó al descubierto la cara de la criatura. Perturbado su sueño, la pequeña se movió y rodó de espaldas. A Alexander le pareció bonita.

—Se parece a ti —observó él, pensativo.

Si Kaishpa era realmente el esposo de Mikwanikwe, era un idiota al haberlas abandonado a ambas. ¡No, peor! ¡Haberlas vendido por un barrilete de aguardiente!

Amba omaa…

Mientras hablaba quedamente, Mikwanikwe se iba insinuando entre sus muslos. Cuando ella le acariciaba los hombros, él tuvo un pensamiento extraño: de repente, se dio cuenta de que no tenía hijos. Desde luego, no estaba dispuesto a tenerlos, por ahora, pero…

La boca de la joven iba trazando cálidos senderos por su cuello. Las llamitas que oscilaban lanzaban sus sombras moviéndose lánguidamente en la pared del wigwam. Los ronquidos recordaron a Alexander que no estaban solos. Aunque el escocés conociera las costumbres de los salvajes, para quienes la sexualidad no era un tabú, sino que se vivía libremente, sin pudor, él se sentía intimidado al hacer el amor cerca de decenas de cuerpos dormidos.

Las manos de Mikwanikwe masajeaban sus bíceps, se deslizaban por sus pectorales, que se contrajeron. Él se quitó la camisa; ella, su vestido de piel adornado con los mismos bordados de vivos colores que los de su hijita. Tenía unos dedos de hada, ¡ah, sí! La joven se volvió más audaz, acariciando sus abdominales y deslizando la mano en su bragueta. Cuando encontró el objeto deseado, encogió la comisura de los labios y sonrió. Él suspiró, complacido. La mirada de terciopelo que brillaba entre las delgadas aberturas oblicuas pudo con su vacilación púdica. Cerró los párpados y se dejó ir, soñando que quizá, con Mikwanikwe, él podría…

Eran muchos los contratados que tomaban por esposa a una salvaje con la que formaban una familia. Estas uniones de dos culturas tan diferentes duraban a veces tanto como los matrimonios entre blancos. Allí, con esa desconocida, Alexander sentía el peso de su soledad y su necesidad de compañía. Isabelle no era sino un recuerdo, y él tenía que seguir viviendo, pensar en él y en su porvenir. De repente, volvía a tener esperanza, tenía ganas de tener hijos. Tal vez Mikwanikwe lo esperaría hasta el próximo verano…

La joven se inclinó sobre él y lo empujó suavemente para que se tumbara en la estera.

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