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Omaa zhmgishinm…

Él no entendía ni una palabra de lo que le decía. Todavía no comprendía la lengua algonquina que, como las demás lenguas amerindias, se basaba en imágenes y no situaba las palabras precisamente en el tiempo, como hacía el inglés o el francés. Él se perdía, pero no le importaba. La boca hábil, cálida y húmeda parecía decidida a hacerle conocer todos los placeres. Él se deslizó sobre su vientre, calentando sus sentidos, y después envolvió su sexo como una vaina perfectamente ajustada. Contuvo un gemido y, con los dedos enredados en la sedosa cabellera de azabache, invocó al Kije-Manito47. Mikwanikwe le hablaba una lengua universal que él sabía descifrar perfectamente.

Mientras emergía de la bruma, sus sueños se disipaban con un guirigay que le recordaba el de un corral. Los cacareos resonaban en su cabeza, que le dolía intensamente. Rodó sobre sí mismo, sujetándose la cabeza con las manos. Poco a poco fue recordando los acontecimientos de la noche: el alcohol adulterado, Mikwanikwe…, sus ojos, sus manos…, su boca… y su sexo. Había hecho el amor durante toda la noche. Recordaba vagamente que la pequeña Otemin se había despertado y que su madre le había canturreado una nana. Después, habían salido en silencio del wigwam para beberse el resto de la cantimplora bajo los pinos, y habían continuado con sus retozos enfebrecidos.

—Santo Dios… An donas ort, Alasdair!

Sus manos cayeron pesadamente sobre la estera. No podía evitar sentir un singular sentimiento de culpabilidad. Como cada vez que se despertaba después de una noche de tórridos retozos, pensaba en Isabelle. La cruz de bautismo que siempre llevaba se clavaba en la piel de su cuello, recordándole a la que había jurado amar toda su vida. Isabelle era su mujer para siempre. Las otras no serían más que amantes, aventuras, por mucho que intentara convencerse de que era absolutamente estúpido, que Isabelle nunca regresaría a él, que tenía que borrarla de manera definitiva de su mente. Pero…

En su búsqueda de amor en las mujeres, Alexander tenía la impresión de que recibía más que daba. Siempre había sentido una imperiosa necesidad de amor y tomaba ávida y egoístamente la ternura y las caricias. Cuando no había una mujer en su vida, se lanzaba desafíos para tener el sentimiento de existir realmente: por algo si no era por alguien. Con Isabelle, era diferente. Una nueva necesidad había nacido en él, pero no había tenido tiempo de definirla…

Abrió un ojo con dificultad y fue acogido por una luz tenue, triste: un amanecer lluvioso. Él detestaba ese momento del día, en que se sentía solo. En cambio, a pesar de la humedad que calaba, le gustaban bastante los días de lluvia. Entonces, parecía que una cortina lo separaba del mundo que lo rodeaba y la vida transcurría con la lentitud de un caracol. A fin de cuentas, se sentía como uno de esos moluscos esa mañana: tan blando y repugnante. Cerró los ojos e intentó no pensar en nada.

Al cabo de un rato, notó una mosca a su alrededor que intentaba seguramente posarse. Exasperado, Alexander se levantó de golpe, gruñendo y haciendo grandes gestos. Ahora ya estaba totalmente despierto, y además le dolía mucho la cabeza. Mientras se cogía la cabeza con las manos, vio dos hermosos ojos negros brillantes y traviesos que lo miraban por encima de una amplia sonrisa.

Boozhoo.

—¡Ejem…!, boozhoo… ¿Eres… Otemin?

La chiquilla tendió su pluma de oca para seguir haciéndole cosquillas.

—Otemin —confirmó ella, riendo.

Volvieron a oírse los cacareos, y la solapa del wigwam se abrió y dejó entrar a un grupo de mujeres que llevaban unas cestas. Mikwanikwe fue a dejar la suya junto a Alexander antes de arrodillarse ante él. Su larga cabellera cuidadosamente trenzada reposaba sobre su pecho, que había cubierto con varios collares. Desprendía un suave olor a helecho que le recordaba la noche loca. Después de haber dado un trozo de pan indio a su hija, se tendió junto a él y le ofreció un cuenco de arroz salvaje salpicado de aciano.

Pakwejigan?

—No, gracias… —respondió Alexander con una gran mueca que expresaba bastante bien el estado de su estómago.

Mikwanikwe rió quedamente y le dio un besito en la mejilla antes de coger una gran cantimplora que colgaba de uno de los troncos de árbol que sostenían la estructura y ofrecérsela.

Nibiiwe48.

—¿Nibi, agua?

—Agua, sí.

Ella le sonrió y eso le alegró el corazón. La simplicidad de Mikwanikwe le hacía sentir bien. Pensó que la vida con ella podría ser agradable y podría hacerle olvidar el pasado. Cogió la cantimplora y la dejó en el suelo; después se levantó sobre sus rodillas para acercarse a la joven y le tomó la cara entre las manos.

—Mikwanikwe, mañana me voy y… regresaré con las ocas.

Ella posó sus manos sobre las de él y las apretó con ternura; cerró los ojos con aspecto radiante.

—No puedo prometerte nada. Pero si tú lo deseas…, a mi regreso, te enseñaré mi lengua… Podremos mirar juntos las lunas y los soles saliendo por Waban Aki49 para reinar en la tierra de los Anishnabek50

Miinange… Miinange… Sí…

La lluvia no duró mucho y el sol se abrió camino entre las nubes antes de mediodía. Para consolidar sus vínculos con Mikwanikwe, Alexander depositó a sus pies un cervato al atardecer. Ella había compartido su cena con él, y después su estera en la que era la última noche.

Al salir el sol, el holandés había reunido a sus hombres para volver a la civilización. Las canoas estaban cargadas y los viajeros, zagual en mano, se disponían a embarcar. Los hombres se abrazaban y se deseaban buena suerte, buen viaje. Munro y Alexander se abrazaron con emoción, y apenas intercambiaron algunas palabras. Volverían a verse al cabo de unos meses.

Unas columnas de humo se elevaban hacia un cielo azul salpicado de nubes blancas. El pueblo construido en las inmediaciones de la base comercial estaba tranquilo. Alexander veía los wigwams que sobresalían por encima de las cabañas de troncos. Buscó a Mikwanikwe entre las salvajes reunidas en la orilla, ante la empalizada. Allí estaba, con Otemin pegada a ella. Se dirigió hacia ellas sonriendo. Tenía sus hermosos ojos oscuros enrojecidos, pero le devolvió una sonrisa. Él le tomó las manos y las besó.

—Cuida de ti y de tu hija, Mikwanikwe…, y del bebé —añadió al recordar que estaba encinta.

Ella asintió lentamente con la cabeza, soltando las manos, y rebuscó en la cesta que estaba a sus pies. Extrajo un par de mocasines y se los ofreció, bajando la mirada.

Makizin.

Eran magníficos: adornados con pinchos de puerco espín y muy flexibles. Alexander estaba encantado.

Mügwech.

—Alexander…, gizaagi'in… Badwadjigan.

Aquella voz dulce y vibrante revelaba una gran emoción. La joven lo besó y después huyó corriendo hacia el bosque. Otemin tiró de la manga del escocés para atraer su atención. Con el corazón en un puño, él bajó la cabeza hacia la carita que se levantaba gravemente hacia él. La niñita le ofrecía su pluma de oca. Él se agachó ante ella, cogió el regalo y le acarició la mejilla.

Mügwech, Otemin. Gizaagi'in? ¿Qué quiere decir eso?

Gizaagi'in —dijo la niña, cogiéndose a su cuello y estrechándolo con fuerza.

—Creo que lo entiendo —murmuró él—. ¿Y badwadjigan?

Ella apoyó su minúsculo dedo índice sobre su pecho para señalarlo.

—¿Yo? ¿Badwadjigan, soy yo?

Otemin asintió enérgicamente con la cabeza haciendo volar sus trenzas y sonriendo. Alexander posó su mano sobre la cabeza de la pequeña.

—De acuerdo. Ahora, vuelve con mamá y sé buena, Otemin.

La niñita se alejó corriendo. De regreso a su canoa, donde se acomodaban sus compañeros, Alexander se cruzó con la mirada interesada de Wemikwanit, que colocaba el último fardo.

—¿Así qué, te será fiel, amigo? —preguntó el mestizo con una sonrisa llena de sobreentendidos—. Veo que a la hermana de Kaishpa le siguen gustando los blancos.

—¿Su hermana?

Wemikwanit no respondió. Agarró su zagual y se embarcó en la otra canoa. El Resucitado, que había observado la escena, se dirigió hacia Alexander.

—Sustituye a Leboeuf que, evidentemente, no puede realizar el viaje. El pobre está desesperado por tener que pasar el invierno aquí… ¿Y pues? ¿La princesa ha sido acogedora?

—¿Tú sabes lo que quiere decir badwadjigari?

¿Badwadjigan? Pues no sé…, no estoy seguro, pero creo que puede traducirse por algo así como «el que es un sueño».

—El que es un sueño…, el que es un sueño… —repitió Alexander, con la mirada perdida en el verde profundo de las coníferas que bordeaban el asentamiento: por allí era por donde había desaparecido Mikwanikwe.

El oro y la sangre engalanaban con suntuosidad los bosques, mientras que el azul puro del río ondulaba y se lanzaba en las aguas furiosas y espumosas del salto de la Caldera. Tan sólo quedaba una semana de remo antes de atracar en el muelle de Lachine. El trayecto de regreso, mucho más rápido que la ida, no fue por ello menos fatigoso.

Como la corriente arrastraba las canoas, los viajeros preferían con frecuencia enfrentarse con los rápidos. Eso les costó unos cuantos baños de agua helada. Bastantes de ellos tenían los pulmones congestionados y fiebre. Pero el orgullo les impedía quejarse, y todavía más descansar para reponerse. No obstante, el destino decidió por ellos, y los obligó a detenerse. Durante un trasbordo para pasar al otro lado del salto de la Caldera, una mala maniobra hizo que una canoa chocara contra un arrecife y se reventara. Los daños eran importantes: un tercio de la longitud del esquife tenía la corteza rasgada. Si los hombres no hubieran reaccionado con rapidez y si el agua hubiera sido más profunda en ese lugar, se habría perdido una parte del material. Dada la situación, tuvieron que montar el campamento y quedarse en tierra el resto del día.

Impacientes, los viajeros se dedicaron a reparar las canoas, a cazar y despiezar una hermosa cierva, a cortar leña y a preparar la comida. Al tener un poco más de tiempo que de costumbre, Noel Paul, el cocinero, puso a cocer unas tortas de maíz, envueltas en unas ramas. A los hombres también les tocó una ración suplementaria de ron.

Alexander saboreaba tranquilamente su tabaco mientras contemplaba el agua que corría en su lecho, bajo el sol poniente. Escuchaba distraído a Wemikwanit, que hablaba con los demás. El mestizo lo dejaba perplejo. Además, Van der Meer lo observaba con frecuencia. Sólo por este motivo, él sabía que tenía que desconfiar, aunque el hombre no hubiera causado ningún problema hasta el momento.

—A ti ya te habría arrancado el cuero cabelludo si yo fuera iroqués —dijo la voz de Wemikwanit a su oído.

Con sus cabellos aprisionados en un puño sólidamente cerrado, y un cuchillo en su frente, Alexander dejó caer la pipa y se tensó. El mestizo lo soltó riendo, recogió la pipa para devolvérsela y se sentó junto a él.

—No tienes que perderte nada. Tus ojos y tus oídos tienen que estar siempre al acecho, siempre, allí donde estés. Tu vida depende de ello, ¡no lo olvides!

—Sobre todo, cuando no conocemos a los que nos acompañan…

Wemikwanit sonrió mientras miraba a Alexander con el rabillo del ojo.

—Sobre todo…

Se hizo el silencio. Los hombres sentados alrededor del fuego se explicaban sus sempiternas historias de osos rabiosos contra los que se había luchado con heroísmo, de pescas fructíferas en las que los pescados eran mayores que los humanos y de conquistas de mujeres tan deliciosas que la mismísima Venus tendría que palidecer de envidia. Parecía que eso no les cansaba.

—¿Por qué regresas a Montreal? —preguntó Wemikwanit después de haber encendido su pipa de loza desportillada—. ¿No te gustaba Mikwanikwe?

—Sí, me gusta, pero tengo que respetar los términos de mi contrato. Ya estaba previsto que no hibernaría el primer año.

El mestizo frunció el ceño.

—¿De verdad? Sin embargo, un hombre como tú hubiera sido muy útil en el asentamiento. Eres buen cazador; sabes leer y escribir, creo.

—¿Qué te importa a ti? —preguntó Alexander, a la defensiva.

—Nada. Tan sólo me lo preguntaba. Mikwanikwe estaba muy triste por tu marcha.

—¿Y los sentimientos de esa mujer te preocupan?

—Es la hermanastra de Kaishpa…

—¡Ah, sí! ¡Por supuesto! ¡El que la vendió por un barrilete de aguardiente!

—Era por su bien. Tú no puedes entenderlo, Macdonald.

—No, yo nunca entenderé a un hombre que es capaz de vender a su hermana.

—Ella se prostituía para esos perros rojos… ¿No te lo ha dicho? Claro…, una mujer no explica ese tipo de cosas a un hombre… mientras la está follando.

Había murmurado esas últimas palabras al mismo tiempo que plantaba la hoja de su cuchillo en la tierra, entre sus pies. Alexander miró cómo el mango de cuerno de ciervo oscilaba.

—Tal vez, simplemente estaba enamorada de un blanco. Eso no es prostituirse.

—¿Para conseguir harina, mantas, a veces pólvora y municiones si accedía a algún favor especial? ¡Si eso no es prostitución, amigo, dime tú qué es! De acuerdo, sólo iba con un hombre, el encargado del almacén del fuerte. Pero aunque ella le era fiel, él, en cambio, no se estaba de fornicar con quien le parecía. ¡Una porquería! ¡Los perros rojos apestan! Cuando el inglés ríe, deja ver sus dientes de lobo. Cuando habla, muestra su lengua viperina. Cuando nos mira, sus ojos son los de un halcón. —El mestizo dio un taconazo, e hizo una pausa. Después, prosiguió con más calma—: Antes de que vinieran a meter sus sucias patas en nuestras tierras, nosotros vivíamos en paz. Los franceses eran nuestros hermanos. Mezclaban su sangre con la nuestra al casarse con nuestras mujeres. Cazaban a nuestro lado, nos proporcionaban armas y municiones. Pero los ingleses, esos perros rojos, se niegan a hacer lo mismo. Y nuestros valientes ya no saben cazar con arco…, así que los niños tienen hambre. Con los franceses, compartíamos nuestro país. Los ingleses quieren echarnos de la tierra que Kije-Manito nos ha dado. Nos tratan como esclavos y nuestras mujeres son violadas.

Las palabras iban cayendo, y Alexander intentaba entender. No quería dar su opinión, sino más bien descubrir lo que el mestizo esperaba de él.

—¿De qué lado estás, escocés? —continuó Wemikwanit, volviendo a encender su pipa, que se había apagado—. Yo ya sé que has preferido trabajar para un canadiense. Pero tú eras un soldado británico…

—¿Por qué te importa a ti eso? Hago lo que me piden, sin meterme en vuestros conflictos.

—¿Lo que te piden? ¿Y qué te ha pedido exactamente el holandés? Le has caído bien… ¡Ningún negociante confía el puesto de sirviente personal a un desconocido!

Alexander se volvió enérgicamente hacia su interlocutor. Los colores cálidos del sol poniente resaltaban las facciones bien esculpidas de su rostro y acentuaban su aspecto inquietante.

—Sé leer y escribir.

Wemikwanit esbozó una sonrisita y entrecerró sus ojos ligeramente rasgados. Alexander comprendió que sospechaba algo de su acuerdo con el comerciante. Van der Meer hacía bien en preocuparse. Pero ¿qué sabía exactamente el mestizo?

—Tú, Wemikwanit, ¿qué haces por tu pueblo, ese al que dices que maltratan los perros rojos? Estás aquí con unos contratados que utilizan vuestras riquezas para sus propios fines, exactamente igual que los ingleses. ¿Por qué no estás con los tuyos, cazando para el invierno y asegurándote de que vuestros niños tendrán qué comer?

Wemikwanit levantó las dos manos, con las palmas vueltas hacia el cielo, y desafió a Alexander con la mirada.

—Wemikwanit es el que lleva las plumas. Es guerrero, no cazador. Son otros los que se ocupan de aprovisionar a la tribu. Yo ayudo a mi pueblo de otra manera.

—¿Haciendo la guerra? Viste qué resultados tuvo eso en el verano de 1763… ¿No son bastante concluyentes para ti? ¿Necesitas más sangre, más muertos?

—Veo que has recibido las enseñanzas de Wemitigoozhi. No obstante, la sangre inglesa de ese hombre le impide reflexionar bien. Dice que reconoce las reivindicaciones del gran jefe Pontiac, que ha hablado con los espíritus. Pero su mente es tan astuta como la de los perros rojos y nos llena los oídos de mentiras. Tú hablas francés. Sin embargo, no eres francés, al igual que el holandés. ¿Tu sangre es inglesa? Yo sé que las tribus de las montañas brumosas de vuestro país ya han probado la asquerosa medicina de los perros rojos. ¿Tú no deseas venganza?

—La venganza trae la muerte.

—¡La muerte trae la venganza! Y para Mikwanikwe, ¿qué quieres? ¿Eres como ese Thompson que solamente la ha utilizado para su placer? Ha mancillado nuestra sangre mezclando la suya con la nuestra. ¡El hijo de ese cabrón está creciendo en el vientre de Mikwanikwe y a él le importa un bledo! Envenena la sangre de muchas mujeres, que van también a deformarse por efecto del mal.

—Hablas del inglés como si fuera el diablo. Sin embargo, el primer hombre blanco que os vendió ron, que os proporcionó pólvora para el fusil, ¿acaso no era francés? ¿No fue también el francés quien primero os trajo el mal y la muerte a los Anishnabek?

El mestizo, silencioso, torció su boca, haciendo una mueca amarga, y sorbió por la nariz, con los ojos entornados. La noche caía lentamente y engullía el paisaje ante los dos hombres.

—Sí… —admitió Wemikwanit al cabo de un rato—. Pero las raíces del mal son ahora demasiado profundas para que podamos arrancarlas de nuestras tierras… Es irreversible; lo único que podemos hacer es detener la progresión… Es cierto, hubo un tiempo en que nuestros padres eran libres en esta tierra que es nuestra madre: Aki. El Kije-Manito creó Aki para nosotros. También dio vida al bisonte, al corzo y al caribú para…, para alimentarnos. Hizo nacer al castor y al oso para vestirnos y darnos calor. Aki nos da maíz para nuestro pan. Un día, unos hombres cruzaron el gran lago salado y vinieron a pisar esta tierra que no les pertenecía. Dijeron que eran amigos nuestros. Nuestros padres los creyeron, les hicieron un lugar y los alimentaron. En agradecimiento, nos dieron esa agua que enferma la mente. Nos llamaron hermanos, pero después quisieron que conociéramos a su dios. Nuestros padres empezaron a beber su agua de fuego, a utilizar su pólvora que hace el trueno y a escuchar hablar a su dios. Ya no oyeron la voz de Kije-Manito, que sin embargo seguía habiéndoles. Con los ojos cerrados, cegados, no vieron que esos hombres desgarraban el seno de nuestra madre, Aki, con sus herramientas de acero. Con los oídos tapados, sordos, no oyeron la queja cuando la cavaban, la removían para arrancarle sus huesos, los árboles. Con la boca cerrada, se quedaron mudos cuando masacraban a los animales para arrancarles sus mantos, dejando pudrir la carne. Aki tembló de cólera, pero nuestros padres, dudosos, envenenados, no la notaron bajo sus pies… La verdad es que el veneno nos sigue cegando… Pero Pontiac ha oído la voz de Kije-Manito y ha escuchado la del profeta delaware Neolin. Ha abierto los ojos antes de que fuera demasiado tarde. Los ingleses quieren acabar con nosotros; no son como nuestros hermanos franceses. Se niegan a hablar nuestra lengua, a mezclarse en nuestros juegos y nuestras celebraciones. Son altivos y fríos. Nos echan de nuestras tierras y se burlan de nosotros. En lugar de darnos remedios que nos ayuden a curarnos, nos pasan sus enfermedades para rematarnos. Incluso los sénecas no quieren ya reconocer la alianza que los ha unido a ellos durante cien años. De todos modos, los ingleses ya no los necesitan para hacer la guerra a los franceses, y quieren deshacerse de ellos. Hay que echar a los perros rojos de nuestro país, el país de los anishnabek. Esta tierra no pertenecía a los franceses, aunque ellos pensaran lo contrario. No obstante, nosotros la compartíamos con ellos, ya que Onontio51 era bueno con nosotros. Pero ellos nos han abandonado. Ahora tenemos que deshacernos de los ingleses antes de que ellos se deshagan de nosotros. Después, ya veremos lo que tenemos que hacer con los franceses.

—¿Y
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