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Capítulo 5.
Movimientos del corazón


Gabriel corría detrás de un saltamontes riendo, y sus cabellos volaban como pavesas alrededor de su cabecita siempre llena de ideas.

Isabelle sonrió y volvió a atender a su lectura:

… también, no sé si lo sabes, pero Quebec tiene una gaceta propia desde el pasado mes de junio. La publicación es semanal y bilingüe…, en fin, de momento. El señor Audet tiene la amabilidad de prestármela cuando ya la ha leído.

Hablando del señor Audet, como predijiste durante tu visita el pasado verano, por fin se decidió y vino a hacerme la gran proposición. No sé, Isa… Es muy bueno, pero no lo amo. ¡Ya te estoy oyendo decir que tú también te casaste con un hombre al que no querías, y que la vida te sonríe hoy en su compañía! El señor Audet es amable y atento, es verdad. Sus hijos me adoran, y yo a ellos también. Pero estoy bien en mi casa, sola, haciendo mis cosas sin que nadie me diga cómo. ¿Me entiendes? ¡Debo de haberme convertido en una solterona! Todavía no le he contestado, le he dicho que tenía que reflexionar.

—Me parece que ya lo has reflexionado todo, ¿eh, Mado? —dijo en voz alta Isabelle, riendo y cambiando de cuartilla.

La semana pasada, me invitaron a un baile. ¡Uno de verdad, de verdad, con hermosos vestidos y gentileshombres que se inclinan ante una! Dudo si contarte esta historia. ¡Pero tendrás mucho tiempo para olvidarla antes de tu próxima visita y ya no te acordarás de reñirme!

Ya sabes que voy a vender mis mermeladas cada semana al mercado de la Ciudad Baja. Por cierto, el negocio va bien. Por otro lado, ¿te acuerdas de aquel oficial inglés que venía regularmente a comprarme dos o tres tarros, el señor Henry? Era de lo más amable, me daba conversación y me trataba como a una verdadera dama. Además, era un hombre apuesto. Sobre todo, no digas nada, ¡ya sabes lo que pienso de los soldados ingleses! Me cortejó durante todo el verano, incluso me hacía el besamanos antes de irse, las últimas veces. Un día, me invitó a dar un paseo por la orilla del río. Sus intenciones eran virtuosas y fue muy considerado, te lo aseguro. Me ha invitado al baile que dará el gobernador Murray. Isabelle, yo estaba tan atónita que hasta hizo que me sentara. Acepté sin pensarlo, querida prima. No tengo vestidos adecuados ni joyas lujosas para tratar con la alta sociedad, pero así, de repente, no pude resistirme. No obstante, si el señor Audet se enterara de que he ido a un baile con un oficial inglés mientras él espera una respuesta a su propuesta, estoy segura de que me pondría de patitas en la calle y de que la historia daría la vuelta a la isla como una tormenta de viento; así que más tarde busqué un pretexto para declinar la invitación. Desde luego, el señor Henry no me creyó.

Poco después de rechazarla, un jinete remontó al galope el camino que lleva a mi casa. Depositó un cartón enorme sobre la mesa, tras haberme entregado un pliego sellado. Era de parte del señor Henry. La caja contenía un precioso vestido de seda azul mirlo, Isa. ¡El más hermoso que he tenido nunca! ¡Ya ves! Ya sé que estoy loca, pero voy a ir al baile dentro de dos días. No podía esperar más para contártelo. Ahora entenderás mejor por qué tardo en responder al señor Audet. No sé cuáles son las intenciones de este señor Henry, pero me gusta y creo que me ha reconciliado un poco con los casacas rojas.

No juzgues mal mi comportamiento poco virtuoso, Isabelle, por favor. Tengo veintisiete años, ya sabes. Sigo echando de menos a Julien, pero un fantasma no calienta el cuerpo. Aprovecho las ocasiones procurando que sea con prudencia. ¡Deséame buena suerte!

—¡Adiós, señor Audet!

Antes de terminar, te cuento noticias de tu familia. Tu hermano Louis se recupera de su mala caída. La pierna está restablecida y, de momento, camina con un bastón. Su abnegada Françoise le presta gran ayuda en la tienda, con Pierre. Me apuesto algo a que dentro de cinco años, nuestro joven aprendiz obtendrá la licencia de maestro panadero y le comprará la panadería a su padre. Anne, que tiene catorce años, empieza un nuevo curso en el internado de las ursulinas. Estoy segura de que para Louis es un alivio saber que su hija está bien encaminada. Es tan hermosa… El pequeño Luc está en los recoletos. Se le dan bien los números. Todo va estupendamente.

Hace dos días, fui a casa de sor Clotilde a llevar unos crisantemos a la tumba de Guillaume. Ahora hace un año que encontró el reposo eterno. Que Dios lo tenga en su gloria. Se lo merece.

—¡Un año, ya! —murmuró Isabelle.

Un trágico accidente se había llevado a su hermano Guillaume. Se había ahogado en el río Saint-Charles. Durante una salida, se había escapado un momento de la vigilancia de las religiosas. Nadie había sido testigo del accidente. Algunos habían dado a entender que, sin duda, se había tirado voluntariamente al agua para huir de los tormentos que ya nunca lo abandonaban. No obstante, nadie se había atrevido a decirlo públicamente. No había ninguna prueba. Guillaume había recibido exequias religiosas y ya se había liberado del mal que lo roía desde la guerra…

Bueno, ya es suficiente. Está amaneciendo y tengo que arreglarme para ir a preparar el desayuno de los niños de Audet. Te volveré a escribir en cuanto pueda. No te olvides de hacer tú también lo mismo, querida prima.

Con todo mi afecto,

Madeleine

Isabelle levantó los ojos y observó a Gabriel mientras éste fisgoneaba bajo el cornejo con Marie. Pensaba en Madeleine. Le preocupaba su prima, que ya había rechazado dos propuestas de matrimonio y a la que no entendía bien. Madeleine parecía obstinada en vivir un celibato que cada vez le pesaba más. En fin…, si ese señor Henry, que ella misma había visto en dos ocasiones durante su estancia en Quebec, podía ser el que le pusiera el anillo en el dedo, Isabelle estaría encantada, ya fuera oficial inglés o no. Estaba ya impaciente por recibir noticias de su prima.

Isabelle dobló la carta cuidadosamente y la deslizó en el bolsillo de su falda, y luego se puso a observar a su hijo. Mientras que los otros niños se divertían con juguetes de madera, a Gabriel le gustaba explorar el patio, extasiarse entre los animalitos. Así, más tarde, ella se encontraba babosas ahogadas en vasos de agua sobre la mesa de la cocina, arañas muertas a las que les faltaban las patas y mariposas deshilachadas clavadas en la pared con un alfiler. Tenía que admitir que eso animaba su aburrido día a día.

La víspera, había tenido que ir a la caza de los cinco grillos que se habían escapado de un tarro, por el salón. Arlequine había participado en el juego y se había comido tres, lo que había hecho llorar a Gabriel. Para consolarlo, Marie le había prometido que lo ayudaría a encontrar los otros. Ahora, ella misma estaba participando en la cacería sujetando bien cerrado el tarro sobre sus rodillas y mirando cómo su hijo atrapaba a esos bichos repugnantes que iban a mantenerlos despiertos toda la noche con su incesante chirrido. En fin…, ver a Gabriel feliz la hacía feliz.

—¡Tengo otro! —gritó Marie con aire victorioso y las manos bien cerradas.

—¡Enséñamelo! ¡Enséñamelo! ¿Es gordo, eh? Quiero uno gordo, Ma'ie.

—Marrrrie —dijo la criada sonriendo, antes de enseñarle rápidamente el insecto al niño—. ¿Qué, éste te gusta?

—¡Oh, sí! —exclamó—. ¡Es gordo! Dáselo a mamá, va a ponerlo en el tarro.

Isabelle levantó la tapa haciendo una mueca, y el bicho negro y brillante fue a parar con los demás bajo la mata de hierba que tenía que alimentarlos. Después, levantó el recipiente con el brazo tendido.

—Creo que ya has recogido bastantes, Gaby. Es hora de dormir la siesta, ahora.

—Yo no quiero ir a dormir, mamá —protestó el niño, poniendo mala cara.

—Venga, sin rechistar. El juego ha terminado; hay que descansar.

—¡Antes quiero comer algo! ¡No quiero ir a do'mi' enseguida!

—Dorrrmirrr, Gaby —corrigió Isabelle con impaciencia.

El problema de pronunciación de su hijo persistía, y ella se preguntaba si no tendría que llevarlo a clase durante el invierno. Gabriel, que pronto tendría cuatro años, todavía no era capaz de pronunciar correctamente las erres. Pierre también se preocupaba e incluso había buscado a un profesor, el señor Labonté.

—Ale, mi ángel —animó a su hijo, dándole unas palmaditas en la cabeza—, corre a lavarte las manos y la cara. Después, cámbiate la chaqueta, está llena de tierra. Marie te dará una galleta si te das prisa.

—Sí, sí —respondió el chiquillo, poniendo morros.

Esa manera que tenía Gabriel de expresar su descontento le encogía el corazón. No porque careciera de modales, sino porque le recordaba a su padre. Con un suspiro, entregó el tarro lleno de grillos a Marie, que acompañó a Gabriel a la cocina. Después, ella miró también allí para prepararse un té.

Louisette, la nueva doncella, estaba ocupada preparando pasta para depilar en un gran cuenco de loza, con almendras amarais molidas, miel y yemas de huevo fresco. Isabelle prefería esa mezcla a las recetas que incluían polvo de cochinillas o huevos de hormiga aplastados que daban tanto asco. Al lado, sobre la mesa, reposaba una decocción de centaurea y manzanilla para aclarar el cabello.

Al ver esos productos de belleza, la joven recordó que tenía que pasar por el boticario Meloche, que le había preparado su agua de bergamota y jazmín. Así pues, ordenó a Basile que enganchara la yegua negra y después llamó a la puerta del despacho de Pierre. Al cabo de unos segundos, se oyeron unos ruidos de pasos y la puerta se abrió.

—¡Oh, entrad, señora Larue! —dijo Jacques Guillot, el nuevo socio de Pierre, haciéndose a un lado para dejarla pasar.

—¡Ejem…!, yo no quería molestaros, señor Guillot —se excusó ella sonrojándose ligeramente—. Simplemente venía a avisar a mi marido de que salía a hacer unos recados… ¿No está?

—No, ha salido hace apenas unos minutos. Una urgencia, me ha dicho.

—¿Algo grave?

—No lo creo, señora.

El joven parecía molesto y miraba a su alrededor.

—¿Buscáis algo?

—El contrato de un comerciante viajero que se marchó en la primavera de este año. Quería sacarlo antes de irme, para que el señor Larue pudiera acabar más temprano.

—Sois muy amable por vuestra parte, señor Guillot. ¿Habéis mirado en el archivo? Creo que es el lugar indicado para…

—¡Es lo primero que he hecho! Sólo que el que necesitamos, no está.

—¿Y de qué comerciante se trata?

—Kiliaen van der Meer.

—¿Van der Meer? —repitió Isabelle, un poco azorada—. ¿Ese documento no está con los otros?

—No, señora.

Intrigada, Isabelle penetró en el rincón donde se amontonaban las cajas que contenían centenares de expedientes. Al abrir algunas de las carpetas guardadas en la letra V, constató que, efectivamente, el contrato del señor Van der Meer no estaba. Era curioso: Pierre era tan ordenado…

—No lo veo… En fin… —farfulló ella, examinando las carpetas archivadas en la letra M.

Quizás el contrato del holandés estaba junto con el de Alexander. Pero tampoco había señal alguna de ese contrato.

—Es muy extraño…

Isabelle, pensativa, se incorporó dando un paso hacia atrás. Entonces notó algo bajo su tacón y oyó una débil queja. Al cabo de un momento, dos manos la tomaron por la cintura para apartarla.

—¡Oh! ¡Lo siento tanto! —exclamó, ruborizada y confundida—. Soy…, de verdad…

—No pasa nada —la tranquilizó el señor Guillot—. No es nada. ¡Sois ligera como una pluma!

Jacques Guillot había entrado al servicio de Pierre a principios del mes de junio, una semana después de que ella se marchara de Montreal para dirigirse a Quebec. Así pues, no había tenido ocasión de conocerlo hasta julio, a su regreso. Trabajaba de aprendiz y le sacaba trabajo de encima a Pierre, siempre sobrecargado. Sonriente, pulido y bien educado a pesar de sus orígenes modestos, a Isabelle le había gustado desde el primer momento.

Ella ya se había fijado en las miradas que a veces le dirigía el joven y que rozaban la inconveniencia. Sin embargo, no le había dicho nada a Pierre, ya que lo consideraba anodino y más bien halagador. En varias ocasiones, cuando se cruzaban en el pasillo o en el vano de la puerta, él incluso la había rozado con la punta de los dedos. Evidentemente, Isabelle no animaba de ninguna manera esos comportamientos, pero tampoco los evitaba, y se sorprendía a sí misma sonriendo cuando sucedían.

Sin embargo, realmente era atractivo ese Jacques Guillot, con sus cabellos castaños ondulados y brillantes que enmarcaban cuidadosamente un rostro de rasgos enérgicos que la edad todavía no había empezado a engordar. Desde Alexander, él era el primero que había atraído su atención. Desde luego, Pierre era un hombre bien parecido. Pero su relación no había mejorado…

—Siento no poder ayudaros, señor Guillot —farfulló ella, incómoda.

—Le dejaré una nota al señor Larue. No esperaré a que regrese. Me iré dentro de unos minutos.

—¿Vais a casa?

—No, tengo que pasar por el sastre Souart para recoger un traje que encargué el mes pasado. Después, iré a cenar a casa de mi madre.

—Souart me cae de camino. Puedo dejaros allí si queréis.

—Nada me complacería más que acompañaros, señora. Acepto. Tan sólo necesito unos minutos para recogerlo todo.

Ante aquella amplia sonrisa, Isabelle dudó de repente si había hecho bien. No lo había pensado; había hecho aquella propuesta de manera espontánea. Antes de ir a prepararse, le indicó al joven que lo esperaría en el coche.

La berlina iba dando tumbos por la calzada llena de agujeros. Los viajeros se veían inevitablemente sacudidos y a veces se golpeaban en las rodillas. Jacques Guillot, silencioso desde la partida, no dejaba de mirar a Isabelle. Desprendía un suave olor a anís y menta que a la joven le parecía agradable. Aunque ella consideraba el comportamiento de él poco adecuado, no era capaz de manifestárselo.

Por la ventana abierta penetraba la tibieza de los últimos días del verano indio. Un mechón castaño del joven volaba con la brisa, e Isabelle tenía dificultad en contener las ganas de colocárselo detrás de la oreja. La joven apartó la vista.

Las casas de la calle Saint-Paul desfilaban ante sus ojos. En la plaza del Mercado, unos niños corrían, jugaban a la pelota y a la rayuela en el polvo negro que se pegaba a sus ropas. Unas mujeres de rostro prematuramente envejecido ofrecían a los transeúntes a veces un cesto, y otras un sombrero de paja que ellas habían fabricado. Unos vecinos se peleaban: al parecer, la cabra de uno se había comido las coles del huerto del otro. Aquel asunto había atraído un enjambre de curiosos que bloqueaban la calle y los detuvo un momento. Las comadres debían de estar encantadas.

El coche giró por la calle San Francisco, subió la pendiente hasta la calle Santo Sacramento y fue a detenerse frente a una casa de madera recién pintada de blanco. Un letrero se balanceaba chirriando encima de la puerta lacada de rojo.

—Os lo agradezco —dijo Jacques Guillot—. Así pues, ¿hasta esta noche?

—¿Esta noche? ¿Regresaréis a trabajar esta noche? —preguntó Isabelle, asombrada, apretando las rodillas para no rozar al joven.

—¿No vais a acompañar a vuestro marido a casa de los Sarrazin? —inquirió Guillot.

—¿Los Sarrazin? ¡Ah, sí…!, por supuesto. Pero no sabía que vos…, en fin…

Él le sonrió, encantado, y luego le cogió la mano, que ella había intentado disimular entre sus faldas. Después de besar con suavidad la punta de sus dedos, saltó con ligereza para bajar de la berlina. Finalmente, se retiró el sombrero y se inclinó.

—Hasta esta noche, señora.

—Hasta esta noche, señor Guillot.

Azorada, Isabelle observó cómo el hombre penetraba en el taller del sastre. Después, el coche volvió a traquetear. Pero ¿qué le estaba pasando? ¡Ella amaba a Alexander, estaba casada con Pierre y suspiraba por Jacques! Aunque su vida sentimental fuera de una tristeza desoladora, se negaba a tener un amante. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba, más sola y frustrada se sentía. Necesitaba a un hombre que la deseara. Pierre sí tenía una amante. Eso ya lo sabía ella. A veces, él regresaba de una cita de negocios que se terminaba tarde y no se atrevía a mirarla a los ojos. Pero a ella eso la dejaba fría. Lo esencial para Isabelle era que no se dejara ver en público con esa mujer. No habría soportado esa humillación.

La berlina dio un bandazo que la proyectó contra la puerta. Basile chilló, la gente gritó. Todavía atontada por sus reflexiones, Isabelle se acomodó en el asiento esperando que el coche volviera a ponerse en camino. Pero éste se quedó inmóvil y la gente seguía gritando.

—¿Qué es este barullo? —farfulló ella mientras se asomaba por la ventana.

Unos curiosos se arremolinaban alrededor del coche.

—¡No es más que una mendiga! —espetó una voz.

—¡Bah! ¡Una pordiosera menos! —suspiró otra.

Basile, blanco como el papel, gesticulaba, se explicaba enérgicamente a un hombre. Una mujer pidió ayuda; otra se puso a llorar. Intrigada y preocupada, Isabelle bajó a la calle para ver lo que pasaba.

—¡Oh, Dios mío! —sopló horrorizada, ante el cuerpo descoyuntado que había en la calzada.

—¡Señora! ¡Señora! ¡No he podido esquivarla, os lo juro! —gimió el pobre Basile al borde de las lágrimas—. Ha surgido de golpe, y no he podido esquivarla.

La muchacha emitió un débil gemido. Su cabeza se giró y un hilillo de sangre fluyó de entre sus labios sobre su mejilla maquillada. Isabelle se inclinó sobre ella y le levantó la capelina de gruesa lana.

—El caballo… El caballo la ha pisoteado —explicó una mujer entre lloros—. ¡Pobre pequeña!

—¿Vos la conocéis, señora?

—Sí, es la pequeña Charlotte. Charlotte Sylvain, señora.

—Charlotte… ¿Me oyes, Charlotte?

La joven gimió, frunció las cejas negras de carbón y entreabrió los párpados.

—¡Al hospital, Basile! ¡Hay que llevarla al hospital!

—El hospital general es el más cercano, señora. ¡Vamos!

—¡Señora! —llamó la mujer que había dicho el nombre de la chiquilla—. Esto… es de Charlotte.

Le tendió un gatito negro que maullaba, asustado.

—Corría para recuperarlo, para que no lo aplastara el coche —explicó la mujer, sorbiendo por la nariz.

Isabelle le dio las gracias mordiéndose los labios y le prometió que se ocuparía de él hasta que la niña estuviera mejor.

—¿Conocéis a su madre? Podéis avisarla de que…

—No tiene madre, señora. Charlotte es huérfana y vive de lo que le dan. Tiene un hermano mayor, Paul. Pero hace cerca de seis meses que no se sabe nada de él. Nadie sabe qué ha sido de él.

—Entiendo… Gracias.

Ayudado por dos hombres, Basile instaló a la herida en el banco libre de la berlina. Después, se dirigió de inmediato hacia el hospital de las hermanas grises, que solía recoger a los mendigos. Tras tomar la calle San Pedro, el coche descendió hacia la Puerta de Lachine, pasó por el puentecillo que atravesaba el río y, por fin, llegó a la antigua Casa de la Caridad de la comunidad de los hermanos Charron. Marguerite d'Youville había tomado posesión del edificio para establecer su congregación de las Hermanas de la Caridad, comúnmente llamadas las «hermanas grises». Isabelle nunca había puesto el pie allí, pero había oído hablar de esa mujer y de sus buenas obras.

Charlotte fue transportada a una sala común, donde se alineaban decenas de camas ocupadas por enfermos.

—Ha sido un accidente… —balbuceó Isabelle, conteniendo sus sollozos—. Quería salvar a su gatito.

—Venid, señora Larue —susurró la religiosa que estaba junto a ella—. Venid…, ya no podéis hacer nada por ella. Mis hermanas se ocuparán.

Isabelle echó una última mirada a la chiquilla, de la que se ocupaban dos religiosas, y siguió a la mujer por el sombrío pasillo que daba a la salida. El vestido gris parecía flotar por encima del parqué encerado. Lo único que indicaba que la religiosa era humana era el crujir de las láminas.

—Agradezco vuestra bondad, señora —le dijo la hermana, volviéndose hacia ella y tomándole la mano—. Las almas caritativas nunca están de sobra aquí.

Isabelle estrechaba el gatito contra su pecho crispado de tristeza. La mujer suspiró y sacudió su toca de gasa que cubría un griñón de batista blanca. No llevaba velo ni el tocado en forma de alas, tan incómodo para las tareas cotidianas. Un crucifijo de plata decorado con un corazón ardiente y unas flores de lis pendía de su cuello.

—Me temo que la chiquilla no pasará la noche, señora. Su herida me parece muy grave. El casco del caballo seguramente le ha causado muchos daños internos.

—¿No… va a sobrevivir?

—No hay que esperar mucho, señora. Lo siento. Pero Dios se ocupará de su alma si decide llamarla junto a Él.

—Si sale de ésta, ¿podríais hacérmelo saber? Si no, si…, yo me haría cargo de los gastos de las exequias.

Esbozando una leve sonrisa, la religiosa asintió con la cabeza y abandonó la estancia. El gatito maullaba y arañaba a Isabelle, buscando refugio en la tibieza de su cuello. La joven se acomodó en la berlina y dejó que el animal se acurrucara en su chal de lana.

—Te has quedado huérfano, minino —murmuró, con los ojos húmedos, mientras acariciaba el vellón de ébano—.
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